Disclaimer: Los personajes de Naruto, así como el universo donde se desarrolla la historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Heredera de la Voluntad de Fuego

Capítulo

III

Al final de la línea

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Ryutan, 7 años atrás.

Mientras se desplazaba a lo largo del oscuro camino enmarcado por el follaje, escuchó sobre ella el rumor apagado de las voces consternadas de sus compañeros.

—Preferiría morir en el ataque o largame a otro sitio. También podría volverme loco de repente ¿acaso no tengo derecho?— hablaba uno de los shinobis con tal frialdad que las palabras salían de sus labios cual témpanos de hielo.

—Nadie quiere morir— respondió otro hombre sin muchos ánimos.

—Nos queda poco tiempo de vida— le recordó—. Pronto nosotros seremos los siguientes.

Había palabras que, aunque pronunciadas con aparente indiferencia, cobraban pronto un significado mágico. Extrañamente duras y precisas, se abrían camino por delante de quien las emitía. Eran como un chapoteo de conceptos difusos y vagos que adquirían repentina solidez en el momento del adiós que conduce a la muerte, para luego abatirse como una ola de plomo sobre el que las pronuncia, haciéndole descubrir el terrible y a la vez seductor poderío del destino.

Al avanzar con rapidez entre los intrincados caminos del bosque, la palabra «pronto» repercutió en Sakura, y se hundió en ella como un kunai que la atravesara sin sentirlo, transitando por su carne, sus tejidos y nervios hasta inmovilizarse en un lugar cualquiera y explotar abriendo una herida espantosa por la que manaría toda su sangre, vida…dolor.

Susurró aquel «pronto» sintiéndose desfallecer, al tiempo que de manera inconsciente realizaba los movimientos habituales. La niebla cubría la tierra. El hedor a humo se mezclaba al del sudor frio y al de ese otro efluvio indefinible que flotaba dondequiera se encontraba un grupo de soldados. Habituada a los peculiares aromas del campo de batalla, saltó entre las ramas con precaución, sujetando la mochila por las correas y flexionando la mano para despertar sus dedos entumecidos por la gelidez matutina.

Al repetir nuevamente: «pronto», el miedo se aferró a lo más profundo de su ser, y tuvo la sensación de una absoluta certidumbre. «Nunca más— pensó—. Nunca más volveré a ver esa base, ni el rostro de aquellas personas a las que ayude antes de partir. Nunca más, porque pronto…».

—¿Te encuentras bien?

La voz de Shizune emergió a su lado, firme y constante; detrás de está se apreciaba un ligero temblor avivado por el miedo, mismo que procuraba ocultar tras una expresión serena y una sonrisa afable.

—Si, eso creo— nerviosa, mordió su labio inferior a la par que se encogía de hombros.

—Bien, eso es tranquilizador— reconoció la kunoichi sonando un tanto animada—. Pronto llegaremos a nuestro destino, mantente alerta de los alrededores.

Pronto. Pronto. Pronto. ¿Cuándo llegaría que pronto? Aquello podía ocurrir dentro de un segundo o en el plazo de un año. La palabra expresaba una idea atroz que estrangulaba el futuro, lo empequeñecía y acababa por sumirlo en una incertidumbre aniquiladora. Podía significar poco y, a la vez, mucho. Lo abarcaba todo. Todo, incluso la muerte.

—El frente es un lugar peligroso en especial para los ninjas médicos— escupió Genma Shiranui entre dientes—.Dios, Tsunade-sama debe haber perdido la cabeza, cada vez son más jóvenes.

Un escalofrió se abrió paso por toda la extensión de su espalda erizando cada vello disponible en su cuerpo.

«Pronto perderé la vida. Voy a morir dentro de poco. Tú mismo lo has dicho y algo lo repite en tu interior y también fuera de ti», dijo ella para sus adentros.

Todos los que conformaban el escuadrón tenían una certeza absoluta de la muerte. ¿Cuánto tiempo duraría la guerra? Tal vez transcurriría un año hasta que todo se hundiera en el Oeste. Si las fuerzas de los Uchiha y las de sus aliados no atacaban a la vez por el Este, a ellos les tomaría dos años instalarse en la mitad del País del Fuego. Y aunque era seguro que atacarían, la guerra se prolongaría otro año, y no habría terminado hasta finales de la primavera. Debía, pues, calcular el plazo de su muerte entre un segundo y un año. Moriría en el desarrollo de la batalla. No conocería otra vez la paz. La paz se había acabado. Todo terminó: la música, las risas, las flores, el amor, la dicha.

—Tu misión es protegernos ¿lo recuerdas? Por eso estás aquí— gruñó Shizune hastiada.

—¿Hablas en serio?— ironizó el castaño—. Esto es una carnicería. Si conseguimos salir intactos de ese lugar en definitiva será un milagro.

Sakura tragó grueso.

En el cielo, desde el alba hasta el anochecer, gemían los ataques de los Uchiha y horadaban la tierra desventurada con embestidas demoledoras.

Su misión consistía en rescatar al mayor número de soldados posibles atrapados en el campo de batalla. El Ejercitó se mostro incapaz de establecer contacto con las tropas. Muchos de los receptores, por no decir la mayoría, no funcionaban; la conexión se cortaba por doquier.

