Disclaimer: Naruto no me pertenece.
Aclaraciones: Modern Times.
Advertencias: Muerte de personajes. Dark Romance. Diferencia de edad. Futuras escenas no aptas para menores. Posesividad. Obsesiones. Yakuza. Y por si no he sido clara: esto es un MadaHina.
Notas: No soy experta en el tema ni tampoco deseo ofender a nadie, lo que ponga en esta historia será una referencia general de lo que he leído, visto y escuchado sobre la Yakuza. A pesar de eso, me seguiré informando para no faltarle el respeto a nadie. Gracias.
Dulce Veneno
Capítulo 1
A pesar de la compañía a sus espaldas, de la presencia de todos los presentes en aquel grisáceo día y la seguridad de que no se encontraba sola dándole el último adiós a su madre, Hinata no podía evitarse sentirse tan abandonada como en esos momentos. Ni siquiera la vez que terminó atrapada en el sótano de la casona del campo de sus abuelos le hizo sentir esa pesadumbre insoportable en el alma.
Hacía pocos meses que Hiashi Hyuga, su padre, había partido de este mundo. La cicatriz aun dolía pero con la compañía de su madre, el dulce tacto maternal que caía a la espalda cada que vez iba a arroparla en las noches donde el miedo de que los monstruos debajo de la cama quisieran comerla no la dejaba dormir, siempre le hizo dormir tranquila, con la completa seguridad de que al despertar vería el rostro sereno y bello de su progenitora.
El humo brotar de la chimenea llenó el cielo nublado de ceniza. La ceremonia estaba a punto de concluir y ella sentía que las prendas ceremoniales para el funeral la asfixiaban; quería quitarse todo, salir corriendo, pero solo podía quedarse viendo a un punto inexistente, con las manos heladas a causa del frío otoñal que removía las ramas muertas de los árboles cercanos del tétrico lugar a donde trajeron los restos de su querida madre y cremarlos.
Los rezos taoístas se transformaron en un eco lejano, inexistente. Lo único que ella podía sentir en esos momentos era la desolación. Huérfana, eso era lo que era ahora. No importaba que el abuelo Hideki estuviera cerca, era igual a hallarse sola en ese mundo demasiado grande para alguien tan diminuta como ella.
Hideki Hyuga se encargaba de saludar apropiadamente a las personas que llegaron al evento, tratando de mantener el rostro impecable y una postura firme pese a la avanzada edad que sus facciones severas mostraban. El prestigio de la familia Hyuga decayó abruptamente desde hace dos décadas, y ahora con la muerte de sus dos únicos hijos el enorme historial de victorias con el que el ex cabecilla presumía tanto ahora se deslizaba entre sus debilitados dedos, inútiles ya para adiestrar las rebeldes riendas que representaban los cambios drásticos en la economía del país.
A pesar de la mancha negra con la cual era identificado por todos los invitados, él hacía lo posible por ganarse, a través de sus palabras firmes y comportamiento ejemplar, la empatía de algunos. Probablemente de este modo pudiera conseguir unas firmas importantes con ejecutivos quienes desearan brindarle una segunda oportunidad.
Hideki se negaba a dejar caer el castillo que creó desde la juventud.
El cementerio era privado, apartado. Había sido reservado para velar los restos de Hitomi Hyuga, una orden dada explícitamente por Hideki para mantener las apariencias y desechar esos rumores aplastantes sobre la bancarrota que la familia padecía. Solo el grupo que formaba el círculo del cual Hinata quedó en el medio, viendo sin realmente mirar y perdida más que cuando el médico les informó sobre la muerte de su progenitora hace un par de días, nadie estaba ahí. Aunque para ella eran todos unos desconocidos, caras de extraños, siluetas perfumadas y cuchicheos latentes que escocían sus pequeños tímpanos como rezos malditos.
―De haber sido ella ―alguien murmuró sin importarle que la pequeña estuviera cerca―, habría dejado a ese hombre antes de que se quitara la vida. Qué desperdicio. Tan joven y hermosa.
―Todos preveíamos a dónde iban a acabar los negocios inestables de Hiashi ―otro más añadió. Incluso negaba con la cabeza para añadir más énfasis―. La constructora estaba pasando por muchas crisis, haber querido invertir más en ese negocio inútil lo hizo terminar cavando su propia tumba.
