Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Así mismo, el fanart de la porta es obra de la artista Kohquette.

Heredera de la Voluntad de Fuego

I

En el bosque flotaba una tensión palpable, como si los animales nocturnos aguardaran inmóviles, conteniendo la respiración, a que se alejaran.

La espesa oscuridad imperaba hasta en el más ínfimo rincón del boscaje; el cielo, cuajado de estrellas, poseía una belleza irreal ante los ojos del hombre. De no encontrarse en aquella situación, se habría detenido un instante para apreciar la magnificencia del firmamento.

Con la mirada fija en el frente, saltó a la siguiente rama; la adrenalina corría como un torrente por su cuerpo, los músculos comenzaban a arder a causa de la extenuación al mismo tiempo que el sudor resbalaba por su frente hasta desembocar en su cuello.

Había perdido la noción del tiempo. Probablemente llevaban cerca de dos horas corriendo sin parar, desplazándose por las ramas y los arbustos en un desesperado intento de escape. No podía asegurarlo, sin embargo, su cuerpo empezaba a resentir las inclemencias de la lasitud y el frio.

Un sonido leve llegó hasta la kunoichi y sus compañeros. Sakura echó un vistazo por encima del hombro; una fugaz sensación de alivio la enfundó al percatarse de que el escuadrón estaba completo, nada le parecía más reconfortante que llevar a cabo una misión sin bajas, un hecho inconcebible en medio de una guerra.

—¿Cuánto falta?— la implacable modulación de Naruto retumbo por encima de las eufonías del bosque, sacando a los presentes de sus pensamientos.

—Son tres kilómetros al norte— respondió uno de los integrantes del escuadrón de búsqueda y rescate—.La base está cerca, habrá alguien allí.

La pelirosa dejó escapar un suspiro. Dentro de poco, si todo marchaba de acuerdo al plan, arribarían al punto de encuentro. Los refuerzos estarían aguardando por ellos, tal como lo pactaron antes de ordenar la misión.

En momentos así los pensamientos de Sakura giraban en torno a un solo objetivo: sobrevivir. Ante la vista del enemigo, aquel propósito parecería cobarde e infantil, pero ninguno de ellos encontraba vergüenza en ello. Durante años habían enfrentado al Régimen con la única finalidad de continuar con la lucha; resistir era garantizar que aquello con lo que no estaban conformes no se volviese a producir.

Agudizó el oído hasta concentrarse en el susurrante sonido de las ramas más altas de los árboles en lo más profundo del bosque, agitadas por el viento.

—¿Qué fue eso?— cuestionó una de las chicas con voz temblorosa.

—Mierda— maldijo otro de ellos.

—¿Qué está pasando?— preguntó un tercero.

Sakura miró de soslayo a Naruto.

—Están cerca— susurró Sakura sin sonar temerosa o exasperada. Si bien, mantener la calma suponía un esfuerzo titánico, perder los estribos bajo el estimulo del estrés podría traer graves consecuencias para todos.

—¿Cómo fueron capaces de alcanzarnos?— El Uzumaki la observó.

Sakura tragó saliva con dificultad.

—No lo sé a ciencia cierta— empezó a murmurar, pero el rubio negó con un gesto y replicó:

—Nos separaremos, tomaremos diferentes caminos, la base será el punto de encuentro— le indicó en un siseo que se mezcló con la espesura del aire.

Las palabras del rubio quedaron suspendidas en el ambiente a la par que una luz brillante iluminaba la noche.

El viento se rasgó con un estallido sónico capaz de desgarrar los tímpanos. La explosión fue tan violenta que los arrastró por los aires antes de que pudieran aterrizar en un sitio seguro. De haber esperado caer al suelo, tanto ella como Naruto estarían hechos picadillo.

Azorada, Sakura levantó la cabeza. No podía oír ni una mosca. Aguzó el oído; el corazón palpitaba desbocado, notaba el retumbar en sus oídos como un molesto zumbido que, poco a poco adquiría forma. En aquel estado de silencio, Sakura vio a uno de sus compañeros derrumbado al costado izquierdo. Luego volvió la cara para ver dónde estaba Naruto.

El pánico la invadió al darse cuenta que habían caído directamente en la trampa. No era de extrañarse que aquellos bosques estuviesen plagados de artefactos explosivos, a final de cuentas, era un antiguo recurso utilizado por ambos bandos para acabar con el enemigo. No obstante, lo que impresionó a Sakura fue el hecho de que tales artilugios pasaran desapercibidos bajo las narices de seis ninjas perfectamente capacitados para el combate.

El suelo temblaba por los estallidos, pero no era capaz de escucharlos. Estaba mareada, los arboles daban vueltas a su alrededor mientras la tierra se movía bajo sus pies. Una vez más le entró el pánico. No debían permanecer mucho tiempo ahí. La explosión habría desvelado su ubicación, el escuadrón enemigo arribaría en un santiamén.

Sus oídos ensordecidos escucharon de repente un estallido, bien definido, aunque amortiguado, casi seguido simultáneamente de otra explosión. Justo a su lado, Naruto estaba con una rodilla apoyada en tierra, con un kunai en la mano.

—¿Estás bien?— se aproximó a ella con cautela; el rostro desfigurado por la preocupación.

Su voz sonaba lejana, a duras penas audible. En un acto reflejo, se llevó una mano a la oreja derecha, ¿se había quedado sorda? Ni siquiera quería pensarlo.

—Debemos salir de aquí— dijo. Pasó un brazo bajo sus axilas para ayudarla a ponerse de pie—. ¿Puedes caminar?

Asintió con un leve movimiento de cabeza, aunque no estaba del todo segura.

—Naruto…— masculló entrecortada; la explosión todavía resonaba en su interior, sacudiéndole los intestinos—. No podemos abandonarlos aquí— dijo refiriéndose a sus compañeros.