Entre la espesura de los arboles divisó el río Ryutan, cuyas aguas fluían embravecidas, tenía la sensación de que era la inmutabilidad misma y que en sus márgenes, la tierra, palpitante, se ondulaba.

Desde la orilla, cientos de piezas de artillería insurgente luchaban con uñas y dientes. La ofensiva Uchiha hacía saltar terrones de la ladera sur de la ciudad y cubría el terreno de barrizales.

De la niebla emergió el recinto del campo de batalla; la ciudadela que anteriormente sirvió como refugio, yacía destrozada.

A medida que penetraban en el terreno accidentado, el hedor de los cuerpos humanos, inmundicias, a polvo, era el mismo de siempre. En el aire flotaba un olor atroz y punzante a muerte; bajo sus pies tintineaban los kunais y shiruken dispersos en el suelo.

Cerró los ojos con fuerza al tropezar con un festín de cadáveres. Los soldados. Tanto aliados como enemigos, yacían asesinados de las maneras más despiadadas, tirados en la tierra, en medio de charcos de sangre coagulada. A algunos les faltaban miembros; a otros, la cabeza. Las manos cortadas se aferraban a las distintas armas ensangrentadas, sables, katanas.

—No mires, Sakura, mantén la vista al frente— le ordenó Shizune.

Estaba haciendo eso por su bien. Nadie se había tomado la molestia de explicar lo que encontraría en el campo de batalla. Comprendió las razones mientras bordeaba los escombros de las casas y edificios; cuerpos y heridos.

Un nudo prieto le estrujó la garganta al punto de cortarle la respiración; los ojos le escocían de tanto contener las lágrimas, sus piernas temblaban violentamente, amenazando con perder la poca sostenibilidad remanente.

El juego titilante de las explosiones iluminaba el cielo, las ruinas de la ciudad, los depósitos de petróleo, las chimeneas de las fábricas, y, en aquellas breves llamaradas, la ciudad y la orilla ofrecían un aspecto siniestro, lúgubre.

El terreno estaba empapado y resbaladizo, sangre y cieno a partes iguales. Sin percatarse, tropezó con un cadáver, y durante un momento Sakura temió que para ella la misión concluyera con una caída antes de entrar en combate con el enemigo, pero de alguna manera, se las apaño para mantener el equilibrio.

Caminaron kilómetros y medio más adelante, donde un humo gris y amarillo se alzaba de los campos circundantes. No quedaba en pie granjas ni graneros. Al igual que el humo, un miasma de carne en putrefacción flotaba hacia ellos: pilas de cadáveres, apiladas en medio de un campo. No lejos de ellos ardía una montaña de uniformes y mantas. Al lado del camino había dos carpas. Desde el interior llegaban los gemidos y gritos de los pobres heridos. Uno de ellos gritaba, una y otra vez, más de rabia que de dolor.

Al acercarse más vieron las camillas, cantidades de camillas, depositadas sin orden ni concierto en el suelo, y montón de sucios trajes de combate y de vendajes manchados. Había también un grupo de shinobis, aturdidos e inmóviles, vendados, como los hombres que yacían en el suelo envueltos en vendas sucias.

—Cambio de planes— la voz de Genma surgió por encima de los lamentos—. Deben enfocarse en los soldados cuyas heridas no sean de gravedad— ordenó.

Consternados, los integrantes del grupo de atención se miraron unos a otros.

—Debes estar bromeando, no podemos abandonarlos a su suerte— rebatió Shizune con los puños en las caderas.

El capitán hablaba en serio. Lejos de otorgar una replica inmediata, extrajo del bolsillo de su chaleco una maltratada cajetilla de cigarros; colocó uno entre sus delgados labios y expulsó el humo con un largo y pausado suspiro.

—Tampoco podemos llevarlos a todos de regreso, las fuerzas enemigas nos interceptarían a mitad del camino— la respuesta salió tajante y sus ojos se ensombrecieron—.¿Acaso tienes otro plan? Soy todo oídos.

Shizune se mordió el labio inferior. La situación no era favorable para ninguno de los involucrados. Por más que le costara admitirlo, Genma tenía razón. Toparse con los Uchiha no era una idea reconfortante.

—¿Qué haremos?— preguntó una chica a sus espaldas. Al igual que ella lucía asustada, el color había abandonado su rostro convirtiéndola en un espectro blancuzco.

—Clasifiquen a los heridos, aquellos que sean capaces de movilizarse con facilidad serán verde; los que tengan fracturas o laceraciones profundas, amarillo, aquellos que estén gravemente heridos, rojo— exclamó la mujer—. Reúnanlos aquí mismo, tenemos dos horas para realizar nuestro trabajo.

Durante un momento, Sakura y otra chica se pararon a mirar y a continuación, simultáneamente, echaron a correr.

En menos de un minuto estaban entre los soldados. El aire fresco de la primavera no eliminaba el hedor de los cuerpos y las heridas purulentas.

El eco tenue de voces, voces médicas, llenaba el interior de la carpa, y lo perforaban a intervalos gemidos y gritos de dolor. Todas las camas estaban ocupadas. Dos soldados se disponían a llevarse a los fallecidos.

La sopa de olores despertó en ella el reflejo nauseoso: el pegajoso olor agrio de la sangre fresca y también de ropa sucia, sudor, desinfectante, alcohol, sobrevolando todos los efluvios, el hedor de la gangrena.

