CXXXVIII
A muerte

Planeta Hecate, 21 de septiembre de 2992, 07:45p.m Hora de la Tierra

Violet aún no hablaba. Llevaba tres días encerrada en su celda, pensando en el eventual destino de Saori. Aquello no le permitía formular un plan para escapar, y tampoco dialogar al respecto con sus amigas. Veía a Nicole, quien seguía relativamente compuesta, a Scarlett y Sophie, quienes se miraban con una mirada que bien podría reflejar resignación, y a Molly, quien tampoco decía nada. Había participado de la conversación con sus guardianas, pero tenía los ojos muy abiertos, y el sudor hacía que su cara reluciera. No podía ver lo que las Outer Senshi hacían, porque se encontraban en celdas contiguas, y había una pared muy gruesa entre ambas. A veces podía escucharlas hablar, pero lo hacían por poco rato, al cabo del cual, volvían al acostumbrado mutismo. A las únicas personas que escuchaba hablar de forma más o menos consistente eran Setsuna y Darien. A juzgar por las temáticas de conversación, podía notar un acercamiento más íntimo entre ambos, lo que no tenía muy buena pinta. Violet sabía que Darien era el esposo de Serena, la Neo Reina, quien había sido depuesta por los Galthazar. De todas formas, ninguno de ellos recordaba que alguna vez estuvieron juntos, lo que agregaba una capa más de complejidad a la situación.

—Podrías hacerte un hueco en tus labores —dijo Darien a Setsuna, quien no entendía por qué estaba poniendo tantas barreras por algo que había ansiado desde los tiempos del Milenio de Plata—, darte un tiempo para ti. Es curioso que la guardiana de la Puerta del Tiempo no tenga precisamente eso.

—Es que… tengo que velar por la continuidad temporal. Y, en este momento, no estoy haciendo mi trabajo. Debo salir de aquí, por el bien de nuestro sistema solar.

—A veces debes pensar en lo que es bueno para ti —insistió Darien, mirándola fijamente a los ojos, y a Setsuna le dio nuevamente la impresión de que él estuviera esperando por algo. Sin embargo, en esa ocasión, Setsuna se percató de lo que Darien quería, y, por lo mismo, no se atrevía a hacerlo.

¿Qué tienes malo dentro de ti, Setsuna? ¡Tienes una oportunidad de oro delante de ti, y no la quieres aprovechar! ¡Él es lo que siempre has deseado! ¿Qué es lo que te detiene? ¿Es miedo a lo que pueda pasar si cruzas el río? ¡No va a pasar nada, Setsuna! ¡Lo que va a pasar es que, por fin, vas a tener novio! ¡Después de miles de años mirando a un hombre que jamás podrías tener, ahora lo tienes a tu alcance! ¡Todo lo que tienes que hacer es acercarte a él, mirarle directo a los ojos, decirle lo que sientes, y besar sus labios! ¡Es muy simple!

Pero, por alguna razón, no era un asunto simple para Setsuna. No sabía qué era, pero había algo en la situación que le impedía hacerle caso a sus deseos. Era como si sus acciones estuvieran siendo juzgadas por alguien invisible, alguien que le daría un castigo si tomaba una mala decisión. Estuvo un tiempo indeterminado tratando de decidir a qué parte de ella hacerle caso: a su cabeza, o a su corazón.

Por fortuna para ella, no tuvo que elegir, porque la pantalla gigante volvió a descender desde el techo, y, como la primera vez, la voz de Warbringer se hizo escuchar en la prisión.

—Buenos días —dijo, con una voz teatral que a Violet se le hizo un poco familiar, no sabía por qué—. Como ya sabrán, he estado organizando un evento bastante… intenso, cuya protagonista será Sailor Silver Moon. Y ustedes serán testigos de cómo mis nuevas creaciones se harán cargo de ella. Dentro de cinco minutos, las celdas se elevarán hasta el coliseo, desde donde podrán ver en primera fila cómo Sailor Silver Moon finalmente muerde el polvo. Bueno, eso sería todo por ahora. Deberían hacerse a la idea de que ya no podrán contar con su aliada más poderosa desde ahora en adelante.

Cuando los tres minutos hubieron transcurrido, las tres celdas se sacudieron y, mediante pistones, se elevaron lentamente. Las chicas vieron cómo el suelo iba descendiendo, atravesando varios pisos, hasta que pudieron ver un cielo de color sangre. Violet asumió que eso se debía a la composición de la atmósfera, pero eso poco le importaba ya, porque había una posibilidad muy real de que Saori perdiera la vida.

Saori también sintió el sacudón en su celda, pero se dio cuenta que la suya subía más rápido, y que el techo se iba abriendo, para dejar pasar los rayos del sol. El cielo, de color sangre, se antojaba premonitorio, pero no podía pensar mucho en eso. En ese momento, era la única con capacidad para luchar, a causa del evento que estaba a punto de tener lugar en el coliseo, por lo que era la única que podía liberar a sus amigas.

