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Peones, Parte 1
Tokio de Cristal, 05 de diciembre de 2992, 12:01p.m.
Las chicas, guiadas por Mina, corrieron hacia el primer monorriel que encontraron, y, con cierta prisa, se subieron al transporte. Había luces de emergencia en el interior, lo que indicaba que iba a seguir una ruta tal que dejara a los pasajeros en un lugar seguro preestablecido Había cinco zonas preestablecidas como seguras en Tokio de Cristal, una en cada extremo de la estrella de cinco puntas que era la ciudad. Como las amenazas habían aparecido desde el oriente y el poniente, el punto más seguro se encontraba en la zona norte, exactamente al lugar donde se dirigían las chicas.
—Y pensar que tú diseñaste el sistema que nos va a salvar las vidas —le dijo Lita a Amy, pero ella no respondió. Estaba más ocupada tratando de digerir el hecho que William, el único hombre con el que había podido entablar una relación de pareja estable, era uno de los Galthazar. Pero Amy no juzgaba que hubiese reaccionado de la mejor forma al acabar su relación con él. Había actuado de forma visceral, no con la cabeza, como ella solía actuar. Claro, William le había ocultado que era un Galthazar, y aquello no podía pasar en una relación de pareja, en la que la confianza jugaba un papel muy importante, pero no había reaccionado como quien descubría que una persona le había ocultado algo importante, sino como si tuviera un resentimiento serio hacia tal persona. Amy no entendía lo que le había ocurrido cuando le comunicó a William que iba a romper su relación con él. No había ninguna razón por la que ella sintiera resentimiento en contra de él, a menos que hubiera algo más, algo incognoscible.
—No deberías hablarle, Lita —dijo Mina, observando a Amy con pena—. Acaba de romper con su primera relación de pareja en lo que va de su vida, y no creo que lo haya hecho sin que se le rompiera el corazón. A nadie le gusta que le oculten cosas, sobre todo, cosas que son importantes.
Lita bajó la cabeza, recordando que ella se sentía de un modo similar.
—No entiendo por qué las personas aún sienten la necesidad de ocultar cosas —dijo, agarrando con fuerza uno de los asientos para apoyarse, porque se podían sentir temblores cada vez más intensos, a medida que las amenazas se acercaban cada vez más al centro de la ciudad—. En los tiempos que vivimos, no creo que sea difícil decir la verdad sobre lo que uno es, a menos que tengas una buena razón para hacerlo.
—No, son solamente ellos —intervino Serena, quien, antes de subir al monorriel, parecía estar sumida en pensamientos conflictivos, por lo que a las demás les tomó por sorpresa que ella hablara tan de repente—. Ellos no vienen de este planeta. Lucen como seres humanos, pero no lo son. Si ellos ocultaron lo que eran, alguna razón deben tener. Si ellos fuesen los buenos de la película, aquellos que defienden a la humanidad de las fuerzas del mal, no tendrían nada que ocultar. Pero ya vimos que no es así. Me temo que los Galthazar no son los seres que creemos que son.
—¿Estás diciendo que ellos son, en efecto, los malos? —preguntó Rei, luciendo incómoda y preocupada.
—No pienso que sea así de simple —repuso Serena, mirando hacia el oriente, donde ya se podía ver las siluetas de unos seres humanoides, pero que nada tenían que ver con la humanidad—. Los buenos pueden ser malos a los ojos de un grupo de gente, y los malos pueden ser buenos para otro grupo de gente. Los conceptos de lo que es bueno y lo que es malo son muy relativos. Ya escucharon lo que decían las Sailor Senshi después de su batalla contra esos seres que venían de aquella nave en forma de estrella, ¿recuerdan?
¿Cómo podrían olvidar lo que había pasado ese día? (175) Las Sailor Senshi habían salvado muchas vidas, pero unas pocas se habían perdido. Mientras que para la mayoría, las Sailor Senshi eran heroínas, para las familias de las personas que habían muerto durante la batalla, ellas eran unas asesinas.
