Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripciones explicitas de violencia psicológica y física. Leer bajo su responsabilidad.
Heredera de la Voluntad de Fuego
VIII
La paz reinaba en el interior del invernadero. El olor de las hierbas medicinales impregnaba sus fosas nasales a medida que machacaba las hojas en el mortero hasta formar una pasta parda de aspecto desagradable.
Encontraba aquello, hasta cierto punto, reconfortante. Mikoto Uchiha se había mostrado verdaderamente indulgente al permitirle acceder a su más selecta y exótica colección de plantas resguardadas en el vivero privado de la mansión.
A su alrededor flotaba una fragancia general a la tierra, más propia del bosque, los recipientes que la rodeaban estaban llenos de plantas secas y flores, corteza en polvo y madera. Su inquietud se desvaneció a medida que asimilaba los intensos olores y los separaba uno a uno mentalmente: savia de pino, ceniza de abedul, virutas de cedro. También había ramilletes de hierbas colgados del techo. Respiró hondo y distinguió el olor a almez, rosa rubiginosa y hojas de cerezo negro.
Por un instante se permitió relajarse y sentirse bien. Por desgracia, la sensación fue fugaz, porque enseguida restregó sus manos en el delantal y abandonó la tranquilidad del refugio para emprender el camino de regreso a casa.
A medida que se desplaza por el estrecho camino cubierto por la arboleda masajeó su nuca, tenía los músculos tensos, como si se tratase de una cuerda que estuviese atada de extremo a extremo a punto de romperse. El uso indiscriminado de sus reservas de chakra empezaba a pasar factura y, más pronto que tarde, acabaría dañando sus canales al punto de convertirse en una herramienta obsoleta, perfecta para regresar a los campos de trabajo o cumplir con la condena de muerte. Su cuerpo estaba dañado y no había manera en que los Uchiha supieran eso.
Debía curar a Itachi. No porque estuviese obligada a hacerlo, tampoco estaba motivada por algún impulso altruista. Sus habilidades como ninja medico habían conseguido prolongar la fecha de muerte del primogénito de Fugaku, una vez que consiguiera salvarle la vida también estaría salvando la suya de esa forma podría hilvanar un elaborado plan de escape, buscar una salida.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos al encontrarse en el camino de entrada con Sasuke.
Tragó el nudo de su garganta al ver su torso desnudo. Una ráfaga de pánico irracional la sacudió y se halló desandando el camino que había hecho hasta el momento. Reculó tropezando con una roca y a duras penas consiguió mantener el equilibrio.
Ver a un hombre desnudo no debía ser nuevo para ella, en realidad, la anatomía masculina era tan normal que había contemplado a un centenar de individuos en poca ropa o completamente desnudos, tantos que había perdido la cuenta. Pero Sasuke era diferente. Se sentía cohibida por solo mirarlo, reparó en la firmeza de los músculos planos de su abdomen y los relieves que estos formaban, haciendo difícil la tarea de mantener la compostura. Peor aún, recordaba a la perfección la sensación que sacudió sus sentidos al entremezclar su chakra con el del muchacho, transformando su corazón en un enjambre de latidos desenfrenados. La cercanía desequilibraba su pulso, todo en él la hacía temblar hasta orillarla a una extraña sensación de delirio. Nunca había experimentado nada similar antes y esperaba que, tarde o temprano, tuviese la fuerza de voluntad suficiente para disipar esa extraña sensación de atracción.
La carne era débil. La carne era efímera.
Ajeno totalmente a su dilema, Sasuke echó un vistazo por encima del hombro. No dudaría que al ser un ninja de elite se hubiese percatado de su presencia kilómetros atrás. Sakura no notó el rubor de sus mejillas ni el disparo de su pulso , porque estaba demasiado concentrada en aunar un poco de arrojo cuando la voz varonil del Uchiha retumbó en sus tímpanos:
—¿Qué haces de pie allí?— preguntó.
—Iba de regreso a la casa— carraspeó, haciendo ademan de dar un paso al frente para reanudar la marcha.
Dispuesta a largarse de ahí cuanto antes, caminó tan rápido como sus piernas trémulas y entumecidas se lo permitían. Era increíble los efectos que la simple presencia de Sasuke generaba en su sistema nervioso autónomo.
—¿Quieres entrenar?— cuestionó a bocajarro.
La kunoichi quedó pasmada, no, más bien atónita. . Con el corazón latiéndole al mil, levantó la cabeza, encontrándose con la mirada sonreída del pelinegro, a la par que maniataba el estrés en el fondo de su pecho.
La invitación se le antojaba extraña, incluso impropia. De todas las personas con las que el joven pudiese entretenerse ella era la menos apropiada para desempeñar tal misión.
—No creo que sea buena idea— espetó, recurriendo a lo que le restaba de buen juicio para construir una respuesta concreta, firme.
Con una seriedad abominable, Sasuke espetó:
—¿Acaso tienes miedo?
Las cejas de Sakura se dispararon hacia arriba.
Por supuesto que tenía miedo, estaba aterrada. Habían transcurrido varios años desde su ultimo combate.
—No estoy aquí para entrenar—respondió cohibiéndose en el acto.
—Estas asustada— señaló con una mueca de autosuficiencia decorándole el rostro; una sonrisa arrogante comenzaba a asomarse por la comisura de sus labios.
—N-no— su frente se arrugó de improvisto.
—Entonces ¿por qué no quieres hacerlo?— insistió. Ella tragó grueso—. Prometo que seré cuidadoso.
Los colores se precipitaron hacia el rostro de la pelirosa. Por un instante se sintió más desprotegida ante la mirada de Sasuke.
—¿A qué se debe tanta insistencia?— quiso saber.
—Mi compañero de entrenamiento fue enviado a una misión— explicó con cierto fastidio. Claramente no era un hombre que invirtiera tiempo hablando sobre sus motivaciones y objetivos—. Además debo admitir que estoy intrigado sobre tus habilidades de lucha, después de todo fuiste aprendiz de Tsunade.
Lo había dicho sin ninguna intención de burla, pero Sakura no podía darle crédito.
Más hastiada que motivada, se despojó del delantal y lo colocó en el suelo al mismo tiempo que, paso a paso, se alejaba del Uchiha para colocarse en posición ofensiva.
—Lo haré, pero con una condición— advirtió ella.
—¿Cuál es?
—Solo será Taijutsu.
Los músculos en la mandíbula del chico se tensaron.
—Está bien— resopló.
Ambos se situaron frente a frente.
Por lo que pareció un minuto entero, ninguno se movió. Intercambiaban miradas indescifrables bajo los tenues rayos del sol. El aspecto de Sasuke era claramente el de alguien decidido a cumplir con sus objetivos, pero Sakura no iba a dejarle el camino fácil. Por ese motivo, ella dio el primer golpe.
Tal como lo había vaticinado, sus reflejos estaban atrofiados y sus movimientos eran lentos y predecibles. Estaba fuera de práctica. Sasuke la obliga a pensar con rapidez y esquivarle.
