¡Muy buenos días a todas! ¡Espero estén teniendo una linda semana! Aquí les traigo un capítulo más de nuestra historia. Es un Anthonyfic, como ustedes saben, con mucho cariño y sin fines de lucro. Continuamos…

"UNA VISIÓN DE AMOR"

CAPÍTULO XII

Cuatro días después, Anthony se encontraba sentado en su cama, recostado sobre varias almohadas, con su brazo en un cabestrillo. Candy le daba con cuchara un poco de sopa, y el muchacho no podía dejar de mirarla con adoración mientras aceptaba su atención en silencio. La bella rubia, con un vestido verde y su cabello recogido en una alta cola le sonreía de vez en vez, y se sonrojaba feliz por su mirada intensa sobre ella.

Apenas ese día Anthony se había enterado. ¡Y eso había sido todo un suceso para el rubio!

Los tres días que siguieron luego de él recobrar la conciencia, él los había dormido casi todo el día y sus noches, despertando intermitentemente para recibir medicamento o ingerir líquidos, pero esa cuarta mañana de recuperación, sintiéndose con más fuerzas, el médico le había permitido sentarse un poco en la cama con la ayuda de sus dos primos, tras retirársele el suero, manteniendo un collarín cervical de madera con recubrimiento de almohada, creado durante esos días por su primo Stear, al saber de parte del médico la necesidad de inmovilidad del cuello de su primo. Incluso mejoró su cabestrillo para que distribuyera el peso en su cintura para no recargar todo el peso sobre su hombro derecho, no presionando así de más su cuello adolorido. El doctor Miller se veía bastante complacido con el ingenio del joven inventor Cornwell.

Luego de un baño de esponja de parte de la enfermera Smith a media mañana, que apenó terriblemente a Anthony, y de que le colocaran su collarín cervical y cabestrillo, con ayuda del médico, sus primos acababan de ayudarle a ponerse cómodo en la cama, cuando llegó Candy junto a Dorothy - una de las mucamas de la mansión que acababa de regresar de un permiso familiar -, trayendo un carrito comedor con su almuerzo: sopa de verduras sin grasa, un servicio de té para dos, jugo y un poco de fruta para Candy que ahora siempre parecía tener hambre.

"Bueno, Anthony, te dejamos bien acompañado para que almuerces.", le dijo feliz Archie, viendo cómo colocaban Candy y Dorothy la mesita desayunador frente a él, para poder colocar su plato.

"Gracias, muchachos.", les dijo el rubio menor exhausto por el trajín de la mañana. "Y gracias otra vez, Stear." Le sonrió a su primo mayor. "Tus inventos están funcionando de maravilla.", le dijo agradecido, tocando su cabestrillo con su mano libre.

"Oh, ya sabes, Anthony", se apenó su primo. "Lo hice con todo gusto para ti. Además, es un alivio ver que alguno de mis inventos no explota sin previo aviso al ser usado por primera vez.", dijo sincero.

"¡Stear!", le replicaron Candy y Archie a la vez por su comentario.

"¡Lo siento!", se disculpó el inventor apenado. "Quise decir que es un verdadero alivio ver que te sientes cómodo usando mis inventos, Anthony."

El rubio no pudo evitar reír bajito por sus palabras, pero se quejó de inmediato tocando su cuello.

"Anthony," dijo la rubia, "no te muevas tanto, amor, con cuidado."

"Vamos, Stear", dijo Archie colocando su mano en el hombro de su hermano, empujándolo hacia la puerta. "Deja de hacer reír a Anthony o el doctor Miller te retará otra vez."

En la puerta ambos hermanos Cornwell se detuvieron. "Volveremos para ayudarte a recostarte para tu siesta de la tarde, Anthony.", dijo Stear contento.

Anthony asintió. "Lamento estarles dando tantos problemas, muchachos."

"Pero ¿qué dices, Anthony?" dijo Archie. "Poder ayudarte es una gran alegría para nosotros. Jamás lo creas una molestia, al contrario", dijo el elegante muchacho con sinceridad, viéndolo con sentimiento, "Verte mejor lo significa todo para nosotros, Anthony."

"Gracias, Archie", dijo el rubio.

"Es verdad.", comentó Stear. "Esta familia no sería la misma sin ti."

"Gracias, Stear.", dijo el rubio conmovido por sus palabras.

"La tía abuela solo te hace caso a ti cuando se enfada con nosotros. No tendríamos la menor posibilidad sin tu ayuda. ¡Ouch! - ¡Archie! -", se quejó del golpe recibido de su hermano "- ¡¿Y ahora ¿qué?! -", protestó. "¡Sabes que es la verdad!"

"Ya deja de decir tonterías, Stear.", lo reprendió su hermano.

"No son tonterías, Archie", replicó el guapo de lentes. "¡Anthony es el más hábil de los tres!"

"Pero eso no es lo importante ahora."

"¡Su salud sí lo es! Por eso me esforcé dos noches y sus días…-

"Ya, chicos…", les interrumpió Anthony, intentando no reír por su discusión. "Los hermanos no deben pelear. - Menos por mí -", les dijo con familiaridad, haciendo reaccionar a los hermanos de su riña. Habían estado tan cerca de jamás volver a escucharlo decirles esa admonición, que ambos instantáneamente olvidaron su discusión.

"Está bien, Anthony." Dijo el mayor. "Perdona mis comentarios. Pero recalco que eres una persona extremadamente importante para todos nosotros, y sé bien que eres irremplazable en esta familia. Jamás podríamos ser los mismos sin ti."