—Entonces, según tú, los Galthazar son los buenos para unas personas, y son los malos para otras —dijo Amy, con voz queda, como si aún estuviera ocupada pensando en lo que había ocurrido con William—. Si eso es cierto, ¿quiénes ven a los Galthazar como una amenaza?
—No lo sé —respondió Serena, aferrando el asiento frente a ella con más fuerza, porque los temblores eran más constantes e intensos—. No me da la impresión que tu reacción cuando te enteraste de que William era un Galthazar se correspondiera con lo que tú eres. Por lo que nos contaste, actuaste como si odiaras a William porque él es un Galthazar, no como alguien que se sintiera engañada porque una persona te ocultó algo de forma deliberada. ¿Y si ellos realmente nos hicieron algo malo, y no lo podemos recordar?
—No veo cómo ese podría ser el caso —dijo Rei, y Lita la secundó. Mina, por otro lado, no podía descartar la posibilidad, por muy rebuscada que pudiera sonar. Amy, sin embargo, tenía una expresión similar a la de alguien que hubiera salido de un sueño muy profundo.
—De hecho, eso tiene mucho sentido —dijo, alzando la cabeza, y hablando con una voz más audible y menos cargada de pena—. No explicaría la forma en que me sentí si las cosas fuesen de otro modo. Lo que debemos averiguar es qué fue lo que nos hicieron los Galthazar para que los odiemos de forma inconsciente, si es que existe algo.
—Pero, ¿por qué los Galthazar nos harían algo? —quiso saber Rei, quien no estaba muy de acuerdo con Serena o Amy—. Somos chicas normales. No somos una amenaza para ellos.
—Tienes razón —concedió Amy—, somos chicas normales, pero eso no significa que no seamos una amenaza para ellos. Tal vez sepamos algo que es peligroso para ellos. No hay forma de confirmar o refutar eso hasta que hayamos investigado más a fondo el asunto. Y para eso, tenemos que ir al palacio de Tokio de Cristal. Yo puedo hacer que ustedes puedan entrar como invitadas. De todas formas, a la reina Aurora no le molestan las visitas de gente común al palacio. Solamente tenemos que declarar nuestro propósito, y yo le diré que haremos un tour por las instalaciones científicas del palacio. Nos entregarán un pase temporal para ese propósito.
—No perdemos nada con hacerlo —dijo Mina, lo que fue razón suficiente para las demás—. Nos bajaremos en el paradero de la plaza frente al palacio, pero debemos hacer esto rápido, porque esos humanoides se antojan muy peligrosos.
—No creo que sean rivales para los Galthazar —dijo Lita, y, en cuanto dijo esas palabras, cinco figuras salieron volando del palacio, el que se encontraba a escasos ochocientos metros de la posición del monorriel. Tanto Amy, como Rei y Lita sintieron sendos retortijones de tripas, Serena no sabía como sentirse, pero Mina tenía la clara certeza de lo que debían hacer, y tenía que asegurarse que Amy hiciera su parte con la cabeza despejada, de otro modo, el plan no tendría éxito.
Cuando el monorriel llegó al paradero de la plaza del palacio, Rei pulsó un botón que servía para frenar el monorriel en caso de emergencias, y las cinco chicas descendieron del vehículo, corriendo a toda prisa hacia el palacio de Tokio de Cristal, sin saber que una nave hecatiana acababa de aterrizar a dos cuadras de la plaza.
Centro de Tokio de Cristal, en ese mismo momento
Los Galthazar no podían perder mucho tiempo lidiando con la nueva amenaza que había venido del cielo, porque, a juzgar por lo que habían visto en los noticieros, eran monstruos que no parecían discriminar entre personas, animales o edificios. Había varias columnas de humo elevándose hacia las alturas, y se podían escuchar algunas explosiones aisladas. No obstante, lo que más les molestaba a los Galthazar eran los gritos de los ciudadanos. Frostbite había determinado que ya iban más de ochenta víctimas fatales y doscientos heridos a causa de la destrucción.