Uno de los ninjas de mayor rango mandó a Sakura a retirar el vendaje y limpiar la pierna de un cabo tendido cerca de la puerta. Un ninjutsu básico serviría para cerrar la herida y detener la hemorragia. El hombre estaba tumbado de bruces, e hizo muecas cuando ella se arrodillo para hablarle al oído.

—No hagas caso si grito, niña— murmuró él—. Solo asegurate que mi pierna se mantenga intacta. No quiero perderla.

La pernera estaba desgarrada por un corte. El vendaje parecía relativamente reciente. Empezó a desenrollar el vendaje, y cuando le era imposible pasar la mano por debajo, utilizaba las tijeras para cortar la venda.

—Tuve que vendarme antes de abandonar la ciudad— le explicó, como si fuese necesario otorgar una excusa.

Se topó con una gasa completamente negra por la sangre coagulada, el largo de la herida llegaba de la rodilla hasta el tobillo. La pierna no tenía vello y estaba negra. Ella se temió lo peor y respiró a través de la boca.

—Cuente hasta tres— sugirió Sakura al levantar con suavidad un borde y ver el gesto de dolor del cabo.

Él apretó los puños. Tomó el borde que había despegado, lo cogió con fuerza entre el pulgar y el índice y jaló de la venda con un tirón súbito. La venda se desprendió entera, con un áspero sonido pegajoso.

—Oh, Kami, voy a vomitar— advirtió el hombre.

La pelirosa optó por ignorarlo. La herida medía unos cuarenta y cinco centímetros, quizás más, y se curveaba por detrás de la rodilla. Los puntos de sutura eran torpes y desiguales.

—No se mueva, voy a limpiar alrededor de la herida, pero no lo tocaré— indicó con voz suave.

La pierna estaba negra y blanda, como un plátano demasiado maduro. Empapó un algodón en alcohol. Temiendo que la piel se despegase sola, aplicó con suavidad en torno a la pantorrilla, cinco centímetros por encima de la herida. Al ver que la piel estaba tensa, apretó el algodón hasta que el hombre se estremeció. Retiró la mano y vio la extensión de piel blanca que había quedado al descubierto. El algodón estaba negro. No había gangrena. No pudo contener una exclamación de alivio.

Procurando ignorar la forma en la que se contraía su garganta, acumuló chakra en sus manos y las situó por encima de la zona afectada, apreciando como la carne comenzaba a unirse uniformemente.

—¿Qué es? Puedes decírmelo— se incorporó y trato de mirar por encima del hombro. Había miedo en su voz.

—Ella tragó saliva y dijo, en tono neutro:

—Creo que está cicatrizando bien.

Llevaba algunos minutos en esa labor cuando una mano se posó en su hombro y una voz de mujer le dijo al oído:

—Esta bien, Sakura, pero tienes que trabajar más rápido.

Finalizó con su labor. Se restregó las manos en el pantalón y le encomendaron otra tarea. Todo era distinto para ella. Los meses de entrenamiento los pasó confinada en el hospital de la base, atendiendo heridas leves, nada que pusiese en riesgo la vida de los afectados. Jamás imaginó que su primer contacto directo con la batalla fuese tan pérfido.

Atendió diligentemente a hombres y mujeres por igual. Siempre había cosas que hacer.

La realidad la golpeó nuevamente al acercarse a otro de los heridos. Era una de las chicas abrasadas por las inclementes llamas negras de los Uchiha. Lo que yacía en la camilla eran los restos calcinados de un ser humano. Ella pensó que no sobreviviría. No era fácil encontrarle una vena para inyectarle el anestésico. Gemía lastimeramente pidiendo agua. Tenia los labios tan deteriorados, tan hinchados, y tantas ampollas en la lengua que no podían administrarle liquido por la boca.

—¿La conoces?— preguntó un hombre concisamente, sin levantar la vista del sondeo que estaba realizando.

—Si— resopló Sakura a duras penas—. Fuimos ascendidas la semana pasada— agregó.

Si bien la interacción entre las dos no fue la suficiente para crear un lazo de amistad, era inevitable sentirse afligida. Sakura la recordaba como una chica optimista, sonriente. Estaba entusiasmada por formar parte del batallón de ataque, era una de las tantas promesas que cargaba con la esperanza de la Insurgencia.

«No tardaré en morir», pensó ella al enfocar su atención en la respiración entrecortada y lastimera de su compañera. Estaba agotada y nerviosa.

Al caer la tarde, la retirada comenzó. Sakura pensó más adelante que toda la formación que había recibido fue útil, sobre todo en el capitulo de la obediencia, pero todo lo que sabía sobre el oficio de un ninja médico lo aprendió aquel día. Hasta ese entonces nunca había visto a hombres llorando. Al principio fue una conmoción, pero al cabo de una hora estaba acostumbrada. Por otra parte, le había asombrado, y hasta horrorizado, el estoicismo de algunos soldados. Hombres que acababan de sufrir una amputación se veían obligados a hacer bromas horribles para negar la realidad. Todos los secretos del cuerpo quedaban al descubierto: huesos que se asomaban entre la carne, vislumbres sacrílegos de un intestino o nervio óptico. De esta nueva perspectiva íntima extrajo una enseñanza simple, una cosa obvia que siempre había sabido y que todos sabían: una persona es, entre todo lo demás, una cosa material, que se rompe fácilmente pero que no es fácil de recomponer.