No se necesitaba ser un genio para determinar que el Uchiha llevaba la ventaja, a diferencia de ella, el pelinegro estaba entrenado para matar. Por esa razón los shinobis del clan eran temidos en el campo de batalla, desde pequeños se les instruía en el arte de la guerra para acabar con sus enemigos sin mostrar un ápice de misericordia por ellos.
Con un movimiento limpio, la kunoichi intercambió una serie de golpes en diferentes combinaciones. Hacia un calor húmedo y ambos sudaban a cantaros. La parte superior de su conjunto se le adhería al cuerpo como si se tratase de una segunda piel. Por el contrario, el torso del azabache resplandecía en una fina capa de sudor que aperlaba su piel nívea.
En un parpadeó, Sakura consiguió asestarle un golpe con el codo, directamente en la mandíbula. Sasuke la oteó con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Me diste— llevó dos dedos hasta la zona afectada percatándose que su labio estaba reventado y que de la herida brotaba sangre.
La sensación de triunfó se disipó tan rápido como la sonrisa desapareció de los labios del Uchiha. Con un desplazamiento elegante, se escurrió hacia su izquierda. Estaba preparada para su llegada, pero al final, Sasuke cambió de planes y aprovechando la confusión de la kunoichi, conectó una patada directamente en el pecho, lo suficientemente fuerte para dejarla sin aliento.
Lejos de detenerse, la sometió con el peso de su propio cuerpo, acorralando su torso con ambos muslos a la par que sostenía sus muñecas por encima de la cabeza de Sakura.
—¿Qué demonios…?— bramó ella entre dientes.
La distancia era casi inexistente entre los dos. Los ojos carmesí como la sangre perforaban los suyos.
Su corazón se detuvo de golpe. Con un movimiento más violento del que hubiese querido, colocó ambas manos sobre su pecho desnudo. Jadeaba con desesperación, como si el aire no fuese suficiente para respirar.
El sonido de gritos desgarradores regresó de nuevo a los oídos de Sakura. Sasuke rompió las reglas y ella había caído en el ninjutsu.
A su merced y para asombró de ella, una serie de grotescos recuerdos resurgieron de las profundidades de su mente.
—¡No! ¡Detente!— suplicó la voz en su cabeza. Los sollozos llenaban los pequeños intervalos de silencio.
—Es la única forma— gruñó una voz masculina.
Las suplicas fueron sustituidas por la imagen de un cadáver. El liviano traje azul estaba empapado de sangre; únicamente le quedaba la mitad izquierda de la cabeza y observaba con mirada ausente el techo.
Antes de que Sasuke pudiese reparar con detenimiento en los detalles de la pérfida efigie, la proyección lo traslado a una especie de complejo científico, un recinto amurallado situado en una ubicación desconocida.
—Detente…— masculló Sakura sin más fuerzas.
Se apartó de ella como si sus manos estuviesen directamente en el fuego; las lágrimas rodaban por las mejillas enrojecidas de la pelirosa. Estaba respirando con fuerza.
Sacudido por la culpa, Sasuke se sentía mareado, un nudo creciendo en la boca del estómago. Tras unas nauseabundas arcadas, se oyó el húmedo chapoteo de un vómito salpicando el suelo.
Agitado y asqueado en la misma medida, se limpió los labios con el dorso de la mano. Cuando elevó la vista, la kunoichi parecía estar inmersa en un trance.
—Sakura…— la llamó con voz queda, entrecortada—. Lamento lo que sucedió, yo desearía…
Ella elevó la mirada, no había expresión alguna en su rostro.
—¿Desearías qué?— se volvió hacia Sasuke, encarándole con firmeza. Se restregó el rostro bruscamente en un intento por borrar el rastro del llanto—. ¿Qué desearías?— insistió.
Sasuke había arruinado el encuentro de todas las formas posibles. La sometió al punto de traer a flote y ser testigo de dolorosos recuerdos.
En ese instante lo único que resonaba en su mente eran los gritos desgarradores de la pelirosa, las suplicas, los violentos sollozos.
Bajo el intenso escrutinio de la kunoichi, el pelinegro consiguió ponerse de pie y, sin más, extendió una mano para ayudarla a levantarse.
En su lugar, Sakura echó un vistazo desdeñoso a la mano extendida y, haciendo uso de su voluntad en ciernes, consiguió erguirse. Se sacudió la ropa y emprendió la marcha, dejando al Uchiha completamente solo.
Se había comportado como un verdadero imbécil.
El idiota más grande en toda la faz de la tierra.
Por razones obvias pasó el resto de la tarde inquieto, demasiado ansioso para permanecer recluido en su habitación. Caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, procurando imponer un ápice de sentido a sus pensamientos.
Fue así como abandonó la casa sin anuncio alguno.
En el silencio de aquel atardecer oía el tranquilo murmullo del río abajo mientras contemplaba la incesante transformación de las nubes. Todo era paz y serenidad en aquel momento.
Con las manos en los bolsillos, ignoró el ruido a su alrededor. Dos ninjas de bajo rango, le saludaron con excesivo respeto. Sasuke les devolvió el gesto con una señal formal de la cabeza. Detestaba el reconocimiento y, sin lugar a dudas, odiaba con todas sus fuerzas que la gente se aproximara a él motivada por el miedo. Había experimentado ese privilegio desde que su padre se convirtió en el líder supremo de la aldea. Su simple presencia enfundaba miedo y admiración.
Tratando de no dejarse llevar por ese sentimiento, enfiló el paso hasta el edificio de color gris.
Dejó escapar un suspiro al cruzar las puertas de cristal. Lejos de registrar su visita y con el simple poder que su apellido le confería, se precipitó al pasillo del archivo.
—Uchiha-sama— saludó con sumo nerviosismo el joven que resguardaba la puerta—. ¿Qué puedo hacer por usted?— preguntó.
—Necesito los archivos de la unidad 101— contestó con naturalidad.
El chico tensó los labios.
—¿Trae consigo una orden?— preguntó con cautela.
Sasuke frunció el entrecejo con ahincó. Jamás habría imaginado que precisaría de un documento legal para hurgar en los documentos del Régimen. Naturalmente, los encargados solían atender sus exigencias sin cuestionar.
—El General me envió— replicó a bocajarro. Detestaba conseguir las cosas por la fuerza, pero en ocasiones la posición de su padre era una jugada de la que no podía prescindir.
—En ese caso debo solicitar que me extienda la orden— insistió el muchacho.
Al borde de la impaciencia, el azabache puso los ojos en blanco. Ahora mismo solo podía imaginar todas las maneras en las que podría romperle los huesos al chico. No iba a culparlo, solo hacia su trabajo.
En un parpadeó, acortó la distancia que lo separaba del chico y lo tomó por la solapa de la camisa. Asustado, el joven dejó escapar un alarido de terror.
—Son archivos restringidos, solo los comandantes de alto rango y el General tienen acceso a ellos— intentó razonar con él; el color había abandonado su rostro haciéndolo lucir pálido, enfermizo.
—Es un asunto importante— gruñó entre dientes.
—Con todo respeto, Sasuke-sama, usted no está autorizado— le recordó con severidad.