Anthony lo vio conmovido entonces. "Gracias, Stear. Lamento haberlos asustado tanto con lo sucedido."

"Descuida. Lo importante es que estás aquí, Anthony." Sonrió el inventor.

"Y cada vez sintiéndote mejor", completó su elegante hermano.

Los tres compartieron un momento en silencio, sonriéndose con su primo, sintiendo ese cariño que los hacía ser tan unidos desde pequeños, habiendo compartido su orfandad y su soledad en un mundo de adultos, cuando niños. Candy los vio conmovida, notando la gran hermandad entre los tres jóvenes, una hermandad que siempre la había encantado.

"Vámonos ya, genio", sonrió Archie luego de un momento, viendo a Candy esperándolos, junto a Dorothy en silencio. "Dejemos a Anthony almorzar en paz", dijo Archie, "Nos esperan abajo".

Stear asintió, "Tienes razón."

"Los veremos luego. - Anthony, Candy. -" dijeron los dos, y ambos salieron de la habitación.

"Gracias, chicos.", les sonrió la pecosa.

Dorothy sonrió viéndolos salir también y se volvió entonces hacia la rubia, "¿Necesita que traiga alguna otra cosa más, señora?", preguntó, habiendo dejado el plato de sopa ya servido en el carrito, desde la pequeña sopera que llevaban.

Candy notó la extrañeza de Anthony al notar cómo la llamaba, pero lo dejó pasar. De seguro que en las cocinas ya le habían contado de su reciente matrimonio, pensó la rubia. "No, Dorothy, muchas gracias, yo misma se lo daré. ¿Puedes cerrar la puerta cuando salgas, y pedir que nadie nos moleste, por favor?"

"Como usted diga, señora. Señor Brower.", dijo también, y haciendo una leve reverencia, la joven pelirroja de trenzas y uniforme oscuro, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Anthony se extrañó también por la forma en la que lo había llamado a él. Nunca había sido tan formal, que recordara. Y viendo a su pecosa, algo en su mano izquierda de pronto llamó su atención, mientras colocaba ella el carrito más contra la pared. La rubia regreso junto a él para colocarle una servilleta impecable blanca bajo la barbilla para que no se manchara al tomar sus alimentos.

"Candy…", dijo entonces el muchacho, "¿Por qué Dorothy te llama 'señora'?" le preguntó y luego cuando pudo, el joven detuvo su mano gentilmente, deteniendo las labores de la rubia. "Y ¿cómo es que llevas una argolla en tu mano?", preguntó confundido, buscando una respuesta sincera en su sorprendida mirada.

La rubia se quedó inmóvil al notar de pronto su propio anillo. "¡Oh!... ¡pero qué despistada!", se dijo a sí misma en voz alta sorprendida.

El rubio se le quedó viendo con seriedad.

"Anthony, es solo que…", ella calló, buscando una salida a su error.

"¿Candy…?", el joven la miró con preocupación.

Sin saber cómo mentirle, la joven lo miró con ruego, "Anthony, ¿no podríamos dejar esta conversación para después, amor? ¿Para dentro de unos días?", ella intentó.

"No", contestó el rubio con parquedad.

Candy lo vio apenada, guardando silencio.

"Por favor, pecosa," él insistió más sereno. "Por favor, no quiero más secretos. Suficiente daño nos han causado ya los secretos de los demás, como para que también ahora vengan a existir secretos entre nosotros.", le dijo.

La pecosa suspiró y reflexionando sus palabras, tras un momento de dubitación, con cuidado quitó la servilleta que le había colocado bajo su barbilla, y puso la mesita de desayunador a un lado de la cama también, sentándose al borde, con su mirada baja, y tomando valor, finalmente viéndolo de frente, buscó su mano, la cual él cariñoso estrechó de vuelta.

Anthony al ver su argolla, de golpe le pareció familiar su diseño, pero aún no podía recordar bien en dónde lo había visto antes.

Sin que el rubio lo supiera, el doctor Miller le había explicado a su familia que él, por lo pronto, no podía tener sobresaltos, así que habían decidido aplazar las noticias fuertes sobre él y Candy por algunos días más. Pero ahora… ella sentía que no podría esquivar la verdad. En realidad, no sabía bien cómo empezar a explicárselo. Pensó que tendría unos días más para prepararse.

"Solo te pido, amor," le dijo Candy finalmente, "que te mantengas tranquilo al escucharme, ¿sí?"

Anthony la miró con seriedad, "¿Es grave?", dijo él en un tono preocupado.

"¡No, amor!", se apresuró a aclarar la muchacha. "Bueno, solo es que…" De pronto la rubia mordió su propio labio nerviosa. "Anthony, insisto, ¿podrías hacerme esa pregunta otra vez dentro de unos días más?", inquirió tierna. "Te prometo que no es nada malo, amor."

Anthony exhaló cansado, viendo brevemente hacia un florero de cristal cortado con flores variadas en un mueble lateral de la habitación, las cuales Candy misma le había traído desde el invernadero de la mansión esa mañana, para alegrar su habitación.