—Frostbite, quiero que te quedes en esta posición —ordenó Silverblade, desenvainando su espada y mirando a su compañero sin emoción en su cara—. Necesito que nos coordines, alertándonos de enemigos que nos quieran atacar por la espalda y que analices posibles puntos débiles de nuestros enemigos. Puedes proveer apoyo en caso que lo estimes necesario.
—Buscaré un punto elevado —dijo Frostbite, mirando hacia un edificio particularmente alto y activando su visor—. Les recomiendo que se dividan en dos grupos de dos, porque los grupos de enemigos también están dispuestos del mismo modo, solamente que en mayores números. Aquella plaza debajo de la línea del monorriel es perfecta para la lucha. Es una zona amplia, y los ciudadanos ya evacuaron hacia los puntos seguros. Podrán pelear con todos sus poderes sin matar a nadie.
—Perfecto —dijo Silverblade, dirigiéndose a los tres restantes—. Stormrider y Lightbringer, encárguense del flanco derecho, yo y Wildfire haremos lo propio con el flanco izquierdo. ¡A luchar!
Los cuatro Galthazar descendieron al nivel de la calle, y se separaron en la pileta que indicaba el centro de la plaza. Silverblade vio que el sector de la plaza estaba rodeado de edificios altos, lo que le hacía más difícil ver a los enemigos a lo lejos. Dependía de Frostbite para que les indicara por dónde iban a aparecer los monstruos. Lo mismo se aplicaba para Lightbringer y Stormrider.
—Silverblade —crepitó la voz de Frostbite a través del intercomunicador—, un grupo de cinco enemigos se dirige a tu posición. Están a doscientos metros de la plaza. El grupo más cercano a Lightbringer y Stormrider se encuentra a ciento cincuenta metros. Les recomiendo que guarden una distancia mínima de cincuenta metros del edificio más cercano, de forma de evitar daños por una eventual caída de escombros y anticipar los movimientos de los enemigos.
Dos minutos después, una de las caras del edifico más cercano estalló, regando con vidrio y aluminio el suelo. Ni Stormrider ni Lightbringer sufrieron daños. Ambos vieron, con comedida sorpresa, a un monstruo humanoide con una cabeza de tiburón. Tenía grandes músculos y ostentaba cimitarras por manos. Sus ojos fulguraban en un rojo intenso, como si estuviera siendo poseído por algún demonio.
—No se dejen engañar por las apariencias —dijo Frostbite, siempre a través del intercomunicador, pues los Galthazar compartían el mismo canal de comunicación—. Esos monstruos son seres humanos modificados genéticamente. Debemos derrotarlos, pero no matarlos. Mientras ustedes combaten contra ellos, yo trataré de encontrar una forma de regresarlos a la normalidad.
—Entendido —repuso Silverblade, maniobrando su espada de tal forma de ponerla en una postura defensiva—. Ya lo oyeron, muchachos. Debemos evitar el empleo de técnicas demasiado agresivas.
—Considéralo hecho —dijo Wildfire, haciendo una floritura con sus brazos, y llamas brotaron de sus manos—. Aquí es donde vamos a marcar la diferencia con las Sailor Senshi. Demostraremos que tenemos compasión.
—Bien dicho, compañero —repuso Lightbringer, empuñando ambas manos, de las que brotaron unos rayos de luz—. Vamos a demostrarles quiénes son los Galthazar.
Silverblade decidió que iba a usar su espada solamente para generar corrientes de aire. Para eso, tuvo que cambiar la forma en que empuñaba su arma, de forma de usarla con el canto de la hoja, no con el filo.
—Wildfire —dijo Silverblade, dando varios pasos hacia atrás—, voy a necesitar de tu ayuda.
—Lo que sea.
