Capítulo 6

El error de Ron

Ya no lo podía soportar más.

Aquel estúpido guardapelo sólo había logrado que pensase cosas desagradables y extrañas.

Aunque no eran tan extrañas si ahora ella había elegido a Harry, ¿no?

No lo aguantaba más, tenía que salir de allí.

Oía correr tras de sí a Hermione, suplicar que volviera. Suplicar...

¿Por qué suplicaba? ¿Por qué suplicaba si siempre había preferido a Harry?

A Ron le hervía la sangre y no podía ni ver ni pensar con claridad, aún así logró desaparecerse.

Los gritos cesaron.

Estaba solo en medio de ninguna parte y una fría brisa le azotó la cara, aclarándole las ideas. En ese momento se dio cuenta de lo que acababa de suceder.

-¡Mierda!-exclamó-¿Qué he hecho? ¡Serás estúpido, Ronald Weasley!

Tenía que volver, tenía que volver como fuera...

-¡Eh! ¿Quién anda ahí?

Ron se giró bruscamente y vio a un grupo de cinco hombres, uno de ellos muy robusto y con cara de trol.

Ron intentó escapar, pero uno de los hombres lo agarró por el brazo y otro le desarmó.

-Veamos... ¿qué hace un jovencito cómo tú fuera del colegio?-le preguntó el hombre que tenía su varita.

-No voy al colegio, terminé mis estudios.

-¿Cómo te llamas?-le preguntó el que lo agarraba.

-Stan Shunpike.

-¡Eso no puede ser!-saltó el más bajito de los hombres.-Yo he viajado en el autobús noctámbulo y ese no es el chico.

-¿Y por qué no?-le preguntó el que estaba a su lado- ¿Nos debemos fiar de ti, como la vez anterior?

-¡Eso es un golpe bajo! Me echaron un confundus...

-Si, ya. Lo que tú digas... Pues yo creo que sí es él, su cara me suena.

-¡No le creáis! De verdad que no es él.

El otro hombre arremetió contra él y la pelea se volvió cada vez más fuerte, hasta llegar a las manos, mientras el grandullón de cara de trol los miraba con rostro ausente.

-¡Estaos quietos!-gritó el hombre que lo agarraba y Ron aprovechó su distracción.

Le dio un codazo en el estómago y le quitó la varita. Desarmó al hombre que tenía la suya y se desapareció de nuevo, pensando en la casa de su hermano Bill.

Llegó a los límites de la casa y sintió un repentino dolor en la mano. Había perdido una uña.

Corrió hasta la casa y aporreó la puerta.

-¿Quién es?-preguntó con precaución su hermano.

-¡Soy Ron, tu hermano Ron!

-¡Mi hermano Ron está desaparecido, maldito bastardo! ¡Aléjate de mi casa antes de que salga ahí y te mate!

-¡No! ¡Soy yo, de verdad! Soy Ronald Bilius Weasley, tengo 17 años y tengo fobia a las arañas por culpa de Fred y George. Soy guardián en el equipo de Gryffindor y quien ocupa mi lugar en la Madriguera es un ghoul.

La puerta se abrió de repente y Bill le dio un fuerte abrazo.

-¡Maldito enano! ¿Dónde te habías metido? ¿Y Harry y Hermione? ¿Sabes lo preocupados que estamos todos?

Ron sintió una punzada de dolor al escuchar el nombre de sus amigos.

-Será mejor que entremos-le contestó Ron, cabizbajo.

Su hermano le miró con preocupación y asintió.

Juntos entraron en la casa y Bill lo dirigió hasta la cocina, donde estaba Fleur.

Gon!-exclamó la mujer a la vez que lo abrazaba.

En otra situación Ron se habría subido por las paredes ante ese gesto, pero en aquel momento estaba tan abatido que ni siquiera se percató.

Bill indicó discretamente a Fleur que los dejase a solas y Ron se sentó a la mesa mientras su hermano preparaba un poco de té.

-Supongo que no querrás que le diga a nadie que estás aquí, ¿no? Sólo estás de paso.