—Probablemente estén muertos— recitó Naruto de forma calculadora.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al escucharlo hablar de esa manera. A pesar de llevar tantos años inmersos en la guerra, detestaba la idea de abandonar a sus compañeros con tal de salvar su propia vida: "un pequeño sacrificio", habría escuchado decir a muchos en el campamento. Quizá se trataba de un consuelo. Recitaba aquellas palabras como un mantra cada noche, esperando dormir tranquila.

—La explosión…— insistió. No contaba con las fuerzas suficientes para atender a los sobrevivientes. Había sido un milagro que la bomba no explotara bajo sus pies.

—Sakura— exasperado, la tomó por los hombros, taladrándole el rostro con la mirada cerúlea, oscurecida por el descaecimiento—.¿Has perdido la cabeza? Probablemente ninguno de ellos sobrevivió. Debemos darnos prisa o los siguientes seremos nosotros.

La garganta de la kunoichi emitió un sonido ahogado; entre un lamento y un acceso de tos.

Por más que le costase admitirlo, Naruto tenía razón. Si los dos se quedaban ahí, a campo abierto, sus perseguidores no sólo los matarían, sino que también se asegurarían de prolongar tal martirio hasta que ninguno de los dos pudiese soportarlo.

Los gritos a sus espaldas resonaban cercanos. El enemigo pronto daría con ellos.

Sin pensarlo dos veces, el rubio la tomó de la mano, obligándola a andar entre el camino deshecho. El humo cubría el sendero con una espesa capa gris ocultando los escombros, obstaculizando el camino.

Pese a la confusión que la embargaba, la pelirosa comenzaba a desplazarse ágilmente entre la oscuridad. Poco a poco afinaba su chakra a la par que las molestias ocasionadas por la explosión remitían.

Tanto ella como Naruto sabían al dedillo que los enemigos los superaban en número y, por lo tanto, también en fuerza. Dadas las circunstancias, enfrentarse a ellos era sinónimo de una muerte segura, ambos estaban agotados, probablemente heridos, con suerte conseguirían perderlos un rato antes de retomar el camino a la base. Lo más importante era lo lejos que pudieran llegar.

Sin mirar atrás, ambos echaron a correr. En calidad de un arduo entrenamiento, sólo les quedaba confiar en su velocidad.

Los músculos de los muslos y las piernas le escocían, sentía el cuerpo magullado y su audición no era del todo buena. Debía soportar un poco antes de colapsar, estaba alcanzando su límite.

Cuando llegaron a una bifurcación, escucharon el castañeo de los kunais. Sakura notó un golpe muy fuerte en la parte izquierda del estomago. Tosió desesperadamente en busca de aire, intentando enfocar la vista en el rubio.

Una vez más, sus piernas se negaron a responder delegándola al suelo por segunda ocasión. No podía caminar, pero era capaz de arrastrarse. Intentó avanzar al sitió donde se encontraba Naruto tendido en la alfombra de hojas secas y tierra.

—No te muevas— le advirtió con un hilo de voz, colocando las manos sobre la zona afectada para curar sus heridas.

—No pierdas el tiempo— susurró entre dientes—. Tienes que irte— a pesar de la lobreguez de la noche, la pelirosa captó la mirada endurecida del Uzumaki.

Sakura abrió los ojos a causa de la abnegación.

—No.

Las exclamaciones de sus perseguidores se alzaban por encima del silbido de las armas y las explosiones.

—Escucha, intentare llevarlos lejos de la base. Estarán esperando por nosotros.

—Me quedaré contigo— negó rotundamente, tan rápido como la petición salió a coalición.

Suplicante, colocó una mano sobre las de ella, esta vez con más delicadeza. Poco a poco, el fulgor verde que desprendía de sus palmas se fue extinguiendo.

—No— masculló—.Las personas de la base te necesitan, tu misión no ha finalizado. Ahora mismo necesito que corras lo más rápido que puedas y no te detengas ¿está bien?

Al elevar la mirada notó la determinación en aquellos orbes azules. Ella sabía cuál era su posición dentro del escuadrón, si moría en batalla, las consecuencias para la base serían fútiles. No obstante, imaginarse a Naruto enfrenando a todos esos hombres por su cuenta, sólo avivaba la inquietud y la sensación opresiva en su pecho.

Ni siquiera se percató del momento en el que el rubio la ayudó a ponerse de pie. Antes de responder, el rubio le dedicó una sonrisa apagada.

—Naruto, no…

—Estaré bien, te lo prometo— espetó como si pudiera leer sus pensamientos—. Ahora, corre, nos veremos en la base.

De manera autómata, Sakura reanudó el paso.

Ramas y hojas se resquebrajaban bajo la inclemencia de sus pasos, crujiendo sonoramente a medida que se desplazaba por el terreno accidentado.

De repente, los ojos le empezaron a escocer y se le humedecieron. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas y se las limpió con el dorso de la mano. Una kunoichi de su clase no debía mostrarse sentimental, en especial en una situación tan delicada, a final de cuentas estaban en guerra y ese tipo de cosas sucedían, no importaba si entre las bajas había una persona amada, todos los días se despedían de amigos, colegas, familiares. El llanto no tenía cabida.

Un grito lastimero rasgó el aire.

El pánico la asaltó, obligándola a detenerse en seco en medio de la nada. La respiración se le cortó como si el aire se le hubiese condensado en los pulmones. Mientras boqueaba, intentó convencerse a si misma que aquel lamento no era de Naruto.

—¡Mierda, mierda, mierda!— chilló en un alarido atenuado por el fuerte palpitar de su angustiado corazón, irguiéndose en toda su estatura para continuar con la marcha.

¿Alguien la ve? — gritó un hombre a la lejanía.

¡Se ha ido por allí!— lo secundó otra voz.

A su lado, un árbol esquelético crujió y se partió por la mitad convertido en mil astillas.

