CXXXIII
La ignorancia es una dicha

Tokio de Cristal, 23 de septiembre de 2992, 01:11p.m.

Serena y las demás se habían juntado en la gran plaza frente al palacio de Tokio de Cristal para comentar el concierto de Achilles' Heel anoche. Todas ellas habían salido de sus respectivos trabajos, y hallaban desconcertante la abundancia de tiempo libre. Ninguna de ellas recordaba que ese mundo fuese de ese modo, porque el mundo que ellas conocían se caracterizaba por los horarios abusivos de trabajo.

—Qué música más horrible —dijo Mina, quien era más fanática de la música pop—. No sé por qué existe ese sonido tan penetrante y dañino para los oídos.

—El pop es mil veces mejor que esa basura —añadió Rei, y Serena estaba de acuerdo con ella—. Al menos sus letras no son tan agresivas, y los cantantes tienen mejor voz que ese imbécil del vocalista. ¿Por qué emplea tantas groserías para dirigirse a su público?

—No lo sé. A mí como que me gusta —acotó Lita, recordando que se había quedado mirando al baterista por un buen rato, lo que hizo que apareciera un pequeño rubor en sus mejillas.

—Puede que no me guste la música, pero no me importaría tener una cita con el guitarrista —dijo Rei, enrojeciendo aún más que Lita—. Solamente verlo me pone en llamas, si es que entienden lo que quiero decir.

—Pues buena suerte con eso —dijo Serena mordazmente—. Es como imposible que un tipo así acepte salir con alguien que no le guste su música.

—¡Pues no necesito ser una fanática de su música para salir con él! —exclamó Rei acaloradamente—. ¡Me puede gustar por otras razones, o yo puedo gustarle por otras razones!

—Rei tiene razón —añadió Mina, y aparecieron unas manchas rosadas en sus mejillas—. Porque ese bajista me tiene loca.

—¿Y qué hay de ti, Amy? —inquirió Lita, y las demás la taladraron con la mirada. Amy, si hubiese sido la misma que hace mil años, habría enrojecido bastante, pero mantuvo el color, aunque sí le brillaron un poco los ojos, cosa que ninguna de ellas notó.

—Pues, no es que halle atractivo al tecladista, pero es muy hábil con sus manos —dijo Amy, juntando las manos, pero aún no enrojecía—. Podría pasar horas hablando de música con él, y no me aburriría.

—Pero se me antoja que es un poco… bueno… frío —dijo Serena, y tanto Rei como Lita y Mina estuvieron de acuerdo—. Tiene una mirada como dura, y apenas muestra emociones mientras toca. Es como si estuviera tocando en un concierto de música clásica antes que en uno de heavy metal.

—Tienes razón —admitió Amy, para sorpresa de sus amigas—. Pero supongo que es así como me gustan los chicos. No soy una chica particularmente romántica, y disfruto hablando con gente que es como yo.

—Pero…

—Déjala —interrumpió Serena a Mina, sabiendo lo que ella iba a decir—. El que a ti te guste el romance, no significa que todos piensen igual. Tal vez esa sea su forma de cortejar a los chicos. Al menos con eso se asegura que solamente se le acerquen las personas que a ella le interesan.

—Pero debes conocer la pasión, Amy —insistió Mina con una voz chillona—. ¿No te pasa a veces que simplemente quieres devorar a besos a alguien que te gusta? ¿No te ha pasado que hay ocasiones en que quieres llevarte a ese chico bien parecido a la cama y no salir de la habitación en toda la noche?

—No que yo recuerde —respondió Amy con simpleza, y Mina bufó en señal de exasperación.

—Ya llegará el momento en que perderás completamente la cabeza por alguien —dijo Mina, como zanjando la cuestión.

Amy iba a responder, cuando Serena divisó a un grupo de cinco personas, ataviadas con ropas propias de un metalero. Cuando los miró con más detalle, vio, para su asombro y estupefacción, que se trataba de los integrantes de Achilles' Heel. No obstante, el asombro fue mayor cuando uno de ellos se percató de que estaban siendo observados, e hizo una seña a los demás para que se acercaran a las chicas que se encontraban sentadas en el banquillo más cercano a ellos.

—¡Vienen para acá! —exclamó Serena, no por ella, sino por las demás, quienes se pusieron muy nerviosas. Incluso Amy lucía un poco inquieta.

—Ustedes son las chicas que estaban al final del anfiteatro —dijo el líder de la banda, un tipo de cabello largo y castaño, bastante alto y esbelto, y que no parecía tener pudor la mostrar parcialmente su pecho, tal como lo había hecho durante el concierto—. Nos llamaron la atención porque no se vestían como metaleras.