El joven realizaba un patético esfuerzo por liberarse de su agarre, pero aun así, la inclemencia del Uchiha no amainó.
Al levantar los parpados las aspas negras comenzaron a girar alrededor de su iris, estaba preparado para atacar.
Nervioso, el joven dejó escapar por segunda ocasión un grito ahogado. Probablemente acabaría desmayado antes de ayudarle a Sasuke a conseguir su objetivo, sin embargo, antes de que las cosas se tornaran feas, lo dejó en el suelo.
Con las manos temblorosas, el chico abrió la puerta y lo dirigió al interior de la jaula. Tomó asiento en la silla del único ordenador disponible y tecleó con rapidez el código que permitía el acceso a todos los documentos legales del Régimen.
—Apartate— le ordenó molesto—. Asegurate que nadie más ingrese— añadió. Lo último que necesitaba era que alguien más lo descubriera hurgando en asuntos que sencillamente no eran de su incumbencia.
Se sentó ante el escritorio y accedió al repositorio en el ordenador. Sólo le llevó unos segundos cambiar desde la página principal hasta el sitio privado sobre el proyecto de la Unidad 101. La base de datos estaba magníficamente diseñada y era fácil de usar. Al dar click en la única carpeta una serie de documentos saltó a la vista.
Dio click al primero de ellos. Se trataba del plan de desarrollo de la unidad. El proyecto se llevaría a cabo en la antigua fábrica de armas fundada por el tercer Hokage Hiruzen Sarutobi. Estaba compuesta por un centenar de edificios, repartidos en seis kilómetros cuadrados. El encargado era nada más y nada menos que Orochimaru, líder actual de la unidad de investigación y desarrollo de armamento para el ejército de los Uchiha.
Pacientemente, confiando en que pasaría al menos una hora antes de que alguien más entrase en el archivo, abrió el siguiente documento. En ese informe Orochimaru explicaba con lujo de detalle la función de cada instalación. Detrás de la fachada de la fábrica había un complejo aeródromo, línea férrea, barracones, calabozos, laboratorios, quirófanos y crematorios, cine, bar y un templo sionista.
Daba la impresión de que aquello no era un centro de investigación, sino una zona de uso recreativo para Orochimaru y los demás médicos ninjas involucrados en el proyecto.
«Todos los prisioneros de guerra, gente del pueblo y shinobis de bajo rango serán enviados a la fábrica para ponerla en marcha. El 16 de Agosto arribara el primer campamento con prisioneros, 4000 individuos en total".
Aquello lo hizo arrugar el entrecejo. No le agradaba para nada lo que estaba leyendo.
—¿Qué están ocultando?— susurró Sasuke, como si pudiesen oírlo.
Volvió a aporrear el teclado. En el centro de la pantalla apareció otro documento titulado "Informe 105". Redactado por un médico, el archivo documentaba uno de los tantos experimentos que se realizaban al interior de la fábrica, en el escribía: Les extirpamos los órganos a 50 prisioneros y amputamos ambas piernas y brazos. Entre los sujetos incluimos mujeres de 18 y 19 años. Abrimos el útero para mostrárselo a los reclutas más jóvenes.
Tras leer aquellas líneas, Sasuke se sintió increíblemente mareado y con ganas de vomitar. Pero tragó saliva y consiguió mitiga la náusea.
Mientras continuaba revisando los distintos informes, el pelinegro no pudo evitar cuestionarse si su padre estaría al tanto de todo eso o, mejor dicho, si estaría de acuerdo con tales atrocidades. No le sorprendería que un hombre de la calaña de Orochimaru llevara a cabo ese tipo de experimentos bajo las narices del General.
Deslizó el cursor al apartado de actividades: la carpeta estaba compuesta por evidencia fotográfica de los acontecimientos en el campo, efigies de los inhumanamente llamados sujetos de prueba, niños, ancianos y mujeres embarazadas.
Contuvo la respiración. Por un momento sintió como si estuviese al borde de un precipicio.
A medida que los minutos transcurrían, Sasuke se adentraba en un terreno del que difícilmente podría escapar.
Descubrió que los procedimientos de vivisección se realizaban sin anestesia en prisioneros infectados con diversas enfermedades mientras estaban vivos. Mujeres embarazadas y lactantes eran obligados a participar.
Los prisioneros de guerra sufrían la misma suerte. A ellos se les destinaba a la amputación de extremidades, otras veces eran congelados y descongelados para analizar los efectos de la gangrena. En ocasiones eran requeridos como blancos humanos para probar los explosivos y armas químicas desarrollados por los investigadores.
Apartó la silla del ordenador. Las enseñanzas que se le inculcaron desde niño, todo el honor, el deber, parecía hueco.
Trató en vano de regresar al documento en el computador. Repasó un par de líneas, pero fue en vano. Las palabras proyectadas en la pantalla lucían desdibujadas, sin sentido. La cabeza comenzaba a palpitarle con violencia a la par que sus entrañas se removían.
Ahogó una maldición y formó dos puños al costado de su cuerpo.
—Sasuke-sama… ¿se encuentra bien?
Entornó los ojos, encontrándose al nervioso joven de pie a sus espaldas, consternado.
Lo que sucedía al interior de las instalaciones de la fábrica era una verdadera barbarie. Que Sakura estuviese viva era un verdadero milagro, no obstante, en situaciones como esa la muerte era el mejor aliciente.
Bajo la mirada preocupada del encargado consiguió ponerse de pie. Caminó hacia la puerta y detuvo el pesado andar bajo el umbral.
—No menciones nada sobre mi visita— masculló. Dudaba que el joven fuese lo suficientemente tonto para desvelar lo que sucedió esa tarde ahí.
Un extraño dolor se instaló entre su pecho y la garganta.
La brisa gélida de la noche acarició su rostro, enviando escalofríos por toda la extensión de su columna vertebral.
Permitió que sus pies siguieran su propio rumbo, como una autómata. El peso de la culpa parecía entorpecer cada paso que daba impidiéndole proseguir con libertad.
Presa de un pavor inimaginable, bajó de la baqueta. Sus pisadas eran firmes aun cuando los recuerdos lo obligaban a viajar a las pérfidas fotografías que constataban los experimentos realizados en la unidad.
Justo cuando estuvo lo suficientemente lejos del edificio, cayó de rodillas en el suelo y su cuerpo convulsionó: volvió a sentir un dolor en el estómago y deseos de vomitar. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo y comenzó a temblar. Los dientes le castañeaban sin control, como si estuvieran ejecutando un enloquecido baile de claqué.
Lo que acababa de descubrir era atroz. Toda esa gente, todas esas personas habían muerto con el fin de satisfacer las necesidades científicas de un monstruo como Orochimaru.
En medio de los grotescos recuerdos vislumbró el rostro de la pelirosa. ¿Realmente había vivido todo eso? ¿Cómo era posible que mantuviera un poco de sanidad? ¿Habían experimentado con ella? Por supuesto que sí, el bloqueador de chakra en su oreja era prueba suficiente de ello, pero necesitaba saberlo. Ya hablaría con su padre después, ahora mismo buscaría a la kunoichi.