Una vez en el campamento, mientras yacía cerca de la fogata observando la danza del fuego, recargó su espalda contra el tronco del árbol y cerró los ojos. Exhaló un suspiro de alivio, permitiendo que su imaginación franqueara el tiempo y algunas barreras.

—Hey— susurró Shizune al postrarse a un lado de ella—.¿Te encuentras bien?— quiso saber.

Conocía la respuesta a esa pregunta. Por supuesto que no estaba bien, sin embargo, procuraba ser amable con ella dadas las circunstancias.

—Si, bueno, no lo sé— admitió apenada.

—Con el tiempo se vuelve más sencillo— la consoló.

La pelirosa asintió con un ligero movimiento de cabeza, ausente. La realidad no tenía escapatoria.

«Voy a morir muy pronto.» se hallaba en la situación del nadador que próximo a la orilla es lanzado de nuevo a la inmensidad del mar por una ola gigantesca. Porque era allí en aquel momento donde se hallaba el muro que no podría sobrepasar, el que le impediría seguir sobre la tierra.

«Vaya forma de pasar mi cumpleaños» ‑ pensó de súbito. El corazón se le detuvo cual, si una vena se hubiera atascado, cerrando el paso de la sangre.

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Situó ambas manos sobre el pecho amplio y pálido del azabache. El fulgor verde iluminaba tenuemente sus rostros, acentuando particularmente detalles que, a simple vista, pasaban desapercibidos.

Arrugó el entrecejo con ahínco a medida que el dolor se abría paso entre sus nervios, entumeciéndole los músculos y huesos. El daño en los canales de chakra era severo, pero aún podía realizar, con cierta dificultad, los ninjutsus básicos.

«Sus pulmones están dañados» notó al comienzo. Estaban tan secos que chirriaban con la respiración.

Aquello debía suponer una agonía para el muchacho, el cual no daba muestras de sufrimiento. Portaba una máscara de estoicismo; su rostro lucía extrañamente apacible, sereno y eso la horrorizaba.

Bajó las manos hasta su abdomen, analizando minuciosamente cuadrante por cuadrante. Al principio atribuyó el daño de los pulmones a un proceso infeccioso desconocido o una enfermedad congénita, no podía otorgar un diagnóstico certero con base a una anamnesis sencilla, sin embargo, conforme la revisión avanzaba el panorama se tornaba peor de lo que imaginaba.

Hígado, vesícula y páncreas, estropeados. Riñones, arruinados. Llevó las manos nuevamente hasta su pecho, notando el agónico palpitar de su corazón tan dilatado de tanto bombear.

«Mierda, mierda, mierda— pensó—, esto debe ser una puta broma». Tuvo un rapto de pánico porque sabía que no podía aguantar más y debía seguir. Se aproximó a Itachi hasta sentir el leve calor que emanaba de su cuerpo bajo sus dedos. Los ojos negros del Uchiha se situaron sobre los de ella, enfocando la mirada. Hizo caso omiso a su repentina falta de aire y continuó.

El corazón le golpeó las costillas ante la cruda revelación. «Está ciego», gritó para sus adentros. Presa de la desesperación, contuvo las ganas de gritar al morder su labio inferior. Un escalofrió le recorrió cada célula del organismo hasta asentarle un golpe en la base del cráneo.

Era un verdadero milagro que Uchiha Itachi siguiera con vida, actuando como un humano funcional sin mostrar dolor. La agonía en la que se encontraba inmerso debía ser exorbitante.

—¿Desde hace cuánto…?— preguntó en un hilo de voz. Un nudo atascado en su garganta le impedía hablar con facilidad—. ¿Desde hace cuánto tú…lo sabes?— insistió.

—Hace un año— pronunció Itachi arrastrando las palabras.

Sin poder controlarlo un minuto más, la kunoichi se alejó de él lo más que pudo, arrastrada por el dolor. Sintió nauseas y ahogo. Por su cuerpo parecía circular una corriente eléctrica que la sacudía espasmódicamente dejándola exhausta y absolutamente inmóvil. Tomó asiento en el suelo. Se quedó así sintiendo cómo el sudor brotaba de su piel. Luego le sobrevino otra sensación. Sentía la piel caliente y húmeda.

—Ambos moriremos sin esperanza ¿cierto?— susurró el Uchiha ladeando la cabeza hacia su hombro izquierdo.

Sakura intentó responder, pero las palabas no brotaron. Le dolían los músculos, sentía hasta en la boca el dolor de las manos en carne viva. Tenía la impresión de que las espinas en pies y piernas se hundían más y más.

—Para ser un hombre entre el límite de la vida y la muerte, tu sentido del humor es sumamente sombrío— masculló agitada.

Itachi suspiró, formando una sonrisa ladeada.

En silencio comenzó a vestirse dando por concluida la sesión del primer día. Absorta en sus pensamientos, la pelirosa sopesó la idea de continuar con la revisión, necesitaba valorar el daño de los órganos y así planear una intervención, no obstante, había alcanzado su límite. Los dolores y las contusiones y el terrible agotamiento no era lo peor. De algún modo aún podía sostener el cuerpo, pero las cosas dentro del mismo empezaban a retorcerse y crujir.