La atacaban con todo el arsenal disponible. Esta vez no le dieron. O a lo mejor sí. Ya no estaba muy segura. Solo sabía que le estaban dando caza.

Se abrió paso a través de los arboles y la vegetación, ascendió por una colina y luego la bajó. No estaba muy segura de la dirección en la que corría. En instantes paría como si estuviera escuchando las voces a sus espaldas, y otras tenía la impresión de que ya no se percibían. No estaba segura.. A lo mejor porque tenía ambos oídos embotados por las explosiones. En cualquier caso, no era momento de detenerse.

De repente, resbaló. Al parecer había llegado a un punto muerto y, de golpe el terreno plano desapareció bajo sus pies. Bajó dando tumbos y volteretas por la empinada pendiente.

La imagen de Naruto regresó a ella. Mordió su labio inferior para contener un grito de dolor. Se sentía exhausta, ya no tenía fuerzas para continuar. Sin embargo, no podía romperse en ese momento. Le había prometido a Naruto que cumpliría con su misión. El sacrificio de su amigo sería en vano si ella se daba por vencida.

Incapaz de levantarse, echó un vistazo rápido a los alrededores. Si se quedaba ahí, tendida en campo abierto, ellos la encontrarían. La mera idea de que su mejor amigo esta muerto hizo que se dirigiera, obstinadamente, centímetro a centímetro, al escondite.

—¡Miren tras esos arboles!— comandó una mujer.

Redujo los niveles de chakra a niveles casi imperceptibles. Tal técnica requería esfuerzo y no muchos eran capaces de realizarla. Gracias a su excepcional control, Sakura la había perfeccionado al punto de pasar desapercibida ante los ojos más entrenados. Aquello le había salvado la vida en más de una ocasión, y esperaba que está no fuera la excepción.

Se cubrió la boca con una mano, procurando acallar el sonido de su errática respiración.

«Resiste, Sakura, resiste», se dijo a si misma.

El escondite le impedía percibir lo que acontecía a sus espaldas. Sin embargo, no necesitaba ser una genio para deducir que sus enemigos continuaban en el sitió.

Su corazón estaba desbocado; el pulso latiéndole frenético detrás de las orejas como quien tiene una pesadilla.

No puede estar muy lejos.

Cerró los ojos con fuerza.

No la veo.

Una sensación de calma momentánea la arropó al escuchar la declaración, eso quería decir que ningún Uchiha iba con ellos, por lo cual, si era lo suficientemente cuidadosa, podía pasar desapercibida y continuar con el escape.

¡Subamos por aquí!

Enterró las uñas en la tierra húmeda. Las piernas comenzaban a entumecérsele.

Delimiten el perímetro.

Era ahora o nunca.

Sin más remedio, consiguió erguirse con cierta dificultada. Reanudar la marcha suponía un esfuerzo colosal, ahora tenía la certeza de que estaba herida.

Al levantar la mirada se percató de que el cielo había adquirido un tono de mañana gris brumosa, pronto los rayos del sol aparecerían.

Dejó escapar un quejido al tiempo que perdía el equilibrio. Volvió a escuchar las voces acompañadas de un silbido; el brazo izquierdo se le estremeció de dolor. Se dio cuenta de que le habían dado por encima del codo.

—¡Deténganla!— comandó uno de ellos.

Los pasos se tornaron terroríficamente audibles. Aquellos hombres le pisaban los talones.

«No puedo detenerme, ahora no, por favor», suplicó.

Una vez más resbaló; su cabeza impactó en el suelo duro.

—¡La tenemos!— gritó triunfal una voz femenina.

Sakura tragó grueso. Quería moverse, pero sus extremidades parecían no responderle. El pánico creció en su garganta hasta bloquearle la respiración. Estaba a merced del enemigo.

—¡No, por favor, no!— suplicó mientras forcejaba. Prefería morir en ese lugar a convertirse en una prisionera de guerra.

«Tengo que volver con Naruto… Tengo que protegerlo… le prometí…».

Cuando intentó incorporarse, uno de los enemigos le asestó un golpe en el rostro; lo último que captaron sus ojos fue la oscuridad absoluta.


—No tengo todo el día— señaló Suzume al otro lado de la puerta.

Había perdido la noción del tiempo. Aquellos episodios de disociación eran comunes, estaba tan habituada a ellos que ni siquiera se inmutaba en disiparlos.

Continuaba tendida en la bañera, con el agua chocando suavemente contra su cuerpo. Atisbó el techo un instante, procurando asimilar el extraño recuerdo evocado por su mente.

La imagen de Naruto se desvanecía, no podía retenerla consigo. Tan rápido como abrió los ojos, ya había desaparecido.

Al reincorporarse en la tina no pudo evitar divagar en las profundidades de sus pensamientos. ¿Sus compañeros seguirían buscándola? ¿o se había convertido en una imagen en tinieblas en lo más recóndito de su mente?

Probablemente debieron contarles que estaba muerta. Eso sucedía cuando alguno de los hombres no regresaba de una misión.

Durante su estadía en los campos, albergó la ingenua esperanza de encontrarse con algún sobreviviente, sin embargo, eso nunca pasó.

Le costaba admitirlo, pero sus captores tenían razón, era más fácil pensar que ella estaba muerta y que Naruto corrió con la misma suerte. Así no tenía que abrigar esperanzas, ni hacer un esfuerzo inútil.

Poco a poco se puso de pie; alcanzó la bata de felpa oscura dispuesta sobre el respaldo de la silla. Su desnudez le resultaba extraña. Evitaba mirar su cuerpo, no tanto porque le resultara vergonzoso o impúdico, sino porque no quería verlo. Las cicatrices nacaradas se esparcían por diferentes extensiones de la piel nívea, resaltando el recuerdo de dolorosas heridas, episodios pérfidos grabados en su ser.

