CLIII
Peones, Parte 2

Tokio de Cristal, 05 de diciembre de 2992, 12:11p.m.

Tal como Amy había pronosticado, ninguna de ellas tuvo algún inconveniente en entrar al palacio. Pese a la destrucción causada en el centro de la ciudad a causa de los enemigos que habían llegado desde el espacio, las visitas seguían permitidas, pues el palacio era uno de los lugares más seguros de Tokio de Cristal, si no el más seguro. En caso que la emergencia alcanzara el palacio, se sellaban todas las entradas, convirtiendo al palacio inmediatamente en una fortaleza.

Un minuto después de que Serena y sus amigas entraron en el palacio, otro grupo de chicas llegó a la entrada. Se trataban de Nicole y sus compañeras, y fue ella quien comunicó al guardia que venían a hacer un tour por las instalaciones científicas del palacio, diciendo que ya había obtenido autorización para el ingreso. Cuando el guardia preguntó sí una de ellas trabajaba allá, Violet fue la que se adelantó al grupo, tragando saliva, diciendo que era colega de Amy. Aquello no era exactamente cierto, porque Violet nunca había trabajado en las instalaciones científicas del palacio, pero sí había colaborado con Amy en varios descubrimientos.

—Eres Violet Taylor —dijo el guardia, escaneándola con una especie de pistola similar a la que usaban los policías para medir velocidad en la década de los noventas—. No te he visto en el palacio, pero sí eres colega de la señorita Mizuno. ¿Todas ellas vienen a hacer el tour?

Las chicas se miraron entre sí, como comunicándose sin el uso de palabras. Violet comprendió lo que ellas estaban tratando de decidir, y se dirigió nuevamente al guardia.

—No, no todas. Solamente las que puedan entender algo de lo que vamos a ver.

El guardia asintió levemente con la cabeza, denotando su aprobación por las palabras de Violet. Ella indicó que Taiki, Michiru, ella y Sophie fuesen las que entraran, mientras que las demás esperarían afuera del palacio.

—Recuerden no transformarse, siempre y cuando no sea necesario —dijo Violet a las que se iban a quedarse afuera del palacio.

—Te deseo buena suerte —dijo Lynn Knoxville, guiñándole un ojo a Violet. Ella se puso un poco colorada.

—Oye, Violet —dijo Michiru mientras se adentraban en el palacio con sus respectivos pases, mirándola con un poco de preocupación—. Saori murió hace muy poco para que andes aceptando coqueteos de parte de otras personas.

—La verdad, me confunde —repuso Violet, mirando al piso por un breve momento antes de mirar al frente—. Sé que no debería sentirme así, no después de lo que le pasó a Saori, pero ella no hubiera querido que me eche a morir por su muerte—. Lágrimas involuntarias se asomaron en sus ojos y resbalaron por sus mejillas, pero no sucumbió al llanto—. No estoy diciendo que debería olvidarme de que ella existió, pero Lynn ha sido una buen hombro sobre el cual apoyarme. Pero tampoco puedo desconocer lo que me hace sentir ella. No estoy segura aún de si ella me gusta o no, pero tampoco puedo cerrarme a la posibilidad de encontrar el amor, aun cuando Saori ya no esté.

—No te estoy diciendo que no tengas derecho a perseguir algo con Lynn —dijo Michiru, sin perder la paciencia—. Lo único que quiero decir, es que aún tienes una herida abierta, y, si por alguna razón, ella te rompe el corazón, el dolor será aún mayor. Te aconsejo que procedas con mucho cuidado.

Michiru pensó que Violet se iba a tomar mal el consejo que le había dado, pero le sorprendió ver que ella le dedicó una sonrisa.

—Lo tendré en mente —dijo Violet, dándose cuenta de que habían llegado al salón del trono, donde se encontraba sentada la reina Aurora—. No voy a cuestionar la palabra de una persona que tiene una buena relación de pareja con otra mujer.

