Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Heredera de la Voluntad de Fuego

VI

Unidad 101, tres años atrás

Sala de revisión. Aspersión. Sacrificio. Zona de pruebas. Esas palabras aparecían en su cabeza y la golpeaban. Destrozándola. Pero no son solo las palabras las que le causan daño, sino lo que acarrean consigo. Sangre, el inconfundible olor putrefacto de la muerte, la automatización, no pensar. Irrumpen cada noche en su cabeza, cuando se sume en un profundo sueño y se ve obligada a realizar a la realidad al instante en que las pérfidas imágenes se proyectan detrás de sus parpados.

Despertó con una capa de sudor cubriéndole el cuerpo; la luz blanca del techo impacta directamente en sus ojos, cegándola por un minuto o dos.

Procuró descubrir el sitio donde se encontraba. Evidentemente no estaba en la barraca y tampoco en los cuartos de castigo. En el ambiente flotaba un olor característico, se trataba de una mezcla de alcohol y productos de limpieza, nada comparado a los efluvios pútridos de los tugurios, o el bálsamo de la enfermedad que se respiraba en los campos de pruebas.

«Estoy en el hospital», pensó. Sus procesos mentales se habían enturbiado a niveles decepcionantes. Se sentía muy débil y el dolor fue como una estocada cuando hizo un esfuerzo por reincorporarse en el lecho. Rápidamente se rindió y dejo de hacerlo. Sentía enorme la cabeza, tan grande como una roca, demasiado pesada para levantarla de la almohada. A duras penas lograba percibir su cuerpo. «¿Cómo llegué aquí?» Intentó recordar. Los latigazos en su espalda y los gritos desgarradores de aquella niña a la que auxiliaba regresaron a su mente. Los guardias llevándola a rastras al calabozo…

«Ren.» Vio los ojos muertos, vacíos, la mano extendida hacia ella. El miedo la recorrió con un gélido sobresalto. Se dijo a si misma que eso no era una pesadilla mientras el corazón le latía con fuerza.

Poco a poco, a su mente llegaban imágenes de los acontecimientos acaecidos en el campo de experimentación número siete. Ren, al igual que todos los internos de la Unidad 101, participaba en las selecciones periódicas del Comandante en mando. Había dos de estas llamadas diariamente, una al amanecer y otra alrededor de las seis de la tarde. Era obligatorio presentarse. Antes de que se citase lista, tenían que esperar muchas horas. Aguardaban, cualquiera que fuesen las condiciones climáticas, de pie: frente a las respectivas barracas. Cuando eran acusados de alguna infracción de las ordenanzas, tenían que ponerse de rodillas y esperar así en el cieno fangoso. Tenían que mantenerse en posición de firmes y observar las debidas distancias.

Aquella tarde, Sakura violó el sagrado protocolo. Lejos de aguardar fuera de su barraca, como se le ordenaba, acudió a auxiliar a la pequeña Ren por petición de su madre. Cuando llegó a la barraca, la niña yacía en su pútrido lecho agonizante.

La kunoichi albergó la esperanza de que el Comandante, no notase nada de particular y podría curar a la niña antes del pase de lista.

Pero aquello no dio resultado, porque el chico advirtió inmediatamente la ausencia de la pelirosa. Era una infracción grave de la disciplina. Las golpeó cuanto le dio la gana, y designó a Sakura para la selección, mientras que, a Ren y su madre, optó por ejecutarlas frente a sus ojos. No había satisfecho su venganza. De esa manera la delegó a uno de los calabozos.

Apartó las sabanas e intentó sentarse, pero dolor era excesivo, y pronto se rindió, con la respiración entrecortada. Lo que menos le dolía eran las extremidades. El costado izquierdo de su cabeza era una enorme masa de dolor, y cada vez que intentaba moverse una estocada de dolor le atravesaba el cuello y toda la columna vertebral.

«¿Qué me ha ocurrido?— Hasta sus días en el calabozo parecían casi un sueño cuando trataba de pensar en ellos—. Resulte herida, mucho más grave de lo que pensaba.»

Había presenciado lo que sucedía con los prisioneros que se negaban a asimilar su lugar dentro del campo: las extremidades de los cautivos eran amputadas con el fin de estudiar la pérdida de sangre.

El recuerdo la asustó y, tan rápido como llegó a su mente, palpó cualquier parte visible de su cuerpo para asegurarse que, tanto brazos y piernas, continuaran en su lugar.

Apretando mucho los dientes, consiguió tomar asiento al borde de la cama y ponerse de pie. La habitación daba vueltas en torno a ella, sólo paredes desnudas y destellos blancos con luces cegadoras y sonidos dispersos.

«Este no es el calabozo— comprendió—. Ni siquiera estoy en la enfermería.— Alguien la había trasladado. Su grito de ira salió como un gemido amortiguado—.Me han traído aquí para morir», pensó mientras se sostenía del barandal de la camilla.

Lentamente, la pelirosa optó por realizar una revisión minuciosa: inspeccionó su cuerpo por debajo de la inmaculada bata blanca, buscando cualquier indicio de cirugía, pero su piel lucia intacta, no había rasguños ni moretones, tampoco había parches o heridas profundas que corroboraran su teoría.

Sakura estaba tan absorta en sus pensamientos cuando las pisadas se detuvieron fuera, en el pasillo. Al principió pensó que todo eso era producto de su imaginación; hacia mucho que no oía nada que no fuera el sonido del monitor. Estaba febril, tenia los labios secos y agrietados, y el dolor sordo de la cabeza era un suplicio. Cuando la pesada puerta metálica se abrió, vislumbró de reojo a su visitante.

Orochimaru penetró en la habitación con paso lento, tan cauteloso como de costumbre, tan altanero como lo recordaba. La bata blanca cubría por completo el uniforme de General, sin embargo, la banda que rodeaba su brazo izquierdo resaltaba su posición privilegiada entre los científicos del lugar.

La observó de pies a cabeza con una sonrisa sardónica estirándole la comisura de los labios.

—Los puntos se caerán solos dentro de unos días— dijo, finalmente—. Se que esto es un shock para ti. Aún puedes funcionar como una kunoichi, pero si algo puedo asegurarte es que tu vida será mucho más fácil de ahora en adelante.

A Sakura le estaba costando mucho trabajo unir los cabos sueltos. No podía comprender a Orochimaru, tal vez se debía por el pánico que comenzaba a embargarla o por el dolor ensordecedor situado en su nuca.

El hombre cubrió la distancia que los separaba en un abrir y cerrar de ojos. Sería ingenuo de su parte ignorar que, tras esa fachada andrógina y delicada se ocultaba un ser poderoso y retorcido. Aún con la sonrisa en sus labios, apartó unos cuantos mechones de su rostro; la mirada ámbar cayó con fuerza en su faz.

—Ahora entenderás que no querrás lo que no puedes tener— susurró en su oído.

Sakura tragó grueso. Sus palabras la estremecieron, Con el corazón tamborileando entre las costillas, consiguió alejarse de él, recibiendo otra sonrisa burlona.

—Deberías descansar y disfrutar de las comodidades del hospital antes de regresar a las barricadas— sugirió a la par que dirigía el andar hacia la puerta—. Tu estadía aquí pronto llegara a su fin.

Una vez el comandante abandonó la habitación, el corazón le latió sin sangre en su interior, y los sonidos a su alrededor desaparecieron.

Como una autómata, tomó asiento al borde de la camilla. Algo no andaba bien. Dirigió sus delicados dedos hasta la enorme masa de dolor palpando un pequeño parche en la parte superior de su oreja. Al apartarlo, trazó una línea de fuego a todo lo largo y ancho de su cuello y columna. Sus dedos se aferraron a las sabanas y comenzó a jadear, pero no logró gritar.

Sus ojos desorbitados viajaron hacia el piso y termino de unir los cabos sueltos.

«No querrás lo que no puedes tener.» Las palabras de Orochimaru resonaron en las profundidades de su mente.

Ahora todo tenía sentido. No la habían despojado de una extremidad o un órgano, por supuesto que no, la muerte sería una compensación para ella y los Uchiha buscaban darle un castigo no una recompensa.

Las lágrimas brotaban solas de sus ojos. Estaba aterrada. Realmente aterrada.

Una vez más se levantó de la cama, no obstante, sus piernas habían adquirido la sostenibilidad de dos morusas de algodón, al intentar dar un paso al frente, cayó de rodillas en el suelo.

Estaba acabada, lo sabía. Y lo único que podía sentir en ese momento era rabia, miedo. El autentico terror que paralizaba y hacia encoger a las personas.

Los Uchiha la habían despojado de su única fuente de poder. Aquel bloqueador de chakra era completamente distinto al que se le colocó cuando cayó prisionera.