Ron asintió en silencio mientras aceptaba la taza que su hermano le ofrecía.

-Y bien, ¿qué ha pasado? ¿A qué ha venido esto de fugaros?

-No puedo decir nada, ya lo sabes.

-Entonces, ¿qué haces aquí?

-Yo... me cabreé y... los dejé tirados. Fui un estúpido y les fallé a ellos y a la misión. Siento haber venido aquí, pero no se me ocurría otro sitio.

-No pasa nada Ron. Esta casa siempre va a estar disponible para ti, aunque no esté de acuerdo con lo que haces. Sé que sois demasiados jóvenes y que lo que estáis haciendo debe ser muy duro (de buena gana me cambiaba por vosotros) pero si Dumbledore confiaba en ti es porque sabía que eras lo suficientemente fuerte para hacer esto. Dumbledore era un hombre muy sabio y murió para ayudarnos. Se lo debes, ¿no crees? Todos le debemos algo.

Ron permaneció unos segundos en silencio antes de contestar.

-Lo sé, pero no sólo a él se lo debo. Me lo debo a mi mismo, se lo debo a Harry, Hermione, a todos vosotros... No voy a fallar más, esta vez lo prometo de verdad. Tengo que volver como sea-añadió aquello último más para sí mismo que para nadie.

Su hermano le miró con algo de extrañeza.

-¿Cómo qué volver?

-Digamos que tenemos grandes medidas de seguridad. Eso si que se lo podrías decir a mamá-añadió Ron con una sonrisa.

Bill rió por la broma de su hermano mientras recogía las tazas de té.

-Anda, busca a Fleur. Ella te ayudará con la habitación de invitados y te curará esa fea herida de la mano.

Ron asintió y se dispuso a buscar a la mujer, agradecido por el apoyo de su hermano.

No se había equivocado en ir a El Refugio.

. . .

Ron pasó las siguientes semanas casi recluido en su habitación. No le apetecía convivir con Bill y Fleur, que cuando no se estaban dando el lote se dedicaban a mirarlo con preocupación. Además, Bill le había dejado una vieja radio de madera y Ron pasaba todas las noches escuchando el programa "Pottervigilancia", que era lo único capaz de despejarlo de la gran angustia que oprimía su pecho.

Si, vale, era muy fácil decir que quería volver. Pero, ¿cómo hacerlo? No tenía ni idea de dónde podían estar y aunque lo supiera no sería capaz de vencer los hechizos defensores de Hermione.

Hermione... ¿cómo estaría? No dejaba de pensar en ella ni un solo segundo. Había decepcionado también a Harry, pero él era más fuerte, estaba acostumbrado... Pero Hermione seguro que lo estaría pasando peor que nunca y Ron se odiaba por ello. "Soy un cerdo" se repetía una y otra vez, aunque sabía que la autocompasión no servía de mucho.

Lo que más le dolía es que había fallado a la promesa que hizo el día del funeral de Dumbledore. No la pronunció en voz alta, pero para él tenía la misma validez que si lo hubiese hecho.

Con aquellos pensamientos estaba la mañana de Navidad, cuando su hermano Bill irrumpió en su habitación.

-¿Otra vez escuchando la radio? Podrías dedicar tu tiempo a otras cosas... En fin, nosotros nos vamos ya a la Madriguera, ¿seguro qué no quieres venir? Todos se pondrán contentos de verte.

-No estaría tan seguro.

-Vamos, Ron. Si no has encontrado la forma de encontrarlos en todas estas semanas, no la vas a encontrar ahora. Ven a casa.

Ron frunció el ceño y dejó de prestar atención a los chistes de Lee Jordan.

-Me voy a quedar aquí, lo siento. No les digas nada de mí, por favor.

Bill resopló pero asintió.

-Está bien. Cuídate, ya sabes donde está la comida.

Ron asintió y volvió a prestar atención a la radio mientras su hermano salía de la habitación.