Tan rápido como sus piernas se lo permitieron, regresó a la mansión.
Para su fortuna parecía que nadie estaba en casa, salvo la servidumbre. Probablemente su madre se encontraba recluida en sus aposentos y su padre continuaba en la oficina.
Abrió la puerta de la cocina, y esperó un momento para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.
Al cabo de un minuto o dos, caminó por el pasillo con paso silencioso, aquel tramo estaba a oscuras, tanto que no veía nada.
Si la memoria no le fallaba, el cuarto de Sakura se encontraba al final, justo donde se ubicaba la puerta que daba al jardín, la misma que su madre había ordenado sellar poco antes de la llegada de la kunoichi.
Cuando alcanzó la puerta la contempló durante un segundo o dos, sopesando si debía o no proseguir con su misión.
Armándose de valor, golpeó la superficie de madera en dos ocasiones.
Agudizó el oído para escuchar los sonidos provenientes de la habitación: primero el rechinar del colchón, después el suave andar y, por último, silencio absoluto.
—¿Quién es?— preguntó con voz queda.
El corazón le golpeó las costillas.
—Soy yo, Sasuke— susurró.
De nuevo el sonido del exterior se sobrepuso al silencio del pasillo. Sasuke respiró con fuerza.
—Necesito hablar contigo— se masajeó descuidadamente el cuello—. Solo tomara unos minutos.
Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada que decir.
Cansado, recargó la espalda contra la puerta y resbaló hasta tomar asiento en el suelo. Probablemente ella aún estaba molesta por lo que había sucedido esa mañana.
—Bien, si no quieres hablar…— suspiró—.Lamento lo que sucedió en el entrenamiento… lo lamento todo. Lo que hicieron contigo, lo que hicimos contigo es inhumano— dijo torpemente.
Ambos se quedaron en silencio.
Aquello era impropió de él ¿y cómo no pensarlo? Después de todo eran enemigos.
Desde pequeño se le habían inculcado cosas nuevas e intimidantes. La vida era una guerra constante, una lucha en que cada clan se enfrentaba a los demás por el territorio, comida y supremacía. Su sangre, la más pura de todas, no tenía suficientes tierras, y muchos de los suyos vivían en el exilio. Nunca se había sentido tan indispensable. Que ingenuo era.
—No eres un monstruo…— dijo la voz trémula al otro lado de la puerta.
Sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, levantó la cabeza de golpe, con un poco más de fuerza, estaría sufriendo de un síndrome de latigazo cervical.
—¿Qué has dicho?— preguntó Sasuke parpadeando desenfrenadamente.
—No eres un monstruo— repitió con firmeza.
Escucharla hablar lo hacía sentir extrañamente esperanzado.
—Se qué nunca podré reparar el daño y el dolor que mi familia ha causado, pero si tan solo me permitieras… tratar de compensarlo— era una propuesta idiota sin duda alguna, al final de cuentas eso acabaría convirtiéndose en una promesa vacía, porque muy en el fondo sabía que no había manera de ayudarla. Tan pronto como finalizara su misión, Fugaku se aseguraría de enviarla nuevamente a los campos de trabajo forzado.
—Se que encontraras la forma de hacerlo— dijo ella al cabo de un minuto o dos.
Sasuke abrió los ojos más de la cuenta.
Después de aquella simple, pero reveladora respuesta, lo único que captó su oído eran las pisadas crujir bajo la madera.
No estaba perdonándolo, simplemente le había otorgado la oportunidad de redimirse ante ella.
»»»»««««
No se oía otro ruido que unas toses ocasionales y el movimiento de los cuerpos en los asientos. Nadie hablaba.
Sus ojos viajaron hacia el frente de la sala: uno de los capitanes releía con tono de voz monótona el informe del último ataque perpetuado por las fuerzas armadas de los Uchiha.
Las últimas dos horas de la mañana las había pasado recluido en la sala de juntas privada de su padre, postrado en una incómoda silla a la par que su rostro traslucía una descarada mueca de hastió que no se inmutó en maquillar. Detestaba las formalidades.
No obstante, soportar ese tipo de reuniones era parte de su trabajo, la guerra no solo implicaba luchar sino también entramar una serie de artimañas políticas, económicas y sociales que requerían afinarse. Fugaku insistía que Sasuke debía ser el encargado de las discusiones diplomáticas en algún punto de su carrera militar para auxiliar a Itachi cuando ocupara su puesto como Hokage, pero no creía poder soportar otra reunión.
El sonido de las sillas arrastrándose lo alertó de que todos en la sala se colocaban de pie, trasportándolo de nuevo a la realidad. Sasuke los imitó rápidamente, echando un discreto vistazo alrededor.
Dispuesto a marcharse, siguió el paso de sus colegas por la sala, haciendo ademan de largarse de ahí cuanto antes. Le era imposible permanecer más tiempo recluido entre esas paredes pálidas sin hacer nada. Podía ser más útil en el campo de batalla.
Cuando sus pies estuvieron listos para marcharse, la voz de su padre hizo eco en la habitación hasta colarse en lo más profundo de su cerebro.
—Sasuke.
Él se detuvo en seco, sintiendo cada musculo de su cuerpo tensarse. Giró la mirada hasta caer en la profundidad de los ojos oscuros del General, quien lo recibió con una mirada opresiva.
Justo en el momento que las pisadas del último hombre en la sala desaparecieron por el pasillo, Fugaku soltó la reprimiendo:
—Estás distraído— señaló, reclinándose en la silla—. Espero que eso no sea impedimento para cumplir con tu trabajo, ya tengo suficiente con tu hermano. No necesito a dos hombres incompetentes a mi mando.
Sasuke frunció el ceño. Por la forma en la que se refirió a Itachi era capaz de deducir que estaba molesto. Los roces entre ambos eran constantes, tan comunes que todos los altos mandos estaban habituados a ellos.
Normalmente Itachi asistía a ese tipo de reuniones. Pero por órdenes que no era capaz de transgredir, Sasuke fue convocado a presenciar el encuentro. Fugaku no quería decírselo explícitamente, en cambio, prefería pisotear la autoridad de su primogénito de forma sutil.
Itachi nunca fue partidario de la doctrina fascista promulgada por los Uchiha. En un comienzo, antes de que se llevara a cabo el golpe de Estado, consideró la idea de desertar de la aldea, pero su padre se le había adelantado de una forma que ni él ni Shisui fueron capaces de predecir, y antes de lo que imaginaban los Uchiha se apoderaron de la aldea.
Por mucho que lo detestase, tanto él como Itachi estaban atados al sistema creado por su padre.
Sasuke frunció el ceño con ahincó cuando terminó de encajar los engranajes. Estaba ocurriendo lo que tanto temía. Su padre desconfiaba de Itachi.
—¿Hay algo que quieras discutir personalmente?— preguntó el General sin apartar la mirada del informe que llevaba en las manos.
