CXLIX
La belleza de Mina
Tokio de Cristal, 05 de diciembre de 2992, 11:02a.m.
Mina había despertado temprano ese día, pues tenía un propósito bastante simple: que ella pudiera verse como realmente era, y agradarse por ello. E iba a empezar aquel camino por el trabajo.
Ya se ha dicho que, en los tiempos que corrían, el trabajo humano era algo que se hacía de vez en cuando, en situaciones en las que era realmente necesario que una persona interviniera. No obstante, con los avances en inteligencia artificial y el desarrollo de la computación cuántica, se estimaba que, en solamente cinco años, el trabajo humano iba a desaparecer por completo, y todos su esfuerzo será destinado a alcanzar su máximo potencial como persona. Aquella noticia, si hubiese sido emitida en la década de los noventa, habría sido tomada con suspicacia, incluso con recelo, porque el ser humano necesitaba trabajar para vivir. Sin embargo, un milenio después y con el poder de la perspectiva, la gente se dio cuenta que, en el siglo veinte, se vivía para trabajar, no al revés.
Mina trabajaba en la misma empresa de moda que Serena, pero en un cargo distinto. Ella se encargaba de diseñar la ropa que iba a ser fabricada, y era ayudada por un algoritmo basado en inteligencia artificial para escoger los mejores modelos. En esos tiempos, las temporadas otoño-invierno y primavera-verano habían desaparecido, en favor de un diseño más inteligente de la ropa. Serena, por increíble que pudiera sonar, había tenido esa idea, y Mina la había materializado. Semanas después, los nuevos modelos fueron lanzados, y las personas los recibieron como agua de mayo. La ropa había sido diseñada de tal forma que pudiera ser usada en ambas temporadas, y así, ahorrar espacio en los armarios. Tampoco existía aquella compulsión por tener mil pares de zapatos y decenas de piezas de ropa que servían al mismo propósito, pues la tendencia de diseño había pasado de ser estética a ser funcional. Claro, los colores y las formas no habían sido dejados de lado, pero se hizo más énfasis en que la ropa fuese realmente útil y conveniente, no solamente de usar, sino para vivir en general. Y Mina había hecho una contribución sustancial en el cambio de paradigma en el diseño de la ropa.
Sin embargo, su sueño último, como los lectores sabrán, era ser un astro del pop. Había aceptado trabajar en una empresa para aprender todo lo que pudiera sobre moda, y la inteligencia artificial había hecho que su entendimiento fuese aún mayor. Aprender sobre moda le ayudaría a proyectar mejor su imagen para cuando tuviera que presentarse en el escenario, y, al mismo tiempo, ayudaría a que la empresa de moda se volviera más relevante, pues ella sería su estandarte número uno. En otro tiempo, aquello le daría un montón de dinero, y se volvería mediocre conforme pasara el tiempo, pero Mina tenía otros planes. Ella solamente quería ser un ícono que reflejara lo que era la sociedad actual, y otras personas pudieran seguir su ejemplo. Aquello era algo que la ausencia de un sistema monetario podía conseguir bastante bien.
Su siguiente paso sería aprender todo lo que pudiera sobre música. Para ello reclutaría la ayuda de Michiru, pues sabía (y era de las cosas que la separación de su Sailor Cristal no había borrado) que ella era una compositora e intérprete de renombre. Su idea era brindar a su público música de calidad, que pudiera conectar con las personas y que enalteciera las cosas positivas de la humanidad en general. Amy también iba a colaborar con ella, pues ella, siendo amiga cercana de Michiru, también tenía gusto por la composición musical. Y, como no había leyes laborales, ni obligaciones que impidieran a uno salirse de un trabajo y entrar en otro, Mina podía dejar la empresa de moda con un simple aviso, el que debía emitir con dos días de anticipación. Aquel era el único requisito que debía cumplir para dejar un trabajo o cambiarlo por otro.
Mina dio otra jornada laboral por terminada, y partió a la plaza más cercana, sintiéndose contenta consigo misma, algo que rara vez se veía en ella. No obstante, era la primera vez en toda su vida que no se sentía en la obligación de agradarle a nadie. Haber recordado cuál era el plan para su vida había hecho que se agradara más, y aquel modo de pensar, de forma inevitable, se veía reflejado en su expresión facial, en su postura e incluso en su mirada. A Mina le sorprendió que uno que otro hombre posara sus ojos en ella y le propinara una sonrisa antes de seguir su camino.
