Créditos: Nada es mio, la historia es la adaptación del libro del mismo nombre, los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Se llama Edward, yo le llamo Eddy. Es más gracioso. Le amo y estoy segura de que él también me ama. Pero a los quince años no se dicen las cosas de este modo.
Se dice:
—¿Me echarás de menos, Eddy?
—Sí… Pero tú te vas a unas magníficas vacaciones. En cambio, yo me quedo en Forks todo el verano, ¡qué asco!
Y luego, una vez terminado el baile, llegada la hora de la despedida para que papá y mamá no armen un escándalo, se añade:
—Bueno, hasta la vista, Eddy… —Y el beso dice el resto, en la comisura de los labios.
—Adiós, Bella… —Y la mirada que acaricia dice todavía más.
Fue ayer, fue anoche. Al amanecer, en el aeropuerto de Portland, tras varias horas de trayecto en autobús, una taza de té y un buñuelo constituyen mi ración de supervivencia. Papá y mamá no me quitan la vista de encima y yo estoy terriblemente nerviosa.
—Mamá, si no me encuentro a gusto allí, ¿podré volver en seguida?
—Pues claro, puedes volver cuando quieras, Bella… ¿Qué ocurre? Parecías tan feliz de marcharte…
—Nada, todo va bien, es sólo que… si no me sintiera a gusto allí…
—Con lo qué te gusta el sol, me extrañaría mucho… En cuanto llegues te olvidarás de América.
Me abstengo de formular la pregunta delante de papá y sus dos amigos para no molestarles. Papá me deja ir con ellos a Yemen, su país natal. Billy Black y su hijo Sam me invitan a pasar con su familia, viajan conmigo, son muy amables y generosos. Semejante pregunta por mi parte les ofendería, no cabe duda.
Billy Black es un amigo de mi padre, cuarenta y cinco años, cabellos negros y rizados, terriblemente bigotudo y de una elegancia un poco envarada. Al lado de mi padre, siempre algo encorvado, se mantiene erguido, seguro de sí mismo, dominante, pese a su estatura relativamente modesta. Su hijo mayor Sam, más bajo, rechoncho, incluso gordo, parece simpático, como suelen ser los gruesos, más cordial y efusivo. De hecho, el padre tiene una cara ingrata, más bien fea, mientras que el hijo es agradable. Sam está casado y tiene dos hijos. En realidad sé poca cosa de ellos. Son sobre todo camaradas de papá.
—¿Te da miedo el avión, Bella?
—No demasiado, mamá…
La verdad es que tengo miedo, pero no me gusta decirlo. Es mi carácter, me siento dura, sólida de cabeza. No obstante, este bautismo del aire que me llevará a miles de kilómetros de mi casa provoca una especie de estremecimiento interior, la impresión de que me acecha un peligro, y un nudo en el estómago extraño, más bien como una bola vacía. No sé cómo identificar esta sensación. Digamos que este primer viaje en avión, el primero de mi vida de adolescente, es impresionante, pero no lo confesaré.
—Habría preferido viajar al mismo tiempo que Alice.
—Tu hermana se reunirá contigo dentro de apenas quince días y el tiempo pasará sin que te des cuenta.
Mamá tiene confianza en mí, sabe que soy razonable. Revisa mi atuendo, estirando un poco mi falda floreada.
—Aprovecharás el sol de allí. Escríbeme cuando llegues, en cuanto hayas visto a tus hermanos. ¿Dónde está tu maleta?
Mi maleta está entre mis dos pies calzados con sandalias de cuero. Sólo llevo vestidos ligeros, faldas de repuesto y camisetas, algunos artículos de tocador, mis preciosos libros y mi música. Es mi primera maleta, flamante, marrón; la de Alice es azul, recorrimos expresamente los grandes almacenes la semana pasada y yo estaba más alegre que hoy ante la idea de salir de viaje.
