CXLV
El coraje de Lita

Tokio de Cristal, 02 de diciembre de 2992, 03:35p.m.

"Descubrí algo asombroso"

Aquel había sido el mensaje que recibieron las chicas de parte de Amy. Al fin, después de varios días de mutismo, ella había dado indicios de vida, y sus primeras palabras no decían nada relevante, sobre cómo estaba, qué le había pasado o qué había estado haciendo. Varios días habían transcurrido, durante los cuales Serena y las demás tenían el estómago retorcido por no saber nada de Amy, pero aquellas palabras les sentaron como un balde de agua fría, como si no le hubiese pasado nada malo. Y lo peor de todo el asunto era que ni siquiera se había molestado en darles esa noticia en persona, sino que a través de un mensaje.

—Maldita Amy —gruñó Mina, quien era la que más molesta estaba con ella—. Aquí estamos, preocupadas por ella, y todo lo que nos da es un mensaje de texto.

—Puede que estuviese trabajando en algo importante, y no nos ha dicho de qué se trata por alguna razón de peso —intervino Lita, quien era la que siempre defendía a Amy cuando era atacada por el resto—. Sí, no hizo bien en decirnos al menos cómo estaba, pero deberíamos preguntarle para salir de dudas. Amy nunca hace algo sin un propósito.

—Sean cuales sean sus razones, no tiene ningún derecho a hacer que nos preocupemos en balde por ella —repuso Mina, y Rei le dio la razón—. ¡Podría haberle pasado algo malo, y nosotras jamás lo sabríamos!

—¿Qué piensas, Serena? —preguntó Rei, buscando su opinión sobre el tema.

Serena se llevó una mano al mentón, tratando de hacerse un marco mental de por qué Amy haría algo así con sus amigas. La Amy que conocía tenía un concepto muy alto de la amistad, y no estaría preocupando a las personas que quería sin ninguna razón. Mina tenía razón en que Amy no haría algo así, pero Lita también tenía un punto al pensar en las motivaciones de ella para hacer lo que hizo.

—Pienso que deberíamos esperar a que ella regrese, y nos explique a todas, de manera que podamos entender lo que ocurrió —dijo, después de un minuto completo de silencio. Las demás no se burlaron, sin embargo. Serena jamás había sido una mujer brillante y de pensamiento ágil, pero debían reconocer que ella había, de hecho, respondido la pregunta, y no haber escapado con una salida propia de ella, como que tenía hambre o flojera. Al final, era la mejor opción que podían elegir de momento, e iban a dispersarse, cuando aparecieron Edward y Conrad a lo lejos. Rei y Lita enrojecieron al instante, cosa que Serena y Mina notaron de inmediato. Se miraron brevemente, exhibiendo sonrisas cómplices.

El día de ayer, Rei había llegado muy tarde a su casa, y también Lita. Ambas venían de las casas de Edward y Conrad respectivamente. Lita tenía una expresión soñadora en su cara, algo que era común en ella, lo que no ameritaba más análisis, pero lo extraño era que Rei mostraba una expresión similar en su cara. Tenía las mejillas rabiosamente coloradas, y sonreía por ninguna razón en particular. Ambas se habían encontrado en una calle céntrica, rumbo a un paradero de monorriel, y, como era natural, se saludaron. Rei no halló nada que no hubiera visto antes en Lita, pero el caso de Rei era distinto.

Muy distinto.

Lita había observado que Rei, a medida que su relación con Edward era más cercana, no exhibía demasiados sonrojos. Su atracción por Edward era de un corte más maduro que el de ella misma, más símil a lo que mostraría Amy en presencia de William. No obstante, en ese momento, mientras viajaban en el monorriel que las llevaría a sus respectivas casas, Rei seguía ostentando la misma cara de estúpida que había visto cuando se encontraron en la calle. Por un momento, estuvo en la duda de si debía preguntarle qué le había pasado, o dejar que fuese la misma Rei quien contara lo que había pasado en casa de Edward. Aunque, en honor a la verdad, no era muy complicado adivinar la razón de su prolongado sonrojo y esa sonrisa de borracha.

Pero todos sabemos que Lita, al igual que Mina, Serena y la misma Rei, eran chismosas como ellas solas, y largó la pregunta, sin anestesia.

—¿Tuviste sexo con Edward?

Rei tragó saliva, pensando en la tremenda indiscreción que había cometido Lita, y poniéndose aún más roja. Aquella, como venía siendo el caso para Lita, fue respuesta suficiente para ella. Pero eso no significaba que debiese quedarse callada.

—Dilo más fuerte, que nadie te escuchó —gruñó Rei entre dientes, golpeando a Lita en el hombro—. ¡Caray, Lita! Pensé que eras un poco más discreta.