"No quiero más mal interpretaciones, Candy." Insistió el joven y luego volvió su vista triste hacia ella. "Por favor, dime la verdad, pecosa", le rogó. "¿O es que todos me ocultan algo en realidad?" Frunció el ceño. Por un momento el joven Brower temió que en realidad todos estuvieran interpretándole una especie de actuación grupal debido a su reciente preocupación por su estado de salud. De ser así, y algo hubiese pasado entre su pecosa y su tío… De hecho, no estaba seguro de cuánto tiempo había estado inconsciente en realidad. Ellos decían que fueron casi dos días de inconsciencia, pero ¿cómo saber si era cierto?… pudieron ser meses en cuanto a él concernía. Al dormirse los primeros días que se encontró postrado, Anthony ni siquiera podía recordar bien cuánto tiempo pasaba de cuando se dormía a cuando volvía a despertarse. Los últimos días habían parecido semanas para él. Se sentía a veces bastante desubicado en cuanto a tiempo y a lugar se trataba. Solo tenía lo que ellos le decían, y lo que le contaban.

"Anthony… por favor," le pidió la rubia, al ver la preocupación en su rostro. "No es nada malo, amor, te lo aseguro.", trató de convencerle. "Pero el doctor Miller nos dio instrucciones de que debes descansar, y aunque son buenas noticias, debemos esperar para compartirlas contigo." Le dijo. "Ten paciencia, ¿sí? - Por mí. -", le rogó.

Anthony miró hacia el cielo de la habitación con una respiración profunda, considerándolo. Quería complacerla… pero al final, tenía que saber.

"¿Acaso te casaste con mi tío mientras yo estaba inconsciente, Candy?", preguntó de pronto sin atreverse a mirarla, no creía soportar leer la verdad en sus verdes ojos esta vez.

"¡Anthony!, ¡por supuesto que no!", aseguró la joven rubia sorprendida poniéndose de pie, llamando su atención. "¡¿Cómo puedes creer algo semejante?!", dijo ofendida.

"Lo siento, pecosa…", le dijo el muchacho, de inmediato, apenado. "Ya no sé lo que digo.", se disculpó extendiendo su mano para que ella la tomara nuevamente. "Discúlpame…", la miró fijamente, al recibir su mano de vuelta. "Es que… te amo tanto, Candy, que aún ahora… teniéndote conmigo así, tengo la extraña sensación de que puedo perderte en cualquier momento." Le confesó.

Candy lo miró enternecida al escucharle. "Nunca me perderás, mi príncipe.", le aseguró, sentándose junto a él otra vez, e inclinándose hacia él lo miró a los ojos con ternura. "Siempre estaremos juntos, Anthony", le dijo. "No temas más por eso."

"Dime entonces qué es, Candy.", insistió el rubio. "Te aseguro que lo podré escuchar con calma."

La pecosa lo vio indecisa otra vez.

"Dímelo, amor.", le rogó, aprovechando su proximidad para levantar su mano libre, soltándose de ella, y acariciar su bello rostro pecoso, embelesándola con la dulzura y adoración en su mirada y en su caricia. "Mi hermosa pecosa.", le dijo enamorado. "Dímelo…"

"Anthony…"

El joven le sonrió seductor, tocando suavemente sus entreabiertos labios con suavidad, mirándolos con inesperado deseo. A pesar de sus golpes y el vendaje y el equipo en su cuello y brazo, se veía tan maravillosamente sexy en ese momento, pensó la rubia sin aliento.

Él le sonrió seductor al notar su reacción… "Dímelo, pecosa…", intentó otra vez, acariciando su mejilla. ¿Cómo negarle algo?, pensó la rubia embelesada.

"Es que…" la duda se desvaneció de pronto en la mente de la pecosa, siendo sustituida por una distractora fascinación. "La verdad es que…yo tampoco quería perderte, Anthony…", confesó finalmente sincera, creyendo un milagro verlo ahora frente a ella, sonriéndole seductor, así. Había temido tanto jamás volver a verlo tan real y feliz frente a ella. "No quería perderte, mi amor", recalcó, recordando lo vivido. "Así que cuando estabas muy grave, le pedí a nuestras familias que me permitieran cumplir nuestro sueño, y casarme contigo.", confesó. "Ser tu esposa como te lo había prometido, Anthony.", le dijo con lágrimas en sus hermosos ojos verdes, recordando lo difícil de aquellos momentos vividos.

El joven Brower frunció el ceño, deteniendo su caricia, mirándola sorprendido.

"Y con la aprobación de William y de mi padre," continuó la pecosa su explicación ignorando su reacción, "Sabiendo todos que también había sido tu voluntad, permitieron que el padre de la Iglesia del Divino Redentor que estaba con nosotros esa noche, nos casara aquí, en esta habitación, con las argollas de tus padres que trajo William para la ceremonia. Tuvimos nuestra boda estando tú inconsciente, Anthony mío, en un matrimonio in extremis." Candy dijo dulcemente. "Tenía fe en que, de esa manera, unidos por nuestro amor, podríamos salir adelante… juntos. Se lo pedí tanto a Dios..." Le dijo conmovida, con lágrimas derramándose ahora por su gentil rostro. Para luego sonreírle exultante a través de ellas, "¡Y nos escuchó…! ¡Finalmente reaccionaste, amor!"

"Candy…", dijo Anthony con admiración. Era lo último que habría esperado escuchar de ella como una explicación.

"Cuando despertaste, te retiramos tu argolla para que no te estresara la noticia y yo solo usaba la mía cuando no te atendía, para evitar preguntas. Pero esta mañana, al saber que te sentías mucho mejor, y viendo que los demás te atendían por la mañana, olvidé quitármela.", se apenó.

Anthony solo la miraba estupefacto sin decir nada. El silencio se extendió en la habitación.