Ofuscada, deslizó la puerta hasta desvelar el rostro inexorable de su cuidadora, la cual se presentó ante ella con una expresión mortalmente seria: tenía los labios contraídos en una fina línea y la mirada, advirtió la pelirosa con turbación, apagada.

—Tu nuevo atuendo— anunció extendiéndole una muda de ropa oscura compuesta por pantalón oscuro y una blusa holgada del mismo color—. Se cuidadosa, es el único en nuestro poder hasta el momento— advirtió.

La kunoichi soltó un pequeño suspiro, al menos conseguiría deshacerse del horroroso overol rojo del Centro de Detención.

—En tu habitación encontraras ropa para dormir.

—Gracias— musitó. La mujer sonrió solo para volverse sin responder. Cuando estaban las dos solas, Suzume recelaba de ella.

—¿Necesitas algo más?— cuestionó procurando maquillar la impaciencia.

Sakura sacudió la cabeza a manera de negación.

Sin decir más, la servicial mujer abandonó la habitación otorgándole unos cuantos minutos de privacidad, lo cual era uno lujo considerando su posición. Llevaba más de cuarenta minutos recluida en el cuarto de baño, lejos del asfixiante ambiente que la abrumaba. Era cómo si sus pensamientos se revolvieran contra si mismos, contaminándose de viejos prejuicios y por un exceso de información subjetiva del entorno.

Colocó la ropa encima de una pequeña mesa y deambuló por la habitación. Necesitaba un momento para tomar fuerzas, aún no se sentía preparada para afrontar la nueva realidad que le esperaba.

Como si de una autómata se tratara, restregó la toalla blando por toda la extensión de su piel removiendo los excesos de humedad. Las asperezas y protuberancias le dieron escalofríos.

Temerosa aunó todo el valor necesario para echar un rápido vistazo al espejo; la mayoría de sus heridas habían sanado por completo a excepción de la costilla rota, la misma que la aquejaba desde hace más de seis meses.

Con suma habilidad, reunió chakra en la palma de su mano, y sin pensarlo dos veces, la colocó sobre la zona amoratada procurando unir los fragmentos de hueso en un solo intento.

Sintió un dolor terrible recorrer todo su sistema nervioso con rapidez punzante. Cerró los ojos con fuerza y clavó los dientes en su labio inferior tratando de contener un grito de agonía.

Realizar hasta el más simple de los ninjutsus médicos resultaba inhumano, no obstante, cada vez que tocaba el costado izquierdo de su cuerpo sentía arder la carne.

Durante un momento el dolor fue cegador, notó el sabor metálico de la sangre en la boca. Terminó sudorosa y sin aliento, temblando a causa del esfuerzo.

Sus piernas adquirieron la sostenibilidad de un algodón de su azúcar al intentar dar un paso hacia el frente. Tambaleante, aferró los dedos a la superficie de un mueble cercano. Una vez más los párpados ocultaron la bruma de su mirada al mismo tiempo que inhalaba y exhalaba hasta asimilar la atrición de la que era presa su cuerpo.

Instintivamente acarició su oreja izquierda; con la yema de los dedos trazó el borde protuberante del artefacto, un pequeño arete incrustado en el hélix, mismo que servía como garantía de que nunca desaparecería. Era demasiado importante, demasiado especial como para que eso ocurriera. Ahora pertenecía a la reserva del Régimen.

Ocultó con presteza el zarcillo. Al menos su cabello había crecido lo suficiente para cubrir sus orejas sin problema alguno.

Poco a poco comenzó a vestirse; la ropa le quedaba floja y era demasiado calurosa para su agrado. Supuso que se trataba del atuendo típico de los Heimini, gente de menor rango -a consideración de los Uchiha-, que no pertenecían a un clan prestigioso o al gremio de los shinobis. De haber permanecido en Konoha después del Golpe de Estado, definitivamente habría formado parte de aquel marginado grupo.

Sin reparar demasiado en suposiciones fortuitas, tomó la ropa sucia y abandonó el caluroso cuarto de baño.

Recorrió el sendero de piedras que unía el jardín con la zona del área de servicio. El sitio estaba cubierto de césped y a lo lejos se apreciaba un sauce; en los bordes, arriates de flores: los narcisos empezaban a marchitarse y los tulipanes se abrían en un torrente de color carmesí.

Aquel sitio era el recinto privado de Mikoto Uchiha, la había observado desde la ventana en dos ocasiones, arrodillada sobre un cojín, con un enorme sombrero oscuro y a su lado un cesto con tijeras y trozos de hilo para sujetar flores.

Le parecía curioso imaginar que una mujer tan poderosa como ella pudiese disfrutar de un instante de paz en medio del jardín, bajo los cálidos rayos del sol, irradiando un halo de absoluta tranquilidad.

Una sensación de alarma recorrió su espina dorsal al percatarse de su ausencia, detestaba encontrarla por sorpresa. Mikoto no le dirigía la palabra, a menos que no pudiera evitarlo Ante la severa mirada de la azabache ella era una deshonra. Y una necesidad.

Soltó un largo suspiro mientras cruzaba el umbral de la puerta de servicio. Agradecía que la residencia de los trabajadores estuviese conectada con la mansión principal por un estrecho y largo pasillo que rara vez debía transitar.

Esperaba pasar desapercibida bajo el escrutinio de los Uchiha, una misión en la cual continuaba fallando, pero que nunca desistiría. Tan sólo cumpliría con su deber, ese era el principal y único objetivo.

Al pensar en la encomienda hizo una mueca desaprobatoria. De mala gana, penetró en la pequeña estancia, dio un giro a la derecha y frenó el andar cerca de la puerta.