―Pues yo escuché otro rumor de que no fueron las deudas con los bancos lo que le orillaron a ahorcase.
―Shh ―parecía ser que una persona de aquel cuarteto entendía el contexto de la situación y el lugar. No era prudente hablar sobre esos temas en pleno funeral―. No debemos conversar sobre eso aquí. Es… ―el alto hombre señalaba a la niña no muy lejos de él―. La niña puede oírnos.
―Es demasiado pequeña para que entienda ―la mujer ignoró y continuó―. Tarde o temprano se enterará de cómo fue que su familia cayó en la ruina. O de quiénes fueron los responsables.
―Mae…
―La Yakuza.
―Calla ―la voz de una anciana sabia quiso callar la boca insensata de la más joven que decía todo aquello con tanta libertad, sin medir las consecuencias.
―Solo digo la verdad. Todos lo sabemos. Hiashi se lío con la Yakuza, para ser más específicos: el clan Uchiha. El pobre diablo pensó que ellos le ayudarían a saldar todas sus deudas. Ingenuo. Relacionarse con esos criminales nunca trae nada bueno.
―Por Dios, tengan más respeto por la difunta. Y su familia. Ahora recen para que el alma de esa mujer descanse y su hija pueda tener mejor suerte. Hideki no es eterno y en cualquier momento puede ser el siguiente a quien le estén dedicando una ceremonia de luto.
Hinata se tapó los oídos para no seguir escuchando esas palabras llenas de espinas que se encajaban en su delicado corazón. Sabía que estaba sola, ya era suficiente dolor por ese día para que le recordasen una y otra vez que no contaba con nadie querido a su lado. Neji aún seguía odiándola por desconocidas razones que no comprendía. El abuelo nunca le hacía caso. Todos los ayudantes que alguna vez ocuparon la mansión habían tomado las maletas y vaciado la casa.
Mami ―solo podía llamarla con el alma llorándole, negándose a derramar lágrimas a pesar del escozor debajo de sus ojos, de ese nudo apretarse a la altura de la garganta. Llorar en público implicaba demostrar debilidad y ningún Hyuga era débil. Abuelo Hideki siempre le decía eso, padre se lo repitió innumerables veces cuando algo le dolía o le hería. Solo su madre le apretaba la mano, le ayudaba a ocultarse un poco y darle la libertad de soltar unas cuantas lágrimas para limpiárselas con ternura, asegurándole que todo iba a salir bien y que el Sol volvería a salir.
Pero Sol no salía. Estaba oculto, dejando el color gris de la amargura acompañarla.
Un par de exclamaciones ahogadas alertó a Hideki quien intentaba sumarse a una conversación que sugería futuras conexiones para la recuperación de sus finanzas. Giró y halló autos estacionados a los alrededores. Los desconoció por completo ya que dictó a los vigilantes y organizadores de la ceremonia no dejar entrar a nadie salvo a los invitados que él personalmente enlistó. Hizo el ademan de llamar al encargado para preguntar lo que ocurría ahí cuando la primera figura que bajó del auto le hizo enmudecer.
.
El otoño, sin duda, llegó temprano ese año. Cada árbol estaba seco, muerto. Él se arropó mejor con abrigo que llevaba encima del traje formal. No solía frecuentar las ceremonias de luto de personas desconocidas pero éste era un caso especial. Sus subordinados bajaron igualmente de sus respectivos vehículos, aunque les dejó bastante en claro que cuidaran la distancia. Podía percibir las miradas de más de un curioso puestas sobre todas las figuras de ellos como para querer llamar aún más la atención. Era bastante conocido y no temía ocultarse, pero le fastidiaba tener que dar explicaciones innecesarias a gente con una curiosidad extremista.
Madara caminó con paso seguro, sin retroceder ni sentir el más mínimo de pudor de encontrarse en un evento privado e íntimo del cual no era invitado. No era Hitomi Hyuga a quien había venido a ver ni a Hideki Hyuga, siendo éste el primero en acercársele. Pese a su edad el anciano continuaba encorvado, con esas facciones endurecidas y ojos grises iguales al cielo que decoraba las cabezas de todos los presentes. Pudo ver por el rabillo del ojo cómo uno de sus hombres quiso acercarse ante las acciones del mayor pero le interrumpió con un ademan de la mano, diciéndole que se quedara en su sitio.