Al notar su mirada inalterable en ella y su silencio, Candy se preocupó. "¿Estás molesto conmigo, Anthony? - ¿Te molesta que estemos casados ahora? -", preguntó con queda voz, a punto de llorar otra vez, pero ahora por la razón contraria. Esas hormonas estaban haciendo estragos en ella últimamente.

Anthony la miró con la restricción de su collarín y, de pronto, la más espléndida sonrisa fue iluminando su apuesto y cansado rostro. "¿Molestarme, pecosa?", le dijo fascinado, "¡Pero ¿qué dices, Candy?! ¡Si soy el hombre más dichoso de la tierra!", exclamó feliz. "¡Estamos casados, pecosa! ¡Eres mi esposa!", le dijo estrechando su mano con la fuerza que podía en aquel momento, atrayéndola más cerca de sí.

Candy recobró su alegría, a pesar de sus lágrimas, al ver la reacción tan sincera del rubio. "¡Sí, mi amor!", le dijo entonces, "¡Ya soy tu esposa!"

"Nadie podrá separarnos ahora, princesa", le dijo el rubio con convicción.

"¡Nunca!", le dijo feliz la rubia. Anthony secó sus lágrimas con su mano, con ternura.

Candy le miró con sinceridad. "Luego de nuestra conversación en los jardines el día de la cacería, y del anuncio en la glorieta… al verte marchar tras dar la tía abuela el aviso de mi compromiso con tu tío, ¡me di cuenta de que no podría hacerlo, Anthony! Que no podría vivir sin ti, ni casarme con nadie más que no fuera contigo… - ni siquiera por mis padres. -", reconoció, conmoviendo aún más al muchacho. "Así que tomé valor y le dije a William toda la verdad durante la cacería".

Anthony la miró un tanto desconcertado.

Candy le sonrió con tristeza. "Le conté sobre mi adopción en el Hogar de Pony, y sobre la pequeña Rose original de mis padres.", le aclaró. "Y de mi único y absoluto amor por ti.", agregó.

Anthony le sonrió enamorado.

"William me escuchó, y tras saber que tú lo sabías todo desde un principio, y que habías guardado el secreto de mi familia por honor, la actitud de él cambió y estuvo de acuerdo con disolver nuestro compromiso. Iba a regresar rápido a contarte, amor, y a pedirte perdón por haberlo siquiera considerado, pero fue cuando Archie nos avisó de tu accidente." Dijo ella afectada. Pero al ver la expresión dolida de su esposo, agregó. "Perdóname, Anthony. ¡Fui una tonta! Yo nunca debí dejar que ellos-"

"Shhh…", le dijo Anthony tierno, tocando sus labios para impedir que siguiera atormentándose. "No digas más, Candy.", le dijo. "Eso ya pasó. Perdóname tú a mí, por preocuparte de esta manera.", dijo reconociendo la pena que le había causado con su accidente. "En realidad, pecosa… no recuerdo muy bien todo lo que me cuentas. Recuerdo que conversamos en algún punto sobre lo de tus padres en el jardín, pero a partir de allí todo es muy confuso para mí. Incluso no recuerdo con claridad habernos reunido para la cacería o siquiera lo del accidente, trato de recordar qué pasó, cómo me golpeé la cabeza conociendo tan bien ese sendero como lo conozco, pero… ¡no puedo recordarlo!", se exaltó.

"No te atormentes más por eso, Anthony.", le pidió Candy. "El doctor Miller dice que no debes esforzarte… todo regresará poco a poco, con el tiempo. Ten paciencia, amor."

"Eso espero, Candy." Anthony la miró, tratando de apartar la angustia de su mente. Había olvidado más de lo que quería admitir. Sus ojos la buscaron. Mi pecosa… tan gentil y bella, pensó contemplándola. De pronto, la imagen de ella alcanzando con su mano hacia él a través de una verja blanca vino a su mente. El joven frunció su ceño, cerrando sus ojos.

"¿Pasa algo, amor?", dijo Candy preocupada. El doctor Miller les había dicho que estuvieran atentos a cualquier molestia que él presentara. "¿Te duele la cabeza?", preguntó.

"No… solo es que… creo que algunas imágenes de nuestra conversación en el jardín vienen a mi mente de pronto."

"¡Lo ves!", se alegró la rubia. "¡Todo es cuestión de tiempo, Anthony! Verás que, si no lo presionas, poco a poco irás recordando, y todo volverá a ser como antes, amor", le dijo.

"No como antes", dijo el muchacho, haciéndola a ella sorprenderse. "Porque ahora ya eres mi esposa", aclaró, con una sonrisa adorable, lleno de orgullo.

Candy le sonrió ilusionada también, estrechando más su mano. "Sí. Lo soy, Anthony.", le dijo viéndolo con adoración.

"Ahora eres mía, pecosa.", le dijo el rubio con ternura y un aire de victoria personal. "Y también yo soy tuyo.", reconoció.

"Para siempre.", le dijo Candy, asintiendo, conmovida por sus palabras. E inclinándose, susurró a sus labios, "Te amo, Anthony Brower.", le dijo.

El brazo libre del muchacho rodeó su fina cintura delicadamente. "Y yo la amo a usted más, señora Brower.", le dijo él con total sinceridad. "Cómo quisiera poder besarte, esposa mía…", le dijo sincero.