Guardó silencio durante un segundo o dos, sopesando si debía comunicarle o no, el descubrimiento de la unidad 121. Después de todo, aquella información era clasificada por un motivo. Había violado los protocolos y, claramente, se atribuiría una amonestación por transgredir las reglas.
«Se que encontraras la forma de hacerlo». Las palabras de Sakura continuaban sonando en lo más recóndito de su memoria.
—¿Estás al tanto de lo que sucede en la unidad 121?— preguntó al fin. Frunció el entrecejo cuando su mirada se encontró con los pérfidos ojos de su padre.
La silla lanzó un chillido de espanto que Fugaku generó al moverse, cambiando su posición a una más arrogante, recordándole a su hijo la posición de ambos en ese lugar.
—Por supuesto que lo estoy, Orochimaru es el encargado— acotó sin mucho interés.
Sasuke sintió que el alma se le caía a los pies y su rostro quedaba paralizado.
Tal como lo esperaba, Fugaku ignoraba del debate interno que libraba el menor de sus hijos. En cierta forma, los sucesos de dicha unidad lo tenían sin cuidado o al menos eso le permitió entrever cuando desplegó el periódico del día sobre la superficie del escritorio y tomó la humeante taza de café con la intención de darle un sorbo.
—¿Realmente lo estás?— insistió. Tuvo que controlarse para no soltar una maldición.
Al apartar la mirada del ejemplar, Sasuke se encontró con una máscara de imperturbable indiferencia en cada una de sus facciones.
Con la misma calma con la que preparó las cosas para disfrutar el café matutino, Fugaku depositó la taza sobre el escritorio, se removió en su asiento y dijo:
—Lo estoy, Sasuke. Gracias a la unidad 121 nuestro ejército cuenta con el mejor armamento.
Sasuke frunció el ceño aún más. Cada palabra era como una daga clavada directamente en su corazón. Una risa amarga escapó de sus labios.
—Ve al grano, Sasuke, no tengo tiempo para perderlo en tonterías— recriminó a la par que entrecerraba los ojos.
—No es una simple fábrica de armas ¡ese sitio es un matadero!— señaló, sintiendo como el fuego de los mil demonios corría por sus venas—. Orochimaru experimenta con ancianos, mujeres e incluso niños. Hace cosas atroces bajo tus narices y nadie lo detiene— increpó elevando la voz. Estaba al borde de la histeria—. ¿Conoces el proyecto de las vivisecciones, las torturas, los experimentos? Alguien debe ponerle un alto.
Los ojos de Fugaku se volvieron hacia los de su hijo, tan endurecidos y vacíos.
Sasuke entrecerró los ojos con la intención de tranquilizarse. Había algo fuera de lugar y sabía que, desde luego, cualquier palabra que saliera de la boca de su padre no sería nada bueno.
—Estoy al tanto de todas y cada una de las operaciones que se llevan a cabo en la unidad 121—dijo, haciendo una corta pausa—. ¿Quién supones qué las autorizó?
Su columna vertebral se estremeció de asco y furia.
—¿Qué?
—Orochimaru sugirió el programa y los demás comandantes lo consideraron apropiado. Toso es en nombre de la ciencia— repitió Fugaku y luego le mostró una leve sonrisa.
Sasuke pareció conmocionado, pero enseguida su rostro volvió a mostrarse enfurecido. Sus gélidos ojos brillaron.
—¿Hablas en serio?— cuestionó; su voz traslucía molestia e incredulidad en partes iguales—.Debe ser una puta broma ¿en el nombre de la ciencia?
Fugaku frunció aún más el ceño, sin apartar la atención de Sasuke.
Para ese punto de la conversación ya habría cometido una serie de faltas que ameritaban una sanción, pero ya era demasiado tarde, había lanzado la primera piedra.
—Son prisioneros, al menos deben ser útiles para algo— profirió; la voz pesada y sombría.
Sasuke inspiró profundamente y, aterrado, se volvió hacia él.
—Es gente inocente.
—Inferiores a nosotros.
—No pueden defenderse— sus ojos se dilataron y el miedo se intensificó en su interior.
—Están sirviendo para un bien mayor— un destello de maldad brilló en los ojos del General.
—¿Un bien mayor?— la voz le falló y el tono de pánico fue tangible.
—Si ¿para qué otra cosa servirían?— resopló Fugaku con sarcasmo.
Tenía la impresión de que estaba volviéndose loco. Debía salir de ahí o sufriría un ataque. Apenas podía ver, las entrañas iban a estallarle.
El cuerpo de Fugaku se irguió sobre su silla a la par que se ajustaba las mangas del saco.
—En la vida todos tenemos un rol que desempeñar— el General le observó solemnemente, provocando que Sasuke se tensara de manera autómata—. Lo más inteligente es hacerlo de la mejor manera. Dentro del Clan, cada uno de nosotros tenemos un papel por desempeñar, el de tu hermano es prepararse para tomar el puesto cuando llegue el momento y continuar con la estirpe y el tuyo es asegurarte de que Itachi pueda cumplirlo.
Procuró mantener la compostura. De repente sintió náuseas y ganas de vomitar. Estaba completamente aterrorizado y demasiado aturdido para pensar en una respuesta apropiada.
—Te has vuelto blando, Sasuke— su padre continúo perforándole con la mirada—. ¿Recuerdas a ese chico que fue tu amigo en la academia?— preguntó casualmente.
Por supuesto que lo recordaba. Ambos estuvieron en el mismo equipo durante sus años como Genin. Él era reconocido por sus habilidades dentro y fuera del campo de batalla, sin embargo, un día cualquiera, desapareció sin dejar rastro alguno. Los rumores decían que había desertado. Al pertenecer a un clan anexo a su familia, Fugaku concedió el perdón a los padres del joven y prometió traerlo de regreso a casa. Cuando los meses se convirtieron en años, la búsqueda cesó.
Sasuke asintió con la boca repentinamente seca.
—Él tenía impulsos que lo llevaron a hacer cosas en contra del Régimen— la palabra «impulsos» fue pronunciada con un toque de sarcasmo—. Seguro que él creía que eso era algo correcto, pero, en casos así, el castigo es la muerte.
El pelinegro tragó grueso, ¿acaso lo estaba amenazando?
—Por respeto a la posición de su padre lo dejamos vivir. Somos gente compasiva— sonó extrañamente divertido cuando mencionó aquello.
—¿Qué fue lo que hicieron?— exigió saber
Una grotesca sonrisa se aproximó a los labios del General cuando respondió:
—Fue remitido a la unidad 121. Lo ayudamos, le salvamos la vida— Fugaku tomó asiento en el filo del escritorio con los brazos cruzados a nivel del pecho al mismo tiempo que se encogía de hombros—. Alguien se encargó del problema. Era algo insignificante.
Sasuke intentó con todas sus fuerzas recobrar el dominio de sí mismos. Bajó al cabeza y clavó la vista en el suelo. Se sentía muy desgraciado, como si su corazón estuviera siendo aplastado por una furia y una tristeza que no podía liberar.
Apretó los puños con todas sus fuerzas para tranquilizarse y conseguir calmar su cuerpo, que aún temblaba. Los apretó cada vez más y más fuerte. Sin embargo, no era fácil mantener las emociones bajo control.
