Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Capítulo IX
Konohagakure, 12 años atrás
Todo comenzó con las reuniones en casa. Al menos una vez por semana, Fugaku congregaba a sus hombres confianza en la intimidad de su estudio para charlar de asuntos que no le competían al Hokage ni a cualquier otra autoridad de la aldea.
—Lo tenemos— urgió la voz de Inabi Uchiha al interior de la habitación—. Tres ataques separados, perfectamente coordinados para desestabilizar la respuesta de la aldea.
—¿Dentro de cuánto tiempo?— quiso saber Fugaku.
—Tres semanas— esta vez intercedió Yashiro, uno de los subordinados de su padre—. Primero será la torre del Hokage, el cuartel ANBU, y luego iremos por el consejo.
Al inicio no comprendió la magnitud de las palabras, pero si se percató del ambiente que imperaba en la casa a medida que los días transcurrían.
La actitud de Itachi fue el segundo indicador de que algo iba mal. Pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la aldea, inmerso en distintas misiones. Al ingresar a las fuerzas ANBU por órdenes de su padre, la presencia de su hermano en casa era tan extraña como vislumbrar una estrella fugaz en el firmamento. A esto se le sumaba que, cuando pasaba tiempo con ellos, las discusiones entre él y Fugaku eran constantes, agresivas y dejaban muy poco a la imaginación.
—No quiero hacerlo— espetó Itachi con firmeza.
A pesar de mantener las puertas del estudio cerrada, el sonido de sus voces era audible hasta el pasillo, allí donde yacía el pequeño Sasuke, contemplando con detenimiento las sombras proyectadas sobre el shōji.
—No tienes otra opción, Itachi. Los ataques están programados— dijo Fugaku con un tono de voz controlado.
—Debe haber una alternativa— se apresuró a rebatir—, tan solo necesito tiempo, estoy seguro que podemos llegar a un acuerdo que beneficie a ambas partes.
—Ya tuviste suficiente tiempo ¿y qué fue lo que sucedió?— dijo Fugaku—. Ahora es momento de recurrir a otras medidas, tal como debimos hacerlo desde un inicio.
—Padre… por favor— rogó Itachi.
—Hablaremos de esto después, Sasuke está en el pasillo— interrumpió Fugaku.
El horror se filtró en todas y cada una de sus células, manteniéndolo adherido al suelo, tornando imposible la misión de escapar.
Antes de que pudiera mover un solo músculo, Fugaku abrió la puerta corredera; una mueca de desaprobación decorándole el rostro.
—¿Qué pasa, Sasuke?
El aludido estrujó la mandíbula y apretó los puños a lado de su cuerpo. Apartó la mirada del rostro irascible de su padre, deteniéndose en las grietas del suelo.
—Quería preguntarle a Itachi sobre el taijutsu.
—Ahora mismo está ocupado. Preguntale después.
—De acuerdo— masculló al mismo tiempo que el hombre cerraba la puerta.
No fue la actitud reticente de su padre lo que turbó a Sasuke, tampoco lo fue su indiferencia. Lo que realmente lo entristeció fue ver a su hermano hincado en el suelo, con las palmas extendidas sobre la superficie de madera y la frente enganchada al tablado.
Al regresar a su habitación esa noche, dormir parecía una actividad prácticamente imposible. El sueño no acudía a su rescate y, en su lugar, en las profundidades de su mente se reproducía la misma conversación una y otra vez, como un bucle sin fin.
Tuvo la certeza de que la situación había empeorado aquella noche de otoño.
El aire soplaba gélido; las ramas de los árboles se batían violentamente ante el implacable compás de la brisa, despojándolos de hojas quebradizas, las cuales cubrían el suelo adoquinado, formando una alfombra con matices cafés y verdes.
El cielo estaba despejado y terso, cuajado de estrellas. A la luz mortecina de luna llena, el monte donde yacían tallados los rostros de los Hokages , despedía un fulgor pálido y frío.
La tierra parecía muerta, yerta, abandonada.
Apresuró el paso tanto como sus magulladas piernas se lo permitieron. Había perdido la noción del tiempo en el campo de entrenamiento, señal inequívoca de que el cansancio comenzaba a apoderarse de sus nervios. Los músculos adoloridos le decía una y otra vez que era momento de descansar y, sin más dilaciones, enfiló los pies hacia la entrada principal del Distrito Uchiha, aquel sitio al que Tobirama los había condenado muchos años atrás.
Al igual que en las calles de la aldea, un ambiente extraño era palpable a los alrededores. El mal presentimiento instalado en su pecho le atenazó la garganta, formando un nudo prieto, tan apretado que era imposible tragar grueso.
Procuró ignorar esa extraña sensación. Probablemente su madre estaría molesta, después de todo, había acudido al campo de entrenamiento luego de finalizar las clases en la academia. No era de extrañarse que, al cruzar el umbral de la puerta, Mikoto estuviese aguardando por él con las manos en jarra y el ceño fruncido, preparada para soltar una retahíla de reprimendas sobre su comportamiento.
Llegó a casa antes de lo que esperaba. Para su sorpresa, saludó a la sala vacía sin recibir respuesta.