Diez minutos antes del anuncio de Warbringer, su medallón había sido arrojado por la puerta trampa en el techo, y se habría transformado de inmediato, de no ser por el plan que se le había ocurrido mientras esperaba a que la celda se elevara hasta la arena del coliseo. Y en ese momento, cuando ya no hubo celda que la contuviera, tomó su medallón, y se transformó en Sailor Silver Moon. Pese a que ya sabía lo que podía esperar del coliseo, tomó un trozo de roca, y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el cielo. Gruñó.

El perímetro del coliseo estaba rodeado por un campo de energía, campo que ninguno de sus poderes podría romper. Aquella tarea quedaría en manos de Violet, una vez que las liberara. Pero, en ese momento, debía jugar el juego de Warbringer, de modo que él no viera por dónde le había venido el tiro. Trató de no mirar hacia el palco de honor, porque era en ese lugar donde se encontraban las celdas de sus compañeras. Tenía que pelear con toda la frialdad que podía reunir. Pelear con el corazón sonaba heroico, pero, en esa coyuntura en específico, tenía un plan que seguir. Podía usar el corazón después, cuando todas hubieran salido de aquella ratonera.

Uno podría pensar que solamente sus compañeras irían a ver el combate, pero aquello sería un desacierto. El coliseo estaba lleno de seres humanoides que parecían tener puntas hasta en los dedos. Sus pieles semejaban cortezas de árboles, y sus ojos hundidos les daba una cualidad tétrica. Sus voces eran agudas, pero no del tipo que hacían imaginar uñas rasgando una pizarra, sino que eran de esas voces que uno podría escuchar en una película de terror, aunque no generara ese efecto cuando había muchas de esas mismas voces. Aparentemente esos seres se deleitaban con el sacrificio de otros seres vivos, de preferencia en combate.

—¡Queridos hecatianos! ¡Damas y caballeros presentes! —anunció la voz de Warbringer, quien se encontraba en un estrado en la parte más alta del coliseo, hablando a través de una voz amplificada, para lo que usaba un…

—… palo de madera —gruñó Sailor Silver Moon, finalmente entendiendo por qué la voz de Warbringer le sonaba tan familiar—. Warbringer no es otro que el mierdas de Herbert Dixon. ¿Qué diablos le pasó para tener ese aspecto y esa armadura? ¿Cómo demonios llegó a este maldito planeta?

Sin embargo, aquel no era, ni por asomo, el problema más acuciante. No tenía idea de lo que le esperaba detrás de las puertas dobles que tenía frente a ella, pero sí sabía que no lo iba a hacer suplicando por su vida. No podía haber final más patético y vergonzoso para ella. Si debía morir, lo haría de pie, pero, al mismo tiempo, necesitaba mantenerse con vida, porque era la única forma de liberar a sus compañeras.

—¡Detrás de esas puertas, se encuentra una de mis nuevas creaciones, un monstruo legendario basado en la mitología griega del planeta de donde proviene nuestra nueva gladiadora! ¡Hoy, recrearemos la famosa historia que tuvo lugar en la antigua ciudad de Argos, donde una doncella fue ofrecida en sacrificio a uno de los demonios de mar más poderosos que jamás haya existido! ¡Oh, y en caso que no lo sepan, el verdadero nombre de nuestra estrella es Andrómeda, curiosamente, el nombre de la princesa ofrecida en sacrificio! ¡Y ahora, sin más preámbulos, les presento a…. Ketos!

Las puertas dobles se abrieron, y un ser escamoso gigantesco, como de veinte metros de altura, entró en el coliseo. La cabeza semejaba una ballena, con aletas caudales de lado a lado en su extremo, y una gran aleta dorsal en su parte superior, pero el cuerpo era humanoide. Tenía garras del tamaño de Sailor Silver Moon, tanto en los brazos como en los pies, y sus extremidades eran bastante gruesas y musculares. Tenía la espalda en forma de V y se podían ver los abdominales, como diez de ellos, bien marcados en su parte delantera. Su pecho era de un color blanco lechoso, pero su espalda era de color azul marino, de la que sobresalían estructuras óseas terminadas en puntas, las que llegaban hasta la altura de la nuca. Sus ojos fulguraban en rojo, y miraban a Sailor Silver Moon con un hambre inconmensurable. Ella también se dio cuenta que, en lugar de cerdas, tenía colmillos, cuyo largo haría orgulloso a un mamut.

—¿Ese es Ketos? —dijo Sailor Silver Moon, mirando hacia arriba, crispando los puños, y observando bien a su nuevo oponente, buscando algún punto débil que pudiera poseer.