De la cocina provenían voces apagadas, susurros que sólo demostraban ser el indicio de una charla privada. Su agudo sentido común le decía que debía dar marcha atrás, cualquier cosa que Suzume y la otra chica estuviesen discutiendo no era de su incumbencia. No obstante, la amalgama de curiosidad y terquedad la obligó a escudarse cerca de la pared.

—Deben estar sumamente desesperados para recurrir a ella— musitó la otra chica en tono apagado.

Ambas pelaban guisantes; incluso a través de la puerta semicerrada podía escuchar el tintineo que producían las bolitas verdes al caer dentro del bol de metal.

—Su suerte no será diferente a la de los demás— suspiró Suzume, no supo discernir si a modo de protesta o aprobación—. Tan solo es cuestión de tiempo para que suceda.

—Escuche que perteneció al grupo de los insurgentes, era un miembro importante— añadió la segunda joven en un tono de complicidad—. Probablemente por ese motivo la enviaron a los campos.

Suzume rió amargamente.

—Lo dudo— decretó—. De ser verdad, la Insurgencia no se habría quedado con los brazos cruzados.

La pelirosa tragó grueso. Sin lugar a dudas, las palabras de la mujer no eran más que un atisbo de la realidad. Luego de su captura, Kakashi no envió a un escuadrón a buscarla, conjeturó que eso era debido a la imprevisión de la misión, el General no sacrificaría a sus mejores hombres con tal de rescatarla.

—Aún así, cualquiera que fuese el motivo por el cual acabó en los campos debió ser sumamente malo.

Cansada de escuchar las conjeturas erradas respecto a su persona, abrió la puerta.

Tenían la expresión que poseen las personas cuando se les sorprende hablando mal de otra y creen que las han oído: una expresión de incomodidad y al mismo tiempo de desafío, como si tuvieran todo el derecho.

—¿Dónde puedo dejar esto?— cuestionó, alzando el sucio uniforme que llevaba entre sus manos.

La chica más joven le sonrió con amabilidad, mientras que, Suzume, se limitó a tensar los labios.

No cabía duda de que ambas sabían cosas, hablaban entre ellas y difundían noticias oficiosas de hogar en hogar.

Eso nunca sucedería. Aquella expresión seria no iba dirigida personalmente a Sakura: le desagradaba el motivo de su presencia y lo que representaba. Creían que podía ser contagiosa, como una enfermedad o algún tipo de desgracia.

—Yo me encargo de eso— se ofreció la jovial castaña.

—Gracias— respondió. No sonrió. ¿Por qué habría de tentarlas con una actitud amistosa?


La mortecina luz de la luna agorera se filtraba entre las delgadas cortinas que cubrían la ventana; la gélida brisa de la madrugada mecía la vaporosa tela, desvelando vestigios del exterior ante la mirada inquieta de la kunoichi.

Tumbada sobre la cama, vislumbró dispuesta los movimientos de la luminiscencia sobre el techo; la luz trazaba patrones rápidos e inteligibles.

Cerraba los ojos, y los abría sin que ello representara ninguna diferencia. Pese a la tranquilidad que predominaba en la habitación, la pelirosa tenía pesadillas inquietantes, soñaba con sangre, con promesas rotas. Cuando despertaba no podía hacer otra cosa más que pensar, y sus pensamientos eran peores que las pesadillas. Sólo pensar en su mejor amigo le resultaba tan doloroso como las torturas a las que fue sometida. ¿Dónde estaría en aquel momento, qué haría? ¿Volvería a verlo alguna vez?

Un suspiro cansino escapó de las profundidades de su pecho. Si continuaba así, acabaría buscando una salida fácil y eso comenzaba a asustarla.

Al echar otro vistazo a hacia la ventana, se dijo a si misma que probablemente debía ser media noche. En lugar de intentar dormir, se reincorporó en el lecho y observo la habitación.

Consideraba aquel sitio como otra especie de celda, ubicada en una prisión sofisticada: frente a ella había una mesa, una silla, una lámpara. Arriba, en el techo se vislumbraba un espacio en blanco cubierto con yeso. En algún punto debió haber una araña. Pero quitaron todos los objetos de los cuales pudiese atarse una cuerda.

Todo a su alrededor poseía un propósito, lo supo en el instante en el que ingresó a sus aposentos; el cuadro con la ilustración de peses koi no tenía cristal, la ventana se abría parcialmente y su cristal era inastillable. Los Uchiha no temían que escapase -al fin y al cabo, no llegaría muy lejos— sino esas otras salidas, las que pueden incrustarse en el ser si se ha perdido toda esperanza.

Así pues, intentaba no pensar demasiado, eso podía perjudicar sus posibilidades, y ella no tenía la intención de desistir.

Lejos de conciliar el sueño, apartó las sábanas y abandonó la cama cautelosamente; se dirigió hasta la ventana, descalza para no hacer ruido. Fijó la mirada en el cielo; las estrellas y la luna yacían ocultas detrás de nubarrones grises. La tormenta no demoraría en desatarse.

Indispuesta a permanecer cautiva mientras los demás dormían, decidió salir un instante de su celda como un acto de rebeldía. Sin lugar a dudas era una idea estúpida, cualquiera podía atraparla si deambulaba por los pasillos como una invitada.

Cuidadosamente, deslizó la puerta sin generar ruido alguno; echó un vistazo rápido en ambas direcciones del pasillo para asegurarse que no hubiese ni un alma merodeando por ahí.

Tomó varias bocanadas de aire antes de tener el valor de mover si quiera un musculo. Con los nervios de punta, abandonó su escondite y, caminando de puntillas, tomó el pasillo que conectaba la residencia de la servidumbre con la casa principal.

Desde el umbral de la puerta vislumbró la lamparilla del vestíbulo encendida. Caminó por la alfombra apoyando cuidadosamente un pie, luego el otro, procurando no hacer ruido, como si se internara en un bosque a hurtadillas; el corazón le latía aceleradamente mientras avanzaba en la oscuridad de la casa. No debía estar allí, eso era totalmente ilegal.

