CXLVII
Ases bajo la manga

Tokio de Cristal, 04 de diciembre de 2992, 09:19p.m.

Normalmente, Mina no era una chica que se caracterizara por andar sin sus amigas, pero aquella había sido una excepción, de las tantas excepciones que había habido a lo largo de los últimos días. Mina era una mujer en una situación un tanto extraña, porque, sin importar lo que hiciera para llamar la atención de un hombre, ellos parecían no tenerla en cuenta, o la veían como una amiga. Aquella noche iba a ser la última excepción. Si no tenía suerte, iba a tener que aceptar que se iba a quedar sola por el resto de su vida. Por alguna razón, aquella representaba tal afrenta a su esencia particular que no sabía si lograría siquiera concebir una vida sin una persona a su lado. Y digo "persona", porque Mina también había intentado ganarse la atención de varias chicas, con el mismo resultado que con los chicos, pero, en esa ocasión, asumió que, simplemente, se notaba demasiado que ella no era lesbiana, y, en consecuencia, ninguna de ellas le iba a hacer caso.

Había muy pocas personas deambulando por las calles a esa hora, pero había más hombres jóvenes que mujeres jóvenes. Mina interpretó ese hecho como una buena señal, y siguió errando sin rumbo aparente por las calles de Tokio de Cristal, mirando a algún hombre, sin que ninguno le mostrara siquiera un ápice de atención. Aunque Mina debía haberse habituado a esa clase de situaciones, igual se le revolvía el estómago cada vez que un chico desviaba la mirada hacia otro lado. Era como si hubiera un consenso general entre los hombres para no interactuar con Mina, pero ella consideraba que era imposible que todos los hombres jóvenes de Tokio de Cristal pensaran que Mina era una chica que debían evitar a toda costa.

—¿Qué haces tan tarde por la ciudad? —preguntó una voz, aparentemente, sin cuerpo, la que sobresaltó a Mina. Ella rápidamente miró en la dirección de donde había provenido la voz, y vio la silueta de un hombre de mediana estatura. De inmediato, el corazón de Mina saltó a su garganta, y todo su cuerpo comenzó a temblar. ¿Acaso esa noche, de entre todas las noches, su mala suerte se habría acabado? Luego, recordó que Nathan también hablaba con ella, pero sin que hubiera algo más que amistad entre ellos. Decidió temperar sus expectativas.

—Solamente paseando por ahí, tomando un poco de aire— respondió Mina, tratando de que la contracción en su garganta no se manifestara de forma física, pero le fue imposible. El desconocido arqueó una ceja, y dio tres pasos en dirección a Mina, revelando su aspecto. Era un hombre, en efecto, de mediana estatura, con el rostro en forma de corazón, tenía el cabello albino y usaba vestimentas que semejaban un uniforme, de color gris y con un cinturón negro rodeándole la cintura. Por alguna extraña razón, llevaba un mazo de naipes en su mano derecha.

—¿Eres un apostador? —preguntó Mina, y ésta parecía sensata, al ver el mazo de naipes, pero el desconocido arqueó una ceja, como si la pregunta fuese necia.

—No sabes quién soy —dijo el hombre, cruzándose de brazos—. Bueno, ahora recuerdo lo que te ocurrió, pero no creo que sea sensato decírtelo, al menos no ahora.

—¿Quién diablos eres? —preguntó Mina, decepcionada de que su primer encuentro de la noche no estuviera discurriendo como ella esperaba—. ¿Qué fue lo que me ocurrió? ¿Tiene que ver con que no pueda encontrar pareja?

—Digamos que tiene relación con tu maldición, por decirlo de algún modo.

Mina frunció el ceño. Después de escuchar las palabras del desconocido, no creía que hubiese mencionado la palabra "maldición" por accidente.

—¿Cómo sabes que no puedo encontrar pareja?

El desconocido mostró una sonrisa de lado.

—Si dejas que te invite a un trago, es posible que te lo diga.

Palacio de Tokio de Cristal, diez minutos antes

Aurora, la reina de Tokio de Cristal, había consultado por el avance en el desarrollo del nuevo reactor, el que no requería el poder del Cristal de Plata para hacer su trabajo, y había escuchado muy buenas noticias. Al parecer, la energía de la gema podía ser replicada con algo que se denominaba "energía de punto cero". Según la jefa de investigación y desarrollo del reino, el reactor debía ser rediseñado para que generara un campo de energía toroidal. De ese modo, el reactor se alimentaría a sí mismo, mientras que entregaba el exceso de energía a los receptores ya instalados en todo el mundo. Según los cálculos, el toroide debía ser del tamaño del planeta entero para que fuese efectivo. El Cristal de Plata generaría la suficiente energía para crear el toroide, y, en el momento en que se pueda alimentar a sí mismo, los receptores serían adaptados para actuar como torres Tesla en miniatura, de forma que pudieran captar energía de forma inalámbrica. Como era natural en esos tiempos, el cambio de receptores estaría libre de costo debido a mejoras en los procesos de fabricación, más eficientes y con menor uso de materiales, lo que generaba abundancia, y, en consecuencia, que su precio fuese disminuyendo hasta que cobrar por ello fuese irrelevante.