Kaito tenía razón. Trataba de agradar a los demás, y no me di cuenta que a la primera persona que debo agradar es a mí misma. Si no me aprecio, ¿cómo voy a esperar que me aprecien? Si no me amo, ¿cómo voy a esperar que me amen? He pasado toda mi vida yendo tras chicos, sin darme cuenta que mi comportamiento los alejaba en lugar de acercarlos a mí. Pero eso será agua pasada a partir de este momento. Ya no iré como una obsesa tras el primer chico guapo que vea. Es mucho mejor mostrarme como soy, y si a algún chico le agrado, si es que me agrada también, aprovecharé la oportunidad.
Justo en ese momento, iba pasando Nathan Porra, el bajista de Achilles' Heel por la plaza en la que Mina disfrutaba del sol de invierno. Nathan vio a Mina, sentada en un banquillo, sonriendo por ninguna razón en particular, y se dio cuenta que algo había cambiado en ella. No lucía como la chica insistente que salía a cazar chicos como quien salía a cazar gacelas, sino que lucía en paz consigo misma, como si hubiera llegado a la conclusión que ir tras la presa no le iba a servir de nada. Incluso podía jurar que se antojaba un poco más atractiva a sus ojos. Decidió acercarse a Mina, con el fin de averiguar qué había hecho para sufrir semejante cambio.
—Hola, Mina —saludó Nathan, tomando asiento junto a Mina de forma casual, como quien se encuentra con un amigo de toda la vida—. No nos veíamos desde hace tiempo. ¿Cómo has estado?
—Hola, Nathan —dijo Mina con una voz despreocupada, como si no le causara mayor inconveniente que alguien a quien no veía en varios días se sentara junto a ella como si nada hubiera ocurrido—. Me he sentido bien últimamente. Pensar en lo que quiero hacer en lugar de lo que me gustaría hacer me ha sentado de maravilla.
—¿Y qué es lo que quieres hacer?
—Bueno, perdón por expresarme mal —dijo Mina, soltando una leve carcajada—. Quise decir en lo que quiero ser. Y lo que quiero ser es una estrella del pop. Estoy haciendo todo lo que necesito hacer para llegar a mi destino, y eso me pone contenta.
—Nada es más gratificante que saber que estás haciendo lo necesario para convertirte en lo que quieres ser —opinó Nathan, cruzándose de piernas. Aquella Mina era muy distinta a la Mina con la que había hablado hace varios días atrás.
—¿Y qué hay de ti? —quiso saber Mina, mirando a Nathan directamente a los ojos, pero no se trataba de una mirada que mostraba necesidad, sino que reflejaba mera atención a lo que fuese que él dijera—. ¿Tienes alguna aspiración o meta que cumplir?
—Bueno, en cuanto a eso, creo que ya cumplí con mi meta, la que era formar parte de una banda de heavy metal. No parece mucho, pero cuando se trata de cumplir objetivos o alcanzar metas, no hay ser muy exigente consigo mismo. Empiezas con cosas pequeñas, que puedas cumplir sin muchas dificultades. Esto crea una costumbre de perseguir metas cada vez más ambiciosas, y te hace las cosas más fáciles cuando fracasas, porque ya forma parte de ti persistir y persistir hasta que logras lo que quieres.
Mina no había considerado aquello en la concreción de sus propios objetivos, pero, pensó luego, que ya lo estaba haciendo con su trabajo de moda, y después con entender mejor lo que era la música. Eran objetivos pequeños, que contribuían a lograr lo que tanto quería.
—¿Sabes? Tienes razón. —Esta vez, fue Mina la que se cruzó de piernas, y Nathan fue más consciente que nunca del cambio que ella había sufrido—. ¿Y cuál es tu siguiente objetivo?
—Tener mi propia tienda de instrumentos musicales —repuso Nathan, mostrando una sonrisa soñadora—. Y no me voy a limitar a instrumentos para el heavy metal. Mi tienda tendrá toda clase de instrumentos, fabricados bajo estándares de calidad muy altos, cosa que la gente pueda disfrutar tocándolos por mucho tiempo. Con las nuevas tecnologías, un instrumento cualquiera puede durar cien años sin necesitar reparación. Y como ahora hay real conciencia sobre el medio ambiente, es muy poco probable que un usuario haga lo que hacían antes los guitarristas y machaquen el instrumento contra el suelo.
—Recuerdo que lo hacían bastante a menudo —acotó Mina con una leve carcajada—. Esos tipos estaban locos.
—Ya te habrás dado cuenta que nosotros no somos así —dijo Nathan, también con una leve carcajada—. Amamos nuestros instrumentos, más que cualquier otra posesión que tengamos. Nos permiten hacer nuestro trabajo. Tú trabajas en moda, ¿verdad?