—¿Y bien?— preguntó el joven arqueando una delgada ceja azabache—. ¿Cuál es el diagnóstico?

Jadeando en busca de aire, la pelirosa utilizó toda su fuerza en ciernes para ponerse de pie.

—Es peor de lo que imaginaba— admitió de bocajarro.

—¿Realmente es tan malo?

Ella movió la cabeza asertivamente.

—La mayoría de tus órganos, por no decir todos, han perdido su capacidad de funcionamiento. El simple hecho de respirar debe ser un verdadero tormento para ti— reconoció ella muy molesta. Deseó morirse si eso le permitía abandonar el trabajo.

De repente, el pensamiento que tuvo hace siete años regresó a su mente, cerniéndose sobre ella como inevitables nubes de tormenta.

«Pronto voy a morir» — pensó Sakura al mismo tiempo que restregaba una mano contra su rostro, exasperada.

—Supongo que debería comenzar a buscar un sitio para morir, como los animales— dijo el Uchiha en tono casual.

Ella permaneció allí, callada. Tenía todos los músculos doloridos. Las manos, el estómago y la cabeza le palpitaban y le ardían. Pero no era eso lo que le atormentaba. Era algo en su interior que le decía con insistencia «no sirves». «No sirves para nada».

—No en mi guardia— rebatió mirándole por el rabillo del ojo.

Los dos recayeron en una pesarosa afonía.

—¿Cómo lograste realizar la revisión?— preguntó Itachi, volviéndose de lleno hasta ella—. Estabas sufriendo.

La pelirosa lo miró estupefacta.

—Pude notar los cambios en tu chakra— le explicó.

Sakura hizo una mueca con los labios. En un acto reflejo acarició con la punta de los dedos el arete bloqueador coronándole la oreja izquierda. La verdadera causa de su tormento.

—Esto no se trata de mi— masculló, sintiendo el incremento masivo de la tensión en la base del cráneo—. Debemos encontrar la forma de sacarte de está situación.

Itachi frunció el ceño.

—No eres la primera ninja medico que lo intenta.

—Eso ya lo sé— ladró irritada. El dolor le estaba desgarrando el cerebro.

«Probablemente seré la última», pensó.

No sabía cuánto tiempo permaneció allí, inerte en medio de la cálida habitación. Podrían haber sido segundos, minutos, incluso horas. De lo único que tenía certeza era del silencio absoluto, Itachi continuaba escrutándola —tanto como sus desgastados ojos se lo permitían—, analizando su bonito rostro contorsionado por el tormento físico que la sacudía.

—¿Y bien? ¿Cuál será el tratamiento?— si bien la faz del Uchiha no traslucía emoción alguna, su voz no estaba exento de ella. La curiosidad reverberaba entre las cuerdas vocales sacando a flote su verdadero sentir.

—Ahora mismo debo encargarme de tus pulmones— dijo en tono profesional—. Te permitirá respirar sin dolor durante un tiempo.

Preparada tanto física como mentalmente, aspiró una enorme bocanada de aire; jamás había intentado realizar más ninjutsus luego de la primera ronda. Normalmente, el bloqueador consumía toda su energía al punto de delegarla al lecho tres días enteros ¿qué era lo peor que podría pasar? ¿desmayarse? ¿morir?

—¿Realmente puedes hacerlo?

—Si— respondió con voz ronca, tratando de no traslucir su molestia—.Quitate la camisa, por favor.

El muchacho ignoró el deje hostil y tomó asiento en el futon. Con tranquilidad se despojó de la parte superior de su vestimenta.

La Kunoichi se insufló de valor incluso para acumular chakra en las palmas de sus manos; ahora mismo, se sentía como una niña asustada. Temblorosa, se dirigió hacia la zona afectada en un parpadeó. Debía ejecutar el procedimiento en tiempo limite, antes que su mediocre reserva de energía se agotara y acabara matándola de agotamiento.

El sudor comenzaba a acumularse en su frente. Las manos le temblaban al considerar las posibilidades de que todo saliera mal, no obstante, sus dedos nunca se alejaron del pecho de Itachi.

—¿Cuánto tiempo?— lo observó verdaderamente inquieta.

—Cuatro años— dijo tajante.

Un destello de una mirada de evidente sorpresa cruzó el rostro de Sakura, turbándola por un segundo o más. No era de extrañarse que Fugaku Uchiha se mostrara receloso con ese asunto. Las políticas del Régimen se habían erguido sobre un meticuloso plan de eugenesia para crear soldados de elite, un ejercito inigualable en poder y habilidades. Evidentemente, Itachi iba en contra de los preceptos. Si alguno de los miembros del Gabinete llegaba a conocer el verdadero estado de salud del primogénito del General no dudarían en ejecutarlo.

—¿Alguien más lo sabe?

Itachi frunció el ceño. La palidez de su piel contrastaba con el tono bronceado de la pelirosa, sin embargo, lucía más vivo.

—Solamente mis padres.

Una vez más, Sakura noto el dolor que le recorría toda la medula y la espalda hasta golpearle la cabeza.

—¿Qué pasa con los informes médicos?— cuestionó entre preocupada y aliviada.

—Es información clasificada— explicó en tono seco—.No es difícil obligar a un ninja médico a omitir detalles innecesarios.

—Eso se llama abuso de poder.