El dolor que experimentaba jamás le permitiría olvidar ese día. Al cabo de unos instantes y, a medida que realizaba un esfuerzo sobrehumano para asimilar la magnitud de la situación, comenzó a llorar a gritos. No podía tolerar el suplicio, quemaba.

Estaba condenada de por vida. La habían mutilado de la peor manera posible y no podía hacer nada al respecto.


Detuvo el paso en el jardín, grande y cuidado: en el medio había césped, un sauce y candelillas; en los bordes, arriates de flores: narcisos que empezaban a marchitarse y tulipanes abiertos en un torrente de color carmesí.

Aquel era el dominio de la esposa del General. A menudo, cuando miraba desde la venta de cristal inastillable, la veía ahí, arrodillada sobre un cojín, con un velo claro encima del enorme sombrero y a su lado un cesto con tijeras y trozos de hilo para sujetar flores. A veces Mikoto sacaba una silla a su jardín y se quedaba allí sentada. Desde cierta distancia irradiaba un halo de paz.

Caminó a lo largo del sendero de grava hasta la puerta de estacas cafés, pasó por el porche trasero y avanzó hacia el portal principal. Con una canasta en mano, se dirigió directamente a la cocina.

Tanto Suzume como su sombra deambulaban por el lugar como dos atareadas abejas tratando de cumplir su misión diaria. Iban y venían por la cocina cargando bandejas atestadas de alimentos, entradas y aperitivos.

Le resultaba extraño el movimiento, pero había notado mayor seguridad en el perímetro en los últimos días.

—Conseguí las setas— anunció la kunoichi en tono jovial al mismo tiempo que colocaba la canasta sobre el mueble de la cocina—.¿Hay algo más que pueda hacer?— inquirió.

Inclusive, por muy extraño que pareciera, se había visto obligada a ayudar con tareas que recaían estrictamente en la servidumbre de la mansión. No le molestaba en absoluto, le resultaba reconfortante poder pasar unos cuantos minutos bajo los rayos del sol, lejos del recordatorio de su prisión.

Suzume dejó escapar un fuerte suspiro, lucía nerviosa y cansada.

—No te preocupes, yo me encargare— se limpió las manos enharinadas en el delantal y tomó la canasta. Una vez más exhaló con fuerza. Tenía la certeza de que, en algún punto del día, la mujer soltaría su último respiro—. ¿Puedes hacerte cargo de emplatar las masas?— solicitó, afable.

Sakura esbozó una sonrisa discreta.

—No hay problema.

Le consoló un poco que la dejasen ponerse un delantal e ir depositando la masa sobre la bandeja metálica. Por primera vez en su vida realizaba una tarea normal, sin propósitos bélicos.

En su mente apareció un recuerdo con su madre. Sentía nostalgia de aquella época, aún por aberrantes que pudieran parecerle las condiciones que rodearon su infancia, Sakura rememoraba con cariño los días que pasó a lado de la mujer que le dio la vida. Cada noche, después de contarle un cuento, la arropaba en la cama con su animal de peluche favorito y contemplaban el techo, imaginando cómo serían sus vidas en un futuro. Mebuki tenía una voz hermosa, como una flauta de plata. De vez en cuando, de noche, cuando estaba a punto de quedarse dormida, casi podía oírla cantar.

—¿Por qué tienen que venir aquí?— se quejó Suzume. Trabajar bajo presión no era su fuerte.

—El General Fugaku no asiste a reuniones fuera de la aldea, así que vienen aquí para hablar con él— comentó Tami casualmente. A pesar de las inclemencias de su trabajo, la chica se mostraba optimista—. Es así de poderoso.

—Gracias por la información— respondió Suzume, sarcástica.

Estaba claro que personas poderosas visitarían esa noche al General. Había visto a Mikoto organizar la velada con esmero, después de todo era la esposa del mandatario y una de sus responsabilidades consistía en deslumbrar a sus invitados.

La conversación pronto encontró su muerte con el arribo de Uchiha Sasuke. El aire comenzó a desvanecerse lentamente alrededor de ella. Algo se paralizó en ella cuando sus ojos reconocieron al azabache. La estaba observando de pie bajo el umbral de la puerta. Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho; cargaba con el mismo semblante de siempre. Mortalmente serio.

—Sasuke-sama— acotó Suzume a la par que realizaba una reverencia—. ¿Desea algo?

La kunoichi notó como su corazón falló en un violento latido cuando los ojos del aludido permanecieron fijos en los suyos por lo que le pareció una eternidad. Giró la cabeza y continuó situando la masa en la bandeja, asegurándose de realizar su trabajo de la mejor forma posible.

Había olvidado lo imponente que podía llegar a ser ese hombre. A diferencia de otros días, portaba un atuendo compuesto por un jersey negro y pantalones del mismo color; sus músculos resaltaban a través de la camisa y su cabello lucía más largo.

Le costaba admitirlo y aún se empeñaba en negarlo, pero sentía una atracción irracional al aura de oscuridad que lo envolvía, transformándolo en un ser despiadado, perfectamente moldeado por su clan. Existía algo en él que le hacía dudar de sus ideales, al igual que Itachi.

—Necesito a Sakura— espetó, formando una sonrisa cínica que elevaba ligeramente la comisura de sus labios.

La pelirosa tragó grueso sintiendo la boca repentinamente seca. El miedo comenzaba a dominar sobre su juicio ante la incertidumbre. La última vez que estuvo a solas con Sasuke la situación se tornó peligrosa en un parpadeó. Tal pensamiento terminó por perturbarla casi por completo.

—Ve— concedió la encargada.

De manera automática, como lo eran la mayoría de su acciones, restregó sus manos en el delantal, despojándose de los ínfimos rastros de masa y humedad adheridos a su piel.

Su cuerpo temblaba presa de los nervios.

Abandonó la cocina detrás de él envueltos en una afonía imperturbable. Ninguno de los dos mencionó algo sobre su último encuentro, probablemente él había desistido en su intento de extraerle información y ella estaba satisfecha con ese hecho.

Las cosas prohibidas hacían volar la imaginación. Por eso Kaguya comió el fruto del Dios Árbol: demasiada imaginación. Era mejor no saber ciertas cosas. O sus pétalos acabarían desparramados.

Absortos en el silencio, Sasuke la dirigió al ala Este de la casa. La mansión Uchiha era un laberinto de cuartos y pasillos interconectados, deambular por allí con cero sentido de la orientación suponía un rotundo desastre. Para fortuna o desgracia de la Kunoichi, el azabache conocía la morada como la palma de su mano. Resultaba curioso vislumbrarlo desenvolverse con la misma confianza de un pez en el agua.

Sin aviso previo, el pelinegro frenó el paso en medio de la angosta galería; giró levemente y abrió las puertas de la habitación de par en par, aguardando de pie bajo el umbral.

Sakura lo miró por el rabillo del ojo al mismo tiempo que las mejillas se le encendieron de golpe.

A pesar de considerarlo un inadaptado social, Uchiha Sasuke tenía modales y, por ende, cualquier persona argumentaría que se trataba de un caballero hecho a la medida.

—Mi madre no debe tardar— rugió repentinamente la voz del pelinegro a su lado antes de poner un pie dentro del cuarto.

La Kunoichi tensó los labios. Estaba en los aposentos personales de la matriarca. La habitación era preciosa: la cama tenía numerosos volantes y había un gran tocador blanco con tres espejos. Sobre el suelo del tatami danzaba la luz anaranjada; en el aire flotaba el aroma del aceite de limón, telas pesadas, narcisos marchitos y el perfume de Mikoto Uchiha. Debía ser una fragancia de lujo, única en su tipo. Inspiró, pensando que podría reconocerlo. Era una de esas esencias que evocaban la inocencia del cuerpo femenino, almizclado, nauseabundo. Aquello la hizo sentir ligeramente enferma, como si estuviera encerrada en una celda, un día bochornoso, con una mujer mayor que usara demasiado polvo facial.

Sin saber muy bien qué hacer, se quedó de pie en medio de la habitación, observando tanto como su limitada visión se lo permitía.

Sasuke encajó las manos en los bolsillos de los pantalones negros.

—No toques nada— le advirtió.

Sakura se volvió hacia él.

Pensándolo bien le habría gustado robar algo de esa habitación, tomar algún objeto pequeño — el cenicero del incienso, quizá la cajita de plata para las píldoras o una flor seca — y ocultarlo entre los pliegues de su Yukata o en el bolsillo de la manga, hasta la noche y esconderlo en su habitación, debajo de la cama o un zapato. Lo sacaría de vez en cuando para mirarlo y disfrutar de esa sensación de poder.

Pero semejante situación sería ilusoria y demasiado riesgosa.

—No soy una ladrona— gruñó hastiada.

El Uchiha enarcó una ceja y ella terminó por ruborizarse hasta las puntas del pelo.