Se tomó un minuto o dos para tranquilizarse. La morada era más grande de lo que imaginaba; estaba diseñada bajo los mandamientos de la arquitectura tradicional, repleta de pasillos y habitaciones que formaban un laberinto en conjunto. Si no era lo suficientemente cuidadosa acabaría perdiéndose.

Jamás había vislumbrado algo similar durante sus dieciocho años de vida. La mayor parte de su existencia la paso recluida en los distintos refugios construidos por el ejercito insurgente.

Con aquel pensamiento merodeando por su mente, avanzó a tientas en medio de la oscuridad. Acarició el pulido entarimado de caoba, por las rendijas de las cortinas ingresaba el leve resplandor de la escasa luz del exterior.

Sus pasos frenaron en seco al escuchar un ruido sordo al final del pasillo, instintivamente, dio un respingo asustado y llevó una mano hasta su pecho, notando el acelerado y doloroso palpitar de su corazón.

Aquella era una señal clara de que debía dar media vuelta y regresar a su habitación, la excursión había finalizado, su presencia allí era ilegal.

Por un largo minuto, Sakura permaneció de pie; sopesando si debía o no proseguir con su camino. Si alguno de los Uchiha la encontraba merodeando como si se tratase de una excursión, definitivamente recibiría un castigo.

Tenía la impresión de que era un caramelo de algodón: azúcar y aire. Si la estrujaran, quedaría convertida en una pequeña bolita de color rosado, húmeda y rezumante.

El aire a su alrededor comenzó a disiparse lentamente. Escuchó los pasos, tan sigilosos como los de ella, y el crujido de la madera. Al final del pasillo se vislumbraba un tenue halo de luz, proveniente de una de las habitaciones. En definitiva, no era la única persona en la misión que tenía problemas conciliando el sueño, alguien más estaba ahí y debía marcharse en cuanto antes.

Se le cortó la respiración al escuchar el estrépito procedente de la alcoba. Mientras boqueaba, el pánico de haber sido descubierta redujo sus procesos mentales a niveles mediocres.

Una vocecita persistente en la parte posterior de su cabeza le decía que no podía continuar. Si daba un paso más se condenaría a si misma.

No obstante, pese a su buen juicio, pasó por encima del instinto de conservación y siguió adelante. Habituada a la escaza iluminación de la angostura, caminó mansamente hasta llegar al umbral de la puerta.

Al igual que el resto de la casa, la oscuridad reinaba en el más ínfimo rincón. Lo que había al otro lado parecía normal; en el centro de la geografía se disponía una pequeña mesa con un juego de porta plumas, papeles y libros. El futon yacía cerca de la pared y, a lado de esté, se avizoraba una mesita de noche con una lámpara encima.

Sin embargo, lo que llamó su atención fueron las paredes cubiertas de estanterías con libros. Llenas de libros. Libros, libros y más libros perfectamente a la vista, de todos los temas y géneros.

Su corazón dio un vuelco al bajar la mirada; en el suelo yacían esparcidos los elementos básicos de un uniforme táctico, todos estos cubiertos de sangre. Las manchas carmín formaban un rastro irregular.

El cuerpo de Sakura se tensó al vislumbrar una sombra cerca de la ventana.

Un silbido rompió con la afonía reinante en la habitación; la pelirosa intentó desesperadamente pensar con claridad, quería respirar y volver a sus sentidos, pero seguía paralizada, mirando fijamente los ojos escarlata que brillaban en la oscuridad.

Su cerebro iba a mil, pero su cuerpo estaba congelado. Por un instante pensó que, tal vez, había caído en un ninjutsu, lo cual era poco probable. Pese a no poseer ningún kekkei genkai, su agudeza mental era tan grande que podía discernir entre la realidad y una ilusión.

Tenía que escapar. Pero… ¿cómo? Su cerebro trabajaba de manera desordenada, alterando los demás sentido a la vez.

Notó el rastro húmedo de la sangre descender por la mejilla hasta desembocar en su pecho, machando el impoluto camisón blanco que llevaba puesto. Si lograba sobrevivir al ataque, Suzume se encargaría de asesinarla al ver la mancha en la tela.

El hombre dio un paso al frente, dispuesto a atacar una vez más; en un acto reflejo, la kunoichi retrocedió un paso. Si era lo suficientemente rápida podría tomar el kunai y arremeter. Una acción estúpida, por supuesto, sin embargo, sus opciones eran limitadas.

Sus pensamientos se disiparon al escuchar un quejido desgarrador y, poco después, un ataque de tos incontrolable. El hombre cayó de rodillas al suelo, incapaz de mantenerse un segundo más de pie, tenía la espalda encorvada y su cuerpo temblaba de forma violenta.

Pensó en huir. Un kunai le bastaría para defenderse. Los demás miembros de la familia dormían plácidamente, nadie se percataría de su ausencia hasta el amanecer, cuando los primeros rayos del sol comenzaran a filtrarse en las cortinas y ella hubiese arribado a la frontera.

«Mierda», dijo para sus adentros, frustrada. No podía hacerlo, por más que intentase hacerse a la idea, los Uchiha la superaban en fuerza. Aquel acto imprudente la llevaría a su condena de muerte en menos tiempo de lo que contemplaba.

La respiración sibilante y entrecortada del oponente interrumpió sus reflexiones.

Aquella era su oportunidad para salir corriendo por el pasillo y regresar a su habitación. Sin embargo, no lo hizo.

En su lugar, caminó dubitativamente hasta acortar la distancia entre los dos, asegurándose de mantener una separación prudente. Sin lugar a dudas estaba tratando con un ninja de élite, una ínfima distracción y acabaría degollándola sin remordimiento.

—¿Te… te encuentras bien?— a pesar del terror que la dominaba, su voz sonó tranquila, perfectamente controlada.