Lo que Bill le había dicho él ya lo había pensado. Era de sentido común, pero aún así no se podía rendir con tanta facilidad y mucho menos volver a la Madriguera como si nada hubiera pasado. No quería decepcionar al resto de su familia y mucho menos que Ginny le odiara toda la vida.

Bufó con exasperación e intentó prestar atención de nuevo a la radio, pero algo extraño sucedió.

"... a la varita de Ron cuando se rompió al estrellar el coche? Nunca volvió a ser la misma y tuvo que comprar otra"

Ron dio un respingo y frunció el ceño con preocupación. Pensaba que estaba teniendo alucinaciones hasta que sintió algo en su bolsillo. De ahí salía la "voz", de su desiluminador.

Lo examinó con la mirada durante unos segundos antes de accionarlo. La luz de su habitación se apagó y lo que pasó a continuación lo dejó de piedra.

Miró por la ventana y comprobó que en el patio había aparecido una especie de luz pulsante y azulada.

No supo cómo ni porqué, pero aquel era el momento. Debía volver con sus amigos.

Recogió sus cosas en un segundo y con la mochila al hombro bajó a la cocina. Garabateó un mensaje para su hermano Bill y salió hasta el jardín, donde la pequeña esfera de luz le esperaba.

Ron la miró con curiosidad e intentó acercarse a ella, pero sucedió de al revés.

La pequeña esfera se precipitó hacia él y con cuidado se introdujo en su pecho. A pesar de ser la experiencia más rara de su vida, Ron sentía cierta calidez y confort. Era como estar de nuevo junto a sus amigos y entonces comprendió que aquella luz la llevaría junto a ellos. Sin dudarlo ni un segundo se desapareció.

En cuanto llegó a su destino una fría ráfaga de viento le azotó el cuerpo. Estaba en medio de una ladera llena de nieve y en la que no se distinguía ningún rastro de vida. Desde luego los hechizos protectores eran eficaces.

Ron empezó a correr por todo el lugar gritando el nombre de sus amigos, esperando que le reconocieran. Aquel era el único método que tenía, ya que no tenía ni idea de cómo desactivar los hechizos.

Al finalizar el día y cayendo la noche, Ron decidió irse a dormir. Estaba abatido. Sabía que estaban allí, junto a él. Tan cerca...

Aún así no había conseguido dar con ellos y después de todo un día de carreras y gritos no podía más.

Se removió en su saco antes de caer en un inconfortable sueño y esperando con ansias el momento en que los chicos decidieran desaparecerse. Era su última oportunidad.

. . .

Hermione se apretujó junto con Harry bajo la capa de invisibilidad y miró por última vez el frío paisaje. Ni un rastro de vida, ni un rastro de él.

Mientras llegaban a su nuevo destino y comenzaba la rutina de siempre, Hermione volvió a pensar que era una estúpida.

Desde que Ron se había ido ella había tenido la absurda idea de que él volvería a buscarlos, de que no los abandonaría, de que todo había sido un acto de inmadurez pero que al final volvería.

Pero eso no iba a pasar, y aunque ocurriera ya de poco serviría. Él los había abandonado, él la había abandonado.

Había pasado casi un mes desde que Ron se fue y ella y Harry habían pasado por la experiencia más dura y aterradora de sus vidas. Voldemort casi los había atrapado... Hermione se estremecía sólo de recordarlo.

Con esos pensamientos estaba una fría una noche en su turno de guardia cuando Harry apareció de repente, haciendo que la chica diera un respingo.

-¿Estás bien? ¿Te he asustado?

-N-No, no pasa nada-contestó Hermione sonriéndole-¿Qué haces aquí? Deberías dormir un rato.

-Y tú también, pareces muy cansada.

"No es por el sueño por lo que estoy cansada..." pensó Hermione para sí misma.

-Estoy bien, de verdad. Puedo seguir haciendo la guardia si es a lo que te refieres.

Harry frunció el ceño y la miró con preocupación.

-En serio Hermione, déjame a mí y descansa. Yo necesito despejarme.