Los dos se miraron de hito en hito sin vociferar palabra. Sasuke permaneció inerte bajo el umbral de la puerta. Ahora que lo tenía de cerca podía apreciar algunos detalles que el miedo y nerviosismo de su ultimo encuentro le impidieron contemplar. Su piel lucía bronceada y llevaba el cabello más corto, permitiendo apreciar el contorno de su bien cincelada faz; la mandíbula angulosa como la de una escultura perfecta, los labios finos, coronados por un efímero arco de cupido, bajo una nariz recta y perfilada, y ojos tan oscuros como la lobreguez del firmamento en una noche sin luna, tentadores, fácil de perderse en ellos.

—Gracias, Sasuke— dijo Mikoto mientras hacia acto de presencia en la habitación—. Cierra la puerta cuando salgas, por favor.

Sin apartar la mirada de Sakura, la comisura de sus labios se curvaron hasta formar una discreta sonrisa, casi imperceptible.

—Seguro.

Procurando recobrar la poca cordura que le restaba, la kunoichi paseó los ojos por la habitación. Sobre la cama se apreciaban cajas de madera y, dentro de estás, hermosos kimonos de la seda más elegante e intrincados patrones y colores.

—¿Está todo en orden?— preguntó la pelinegra.

—Si, Mikoto-sama— apresuró la respuesta. No quería hacer nada que pudiera enfadarla.

No obstante, la esposa del General se encontraba lo suficientemente inmersa en los preparativos de la cena para reparar en ella. Deambulaba por la habitación como una abeja atareada; extraía los kimonos de sus cajas y los colocaba sobre su cuerpo para mirarse en el espejo.

—Esta noche nos visita gene importante, una delegación comercial de Iwagakure, Kirigakure y Amegakure— explicó—. El General se ha esforzado mucho en organizar esta reunión. Tenemos que dar una buena impresión.

Las últimas palabras pronunciadas por Mikoto la tomaron por sorpresa. Aquel «tenemos» parecía incluirla en los planes de Fugaku, pero ¿con que motivo? Aún cuando se vistiera con sedas continuaría siendo una prisionera, el dispositivo en su oreja la delataba.

El atuendo que Mikoto llevaría esa noche estaba colgado de una percha al lado del espejo.

Bajo el discreto escrutinio de Sakura, la pelinegra caminó hasta la cama, alcanzó una de las tantas cajas dispersas sobre el lecho y se volvió hacia ella extendiéndole el extraño e improvisto presente.

—Es algo viejo, pero se ajustará a ti— dijo.

Aún sin comprender lo que sucedía, la pelirosa echó un rápido vistazo al interior de la caja: la seda azul entró en su campo de visión.

Mikoto se volvió de cara al espejo y empezó a maquillarse.

—Formaras parte de la reunión, así que debes lucir presentable— canturreó mientras abría un frasco que contenía una crema de color amarillo pálido—. Puede que los visitantes hagan preguntas, es normal que tengan curiosidad sobre cómo se vive aquí.

Sakura asintió.

Al mismo tiempo que esparcía la crema sobre su rostro, Mikoto miró repetidamente la imagen de Sakura reflejada en el espejo. Finalmente dijo:

—Se que si se dirigen a ti hablaras con sensatez.

Sakura levantó la vista, estaba tan sorprendida que no era capaz de decir algo más.

—Intentaré… hablar con sensatez.

—Por favor no me decepciones— susurró ella—.¿Queda claro?

—Sí.

—Puedes marcharte— le ordenó.

Más pronto que tarde, la pelirosa se deslizó por el piso de madera hasta cruzar las enormes puertas de caoba. Confundida, estrujó la caja contra su pecho a la par que sus pensamientos iban y venían como rápidos y frenéticos ciempiés.


Sasuke dejó caer el cuerpo frente al escritorio. El dormitorio de Itachi estaba decentado. Hacia fresco allí, ahora que el sol había rodeado la casa. Los cajones estaban ordenados, y en todas las superficies vacías no había siquiera la huella de un dedo. Bajo la colcha, las sábanas tenían una pureza almidonada, cualquiera que osara recostarse en ella estaría cometiendo una profanación.

El aire estaba cargado con un olor a cera y, en la luz anaranjada, las superficies relucientes de los muebles parecían ondularse y respirar. Suzume debía de haber pasado por allí esa mañana. Sasuke ahuyentó de su pensamiento el vínculo que unía a la señora con Sakura. Estar allí era una especie de allanamiento de morada, cuando el ocupante del cuarto ingresaba in fraganti por la ventana.

—¿Dónde estuviste?— dijo, ocultando el tono de alarma en su voz.

Sabía que, por la perfección con la que estaba hecha la cama, Itachi no había pasado la noche en casa.

El culpable no respondió, al menos no de inmediato. Barrió el pasillo con la mirada y se adentró en sus aposentos, situándose a la mitad de la geografía del cuarto.

—En el Cuartel— dijo.

—¿Pasaste la noche allí?— los ojos de Sasuke se entrecerraron, lacónicos.

Lejos de inmutarse a contemplarlo, el mayor de los Uchiha comenzó a despojarse de los elementos metálicos del uniforme táctico.

—Sí.

La respuesta de su hermano sonaba segura; una sonrisa triunfante rasgó su cara.

—Es curioso— comenzó a decir con aire de autosuficiencia—. Esta mañana me enviaron al Cuartel y no estabas en ningún lado, probablemente no lo noté.

Las miradas de ambos se encontraron tal cual imanes. No era propio de Itachi meter la pata con una mentira, de hecho, Sasuke tenía la certeza de que su hermano mayor era un experto en el arte de la manipulación, no cualquiera era capaz de detectar cuando adulteraba el relato de la historia.

—En todo caso estabas en otro lugar, quizás con Izumi.

Itachi chasqueó la lengua. Contemplándolo por encima del hombro, dijo:

—Lo que haga con mi vida privada no es de tu incumbencia, Sasuke.

—Ahí es donde estás equivocado— escupió con cierta molestia—, por supuesto que es de mi incumbencia— le recordó—. Esta mañana papá convocó a la asamblea para hablar sobre la reunión con los Kages. Todos notaron tu ausencia. Si él llega a enterarse que estabas con Izumi no dudara en castigarla a ella.

Poco le interesaba la vida romántica de Itachi, sin embargo, cuando está se atravesaba con sus obligaciones como General los matices de la situación cambiaban por completo. Al ser el futuro heredero del Clan, su hermano tenía ciertas responsabilidades que no podía darse el lujo de dimitir, mucho menos por una mujer.

Itachi dejó escapar un suspiro a manera de derrotada. Sasuke era astuto, aterradoramente inteligente y, por supuesto, tenía un argumento solido.

—¿Dijiste algo al respecto?— quiso saber. Necesitaba estar al tanto de los detalles si pretendía enmendar su error.

Sasuke respiró ruidosamente.

—Obviamente mentí, no iba a delatarte.

Itachi se quitó un peso de encima. Sólo la vida sabía cuanto le debía a Sasuke y Shisui, ni siquiera podría pagar con su existencia las cosas que ambos hacían por él, con tal de mantenerlo a salvo.

—Gracias— dijo Itachi.

—Debes parar con todo esto— escupió Sasuke con molestia—. Probablemente, más adelante, encuentres la manera de mantener una relación con ella.

Sin intención de mirarlo, Itachi se quitó la camiseta lanzándola al suelo junto al uniforme táctico.

—No voy a convertirla en mi amante— gruñó con aspereza y siguió en voz baja; la furia tiñendo sus ojos—.Izumi merece más que eso.

Sasuke contuvo un bufido exasperado.

—Tampoco merece ponerla en peligro. Lo que estás haciendo no va a terminar bien, ambos lo sabemos.

Una punzada de pánico atravesó las sienes de Itachi. Giró en redondo, inhábil a contemplar a su hermano a la cara.

El aclamado genio del Clan Uchiha era un hombre demasiado reservado, incluso para su propio bien. Sasuke sabía que, si continuaba señalando obviedades, Itachi se cerraría de banda y no le contaría la verdadera razón de su desaparición. Era mejor no crearle recelos; así se le haría más fácil tomarlo con la guardia baja.

No sabía nada. A veces le parecía increíble que pudiera querer tanto a quien se negaba a compartir con él cualquiera de las cosas que los hermanos compartían: cuáles eran sus miedos, sus anhelos, por quién se sentía atraído o las mortificaciones y tristezas de su vida diaria.

—Tal vez te cueste comprenderlo en este momento, pero no puedo dejarla— Itachi parecía cansado—.Realmente la amo— confesó.

Sasuke se sintió de pronto muy desgraciado imaginándose a Itachi siguiendo las normas impuestas por su padre al pie de la letra.