—¡Esta vez, no habrá un Perseo que te salve, Andrómeda! —vociferó Warbringer, soltando una risa alta, que denotaba cruel diversión—. ¡Solamente deberás enfrentarte a Ketos con tus poderes, a ver si tienes suerte!

Pero a Sailor Silver Moon no le gustaba depender de la suerte. Sabía que sus poderes no le harían gran cosa a Ketos, a causa de su tamaño. Su fuerza física tampoco podía ayudarla mucho. Lo único que podía hacer era aprovechar el tamaño de su adversario para ganar una ventaja estratégica. Además, ella también podía volar. Con aquellas cosas claras, Sailor Silver Moon supo que debía librar una batalla de desgaste en contra de Ketos si quería tener una oportunidad de contar el cuento.

Sailor Silver Moon se puso en acción justo cuando Ketos iba a atacar con uno de sus brazos. Para ser un ser de veinte metros de altura, se movía bastante rápido. Ella saltó hacia un costado justo a tiempo. Quería ver si podía hacer que Ketos enterrara sus garras en la arena, limitando su movimiento. Pensando que aquella era una buena estrategia, Sailor Silver Moon se quedó quieta, esperando a que Ketos tomara la iniciativa. Lo que decían sobre el que hacía el primer movimiento no siempre era cierto. El que ganaba era quien hacía los mejores movimientos.

Ketos alzó uno de sus brazos para golpear con todas sus fuerzas a su oponente, justo lo que Sailor Silver Moon esperaba. Sin embargo, no solamente necesitaba esquivar sus ataques; lo que ella esperaba era convertirse en una molestia para Ketos. De ese modo, él atacaría con mucho más violencia, y existían muchas probabilidades de que sus garras quedaran clavadas en el suelo y no pudiera moverse por algunos segundos valiosos. Por eso, esperó hasta el último minuto para esquivar el ataque de Ketos. Sabía que estaba jugando con su vida, pero también tenía presente que si no tomaba riesgos, jamás ganaría aquella batalla.

Cuando las garras de Ketos estuvieron lo suficientemente cerca, Sailor Silver Moon se arrojó a un lado, rodando brevemente por la arena, para ponerse nuevamente de pie. Ketos lanzó un rugido al aire, y trató de aplastar nuevamente a Sailor Silver Moon. Ella volvió a esquivar su ataque de la misma forma que antes. Ketos volvió a rugir, pero se notaba a la legua su frustración al no poder acabar con su adversario de forma rápida y decisiva. Debido a lo mismo, se vio cada vez más arrastrado a aumentar el frenesí de sus ataques, exactamente lo que Sailor Silver Moon buscaba.

Ketos atacó nuevamente, pero la concentración de Sailor Silver Moon era absoluta. Había pasado buena parte del tiempo encerrada entrenando mentalmente para bloquear cualquier emoción que le impidiera tomar buenas decisiones en el campo de batalla. Si bien aquello era algo que la mayoría de las mujeres no eran capaces de conseguir, Sailor Silver Moon no podía permitirse el lujo de fallar en ese cometido. Las buenas decisiones en el combate se conseguían con la cabeza fría, y las buenas decisiones en esa batalla en particular conducirían a la liberación de Violet y el resto de sus compañeras. De ese modo, ella ponía atención solamente al presente, y a lo que debía enfrentar. Y Ketos volvió a atacar, cada vez con más fuerza y desesperación, pero Sailor Silver Moon se mantenía esquiva, evadiendo por centímetros a la muerte.

Finalmente, con un golpe que sacudió toda la arena, Ketos atacó con toda su fuerza a Sailor Silver Moon, y sus garras quedaron enterradas en la arena. Apenas se percató de eso, ella emprendió el vuelo, y usando todas sus fuerzas, le propinó un puñetazo en el ojo derecho. El aullido que sucedió al golpe fue tal que Ketos arrancó sus garras del suelo, y dio un manotazo rápido, pillando desprevenida a Sailor Silver Moon, enviándola al otro lado de la arena, lastimándose la espalda y cayendo al suelo como si fuese una mosca atontada. Ketos vio la oportunidad, y avanzó rápidamente hacia Sailor Silver Moon, quien se estaba poniendo lentamente de pie, gruñendo de dolor y sobándose la espalda.

—Bueno, al menos valió la pena —dijo, mirando el ojo destruido de Ketos—. Ahora no podrá distinguir profundidad. Volar ya no será tan riesgoso.