—Debería marcharme ya— anunció mientras se ponía de pie.
—Como gustes— resopló su padre al borde la originalidad.
Recurriendo a los últimos resquicios de fuerza de voluntad remanentes en su interior, caminó en dirección a la puerta.
—Sasuke— lo llamó su padre, obligándolo a detenerse en seco.
El aludido lo vislumbró por encima del hombro, expectante.
—Sólo quiero hacer del mundo un lugar mejor— vociferó.
—¿Mejor?— murmuró en voz baja.
—Mejor nunca significa mejor para todos. Para algunos siempre es peor.
Los estantes estaban atestados de libros, tanto que parecía iban a estallar en cualquier momento. Eran tan grandes que tocaban el techo y tan anchos que entre ellos formaban angostos pasillos por los cuales podía transitar la gente.
—Lo que buscan debe encontrarse en esta sección— anunció la chica encargada, quien encabezaba la fila compuesta por la kunoichi y Shisui.
—Te lo agradezco, Naoko-san— dijo Shisui a la par que subrayaba sus palabras con una sonrisa coqueta.
La fachada imperturbable de la chica se desmoronó ante el gesto de galantería del Uchiha; sus mejillas adquirieron un bonito tono rojizo y desvió la mirada hacia el suelo.
—No tienes nada que agradecer, Shisui-san, haría cualquier cosa por el General— acotó.
Shisui asintió complacido.
—Son libres de transcribir todo lo que necesiten, pero ningún pergamino puede desaparecer de la sala— volvió a advertirles.
—Tranquila, no causaremos más problemas, suficiente has hecho con permitirnos ingresar—dijo en tono casual.
Sakura contuvo las ganas de poner los ojos en blanco. Desde su arribo, Shisui no había hecho nada más que coquetear descaradamente con la bibliotecaria, quien, sin dudarlo, la contempló con disgusto al verla llegar a lado de uno de los Capitanes más prestigiosos de la unidad Uchiha.
En el lapso de veinte minutos los escuchó hablar de trivialidades inocuas que rayaban en lo absurdo.
Los dos intercambiaron una despedida corta y, tan pronto como los pasos de Naoko dejaron de escucharse, la pelirosa se dirigió al primer estante.
Sus ojos escanearon con diligencia las letras talladas en los lomos. Sin lugar a dudas, los Uchiha resguardaban el conocimiento como uno de los bienes más preciados de la Nación. Había ejemplares de todo tipo, pergaminos antiguos escritos por la misma Mito Uzumaki y su esposo el primer Hokage.
Si bien, con el paso de los años había perdido hasta el último resquicio de esperanza, Sakura esperaba encontrar la respuesta de todas sus interrogantes en algún rincón de la biblioteca.
Mientras revisaba uno a uno los estantes, en contra de su voluntad, su mente la trasladó a la noche anterior cuando Sasuke acudió a buscarla.
Se despertó a mitad de la vigilia y no pudo volver a dormir. No estaba segura si el miedo y la preocupación la habían mantenido en movimiento y dando vueltas, o si los acontecimientos de la tarde la habían turbado al punto de mantenerla en alerta. Lo cierto era que la visita de Sasuke era lo último que esperaba.
«Se qué nunca podré reparar el daño y el dolor que mi familia ha causado, pero si tan solo me permitieras… tratar de compensarlo». Un escalofrió recorrió su espina dorsal al evocar el revelador pasaje.
Tomó una bocana de aire y cerró los ojos. Con la falsa idea de disipar sus preocupaciones, y no dejarse llevar por los impulsos, hizo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse tranquila. Estaba decida a cumplir con una serie de objetivos que, si los seguía al pie de la letra y era cuidadosa, probablemente podría escapar de ese lugar.
—¿Qué estamos buscando exactamente?— preguntó Shisui abruptamente, sacándola de sus pensamientos.
—Cualquier pergamino que hable de los Kekkei genkai, especialmente del Sharingan— dijo con impaciencia.
—Ahora mismo estás hablando con el usuario de dicho poder. Si querías respuestas debiste preguntar, no era necesario hacer un viaje hasta acá— respondió con calma. Estaba tratándola igual que a Naoko—. Soy un libro abierto.
Sakura se quedó de pie mirándole.
—He intentado revertir el daño en los ojos de Itachi, pero parece imposible— explicó ella volviendo a tomar aire.
—Y no lo harás— afirmó Shisui acercándose hasta Sakura lentamente—. La única forma de mitigar los daños causados por el Mangekyou Sharingan es con un trasplante. Sería necesario otro usuario con el mismo nivel de poder y una conexión especial con Itachi— comentó.
Cada palabra se colocó hasta los oídos de Sakura tensándola como una cuerda. Llevó lentamente la mirada hasta la de su acompañante. Era la primera vez que estaba al tanto de información crucial.
—Debe haber otra alternativa— insistió.
El capitán abrió los labios y soltó todo el aire que tenía en los pulmones casi de golpe.
—Lamento decepcionarte, pero en este caso no la hay— resopló encogiéndose de hombros.
Los ojos esmeraldas de la pelirosa miraron de soslayo al joven. Si Uchiha Shisui pensaba que con eso iba a amedrentarla estaba muy equivocado.
Con los pensamiento hechos un lio, Sakura prosiguió con la búsqueda. En el trascurso de quince minutos recopiló todos los ejemplares de oftalmología disponibles en la biblioteca, al menos uno de ellos debía contener algo relacionado con el Sharingan.
—Sin ofender, pero ¿estás segura que puedes llevar a cabo ese procedimiento? Por lo que tengo entendido requiere una cantidad de chakra monstruosa— Shisui se reclinó hasta sentarse en el borde del escritorio con los brazos cruzados a la altura del pecho al mismo tiempo en que señalaba con la quijada el dispositivo en su oreja—. Quiero decir ¿es posible realizarlo aún con el bloqueador?
Sakura cerró los ojos con la intención de mantener la calma.
—Si Itachi cumple con la parte del plan que le corresponde, coordinare a un equipo de ninjas médicos para que sigan las indicaciones— bramó la kunoichi entre dientes.
—Es una opción— murmuró para si mismo—. Aunque debo admitir que me decepciona un poco, después de todo eres la heredera de Tsunade Senju. Si consigues salvar el trasero de Itachi serás considerada como una heroína.
—Eso es lo que menos me interesa— resopló, relajando la expresión en su rostro a la vez que cruzaba las piernas—. Por ahora sólo quiero concentrarme en Itachi.
Ingenuamente, la pelirosa imaginó que con eso daría por concluida la conversación. No obstante, Shisui era un hombre curioso, obstinado, tanto encantador como insufrible en partes iguales.
Por esa razón, cuando sintió la mirada penetrante de su acompañante sobre ella, decidió encararlo:
—¿Sucede algo?— musitó Sakura entrecerrando los ojos hacía él.
Shisui sonrió ante la intranquilidad filtrada en sus palabras.
—Has sido un dolor de cabeza para el clan, Haruno Sakura— respondió a secas.