En eso tenía un punto. A sus veintitrés años, Uchiha Sasuke no había establecido ningún tipo de conexión romántica con alguna persona dentro de la aldea, al menos no de esa manera. Había conocido a unas cuantas chicas en el pasado, recordaba muy poco de ella. Los detalles de sus rostros o la silueta de su cuerpo eran sombras confusas en su memoria, nada claro. Estaba tan enfrascado en su vida militar que dejo de lado la personal.

Enervado, el mayor de los Uchiha tomó asiento al borde de la cama, aún sin encarar a Sasuke; colocó ambos codos en sus muslos y clavó la oscura mirada en el suelo, contemplativo.

—Los humanos cumplen con su deber cuando no hay costo— dijo él por lo bajo—. El honor llega fácil ahí, pero tarde o temprano, en la vida de todos llega el día en el que nos vemos atrapados en este dilema, el día en que debes elegir— agregó con firmeza—. El amor es la muerte del deber.

Sasuke arqueó una ceja, confundido.

Escucharlo hablar de esa manera resultaba, sin lugar a dudas, extraño.

Luego de una inquietante pausa, el menor le otorgó una respuesta;

—Desde mi punto de vista, en ocasiones el amor es más poderoso que la razón— se jactó Sasuke, queriendo dar punto final a esa conversación.— El deber es la muerte del amor— rebatió.

Itachi le miró con ojos bondadosos. Pero en su mirada amistosa y afectuosa estaba también la conciencia de su propia superioridad.

—¿Qué harás el día en que debas elegir entre el honor y el deber?— quiso saber. En su rostro cansado se dibujó una mueca de sugerente diversión. Claramente estaba disfrutando el debate, era la primera vez que ambos compartían su punto de vista sobre un tema del que habitualmente no se hablaba en la aldea.

—Haría lo correcto— contestó sin demoras.

Itachi sonrió.

—En ese caso eres un hombre entre cien— apuntó en un susurro.

Itachi, diciendo eso era aún menos parecido al implacable soldado que imponía respeto. Cada músculo de su delgado y pálido rostro vibraba con nerviosa agitación; los ojos en los que antes parecía extinguida la chispa vital, irradiaban ahora un brillante y claro resplandor. Era evidente que toda su falta de vitalidad habitual se tonaba en energía en ese momento de casi enfermiza irritación.

—Será mejor que vaya a tomar un baño— dijo Itachi con un suspiro levantándose.

La charla por fin había llegado a su fin. Tan pronto como ambos cruzaran el umbral de la puerta, condenarían al olvido aquel ínfimo momento de intimidad.

Con paso cansado, Itachi caminó hacia la entrada de la habitación; sus movimientos eran lentos, delicados.

Sasuke emuló sus pasos, luchando con la molestia. Iba a dirigirse a su habitación sin decir nada más, pero Itachi lo obligó a detenerse en seco.

—Por cierto… debes ser mas cuidadoso— le advirtió—. No puedes ir por ahí preguntando por Sakura a cualquier persona que se encuentre a tu alrededor, podrías levantar sospechas.

Negar tal acusación sería ingenuo y estúpido de su parte. Ese tipo de comportamiento no pasaba desapercibido, mucho menos cuando involucraba al hijo del General y a una criminal de guerra

Cómo si fuese capaz de leer sus pensamientos, Itachi agregó:

—Obito lo mencionó ayer, está al tanto de tus movimientos— aquello no sonaba como una amenaza, al menos no explicita, Itachi sólo pretendía hacer énfasis en la delicadeza del asunto—.Se más discreto. Puede que Sakura te genere cierta fascinación, pero no vale la pena ponerla en peligro con el objetivo de encontrar respuestas.

Sasuke estrujó los puños a lado de su cuerpo y, sin decir nada, abandonó la habitación.


Aquella era la primera vez en su vida que vestía un kimono de seda; era azul fuerte, con un estampado de hojas de hierba alrededor del bajo y flores amarrillas en las mangas y el cuerpo.

Tal como lo había predicho Mikoto, la ostentosa pieza se ajustaba a su cuerpo a la perfección.

Ahora que lo recordaba, su madre poseía una colección de bonitos Kimonos, no tan lujosos ni tan amplia como la del esposo del General. Mebuki se vio obligada a venderlos porque necesitaban dinero; ambas consiguieron subsistir en el periodo de guerra gracias a la venta de las joyas familiares.

Aprobó la caricia firme del corte al bies de la seda de la enagua al mismo tiempo que arrugaba el entrecejo. La mirada pública del espejo le revelaba a una mujer que se dirigía a un entierro, a una joven, además, austera y triste, cuyo caparazón negro presentaba afinidades con alguna clase de insecto prisionero en una caja de cerillas.

Con más resignación que ira o pánico, ocultó el llamativo bloqueador de chakra bajo la cortina de cabello rosado que caía a los costados de su cabeza.

Esa noche se convertiría en cómplice de los Uchiha; se presentaría ante los invitados como una prisionera de guerra redimida, después de todo, ella era la prueba viviente de la misericordia del General, su relato podría conseguirle una serie de alianzas que dejarían en desventaja a la facción Insurgente a la que antes pertenecía.

Dimitida, apartó la mirada del espejo y caminó hacia el vestíbulo, recorrió el pasillo de baldosas a cuadros que llevaba a la sala principal. Penetró en una nube donde rostros incorpóreos colgaban a distintas alturas, como bocetos en el cuaderno de un artista.

El salón se iba llenando poco a poco. Acudió lo más selecto de la nueva aristocracia creada por Fugaku Uchiha, las personas más dispares en edad y carácter, pero iguales por la sociedad en la que vivían; asistió el Comandante Uchiha Inabi, mano derecha y consejero de Fugaku; próxima Tsuchikage, Kurotsuchi y una serie de diplomáticos ataviados en elegantes trajes en una calurosa noche de verano.

Caminó con pasos renqueantes al extremo de la habitación. No quería estar allí. Por un largo minuto, permaneció de pie, cerca de la puerta. Nada se le antojaba menos que continuar con esa farsa. Algunas personas no ocultaban el desprecio en sus miradas y, otras tantas, se mostraban curiosas ante la presencia de un ser tan extraño e irreal como ella.

Los Uchiha estaban al tanto de su historial como prisionera de guerra, por esa razón, ninguno se inmutaba en vislumbrarla con displicencia, después de todo, ante la ideología de su nuevo General, los soldados del Régimen en un intento desesperado por salvar su honor y dar muestra postrera de valor recurrían al suicidio: el deber era morir antes que aceptar la rendición.

El caso de Sakura era distinto; el escuadrón de búsqueda y captura consiguió alcanzarla en la frontera, antes de que ella pudiese salir corriendo en dirección a la base, donde los refuerzos aguardaban. Había presenciado la muerte de sus compañeros, experimentó la pérdida de su mejor amigo. Ahora que lo pensaba, tal vez el suicidio no habría sido una mala idea.

La kunoichi estaba nerviosa. Necesitó insuflarse de valor incluso para arrastrar sus pies por el pasillo, desplazarse por la estancia para entrar al salón y, ahora mismo, se sentía como una niña aterrada; sin saber si debería o no, adentrarse en el tumulto de invitados.

Ofuscada, sus fanales esmeraldas recayeron en las puertaventanas abiertas, encuadraban el cielo verdoso, y contra él, siluetados a cierta distancia, la cabeza y hombros familiares de Sasuke Uchiha.

Debido a su condición, la pelirosa no demoró en deducir que, probablemente, Ino también se encontraba allí.

Escaneó la habitación con la mirada, procurando obtener un atisbo de la melena rubia platinada. Por lo que había contemplado aquella vez en el hospital, su mejor amiga consiguió escalar en el escalafón militar de los Uchiha aún en su posición de prisionera. Sabía que las habilidades de la Yamanaka eran preciadas para el Régimen a la hora de la batalla, lo habían sido para la Insurgencia una vez que Inoichi falleció.

—¿Cómo va tu día?— murmuró Itachi; la voz serena.

Sakura lo observó por el rabillo del ojo. Al igual que Sasuke, el próximo heredero iba ataviado con un traje oscuro confeccionado a la medida; la tela se ajustaba perfectamente a su cuerpo delgado, resaltando la musculatura y físico dignos de un guerrero de élite. En el saco se apreciaban las distintas insignias coleccionadas a lo largo de su carrera militar, sin embargo, a diferencia de los otros comandantes, Itachi no encontraba orgullo alguno en tales emblemas, tan sólo se trataba de objetos decorativos.

—Bien— respondió en voz tan baja como se lo permitía el ardiente furor instalado en su pecho desde su arribo a la habitación, queriendo más que ninguna otra cosa en el mundo, salir corriendo de allí lo más pronto posible—.¿Cómo estas tu?