Escucharlo llamarla así por primera vez, llenó de felicidad el corazón de la joven. "Eso puede arreglarse, esposo mío", ella le susurró de vuelta, sonriente, y acercándosele con cuidado, los dos calculando no hacer demasiada presión a su cuello, con delicadeza, ambos cerraron sus ojos al suave contacto de sus labios, sintiendo el cielo al percibir otra vez la calidez que tanto habían añorado de los labios del contrario. Un hálito cálido de vida los envolvió en su aliento compartido al entreabrir de vez en vez sus anhelantes labios y besarse con delicadeza, reconociéndose mutuamente con cada roce de sus labios, en una caricia tan íntima, tan profunda y tan sincera, como el amor mismo que sentían uno por el otro en sus jóvenes corazones.

Al terminar aquel que consideraron con fascinación su primer beso como esposos, Candy y Anthony abrieron lentamente sus ojos y se quedaron embelesados contemplando lo que más amaban en la vida… verde y azul compartiendo la magia de su devoción mutua y el alivio de tenerse en sus vidas nuevamente, a pesar de todo lo que casi los había separado.

Anthony sonrió de manera deslumbrante hacia ella. "Ahora, señora Brower", dijo feliz, "¿dónde tiene escondida mi argolla de matrimonio?"

Candy rió divertida por su actitud jovial, e incorporándose, saltó de la cama como niña emocionada, yendo hacia la cómoda del rubio en el otro extremo de la habitación, y sacando una cajita de plata de una gaveta superior, regresó contenta a su lado. Candy la abrió y le mostró la argolla incrustada en terciopelo azul que hacía juego con la argolla que ella tenía puesta en ese momento. El joven tomó la caja y notó ahora claramente su diseño: oro dorado, labrado con una estrella polar al frente, que su padre agregó, con una chispa de esmeralda, para él. Y la que Candy lucía, con una chispa de zafiro azul en la delicada estrella, que como su padre una vez le había explicado, señalaba el camino al Hogar en el otro, para él y para su madre. Los ojos de su Candy eran verdes también como los de su madre, recordó, y los de su padre azules como los de él. Él sonrió, dándose cuenta de que el ciclo se repetía.

"Estas argollas se las di yo a mi tío hace varios años, Candy, cuando yo era tan solo un niño.", dijo el rubio con nostalgia, luego de contemplar la suya en silencio por un momento, recordando. "Por ese entonces… habíamos asistido a una boda de la familia en Londres, y yo tenía como diez años", dijo. "Le pregunté por qué el tío David había entregado los anillos al novio durante la ceremonia, y él me contestó que era porque el tío David era la persona en la que el novio más confiaba, y que habiéndolo nombrado su padrino, había confiado lo más preciado para él ese día, los anillos de su boda, para que se los cuidara, sabiendo que no le fallaría en el día más importante de su vida, teniéndolos seguros por él hasta pedírselos durante la ceremonia. Eso me dejó pensando… así que…al volver a América y regresar a casa, busqué en el joyero de mi madre, y fui esa noche a la habitación de mi tío, y le entregué los anillos de mis padres, pidiéndole que me los cuidara como lo había hecho el tío David, porque yo quería que él fuese mi padrino cuando yo me casara."

"Anthony…", dijo la joven rubia conmovida.

"Es extraño que recuerde eso al verlas, y no recuerde lo demás.", le dijo con un corazón triste. "No recuerdo cuándo te lo pedí, Candy," reconoció con dolor. "…aunque sí sé que lo hice. - Es tan extraño. -"

"Pronto lo recordarás, amor", le dijo ella con confianza, acariciando su brazo con ternura, a pesar de sentir un dolor en su corazón al saberlo, no lo había mencionado hasta entonces.

Anthony sonrió. Y ella intentó sonreírle de vuelta.

"¿Podrías darme tu argolla también, pecosa?", le dijo él luego de un silencio, extrañándola con su petición.

Candy obedeció, sin embargo, quitándosela. Y tomando el rubio la argolla de ella con su mano libre, le pidió extendiera su mano hacia él nuevamente, tocándola él con la suya a falta de poder tomarla completamente. Luego mirándola a los ojos, a pesar de la inmovilidad de su cuello, le sonrió enamorado.

"Candy, pecosa mía", le dijo él con súbita solemnidad, "te amo", le dijo. "Te he amado desde el primer momento en que te vi entrar al salón de baile de Lakewood aquella noche de abril. Robaste mi corazón con tu primera mirada hacia mí, pecosa, con tu primera sonrisa, con nuestro primer beso", le dijo, recordando el día en que le regaló su primer Dulce Candy. La rubia estaba asombrada y totalmente conmovida de escucharlo. "Eres un ángel en mi vida, Candy. Eres mi hogar…", le confesó. "Yo, Anthony Brower Andley, te acepto a ti, Candis Rose Britter, como mi legítima esposa," continuó él, "y prometo amarte, protegerte y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe." Dijo él y colocó el anillo en su dedo anular de la mano izquierda. "Con este anillo, te desposo." Le dijo. "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén", concluyó, sonriéndole con total amor.

Unas lágrimas escaparon entonces de los felices ojos de la rubia. Anthony le sonrió sincero de vuelta. "Lo practiqué desde el día en que te conocí, pecosa.", le confesó feliz. Candy rió al escucharlo. Le parecía increíble la coincidencia. Y luego Anthony extendió su mano izquierda hacia ella. "¿Señora Brower?", le dijo, convidándola a imitarlo.

Candy rió brevemente nerviosa, asintiendo, y tomando la argolla de él de la cajita, y la mano de su Anthony con su mano libre, lo miró a los ojos en silencio antes de hablar.

