CXLII
Silencio

Planeta Hecate, 21 de septiembre de 2992, 08:48p.m hora local

Sailor Amethyst, sabiendo que podría unirse a Saori en el más allá al hacer lo que se había propuesto hacer, se lanzó hacia delante, con los brazos extendidos en la misma dirección. El tiempo pareció enlentecerse mientras Warbringer extendía sus brazos para tomar el Sailor Cristal de Sailor Silver Moon. Sailor Amethyst vio que Warbringer estaba totalmente enfocado en el cristal y, usando una mano, hizo un simple pero elegante truco de magia, lo que ató los brazos de Warbringer, mientras que con la otra, agarró el Sailor Cristal de Sailor Silver Moon, cayendo de espaldas al suelo, resbalando contra la arena, haciéndose un poco de daño en las piernas y brazos. Pese a eso, la adrenalina del momento hizo que Sailor Amethyst ignorara el dolor, y se pusiera de pie rápidamente, corriendo hacia las gradas del coliseo, esperando que Warbringer no la alcanzara.

Contrario a lo que esperaba, Sailor Amethyst fue disminuyendo su velocidad, hasta detenerse, pese a que estaba usando todas sus fuerzas para correr. Asumiendo que había sido Warbringer quien la había atrapado, respiró hondo y se relajó, dejando que Warbringer la arrastrara libremente.

Y de pronto…

Sailor Amethyst generó un campo de energía que repelió el campo de estasis que Warbringer había conjurado, y, tratando de hacer que sus compañeras y amigas supieran lo que ella trataba de hacer, usó su propia magia para atacar a Warbringer, y él respondió con uno de sus ataques más poderosos. El tira y afloja resultante era bastante desigual, y Sailor Amethyst no esperaba ganarlo

—¡Nunca ganarás, pese a que te hayas salido con la tuya! —gritó Sailor Amethyst, lo que cumplió con un doble propósito: mantener la concentración de Warbringer en ella, y hacer que las demás se fijaran en ella.

—¡Ya maté a Sailor Silver Moon! —exclamó Warbringer, en un tono burlón, creyendo que iba a desmoralizar a Sailor Amethyst con sus palabras. Había creído bien. Ella estuvo a punto de bajar los brazos, abrumada por la muerte de su esposa, pero luego recordó las palabras que la misma Saori le había dicho, y aquello hizo que su convicción regresara.

—¡Mientras alguien la recuerde, nunca habrá realmente muerto! —chilló Sailor Amethyst, y Warbringer sintió ganas de reírse—. ¡Y yo me voy a asegurar que todo el universo sepa que ella resistió hasta el último minuto, pese a que las tenías todas de ganar! ¡Deberías estar avergonzado! ¡Aún muerta, Sailor Silver Moon te humilló!

Warbringer arrugó el entrecejo al escuchar las palabras de Sailor Amethyst, y llegó a la conclusión de que aquella batalla había durado demasiado. Iba a usar todo su poder para aplastar a Sailor Amethyst, pero un golpe poderoso se lo impidió. No había sido un puño, sino la punta de un arma, pero aquello no hizo ninguna diferencia. Warbringer salió disparado hacia las gradas del coliseo, quedando enterrado en ellas. Cuando Sailor Amethyst vio quién había atacado a Warbringer por sorpresa, supo que no debió haber esperado otra cosa de Sailor Saturn. Ella era la única Sailor Senshi presente cuyo poder era comparable con el de Sailor Silver Moon. No había venido sola, sin embargo. El resto de las Outer Senshi y las Sailor Gems la acompañaba. Pero el semblante de Sailor Saturn era sombrío, y ninguna de ellas supo por qué, hasta que abrió la boca.

—La única forma de que ustedes puedan escapar es que yo me quede atrás.

Todas las Sailor Senshi tragaron saliva.

—No puedes estar hablando en serio —dijo Sailor Uranus, con la boca abierta.

—Te necesitamos —añadió Sailor Neptune con urgencia.

—Si vamos a enfrentar a los Galthazar, tenemos que contar contigo —dijo Sailor Pluto, sonando preocupada por su compañera—. Especialmente ahora, que ya no tenemos a Sailor Silver Moon.

Pero daba igual lo que dijeran las demás, Sailor Saturn ya había tomado su decisión.

—La persona que necesitamos para vencer a los Galthazar es a Sailor Moon —dijo, y las demás la miraron con incredulidad—. Es la única Sailor Senshi cuyo Sailor Cristal no ha sido arrebatado aún. Si ustedes pueden infiltrarse en el palacio de Tokio de Cristal, llegan a la sala del reactor y obtienen el Cristal de Plata, Sailor Moon podría regresar. Ella es más poderosa que cualquiera de nosotras, y es la única que puede detener a los Galthazar.