Él no respondió de inmediato. En realidad, no tenía intención de hacerlo. Estaba siendo una entrometida, pero lo hacía por el bien de los dos.

—Deberías estar en tu habitación— contestó.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aún cuando las penumbras imperaban en cada rincón, percibía el olor de la sangre, fresca y nauseabunda.

La kunoichi tragó grueso, como si así pudiese recobrar la fuerza para realizar otra pregunta.

—¿Puedes ponerte de pie por tu cuenta?

Sin decir una palabra, y con mucha dificultad, el hombre se irguió; desde su lugar, la ojiverde se percató del esfuerzo sobrehumano que realizaba para no desplomarse una vez más.

«Obstinado», pensó, poniendo los ojos en blanco.

El ínfimo instante de triunfo se disipó al percatarse con quien hablaba. Un gélido mutismo atravesó la distancia que los separaba. Sakura sólo podía escuchar los violentos latidos que golpeaban su pecho y, eventualmente de que aquel desconocido consiguiera enderezar su espalda, el eco de su nombre retumbo en los recovecos de su cráneo como una muerte anunciada: Uchiha Itachi.

Había contemplado un par de fotos de él en el Departamento de Inteligencia de la Insurgencia. Por supuesto, no eran retratos actualizados, se trataban de efigies capturadas poco después de su graduación de la Academia.

La imagen del niño con rostro afable quedó atrás para abrir paso al hombre impertérrito y temible. Debía rondar los veinticinco años. Su mirada era mortífera, aun si no activaba el Sharingan. En aquellos ojos negros sólo se proyectaba un vacío infinito.

Y así como su rostro era conocido, también sus habilidades. Dubitativa, echó un vistazo rápido al kunai que yacía en el suelo: había fallado el tiro a propósito.

El Uchiha dio un paso al frente, tambaleante. No tenía fuerzas, probablemente estaba herido.

Mientras él se aproximaba, Sakura sopesaba si debía ayudarlo o no. Su misión consistía en auxiliarlo, salvarle la vida. Sin embargo, podría ponerle fin a esa situación de una vez por todas, tratar el problema de raíz. Con Uchiha Itachi muerto, conseguiría una condena lo antes posible… sería libre, aun si eso implicaba su propia muerte.

Intentó con todas sus fuerzas apartar la mirada de Itachi. Bajó la cabeza y clavó la vista en el suelo. Se sentía muy desgraciada, como si su corazón estuviera siendo aplastado por una furia y una tristeza que no podía liberar.

Todo aquello era incomprensible, no obstante, se había hecho una promesa a si misma; debía resistir para escapar de ese lugar.

Disipando la bruma de pensamientos que rondaban por su mente, se aproximó a Itachi. Antes de que volviese a derrumbarse, le puso la mano por debajo del brazo derecho para ayudarlo a incorporarse.

Con sumo cuidado, lo dirigió hasta la cama.

La habitación comenzaba a apestar por la sangre fresca. Sakura no sentía ningún dolor, pero le daba la impresión de que su mejilla había salido muy poca sangre.

Con la misma diligencia con la que fue entrenada, inició el escrutinio de rutina que realizaban todos los ninjas médicos. A simple vista no tenía ninguna herida, pero necesitaba asegurarse.

—¿Estás herido?— preguntó Sakura.

Él negó con otro movimiento de cabeza.

—Si me lo permites… echaré un vistazo— anunció.

Lejos de esperar por su respuesta, acumuló una considerable cantidad de chakra en la palma de su mano; inició con el torso, buscando algún vestigio alarmante.

Un profundo, mas no incomodo silencio, se instaló entre ellos. Los sonidos del exterior la ayudaban a recobrar el dominio de si misma, estaba más calmada, vigilante.

—Así que…— dijo con voz ronca— tu eres la nueva ninja médico— pronunció, arrastrando las palabras.

—Vaya, los rumores eran ciertos— murmuró tratando de mantener su atención centrada en la revisión.

—¿Qué rumores?— arqueó una ceja.

—Eres todo un genio— bromeó.

Estaba siendo sarcástica. Pensó que, resaltar la obviedad era una táctica para romper el hielo. Probablemente su respuesta fue osada, pero si a Itachi le molestó, no lo mostró en ningún momento; una sonrisa media estiró la comisura de sus labios.

—Veo que los guardias son capaces de quebrantar la fuerza de voluntad, pero no de eliminar el sentido del humor— espetó.

—¿Cómo crees que sobreviví todo este tiempo?— susurró, en un intento de disipar la tensión.

Se aproximó un poco más hasta notar el calor que emanaba del cuerpo del Uchiha sobre sus dedos. Cada movimiento era automático, pero el dolor empezaba a diseminarse por todos sus nervios. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo hasta asentarse en la base del cráneo. No podía controlarlo más, era demasiado.

—¿Y bien?— preguntó Itachi, curioso—. ¿Cuál es el diagnóstico?

La pelirosa boqueó disimuladamente desesperada. La agonía se asentaba en cada partícula célula de su cuerpo, recordándole su lugar.

—No hay heridas que pongan en riesgo tu vida— decretó.

—Eso es un alivio— susurró Itachi ladeando la cabeza hacia su hombro izquierdo.

Sakura suspiró profundamente.

—Deberías tomar un baño y descansar— sugirió al tiempo que intentaba ponerse de pie—. Emitiré un diagnostico certero mañana.

Sin agregar nada más, enfiló el lento andar hacia la puerta. La hora de marcharse había llegado, no podía continuar más tiempo allí.

—Gracias— musitó el Uchiha.

Frenó en seco ante la inesperada muestra de gratitud proyectada por el pelinegro. Era la primera vez, en todos esos años, que alguien se dirigía a ella de forma amable.

