Los personajes de Naruto no me pertenecen, solo los uso con el único fin de entretener. También aclaro que la idea general ha sido inspirada en el libro de Rebecca Yarros, Alas de Sangre, pero nada más. No es una adaptación ni mucho menos un plagio. Solo sentí que la idea se adapta muy bien con la pareja que Shikamaru y Temari conforman.

Aclaraciones: Universo Completamente Alternativo. Fantasía World. Dragones.

Advertencias: Posibles muertes. Peleas y enfrentamientos. Escenas de violencia. Mención de sangres. Rivalidades. Traiciones. Y posible contenido maduro.

Notas: Esta historia pretende ser corta. O hasta que las ideas se me agoten o alcancé la imagen mental con la cual inicié todo este proyecto.


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Treguas Silenciosas

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Capítulo Dos


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Tener el lugar asegurado en la Academia para Jinetes del País del Fuego no era suficiente. Se debía mostrar valor, astucia y fuerza, aunque también malicia. Ninguna victoria estaba completamente libre de sangre ni juego sucio, eso más de una vez Asuma lo decía con la mirada fija en el horizonte. Shikamaru le ponía atención, dándole vueltas a esas palabras.

Y cuánta razón tenía.

Desde hace dos semanas la nueva rutina no ha dejado de sorprender a Shikamaru. No solo son las clases abrumadoras, el montón de libros que recoger en la biblioteca, la comida sin sabor en la cafetería; era también el ambiente. Nadie tenía aliados aun y todos los grupos de primeros eran el blanco de todas las miradas.

Se daba una temporada de un mes para invitar a los novatos a adaptarse a la academia. Pero era más para estudiar las habilidades de los compañeros. Pronto las fechas de combates de cuerpo a cuerpo se anunciarían, así como la presentación oficial a todo el personal que conformaba el grupo académico de la institución.

Shikamaru ya había tenido roces no solo con sus compañeros, sino también con algunos profesores. No se equivocó al imaginar que cada uno estaría dotado de una personalidad alocado, aunque tampoco era que al muchacho le extrañara.

Los Jinetes de Dragones no eran personas corrientes.

―Buen día, gusanos ―la profesora Anko subió al frente con buen humor. Y eso no era bueno, porque esa mujer amaba la desgracia ajena y todos los estudiantes ahora eran su mejor entretenimiento―. Veo que seguimos siendo muchos. No se confíen, cualquiera debe estar tramando a quien asesinar en las próximas noches, así que dejen de fantasear con que serán un grupo de amiguitos. Dentro de estas paredes las amistades no son eternas.

La profesión de jinete era una bastante respetada en todo el País del Fuego pero igualmente peligrosa; requería en excesivo tiempo de entrenamiento y gran manejo del estrés y pensamiento rápido en situaciones que requerían planes eficaces. Anko se encargada de ejercer la materia de Planeación de Ataque I. Había luchado al frente, justo en la Frontera contra los enemigos de la Nación y se ganó varias medallas que confirmaban su valor.

Pero una caída de su dragón la obligó a quedarse sobre tierra, dar clases y despedirse de su emocionante vida como jinete. Aun los curanderos seguían sorprendiéndose del milagro de que ella sobreviviera, pues era casi nula la supervivencia de una persona que caía desde una altura considerable en pleno vuelo.

La mujer hablaba y Shikamaru estaba totalmente ajeno a lo que decía. No despreciaba el conocimiento de la mujer pero sabía lo básico de todo lo que ahora narraba. Además tampoco le importaban demasiado las experiencias personales.

El papel no tenía nada anotado y no le preocupaba. Las pruebas teóricas no tenían tanto peso como las físicas. Las materias que realmente importaban en la de la Fauna de Dragones y Biología Natural de los Dragones. Una copia de la guía completa de Tobirama Senju, un erudito quien dedicó toda la vida al estudio de las especies conocidas en todo el territorio de dragones, descansaba en el fondo de su morral, con marca páginas que resaltaban datos que a Shikamaru le parecían importantes y vitales.

Jamás había visto un dragón pero sabía que eran montañas enormes de escamas y que escupían fuego. Cada mañana al despertar podía escuchar los gruñidos fieros retumbar en las paredes de piedra, volando por encima de donde dormitaban, tan cerca de todos ellos y al alcance de un ataque.