—Es que no lo somos —se apresuró a decir Rei, adelantándose a las demás—. Solamente teníamos curiosidad por conocerlos.

—Bueno, aquí estamos —dijo el hombre del cabello castaño liso—. Mi nombre es Everett Hansen, y soy el líder de Achilles' Heel. Formamos la banda hace unos tres años atrás. Sabemos que a la gente le gusta más el pop y géneros parecidos, pero queríamos hacer la música que nos gustaba a nosotros. No tenemos demasiados fanáticos, pero al menos son leales a la banda, y saben todo sobre nosotros.

—Mi nombre es William Johansson, y siempre me ha gustado el teclado —añadió el hombre del cabello rubio ondulado y largo—. No sé, como que le da un toque más melódico a la música que tocamos, y eso me gusta.

—A mí también —intervino Amy, y William esbozó una pequeña sonrisa.

—Soy Conrad Macintosh —dijo el hombre del cabello largo, castaño y ondulado—, y tocar la batería me saca un mundo de estrés de encima.

—Yo también me deshago del estrés de forma enérgica —dijo Lita, y Conrad arqueó una ceja.

—Eres bastante alta para ser una chica —observó, desviando su mirada a los brazos de Lita—, y debes tener una fuerza superior a la de muchas mujeres.

Lita solamente acertó a ponerse más roja que un tomate.

—Me llamo Edward Richter, y me han gustado las guitarras desde que era niño —se presentó el hombre del cabello corto y del color de la paja—. Solía tocarlas por pura diversión, hasta que descubrí que era bueno en eso. Empecé haciendo solos basados en composiciones de Vivaldi, para después crear los míos.

—Qué interesante —dijo Rei, quien no tenía idea de quién diablos era Vivaldi, aunque asumió que se trataba de un músico.

—Soy Nathan Porra, y el bajo es como mi segunda naturaleza —dijo el hombre del cabello albino, largo y lacio—. Me gusta como suena.

—A mí también —dijo Mina tontamente, lo que le hizo ganarse la mirada de las demás.

—A ti no te gusta el heavy metal —dijo Lita mordazmente. Mina le dedicó una mirada de desdén.

—No solamente en el heavy metal hay bajos —se defendió Mina, poniéndose roja como el listón en su cabello.

—Ella tiene razón —admitió Nathan, mostrando una sonrisa—. En todo género musical debe existir el bajo. Yo solamente decidí hacerlo en una banda de metal.

—¿Y por qué se acercaron a nosotras? —preguntó Serena, haciendo, como siempre, la pregunta más sensata—. No es que seamos unas fanáticas a muerte de su música.

—Hay algo acerca de ustedes —dijo Everett, llevándose una mano al mentón—, algo que no puedo explicar qué es… o al menos eso es lo que piensan mis compañeros. Yo ni siquiera las conozco, pero ellos son de otra opinión. Dicen que les da la impresión que las han visto en otra ocasión.

—No creo que ese sea el caso —dijo Serena razonablemente—. Yo tampoco los he visto jamás en mi vida. Pero, por lo menos, son amables.

—Tendríamos la cuarta parte de los fanáticos que tenemos ahora si no lo fuésemos —explicó Everett, y los demás asintieron en señal de aprobación—. Son los fanáticos quienes nos han permitido llegar a ser lo que somos hoy. Todo se lo debemos a ellos.

—Pero nosotras no somos sus fanáticas —dijo Serena, pero las demás la taladraron con la mirada, y se aclaró la garganta—. Bueno, yo no, pero parece que mis amigas no conocían nada sobre el heavy metal, y quieren saber más sobre ese género.

—¿De verdad? —dijo Everett, mostrando genuina sorpresa, y Serena se percató de que los demás también lucían un poco estupefactos—. Si eso es cierto, entonces con gusto las introduciremos en el mundo del heavy metal. Pero no podemos hacerlo aquí. ¿Qué tal si vamos a un local de comida para eso? Es un ambiente más privado.

Diez minutos más tarde

—Y así fue como nacieron las grupis —explicó Edward, y Serena y las demás tenían caras de indignación. Aquello era perfectamente entendible. De todas formas, chicas como Serena y sus amigas no eran capaces de entender por qué algunas mujeres salían de fiesta con las bandas de heavy metal, e incluso se acostaban con ellos—. Pero quiero que quede claro que ellas jamás fueron obligadas a eso. Ellas iban voluntariamente a eso, sabían perfectamente a lo que iban. De todos modos, nosotros no tenemos esa costumbre de arrastrar chicas a nuestros camerinos y tener sexo con ellas. Nuestras fiestas son bastante suaves, en comparación con otras bandas, quienes no quieren que mueran las viejas costumbres. Nosotros creemos que debemos cambiar, para que la sociedad nos vea como un aporte y no como un pozo negro de comportamientos políticamente incorrectos. Lo de sexo, drogas y rocanrol ya no existe para nosotros.