—Pero… pero no deberías dar tu vida por eso —dijo Sailor Tourmaline, mirando a Sailor Saturn como si acabara de caerse muerta delante de ella—. Que Sailor Silver Moon lo haya hecho, no significa que tú debas hacer lo mismo.

—No puedo ser menos que Saori —repuso Sailor Saturn, tomando su alabarda con más firmeza—. Ninguna de nosotras puede serlo. Debemos estar dispuestas a ofrecer nuestras vidas para ganar esta batalla, nos guste o no. Para eso hemos nacido. Somos Sailor Senshi. Nadie más hará esto en nuestro lugar, ni siquiera los Galthazar.

A veces, a las Sailor Senshi les costaba creer que Sailor Saturn fuese menor que ellas, y aun así, mostrase esa clase de determinación. Pero seguían sin estar de acuerdo con su plan, pues necesitaban su poder.

—Saori me enseñó a jamás bajar los brazos, y a darlo todo para vencer —continuó Sailor Saturn, enterrando su alabarda en el suelo, el cual comenzó a vibrar un poco—. Pues yo también lo daré todo para que ustedes puedan escapar, y tengan una oportunidad para vencer a los Galthazar. Y ahora, váyanse.

—¿Y qué vas a hacer para darnos una oportunidad? —preguntó Sailor Jasper, quien no estaba segura de si quería escuchar la respuesta.

Sailor Saturn miró a los monstruos que se acercaban a ellos, y a Warbringer, que ya se había recuperado del golpe. Mostró una pequeña sonrisa, al tiempo que un campo de energía púrpura comenzó a envolver su cuerpo. Fue en ese momento en que las Sailor Senshi supieron qué era lo que Sailor Saturn iba a hacer, al menos el resto de las Outer Senshi.

—Lo que mejor hago —fue todo lo que dijo.

Aquella fue la señal para que las Sailor Senshi se largaran de ese lugar. Nada haría cambiar de opinión a Sailor Saturn cuando se trataba de usar el gran poder que se le había otorgado. Sailor Amethyst había localizado un puerto espacial a un kilómetro de distancia, en el que había dos naves espaciales esperando a despegar. Por sugerencia de ella, las Sailor Senshi volvieron a ser chicas normales, y, pasando por los vestidores de los funcionarios del coliseo, tomaron vestimentas propias de los hecatianos, y se cubrieron con los ropajes. A partir de ese momento, fue una carrera contra el tiempo, porque Sailor Saturn iba a usar la técnica de la revolución del silencio y la muerte. Como las Sailor Gems no conocían mucho sobre Sailor Saturn, fue Sailor Pluto quien les explicó que la revolución del silencio y la muerte consistía en la total destrucción del planeta en el que se encontrara Sailor Saturn, pero que hacerlo, le costaría la vida. Violet al fin entendió por qué las demás Outer Senshi no querían que Sailor Saturn se quedara atrás.

Después de ir a buscar a Darien, quien se había quedado en las celdas porque sería más un estorbo que una ayuda, todas corrieron como alma que llevaba el diablo hacia el puerto espacial, percatándose de que los temblores eran más frecuentes y más intensos. Sailor Saturn no había mentido cuando dijo que lo iba a dar todo para que ellas escaparan.

Después de diez minutos de carrera, en medio de temblores cada vez más poderosos y rayos que caían sobre el suelo, las chicas llegaron al puerto espacial, y abordaron una de las naves que salían del planeta. Habían llegado solamente cinco minutos antes del despegue de la nave, y, debido a lo que estaba ocurriendo en Hecate, nadie les pidió alguna identificación. Violet entendía a la perfección la laxa seguridad, porque esos terremotos y esos rayos realmente se antojaban apocalípticos, y los hecatianos estaban más preocupados de salvar a cuanta gente fuese posible de la inminente catástrofe. Pero Violet dudaba de que ellos supieran que el planeta estaba a punto de desaparecer de la faz del universo.

La nave despegó y se alejó de la superficie a toda la velocidad que le permitían sus propulsores. Las chicas y Darien vieron por la ventana cómo una grieta del tamaño de un estadio se tragaba el puerto espacial entero. Nicole ni siquiera se hizo la pregunta de cuántos hecatianos iban a perder la vida con el ataque más devastador de Sailor Saturn.

En el coliseo, Sailor Saturn resistía el ataque de Warbringer y sus creaciones con su campo de energía, aunque éste se iba debilitando de a poco. No le importó, sin embargo, porque la esfera de color púrpura que había aparecido encima de ella sería suficiente para mantener a sus enemigos a raya.

—¡Te mataré, tal como la última vez! —exclamó Warbringer, redoblando la fuerza de sus ataques, pero el escudo de Sailor Saturn aún aguantaba, pese al castigo de los demás monstruos—. ¡No creas que tendrás suerte en esta ocasión!