Oyó el suave tintineo de las medallas.

—Después de la sesión, de maravilla— espetó.

La mirada de Itachi se desvió de su rostro, encontrándose con una chica al otro extremo del salón.

Percatándose del escrutinio, la alegre chica le ofreció una sonrisa tímida; sus mejillas habían adquirido un bonito color bermellón a causa del sonrojo. En respuesta, las comisuras de los labios de Itachi se curvaron ligeramente, emulando el gesto con menor efusividad.

El primer pensamiento que pasó por la cabeza de Sakura al presenciar tal acto de complicidad fue: «Probablemente se trate de una amiga».

El segundo fue: «¿El amor puede llevarnos a cometer locuras?». Pese al miedo que la embargaba, sentía también admiración. La puesta en escena había sido digna de un genio del teatro.

—Ese kimono te sienta bien— comentó antes de darle un sorbo a su trago.

—Gracias, tu madre me lo presto— dijo con voz más tensa de lo que habría querido.

Pese a que ambos mantenían una conversación, la atención absoluta e indivisible de Itachi yacía en la linda kunoichi de melena castaña, con el rostro en forma de corazón y la sonrisa tímida.

En la guerra no había cabida para el amor. Lamentaba que en la historia de todos hubiese tanto dolor.

Al cabo de un par de segundos, los instintos de la Kunoichi respondieron , sintiendo los latidos de su corazón sobre la piel y un cosquilleo eléctrico por toda su espina dorsal justo antes de encontrarse con los ojos de Sasuke mirándole fijamente desde el otro lado del salón.

No lo había visto desde el medio día. Luego de la discusión en el hospital, ambos se habían evitado de forma espectacular, no obstante, ese acto de evasivas solo incrementaba sus pensamientos hacia él.

Gracias al cielo, un tirón a la manga del kimono la obligó a recobrar el juicio y centrarla en la velada.

—El General quiere verte— le anunció Suzume en un susurro, lo suficientemente cerca del oído para que nadie más pudiese escucharlas.

La kunoichi mantuvo la mirada fija en Sasuke, pero luego la desvió a la par que mordía su labio inferior en un acto de nerviosismo fundamentado.

—En seguida iré— replicó con calma—. Si me disculpas— se dirigió a Itachi, realizando una torpe reverencia.

Siguió de cerca a Suzume hasta cruzar el salón y penetrar un oscuro pasillo lejos del barullo de la velada.

El tictac del reloj que colgaba en la pared sonaba al compas del péndulo; sus pies, calzados con pulcras sandalias, seguían el ritmo de su corazón.

Al llegar a la puerta de la oficina, aguardó en la galería, lavada, cepillada, alimentada, como un cerdo que se entrega como premio.

Su acompañante alisó con las manos la falda de su Yukata, carraspeó un poco para aclararse la garganta y con un firme golpe a la madera llamó a la puerta.

El murmullo de las voces apagadas al otro lado de la habitación se extinguió por completo y, un segundo después, el General admitió la entrada de la Kunoichi con ese tono tan solemne que lo caracterizaba.

El cuarto de reuniones de Fugaku era apagado y simétrico; esa era una de las formas que adoptaba el dinero una vez se congelaba. Las diversas superficies se presentaban así misma mudamente: la tela negruzca de las cortinas echadas, la opacidad de la sillas, la alfombra desgastada, el cuero suave del asiento del General.

Al adentrarse, la oficina estaba abarrotada. Todos los ojos estaban fijos en ella.

«La mitad de ellos querría ahorcarme al momento. La otra mitad puede que se limite a mirar hacia otro lado», pensó.

Al echar un vistazo por el rabillo del ojo, la primera en entrar en su campo de visión fue la Mizukage Mei Terumi; se ubicaba de pie en medio de la sala, sonriente, luciendo arrebatadoramente hermosa con aquel vestido negro de seda que parecía alabar cada curva de su cuerpo. A su lado, los emisarios de Amegakure yacían de pie, exponiendo la perfecta postura de un shinobi entrenado para la batalla. Con solo observarles, podía imaginarse que llevaban en esa posición desde el inicio de la velada, lo cual se resumía a más de una hora sin mover un solo músculo. Cerca de ellos, Kurotsuchi reposaba en una de las sillas, portando con orgullo el bonito cheomsang rojo con detalles dorados.

Sakura se percató de la presencia de Fugaku detrás de ella: el peso de su mano cayó en su hombro de manera delicada, casi antinatural. Contuvo el impulso de dar un respingo, estaba aterrada, nerviosa hasta la médula, un paso en falso y acabaría suspendida de un muro.

—Con su permiso, me gustaría presentarles a Haruno Sakura— dijo dejando las palabras suspendidas en el aire

Utilizando toda la fuerza de voluntad en ciernes, la aludida se situó al centro de la sala y realizó una reverencia en señal de respeto. Un vacío aplastante hizo mella en la boca de su estómago.

—Es un placer conocerte— se apresuró a rebatir la Mizukage—.Había escuchado hablar sobre los Aganawa re, pero nunca vi uno en persona.

La kunoichi acarreaba un sinfín de etiquetas y pronombres que la identificaban y le otorgaban un lugar dentro de la sociedad. Aganawa re era el oficial; dicho termino se le confería a todos esos prisioneros de guerra que en la actualidad servían al régimen como leales soldados. Se trataban de casos especiales, más no extraños. Ino era una de ellos. De acuerdo con las hazañas realizadas, los Uchiha sometían a discusión el caso, si lo consideraban apropiado, el criminal pasaba a formar parte del estrato más bajo de la sociedad, así como el del escalafón militar.

Para los Uchiha significaba redención, pero en la Insurgencia se le llamaba traición.

Mei avanzó hasta una de las sillas, dejando caer el cuerpo grácilmente.

—Sin embargo, aun me resulta complejo distinguir los rumores de los hechos— comentó, arrugando ligeramente el entrecejo.

—Es por esa razón que estaría encantado de establecer un dialogo entre aldeas— concedió el General, procurando intercalar la mirada entre los ahí presentes.

El silencio se interpuso en la sala y el chico de cabello blanco, Darui, se apresuró a tomar la palabra luego de dar un sorbo a su bebida y carraspear para aclararse la garganta.

—Eras aprendiz de Tsunade Senju ¿no es así?

Al escuchar el nombre de su maestra, Sakura tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para mantener la compostura.

Nerviosa, alzó los ojos para mirar al General, quizás buscando una señal que le permitiera continuar, algún indicio de lo que debía decir, después de todo, aquella tarde cuando Mikoto le entregó el Kimono prometió hablar con sensatez.

—Solía hacerlo, antes de unirme a los Uchiha— dijo con voz más tensa de lo que habría querido.

Fugaku asintió, complacido.

—Ahora se encuentra en una posición privilegiada— su expresión era implacable.

Divertida, Kurotsuchi se removió en su asiento al mismo tiempo que reposaba los oscuros orbes que llevaba como ojos sobre el rostro sereno de la pelirosa.

—Me gustaría saber más de esa posición privilegiada— enarcó una ceja—. ¿Tu elegiste unirte a los Uchiha? ¿Traicionaste a la Insurgencia?

En ese instante, Sakura deseaba dar media vuelta y regresar a su habitación, recluirse en la intimidad del armario y alejarse de la realidad. Nada se le antojaba más que escapar antes de enfrentar a sus antiguos compañeros de batalla y meterse en problemas a causa del inclemente clan. Pero no podía hacerlo. Ahora estaba inmersa en esa situación, conseguir alianzas, disipar los castigos económicos, atacar al grupo que la había acogido luego de escapar de la aldea.

Quería evaporarse y salir de ahí en cuanto antes. Acabar con esa misión a la que le habían arrastrado en contra de su voluntad y buen juicio.

—Si, lo hice— respondió Sakura enfrentándose a ella con calma.

Fue incapaz de precisar si Kurotsuchi confió en su respuesta, se encontraba lo suficientemente ansiosa para leer la situación; el corazón le golpeaba el pecho con fuerza y sus piernas temblaban a causa del miedo. Tenía la certeza de que, una vez finalizada la reunión, acabaría rompiendo en llanto.

—Es un sacrificio enorme— remarcó el compañero de Darui; sus palabras estaban decoradas con un deje de simpatía, tal vez era lastima.

—A los redimidos se les da la oportunidad de pagar por sus fallas sirviendo al Régimen— explicó el General—. Se les permite reintegrarse a la sociedad, formar parte de nosotros. Sakura sabe cuanto apreciamos ese sacrificio.

Mentiría si decía que no estaba asustada, porque lo estaba y mucho. Pero una parte de su espíritu se mostraba reacia a sucumbir a estos deseos negativos, esos que amenazaban con quebrarla y hacerle perder la cordura. No podía perderse a si misma de esa manera, no iba a permitirlo.