—Así es.
—Pues, asumo que no te gustaría que tu herramienta de trabajo se estropeara por tu culpa, ¿no es así?
—Claro que no.
—Entonces nos entiendes —dijo Nathan, poniéndose de pie, y Mina asumió que debía irse, por lo que no se movió de su banquillo—. ¿Te pareces si nos vamos a comer un bocado?
Mina fue pillada con la guardia baja, y Nathan lo notó. Soltó otra carcajada, pero no dijo nada, pues esperaba la respuesta de Mina.
—Me acabas de recordar que tengo hambre —dijo, pero ella tenía una sorpresa también, una que Nathan no esperaba tampoco—. Pero les dije a mis amigas que almorzaría con ellas. ¿Qué te parece si lo dejamos para mañana? No tengo ninguna obligación con mis amigas mañana.
Nathan tardó un poco en encajar el rechazo, pues pensaba que Mina iba a aceptar la invitación, después de verla tan distendida y contenta, pero no creyó en ningún momento que aquello fuese algo malo o una decepción. En realidad, le agradaba que Mina se estuviera comportando como una chica más independiente y que no anduviera celando a los chicos que le llamaban la atención.
—Mañana será entonces —dijo Nathan graciosamente—. Por lo menos tengo más tiempo para practicar con el bajo.
—Me das una muestra mañana —repuso Mina, poniéndose de pie y guiñándole un ojo de una forma bastante coqueta—. ¡Nos vemos!
Y Mina se alejó de la plaza, en dirección a un restaurante cercano. Porque no era mentira que iba a juntarse con sus amigas, aunque poco podía anticipar que aquella reunión sería un punto de inflexión en lo que iban de sus vidas normales.
Tokio de Cristal, veinte minutos más tarde
Era la primera vez en días que veían a Amy, pero, para sorpresa de ellas, Amy no lucía ni remotamente contenta. Había estado meditabunda desde que se juntó con sus amigas en un restaurante de comida marina, mientras esperaba por su pedido. No obstante, hubo un momento en que ya no pudo seguir ocultando lo que estaba sintiendo en su interior, y se dirigió a sus amigas en un tono monocorde que no auguraba nada bueno. Las demás tragaron saliva.
—Hoy en la mañana terminé mi relación con William —dijo Amy, y las demás contuvieron el aliento. Aquello no se lo esperaban para nada, porque la relación entre ambos iba bastante bien. Amy había hablado sobre un descubrimiento que había hecho hace varios días, y, en medio de la conmoción y la pena por Amy, se preguntaron si aquel hallazgo tenía alguna relación con el quiebre entre ella y William.
—¿Te hizo algo ese William? —preguntó Serena, preocupada por su amiga, y temía que William le hubiera roto el corazón a Amy de alguna manera.
—Me ocultó un detalle muy importante de su persona —respondió Amy, luciendo un poco más compuesta, pero seguía empleando aquel tono que hacía imaginar nubes negras—. La última conversación que tuve con él… bueno… hubo cosas que me hicieron sospechar de él, y, cuando tuve la evidencia suficiente, le pregunté si él era uno de los Galthazar.
Las palabras de Amy hicieron que las demás perdieran el aire de sus pulmones. ¿William, un Galthazar? La noción les pareció una broma de mal gusto al comienzo, pero luego, se dieron cuenta que estaban ante una persona con capacidades de deducción que podrían rivalizar con las de Sherlock Holmes, por lo que ya no dudaron de ella. Además, cuando Amy hablaba en serio, era realmente en serio. No tenía ninguna razón para bromear al respecto.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Serena, insegura sobre si quería escuchar la respuesta.
—Me dijo que no estuviera hablando estupideces, y en un tono ligero, lo que me molestó bastante —repuso Amy, y, a juzgar por la forma en que tenía curvadas las cejas, las demás supieron que ella no estaba mintiendo al respecto—. Le dije que no estuviera jugando conmigo, y que me dijera la verdad. También le dije que, si me hubiera dicho la verdad desde el primer momento, la hubiera aceptado.
—Te creemos —acotó Lita, quien conocía mejor a Amy que el resto de sus amigas.