"Anthony mío…" le dijo entonces, "Siempre pensé, antes de conocerte, que tenía que luchar por merecer el amor de las personas… cuando mis padres verdaderos me abandonaron, a pesar de mi adopción, siempre sentí que, en cierta forma, tenía algo en mí que no era digna de ser amada… Que yo era muy poca cosa…

"Candy…", el joven se turbó al escucharla.

"Pero al conocerte, todo eso cambió." Le dijo entonces cambiando su expresión. "Nunca pensé merecer la bendición de conocer al hombre de mi vida, y recibir la bendición de poder ser amada como tú me has enseñado que es posible ser amada, mi príncipe, sin ser más que yo misma. Me has enseñado el verdadero significado del amor. Sanaste mi corazón, Anthony, y me hiciste sentirme completa por primera vez. He de confesarte que nunca sentí más dolor en mi vida que cuando creí que iba a perderte…"

"Candy…", dijo el muchacho conmovido.

"…Y nunca fui más feliz en mi vida", continuó, "que cuando supe que habías regresado a mí", le dijo. "Eres lo mejor que me ha pasado, Anthony mío, y me has dado el regalo más maravilloso del mundo. Mi corazón es solo tuyo para siempre, amor mío. Te amo." Le sonrió con lágrimas corriendo por sus mejillas. "Yo Candis Rose Britter," comenzó, "te acepto a ti, Anthony Brower Andley, como mi legítimo esposo. Para amarte, honrarte y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe." Y colocando la argolla, "Con este anillo, te desposo", le dijo suavemente. "En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén", concluyó viéndolo a los ojos.

"Pecosa mía…" dijo Anthony sonriéndole de vuelta conmovido, estrechando más su pequeña mano. "No creo poder llegar a ser más feliz en la vida que en este momento, pecosa…", le dijo sincero.

Candy lo miró con ternura, e inclinándose sobre sus labios, con cuidado, lo besó otra vez, sintiéndose fascinada de inmediato por la calidez de su beso tierno y a la vez apasionado.

Tras separarse, lo miró a sus bellos ojos azul cielo y susurró, "Uno nunca sabe, amor", le comentó. "La felicidad a veces nos sorprende", le dijo misteriosa.

Anthony la contempló pensativo, y luego, "¿Hay algo más que aún no me haya dicho, señora Brower?", inquirió él perceptivo, con una sonrisa de lado.

"Talvez…", le dijo la joven rubia, apartando su vista de su seductora sonrisa. "Pero me temo, mi querido señor Brower, que esta vez sí tendrá que esperar con paciencia unos días más. - ¡O ahora sí el doctor Miller me retará en verdad! - Él no quería que tu presión se alterara porque…" se calló, cambiando su actitud a una de repentina preocupación. "Porque ¡aún te sientes bien, ¿verdad?!" – preguntó con temor, "¿No te sientes mal, Anthony?", inquirió preocupada. "¿Te duele algo?"

Anthony no pudo más que reír por su cambio de actitud, pero luego se quejó de su cuello.

"¡Ay, amor! ¡Ya estoy como Stear!", dijo Candy apenándose por hacerlo reír otra vez.

"¡Descuida, amor!", dijo aún adolorido el muchacho. "Soy yo al que se le olvida que no debo reír", la disculpó.

"Anthony…", ella lo vio agradecida y apenada. Luego de un momento más, preguntó, "¿Ya pasó?"

"Sí, pecosa, gracias."

"Te alcanzaré tu almuerzo. Comer te hará sentir mejor", le dijo. Candy se levantó con ánimo y se acercó al carrito. "¡Cielos!", dijo preocupada luego de un momento, "¡Creo que tu sopa se enfrió!"

"No importa, princesa. La tomaré así. Valió la pena que se enfriara considerando que ahora sé que estoy casado con la mujer más maravillosa del mundo." Le sonrió el rubio desde la cama, guiñándole el ojo, coqueto.

Candy se sonrojó, sonriéndole enamorada de escucharlo, haciéndole un guiño de vuelta. Luego vio hacia su plato, "Sabes, amor, mejor le pido a Dorothy que te la caliente un poco."

"No, tibia está bien."

Candy hizo un lindo puchero, pero le hizo caso, solo tomó otro plato que había llevado para ella y sirvió más de la sopa que aún estaba más caliente en la sopera. Se acercó a colocarle nuevamente la servilleta blanca bajo su barbilla, haciéndolo sonreír, y acercó el desayunador otra vez sobre su regazo, colocando el plato sobre este. Luego se sentó junto a él en la cama, y se dedicó, cucharada a cucharada, entre sonrisas enamoradas y miradas tiernas, a alimentar a su apuesto y enamorado nuevo esposo, con un corazón liviano, lleno de alegría. Ya se preocuparía después de cómo disculparse con el doctor.

Mientras tanto, en otra parte de la mansión, alguien tocaba a la puerta del despacho principal.

"Adelante", dijo distraídamente William Albert mientras revisaba y firmaba concentrado varios documentos pendientes. Su escritorio estaba atestado de documentos legales y de planos de construcción del consorcio.

La tía abuela entró cerrando la puerta tras de sí, viéndolo trabajar. William vio quien era, "Tía", le dijo a modo de saludo, y con una respiración profunda siguió firmando la documentación frente a él.

La señora Elroy sin decir nada llegó frente al labrado escritorio en cedro y colocándose frente a una de las sillas, se sentó, guardando silencio mientras su sobrino trabajaba.