—Mi objetivo ya fue cumplido, Warbringer —dijo Sailor Saturn calmadamente, como si destruir un planeta entero fuese un asunto casero—. Mis compañeras ya han dejado este planeta. Ahora, puedo hacer con éste lo que me plazca. Y, si se requiere eliminar un planeta para derrotarte, lo haré.

Warbringer hizo un gesto con las manos, y los monstruos sufrieron una grotesca transformación. Sus pieles se habían convertido en acero, salieron alas de sus espaldas, y despegaron hacia el cielo, batiendo sus alas de forma perezosa. Solamente eran Warbringer y Sailor Saturn.

—¡No conseguirás que tus compañeras escapen! ¡Mis monstruos las alcanzarán y las matarán!

—No si no saben adónde van —repuso Sailor Saturn, deshaciéndose de su escudo, y dejando que la esfera púrpura encima de ella le sirviera de protección—. Tendrán que buscar en cada rincón de la galaxia, y créeme que eso les tomará mucho tiempo. Y, en cuanto a ti, no vale la pena tratar de detener lo inevitable. Vas a morir.

La verdad, Sailor Saturn esperaba que sus compañeras escaparan antes de que llegara el punto de no retorno para ella, pero aquel ya había pasado hace rato, y ya no había forma de detener el desastre. Hecate iba a desaparecer, e iba a matar a miles de millones de seres inocentes.

Lo siento, chicas. Voy a ser responsable de la muerte de incontables personas. Por eso, no puedo seguir existiendo en este universo. Ya no hay nada que pueda hacer para detener esto.

—¡No voy a morir por una simple explosión!

—No lo entiendes, ¿verdad? —le dijo Sailor Saturn en un tono condescendiente que solamente hizo que Warbringer se pusiera más furioso—. Todo este planeta va a explotar, y tú serás reducido a polvo cósmico. Ya no hay nada que puedas hacer, salvo escapar.

Warbringer notó algo en la situación que le parecía bastante graciosa, y tenía mucho que ver con lo que estaba haciendo Sailor Saturn.

—Ustedes trataron de detenerme cuando quería activar el acelerador de partículas —dijo, soltando una breve carcajada despectiva—, cuando quería matar a casi cuatro mil millones de personas. ¿No crees que es paradójico, que una Sailor Senshi esté dispuesta a destruir todo un planeta, solamente para detenerme? ¿Te das cuenta de lo que está pasando? ¿Realmente crees que ustedes son mejores que yo? Yo hice lo que hice para comenzar de cero y crear un nuevo mundo, libre de los flagelos que lo atenazaban. Tú, por otro lado, quieres acabar con toda una civilización, para detener a una sola persona. ¿Quién crees que es el genocida ahora?

Sailor Saturn no dijo nada. Warbringer no le había dicho nada que ella no supiera. Tenía el poder de acabar con todo un planeta, sacrificando su vida, pero no era solamente su vida la que iba a terminar, sino que la de incontables seres vivos, quizás la de una civilización entera. Pero también sabía que ella había sido elegida para ese rol por una razón, y, seguramente, fue elegida porque era la única que estaba dispuesta a pagar el precio por su tremendo poder. Tal vez por eso era que necesitaba morir para usar su técnica más devastadora. Era más justo que el genocida pereciera junto con los seres vivos cuyas vidas había acabado.

—No me importa —dijo Sailor Saturn al cabo de unos pocos segundos—. Si eso es lo que se requiere para detenerte, eso es lo que haré.

Y Sailor Saturn ya no escuchó nada más de lo que le dijera Warbringer. Eso no le impidió gritarle todo lo que quisiera, pero ella hizo oídos sordos, y se concentró en la tarea a mano. No obstante, pese a su determinación, su inminente muerte le hizo cobrar conciencia de lo que estaba dejando atrás. Y una de ellas destacaba por encima de todo lo demás.

Rini. Lamento no poder decirte lo que siento por ti, lamento con todo mi corazón no poder decirte cuánto me gustas y cuánto deseo estar contigo, pero ya no es posible. Estoy a punto de dar mi vida para vencer a un enemigo extremadamente peligroso, y no lo haré sin consecuencias. Estoy segura que tú jamás aprobarías lo que voy a hacer, y yo lo lamento tanto como tú lo harías, pero fue necesario para que mis compañeras pudieran escapar. Ahora, es demasiado tarde para detenerlo. Pero quiero que sepas que, aunque ya no esté en este mundo, lo que siento por ti resonará en la eternidad, y de alguna forma, mis sentimientos llegarán a tu corazón, y te harán feliz cuando estés triste, harán que dejes de derramar lágrimas por lo que sea, harán que los días sean más luminosos. Lo único que te pido es que, cuando sepas de mi muerte, no te pongas triste. Haz lo que sea necesario para que mi muerte no sea en vano.