—Cuando de la orden, arrójame tus llamas. Voy a crear una muralla de fuego que mantendrá a los monstruos a raya. Después, los vamos a inmovilizar, mientras Frostbite halla una forma de regresar a estos enemigos a la normalidad.
—A la orden.
Silverblade se alejó aún más, mientras que el monstruo con forma de minotauro se acercaba a gran velocidad, preparándose para lo que se suponía que iba a ser un ataque a distancia. Cuando el minotauro estuvo a unos meros cincuenta metros de distancia, Silverblade alzó un brazo, y Wildfire ni siquiera asintió con la cabeza para denotar entendimiento. Extendió ambos brazos en dirección a Silverblade, y lanzó un chorro de llamas. Silverblade, en una fracción de segundo, realizó varios giros rápidos, con la espada extendida, y el fuego se arremolinó alrededor de Silverblade, alejándose rápidamente, y creando la muralla de fuego, la que se mantuvo en su lugar. El minotauro se detuvo de inmediato, de forma que su piel no tocara las llamas.
—¡Inmovilízalo! —exclamó Silverblade, y Wildfire se preparó para usar sus látigos de fuego en las piernas del minotauro, justo cuando el sol fue bloqueado por una criatura cuya silueta semejaba a una mantis religiosa.
—¿Otro más? —preguntó Wildfire, más molesto que sorprendido.
—Yo me encargo de él —respondió Silverblade, blandiendo su espada, y mirando al cielo, de forma de no perder de vista al nuevo jugador en el tablero.
Por otro lado, Lightbringer y Stormrider ya se encontraban rodeados por cinco monstruos de diferentes formas y tamaños. Pero aquella era la idea.
—Haz lo tuyo, Lightbringer —dijo Stormrider, y el aludido, empuñando ambas manos, dio un salto corto, e hizo un movimiento rápido hacia abajo con sus brazos. En el momento en que los puños tocaron el suelo, una explosión de luz cegó momentáneamente a todos los enemigos. Stormrider tampoco podía ver nada, pero gracias a las indicaciones de Frostbite, quien tenía la ventaja de la altura, y, gracias a su visor, podía ver cosas que sus compañeros no, en ese caso, a través de la luz generada por el ataque de Lightbringer. De esa forma, Stormrider supo la posición de todos sus enemigos, y pudo esquivar un ataque ciego de uno de los monstruos usando un mortal invertido. Aún en el aire, Stormrider usó un látigo de electricidad para atarlo al cuello del monstruo, y usó la inercia del giro para enviarlo al suelo, y, al mismo tiempo, inmovilizarlo gracias a la descarga eléctrica del mismo látigo.
Lightbringer tampoco podía ver nada, pero también contaba con la ayuda de Frostbite, y pudo evadir una patada de uno de sus enemigos, rodando por el suelo con destreza militar. Cuando tuvo los dos pies en el suelo, creó una bola de luz pura, y, esquivando otro ataque ciego de su oponente, lanzó la esfera hacia la cabeza, la que estalló con un estampido que se escuchó a un kilómetro de distancia.
Cuando todo fue visible nuevamente, había dos monstruos en el suelo, y tanto Lightbringer como Stormrider seguían de pie, sin siquiera un corte. Dos menos. Quedaban tres.
En el flanco izquierdo, Silverblade había evitado el ataque de la mantis religiosa por centímetros. Un rápido consejo de Frostbite le indicó lo que debía hacer a continuación.
—¡Wildfire! ¡Encárgate de la mantis religiosa! ¡Yo me ocuparé del minotauro!
—¡De inmediato! —exclamó el aludido.