Hermione dudó unos momentos y después asintió, comprendiendo la necesidad de su amigo.

La chica se metió en la tienda y se sentó en su butaca de siempre, mientras miraba con angustia el fuego azulado que ella misma había creado. Aquel hechizo tan insignificante le recordaba tanto a las tardes en los terrenos de Hogwarts junto con Ron y Harry... entonces era todo tan fácil...

Suspiró por enésima vez y apartó el tarro de sí. Lo último que necesitaba ahora eran recuerdos.

Se arropó con una manta y se abrazó fuertemente, gesto que solía repetir continuamente. Si Ron estuviera junto a ella, él la abrazaría, le daría ese calor que ella tanto necesitaba... pero sus tristes abrazos y su rígida manta no saciaban aquella necesidad, ella lo necesitaba a "él".

Nunca en su vida se había sentido tan pérdida... incluso cuando salía con Lavender él estaba ahí, podía verlo, podía tocarlo (aunque no lo hizo, claro)... Pero ahora, ¿dónde estaba? ¿Dónde había quedado su sonrisa, su voz, su aroma? ¿Su mirada, sus chistes, sus abrazos...? Ya no quedaba nada de él.

Hermione secó las nacientes lágrimas de sus ojos y luchó contra los sollozos, en vano. Otra escena que se repetía habitualmente.

Al menos aquella noche Harry estaba fuera y no la podía ni ver ni oír, le avergonzaba tanto que la viera así... ¿desde cuándo se había vuelto tan dependiente? Era una chica fuerte e inteligente. No necesitaba a Ron, tenía que convencerse de ello.

Él le había fallado de nuevo. Promesas vacías, se repetía una y otra vez con rabia. A pesar de eso no podía odiarlo, aunque fuese lo que más necesitase. Tenía que admitirlo; aquel cerdo insensato, aquel niñato egoísta, era el amor de su vida. Podía sonar algo cursi, pero era la verdad.

Notó como su pecho se tranquilizaba y secó las últimas lágrimas que surcaban su rostro antes de irse a dormir. No quería que Harry la descubriera de nuevo llorando.

. . .

Poco después, Hermione se despertó entre zarandeos.

-¡Hermione! ¡Hermione!-exclamaba la voz de Harry.

Hermione se incorporó rápidamente y apartándose el pelo de la cara.

-¿Qué pasa Harry? ¿Estás bien?

Hermione miró confusa Harry. Por un momento pensó que algo malo había ocurrido, pero en el rostro de su amigo reinaba una gran sonrisa de felicidad.

-Tranquila, no ocurre nada. Estoy la mar de bien; mejor que nunca. Verás, ha venido alguien.

Hermione volvió a extrañarse.

-¿Qué quieres decir? ¿Quién...?

Volvió su vista al resto de la oscura habitación, buscando alguna silueta. Quizás Lupin los había encontrado...

Entonces lo vio y su corazón se paró en seco.

Era él, era Ron.

Hermione se levantó de la cama con lentitud y se pellizcó con disimulo para comprobar que aquello no era un sueño.

Él estaba ahí de pie, empapado hasta las cejas y con una espada en la mano. La miraba como si nunca antes la hubiera visto en su vida y sonreía tímidamente, transmitiendo esa energía que sólo él podía transmitir.

Notó como Harry se alejaba de ellos y ese gesto enfureció a Hermione. ¿Qué pensaba, que después de tantas semanas ella se tiraría a los brazos de Ron? ¿Qué tendría que contemplar alguna escena amorosa? Que Hermione no pudiera odiar al chico no significaba que no le guardara un grandísimo rencor.

Se situó frente al pelirrojo y notó como él extendía los brazos, como esperando un abrazo.

"¡Pero será idiota!" pensó Hermione antes de empezar a golpearlo.

Aquel podía ser el reencuentro más insólito que se haya vivido, pero Hermione logró desahogarse como nunca antes lo había hecho. Sabía que con el tiempo las cosas se arreglarían, pero por ahora el chico necesitaba un pequeño castigo. Ella había sufrido demasiado.