―Tú… ―el anciano hacía lo posible para no soltar maldiciones ni crear una escena, pero no podía contener la ira que le corría por las venas. Delante de él se hallaba la cara del responsable de todos sus males―. ¿Cómo te atreves…?
―Es un lugar público ―señaló Madara sin sentirse interesado de cualquier reclamo del hombre hacia él. Demasiados delitos de los cuales fue perpetrador, no podía acordarse de todos. Y a pesar de que los rasgos de la familia Hyuga fueran imposibles de olvidar, no encontraba razón por la cual alborotarse.
―Hoy fue cerrado para darle el último adiós a mi nuera ―Hideki aspiró para no perder la paciencia ni la cordura; debía recordarse que ya no se encontraba en la cima de la cadena alimenticia y que la figura de Madara Uchiha tenía más poder. Bajar la cabeza costaba demasiado, pero cuidar la lengua cuando la rabia le hacía temblar completamente era peor―. Mi familia ha sufrido lo suficiente. ¿Es que te regocijas de ver…?
―Tengo mejores cosas de las cuales ocuparme que asistir al funeral de una mujer a quien nunca conocí ―interrumpió al anciano antes de que éste comenzara con una sarta de tontería que podían importarle menos―. Solo he venido a completar un negocio. Es todo.
―¿Un negocio? ―las nulas pupilas de Hideki se dilataron. La sorpresa se pintaba en cada rincón de la cara del hombre mayor―. ¿Qué clase de negocio? Le has quitado todo a mi familia. ¿Qué más puedes arrebatarme…?
―Creo que aún hay algo que puedo quitarte, anciano ―Madara ignoró las habladurías del viejo para retomar con el camino directo al objetivo por el que vino hoy.
Nadie osó a detener a Madara, cualquiera estaría loco de siquiera pensar impedir el paso al hombre de abismales ojos negros y largo cabello índigo. No solo era el porte con el cual se presentaba lo que hacía atemorizar a todos, era también ese halo de poderío, como el de un león paseándose a sus antojos por sus terrenos que repelaba cualquier acto de estúpida valentía.
Él caminó directamente hacia la pequeña figura vestida de negro. Parecía absorta pues aunque estuvo a escasos centímetros de ella, la niña pareció no percibirle. Izó la mirada para encontrar el punto que robaba la atención de la menor, hallando la chimenea escupir humo sin parar.
―¿Eres Hinata, no? ―preguntó con la intención de llamar el interés de la menor, quien ante su voz pareció reaccionar, primero dando un respingo y luego mirándole con esos redondos ojos aperlados.
Madara notó que eran completamente distintos a los de Hideki.
Tenían toques lilas casi imperceptibles, pero una vez que le miró con cuidado, detallando cada rasgo infantil de ese rostro redondo, pudo percibir la belleza de éstos. Como dos pequeñas Lunas encerradas, fragmentos de estrella hechas con perlas.
Y la manera en la que le observó, con la confusión, el miedo, la tristeza y el horror reflejándose a la perfección le hizo sentir un alboroto muy dentro de sí que él se obligó a calmar.
La niña tardó en comprender lo que Madara le decía, así como entender por qué un hombre tan alto le hablaba; aun así hizo lo posible por comportarse educadamente, haciendo una reverencia pese a su corta edad. Él arqueó una ceja, sorprendido ligeramente por los ademanes educados de la menor; su sobrino de la misma edad era un niño mimado y grosero que fulminaba a todo aquel que hablara pestes sobre el clan Uchiha.
―L-Lo siento ―apenas lograba escucharle, su voz era débil. El aire soplar la opacaba fácilmente―. N-No me di cuenta de usted ―alzó un poco la cabeza. Otra reverencia, pero más pronunciada―. G-Gracias por asistir al funeral de mi madre.
«¿Qué clase de abuelo deja que su nieta agradezca a los invitados por venir al funeral de su madre? ―pensó agriamente―. Debería estar llorando a moco suelto, como cualquier otro mocoso que ha perdido a ambos padres».
Le dio un vistazo a Hideki quien pareció quedarse atrás, igualmente confundido, por cómo estaba actuando.