—Naturalmente, soy su enemiga— terció la aludida sin despegar los ojos del libro. —. Tú mismo lo insinuaste, en mi estado actual no hay mucho que pueda hacer ¿cierto?
Un extraño brillo surcó la mirada del Uchiha.
—Siempre hay una forma de derrocar al Régimen— alegó en un tono divertido.
—¿Acaso lo sabes por qué eres el encargado de frustrar esos intentos?— cuestionó ella enarcando una ceja.
Shisui borró ligeramente su sonrisa, pero la mantuvo un instante cuando susurró:
—Puede ser.
La Kunoichi relajó por primera vez el ceño, pero sus músculos continuaban igual de tensos que siempre.
—En la Insurgencia hablaban de un grupo infiltrado, una especie de resistencia contra el Régimen. Se decía que había Uchihas involucrados, un verdadero escándalo— Sakura mantenía la mirada fija en él cuando continuó—. ¿Eres uno de ellos, Uchiha Shisui?
—Es curioso que lo menciones, tengo la misma teoría— se inclinó hacia delante solo un poco—. De hecho, estoy a punto de dar con un sospechoso ¿alguna sugerencia?
También era cierto que la Insurgencia estaba al tanto de la existencia de una organización secreta, creada y dirigido por el mismo General, el cual enviaba a sus miembros en misiones que él creía que beneficiarían a la aldea. Su función era delatar a cualquier persona que fuese infiel a los principios del Régimen y a traidores. Pasaban desapercibidos en la sociedad, en su mayoría eran hombres, también colaboraban mujeres en alguna ocasión. Una vez detectaban a un traidor, arrestaban a la persona y la torturaban hasta sacar la información deseada.
Probablemente Shisui era uno de ellos.
—No respondiste mi pregunta— contestó por fin Sakura.
—No, no soy uno de ellos— aseguró—. Puede que no esté de acuerdo con los ideales, pero a final de cuentas es mi familia. No iría en contra de ellos.
Sakura levantó el rostro. Shisui se había quedado observándola de la misma manera que un depredador analiza a su presa antes de atacar. Arrugó el entrecejo con fuerza y sus labios se tensaron hasta formar una línea casi recta.
Dicho grupo de la resistencia se autodenominada Mēdē. Era una señal de socorro que solía emplearse cuando algún shinobi o un grupo precisaban de ayuda inmediata.
El pelinegro se inclinó un poco, lo suficiente para mostrarse intrigado.
—Eres realmente fascinante— espetó de bocajarro.
Un calor alarmante ascendió por su cuello con velocidad. Las palabras de Shisui estaban dotas de una suavidad rustica que hizo temblar algo en su interior, redistribuyendo el fujo de sangre hacia su rostro.
—Una chica como tú, que no proviene de un clan prestigioso consiguió convertirse en la mejor, incluso superar a su maestra— deliberó Shisui completamente maravillado.
—Eso es parte de mi pasado, ustedes se encargaron de convertirme en todo lo contrario— reprochó.
Transcurrieron treinta minutos donde Shisui optó por ignorarla y Sakura agradeció el silencio.
De regreso a la mansión Uchiha, el incesante coqueteo del Uchiha bastó para traer unos cuantos libros a casa, no sin antes prometerle a la soporífera de Naoko una cita lo antes posible. Shisui accedió y tan pronto como tuvo la caja entre sus manos prometió buscarla tan pronto como regresara de su misión.
Sakura no pecaba de ignorancia, evidentemente Shisui no tenía interés en ella y sólo recurrió a las sucias tácticas de seducción para obtener un beneficio uno que, en lo absoluto, lo favorecía.
Al ingresar al perímetro, lo primero que captaron los ojos de la pelirosa fue la presencia de Sasuke quien no se inmutó a mirarla. Sin embargo, en cuanto se dio cuenta que ella lo había visto, se marchó a paso vivo hacia la puerta del invernadero.
Caminó por el sendero de grava, entre los parterres de césped.
La diligente ayudante de Suzume salió a su encuentro.
—Lleva esto al cuarto de Sakura— le ordenó Shisui tan pronto como ella se aproximó, colocando la pesada caja entre sus delgados brazos.
La joven asintió y, con cierta torpeza, se dirigió a cumplir con su tarea sin rechistar.
Antes de ingresar a la casa, el pelinegro se atribuyó la descarada libertad de rodearla por la cintura y atraerla a su cuerpo. Sintió la carne ponérsele de gallina a medida que la distancia entre los dos era prácticamente inexistente.
—Se cuidadosa, Sakura— le susurró al oído; el aliento cálido bañando su cuello—. Hay un espía en la casa— le advirtió.
Le resultaba difícil creer en esos rumores, en esas revelaciones, aunque al mismo tiempo tenía la absoluta certeza de su existencia. Después le parecían improbables, incluso pueriles, como algo que una persona haría para divertirse; como un club secreto de chicas o las novelas de espionaje que solía leer a escondidas de su maestra durante las sesiones de entrenamiento. Contraseñas, cosas que no se podían contar, personas con identidades secretas, turbias vinculaciones: no parecía que debía ser ese el verdadero aspecto del mundo. Pero era parte de su propia ilusión, restos de una vida que conoció en otros tiempos.
Abrió los labios para decir algo, pero las palabras nunca acudieron a su auxilio.
En su lugar, permaneció de pie en medio del camino, anonadada, contemplando a Shisui alejarse por el sendero que habían recorrido minutos atrás.
Cuando terminó de curar a Itachi la noche había caído como una gruesa y pesada cortina echada sobre los ojos.
Agotada, se desplazó por el pasillo que conectaba las habitaciones con el resto de la casa, deslizando los pies descalzos en reluciente madera. Suzume, con el resto de la servidumbre, se había encargado de pulir los pisos esa tarde, una tarea que realizaba al menos una vez al mes.
El reloj del pasillo da las diez. Apretó las manos contra los costados de sus muslos, tomo aliento y prosiguió con su camino silenciosamente. Mikoto debía estar en una de las tantas reuniones que organizaban las esposas de los Comandantes una vez por semana. En días como ese, las mujeres haraganeaban durante horas, chismorreando, emborrachándose. Tenían que hacer algo para disipar la envidia.
La calma reinaba durante la noche en la cocina. Por el rabillo del ojo observó los bols en la repisa, las latas y los recipientes de barro surgiendo amenazadoramente bajo la luz sombría. Los cuchillos guardados en su soporte de madera.
«Hay un espía en la casa». Repentinamente un escalofrió recorrió su espalda al recordar la advertencia de Shisui.
Sakura tragó grueso y, después de obligar a su mente a disipar tales pensamientos, caminó hacía el otro extremo de la habitación. Con las manos temblorosas, alcanzó un vaso de cristal y vertió una generosa cantidad de agua para, eventualmente, beberla de golpe.
El tiempo se espesó y transcurrió lentamente cuando comenzó a especular sobre la identidad de dicho espía ¿Sería posible que Itachi compartiera el mismo sentimiento de odio que la Insurgencia sentía hacia los Uchiha?