William siguió con la documentación y el silencio se extendió. Finalmente, William soltó la pluma de plata junto al tintero y recostándose en su gran silla también labrada, se le quedó viendo a la elegante anciana.

"Está bien, tía. Dígalo.", le dijo.

"Tienes que hablar con Anthony.", le dijo la señora Elroy. "Tenemos que saber qué piensa."

William Albert exhaló con cansancio. "Lo haré, tía." Le aseguró. "Pero todavía no. El médico no quiere que tenga altas de presión por emociones innecesarias. Cuando él lo autorice, se lo diré, descuide."

"¡Ay, William…!, no sabes el alivio que me da que el doctor Miller esté tan positivo con respecto a su recuperación.", agregó recordando su felicidad.

William sonrió también, "Es todo un milagro, tía Elroy. ¿Qué puedo decirle? Creo que el Cielo nos escuchó, y nos vio con misericordia esta vez."

"He pedido siete misas de acción de gracias en la mañana y siete de petición por su salud en la tarde, en el pueblo.", dijo su animada tía. "Además, mañana por la mañana vendrá el padre Stephen desde la Iglesia de la Santísima Trinidad a dar misa temprano en nuestra capilla, para dar gracias por su recuperación con toda la familia presente, antes de que todos se marchen después del desayuno. Tengo también otros proyectos que prometí a nuestro Señor no ignorar. Tendrás que aprobar todas las donaciones que nos solicitaron el mes pasado de parte de la Cruz Roja para las tropas en Europa, y de las fundaciones de caridad en el sur, y de las hermanas de la caridad en Chicago. Ya sé que no tenemos tanto dinero en cuenta para eso ahora", comentó leyendo la sorpresa en el rostro de su sobrino, "por eso te pido que lo tomes de mi fortuna personal sin ninguna restricción. Tenemos mucho qué agradecer en esta familia."

"Se hará como usted dice, tía, descuide", sonrió William, también feliz de verla tan animada y positiva. Por un momento había temido que la anciana no resistiera la pena de perder a su nieto preferido.

"Caroline dice que hará una nueva capilla a la Virgen del Rosario en la Mansión Britter, en gratitud por favores concedidos. Ya contrató al arquitecto, y cuando termine el invierno, tras aprobar el diseño, iniciarán su construcción."

"Hablando de su ahijada Caroline, ¿cómo piensa proceder con ellos, tía Elroy?", preguntó el patriarca. Él ya había conversado en privado con los Britter, junto con ella, tras descubrirse la verdad del origen de Candy, pero por la prioridad de la gravedad de su sobrino, todo había quedado en una simple aceptación de los hechos. El nuevo contrato matrimonial había sido firmado, pero mucho más simple que el anterior.

"Bien," dijo la dama recobrando cierta seriedad. "Hablé con ella ayer, luego de la cena, y se disculpó nuevamente conmigo por ocultarnos que Rose y Candis no eran la misma persona. Si he de serte sincera, William, yo sí le creo cuando dice que no fue por la inversión económica, sino porque en verdad consideraban a Candis Rose su nueva hija, y querían lo mejor para ella. Sabían que si nos decían que Rose había fallecido y pedían que su nueva hija tomara su lugar en el contrato, bien… estaban seguros de que no la aceptaríamos por ser adoptada.", dijo un tanto incómoda. "Que la discriminaríamos a pesar de su educación y familia."

"Lo cual es verdad.", dijo William alzando la ceja, con una leve sonrisa.

"Sí… bueno… talvez.", concluyó la elegante señora algo apenada de reconocerlo. "Pero si lo vemos desapasionadamente, William, esto te dará la oportunidad de buscar con libertad una esposa por ti mismo. Ya conversé con los miembros del Concejo y les he pedido que, en vista de las circunstancias, no pretendan que aceptarás a alguien más de manera impuesta. Es algo positivo para ti, ¿no lo crees?", la tía abuela intentó tocar el tema, tratando de darle un enfoque positivo a una circunstancia que sabía bien lastimaba aún, y mucho, a su sobrino.

"Talvez", dijo simplemente William, haciéndose el que no le daba importancia. "Aunque considerando mi suerte para escoger esposa, no se sorprenda, tía, de que, un día de estos, mejor le pida a usted que sí me la escoja", bromeó, sonriendo con tristeza, jugando distraídamente con un sobre vacío sobre su escritorio.

"William", le dijo su tía viéndolo con comprensión y cariño. "La esposa perfecta para ti existe. Solo tenemos que tener un poco más de paciencia para encontrarla. Estoy segura. Mira que para tus primos ya tengo a las candidatas perfectas."

"¿En serio?", dijo William, "¿Y siquiera ellos las conocen?", le dijo escéptico.

"Las conocen." Dijo segura. "Fueron invitadas a mi última fiesta en abril, y ellos conversaron con ellas, pero estaban tan distraídos que casi no les prestaron atención. Recuerdo claramente que las vi a ambas conversando amenamente con Alistear en la fuente de postres esa noche."

"¿Y se puede saber de quiénes se trata?"

"Patricia O'Brien, hija única de los O'Brien de Birmingham, Inglaterra, dueños de varios bancos e inversiones - para Alistear -. Una jovencita de 19 años, muy tímida pero una excelente estudiante. Tengo entendido que tenía las notas más altas en matemáticas y ciencias en el San Pablo. La vi muy interesada en lo que decía Alistear durante la fiesta." William alzó su ceja. "Y Annie Brighton, la hija menor de tres hermanas, de los Brighton de Melbourne, Australia, un imperio del acero, - para Archibald. – Ganadora del concurso Chopin de Londres a los 15 años, y una jovencita muy educada también ahora de 19 años, y también un tanto tímida a pesar de poder tocar ante una gran multitud. La conocí el año pasado junto a sus padres en nuestra reunión del Consorcio en Canadá, como sabes su familia es uno de nuestros mayores proveedores en ese país. Quedaron encantados con la idea."