—Después de esas palabras —continuó Amy, con un tono aún más lúgubre que antes—, él me confesó la verdad. Dijo que él era Frostbite, uno de los Galthazar, y que se había hecho pasar por un integrante de Achilles' Heel para pasar desapercibido frente a los enemigos que llegaran desde fuera de la Tierra. Cuando le pregunté si el resto de los miembros de Achilles' Heel también eran Galthazar, él me contestó con la verdad. Todos ellos, Everett, William, Edward, Conrad y Nathan, son todos Galthazar. Everett es Silverblade, William es Frostbite, Edward es Wildfire, Conrad es Stormrider, y Nathan es Lightbringer.
Las demás chicas, incluyendo a Serena, quedaron estupefactas ante las palabras de Amy. Los Galthazar habían estado con ellas todo el tiempo, dialogando con ellas, saliendo con ellas, sin decirles nada sobre lo que ellos eran realmente. Lita y Rei sentían cómo las entrañas se retorcían dentro de ellas, pero Mina no parecía muy afectada por la revelación. Nathan no se había convertido en parte importante de su vida, y, por lo tanto, el hecho que fuese un Galthazar no implicaba un gran impacto en ella. De hecho, era la única que mostraba compostura, pero, por una vez siquiera, tuvo el tino de no decir nada, porque podía ver con toda claridad cómo la noticia le había afectado a sus amigas. Incluso Serena, quien no había compartido mucho con los miembros de Achilles' Heel, aunque asumió que estaba más triste por sus amigas que por ella misma.
—Tengo que hablar con Conrad —dijo Lita con voz queda, sin ninguna gana de comer. Rei se encontraba en la misma situación, y para qué hablar de Amy. Después de mirarse entre ellas, las cinco decidieron abandonar el local de comida, sin probar siquiera un bocado, e iban a separarse, cuando sintieron un ligero temblor en la tierra. Amy miró en lontananza, y vio varias estelas descender desde el cielo, como si hubieran caído meteoritos, pero era imposible que fuesen cuerpos celestes. El efecto habría sido más catastrófico si hubiese sido de ese modo. No obstante, Amy no podía pensar correctamente en ese momento, por lo que no perdió más tiempo en tratar de entender qué había ocurrido. Mina, por otro lado, dedujo que aquello podría ser peligroso, y sugirió que se alejaran del centro de la ciudad, en dirección contraria, de forma de alejarse de las estelas de humo.
—Si se trata de una amenaza, seguramente los Galthazar deben estar enterados de lo que está pasando —dijo Mina, tomando la manga de la blusa de Amy para que reaccionara—. Nosotras solamente estaremos en su camino. Lo mejor que podemos hacer es ir a nuestras casas y esperar a que el peligro haya pasado. Estoy segura que los Galthazar harán bien su trabajo.
Tanto Amy como Lita y Rei no querían saber nada sobre los Galthazar, pero entendieron que Mina tenía razón. No podían hacer otra cosa que ponerse a cubierto hasta que el peligro hubiera pasado. Iban a separarse para ir a sus respectivas casas, cuando vieron otro grupo de estelas descender en el lado opuesto de la ciudad, y entendieron que Tokio de Cristal iba a convertirse en un campo de batalla pronto. Y ellas estarían en medio de todo.
—¿Qué diablos son esas cosas? —preguntó Serena, con un visible temblor en la voz.
—Eso no importa ahora —contestó Mina, tratando de hacer que las demás espabilaran, porque se habían quedado mirando las estelas como si fuesen un fenómeno fascinante que no entrañaba mayor riesgo—. Lo que importa en este momento es que tenemos que llegar a un lugar seguro si queremos sobrevivir, porque estoy segura que esas cosas, sean lo que sean, son hostiles. Así que pongámonos en marcha, antes que las cosas se pongan realmente feas.
Amy, Rei y Lita, por mucho que tuvieran la cabeza en otro sitio a causa de la revelación que había caído sobre ellas, no podían desconocer las palabras de Mina, o los crecientes temblores que estaban comenzando a sentir. Serena, pese a que también le afectaba que tres de sus amigas estuvieran pasando por un mal momento, también entendió que Mina tenía razón.
Las cinco se pusieron en marcha hacia el extremo norte de Tokio de Cristal, donde se encontraba la casa de Amy. Mina había sugerido que se fueran en línea recta hacia su destino, porque había menos probabilidades que los invasores llegaran a su posición y se vieran envueltas en una refriega entre los Galthazar y los nuevos enemigos. Tratando de no mirar a las estelas, que aún no habían desaparecido del cielo, las chicas corrieron a toda velocidad hacia el transporte que siguiera la línea más recta hacia el sector norte de Tokio de Cristal.
Ninguna de ellas vio la nave espacial que descendía hacia el puerto estelar de la ciudad.