Antes de que la charla retomara su rumbo, a sus espaldas la puerta de la oficina se abrió de par en par, desvelando la presencia de Mikoto.

La llamada era obligatoria: se supone que la sala de reuniones era territorio de Fugaku, y que ella debía pedir permiso para entrar. Era un detalle insignificante, pero en la mansión Uchiha los detalles insignificantes tenían mucha importancia. Sin embargo, esa noche él ni siquiera tuvo tiempo de hacerla esperar porque, antes de que pudiese pronunciar una palabra, la esbelta figura de la pelinegra ya había entrado. Quizás simplemente olvido el protocolo, o tal vez lo hizo deliberadamente.

—La cena comenzará pronto— anunció con disimulada algarabía, apegándose a su papel de esposa abnegada a la perfección.

Todos en la mansión Uchiha tenían una encomienda para la velada, cada uno de ellos cumplía un rol fundamental para conseguir una serie de objetivos que, desde hace mucho tiempo no eran nada más que golpes directos al Régimen.

Los modales del General esa noche, a diferencia a los de otro día, eran suaves, sus ojos negros se mostraban reservados, falsamente inofensivos. Echó un vistazo por la sala apañándoselas para parecer desconcertado, como si no pudiera recordar exactamente los motivos de la presencia de Sakura. Como si fuese algo que había heredado y no supiera que hacer con ella. Ni para que servía.

—No los hagamos demorar más— inclinó la cabeza en dirección a Mikoto, quien no emitía ni un solo sonido.

Uno a uno los invitados dirigieron el andar hacia la puerta. Las negociaciones podrían proseguir después de la cena.

—Realmente fue un honor conocerte— dijo uno de los emisarios de Amegakure ignorando por completo la mirada cautelosa de Fugaku.

—Gracias por la conversación y por brindarnos parte de tu tiempo— agregó Mei Terumi poco después de unirse a la pequeña congregación; la expresión de alegría poco a poco se transformó en una de consternación—. ¿Puedo hacerte una pregunta?, tal vez es muy personal, pero elegiste una vida difícil y no puedo evitar cuestionármelo… ¿Eres feliz?

Sakura apreció como el corazón le falló en un latido cuando las palabras de la Mizukage alcanzaron sus oídos. El tiempo dejó de pasar y cuando retomó la marcha lo hizo de una forma tan vertiginosa que la cabeza de la kunoichi empezó a zumbar; el piso bajo sus pies a tambalearse. Ahogada, boqueó intentando absorber aire, pero sus pulmones no le respondieron.

—He encontrado la felicidad— Sakura respiró profundamente.

Percibió la bilis subir por su garganta, la forma en que su estómago se retorcía y los brazos temblaban a ambos lados de su cuerpo. Se sentía enferma, como si en cualquier momento su cuerpo fuese a consumirse por el calor que emanaba su piel.

Ajena a lo que sucedía en la mente de la pelirosa, Mei la miró de soslayo y esbozó una sonrisa deliberadamente fingida.

—Me alegra escuchar eso— resopló poco antes de marcharse.


Se quedó en medio de la habitación durante un minuto o dos. El corazón le palpitaba violentamente en los oídos, ensordeciéndola.

El pecho le ardía y, en un acto reflejo, cubrió su boca con la mano derecha en un intento por controlar las lagrimas que amenazaban con salir. Estrujó los parpados con fuerza e hizo un esfuerzo sobrehumano para no romper en llanto.

Moría por tener a Naruto a su lado. Deseaba que alguien la abrazara y pronunciara su nombre. Quería ser valorada de un modo en que ahora nadie lo hacia, anhelaba ser algo más que valiosa. Repitió su nombre una y otra vez, recordándose a si misma, lo que, hacia antes, y cómo la veían los demás.

Cuando consiguió calmarse, abandonó la sala de reuniones y regresó al abarrotado salón. Los invitados empezaban a desplazarse hacia el elegante comedor, la cena comenzaría pronto y con ella, las risas y conversaciones proseguirían. La música resonaba fuerte y el vino fluía. Los invitados estaban tan absortos en sus propios asuntos que ni siquiera notaron su regreso.

Se situó en una esquina de la habitación comportándose como una sombra esquiva. Tenía los hombros tensos, los ojos le ardían y las piernas le temblaban. Tan pronto como el último invitado se precipitará al comedor acudiría a su habitación, se despojaría del kimono y ocultaría su cuerpo bajo las sábanas.

El sonido del shamisen retumbaba, retumbaba y retumbaba, y las sienes de Sakura latían a su ritmo. Los shakuhachi gorgojaban en la galería de los músicos, al fondo de la sala. Los sonidos rebotaban en las paredes mientras los invitados bebían y reían. El calor y el ruido le estaban dando náuseas.

Uno de los meseros se aproximo a ella para ofrecerle un trago. ¿Desde hace cuanto no bebía? Probablemente un par de meses antes de su captura. Recordaba a la perfección haber robado uno de los sakes más selectos de su maestra para compartirlo al calor de una fogata con Naruto, Shikamaru, Ino y Kiba. El castigo no fue severo, pero si la resaca y el malestar al día siguiente.

Con aquel pensamiento en mente bebió un sorbito de sake. «Dentro de unas horas habrá pasado lo peor». Si quería sobrevivir en ese lugar necesitaba crear alianzas, pero ¿con quien? ¿Sasuke por supuesto que no. El menor de los hijos del General era un beatillo devoto al Régimen, jamás se atrevería a ir en contra de su padre, lo mismo iba para Itachi. La relación con él se limitaba a interacciones cortas e impersonales.

Sus ojos viajaron por la estancia hasta recaer en Mikoto, quien charlaba alegremente con otras dos damas, mientras Fugaku se veía envuelto en otra conversación con Itachi y Shisui.

Entonces volvió a verla, Ino. Estaba de pie con otras dos mujeres, no muy lejos de ella. Tal como sucedió la primera vez, la mirada cerúlea de la Yamanaka se desliza sobre ello como si no fuera más que un objeto decorativo, otra silla. Seguramente volvería a echar un vistazo, lo deseaba con todas sus fuerzas, debía notarla antes de que algún diplomático se acercara a ella, antes de desaparecer.

Sin embargo, antes de darse por vencida, sus ojos se fijan en ella. La ven. Sabe que es mejor no reaccionar.

Se contemplaron fijamente, con rostro inexpresivo y apático. La rubia hizo un leve movimiento con la cabeza, una ligera sacudida a la derecha. Tomó su copa medio vaciá llevándola hasta su boca para beber los remanentes de licor de un solo trago, dejando la mano suspendida un momento en el aire, los cinco dedos estirados. En un abrir y cerrar de ojos se vuelve de espaldas.

Su antigua señal. Tenía cinco minutos para alcanzarla en el pasillo, en algún sitio que debía estar en alguna parte a su derecha.

Miró a su alrededor: ni rastros de habitación alguna para recluirse un instante. No podía arriesgarse a caminar sin rumbo fijo. No conocía lo suficiente, no estaba al tanto, la gente lo notaria de inmediato.

La kunoichi cruzó la sala con paso vacilante. Al llegar al umbral de la puerta, sus piernas temblorosas la obligaron a tambalear. Varios de los invitados posaron la atención en ella, supuso que era con más asombro que curiosidad.

Sin embargo, lejos de detenerse y con el corazón latiéndole en la boca del estomago, prosiguió con su camino hasta encontrar una habitación cercana. El cuarto estaba oscuro y era lo suficientemente pequeño para resguardar a dos personas. Con las manos trémulas, tanteó la superficie de la pared hasta encontrar el apagador, presionó el botón y la luz tintineante y amarillenta del viejo foco bañó cada rincón.

No supo precisar cuanto tiempo transcurrió, pero tenía la impresión de que habían pasado siglos desde el instante en que sus miradas se cruzaron hasta el momento en el que ella apareció en la alcoba, apresurada, cerrando la puerta detrás de ella.

Ambas se miraron de hito en hito durante varios segundos, sin decir una palabra. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada que decir La luz le hacia daño en los ojos y le impedía captar su expresión exacta.

En un parpadeo, ambas acudieron a buscarse en un abrazo desesperado. Sakura rodeó su cuerpo con fuerza, asegurándose de que eso no se trataba de un sueño, aquello era real, Ino era real. El sonido de los sollozos alcanzó sus oídos, hasta el momento no se había percatado que las lágrimas humedecían sus mejillas; la rubia continúo llorando en silencio, temblando entre sus brazos. Notó la humedad en su hombro, la tela quedo empapada de las lagrimas y cálido aliento. Los diez dedos de Ino recorrían su espalda como si buscaran algo. Mientras sostenía su cuerpo con la mano izquierda, le acariciaba el pelo liso y suave con la derecha. Permanecieron en esa posición mucho rato, esperando a que su llanto cesara.