Cuando las cuatro llegaron frente a la reina, ella se puso de pie majestuosamente, y las miró como alguna vez las había mirado la Neo Reina Serenity.

—Supe que quieren hacer un tour por nuestras instalaciones científicas —dijo la reina Aurora, y las cuatro chicas asintieron brevemente—. No me explico por qué nuestra ciencia ha ganado tanta atención últimamente. Hace dos minutos atrás, otras cuatro chicas, acompañadas de nuestra jefa de investigación, también solicitaron lo mismo que ustedes.

—¿De verdad? —preguntó Michiru, pretendiendo lucir sorprendida, porque ella sabía, al igual que el resto de sus compañeras, que Amy era la jefa de investigación en las instalaciones del palacio de Tokio de Cristal.

—No es que les esté impidiendo que hagan el tour —repuso la reina Aurora con una leve carcajada—. Es que me parece extraño que, de repente, haya tanto interés en la ciencia. Muchos ciudadanos se enfocan en artes.

—Entonces, con su permiso, su majestad, continuaremos con nuestro camino —dijo Michiru, haciendo una leve reverencia, y las demás la imitaron.

—Los laboratorios se encuentran en el subterráneo, por las escaleras de la izquierda —indicó Aurora con un dedo, y las chicas, agradeciendo el gesto, se encaminaron en esa dirección. No fue hasta que estuvieron por lo menos dos pisos más abajo cuando Michiru volvió a hacer uso de la palabra.

—Las Inner Senshi también van camino al laboratorio —dijo, y las demás se mostraron un poco más ansiosas, pues bajaron por las escaleras más rápidamente. Aquello cambiaba las cosas. Si las Inner Senshi también se dirigían al laboratorio, era una certeza que Serena se encontrara con ellas, lo que era conveniente. Violet pensaba que si Serena era expuesta a la energía del Cristal de Plata, era muy probable que ella recobrara sus recuerdos, y volviera a ser Sailor Moon. Lo mismo podría aplicarse a sus amigas.

Tal parecía que el laboratorio se encontraba bastante profundo en la tierra, porque Violet y las demás descendieron escaleras por cinco o más minutos antes de llegar al laboratorio. La puerta se encontraba abierta, y la luz del recinto se colaba por ésta, luz que era interrumpida por varias siluetas. Con cuidado, Violet y sus compañeras entraron en el laboratorio, y vieron que, en efecto, las Inner Senshi se encontraban presentes, discutiendo algo, en apariencia, importante.

—Hola, chicas —saludó Michiru cordialmente.

Serena y sus amigas dieron media vuelta, y vieron a un grupo de cuatro chicas que les resultaban bastante familiares. Fue Amy quien las reconoció apropiadamente.

—¿También están haciendo el tour?

—Eh, sí —fue la respuesta torpe de Violet, mirando en todas direcciones, como fascinada por todos los instrumentos científicos presentes en el laboratorio—. Ya sabes que nunca he estado aquí.

—Y yo nunca tuve la decencia de invitarte —contestó Amy en tono diplomático—. Pero al menos, aquí estás. Podría mostrarte lo que hacen todos estos aparatos, y, por supuesto, lo que hace este reactor en el centro.

Michiru veía a Amy y Violet dialogar, sintiendo sus entrañas retorcerse dentro de ella. No podía perder mucho tiempo hablando. Había una misión que cumplir, y aquella era la oportunidad perfecta para llevarla a cabo. Ignorando cualquier precaución, se acercó a Serena a paso agitado, y le habló en un tono urgente.

—Serena, me recuerdas, ¿verdad? —dijo, en un tono urgente, cosa que a Serena le tomó por sorpresa.

—¿De qué hablas? —repuso ella, frunciendo el ceño—. Nos conocemos desde hace mucho.

—No te lo preguntaba por eso —dijo Michiru de una forma ligeramente atropellada, cosa que a Serena le causó mucha curiosidad y preocupación. Era como si ella estuviera en alguna carrera loca por el destino del universo o algo por el estilo—. Lo que pasa es que hay cosas que no recuerdas, cosas muy importantes, y hemos venido a…

—¡Michiru! —exclamó Violet, sobresaltándola—. ¡No puedes estar hablando casualmente del tema! Es mucho lo que debe asimilar. No entendería ni la mitad de las cosas que ibas a decirle.