Sailor Silver Moon despegó del suelo nuevamente, y Ketos trató de golpearla con sus manos, pero a veces se quedaba muy corto, a veces muy largo. Sailor Silver Moon evitaba realizar vuelos largos o hacer maniobras demasiado elaboradas. Hacía evasiones rápidas y precisas, de modo de acercarse de a poco al ojo izquierdo. Para cuando estuvo lo suficientemente cerca, Sailor Silver Moon, con otro de sus potentes golpes, dejó completamente ciego a Ketos. Él daba manotazos desesperados en todas direcciones, pero Sailor Silver Moon se elevó por encima de su cabeza, a todo lo que le permitía el campo de energía alrededor del coliseo. La idea era usar la inercia para empujar a Ketos hacia las celdas donde se encontraban encerradas sus compañeras, y usar su tamaño y peso para romperlas. Para ello, voló en círculos por unos cuantos segundos, acumulando velocidad y energía, y, cuando sintió que ya tenía suficiente de ambas cosas, se lanzó en picada contra la nuca de Ketos, extendiendo ambas piernas hacia delante, de forma que actuaran como arietes.

El golpe conectó exitosamente, tal como Sailor Silver Moon esperaba.

La fuerza del golpe fue suficiente para que Ketos trastabillara hacia delante, inclinándose peligrosamente hacia las celdas, pero se apoyó rápidamente en sus brazos, los que a su vez se apoyaron en las gradas del coliseo, matando a varios Hecatianos en segundos. Sailor Silver Moon gruñó. Necesitaba hallar alguna forma de que Ketos cayera sobre las celdas sin impedimentos. Necesitaba que no pudiera usar sus brazos para apoyarse, y, para hacerlo, necesitaba usar su maestría sobre el aire.

Sailor Silver Moon descendió al nivel del suelo, y, usando un movimiento rápido de sus manos, usó el aire alrededor de éstas como si fuese una cuchilla. El aire cortante impactó en los tendones de su pie izquierdo, pero nada ocurrió. Tal como esperaba, la coraza de escamas impedía que ataques cortantes lastimaran sus partes sensibles. No obstante, al mirar en las axilas, vio que en ese lugar no había escamas. Perfecto se dijo Sailor Silver Moon, esquivando un pisotón y volando en dirección a las axilas de Ketos. No era fácil aproximarse a éstas, pues su oponente lanzaba manotazos a diestra y siniestra, desesperado por no poder ver. Sailor Silver Moon decidió hacerlo lentamente, con cautela, avanzando cuando estuviera segura de tener el camino libre.

Después de un minuto bastante tortuoso, Sailor Silver Moon llegó a la axila izquierda de Ketos y, empleando la misma técnica que usó en los tendones de los pies, cortó con éxito los músculos que sostenían el brazo, y éste cayó lánguido, errando por poco a Sailor Silver Moon. A partir de ese momento, los manotazos de Ketos se hicieron aún más frenéticos, lo que hizo casi imposible cualquier acercamiento seguro. Gruñendo, Sailor Silver Moon supo que debía tomar un riesgo que posiblemente reclamara su vida, y todo lo que había hecho hasta ese momento no habría servido de nada. Pero tampoco podía quedarse sin hacer nada. Al final, decidió llamar su atención empleando sus técnicas de aire, para, de algún modo, desviar su atención de su punto débil en la axila derecha.

Flotando en medio del aire, Sailor Silver Moon creó un tornado con sus manos, y la arena se arremolinó rápidamente, formando un torbellino que fue acercándose lentamente a Ketos. Podía estar ciego, pero los granos de arena giraban a tanta velocidad que se sentían como pequeños pinchazos en su coraza de escamas, y comenzó a batir su brazo derecho para espantar el polvo. Sailor Silver Moon aprovechó la distracción, y se coló por debajo del brazo. Usó el mismo movimiento cortante que había usado en la axila izquierda, y el brazo derecho cayó como peso muerto a un lado del torso. Con ambos brazos incapacitados, Sailor Silver Moon volvió a ganar inercia y velocidad, y, cuando el momento fue el correcto, se lanzó sobre Ketos, nuevamente con ambas piernas extendidas hacia delante.

El golpe dio en la nuca, y envió a Ketos hacia las gradas, pero, por desgracia, Ketos tenía una última sorpresa escondida.

En el momento en que Sailor Silver Moon golpeó la nuca, toda la estructura ósea en su espalda se elevó unos cincuenta centímetros, y una de las puntas hirió las piernas de Sailor Silver Moon, dañando sus tibias. El dolor fue tal que ella no pudo evitar chillar, pero se mantuvo en el aire, apretando los dientes para soportar el calvario por el que estaba pasando. Sin embargo, vio que Ketos no tenía forma de apoyarse y evitar la caída. Lo había logrado.

El cuerpo de Ketos cayó sobre las gradas, destruyendo las celdas y las gradas debajo de éstas. Mientras sus ojos se nublaban a causa de las lágrimas producidas por el intenso dolor en sus piernas, Sailor Silver Moon consideró que aquel había sido un precio justo para salvar a sus compañeras.

Desde el otro lado del coliseo, Warbringer miraba con los puños crispados cómo su plan fallaba de forma catastrófica.