Ni siquiera conocía a Rapaz, el dragón Cola Pico de su padre. O a Ariz, el dragón Cola Dorada de su madre.

Todos anotaban puntualmente las palabras de Anko, ésta explicaba algo relacionado con las formaciones más populares y eficaces a lo largo de la historia, desde la época del Primer Emperador del País del Fuego. Shikamaru deseó decirles a todos que gastar tanta tinta no sería útil si al final del día era la fuerza de cada uno y su habilidad montando a un dragón salvaje lo que marcaba la diferencia.

La gran mayoría de los novatos estaban tensos. No era de extrañar. En cualquier momento, cuando menos se lo esperaran, uno podía ser asesinado por el compañero que se halla al otro lado. Y nadie intervendría. Eran las reglas no dichas dentro de la Academia. Cada quien veía sus propios intereses y la vida de un posible rival no era importante si con ello se lograba alcanzar lo deseado.

Anko dio por zanjado la lección de ese día. Encargó tarea aunque Shikamaru no pensaba hacerla ya que la profesora jamás revisaba lo que pedía. Era más de hacer exámenes sorpresas orales, poniendo a más de un estudiante nervioso por esa mirada purpura que podía compararse con la de una Cola Venenosa.

El aula se vació, los pasillos extensos se llenaron de los novatos. Todos iban separados y algunos grupos se reunían. Shikamaru estudió cada grupo, pensando en que debería cuidarse la espalda. Una persona era peligrosa, pero un grupo de cinco compartiendo los mismos intereses y marchando un plazo era severamente peligroso.

No había encontrado con quien congeniar y tampoco le molestaba mantenerse en solitario. Aunque no dejaba de pensar en ocasiones sobre la chica de ojos Luna. No le había visto después de llegar. Se preguntaba si algo malo sucedió o si alguien la atacó. Se le veía demasiado inocente.

―Hey, vago ―la voz en la lejanía detuvo los pasos de Shikamaru.

Éste giró y se encontró con la rubia cabellera del chico más hiperactivo que jamás había conocido. Le recordaba constantemente a Ino, su mejor amiga. Ambos eran igual de escandalosos y dueños de ojos celestes.

Hizo una pausa antes de hablar, recordando la Marca del Traidor que llevaba bajo el uniforme. Todos recibieron uno al día siguiente de que entraron a la Academia. Solo consistía en dos piezas: pantalones de cuero, resistentes a cualquier cambio de clima, incluso a la temperatura de las llamas de un dragón Cola de Espada y un chaleco general para protección.

―Hey ―saludó Shikamaru sin mucho entusiasmo, bostezando. El sueño le pesaba horrible.

El rubio hizo una mueca, preguntándose el cómo alguien podía ser así de flojo.

―¿Aun sigues cansado después de todo lo que dormiste? ―preguntaba Naruto con sorpresa de que ese tipo siguiera cansado. La noche anterior casi ni le dejó dormir por los ronquidos.

―He estado cansado desde que llegué a este mundo ―explicó sin mucho afán―. ¿Qué asuntos tienes conmigo?

De repente el rubio se puso nervioso ante la pregunta de Shikamaru. En todo el rato que venían siendo compañeros el de curiosas marcas en las mejillas no le había dirigido mucho la palabra. Desconocía por qué pero era mejor así porque él aun no sabía cómo hablarle. No quería ser un racista ni discriminar pero era conocimiento general que aquellos tatuados con la Marca del Traidor no eran de fiar.

Una década atrás el País del Fuego vivió una época de oscuridad a causa de las revoluciones internas. Los medios siempre decían que fueron traidores, aunque éstos jamás buscaron dañar a nadie y solo querían reclamarle al monarca explicaciones de sucesos que ocurrían fuera de la Frontera.

El enorme territorio en el cual se movían aún tenía partes desconocidas que ni los valientes se atrevían a descubrir. Seres hechos de pesadillas aguardaban afuera de las protecciones para devorar y atacar. Dentro de la historia del país existió el fenómeno que aún continuaba ocasionando escalofríos incluso en los mayores: la Pesadilla Eterna.