Serena puso cara de perplejidad.

—¿Qué cosas no entendería? —preguntó, y Violet se llevó una mano a la frente.

—Serena cree que nosotras somos peligrosas para los Galthazar, pero no hay nada en nuestros recuerdos que alguna vez lo fuimos —intervino Amy, dedicándole una mirada de reprobación a Michiru—. Estamos aquí porque queremos saber si, en efecto, Serena tiene razón o no.

—¿Y cómo lo averiguaremos? —preguntó Mina, y todas las chicas presentes juzgaron que aquella era una muy buena pregunta. No obstante, Amy tenía la respuesta en la palma de su mano.

—No sé si recuerdan que estuve trabajando en una computadora cuántica con sensores dinámicos —dijo Amy, pero la mayoría de sus amigas se quedó en blanco, a excepción de Violet.

—Lo recuerdo.

—Bueno, no está terminada aún, pero puede hacer algunas funciones básicas, como recuperar archivos borrados.

El resto de las chicas, salvo Violet, contuvo el aliento.

—¿Se puede hacer eso?

—Claro, con las herramientas correctas —contestó Amy, sacando su computadora cuántica a medio terminar, y conectando un cable a una de las terminales del laboratorio—. Ningún archivo se pierde por completo cuando se borra, a menos que hagas un formateo de bajo nivel, y realizar formateos de bajo nivel en computadoras cuánticas como las que tenemos en este laboratorio no es una tarea fácil, porque hay que recrear el estado de la información que necesitamos recuperar. Básicamente, lo que va a hacer mi computadora es aprovechar los conocimientos actuales de mecánica cuántica a nuestro favor. Esto podría tomar entre quince y treinta minutos, dependiendo de si los datos fueron borrados de forma estándar o con un formateo de bajo nivel.

Violet, como alguien que ya había estudiado los principios de la mecánica cuántica para sus propias investigaciones, entendía, hasta cierto punto, lo que había dicho Amy, pero las demás tenían la boca abierta y la mirada extraviada, como cada vez que Amy explicaba algo que una mente menos preparada no iba a entender.

—Bueno —dijo Michiru, soltando una pequeña risa nerviosa—, mientras sepas lo que estás haciendo, tienes libertad de hacer lo que quieras.

—Pienso que, lo que sea que nos haría peligrosas para los Galthazar, tiene que estar registrado en video por alguna cámara de seguridad en Tokio de Cristal, porque no hemos salido de la ciudad desde que se fundó, salvo cuando la Neo Reina y yo fuimos a lo que quedaba del laboratorio de Herbert Dixon. Es probable que los videos hayan sido borrados para que no haya evidencia de lo que pudo haber pasado entre ellos y nosotras. También es razonable pensar que esos hechos debieron haber ocurrido aquí en el palacio.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Serena, mirando la gema que alimentaba al reactor en el centro del laboratorio, sintiendo una extraña vibración en su interior.

—Porque no hay testigos —respondió Amy, introduciendo unos comandos en su computadora, y seleccionando algunas opciones—. Estoy segura que más de algún ciudadano hubiera diseminado la información de algún modo si los hechos hubieran ocurrido fuera del palacio, pero eso no llegó a pasar. Por eso creo que el incidente pudo haber tenido lugar en algún punto del palacio.

Serena, pese a que ella no tenía la mente de Amy, sí podía asombrarse por la forma en que trabajaba su cerebro, sin importar si estuviera bajo presión o no.

—Bueno —dijo Amy, finalizando los ajustes para su aplicación de restauración de archivos—, aquí vamos.