Aquel era el último asunto que debía atender en el día. Ordenó que uno de los empleados del palacio le llevara la cena al dormitorio real, y encaminó sus pasos en esa dirección. No se sentía cansada, pero dormir bien le reportaba un montón de beneficios, y prefería mantener su buena salud, de manera que pudiera hacer una buena gestión como reina de Tokio de Cristal.

Después de comer algo liviano, Aurora se dedicó a leer un libro por una media hora, antes de apagar las luces con dos palmadas de sus manos, y se quedó dormida quince minutos más tarde, pensando en el próximo éxito del nuevo reactor. De ese modo, el Cristal de Plata ya no sería necesario para proporcionar energía al mundo entero, e iría a parar al Pozo Negro, junto al resto de los Sailor Cristales. Su próxima tarea sería apoderarse de los últimos Sailor Cristales que quedaban, y, de ese modo, acabar con las Sailor Guerras de una vez por todas.

Aurora despertó con un ánimo que podría estimular a un elefante. Se sentía excelente, como si fuese capaz de realizar cualquier cosa. Podría crispar un puño, y hacer estallar un planeta entero. Ni siquiera le importaba que las cosas se vieran un poco distorsionadas y con una ligera tonalidad púrpura. Aquello no tenía ninguna relevancia.

En absoluto.

Con una potente sensación de propósito, Aurora se dirigió al salón de comunicaciones, ubicado en el sótano del palacio, y, presionando unos pocos botones de forma instintiva, encontró el canal adecuado para comunicarse con la persona que deseaba. Necesitaba darle algunas noticias sobre lo que estaba pasando en el palacio.

—Estoy metido en un pequeño problema, pero tengo tiempo para usted, gran reina —dijo la voz de un hombre, cuya cara estaba oscurecida por la misma pantalla, de forma de proteger su identidad. Aurora no quería revelar la identidad de aquel individuo hasta que fuese el momento oportuno.

—No te preocupes —dijo Aurora, quien no tenía ninguna impaciencia en que el cometido de aquel sujeto fuese llevado a cabo—. Recuerda que la ejecución del plan debe discurrir sin fallos. Es preciso que te tomes tu tiempo en que hagas tu trabajo a conciencia. ¿Cómo va todo?

—Estoy siguiendo a las Sailor Senshi restantes —dijo el desconocido, cuya voz también había sido alterada para que no pudiera ser reconocida—. No parecen tener intención de regresar a la Tierra, lo que tiene sentido, porque si lo hacen, pueden considerarse perdidas. Creo que están buscando aliadas para pelear contra los Galthazar, pero yo creo que lo harán fuera del planeta. No les conviene luchar en medio de civiles.

—Pienso lo mismo —dijo Aurora, complacida por el reporte de su agente en terreno—. No creo que las Sailor Senshi sean tan tontas como para librar batalla contra enemigos como los Galthazar sin que se pierdan vidas inocentes. Y, considerando lo que ha ocurrido en el pasado, creo que no lo harán. Buscarán un planeta desierto para enfrentarse a ellos. Pero un mero cambio del campo de batalla no cambiará el resultado. Los Galthazar no fallarán.

—Estoy seguro de ello —dijo el agente, haciendo una pausa breve, para luego agregar—. No tendrán mucho trabajo, eso sí. Ya han sufrido bajas en sus filas, y da la casualidad que se trata de las dos Sailor Senshi más fuertes del grupo.

A Aurora le estaban gustando las noticias de su agente en terreno cada vez más.

—Entonces, los Galthazar no tendrán problemas para acabar con el resto.

—En absoluto.

—Excelente —dijo Aurora, con el ánimo por la estratósfera—. Continúa observando la situación, y comunícate conmigo en cuanto tengas más novedades. Recuerda que debes hablarme de esa arma secreta. Si es cierto lo que me dices de esa arma, entonces podremos dar inicio a la fase final de nuestro plan.

—Estamos en contacto.

La silueta del hombre desconocido desapareció, y Aurora salió del salón de comunicaciones, derecho a su dormitorio nuevamente, pidiendo un desayuno por el intercomunicador interno del palacio. Mientras tanto, podría dormir otro poco.