—No puedo creer que estés aquí— dijo con la voz entrecortada acunando el rostro enrojecido de la pelirosa entre sus manos.

—Estás viva— recitó Sakura, más para si misma. Había soñado con ese momento una infinidad de veces—. Kiba dijo que habías muerto— agregó.

Una sonrisa estiró los labios de la Yamanaka.

—¿En serio le creíste a ese maldito lunático?

Ambas rieron.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí?— preguntó Ino por fin—. No es que no sea fantástico verte, pero no es fantástico para ti. ¿Qué error cometiste?

Sakura miró al techo.

—Sólo estoy realizando una misión para los Uchiha— se limpió los ojos cuidadosamente con los dedos—. Estoy aquí transitoriamente.

Ino asintió con la cabeza.

—¿Estás bien?— quiso saber, necesitaba asegurarse del bienestar de Ino antes de marcharse.

—Fantástica— replicó, apartando ambas manos del rostro de Sakura. Sabía que mentía, pero no indagaría en eso—. ¿Cómo te encuentras? ¿Los Uchiha son amables contigo?

Sakura suspiró.

—Olvidate de ellos un momento ¿sí?, solo estoy interesada en ti, quiero que me cuentes todo.

La rubia se encogió de hombros.

—¿Qué importancia tiene?— comentó.

Pero Ino era más inteligente que eso y sabia lo que significaba, de modo que comenzó su relato.

—Seguimos la ruta tal como lo establecimos antes de la misión. Dos miembros del grupo nos traicionaron, trabajaban en conjunto con los Uchiha. Al día siguiente nos emboscaron— su rostro se ensombreció al recordarlo—. Logré escapar, pero no conseguí llegar muy lejos. Estaba agotada de tanto caminar, no había comido nada durante días.

»Me mantuvieron cautiva unos cuantos días mientras decidían mi destino. Al finalizar el interrogatorio me ofrecieron ir a los campos de trabajo forzado o trabajar para ellos. Solo una tonta elegiría los campos. Quiero decir que no soy ninguna mártir, pero ¿Qué habrías hecho tu en mi lugar?

Volvió la mirada hacia Sakura.

—Y aquí estoy— dijo encogiéndose de hombros—. Me dieron un pequeño apartamento en el centro, a cambio de eso realizo los interrogatorios de los nuevos prisioneros, ya sabes. Viviré más tiempo antes de que toda esa mierda acabe conmigo.

—Ino— sonó asombrada—. No hablas en serio. Encontrare la manera de sacarte de aquí ¿estas de acuerdo?

Lo que percibía en su voz era indiferencia, falta de voluntad. ¿Realmente habían logrado hacerle eso a ella? ¿quitarle la esperanza? No obstante ¿cómo podía pretender que lo lograra, que aun respondiera a su idea de ella como una persona valiente, que sobreviviría, si ella misma no era capaz de hacerlo?

En definitiva, detestaba que Ino fuese así: darse por vencida, resignarse. A eso quedaron reducidas. Pero esperaba valor, bravuconería, heroísmo, autosuficiencia: todo aquello de lo que ella carecía.

Ino la contempló sin emoción en los ojos: aquel par de orbes cerúleos lucían vacíos, muertos.

—Sabes cual es la única forma de salir de aquí— soltó—. En una bolsa con los pies por delante. Punto. Olvidate de escapar, nadie sale de este lugar. Ambas estamos solas.

Tal vez Ino tenía razón, lo mejor era resistir. Probablemente su amiga haría una vida en ese sitio, conocería a alguien, se casaría y formaría una familia, trabajaría varios años para los Uchiha hasta conseguir la paz y estabilidad que tanto anhelaba. En cambio, ella regresaría a los campos, eso en caso de que consiguiera salvar a Itachi, de lo contrario acabaría cumpliendo su condena de muerte.

—Deberías irte ya— comentó Ino, resignada.

Sakura se mostró de acuerdo, pero antes de dejarla marchar, la abrazó con fuerza.

—Te quiero— susurró en su oído.

—Yo también, Sakura, un montón.


La velada llegaba a su fin. Los invitados comenzaban a marcharse uno a uno. Poco a poco, las conversaciones y las risas se iban extinguiendo, dejando una estela de nostalgia indescriptible.

Luego de su encuentro con Ino, Sakura estaba demasiado inquieta para regresar a su habitación. Necesitaba poner las cosas en perspectiva, analizarlas minuciosamente hasta que su mente dejara de dirigirla a la fatídica conclusión de siempre.

Sentada en las escalinatas del porche, miró al cielo por la fuerza de la costumbre, pero no había nada que ver allí.

No iba a darse por vencida. Tan pronto como abandonó la intimidad de aquella diminuta habitación, se prometió a si misma buscar una solución, alternativas. Ayudaría a Ino a salir de allí, aun si eso implicaba sacrificar su propia vida.

Desvió la mirada del firmamento, encontrándose con la figura de Itachi en un punto lejano del jardín, bajo el viejo y grande sauce. Le tomó un minuto percatarse que el heredero del General estaba acompañado, a su lado, la linda chica que había vislumbrado en el salón reclinaba el rostro sobre el hombro del pelinegro.

Aun en las penumbras, la faz de Itachi lucia visiblemente cansada, pero en paz, colmada de una tranquilidad inusual. La joven emanaba un aura cálida y embriagadora, tan magnética que cualquiera quedaría prendado a ella.

Una extraña sensación la hizo tensar los músculos; la punzada de advertencia atravesó su cabeza hasta alojarse de manera dolorosa en su nuca. El sonido de una cuarta persona le hizo saber que no estaba sola. Sus ojos esmeralda se levaron hacia el recién llegado que recargaba su peso contra uno de los pilares; los brazos cruzados a la altura del pecho y la mirada enfocada en el mismo cuadro que minutos atrás contemplaba.

Los dos guardaron silencio. Desde su asiento, Sakura solo pudo admirar como los hombros del azabache subían y bajaban en respiraciones profundas; se había despojado del saco, llevaba la camisa remangada hasta los codos y el cuello desabotonado, permitiéndole apreciar la longitud de su cuello, la forma en que sus músculos se tensaban con cada movimiento, la piel nacarada que recubría sus marcadas clavículas.

—Luces cansado— señaló apartando la mirada.

Por un instante se arrepintió de vociferar palabra. No era como si ambos mantuvieran una relación cercana. Sus interacciones siempre eran hostiles, dejándole el claro la posición de ambos en esa dinámica de poder.

—Toda esta mierda llegó a su fin, al menos podemos dejar de fingir— Sasuke la observó con cuidado, estudiando su perfil de la misma manera en que ella lo hacia minutos atrás.

Lo que tomó por sorpresa a la kunoichi no fue la acidez en sus palabras, sino la sinceridad de las mismas.

Sakura soltó un suspiro lánguido y pausado.

—Ese Kimono…— comenzó a decir. Sasuke sostuvo su mirada con la de ella. Las oración quedó suspendida en el aire, inconclusa.

—Tu madre me lo prestó— aclaró con un ligero carraspeo regresando la vista hacia la efigie de los jóvenes enamorados bajo el árbol—. Jugué mi parte a la perfección ¿no es asi?

Sasuke esbozó una sonrisa media, divertido.

—Como todos en esta casa— resopló.

Itachi contempló a su acompañante a la par que tomaba su mejilla y atraía su rostro para sellar la distancia con un casto beso.

Sakura notó como su corazón daba un vuelco. Aquello era mágico, encantador, pero muy en el fondo sabía que no seria duradero, esperaba estar equivocada.

—¿Quién es ella?— preguntó con un hilo de voz.

—Izumi— respondió Sasuke sin animosidad en la voz.

—¿Es novia de Itachi?

—Algo por el estilo— se encogió de hombros—. Ambos son amigos de la infancia.

Sakura sonrió.

–Desde donde lo veo yo parecen ser más que eso.

El ver esa escena provocó que todo dentro de ella comenzara a vibrar.

Los hombros del Uchiha se encogieron.

—Itachi nunca lo ha oficializado— espetó.

La kunoichi frunció el entrecejo con ahínco.

—¿Por qué no?— quiso saber. Aquello era osado de su parte. Una criminal como ella no podía andar por la vida haciendo ese tipo de cuestionamientos, inmiscuyéndose en la vida de sus captores como si realmente fuese de su incumbencia. Sin embargo, a Sasuke no parecía importarle.

Por lo que pareció ser un minuto entero, ninguno se movió. Intercambiaron miradas indescifrables bajo la luz mortecina de la luna menguante.