Tokio de Cristal, en ese mismo momento

Lightbringer y Stormrider estaban rodeados por tres monstruos tres veces más altos que ellos, pero ninguno de los dos se vio amedrentado en lo más mínimo. Era vital mantener la calma, porque era la única forma de superar los obstáculos que tenían por delante. Era la única forma en que podían usar sus poderes correctamente y vencer a sus enemigos.

—Podrías marcarte un Thor —le dijo Lightbringer a Stormrider.

—Estás bromeando, ¿verdad? —repuso Stormrider, arqueando una ceja—. ¿Acaso quieres que destruya todos estos edificios?

—No, tarado. Quiero que destruyas unos monstruos de pacotilla —dijo Lightbringer, esquivando un láser que provino de los ojos de uno de sus oponentes—. Voy a crear un domo de luz, el que va a encerrar a los monstruos, y tú lanzarás uno de tus rayos. El domo va a contener los rayos, de forma que solamente nuestros enemigos se vean afectados. Ningún edificio será destruido, y tú podrás dártela del dios del trueno.

—Serás… —gruñó Stormrider, pero pegó un enorme salto, de forma que quedara en uno de los pisos más altos de los rascacielos alrededor de la plaza. Lightbringer esquivó otro ataque de uno de sus enemigos, y se puso en posición, entre los tres monstruos. Sin dudar siquiera una fracción de segundo, Lightbringer extendió ambos brazos hacia afuera de su cuerpo, y, con un grito breve pero potente, creó un domo de luz que cegó por segundos a sus oponentes, para luego crear un escudo de luz alrededor de él.

—¡Ahora!

Stormrider apuntó un dedo hacia el suelo, directamente al domo que Lightbringer había creado, y un arco eléctrico cayó en medio del domo, llenando con electricidad el perímetro, paralizando a los tres enemigos que rodeaban a Lightbringer. Por supuesto, Lightbringer no fue afectado, debido al escudo que le rodeaba. De cualquier modo, el arco eléctrico de Stormrider fue suficiente para dejar inconsciente a sus tres oponentes.

—¡Estos ya mordieron el polvo! —exclamó Lightbringer por el intercomunicador a Frostbite—. ¡Espero que ya tengas lo que necesitamos para poner a estos engendros en su sitio de una vez por todas!

—Ya casi tengo la secuencia genética original —repuso el aludido, lanzando un chorro de hielo a los tres monstruos que se aproximaban a Silverblade, de manera de frenar su avance, o al menos hacerlos más lentos y torpes—. Tres minutos deberían bastar.

—¡Es tiempo suficiente! —gritó Silverblade, aprovechando que sus nuevos enemigos resbalaban con el hielo que Frostbite había creado para atacarlos. Claro, también usaban poderes a distancia, pero impactaban en edificios y en el suelo, bastante alejados de Silverblade. Esto le permitió ir en línea recta hacia los monstruos, y, con un movimiento rápido y potente de su espada, los arrojó hacia un rascacielos cercano, dañando severamente los primeros pisos de éste.

Wildfire tampoco tenía demasiados inconvenientes con su contrincante, porque le bastaba con su látigo de fuego para mantener a la mantis religiosa a raya. A veces combinaba su látigo con chorros llameantes de lava hirviendo, los que arrojaba a los pies de su adversario, poniéndolo en graves aprietos. Lo más difícil era incapacitarlo, porque bastaba que le tocara una llama para que se su cuerpo se encendiera por completo, matándolo de una forma bastante lenta y dolorosa, algo que Wildfire quería evitar a toda costa.

Mientras Silverblade seguía combatiendo contra tres de los monstruos, a Wildfire se le ocurrió una idea para someter a su enemigo. Dejó de atacar a su contrincante y cerró los ojos, como buscando concentración, extendiendo los brazos hacia abajo, con las palmas de las manos abiertas hacia delante. En cuestión de segundos, el aire comenzó a vibrar a su alrededor, como si Wildfire fuese una fuente intensa de calor. Viendo que él no atacaba, la mantis religiosa avanzó rápidamente, pero, antes que pudiera siquiera ponerle las manos encima, su cuerpo se paralizó por completo, pues el calor se había vuelto insoportable, pero no al punto de generar llamas. El aire parecía hervir alrededor de Wildfire, y el monstruo no alcanzó a retroceder, pues un intenso mareo causado por el calor hizo que se quedara en su lugar. Sus piernas comenzaron a debilitarse, y, después de varios segundos, con la mente completamente en blanco, cayó al suelo, inconsciente.