Tokio de Cristal, 04 de diciembre de 2992, 09:38p.m.

—¿Y cómo te llamas? —preguntó Mina, sentada sobre una silla hecha de resina vegetal, sosteniendo un daiquirí con una sombrilla decorativa—. Porque no recuerdo que me lo hayas dicho cuando nos conocimos.

—A veces olvido que no recuerdas nada de lo que te ocurrió —dijo el tipo del cabello albino, sosteniendo un Tom Collins con educación, y, a juzgar por lo que había visto Mina hasta ese momento, bebía del mismo modo—. Puedes llamarme Kaito de momento.

—Bueno, Kaito —repuso Mina, bebiendo un sorbo de su trago—. Asumo que no me vas a decir lo que supuestamente me pasó.

—Es algo de lo que debes darte cuenta sola —dijo Kaito, moviendo el vaso como si fuese un miembro de la clase alta, una reminiscencia de tiempos pasados, porque en el presente, no existían tales cosas como las clases sociales—. Pero eso no significa que no pueda serte de ayuda. ¿Te gusta la cartomancia?

Mina arqueó una ceja. En otros tiempos, habría estallado de júbilo, pero vivir en el año 2992 era algo distinto. En una época donde la ciencia era el método más empleado para descubrir la verdad de lo que rodeaba al ser humano, las ciencias alternativas ya no tenían cabida en un mundo donde ya no eran necesarias. No estaban prohibidas, pero la gente fue prefiriendo describir su entorno a través del lenguaje de la ciencia y no del esoterismo.

—No es que no me guste, pero, ¿no crees que estás un poco desfasado?

Kaito soltó una risa comedida.

—No eres la misma Mina de antes —dijo, bebiendo otro sorbo de su Tom Collins y dedicando una mirada divertida a Mina—. Recuerdo que te encantaba eso de la adivinación, en todas sus formas. No eras muy diferente a las demás chicas de tu tiempo, salvo por tu amiga del cabello azul… no recuerdo cómo se llamaba… que le gustaba usar la ciencia para resolver problemas. Me imagino que debe estar extasiada en este mundo.

Mina decidió ignorar que Kaito se estaba refiriendo explícitamente a Amy, aunque tuviese razón sobre ella. Estaba más interesada en su vida pasada, aquella que, supuestamente, no recordaba.

—¿Y qué me puedes decir de mí, aparte de lo que ya sé?

—No mucho, en realidad, pero sé que, en algún momento del pasado, te gustaba ir a visitarme para que te leyera las cartas. Tenías esta fascinación compulsiva por el futuro, y, no es que me guste tirarme flores, pero yo era uno de los mejores practicantes de la cartomancia que existía en esos tiempos. Pero, soy un tanto, digamos, poco convencional, porque, en lugar de usar las cartas del tarot, uso naipes ingleses, de esos con los que se solían jugar juegos de azar, pero son igual de útiles para predecir el futuro.

—¿Y cómo haces eso de predecir el futuro? —preguntó Mina, quien, aunque no fuese muy devota de las ciencias, vivir en un mundo donde la búsqueda de la verdad suprema se hacía a través del lenguaje de las matemáticas había cambiado algo en ella—. Porque Amy me ha contado que se basa mucho en la interpretación de ciertos elementos en las cartas.

—Por supuesto —admitió Kaito, sonriendo, maniobrando hábilmente una carta con sus dedos, mientras que con la otra sostenía su Tom Collins. Mina pensó que Kaito bien podría haber sido un magnate del siglo veinte, y no habría estado tan perdida—. Pero es una de las cosas que lo hacen emocionante. Es lo mismo que contemplar un cuadro surrealista. Tú eres quien le da significado a lo que ves, en este caso, el futuro.

Mina se quedó en silencio, sopesando las palabras de Kaito, y la posibilidad de dejar que él tratara de vaticinar su destino. Después de pensarlo brevemente, juzgó que no haría ningún mal que Kaito leyera su suerte en las cartas.

—Bueno, trata de adivinar qué pasará conmigo en el futuro.

Kaito se tronó los dedos, y, tomando el mazo de naipes, los revolvió de forma experta, tan rápido que Mina no pudo ver claramente qué movimientos hacía con las manos. Kaito pasó como veinte segundos revolviendo las cartas, hasta que dejó el mazo encima de la mesa, mirando a Mina con interés.

—Toma cinco cartas —le indicó Kaito, reclinándose hacia atrás.

Mina le hizo caso, y tomó las últimas cinco cartas del mazo, asumiendo que no debía mostrarlas. Las miró brevemente antes de dejarlas sobre la mesa, volteadas hacia abajo. Miró a Kaito con cierto desafío, como si estuviera dudando de sus capacidades para ver el futuro.