Una fuerza maligna, desconocida, mucho más poderosa que la magia de los dragones había obligado al Sol a esconderse por un largo año. Los habitantes de esa época tuvieron que adaptarse a esa nueva ruta de vida, así como esquivar los ataques de las creaturas de espanto que invadían los interiores de la Frontera en busca de carne fresca. Los dragones habían defendido el territorio pero las pérdidas de poblaciones fueron enormes. La raíz de todo ese suceso seguía siendo un misterio.

Los Traidores del País ―bautizados así por todos― pusieron en duda las leyes y el conocimiento que se tiene con respecto a todo lo que conforma el País del Fuego. Además de acusar de corrupción a la Familia Real por enviar a prácticamente niños a combatir en lugar de ser ellos, los representantes del país, quienes den el rostro al peligro. Pero también fueron acusados de realizar complots a escondidas, robando documentación de prohibido acceso y otras faltas al Código.

La pena por traicionar a la Nación, así como ofender a la Familia Real no era ligera. Menos con los llamados de atención que varias familias ya habían recibido.

Shikamaru no recordaba perfectamente cada nombre de los integrantes de la lista de traidores, habían sido demasiados. Incluidas respetadas familias que habían servido con honor el linaje del Emperador en tiempos pasados. No obstante el País del Fuego decidió marcar a la descendencia de dicha familia para separarlos de quienes sí era de confiar contra los que no.

Él había ingresado a la Academia por cuestiones honorables y de herencia. Sus padres eran jinetes. Shikamaru tenía que serlo. Pero los Marcados no tenían otra opción. Era ser jinete o ser ejecutado, aunque sabiendo el destino con el que corrían la mayoría de los estudiantes que lograban graduarse, no había mucha diferencia.

Era una manera pacífica de afirmarles a todos los Marcados a quien le debían su lealtad. Una manera de medir que cualquier otra rebelión conformada por los hijos de los Traidores muriera.

―No tienes que ser tan desconfiado ―dio como respuesta. Luego se señaló―. Soy Naruto Uzumaki.

―Lo sé ―Shikamaru ya lo sabía desde el primer día, no necesitaban volver a presentarse aunque era obvio que el rubio era un tanto despistado―. Ya nos hemos conocido.

―Eso lo sé, no me trates como un idiota ―se quejó. Volvió a bufar como un toro nervioso―. Solo quise iniciar una conversación.

―Pues eres pésimo en eso ―tuvo la libertad de burlarse un poco, sintiéndose menos tenso que al principio.

Shikamaru recibió una azulada fulminación.

―Tú no tienes amigos.

―Igual que tú.

―¿Qué te hace pensar eso? Soy bastante popular ―presumió, aunque Shikamaru no le creyó para nada. Era obvio que mentía.

―¿Y por eso estás aquí, queriendo hablar conmigo?

Quedó sin argumentos. Una victoria silenciosa para Shikamaru. Él decidió darle tregua, tenía crédito por acercársele.

El orgullo masculino era complicado de desapegar.

―Sí, yo tampoco tengo a nadie con quien pasar el rato ―confesó.

Naruto abrió los ojos, luego le señaló acusadoramente.

―Hey, esto lo hago con planes estratégicos. No quiero liarme con un chico. Y si así fuera, no eres mi tipo.

Shikamaru tuvo sostenerse la fuente de la nariz ante un dolor ligero de cabeza.

―No insinué eso, tarado ―sintió tan natural el insulto, ni siquiera el rubio reaccionó mal―. Me refiero a que tampoco tengo aliados.

―Oh, eso ―parecía aliviado. Shikamaru lo consideró un idiota pero alguien divertido―. Sí, igual que yo. Ahm ―se puso a remover el pie, inquieto―. ¿Quieres…?

―Busquemos un lugar donde comer ―más Shikamaru le interrumpió, ahorrándole la oración que no podía terminar, de la cual, imaginaba, era complicada decir―. Estoy hambriento ―avanzó primero.

Naruto se quedó quieto en el mismo lugar, observando la espalda del chico de fatiga crónica avanzar entre los ahora desolados pasillos. Miró a todos lados y sin esperar fue detrás de él.

Tenía hambre también.