De mala gana continuó con el procedimiento. Casi no tenía chakra, por lo que el malestar desaparecería un par de semanas, quizás tres si corrían con suerte.

—Espero la misma discreción de tu parte— la voz de Itachi se transformó en una orden militar.

Ella negó con un vehemente movimiento de cabeza.

—No puedo hacerlo, a menos que mi deseo sea terminar en el muro— su replica sonó estrangulada.

Ahora ella respiraba entrecortadamente, había perdido casi todo su chakra tratando de estabilizar a Itachi. Todos los músculos de su cuerpo y toda su fuerza de voluntad la abandonaron hasta delegarla al suelo, hundiéndose en un doloroso mareo.

«Alcance mi límite», se dijo a si misma. Contó los latidos de su corazón; uno tras otro martilleándole el pecho. Cuando llegó a veinte, la voz de Itachi resonó en la habitación.

—Supongo que terminamos por hoy ¿no es así?

Cuando abrió los ojos, encontró al Uchiha tendiéndole la mano. Ofuscada, su mirada viajó entre el muchacho y la extremidad extendida. Las muestras de amabilidad eran sinónimo de debilidad. Había olvidado la última vez que alguien se preocupó genuinamente por ella.

Con los dedos trémulos rodeó la delgada muñeca del joven. Tenía veintidós años y no podía reunir fuerzas suficientes para ponerse de pie. Nunca había estado enferma. Siempre fue una chica fuerte. Podía levantar pesadas rocas y echarla sin más sobre sus hombros para colocarla en un cumulo de escombros. Era capaz de hacerlo no una vez sino centenares de veces cada día hasta que sus hombros y bíceps adquirieron la fortaleza de un hierro. Y ahora al igual que un niño que se mece para dormir apenas podía flexionar los muslos y producir un leve balanceo.

Tan rápido como sus pies se plantaron en el suelo, se sostuvo de una superficie cercana. Las cosas a su alrededor se volvían cada vez más borrosas. Pronto se desvanecería.

—Debes guardar reposo— dejó en libertad un suspiro y apoyó el resto de su cuerpo en el mueble.

—Eso es imposible— alegó Itachi—. Mañana mismo debo salir a una misión.

El poco color remanente en el rostro de la Kunoichi se perdió tan rápido como el asombro dio paso a la furia.

—¿Hablas en serio? ¡Estas muriendo! ¡no puedes hacerlo!— espetó un tono más alto de lo normal.

—Mi estado no me ha impedido realizar una misión.

Ella arrugó el entrecejo con ahínco.

—¿Acaso no lo puedes ver? No sólo tu vida está en juego, también lo está la mía— le interrumpió verdaderamente furiosa—. Ambos tenemos una sentencia de muerte inminente.

Itachi se volvió a mirarla. Su rostro permanecía estoico con la mirada tan sombría que no estaba segura si era por el dolor o por todo lo acontecido.

—Ya lo se, por ese motivo te pido que confíes en mí, de la misma manera que yo confió en ti.

El corazón le golpeó las costillas.

La afonía se plantó en la atmosfera con un deje de incomodidad.

Sólo cuando el Uchiha terminó de vestirse, la mirada esmeralda de la pelirosa viajó del suelo hasta la intimidante figura de Itachi en medio de la habitación. Absorta en sus pensamientos, siguió con la mirada todos y cada uno de sus movimientos.

—Puedo guardar un secreto si tu también lo haces— dijo Itachi dándole la espalda.

Al igual que el Uchiha, la condición de Sakura había pasado desapercibida para los Guardias del Centro de Detención y, por lo tanto, también para el General.

Se quedo allí de pie, muy quieta y mu tensa. Eso era como conocer un nuevo secreto de estado.

«Kami, esto debe ser una puta broma», las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas.

»»»»««««

Aún temblando ingresó en la habitación. Si humedecía un vaso y pasaba un dedo alrededor de aquél, produce un sonido. Así se sentía: como ese sonido. Hecha añicos.

Con las pocas fuerzas que le restaban, caminaba de un extremo a otro como una bestia enjaulada.

Ahora mismo transitaba por una cuerda floja, la cual pendía de dos frágiles pilares que amenazaban con derrumbarse.

Estaba condenada a muerte.

—¡Mierda! ¡Maldición!— gritó con todas sus fuerzas.

La frustración le estrujaba la garganta al mismo tiempo que lágrimas calientes rodaban por sus mejillas y desaparecían en sus labios.

Ni siquiera el ninja médico más versado sería capaz de lidiar con el caso de Itachi. El Uchiha se encontraba a punto de cruzar el umbral de la muerte. En cualquier instante, el primogénito de Fugaku podría desaparecer de la faz de la tierra.

—¡Maldita mierda!— sollozó desesperada.

En la atmósfera cálida de la habitación tenía un espacio por llenar, y también un tiempo; un espacio-tiempo, entre el aquí y el ahora, el allí y el después. Era una inválida. Sin pasaporte válido. Sin salida.

Secó su rostro con la manga. Antes no lo habría hecho por miedo a mancharse, pero ahora era imposible que ocurriera.

Suponía que su momento había llegado. No podía burlar a la muerte más tiempo.

Extenuada, tomó asiento en la silla y rezumo, como una esponja.