—¡Estoy en casa!— anunció desde la sala.
Se despojó del morral y caminó hacia la cocina. Esta hambriento, podría jurar que, de ser posible, devoraría tres tazones de arroz enteros y todas las porciones de pescado disponible.
Sin embargo, al igual que el panorama de las sala, la cocina se encontraba completamente vacía.
—¿Sasuke? ¿Eres tú?— preguntó la voz de su madre unos cuantos minutos después.
Antes de que pudiera responder, Mikoto se dirigió a él con rapidez; se colocó de rodillas en el suelo y acunó su rostro sin un ápice de delicadez, examinándolo para asegurarse que no estuviera ocultando ninguna lesión.
—¡Mamá!— protestó Sasuke tratando de zafarse del agarre— . No estoy herido— le aclaró.
«¿Y por qué deberías estarlo?», preguntó una vocecilla inquieta en las profundidades de su mente.
—¿Dónde demonios te metiste? Estuve buscándote durante horas— preguntó Mikoto, colocando el peso de ambas manos sobre sus pequeños hombros.
—Estuve en el campo de entrenamiento cerca del muelle— dijo haciendo una mueca de desaprobación.
—Me diste un susto de muerte— relajó el rostro.
—Lo siento, perdí la noción del tiempo— admitió cabizbajo, encogiéndose de hombros.
Nunca le cruzó por la mente que aquella sería la primera noche de la guerra.
La luna… y un silencio insólito. Un silencio incomprensible.
—Sasuke— lo volvió a llamar su madre, esta vez con más firmeza—. Necesito que escuches con atención: sube a tu cuarto, toma una capa y baja de inmediato.
Aún sin comprender lo que sucedía, el pelinegro frunció el entrecejo con ahincó.
—¿No es muy tarde para dar un paseo?— se atrevió a cuestionar, aunque, por la mueca de irritación en el rostro de su madre era visible que no estaba dispuesta a responder sus preguntas.
—Ve ahora mismo— ordenó.
Corrió escaleras arriba para recolectar distintos objetos de valor que llevaría consigo, sin saber muy bien, al destino incierto que aguardaba por él y su madre.
Alcanzó la capa de lana, tomó un nuevo juego de Shurikens y resguardó en sus bolsillos un par de kunais. Antes de salir de la habitación, se detuvo un instante bajo el umbral de la puerta sopesando si debería o no, guardar su libro favorito en el morral. Se trataba de un compendio de cuentos infantiles. Su madre se lo leía antes de irse a dormir, hasta que decidió que era momento de detenerse, puesto que había crecido y si los demás niños se enteraban de este vergonzoso secreto, no dudarían en recordárselo el resto de sus días. Aun así, el objeto tenía valor sentimental y, por más que desease olvidarse de él, todavía disfrutaba sumergirse en la historia del pececillo dorado.
Procedente de la planta baja, pudo oír el regreso de un sonido largamente ausente: el de su madre abriendo la puerta principal. Un par de voces apresuradas y murmullos tan bajos que era difícil captar lo que decían.
Caminó descalzo hasta el rellano de la escalera y permaneció allí escuchando, hundiendo los pies en la moqueta de pared a pared, mientras intentaba decidir si estaba preparado para unirse a su madre.
—Todas las mujeres y niños han sido trasladados al Santuario Nakano— anunció una voz femenina con formalidad.
—¿Están seguros de eso?— preguntó su madre.
—Realizamos una última revisión y así fue— constató otro joven—.Estamos aguardando por usted y Sasuke.
—¿Ya comenzaron los ataques?— quiso saber su madre. Era visible que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma.
—Si, los tres, tal como se acordó en la última reunión— respondió la joven.
—Bien, tomare mis cosas y nos iremos de inmediato.
—Tome su tiempo, Mikoto-sama, estamos aquí para salvaguardarlos a usted y su hijo, es un honor cumplir las órdenes de Fugaku-sama.
Sasuke abrió los ojos a causa de la conmoción.
Durante los últimos días, la situación dentro de distrito Uchiha se palpaba una tensión innegable. A todo el mundo le daba miedo pronunciar en voz alta lo ocurrido, aunque todos estuvieran ya informados. Les daba miedo que los acusaran de agitadores. De alborotadores. Eso podía ser peor que una guerra. Tenían tanto miedo a una denuncia… Ahora lo veía. Nadie creía en la posibilidad de una guerra.
De pronto escuchó las explosiones sin parar. El estruendo. Todo ocurría como en un sueño. Como si no fuese real. El miedo se extendió por todo su cuerpo. Por las palabras. Por los pensamientos.
—Sasuke— lo llamó su madre desde la planta baja.
Descendió los peldaños con paso acelerado. Comprendía que probablemente él mismo había comenzado todo eso al presenciar aquellas confusas conversaciones entre su padre e Itachi.
Cerca de la puerta, dos jóvenes que portaban el distinguido uniforme de la fuerza policial aguardaban por ellos.
—¿Iremos al festival?— preguntó Sasuke—. Hoy es Tori no Ichi— le recordó.