—Ahora, devuélveme dos —dijo Kaito, y Mina eligió dos cartas al azar. Kaito las miró brevemente, para luego añadir—. Voltea las que dejaste contigo.

Mina obedeció, y Kaito observó detenidamente las cartas que ella había conservado. Luego de una segunda vista a las cartas que tenía en su poder, le entregó su veredicto a Mina, quien no contenía el aliento por el resultado.

—La última vez que te leí las cartas, no tenías un futuro muy auspicioso en el amor —dijo Kaito, componiendo una expresión indescifrable, cosa que Mina no pudiera saber qué había visto en las cartas de antemano—. Ahora, tu futuro sigue siendo poco auspicioso, pero, en esta ocasión, tendrás que tomar una decisión. Dejaste el as de espadas contigo, lo que significa que te espera una batalla muy importante. El rey de diamantes dice que podrías acabar con una fortuna, si es que juegas bien tus cartas. El cinco de tréboles podría apuntar a que tendrás una suerte moderada en el futuro, pero, como se trata de un número impar, es imposible decir si será buena suerte o mala suerte. Pero, como cinco está entre el uno y el diez, eso quiere decir que las posibilidades están igualadas. Entregaste el rey de espadas, por lo que es probable que pierdas aquella batalla de la que he hablado. Pero, lo más relevante es que entregaste un comodín como última carta. Esto puede indicar que tu destino en el amor depende exclusivamente de ti, y es por eso que te dije que tendrás que tomar una decisión. Los comodines en adivinación siempre representan decisiones, y, viendo tus precedentes, pienso que esa decisión definirá tu vida amorosa.

Mina, pese a que su fascinación por las ciencias alternativas había disminuido desde la fundación de Tokio de Cristal, le impresionaba la forma en que Kaito interpretaba las cartas. No lucían como interpretaciones arbitrarias, sino todo lo contrario. No obstante, Mina no veía cómo una decisión de su parte podría afectar su vida amorosa. Según ella, la vida amorosa era una de esas cosas que no se podían decidir con la cabeza.

—No entiendo cómo una decisión puede decidir mi suerte en el amor —dijo Mina, rascándose la cabeza con una mano, y tomando su daiquirí con la otra—. El amor no sabe de decisiones.

—El destino no es otra cosa que la suma de todas las decisiones que has tomado en tu vida —dijo Kaito, luciendo más como un erudito que como un galán que supiera cartomancia—. El amor no es diferente. Esto es algo que todos lo que empleamos la adivinación sabemos. Nosotros solamente ofrecemos consejo a las personas que no saben qué hacer con sus vidas. Lo que hagan con ese consejo es decisión exclusivamente de ellos o ellas. Al final, todo se reduce a una decisión. Y son éstas, y no la suerte, lo que define la vida de una persona.

—Si eso es cierto —dijo Mina, no sin cierta desesperación—, ¿entonces por qué me va tan mal con los chicos? Por más que intento cambiar para que ellos me presten atención, no lo consigo. Tú mismo dijiste que yo había sido maldecida de algún modo. ¿Eso significa que, por mucho que me esfuerce, no voy a poder cambiar mi destino?

—Sí, fuiste maldecida, pero solamente porque tú creíste que estabas maldecida —dijo Kaito, más calmado de lo que estaba Mina—. No existen tales cosas como las maldiciones. Hay muchas personas, como tú, que realmente se lo creen por la forma en que algunas palabras son dichas, y la clase de efectos especiales empleados, por supuesto. Lo que realmente ocurre, es que la mente engaña a las personas que creen que fueron maldecidas, y les obliga a actuar de formas que solamente refuerzan la idea de la maldición. En tu caso, lo que hacías era luchar contra la maldición, lo que iba reforzando aún más la idea en tu mente. Cazabas chicos con afán, a tal punto que terminabas alejándoles de ti, y terminas creyendo que estás maldecida cuando, en realidad, tu mente te engañó.

—Pero, si es mi mente la que me impide tener una vida amorosa plena, ¿qué puedo hacer para "romper" esta maldición?

—Lo que debes hacer es muy simple —dijo Kaito, suspirando pesadamente, como si lo que estuviera a punto de hacer fuese algo que le afectara directamente—. Dejar de tratar de agradar a los hombres que te interesan, y comenzar a agradarte a ti misma.

Mina bajó los hombros. Aquel era un consejo que le iba a tomar mucho trabajo seguir de forma consistente, pero, si eso era lo que se requería para tener más éxito con los hombres, tenía que hacerlo.