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―Quieren matarnos de hambre ―Naruto no se guardaba los comentarios que pasaban por su mente, eso Shikamaru lo estaba descubriendo con cada segundo que pasaba a su lado.

A pesar de ser compañeros de habitación no compartían las mismas materias. Los Marcados asistían al otro lado de la Academia. Marcaban la diferencia y eso no le parecía. Todos ellos podían conocerse, reunirse y armar planes para deshacerse de los otros. Motivos no les faltaba. Varios de los que acudían a la Academia eran los hijos de los responsables de las ejecuciones de sus padres. Prácticamente estaban en el nido de víboras.

―Solo nos preparan para comer lo que sea cuando estemos en el campo de batalla ―intentó explicar la selección de ingredientes, pero igual que Naruto, él también opinaba lo mismo―. No tendrá la mejor apariencia pero cuenta con los nutrientes que necesitamos.

―Eso no le hace dejar saber a mierda.

El comedor era extenso, grande para reunir a todos los estudiantes de los tres años ahí. Incluso a los Marcados, quizá de los pocos lugares donde todos convivían sin esa diferencia. Aunque los propios grupos que se reunían en mesas particulares se encargaban de resaltar esa línea que les separaba.

Naruto deslizó el plato con esa desconocida pista que sabía a suciedad de perro para observar a todos los alrededores, buscando algo que llamara su atención. No era un observador nato pero tenía una intuición para saber quién era fuerte.

―¿Por qué no te juntas con ellos? ―preguntó de la nada Naruto a Shikamaru, haciendo que éste dejara de hacer el intento por masticar esa gelatina pastosa para mirar al rubio.

Naruto señalaba una mesa un poco lejos de la de ellos.

―¿Ellos? ―alzó el cuello y los vio.

El chico que cruzó la segunda prueba como si estuviera paseando por un campo de margaritas. Comía sin poner quejas y enfocado completamente en masticar, ignorando a sus alrededores y las conversaciones de los demás que claramente buscaban llamarle la atención.

―No los conozco ―contestó sin sentirse afectado. No tenía la obligación de saber quién era cada quién.

Aún.

―Es hijo de un jinete, como tú. Y viene de una familia importante. Igual que tú ―dijo lógicamente Naruto, conectando todo.

Shikamaru paró de comer para mirarlo con cierta sorpresa.

Él rio.

―¿Qué? ¿Por ser rubio pensabas que no iba a adivinar que eres un Nara? ―se dio un golpecito en la frente―. No soy tan idiota. Sé reconocer una familia importante de jinetes desde un kilómetro de distancia. Tengo un buen olfato para eso ―señalaba su nariz con total orgullo―. Solo me extraña que hayas aceptado mi invitación y que no estés comiendo con ellos. Seguramente tendrías gran ventaja si te les unes.

―No creo que estemos en la misma categoría ―era pura intuición pero Shikamaru pensaba que no estaba del todo equivocado.

Solo fue un breve momento en el que vio las habilidades del azabache para distinguir la enorme brecha que los diferenciaba; no tendría problemas en lo teórico, pero lo que realmente le preocupaba, además de que alguien pudiera clavarle un puñal en la espalda, eran las pruebas físicas.

―Yo casi me rompo los huesos en la Prueba ―apuntó a la mesa donde al azabache seguía comiendo, ajeno a sus habladurías―, él lo hizo como si nada.

―Lo sé, también lo vi ―gruñó Naruto entre enojo y admiración―. Ni he cruzado palabra con él pero ya lo detesto.

―Es el hijo menor del Coronel Fugaku Uchiha ―una voz a sus espaldas participó en la conversación.

Los dos se giraron y se encontraron con un chico simpático de mejillas rellenas con lo que parecía estar comiendo. Shikamaru pensó que era imposible que alguien comiera de manera voluntaria y deliciosa lo que sea que sirvieran en la cafetería.

―¿Uchiha? ―Naruto repitió el nombre con lentitud y un desagrado evidente.

―Sí ―afirmó la nueva cara, apuntando el asiento libre al lado de Shikamaru―. ¿Puedo sentarme?

―Adelante ―Shikamaru le dejó, interesado por la información que el chico compartía con ellos.