—Es bueno oír eso —dijo Serena, y las demás asintieron con la cabeza, respaldándola—. Pero aún no entiendo por qué siguen usando esa ropa de tan mal gusto. Podrían emplear ropa más, digamos, común.

—Es que es algo que nos distingue —dijo William, bebiendo de su cerveza de forma comedida—. Si vistiéramos como un grupo de pop, por ejemplo, lo único que nos diferenciaría de ellos es nuestra música. Y además, nos gusta vestir así. La gente nos ve y sabe de inmediato que somos una banda de heavy metal.

—Pero eso impediría que la gente normal se interese en su música —dijo Rei, bebiendo lo que quedaba de su soda con brusquedad—. Eso haría que perdieran relevancia en la sociedad.

—Tienes razón —concedió Nathan, suprimiendo una risita. Al parecer, había hallado gracioso el comentario de Rei—, pero permite que los verdaderos interesados se acerquen a nosotros. ¿O acaso creen que nuestros fanáticos son leales a la banda solamente por moda?

—Pero todo es una moda —dijo Mina, y tanto Rei como Lita la miraron como si hubiese dicho una blasfemia horripilante—. ¿Qué? ¿Acaso no lo es?

—Las cosas casuales lo son —intervino Amy, bebiendo de a sorbos su vodka naranja—. El heavy metal está lejos de ser algo casual. Es solamente para gente que se compromete a seguir no solamente el género, sino todo lo que implica. Los fanáticos saben todo sobre las bandas a la que siguen, la historia de cada integrante, sus álbumes, las letras de sus canciones, e incluso algunos inician sus propias bandas, inspirados en las que siguen.

—¿Saben? Esta chica me está cayendo cada vez mejor —comentó William con una risa comedida—. Sabe de lo que habla, y me parece bien que, pese a que no sea una fanática, sí reconozca el impacto que tenemos sobre nuestros seguidores.

En esa ocasión, Amy se puso un poco roja, pero sostuvo la mirada de William.

—Pues a mí no me gusta la música, pero no puedo decir lo mismo de ustedes —dijo Rei, y Mina la secundó. Lita, por otro lado, pese a que jamás había escuchado heavy metal, descubrió que sí le gustaba, aunque no había dicho gran cosa. Se limitaba a mirar sin parar a Conrad, a quien no parecía molestarle que ella le prestara tanta atención.

Serena, a diferencia de las demás, no se hallaba interesada ni en la música ni en los integrantes de Achilles' Heel. Solamente estaba allí porque no quería dejar a sus amigas solas con esos hombres.

—Bueno, deberíamos irnos —dijo, poniéndose de pie y haciendo señas a sus amigas para que hicieran lo mismo. Ellas la imitaron, un poco a regañadientes, porque querían seguir conversando con los miembros de Achilles' Heel. William le entregó su número de celular a Amy para que pudieran conversar o juntarse nuevamente, y Conrad hizo lo mismo con Lita, quien se puso tan colorada que vapor de agua brotaba de sus mejillas. Rei y Mina decidieron esperar a tener otro encuentro casual con Edward y Nathan respectivamente. Si todo salía bien, tratarían de mantener el contacto, aunque Mina le advirtió a Nathan que no iría nunca más a un concierto de heavy metal. El aludido se limitó a encogerse de hombros. Poco podría anticipar que ella se comería sus propias palabras.

Cuando Serena y sus amigas salieron del local, comenzaron a discutir sobre el encuentro que habían tenido con Achilles' Heel. La conversación era sostenida principalmente por Serena, Rei y Mina, con algunas aportaciones breves de Lita. Amy iba en completo silencio, luciendo pensativa. No fue hasta dos minutos antes de que se separaran cuando se percataron que ella no decía nada.

—¿Te sucede algo, Amy? —preguntó Serena con preocupación—. No tienes buena pinta.

—No, no es nada importante —repuso, pero dijo esas palabras solamente para no preocupar a sus amigas, porque había muchas cosas pasando por su cabeza en ese momento, y varias de ellas no tenían ningún sentido—. Es que, bueno, William es justamente el tipo de chico que me gusta. No sé, pero no creo que nos hayamos encontrado de casualidad.