—Perdón —dijo Lita, llevándose una mano a la nuca, y soltando la risa floja—. Se me salió.

—Para la próxima, espérate a que estemos todas juntas —dijo Rei, un poco más calmada, pero el rubor no desapareció, cosa que Lita notó de inmediato—. ¿O dime que, cuando llegaste la primera vez con la cara roja como un tomate, te pregunté si habías tenido sexo con Conrad?

—Pues… no —admitió Lita, recordando que eran Serena y Mina las morbosas del grupo—. Por eso, te pido perdón nuevamente. Te prometo que, para la próxima, lo discutiremos como amigas.

—Eso era lo que quería escuchar.

Lita volvió a la realidad, y vio a Conrad aproximarse a ella. Su corazón comenzó a latir más deprisa de inmediato, pero no con la misma intensidad que cuando tenían una cita con desenlace sexual incluido. En esa ocasión, sería una simple comida, pero aquella tendría lugar en la casa de Lita, pues ella sería la cocinera. Conrad había decidido probar sus dotes culinarias, y, de paso, conocer más a la persona que era su novia. Le había dicho con anticipación que no tenía ninguna intención de tener sexo con ella, pues consideraba que habían tenido mucho de eso ya, y que ninguna relación podía basarse solamente en la pasión. Lita estuvo de acuerdo.

Conrad, como sus compañeros de Achilles' Heel, usaba ropas características de un metalero, pero el rasgo que le destacaba del resto era la pañoleta que usaba en la cabeza, y a Lita siempre le había parecido que eso le daba un aire como de pirata, o bucanero, sensación que era reforzada por el cabello castaño oscuro ondulado que siempre empleaba. Tenía brazos gruesos y fibrosos, consecuencia de su constante uso de la batería en sus conciertos. Conrad le había confesado a Lita que, siempre que iba a tocar la batería, tenía la costumbre de ejercitar con un par de mancuernas antes de cada concierto, y que aquello le ayudaba a entrar en calor y no perder masa muscular. Lita consideró que Conrad no se vería mal con unos vaqueros y una camisa de leñador. El sólo hecho de pensar en ello hizo que Lita se pusiera del color de los rábanos.

Cuando ambos llegaron a la casa de Lita, Conrad vio que su novia era una mujer con una admirable pasión por los detalles. Cada esquina de la sala de estar se hallaba decorada con una maceta, en la que crecía una flor. Las ventanas relucían a causa de estar limpias, y lo mismo se podía decir de los muebles y los sillones de cuero sintético (el cuero auténtico estaba prohibido por ley, de manera de proteger la fauna y evitar su extinción). La alfombra no tenía ni una mota de polvo, y se podía percibir un aroma agradable, que Conrad identificó como roble. Había cuadros de árboles y plantas en las paredes, y las cortinas estaban decoradas con flores de seda.

—¡Vaya! —dijo Conrad, visiblemente sorprendido por lo que estaba viendo—. Si mi casa estuviera igual de ordenada que la tuya, no pasaría media hora buscando los palillos de mis baterías.

—No es nada —dijo Lita, enrojeciendo una vez más, pero no tanto como la primera vez que vio a Conrad en el día—. Podría automatizar el proceso, tal como lo hace Amy en su casa, pero yo prefiero hacer las cosas por mi cuenta. No siento que yo las haya hecho si no es con mis manos.

Conrad no dijo nada. Ese aspecto de Lita ya lo sabía, pues ella se lo había contado en una de sus primeras citas, pero no esperaba que sus palabras en esa ocasión hubieran sido así de literales.

—¿Vamos a la cocina? —invitó Lita, cuyo rubor iba desapareciendo de a poco, como si estar en su casa le diera más aplomo para relacionarse con su novio—. Voy a mostrarte cómo preparo mis comidas.

—¿Y no harás que te ayude?

—Perdóname, Conrad —dijo Lita con una risita, y ni rastro del sonrojo en sus mejillas—, pero, la última visita a tu casa me dijo sin ninguna duda que eres muy malo cocinando, así que déjame hacer los honores. Quizás aprendas algo.

Conrad no dijo nada. Sabía que, en casa de Lita, era la ama y señora, por lo que decidió seguirle la corriente y acompañarla a la cocina.