Hombres de negocios, armados con sus carteras de ejecutivos, corren para coger los primeros aviones de la mañana. El aeropuerto se anima de repente, el panel luminoso crepita al encenderse los números de vuelos hacia el mundo entero. Todas estas lucecitas son un espectáculo fascinante, representan a casi todo el planeta, y me doy cuenta tontamente, aquí, en esta sala de espera, que el mundo es inmenso.
Mi padre y sus amigos vuelven de la terraza desde donde se ven despegar los aviones. Papá está bastante sonriente detrás de su hirsuto bigote, y con las manos en los bolsillos, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y los hombros caídos, su actitud preferida, habla en árabe con sus amigos. La sonrisa es rara en él. Su rostro y su expresión habituales, taciturnos, le dan más bien el aspecto de una persona preocupada por naturaleza.
—Bella… Sé respetuosa con mi amigo Billy, muéstrate bien educada cuando estés con su familia.
—Sí, papá.
—¡Ya es la hora, vámonos!
Billy Black camina delante de nosotros, seguido de su hijo Sam.
Presenta los pasaportes y los billetes y se ocupa de los trámites mientras yo abrazo a mamá ante la puerta que va a separarnos. Mi nerviosismo aumenta. Papá, que no es de carácter tierno y sólo me besa en las fiestas muy sonadas, se inclina para un beso rápido que apenas roza mi mejilla, con un último consejo:
—Te confío a mi amigo Billy, es un hombre muy respetado en su país, escucha lo que te diga y obedece. Su invitación es muy generosa… ¿Me oyes, Bella?
Oigo como en una bruma, un montón de ideas estúpidas se agitan en mi cabeza:
«¿Y si cayera el avión? ¿Y si me ahogara en el mar? ¿Y si enfermase en el avión? ¿Y si decidiera no irme ahora y esperar a Alice?». Imposible, papá se pondría furioso.
Entonces paso dócilmente ante la aduana y la policía detrás de mis dos guías y veo desfilar mi maleta por la cinta transportadora y desaparecer tras las pequeñas cortinas de plástico que se cierran con un chasquido definitivo. Ya está, vuelvo la cabeza para decir otra vez adiós a mamá. Me habría gustado que ella también viniera. Sola con estos dos hombres bigotudos, de mirada sombría, me siento vulnerable.
El amplio terreno se extiende ante nosotros, el avión al final de la pista, el viento pega la falda floreada contra mis piernas. Con el aliento un poco entrecortado, me vuelvo para ver si vislumbro todavía a mamá tras los cristales de la terminal, pero ya no puedo distinguir las caras. Me como los cabellos a cada ráfaga, el gusto del champú de la víspera me queda en la comisura de los labios, una mezcla de vainilla y miel con sabor a vacaciones.
Este viaje será formidable, magnífico, Alice y yo no dejamos de persuadirnos mutuamente desde el principio. Tengo sencillamente miedo de saltar dentro de esta gran águila inmóvil que espera con el vientre abierto para engullirme toda entera.
¡Cuanto más avanzo, más crece! Nunca habría creído que un avión fuese tan grande.
Nunca había visto ninguno de cerca, sólo cuando pasaban por el cielo de Forks como flechas brillantes con su cola de vapor blanco.
Mi corazón palpita; «me voy de vacaciones, me voy de vacaciones», no dejo de repetirme la fórmula mágica. Me voy para seis semanas de sol, de mar, de libertad, de descubrimientos, con desconocidos, a un país desconocido. Heme aquí lanzada al mundo por primera vez.
Papá aún nos decía la misma víspera al vernos salir a mi hermana y a mí:
—¡No volváis tarde! ¡Cuidado con los chicos! ¡No habléis con desconocidos por la calle!
Siempre es severo y puntilloso sobre la educación de sus hijas.