―Siempre han asistido a la Academia ―siguió explicando el de mejillas redondas con marcas curiosas en cada una de ellas, Shikamaru dedujo que serían una especie de símbolo que representaba a su familia―. Y son de los primeros en la lista. Han luchado por generaciones en los primeros batallones y guiado a las Fuerzas del Emperador. Unos héroes.

―Más bien unos creídos ―masculló Naruto, parecía no gustarle la manera en la que el chico resaltaba los logros de la familia―. Creí que en esta escuela nadie ingresaba con privilegios ―le miró desde su posición, ceñudo―. No me extraña que esté tan tranquilo, seguramente ya tiene todo asegurado por su familia.

―Nadie tiene la vida fácil aquí, incluso aunque vengas de una buena familia ―aseguró el chico quien parecía contento de compartir sus conocimientos―. El director Sarutobi siempre ha buscado la igualdad entre todos los estudiantes, hacernos sentir que todos pertenecemos al mismo lugar pese a nuestras diferencias.

―Ja ―Naruto rio con amargura―. Eso díselo a los Marcados.

El chico enmudeció e incluso detuvo su ingesta de alimentos para mandarle una mirada apenada al rubio.

―Lo siento ―se disculpó de inmediato y Naruto sintió que era honesto―. No quise ofenderte…

―No te preocupes, escucho eso todos los días. Me he vuelto inmune ―decía sin mostrarse herido.

―La familia Uchiha entrena a sus jóvenes desde que empiezan a caminar ―aportó Shikamaru nueva información a la conversación, o lo que sabía al respecto―. Son el recurso militar más fuerte que el Emperador tiene, además de los dragones que siempre han domado.

―Eso también ―el chico rechoncho asentía. Luego observó interesado el plato de Naruto―. ¿Vas a comerte eso?

Naruto negó y dejó que él se lo comiera todo, observándole como si quisiera vomitar.

―Además de los Hyuga, claro ―añadió el de las mejillas marcadas después de terminar con la ración de Naruto.

―¿Los Hyuga? ¿Y esos quiénes son?

―Otra familia importante ―dijo Shikamaru al recordar a la chica de ojos aperlados―. Corre el rumor que fueron bendecidos por los dioses para poseer una vista que ayuda a detectar enemigos. Aunque son solo mitos. Con o sin habilidades mágicas, su enorme fortuna es lo que les ayuda a tener el favor del Emperador.

―¿Son ricos? ―Naruto arqueó ambas cejas―. ¿Y por qué estudian para ser jinetes? Fácilmente podrían ser nobles y acompañar al Emperador en su Corte.

―Los Uchiha e Hyugas son familias rivales. Ninguna puede doblegarse ante la otra. Es por eso que los hijos menores de la familia son enviados, como los Uchiha, para convertirse en jinetes.

―Eh, antes de seguir conversando ―Naruto apuntó al nuevo integrante que, sin querer, se había unido a ellos―. ¿Cómo te llamas?

―Oh, lo siento ―rio apenado―. Me llamo Chouji, Akimichi Chouji, un gusto.

―Parece que una chica de esa familia ingresó también. Nos ayudamos en la Prueba. Creo que se llama Hinata.

Chouji asintió, parecía que él también sabía eso.

―Sí, Hinata Hyuga, hija del Capitán Hiashi Hyuga y la difunta Teniente Hitomi Hyuga. Se rumoraba que entraría junto con su primo mayor, Neji Hyuga, pero se enfermó y su ingreso se retrasó. Muchos especulaban que ella no lograría ni siquiera llegar a la segunda etapa ―sonrió, como si encontrara orgullo en comunicarles eso―. Estoy seguro que calló la boca de muchos.

―¿Una chica enfermiza? ―Naruto resopló―. No durará mucho.

―Se encuentra en el mismo grupo que su primo mayor ―Shikamaru recordaba el joven castaño con similares facciones que Hinata―. Probablemente la protegerá de cualquier cosa.

Naruto elevó los brazos al aire, quejándose.

―¿Ves lo que te digo? Privilegios.

―Quizá lo veas así, pero en la cancha de enfrentamientos eso cambia. Ahí se demuestra quién merece estar aquí y quién no ―añadió Chouji con seriedad.