La barrera de fuego impedía que el minotauro pudiera interferir en la batalla entre Wildfire y la mantis religiosa. Silverblade saltó por encima del muro de llamas para enfrentar en combate singular al minotauro, siempre teniendo en cuenta que otros tres monstruos se acercaban rápidamente a su posición. El minotauro pareció darse cuenta de ese detalle, por lo que se limitó a esquivar los ataques de Silverblade. Sin embargo, él era más ágil y rápido que el minotauro, y, pasando hábilmente entre los brazos del minotauro, usó el canto de la hoja de su espada para hacer trastabillar a su oponente. Apoyado solamente sobre una de sus patas, el minotauro no pudo maniobrar apropiadamente sus armas, y Silverblade, con un gran salto, golpeó con la empuñadura de su espada al minotauro, y tal fue la fuerza, que el monstruo cayó al suelo, inconsciente.
—¡Frostbite! ¡Éste sería un buen momento para decirnos cómo volvemos a estos engendros a la normalidad! —exclamó Silverblade a través de su intercomunicador—. ¡Porque estos tipos no nos darán tregua hasta que los hayamos neutralizado, y, como bien sabrás, neutralizado no es lo mismo que muerto!
—Descuida, Silverblade. Ya tengo las secuencias actuales de su ADN. Voy a emplear inteligencia artificial para encontrar la secuencia original, pero no podemos desarrollar un compuesto químico para ello. Tenemos que emplear radiación, con parámetros muy específicos y precisos. Si no hacemos esto correctamente, podríamos matarlos de forma instantánea.
—Suena como un trabajo para Lightbringer —dijo Silverblade, encarando a los tres enemigos restantes, esperando que Wildfire se desocupara pronto de su entuerto con la mantis religiosa.
Cerca de Silverblade, Wildfire pudo ver con total claridad por qué su líder le había ordenado que batallara contra la mantis religiosa. Bastó con una llamarada para saber que su oponente era extremadamente vulnerable al fuego. Con eso en mente, Wildfire se preparó para vencer a su contrincante de forma decisiva.
Palacio de Tokio de Cristal, en ese mismo momento
Aurora, gracias a Frostbite, podía ver la pelea de los Galthazar contra aquellos monstruos en todo su esplendor. Nunca en toda su vida había estado tan orgullosa de algo como de haber creado a los Galthazar. Podía ver con toda claridad cómo ellos trabajaban en equipo, sin que uno brillara por encima del otro, colaborando en lugar de peleándose por el puesto de defensor de la galaxia. Sus poderes también estaban en una clase aparte, mucho más allá de lo que una Sailor Senshi podía lograr. Viendo los resultados de su decisión, Aurora podía decir con toda propiedad que había hecho bien en emplear los cuerpos de los Generales para crear a los Galthazar. Ellos serían el prototipo para una nueva clase de guerreros, seres que pondrían al bien de la Vía Láctea por encima de todo lo demás.
Sin embargo, había algo que a Aurora le molestaba, y le molestaba mucho.
Había ocasiones en las que no le daba la impresión que fuese ella actuando, porque a veces soltaba una risa tan alta y antinatural que no creía que ella hubiese hecho tal cosa. También había comunicaciones salientes que no recordaba haber hecho, comunicaciones en las que el destinatario no aparecía identificado. Por mucho que sus asesores le dijesen que no había otra forma de comunicarse desde el palacio que a través de la habitación bajo el salón del trono, Aurora no se explicaba por qué había hecho llamadas a diferentes puntos del espacio exterior a alguien que no quería que su identidad fuese descubierta. Había ocasiones en las que se preguntaba si estaba siendo controlada por ese individuo desconocido sin que ella lo supiera. Pero, si tal fuese el caso, no explicaba aquellos repentinos cambios de humor o los pensamientos que cruzaban su mente de tanto en tanto. Aquellos pensamientos eran lo que más molestaba a Aurora, porque eran pensamientos contrarios a sus propias intenciones, pensamientos que solamente hablaban de una sola cosa.
Destrucción. Destrucción total.
Aurora no tenía forma de saber que, dentro de unas pocas horas, recibiría una visita que lo cambiaría todo para ella.
(175) Ver el capítulo 37 de este fic para más detalles.