Dio un respingo asustado el escuchar el llamado a la puerta. Como era de esperarse no respondió de inmediato. Supuso que debía tratarse de Suzume, si ignoraba el llamado probablemente la dejaría tranquila.

Sin embargo, otro toque resonó, fuerte y conciso.

Apartó la vista del suelo y miró a su alrededor; se levantó de la silla y camino en dirección a la puerta. Todo a su alrededor se tornó flotante y endeble. Las cosas estaban quietas y endiabladamente apacibles. El dolor de cabeza era como un martilleo y un estruendo convirtiendo su cráneo en un infierno.

El corazón le dio un vuelco al descubrir que la persona tras la puerta era nada más y nada menos que Uchiha Sasuke. Con la mirada acuosa y el ritmo cardíaco desbocado, lo vio en medio del pasillo.

Absortos en el silencio, se miraron de hito en hito durante varios segundos, sin decir nada. El uniforme oscuro que llevaba parecía idolatrar cada rincón de su cuerpo ágil, pero la boca estaba apretada en una expresión de censura, o acaso, incluso, de asco. La bruma en sus ojos le impedía captar su expresión exacta.

—El General desea verte— murmuró.

Un escalofrió la sacudió. El momento de enfrentar sus miedos había llegado.

Lejos de rechistar, la Kunoichi siguió los pasos del pelinegro por los estrechos pasillos de la casa hasta llegar al exterior.

Una sensación de pánico la sacudió al darse cuenta que era la primera vez, en mucho tiempo, que tenía contacto con la sociedad.

—Iremos por el río— la voz de Sasuke resonó regia e inclemente.

Sakura suspiró y miró con nostalgia el camino que atravesaba la calle principal de la aldea.

«Sera en otra ocasión», intentó consolarse. Era cruel imaginar que tendría otra oportunidad, una pérfida fantasía dónde ella era una mujer libre, más pronto que tarde, el destino le caería como si fuese algo inevitable, su final ya estaba escrito.

Con paso firme, doblaron en una esquina hasta adentrarse en un estrecho pasillo y descender por una serie de pequeños peldaños que desembocaban en una acera a orillas del efluvio.

Los dos se apegaron al agobiante silencio que solo era interrumpido por el paso del viento y el sonido de su andar. Sakura oteó por el rabillo del ojo las borrosas montañas azules visibles a la lejanía. ¿A que distancia se hallaban? Probablemente una hora. Para ella se encontraba más lejos, mucho más lejos, infinitamente lejos. Esas montañas no figuraban en su mundo, porque entre ella y el paisaje se encontraba la alambrada.

Entre ellos y el bosque sólo había desolación. Altos muros de concreto sobre los que ardían suavemente pequeñas luces rojas, como señal de que la muerte acechaba a todos los ahí presentes.

Aquellos muros debían tener cientos de años de antigüedad, o por lo menos más de un siglo. Al igual que las aceras, era de ladrillos rojos, y alguna vez debió ser sencillo, aunque hermoso. No podía recordarlo. Las puertas estaban custodiadas por centinelas, y encima de ellas había alambre de puas y cables de alta tensión.

Nadie atravesaba esas puertas voluntariamente. Las precauciones eran claras para los que intentaban salir.

En la entrada principal había seis cuerpos colgados del cuello, con las manos atadas al frente y las cabezas envueltas en bolsas blancas ligadas por encima de los hombros. Sin lugar a dudas tuvieron una mañana ocupada.

En un acto reflejo ambos se detuvieron al mismo tiempo, como si respondieran a una señal. No importaba que los miraran. Podían hacerlo: para eso estaban allí, colgados. En ocasiones pasaban días enteros, hasta que llegaba una nueva tanda y los reemplazaba, esto con la finalidad que pudieran verlos la mayor cantidad posible de gente.

Con las bolsas, los shinobis parecían muñecas a las que todavía no les pintaban la cara; o espantapájaros, que en cierto modo lo eran, porque estaban puestos para espantar. El contorno de sus rasgos se apreciaba bajo la tela blanca, como sombras grises. Era similar a la cabeza de un muñeco de nieve, sin embargo, la sangre comenzaba a filtrarse a través de la tela.

Todos portaban el uniforme de los ninjas del Régimen. Cada uno llevaba en el cuello un cartel que explicaba por qué había sido ejecutados. Traidores.

Esos hombres eran criminales de guerra al igual que ella. Sus delitos tienen un efecto retroactivo. Cometieron atrocidades, y debían servir de ejemplo a los demás. Aunque prácticamente no era necesario. En esos tiempos, ninguna persona dentro de sus cabales intentaría ir en contra de las leyes impuestas por Fugaku Uchiha.

—Esto es atroz— murmuró Sakura luego de un prolongado silencio.

—Esto es justicia— dijo Sasuke apático.

La kunoichi tragó grueso cuando la mirada del azabache se posó sobre ella. Esos poderosos ojos la acompañaban en sus peores pesadillas, formaban parte de tormentosos recuerdos que intentaba borrar de su memoria.

—¿Justicia? ¿Realmente crees que esto es justo?— le espetó ella en un tono estridente, próximo al alarido.

Sasuke dio un paso hacia Sakura, furioso.

—Eran traidores, probablemente conspiraban con la Insurgencia. Recibieron el castigo que merecían— rebatió el Uchiha sin quitarle la mirada de encima.