Sakura esbozó una ligera sonrisa. Estaba atrapada en una situación espantosa, pero se sintió un tanto aliviada al escuchar esas palabras.

—Descansa— murmuró.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

Lo principal era descansar con el fin de hilvanar una estrategia. Tenía que ser extremadamente cautelosa. Eso era lo que, siendo realista, había que hacer, dadas las horrorosas circunstancias en las que estaba inmersa.

Otro profundo suspiró escapó de sus pulmones. La suave luz del exterior le permitió entrever las manchas de sangre y barro esparcidas en su camisón. Definitivamente Suzume iba a matarla.

El cansancio posterior al uso del ninjutsu médico comenzaba a apoderarse de ella; sentía como si hubiera estado días corriendo todo el tiempo; el pecho le dolía y los músculos se le acalambraban como si le faltara azúcar. Por una vez en la vida, ansiaba estar sola.

Arrastró los pies por el suelo, debido al cansancio, tenía la impresión de que el pasillo era más largo, casi interminable.

—Deberías estar en tu habitación.

Sakura dio un respingo asustado y se llevó, en un mero acto de instinto, la mano derecha hasta el pecho.

La respiración se le atascó en los pulmones al mismo tiempo que el fuerte palpitar de su angustiado corazón enturbiaba sus procesos mentales.

Petrificada, se volvió hacia él: todo lo que apreciaba era una silueta y el reflejo apagado de una mejilla pálida.

—¿Qué haces aquí?— cuestionó la voz masculina.

En realidad, no tenía una respuesta. Su presencia en ese sitio era un desafortunado error.

Mierda.

El sonido de los pasos firmes retumbó en sus tímpanos. Con los nervios a flor de piel, cogió el valor para divisar con cautela aquel hombre.

Como si él hubiese entendido sus palabras, se situó bajo la tenue luz que se filtraba por las cortinas. Desde esa distancia, Sakura notó el ligero parecido entre el muchacho e Itachi, sus rasgos eran similares, aunque abismales en algunos aspectos. Portaba con orgullo el uniforme táctico de los Uchiha, con la diferencia de que la banda alrededor de su hombro izquierdo indicaba su rango dentro de los estratos militares.

Angustiada, negó con la cabeza, procurando imponer un orden en sus pensamientos y coordinar sus reacciones.

—Supongo que tú debes ser la nueva esperanza de mi padre ¿no es así?— la rodeó como un halcón, circunspecto.

Ella no respondió en ipso facto. El aire a su alrededor se había condensado hasta transformarse en diminutas partículas que sus pulmones no conseguían captar.

—Cuando mencionaron que eras la aprendiz de Tsunade esperaba encontrar a una persona… diferente— ronroneó el Uchiha, efectuando un eco mínimo entre las paredes del pasillo.

Luego de tragar grueso, Sakura se percato que tenía la boca realmente seca, y no era para menos. Una vez más, se encontraba a solas con un Uchiha.

Los negros ojos del pelinegro se situaron sobre los esmeraldas de ella, haciendo caso omiso al cosquilleo sobre su piel.

—Puedo verlo, realmente eres tú— susurró él azabache, ladeando ligeramente la cabeza.

Armándose de valor, le escrutó el rostro. Tenía la barbilla rígida, nariz perfilada y piel nívea. Al igual que el resto de los Uchiha, sus ojos eran tan oscuros como la noche, sin embargo, transmitían una sensación imposible de describir que hizo erizarle los vellos de la nuca.

—¿No puedes reconocerme?— quiso saber—. ¿O acaso te has olvidado por completo de mi?

La pelirosa abrió los ojos como platos.

¿Cómo era posible? ¿La conocía? Probablemente habría visto su foto en los archivos. Ella no recordaba haberlo visto en ninguna ocasión, quizá sus caminos se cruzaron en el campo de batalla, pero de haber sido así jamás lo habría olvidado.

La atmosfera se tornó pesada alrededor de los dos.

Dio otro respingo asustado al sentir el calor que emanaba del cuerpo del muchacho cerca de ella. Fue solo cuando notó la cálida respiración del muchacho cerca de su oído, la que disparó sus emociones.

—Es bueno verte de nuevo, Haruno Sakura— susurró.

Los pensamientos de la aludida rondaban desbocados por los recovecos de su mente. Intentaba recuperar el dominio de si misma sin mucho éxito.

El chico sonrió de medio lado al ver la reacción que había generado en ella, y usando la misma voz grave, prosiguió:

—Será mejor que regreses a tu habitación— dijo apartándose de ella.

En la oscuridad, los dos se alejaron, lentamente, como si una fuerza oculta los uniera y al mismo tiempo los separara con igual fuerza.

Lejos de aguardar por su respuesta, el Uchiha pasó a su lado, dirigiendo el andar hacia algún punto desconocido del pasillo, dejándola de pie en medio de la nada, con un montón de preguntas revoloteando por su cabeza.

Pensó en los ahorcados, aquellos cuerpos que pendían de los muros. Apenas podía soportarlo. Tenía que irse, correr antes de desintegrarse por completo.

Es todo lo que podía hacer.

Continuara


N/A: ¡Buenas, buenas! ¿Cómo están? Espero que se encuentren muy bien 3

Lamento la demora, por un momento imagine que para este momento ya tendría alrededor de dos o tres capítulos publicados, pero han pasado muchas cosas en los últimos meses que no tenía ni el tiempo ni la mente para escribir.

Sin embargo, aquí estoy, con el primer capítulo a la orden :D

Muchísimas gracias a todas las personas que han agregado la historia a sus favoritos, follow y a las que me han dejado un bonito review… gracias infinitas por dedicarme parte de su tiempo 3

Aclarare algunos puntos del fic en el próximo capítulo :D

Sin nada mas que agregar, espero que la actualización sea de su agrado. Cuídense mucho, les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren

¡Nos leemos pronto! ¡Hasta la próxima!