—¡Vaya! ¡Wildfire ha empleado la cabeza por una vez siquiera! —se burló Lightbringer, quien, junto a Stormrider, se acercaron a Wildfire, soltando unas carcajadas moderadas. El aludido gruñó.

Los cuatro sintieron un viento poderoso agitar sus capas, y, unos segundos más tarde, tres monstruos cayeron al suelo, también inconscientes. A lo lejos, se podía ver a Silverblade guardar su espada, sobándose un poco el hombro. Aparentemente, había empleado más fuerza de la necesaria para derrotar a sus oponentes, lo que explicaba por qué habían volado tan lejos.

—¿Tienes algo, Frostbite? —preguntó Silverblade, moviendo el brazo derecho en círculos, para comprobar que no se había lastimado seriamente el hombro.

—Ya tengo la secuencia original —anunció Frostbite, descendiendo del rascacielos en el que se había posicionado por la duración de la batalla, y cayendo limpiamente sobre los escombros—. Lightbringer, tú eres el que puede hacer el trabajo. Te voy a transmitir los parámetros exactos del tipo de radiación que debes emitir para volver a estos monstruos a sus formas humanas. Que los demás amontonen los cuerpos de forma que estén todos juntos.

A los demás les tomó menos de un minuto apilar los cuerpos. Lightbringer se tronó los dedos.

—¿Tienes los parámetros?

—Por supuesto.

—Bien. El tiempo de exposición debe ser de dos minutos y treinta y seis segundos. Yo te voy a indicar cuándo debes parar. ¿Estás listo?

—Listo.

—A la cuenta de tres —dijo Frostbite, ajustando el tiempo en el cronómetro de su computadora—. Uno, dos… tres.

Lightbringer extendió ambos brazos hacia los monstruos, y un rayo de color amarillo brotó de sus manos, engullendo por completo a los cuerpos. Sabía que emitir esa clase de radiación por dos minutos y medio no era un trabajo fácil, y que iba a consumir muchas de sus energías, pero era necesario hacerlo, con tal que no se perdieran vidas humanas. Frostbite les había informado que el recuento de víctimas fatales durante el combate había sido cero. Lo único que esperaba era que siguiera siendo cero.

Para cuando dos minutos y treinta cinco segundos hubieron transcurrido, Frostbite le indicó a Lightbringer que parara, y él se detuvo una fracción de segundo después. El rayo dejó de irradiar a los cuerpos en el tiempo preciso, con una diferencia de una décima de segundo, lo que era una tolerancia aceptable.

—¿Cuánto tiempo les va a tomar volver a la normalidad? —preguntó Silverblade a Frostbite, comprobando con sus escáneres que los monstruos hubiesen recibido la dosis precisa de radiación.

—Dos semanas —repuso Frostbite, guardando su computadora tras verificar que los niveles de radiación se encontraban dentro de los límites aceptables—. Tenemos que llevarlos a un recinto especializado para que puedan recuperarse. No tardarán en recuperar la conciencia y, durante esas dos semanas, van a estar sujetos a mucho dolor a causa de la transformación. Vamos a construir un búnker en las afueras de la ciudad para contener a los monstruos mientras vuelven a la normalidad.

—¿Estás seguro? —preguntó Stormrider, luciendo confundido—. ¿De verdad un búnker los va a contener?

—Eso no debería ser un problema —repuso Frostbite, mirando repentinamente hacia arriba—. Pero en caso que lo sea, usaremos la estación espacial para acabar con el asunto de forma definitiva.

Poco podían anticipar la desgracia que estaba a punto de caer sobre el palacio de Tokio de Cristal.