Sailor Saturn elevó su alabarda al cielo, la giró ciento ochenta grados, y, dando una última mirada desafiante a Warbringer, la clavó en la arena.

Un temblor más poderoso que cualquier otro que se hubiese sentido sacudió el planeta entero. Se formaron grietas de un kilómetro de ancho, lava brotó de ellas, y el suelo comenzó a elevarse de forma violenta. Warbringer se percató del peligro, y se elevó en el aire, en dirección a sus aposentos en el coliseo, donde tenía una armadura de repuesto. No podría sobrevivir a lo que se venía sin protección.

En el momento que terminó de colocarse su armadura, ni se preocupó de que hubiera techo encima de él. Lo rompió con su armadura, y voló a toda velocidad hacia el cielo. Segundos más tarde, el núcleo del planeta estalló.

Hecate se convirtió en una bola de fuego, y trozos gigantes de planeta salieron eyectados a cientos de miles de kilómetros de distancia, girando y colisionando con otros pedazos rocosos. El centro de la explosión brilló en rojo por varios segundos antes de apagarse, dejando un triste legado en medio del espacio, una sombra ruinosa de lo que hace menos de media hora atrás, era un planeta con flora, fauna, y una civilización medianamente avanzada.

Haruka, Michiru y Setsuna no dijeron nada. Sus ojos reflejaban la destrucción de Hecate, pero sus mentes estaban en blanco. No había forma de que Warbringer hubiera sobrevivido a semejante catástrofe, pero aquello no era un consuelo en absoluto. Sailor Saturn había pagado el máximo precio por ello, y no solamente las Outer Senshi restantes se lamentaban por eso. Las Sailor Gems también eran capaces de entender el dolor de sus compañeras, pues lo habían experimentado cuando Polaris asesinó a su propia hija, salvo una de ellas.

Violet no se encontraba con las demás. Estaba sola, sentada a unos metros de sus compañeras, deshaciéndose en llanto por haber perdido a Saori. Ni siquiera era capaz de sentirse mal por Hotaru, porque no le cabía más dolor en su corazón. Pese a que Saori había regresado de la muerte en otras ocasiones, Violet sentía que, en esa ocasión, ella no iba a regresar. Contemplando el Sailor Cristal en sus manos, comprendió que Saori ya no volvería a la vida nunca más. Aquello hizo que volviera a llorar desconsoladamente, y los demás pasajeros de la nave pensaron que había perdido a alguien importante durante la destrucción de Hecate. De hecho, el ambiente era muy lúgubre por eso mismo, pues la mayor parte de los pasajeros eran hecatianos.

Entre todas las naves que habían conseguido escapar del malogrado planeta, había unos mil quinientos hecatianos, una cantidad ni remotamente suficiente para empezar de cero. La raza, inevitablemente, iba a extinguirse dentro de unas pocas generaciones, y los hecatianos solamente podían esperar a que eso ocurriera, porque era inevitable. Pero saber que toda una civilización tenía sus días contados era algo secundario para Violet, porque su dolor era tan debilitante que ni siquiera podía ponerse de pie.

Molly, quien observaba los restos de Hecate como si acabara de contemplar la muerte de algún familiar cercano, notó que Violet se encontraba sola, y, lejos de creer que necesitaba espacio, pensó que una amiga le haría mucho bien. Sin embargo, no era necesario decir nada. Como bien sabía, había muchas ocasiones en las que la simple presencia era un gesto poderoso.

Molly tomó asiento frente a Violet, quien no paraba de llorar, y le tomó ambas manos. Por un momento, pensó que Violet no se había dado por enterada, pero luego, vio cómo ella alzaba la vista. Tenía los ojos hinchados y las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, pero compuso una pequeña sonrisa al ver a su princesa apoyándola en un momento tan difícil para ella.

—Gracias —dijo Violet con voz queda, volviendo a mirar el Sailor Cristal de Sailor Silver Moon.

—Para eso están las amigas —contestó Molly, apretándole las manos a Violet, y ella pudo sentir el calor que brotaba de éstas—. Además, somos las únicas Sailor Senshi que quedan. Tenemos que apoyarnos entre nosotras. Era lo que siempre hacían Serena y sus amigas. Podríamos hacer lo mismo.

Violet hipó, e iba a responder, cuando un mensaje le llegó a uno de sus aparatos. Con manos un poco torpes, abrió el mensaje.

Fue como si fuese iluminada por el sol.

Secándose las lágrimas e hipando una última vez, Violet se acercó a las demás. Pese a que aún tenía una expresión sombría en su cara, ésta mostraba determinación.

—Tenemos que regresar a Fala —fue todo lo que dijo.