La cara de Serena se iluminó como el sol al escuchar esas palabras.

—¿Ahora crees en el destino, Amy?

—No he dicho eso —contestó la aludida, bajando inmediatamente a Serena de la nube—. Solamente dije que el que William se decidiera a acercarse a mí no fue casualidad. Debe haber algo detrás de todo esto, pero no sé qué podría ser. No tengo aún las herramientas que me permitan descubrir qué es lo que está pasando, pero, si todo va bien, dentro de una semana, tendré lo que necesito.

—¿Y de qué se trata?

—Es una computadora —repuso Amy con una sonrisa leve—. Un dispositivo que utiliza entrelazamiento cuántico para realizar cálculos. También posee una tecnología de sensores adaptativos, lo que me ahorrará diseñar sensores para cada forma de energía. Aquello habría hecho de mi aparato algo demasiado grande para llevarlo en el bolsillo.

—Increíble —dijo Serena, y las demás la secundaron, aunque ninguna de ellas sabía siquiera lo que era el entrelazamiento cuántico.

—Bueno, nos vemos mañana —dijo Amy, alzando una mano, y las demás también se separaron. Sin embargo, en cuanto estuvo a media cuadra de distancia, Amy volvió a retomar los pensamientos que revoloteaban dentro de su cabeza.

¿Por qué me pasa esto? No conozco a William, jamás lo he visto en mi vida, pero me siento como si llevara años conociéndolo. ¿Y por qué mi corazón latía tan rápido en su presencia? ¿Me estará avisando de un posible peligro? O puede que, en algún momento que no puedo recordar, estuve enamorada de él. ¿Quién sabe? Hay muchas cosas que desconozco de este mundo, pero quiero descubrir el misterio de lo que me pasa con William. ¡No descansaré hasta que lo haya resuelto!

Tokio de Cristal, diez horas más tarde

Rini había empleado las cualidades de su Luna Pelota para pasar desapercibida entre el gentío, solamente en caso que esos Galthazar se interesaran en ella. Por esa razón, Rini caminaba por la ciudad disfrazada de lo que fuese que impidiera a un ciudadano reconocerla.

No obstante, pese a que contaba con una herramienta bastante útil para no ser descubierta, Rini caminaba con el sudor a flor de piel, porque el hecho que pudiese ser un objetivo para seres que eran más poderosos que las Sailor Senshi no era algo que debiese tomar a la ligera. A cada momento se tomaba el pendiente en forma de llave que colgaba de su cuello, preguntándose si debía usarlo o no. Sailor Pluto le había advertido que lo usara solamente en un caso de extrema necesidad. Rini no sabía si calificar su situación actual como de "extrema necesidad", porque, hasta ese momento, nadie la había podido encontrar. Pero Rini sabía que era cuestión de tiempo para que cometiera un error, y acabara sin recuerdos y sin su Sailor Cristal.

Lo que necesitaba eran números.

De pronto, Rini recordó algo que había hecho hace casi mil años atrás, justo después de la Gran Sacudida, algo que su madre le había dicho cuando tenía seis años. No supo cómo se le había podido olvidar aquello, porque la Neo Reina le había dicho esas palabras precisamente para ese tipo de circunstancias. Espoleada por su nueva determinación, Rini se escurrió por callejones y calles con poca gente, en dirección a las afueras de la ciudad. Por desgracia, Tokio de Cristal era gigantesco, y le tomó tres horas llegar a los suburbios. Para cuando salió al descampado, la noche era profunda, y no podía ver nada en un radio de diez metros. Considerando que no sería vista por nadie, Rini alzó la llave hacia el cielo, y pronunció las palabras mágicas que Sailor Pluto le había enseñado.

Por un momento, Rini pensó que nada había ocurrido, hasta que vio la distorsión de las luces de la ciudad. Suspirando de alivio, Rini se internó a ciegas en la fuente de la distorsión gravitacional, y sintió un tirón bastante poderoso, jalándola hacia el espacio entre dimensiones. No supo cuánto tiempo estuvo en el limbo, pues jamás había empleado esa llave para viajar hacia el pasado, pero cuando el tirón se hizo menos potente, Rini se preparó para la caída, pero jamás llegó.

La esfera gravitacional había aparecido a ras del suelo, y podía ver una ciudad en construcción, con casas básicas por doquier. Salió de la esfera gravitacional, y, para su sorpresa, vio que se encontraba en el Nuevo Tokio de 1999.

—Funcionó —dijo Rini suavemente.

Por desgracia, aquella solamente había sido la parte fácil.