Si el rumor era cierto, cualquier persona podría ocupar el puesto. Por lo que sabía, la policía secreta del Régimen tenía como misión mantener la ley y el orden de la Republica. Para ello vigilaban a todos los miembros que conformaban la sociedad de Konohagakure, incluidos los comandantes en busca de signos de rebelión. Eran infiltrados.
Sakura relajó los músculos de la espalda y dejó escapar un largo y pausado suspiro.
No podía darse el lujo de ser descubierta, al menos no ahora. Debía ser más discreta, probablemente tendría que posponer su plan de escape hasta que la situación se estabilizara.
Hastiada, colocó el vaso vacío en el lavaplatos y, sin más, dio un paso hacia el frente dispuesta a marcharse de allí. No obstante, sus sentidos la obligaron a detenerse cuando se percató de la presencia de otra persona.
Ajeno a todo el desastre que ocurría en su cabeza, Sasuke yacía postrado en la pequeña mesa dispuesta en el rincón de la geografía del cuarto, con los codos clavados en la superficie y el rostro oculto entre las manos. Vestía el típico uniforme de las fuerzas armadas de los Uchiha con la única diferencia que no portaba la serie de condecoraciones ganadas a lo largo de su prolífica carrera militar. Permaneció inmóvil, sin inmutarse por la presencia de Sakura a unos metros de él. Debió advertir su mirada, pero le reconfortaba que no había alzado la vista para increparla.
Sakura aguardó un par de minutos, procurando mantener la distancia entre los dos. Necesitaba tiempo para concentrarse y evaluar la situación. Intentó ignorar los latidos de su corazón una vez recordó lo sucedido entre los dos la noche anterior. No creía contar con la fuerza de voluntad suficiente para encontrarse con Sasuke, y estaba segura que él tampoco estaba preparado.
Sin embargo, en lo más profundo de su ser yacía una inexplicable sensación que arribaba justo después de interactuar con él, desequilibrando sus latidos. Ayer en la noche, mientras recitaba su disculpa, le pareció que habían establecido una especie de entendimiento, una tregua implícita. Ese febril deseo de tener una conexión con él le aceleraba el corazón y despertaba en ella emociones ajenas a cualquier resquicio de juicio.
Tomó una enorme bocanada de aire y decidió avanzar a paso lento, cautelosa. Abarcó la distancia que la separaba de Sasuke con un par de zancadas. Se detuvo frente a él, aferrando las manos a la silla.
Cuando sintió la presencia de Sakura, levantó la mirada. Por algún motivo, el ambiente no era tan pesado como ella lo imaginó.
En la oscuridad de la noche se tomó la libertad de escrutar su rostro; con el uniforme desarreglado y las marcas cerúleas alrededor de las bolsas bajo sus ojos delataban la falta de descanso, como si hubiese pasado setenta y dos horas seguidas en vela. Estaba, determinó Sakura tras su rápido escrutinio, derruido.
—¿Te encuentras bien?— preguntó ella con cuidado, sin elevar la voz más de lo necesario.
Sabía que, cualquier cosa que sucediera en la vida del Uchiha no era de su incumbencia. Aun así no podía evitar preocuparse por él. Era un impulso enfermizo y retorcido.
—No es nada, solamente estoy agotado— Sasuke demoró en pronunciar aquellas palabras, y cuando lo hizo, restregó una mano contra su rostro cansado, tal vez intentando disipar el cansancio.
Sakura suspiró.
—Sobre la charla de ayer….— susurró ella a la par que su corazón daba vuelcos desesperados y el pulso le latía frenético detrás de los oídos—. Fue reconfortante escucharte decir eso.
Sus palabras hicieron que Sasuke desviara la mirada.
—Fue absurdo, deberías olvidarlo— le cortó de inmediato. La silla efectuó un extraño sonido cuando él se puso de pie—. Buenas noches, Sakura— masculló al pasar a un lado de ella mostrando sus intenciones de largarse de ahí cuanto antes.
Sakura parpadeó un instante, confundida. No comprendía el abrupto cambio de parecer de Sasuke. Se quedó de pie el tiempo suficiente para tomar una decisión. Recomponiéndose del todo, viró sobre sus talones para encararlo y farfulló:
—Puedo ayudarte— no sonaba a una pregunta, era una afirmación.
El cuerpo de Sasuke giró sobre sí mismo hasta quedar cara a cara con ella; sus ojos tan negros como el cielo en medio de una tormenta.
—No, no puedes hacerlo— la mandíbula se le contrajo violentamente.
Pasó de largo a lado de ella, no obstante, se detuvo bajo el umbral de la puerta.
Por un instante imaginó que regresaría a ella, pero aquello era una situación imposible, incluso irrisoria.
En su lugar, el azabache la vislumbró por encima del hombro y con voz grave dijo:
—Debes ser cuidadosa.
Sakura frunció el ceño.
—¿Respecto a qué?— apretó los puños a ambos lados de su cuerpo.
Una sonrisa sarcástica corrió una de las comisuras del labio del Uchiha.
—Querrás decir a quien. Me refiero a él, Shisui.
La kunoichi meneó la cabeza y volvió a centrar sus pensamientos en la advertencia del aludido.
—Shisui es amigo de tu hermano y miembro de tu clan— gruñó ella.
—No te acerques demasiado a él, es peligroso— sus palabras quedaron suspendidas en el aire luego de marcharse.
Sakura sentía la boca excesivamente seca. Cerró los labios y aguardó.
Alguien la observaba. Allí siempre había alguien observando. Nada podía cambiar, todo permanecería igual.
Continuara
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Una vez más estoy de regreso con ustedes, después de sobrevivir a un cierre de semestre infernal y tomarme un pequeño descanso antes de continuar con este fic que parecía estar en hiatus, pero no, simplemente estaba cumpliendo con otras obligaciones.
Pasando de lleno a los acontecimientos de este capítulo, doy por inaugurado el juego de intrigas. Sasuke desconfía de Shisui, Sakura desconfía de todos y Shisui ni siquiera está al tanto de la situación, o al menos no del todo.
Como mencioné en un principio, todos tienen un papel fundamental en la historia. Ante esta aparente calma que impera el sistema empieza a resquebrajarse y tanto Sakura como Sasuke, Itachi y Shisui contribuirán en gran medida a mantener o derrocar el Régimen.
También, la relación entre Sakura y Sasuke comienza a tomar forma y esa conversación que tuvieron da una pauta para iniciar desde cero, recuerden que esto está construyéndose poco a poco y, cuando menos lo piensen, el momento del beso llegara :3
Ojalá el capítulo haya compensado el tiempo de espera. Como ya es costumbre, agradezco su infinita paciencia y todo el apoyo que me brindan. De todo corazón quiero darles gracias por tomar parte de su valioso tiempo para leer la historia, guardarla en sus favoritos, darle follow o retroalimentarme con un bonito review, cualquier duda o comentario son bien recibidos.
Sin nada más que agregar, yo paso a despedirme.
¡Cuídense mucho! ¡Les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren! ¡Hasta la próxima!
Shekb ma Shieraki anni