Numerosas muertes se generaban en esos encuentros, y no solo eran de una sola vez. Se repetían constantemente hasta disminuir la población estudiantil y dejar una selección reducida. Luego de ahí se pasaría a la fase que más atemorizaba a los estudiantes: la Selección.

Estarían una semana en territorio de dragones, o como era llamado por los jinetes: Santuario de Dragones. Todas las especies registradas en la Guía de Dragones de Tobirama Senju se hallaban ahí. Era su territorio, el lugar de descanso donde aguardaban antes de ser llamados por su propio jinete y volar hacia la batalla. El único modo de llegar ahí era por medio de las Canastas que los dragones de los profesores o estudiantes de segundo y tercer año llevaban en las garras, dejándolas caer en el lugar y dejarlos a su suerte.

Durante esos siete días tendrían que sobrevivir no solo a las dificultades del territorio, flora venenosa, insectos del tamaño de un caballo, sino a los dragones que eran terriblemente territoriales y detestaban a los novatos por el nauseabundo aroma de debilidad.

Un dragón desprecia a los débiles y los quema.

Pero también deberían lidiar con la amenaza de ser aniquilados por otros. Los dragones dispuestos a crear un lazo con los humanos escaseaban y no todos podían hacerse de un compañero en la primera vez. Esas peleas siempre terminaban en sangre y el olor a carne quemada y azufre.

La preparación para ese momento era de seis meses, mientras tanto todos los novatos debían aguantar hasta la llegada de ese día si es que los de su propia especie no les mataban primero.

―Qué adorable. Los tres amiguitos haciéndose compañía en la hora del recreo.

Shikamaru sintió como si una serpiente le paseara por toda la espalda. Giró y se encontró a dos ojos verdes fríos mirarle sin emoción, a pesar de que la sonrisa burlona estuviera ahí.

Chouji se levantó, apurado, haciendo el saludo que se merecía la rubia con la medalla en su uniforme.

―Sargento Sabaku ―dijo alto y claro, aunque nervioso también.

Shikamaru copió el ademan de Chouji pero con menos ahínco. Saludó formalmente solo para no ganarse un castigo. A su lado, Naruto ni siquiera se molestó.

―Temari ―habló con tanta familiaridad que Chouji casi se atragantó con la saliva de escucharle saludar así a un superior.

―Soy Sargento para ti, cabo ―gruñó la susodicha al fulminar al otro rubio quien no se mostró intimidado―. Nada de llamarme por mi primer nombre.

―¿En serio me harás llamarte así…? ―bufó―. Qué fastidio... ¡Auh! ―ella le propinó una patada en la espinilla que lo dobló, teniendo que obligarse a sostenerse del banquillo del comedor―. ¡Mierda, eso dolió! ¡¿Qué te pasa…?!

―Que eso te enseñe a respetar a tus superiores, novato ―afirmó la rubia con una mueca severa. Prestó atención a los otros dos―. Hoy en la noche habrá un evento al que están obligados a participar.

―¿Un juego? ―Chouji pareció palidecer.

Shikamaru tampoco le agradaba eso de un juego.

Nada en esa Academia era de juego. Era muerte o vida.

―Sí, un juego. Una especie de bienvenida que todos los escuadrones realizamos para los novatos ―informó pero la sonrisa felina seguía ahí, obviamente disfrutando de las reacciones―. Está prohibido faltar, así que ni lo piensen. Si no asisten, yo misma vendré a buscarlos, así que más les vale estar presentes. En fin, disfruten su fiesta de té, señoritas. Los veo esta noche.

Ella se fue, dejándoles nerviosos. Aunque Shikamaru tenía más bien un fuerte dolor de cabeza.

―¿A qué se refiere con un juego? ―Naruto no entendía―. Nadie me dijo nada.

―Eso es porque no hay ningún juego de bienvenida, seguramente es algo que todos los líderes de los escuadrones se les ocurrió para aniquilarnos.

―¿A-Aniquilarnos?

―Sí ―Shikamaru suspiró. Y él pensando que iba a dormir bien esa noche―. Ya se me hacía raro que estuviera todo tan tranquilo ―miró hacia el mismo camino por donde esa cruel mujer se fue―. Estaban esperando como buitres a que nos confiáramos.