Aún ayer estaba a cubierto, en nuestro hogar, en nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad, con papá y su autoridad, mamá y su pequeña sonrisa triste. Alice y yo habíamos celebrado con los amigos nuestra marcha de vacaciones y, por una vez, nuestro padre no exigió demasiadas explicaciones. Se mostró más bien amable, cuando en general, siempre que quiero salir para encontrarme con mi amiga Jessica, por ejemplo, o sólo para evadirme un poco de la casa, sospecha invariablemente algo anormal. Por esto he acabado optando por no decir nada la mayor parte del tiempo, contando con la ayuda de mamá. Si supiera que fumo, si supiera que tengo un flirt… ¡Vaya escena! Seguramente recibiría una bofetada y una bronca a propósito de las costumbres disolutas de la juventud Americana. A veces le detesto. Tengo quince años, cumpliré dieciséis este verano y me gustaría un poco más de libertad, y a Alice también. Las chicas de nuestra edad en Forks son mucho más libres con sus padres.
Al subir esta escalerilla detrás de Billy Black, al volverme una vez más para ver la terminal, ahora tan lejana, pienso de nuevo en mi hermana para olvidar este avión.
Pobre Alice, esta estúpida historia del supuesto robo del escaparate le impide viajar al mismo tiempo que yo. Ha tenido que esperar la autorización de la asistenta social, una buena mujer con gafas encargada de vigilarla, y de repente las fechas del viaje ya no podían coincidir. La buena mujer fue incluso a nuestra casa para informarse sobre la razón de estas vacaciones al extranjero. Mamá se lo explicó todo, los amigos de papá, la ocasión de reunimos con nuestros hermanos, el sol que no nos haría ningún daño… Es cierto que en Forks el sol nos olvida con frecuencia.
Al principio, sólo tenía que viajar Alice. Leah, nuestra hermana menor, y yo estábamos un poco celosas. Para Leah no cabían discusiones, era demasiado pequeña. Pero yo insistí. Primero en interés de Alice. Me preocupaba verla marchar sola, no había ido nunca a ninguna parte sin mí. Y después por Yemen. Papá nos lo describía como un país soberbio, ponderaba la belleza de los paisajes, las travesías del desierto a lomos de un camello, las casas encaramadas en los acantilados, suspendidas sobre el mar azul, la arena dorada, las palmeras, el sol, los castillos en la cumbre de las dunas, las casas multicolores… Imaginábamos este país como esos decorados maravillosos que se ven en los anuncios de sodas o barras de chocolate, un lugar de ensueño. Además, al anunciarle este viaje papá había dicho a Alice:
—Podrás montar a caballo, a pelo, y galopar al sol en la finca de mis amigos.
Yo soñaba con todo ello, como soñaba con ver a mi hermano y hermana por primera vez. Se fueron allí un día, bastante antes de mi nacimiento, a la edad de tres o cuatro años, y papá quiso que se quedaran con nuestros abuelos. Mamá no estaba de acuerdo al principio, lo sé, incluso intentó hacerlos volver, pero no lo consiguió a causa de su doble nacionalidad inglesa y yemenita. Ahora ya hace algunos años que no habla de ellos y nadie menciona este tema en casa. Los hijos mayores de la familia viven en Yemen, es así. En Forks somos cinco: yo, Alice, Leah, Nessie y nuestro hermanito Seth, el último miembro de la familia.
Supongo que mamá se ha resignado a la voluntad de papá, él es el hombre, el varón, el jefe. Sin embargo, después de todos estos años y todos estos niños, todavía no se han casado. Pero todos nos llamamos Swan, el apellido de nuestro padre.
Así, yo, Bella Swan, tengo apellido y nombre yemenita, pero soy americana por todos los poros de mi piel y todos los recovecos de mi cerebro. Alice es como yo y se parece a mí sin parecerse. Se trata sobre todo de una cuestión de carácter. La siento más débil y más ingenua que yo.
Ante esa historia completamente absurda del robo, por ejemplo, yo me habría defendido con todas mis fuerzas, con uñas y dientes. Ella ha soportado la injusticia.