«Y a mí me llaman monstruo».
―Con eso me basta ―dijo en medio de un suspiro cansado, casi agotado. Recogió a la niña. Ni siquiera pesaba. Se aseguró de cargarla bien y dar vuelta para regresar a los autos.
―¡¿A dónde crees que llevas a mi nieta?!
Ignorando los reclamos de Hideki en cuanto pasó a su lado, con los hombres encargándose de que éste ni siquiera le tocara, Madara siguió de largo sin preocuparle lo que el viejo gritaba a los cuatro vientos. Nadie se atrevería a ir detrás de él, los espectadores de aquel show gratuito eran unos cobardes. Podía estar seguro que no se atreverían a contar qué sucedió; y en caso contrario, dudaba de que las autoridades fueran a hacer algo al respecto.
―¡Madara!
―Ya te dije, anciano, solo cumplo un negocio ―bajó a la niña, mirándola seriamente, notando cómo el cuerpecillo temblaba. Tenía miedo―. Escúchame bien ―ahora se dirigía a ella ya que Hideki estaba bajo control de cualquier intervención. La pequeña asintió sin quitarle la mirada de encima, aterrada.
Un efecto común que Madara dejaba en todas las personas.
―A partir de ahora dejarás de vivir con tu abuelo. No quiero lloriqueos, no tengo la paciencia para ello. Detesto a los mocosos por igual, y eso hay que dejarlo en claro desde ahora. Solo limítate a seguir lo que te digo y no habrá problemas. Por tu bien, así como el del anciano y cualquier otra persona que te importe, te comportarás y no harás nada estúpido durante las próximas dos horas de viaje. ¿He sido claro?
No es como si Madara esperara que ella rechazara cada una de sus indicaciones porque no tenía alternativa. Le estaba tendiendo a la mocosa un salvavidas. Obviamente, no por propia voluntad pero el trato había sido sellado. Hitomi cumplió con el acuerdo, ahora tocaba el turno de él.
La pequeña asintió después de haberse tatuado a fuego cada palabra dicha por él. Era obvio que no entendía nada y era un suerte que él no era el responsable de explicarle toda esa enredada situación en la que la propia progenitora de la menor la metió.
―Excelente ―Madara estaba aliviado de que ella fuera obediente y no diera inicio con un escándalo―. Ahora sube ―abrió la puerta para ella, urgiéndole a entrar con la mirada, lo cual captó rápidamente pues en menos de un brinco ya estaba en el interior.
―¡Uchiha! ―Hideki era detenido por varios hombres de traje. Los tatuajes en sus antebrazos se mostraron durante los forcejeos―. ¡Respóndeme, ¿a dónde llevas a mi nieta?!
Madara, indiferente, sacó una tarjeta de presentación de los interiores del saco, misma que arrojó sin miramientos al frío asfalto.
―Llama a ese número y contacta al abogado. Él te pondrá al tanto del papeleo sobre la tutela de tu nieta.
―¿Qué…? ―Hideki quedó pálido. ¿Tutela? ¡¿De qué carajos estaba hablando ese hombre?!―. ¡¿Qué planeas?! ―bramó furioso―. ¡¿Las muertes de mis hijos no fueron suficientes?! ¡¿Ahora quieres arrebatarle la vida a una pequeña…?!
Uno de los hombres le propinó un golpe a Hideki para hacerlo callar, lográndolo. Éste cayó al piso, encogido de dolor. Madara fulminó al responsable quien solo bajó la cabeza, regañado de haber actuado a propia voluntad.
―Como dije ―masculló Madara, cansado de ser la atracción principal de todos los presentes―: ponte en contacto con el abogado y pídele que te explique todos los detalles ―rodeó al Toyota Century para quedar en la puerta extrema a donde la menor entró―. La firma de Hitomi está ahí, solo falta la tuya.
Con el movimiento de la cabeza Madara ordenó a todos a subirse a los autos para marcharse. Todos obedecieron y regresaron, dejando al anciano aun en el piso, con gente rodeándole pero sin nadie que se atreviera a ir a socorrerlo.
El motor de los vehículos ronroneó cual felino para arrancar y perderse en el camino ante la mirada absorta de Hideki quien se limitó a solo ver.