—Algún día Itachi tomara las riendas del clan— dijo en un susurro, manteniendo el profundo contacto que intercambiaban—. Izumi no está incluida en ese plan de vida. Ella proviene de una rama secundaria, su madre es Uchiha, pero su padre no es shinobi y tampoco pertenece a un clan prestigioso.

—Eso es muy cruel— le interrumpió apartando la mirada él, liberando el aire atrapado en sus pulmones en un fuerte suspiro.

Una sonrisa sardónica estiró los labios de Sasuke.

—Es lo que debe hacer ¿Qué otra hay?

—El amor— afirmó.

El pelinegro la vislumbró con una mirada franca e infantil.

—Enamorarse— repuso.

—El amor no existe— afirmó Sasuke a secas.

—Tal vez para ti, pero no para mi— susurró.

Antes de que Sasuke pudiese continuar con aquel debate, la kunoichi se puso de pie dirigiendo su andar hacia el interior de la mansión.

La lamparilla del vestíbulo estaba encendida y en amplia estancia brillaba una suave luz blanca. Caminó por el pasillo apoyando cuidadosamente un pie, fuego el otro, intentando no hacer ruido, como si se internara en un bosque a hurtadillas, el corazón le latía aceleradamente mientras avanzaba en la oscuridad de la casa.

Por lo que sabía, Fugaku había dirigido a los últimos invitados a la intimidad de su despacho, probablemente se encontraba con sus comandantes discutiendo los pormenores de la velada, estableciendo nuevos objetivos políticos.

Llegó a la cocina; la madera crujió bajo sus pies. Detuvo el paso en seco, esperando a que sus pupilas se dilataran como las de un gato o un búho. Por las rendijas de las cortinas ingresaba el leve resplandor de los reflectores de afuera, donde seguramente los hombres del General hacían ronda.

Avanzó a tientas hasta alcanzar una de las superficies de madera. Alcanzó la jarra con agua y tomó un vaso del estante más cercano. Podía percibir el amargo sabor del licor escocerle la garganta, así que necesitaba disiparlo.

La conversación con Ino había dejado muchas cosas en que pensar. Por el momento, debía encontrar un aliado y después trazaría un plan para escapar, todo esto mientras el tiempo se lo permitiese. Su fecha de expiración arribaría en el instante en que Itachi estuviese completamente curado. Los Uchiha la ejecutarían en el peor de los casos o acabarían enviándola a los campos de trabajo forzado, eso si deseaban mostrarle un poco de misericordia.

No obstante, sus pensamientos se vieron interrumpidos al darse cuenta que en la habitación había alguien más.

Escuchó los pasos, tan sigilosos como los de ella, y el crujido de la madera. La puerta se cerró a sus espaldas con un leve chasquido, impidiendo el paso de la luz.

Petrificada, estrujó el cristal bajo su mano, sopesando si debería encarar al recién arribado o no. Probablemente se trataba de Sasuke, pero eso era imposible.

Por fin oyó un susurro.

—No grites. Todo está bien.

Poco a poco, volvió el cuerpo en dirección al hombre: todo lo que veía por el rabillo del ojo era una silueta y el reflejo apagado de una mejilla pálida.

El hombre dio un paso en dirección a ella. Era uno de los emisarios de Amegakure.

—No era mi intención asustarte— se disculpó—. Tan sólo quería un poco de agua para aclararme la garganta.

El miedo dentro de Sakura dio paso a la sospecha.

Lejos de someter al individuo a un interrogatorio, dispuso su propia bebida sobre la mesa a la par que tomaba otro vaso y se lo extendía al invitado.

—Gracias— dijo con una sonrisa media.

La pelirosa tragó grueso ¿Qué traía entre manos? No tenia ni la más remota idea de lo que pretendía hacer ese shinobi.

—Si me disculpa— dijo ella haciendo un ademan de largarse de allí cuanto antes.

Cuando sus pies estuvieron listos para marcharse y adentrarse en la embriagadora oscuridad de la noche, la voz masculina hizo eco en la habitación hasta colarse entre sus nervios.

—Sakura, quiero ayudarte— susurró colocando una mano sobre su antebrazo.

Ella se detuvo en seco, sintiendo los vellos de su nuca erizarse. Las palabras rasgaron el aire por agonizantes segundos, emulando al ruido de la hoja de una katana hasta ahogar su respiración en una corta y desesperada bocanada de aire.

Entornó la mirada hasta caer en la profundidad de los ojos oscuros de aquel desconocido, cuestionándose si lo que acababa de escuchar era cierto o solo un producto de su imaginación.

—¿Qué quieres decir?— cuestionó con un hilo de voz—. ¿Ayudarme? ¿Qué quieres decir con ayudarme?

—No se donde está tu maestra, pero creo que puedo entregarle un mensaje a tu amigo, Naruto— explicó en un tono casi inaudible.

Sakura parpadeó un puñado de veces antes de responder.

—Eso no puede ser, Naruto esta muerto— espetó categóricamente.

El hombre se limitó a cerrar los ojos.

—Uzumaki Naruto, nacido el diez de octubre en Konohagakure. Hijo de Namikaze Minato y Uzumaki Kushina— espetó a la perfección.

El mundo a su alrededor se perdió en una bruma de caos, siguiendo el inquietante ritmo de su corazón; el órgano daba vuelcos desesperados dentro de su pecho, inmovilizado por el pánico. Boqueó, desesperada mirando fijamente a ese hombre.

—C-cómo…— fue lo único que consiguió tartamudear con los remanentes de oxigeno en sus pulmones, su cerebro trabajaba de manera desordenada.

—Naruto está vivo— le aseguró.

—No — sacudió la cabeza—. Escuche sus gritos…— dijo casi a la defensiva, sin comprender muy bien como había recuperado el habla.

Las voces resonaron al otro lado de la puerta.

—No tenemos mucho tiempo— masculló. De uno de los bolsillos de su saco extrajo un bolígrafo y una pequeña libreta—. Por favor, Sakura, escribe algo, intentare hacerle llegar el mensaje.

Mientras boqueaba, la noticia de que Naruto estaba vivo enturbió sus procesos mentales, reduciendo su capacidad neuronal a niveles realmente mediocres.

Intercaló la mirada entre el shinobi y la libreta, escéptica; por mucho aterrada.

Ignoró las lágrimas que rodaron por sus mejillas mientras las imágenes de aquel pérfido recuerdo se iban diluyendo en su mente, siendo reemplazadas por la figura aparentemente de inerte de su mejor amigo.

Con manos temblorosas tomó la libreta y el bolígrafo. Una lagrima cayó sobre el papel, humedeciéndolo, pero eso no fue impedimento para que ella plasmara un mensaje corto, significativo.

Tan rápido como sus movimientos se lo permitieron, regresó ambos objetos a su dueño. Sin leer el mensaje, el shinobi volvió a resguardarlos en las profundidades de su bolsillo.

—No pierdas la esperanza— le suplicó el shinobi con una sonrisa.

En la oscuridad de la cocina, se apartaron, lentamente, como si una corriente oculta los uniera y al mismo tiempo los separara con igual fuerza.

Envuelta en llanto, el corazón de Sakura dejo de latir en su pecho.

Naruto estaba vivo.

Consiguió escapar.

Estaba a salvo.

Con esos pensamientos en mente, encontró la puerta; hizo girar el pomo sintiendo el frio de la porcelana en los dedos, abriéndola. Era todo lo que podía hacer.

Continuará


N/A: ¡Hola, hola! :3 E

Demoré unos cuantos meses en aparecer, pero espero que la espera haya valido la pena, desde hace mucho tiempo no escribía un capítulo que excediera las 7,000 palabras y esta vez acabé con esa racha.

Por distintas razones el ritmo de publicaciones no es tan constante como a mi me gustaría, además, el desarrollo del fic se torna más complicado a medida que avanzan los capítulos, porque poco a poco le voy dando forma a estos conflictos internos de cada personaje, sin embargo, como saben, agradezco profundamente el apoyo que me muestran con cada review, follow y favorito 3 .

Bueno, dicho esto, pasare a enlistar los eventos más importantes de este capítulo.

1. Naruto está vivo, así es, vivito y coleando. Su adición se verá en los próximos capítulos.

2. La tensión entre Sasuke y Sakura todavía es palpable, pero recuerden, esto es un slow burn, me encanta desarrollar esta dinámica de enemies to lovers, porque independientemente de esta conexión, ambos luchan con sus propios ideales al punto de cuestionar sus posiciones y todo su sistema de creencias.

Creo que es todo por el momento. Una vez más extiendo una disculpa por la inactividad, espero que con el tiempo pueda cambiar esto.

Estoy al pendiente de sus opiniones en los comentarios, ya saben, cualquier duda, hipótesis, sugerencia o reacción son bien recibidos.

Les envió un fuerte abrazo, cuídense mucho.

¡Nos leemos hasta la próxima!