"Tía…", le advirtió el patriarca. "Será mejor que deje de estar ofreciendo a mis sobrinos antes de tiempo."

"Descuida, William. Solo fue un comentario. Pero lo suficientemente directo como para interesarles a los padres de ambos."

"Y ¿usted cree que Stear y Archie acepten?"

La tía abuela sonrió, "Eso es lo mejor. Candis las conoce, y le sugerí que las invitara a pasar Acción de Gracias con nosotros aquí en Lakewood, tan pronto como ella tenga tiempo de escribirles. La idea le gustó mucho. Ambas viven ahora en Canadá, una en Vancouver y otra en Montreal. Iban un año adelante que Candis en sus estudios en el San Pablo, pero las conocía socialmente y luego iniciaron amistad más cercana por correspondencia. Los chicos no sospecharán nada y no se sentirán presionados así. Sus padres estarán de acuerdo con su viaje, si nosotros les invitamos formalmente, estoy segura."

William suspiró. "Ay, tía Elroy…", dijo cansado. "Mejor no me diga más. - No quiero saber nada de sus planes. - No sé por qué insiste con esto de los matrimonios arreglados."

"¡Soy la Matriarca de nuestro Clan, William!", le dijo extrañada por su comentario. "Eso es lo que hago."

"Pues le deseo mucha suerte con eso, tía", dijo el patriarca molesto. "No vaya a pasar con ellos dos, otro desastre como ya nos pasó en su último plan perfecto ¡de matrimonio para esta familia!", le recriminó de pronto ofuscado.

La tía abuela se sorprendió y entristeció de inmediato. "Tienes razón, William.", dijo la Matriarca con menos ánimo. "Talvez tengas razón y deba olvidarlo todo. No quise hacerte recordar lo sucedido. Y te pido me disculpes por mencionarlo."

William suspiró con cansancio. "No, tía. Discúlpeme usted a mí." Le dijo William, arrepintiéndose de pronto de su reacción. Se había prometido a sí mismo ser lo más circunspecto posible respecto a sus sentimientos en ese asunto. "No es lo que quise decir. Perdóneme." Se disculpó el patriarca.

"Lo sé, hijo, lo sé.", le dijo su tía, mirándolo con afecto y pesar. "Todo mejorará, William… ya lo verás. El tiempo todo lo cura."

"No estoy tan seguro de eso, tía," le dijo serio. Y tomando su pluma, tomó otro de los folders en su escritorio y abriéndolo, comenzó a revisar y firmar la documentación pendiente que George le había traído ese día. El trabajo se había acumulado durante la última semana al haberse ocupado únicamente de los asuntos de su sobrino.

Su tía lo miró preocupada en silencio, con tristeza, haciéndole compañía, como antes, no sin poder evitar sentirse culpable por la actual soledad de su sobrino. Candis había sido un error tremendo de elección para su sobrino a la larga, debía reconocer. Pero en cambio Rebecca no había sido una buena elección de su sobrino desde un principio. Habiéndola investigado a través de George, al saber por su correspondencia de su serio interés en la muchacha, y comprendiendo que jamás podría convencerlo de lo contrario si ella se lo advertía, se jugó su última carta pidiéndole a George que le sugiriese a su sobrino visitar el lugar donde sabían se encontraba la supuesta dama con su amante a escondidas, y que él lo terminase descubriendo por sí mismo. Había sido doloroso para él verlo, y para ella hacérselo notar, pero inmediatamente William había cambiado su apreciación de la joven, y sin decirle nada, había regresado en silencio a América al siguiente mes, rechazando cualquier intento de la joven escocesa por contactarlo posteriormente.

La señora Elroy suspiró mirándolo trabajar ahora tanto como lo había iniciado a hacer durante todo un año después de su regreso de África aquella vez. Intuía que en esta oportunidad sería lo mismo, intentaría olvidarlo todo con el trabajo. Al comprenderlo, la Matriarca suspiró con tristeza, resignada, más, sin embargo, como la Andley que era, aún no se daba a sí misma por derrotada.

Continuará…

¡Gracias por leer!

Espero les haya gustado. Como ven, ¡el primer secreto fue revelado y los dos tórtolos están más que felices!

Gracias por tomarse un tiempo para comentar queridas Angélica (¿Anguie? Y si no, ¡bienvenida a la lectura, Angélica!), Sharick, Guest 1, Guest 2, Guest 3 (¡Muchas gracias!), Guest 4, Ale (¡Gracias a ti, Ale! ¡Espero este capítulo responda felizmente a tu deseo! Y aunque la espera fue más larga, el capítulo también fue más extenso. ¡Ji, Ji, ji! Espero te lo haya compensado. ¡Un abrazo!) y GeoMtzR (¡Bendiciones!). Y gracias a todas las lectoras silenciosas, ¡espero lo hayan disfrutado también!

¡Que tengan una linda semana!

lemh2001

21 de noviembre de 2023

P.D. Se publicará la continuación este domingo. (¡Y Feliz Día de Acción de Gracias a quienes lo celebren en sus países!)