Una vez allá, Lita se comportó como le gustaría comportarse con Conrad en cualquier otra parte que no fuese la cocina de su casa. Tomó los utensilios que iba a necesitar para cocinar (Lita no empleaba robots o programas automatizados para hacer sus tareas), tomó los ingredientes, y se puso a picar algunos vegetales, mientras dejaba friendo unas colas de camarón en una sartén que empleaba un campo electromagnético para que el aceite no se pegara. Tampoco empleaba gas para cocinar, pues el uso de combustibles fósiles se había prohibido desde la fundación de Tokio de Cristal. En lugar de eso, empleaba el mismo calor del sol, el que era conducido a través de tubos de cobre (de la misma forma en que el calor de la CPU y la GPU era conducido hasta los ventiladores en un laptop), y se acumulaba en una placa ancha del mismo material, la que se calentaba y permitía la cocción.

—¿Sabías que ese era el sistema que se usaba para cocinar antes que todo se automatizara? —dijo Conrad, pensando que Lita no sabría aquel dato. No obstante, cuando se trataba de cocina, Lita era una autoridad en sí misma.

—¿Sabías que yo y Amy desarrollamos este sistema?

En su afán por sorprender a Lita, había sido Conrad el sorprendido. Aquello tenía sentido. Lita era la experta en cocina, y seguramente había sido ella quien había determinado las temperaturas adecuadas para cocinar, y Amy quien había desarrollado el aparato mismo, aprovechando sus conocimientos de física. Lita también debió haber participado en el diseño de la placa para cocinar, porque debía imitar a la perfección a las cocinas del siglo veinte. Conrad, para tragarse la vergüenza, decidió cambiar de tema.

—¿Y qué vas a cocinar?

—Colitas de camarón fritas con arroz a la jardinera —dijo Lita alegremente, mientras tomaba un paquete de arroz, y lo echaba a una fuente, donde lo lavaría para quitarle el exceso de almidón—. Cada vez que preparas arroz, debes lavarlo primero. Sin importar que te quede pegado, debes hacerlo, porque si no lo haces, podrías terminar con serios problemas de salud. Esa cuestión del arroz graneado es un error. Menos mal que ahora se instruye a que el arroz se lave primero.

—Sí, tienes razón —dijo Conrad, recordando que había leído algo acerca de una nueva norma para alimentos, entre los que se encontraban las pastas y el arroz—. Las normas alimentarias no son obligatorias, pero como es redituable cumplirlas, entonces todas las empresas de alimentación lo hacen. Lo que sí está prohibido es vender alimentos transgénicos, aunque eso implique que se pierdan cosechas por culpa de las enfermedades que sufren las plantas.

—Pero ahora se desarrolló una tecnología que impide que las plagas maten cosechas —dijo Lita, mientras vertía el arroz ya lavado en otra sartén—. De hecho, ni siquiera se considera una tecnología, porque bastó con introducir un antagonista natural de las plagas para que no se pierdan cosechas. Y resulta que estos antagonistas de plagas, de hecho, son beneficiosas para las plantas que usamos para consumo. Como ahora se produce de acuerdo a la demanda real, y no a lo que es más beneficioso para un mercado, entonces no se abusan de los suelos. El monocultivo tampoco se practica, porque, al arruinarse los suelos, las empresas no pueden seguir cultivándola, y hay restricciones para impedir que éstas adquieran nuevos terrenos para cultivo. De ese modo, es más conveniente sacar el mayor provecho al suelo que ya poseen.

Lita escuchó un sonido que provenía de afuera, y creyó que se trataba de alguna de sus amigas, pero no podía dejar de poner atención a lo que estaba cocinando.

—Conrad, ¿podrías ir a ver qué produjo ese sonido extraño?

Como era obvio, él también había escuchado lo mismo que Lita, y salió de la cocina, rumbo a la sala de estar, y hacia la puerta. Ésta poseía una cámara que permitía al dueño de casa ver quién esperaba afuera. En esos tiempos, era prácticamente imposible encontrarse con ladrones, asesinos, violadores o estafadores, porque las condiciones que los creaban estaban lentamente desapareciendo de Tokio de Cristal y, por ende, de la faz de la Tierra. Sin embargo, eso no significaba que hubieran sido completamente erradicados. Aquellas eran las personas realmente malvadas, aquellas que tenían uno o más tornillos flojos dentro de sus cabezas, aquellas que seguirían igual, con indiferencia de las nuevas condiciones del entorno. Según Amy, la transición tomaría unos quince años más, tiempo durante el cual ella sugirió construir establecimientos especializados, que trataran los comportamientos delictivos como enfermedades, y no como crímenes. De ese modo, se eliminó la necesidad de cárceles, reemplazadas por estos centros médicos, donde se ayudaba al ladrón o al asesino, por medio de un condicionamiento inverso, es decir, en lugar de hacer que la persona adoptara determinados comportamientos, se hacía que el mismo entorno eliminara la necesidad de esa persona por cometer acciones violentas o delictuales. El proceso era largo, pero curiosamente satisfactorio, y había médicos especializados en localizar a esas personas, quienes utilizaban métodos pasivos para neutralizarlos, y llevarlos a los centros. Los juicios habían sido reemplazados por evaluaciones psicológicas, y las celdas, por patios de esparcimiento, donde convivían con personas normales. De ese modo, de forma lenta pero gradual, el criminal iba dejando de lado sus comportamientos viciosos, porque no había estímulos que gatillaran sus peores instintos.