Cuando sólo había agitado una pulsera, gritando a mamá: «¿Me la compras?», el vendedor la acusó de haberla cogido del escaparate para robarla. Resultado:
acusación, juez, tribunal y multa, más la vigilancia de una asistenta social. Y papá se lo tomó muy mal, no nos acompañó al tribunal y no dejó de lamentarse ante sus amigos árabes. Le «avergonzaba» ver arrastrar su nombre por el fango. Su hija estaba «marcada». Era una «sucia ladrona» y él iba a llevarnos a todas por el camino recto, ¡nos enseñaría a comportarnos como verdaderas mujeres árabes! Según él, estábamos en peligro moral. ¡Prohibición de llevar minifalda, prohibición de frecuentar a los occidentales y de escuchar música «occidental»!
Pienso que ese vendedor era tal vez racista, como papá. Alice y yo tenemos la piel pálida, igual que mamá, que ya es una mestiza, nacida de padre paquistaní y madre americana. Esto nos da un aire «exótico».
A menudo pregunto a mamá:
—Pero ¿qué tiene papá contra los occidentales?
—No lo sé, pregúntaselo a él… Jamás me he atrevido a formularle la pregunta. Simplemente he creído comprender que en Yemen eran esclavos y que él seguía considerándolos como tales, inferiores.
En el café-restaurante de papá, cuando ayudamos a servir los platos de patatas fritas y pescado, ¡se nos permite, cómo no, hablar a los clientes occidentales! Pero en cuanto salimos a la calle, prohibición paterna de dirigirles la palabra… ¡Si supiera que tengo un amiguito occidental!
Billy Black me indica que tome asiento entre una señora y él. Sam se instala un poco más lejos.
De momento me muerdo una uña y me gustaría fumar un cigarrillo, pero los letreros luminosos lo prohíben. La angustia del despegue vuelve a apoderarse de mí.
La angustia de lo desconocido también. Parece ser que volaremos diez horas antes de hacer una escala en Siria. Después cambiaremos de avión para ir a Sanaa, la capital de Yemen del Norte. Ciudad legendaria, misteriosa y soberbia, según dicen. Desde allí nos dirigiremos, ignoro por qué medio, al pueblo de Billy Black.
Ya me veo tendida al sol, con los ojos en el cielo y los pies en el mar Rojo. Será como un fabuloso baño de arena, de agua y de luz. Alice y yo volveremos doradas como la miel de acacia y calientes para mucho tiempo. En la reapertura del curso escolar tendré dieciséis años y haré mi aprendizaje como puericultora. Adoro los niños. Alice volverá al colegio por algún tiempo.
Los reactores braman, cruzo los dedos para conjurar la mala suerte y trabo una conversación nerviosa con mi vecina de asiento. Debo de hablar realmente muy deprisa porque ella me tranquiliza:
—No temas nada, todo irá bien, los reactores harán aún más ruido, luego el avión correrá por la pista, despegará y descubriremos toda la ciudad desde arriba, ya verás, es magnífico cuando el cielo está despejado.
Tengo las manos húmedas, las articulaciones de los dedos se blanquean a fuerza de agarrarme a los brazos del asiento como si fuera a estrellarme dentro de un segundo.
En este instante tengo un presentimiento, pero tan vago que no llego a definirlo.
Debe de ser el miedo al despegue.
Después de todo, es normal la primera vez. Pero ya echo de menos a mamá. Terriblemente. No sé por qué me acuerdo de aquel día en que al cruzar la calle me atropelló un coche. Tendría unos cinco años. Vuelvo a verme volar por el aire con la sensación de atravesar el tiempo y todas las edades del mundo.
El coche me proyectó a tanta altura que caí al suelo con la cabeza por delante y contra las rodillas, en posición fetal. Oí llegar la ambulancia sin moverme, estaba sola sobre el asfalto con mi sufrimiento y mi miedo.
Es mi único recuerdo aciago hasta el presente. Me gusta mi vida en Forks, quiero a mi familia, mi porvenir, mis amigos y Edward. Y la música. Como no estoy cerca de la ventanilla, se me ha escapado la visión panorámica de Portland. Abandono mi país cerrando los ojos hasta que el avión recupera la posición horizontal y el temblor me pasa lentamente.
Billy Black ya ronca a mi lado. Roncará durante diez horas, hasta Siria.