Sin ser muy consciente de lo que decía o hacia, Sakura, en un súbito impulso contestó:

—Es inhumano— esperaba que la tensión en su rostro maquillara el nerviosismo que la embargaba.

—Bienvenida al mundo real— se mofó Sasuke con insolencia. Sakura apretó los labios—. Todas las decisiones que tomamos tienen una consecuencia. Ellos optaron por traicionarnos y su castigo fue la muerte, considero que es bastante justo incluso piadoso.

Sakura lo miró anonadada casi boquiabierta. Por supuesto que conocía el mundo del que Sasuke hablaba, había vivido ese infierno en carne propia. No obstante, comenzaba a creer que él ignoraba todos los acontecimientos acaecidos en los diferentes campos y centros de entrenamiento a las afueras de Konoha. Las ideas del Régimen habían carcomido su cerebro hasta desaparecer cualquier vestigio de pensamiento critico.

—Fue su idealismo cobarde lo que convirtió al país del Fuego en este martirio— gruñó entre dientes.

—¿Así que nosotros somos los malos por luchar contra las personas que pretendían masacrarnos?— contraatacó Sasuke—. Escucha bien, la razón por la cual hicimos esto es porque no quisimos ser eliminados.

—¿Y a donde los llevo? Este es el resultado de todas sus batallas ¿no es así?— desafiante, la pelirosa señaló con el dedo índice los cuerpos que pendían de los ganchos aferrados al concreto del muro.

Una pérfida afonía se propagó entre ellos acompañada de la tensión que transmitían sus miradas. Sakura notó su pulso a tope. Había algo en Sasuke que la inquietaba, lo notó la noche que lo encontró en el pasillo. Al principio atribuyó ese hecho a la extraña aura de oscuridad que lo rodeaba o a su posición como Uchiha, sin embargo, había algo más, algo que no conseguía identificar, pero estaba a simple vista.

Él se quedó vislumbrándola mientras la curvatura izquierda de su labio se alzaba unos cuantos milímetros hasta formar una sonrisa media, socarrona.

—Pareciera que ustedes creen ser diferentes— espetó con monotonía—. Exactamente ¿qué es lo que creen que los hace distintos a nosotros? ¿Salvar el mundo? — entrecerró los ojos.

Tal como sucedió la primera vez que sus caminos se cruzaron, el aire comenzó a desvanecerse lentamente, disolviéndose en diminutas partículas que se evaporaban junto a la tenue voz del azabache.

Su corazón daba vuelcos desesperados en los confines de su caja torácica. Quería respirar, recobrar el aliento, pero estaba inmovilizada por el pánico a la par que miraba fijamente al Uchiha frente a ella.

—Ustedes también se entregan a ese ideal de salvar millones de vidas. Se han aferrado a ello como si eso fuese a disipar lo que han hecho— siseó Sasuke lentamente—. Hipócritas. Esa es la perspectiva que tengo de la Insurgencia— concluyó Sasuke levantando la mirada levemente.

Durante un minuto o dos, Sakura se mantuvo de pie en medio de la acera. Las palabras de Sasuke la perturbaban. Pero lo hacia aún más la posibilidad de que aquel hombre sereno de ojos oscuros y voz penetrante que tenía ante ella fuese el responsable de adelantar su condena de muerte.

Cuando el Uchiha dio un paso al frente, en un acto reflejo ella retrocedió.

—Tal como lo imaginaba— musitó por lo bajo.

Sakura levantó el rostro. El pelinegro se mantuvo observándola de la misma forma que un depredador contempla a su presa. Frunció el entrecejo y sus labios se tensaron hasta formar una delgada línea recta.

Ante el silencio ensordecedor, el Uchiha no tuvo más remedio que dar por concluida la conversación.

—Debemos darnos prisa, el General no tiene todo el día— le recordó con frialdad.

Antes de reanudar la marcha, Sakura se detuvo un segundo frente al muro. Respiró hondo y cerró los ojos, intentando olvidar lo que sentía. Durante un segundo dudó sobre si quería ver o no al hombre que probablemente acabaría ejecutándola.

Se supone que debía sentir odio y desprecio por las personas que la abandonaron en ese sitio. Pero no era eso lo que Sakura albergaba en su interior.

Lo que sentía en ese instante era vacuidad. Lo que pensaba era que no debía sentir. Sin embargo, experimentó cierto alivio al saber que ninguno de esos hombres era Naruto.

Resignada, prosiguió con su camino. No había manera de salir de ahí, a no ser que se produjera un milagro.

Continuará


N/A: ¡Hola, hola! No saben cuanto me alegra estar de regreso con ustedes.

Pasando directamente a los acontecimientos de este capítulo, debo decir que los encuentros entre Sasuke y Sakura serán tensos, al menos así será un tiempo, ambos tienen ciertos ideales y están apegados a ellos.

Me pareció interesante y necesario mostrar un vestigio del pasado de Sakura, la forma en qué su vida se desarrolló en medio de una guerra.

Me gustaría añadir algo más, pero terminaría haciendo un tremendo spoiler.

Espero, de todo corazón, que el capítulo haya sido de su agrado. Como siempre, agradezco profunda y sinceramente el constante apoyo que me brindan.

Sin nada más que añadir, nos leemos en la próxima entrega. Cuídense mucho, les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

Nos leemos pronto. Bye, bye