Conrad vio por la pantalla que se trataba de un vendedor callejero. Aquello le pareció extraño. En esos tiempos, los vendedores callejeros no tenían razón de existir, porque los productos no tenían precio, y, por lo tanto, no se vendían. Con un viso de sospecha, Conrad se puso en alerta, y abrió la puerta, de forma de echar al vendedor para que dejara de molestar. No obstante, el vendedor sacó un arma de sus alforjas, una pistola que provenía del siglo veinte. Conrad se quedó petrificado, pero no como si estuviera asustado del arma, sino como si estuviera indeciso sobre qué hacer a continuación.

—¡Quédate quieto! —exclamó el "vendedor", y Conrad alzó los brazos en señal de rendición—. ¡Me apoderaré de todo lo que hay en esta casa! ¡No hagas siquiera un ruido, y todo saldrá bien!

Lita, desde la cocina, escuchó los gritos, y supo de inmediato que algo andaba mal. Apagó la cocina, sin importarle que los camarones aún no estuvieran fritos, y se aproximó a la sala de estar con cautela. Aplanando su espalda contra la pared, miró por el rabillo del ojo hacia la sala de estar, y vio a un sujeto vestido como un vendedor del siglo veinte, sosteniendo una pistola, la que seguramente debió haber sacado de un museo o una excavación arqueológica, y apuntando a Conrad con ella. La frecuencia de sus latidos se elevó de golpe, y tragó saliva, pero crispó los puños y respiró hondo. No iba a dejar a Conrad a su suerte.

Cuando vio que el ladrón le daba la espalda a Lita, ella vio la oportunidad que buscaba. Aspirando aire por última vez, Lita dio tres zancadas en dirección al ladrón, pero, en su apuro por salvar a Conrad, hizo demasiado ruido al correr, y el ladrón giró violentamente hacia Lita, siempre apuntando su arma al frente, pero Lita no se acobardó. Siguió corriendo, y tacleó al ladrón, al tiempo que un estampido resonó en la sala de estar.

Por suerte, la bala pasó a centímetros por encima de la cabeza de Lita, y, sin ningún tipo de vacilación, le asestó un golpe en la cara, dejando inconsciente al intruso. Respirando de forma superficial, Lita se puso de pie, mirando primero al ladrón, después a Conrad, quien lucía ileso.

—¿Quieres que llame al Centro de Tratamiento de Enfermedades Criminales? —ofreció Conrad, y Lita asintió en silencio, calmándose lo suficiente para saber qué hacer a continuación.

De forma que el ladrón no pudiera moverse, ató sus brazos y piernas con cinta adhesiva, la que no usaba ningún hidrocarburo para pegarse a superficies, era completamente reutilizable, y se despegaba con asombrosa facilidad, siempre y cuando se hiciera de una forma muy específica. Esa cinta adhesiva se podía usar para reparaciones provisorias de fallas estructurales en rascacielos.

—¿Estás bien? —preguntó Lita cuando Conrad hubo acabado con la llamada. Miró bien a su novio. Aparte de no tener heridas físicas, no parecía demasiado agitado por la experiencia, pero Lita juzgaba que siempre era correcto preguntar.

—Un poco asustado, pero bien —repuso él, también respirando hondo para calmarse—. Pero estoy sorprendido por la forma en que resolviste la situación. Seguiste adelante, pese a que ese ladrón te estaba apuntando con un arma. Cualquier otra persona se habría detenido en el acto.

—Si me hubiera detenido —dijo Lita, acercándose a Conrad y tomándole ambas manos—, no habría solucionado nada. Seguramente habría dejado vacía la sala de estar, y, probablemente, ambos estaríamos muertos. Tengo esta compulsión de interponerme entre el peligro y las personas que quiero o amo.

Conrad la miró a los ojos, y le sonrió.

—Pues… es una compulsión con la que puedo convivir.

Lita soltó una risa suave, y le dio un beso suave en sus labios.

—Y ahora que eso está resuelto, ¿te parece si volvemos a la cocina a terminar lo que comenzamos?

Conrad no borró su sonrisa. Su intención había sido, aparte de aprender un poco de cocina, conocer un poco más a su novia. Y resulta que había aprendido algo muy importante sobre Lita después del incidente con el ladrón.