—No, Sasuke. Hoy no habrá festival. Veremos si podemos llegar al Santuario Nakano.
Sasuke estaba impresionado por la serenidad de su madre. Decidió no decirle que él había iniciado la guerra. Apenas se calzaron las sandalias, salieron de la casa.
En un intento por desplazarse más rápido, Mikoto le indicó a Sasuke que subiera a su espalda. Sin rechistar, envolvió los brazos alrededor de su cuello y aferró sus muslos a la estrechez de su cintura, hundiendo el rostro en la mata de cabello azabache que desprendía un olor a jazmín.
—¿Cuánto tiempo durara?— cuestionó una agitada Mikoto al mismo tiempo que saltaban entre los techos de las casas.
—Si todo resulta de acuerdo al plan, al amanecer tendremos buenas noticias— anunció el chico.
Temeroso, echó un vistazo a la aldea por encima del hombro. Le parecía que ya no existía la ciudad, solo había ruinas. Y humo. Fuego.
Sasuke se encontraba de pie en los escalones de entrada al Capitolio. Era una tarde cálida, pero eso no evitaba que sintiese frio. Oía un sonido similar al del mar, roto por olas de voces resonantes. Nunca se había sentido tan aislado como en esos momentos, tan distante, contemplando lo que debería ser un centenar de personas desfilar por el amplio pasillo, desde los altos mandos hasta sus queridas esposas. Todos ataviados en uniformes de gala para escuchar el nuevo plan que enaltecería a la Republica del Fuego.
Ingresó al recinto con la mirada fija al frente y las manos ocultas en los bolsillos del pantalón. Sus pasos eran firmes en contraste con sus pensamientos, los cuales fluctuaban entre el escepticismo que le causaban los ideales con los que había crecido y la realidad a la que se enfrentaban aquellos que no eran fieles a la causa, como Sakura.
Cruzó las enormes puertas de madera que daban al auditorio. Al mirar en derredor, Sasuke se quedó atónito cuando vio que casi todos los hombres mínimamente relevantes del País del Fuego estaban presentes, inclusive el Daimyō, con su cortísimo pelo casi blanco ya a la edad de sesenta años.
La mayoría de los cargos militares de Konoha estaban sentados en las primeras filas, muy cerca del escenario. Para hombres de menor graduación, Sasuke entre ellos, habían dispuesto las filas del fondo. Un edecán repartió unas cuantas copias de un memorando de doscientas páginas. Sasuke miró el documento; vio gráficos del tonelaje que entraba y salía de los puertos, tablas de índices de flete y espacio de carga, el valor calorífico de las comidas de los soldados, e incluso un cálculo de cuanta lana se necesitaba para tejer un abrigo.
Esperaron treinta minutos y entonces llego el Fugaku Uchiha, vestido con uniforme de general. Todos se pusieron de pie atropelladamente. El hombre parecía malhumorado. A Sasuke le resultó difícil evocar esa emoción de jubilosa lealtad que con tanta facilidad lo embargaba cuando era pequeño. Ya no podía seguir fingiendo que Fugaku era el padre del pueblo y que sus ideales eran los más apropiados para transformar al mundo.
A lado del General, su madre lucía impasible, con ese aspecto tan sobrio que la caracterizaba. Portaba uno de los lujosos kimonos reservados para las reuniones de Estado y las tertulias en casa; la exquisita tela, colorida y llamativa difería de los matices oscuros del uniforme de los Uchiha.
Naturalmente, la presencia de Mikoto era inusual. Los comicios estaban reservados para los altos mandos del ejército y sus subordinados. La mayoría de ellos, consideraban que había sido cruel prometerles igualdad ya que por naturaleza eran incapaces de alcanzarla. Así que comenzaron una ardua tarea de rebajar sus expectativas. Eso continuó hasta el momento en que los hombres comenzaron a morir en batalla y se requería la intervención de aquellas kunoichis a las que habían despojado de sus títulos para pelear a morir por los ideales del Régimen.
Ante esta nueva problemática, Fugaku consideró conveniente delegar las "nimiedades" de la esfera femenina a su esposa, Mikoto, quien controlaba dicha facción con un puño de hierro. Por esa razón, las esposas de los demás comandantes estaban presentes en la reunión.
El General miró alrededor y saludó con la cabeza a uno o dos validos especiales; después se sentó y le dirigió un gesto a su diligente asistente.
El hombre empezó a hablar, citando su propio memorando: "La fertilidad como recurso Nacional, la reproducción como imperativo moral".
Sasuke frunció el entrecejo con ahincó. Presentía que algo andaba mal con todo eso, pero no expresó sus dudas en voz alta. En su lugar, permaneció postrado en su asiento, con la espalda muy recta y los músculos tan tensos como la cuerda de un arco.
Luego de la presentación, el asistente se situó a la izquierda de la tarima del auditorio mientras una fila de seis científicos caminaba hacia los asientos dispuestos para ellos encabezados nada más y nada menos que Orochimaru.
El hombre se plantó ante el atril y echó un vistazo a los asistentes. Su mirada se detuvo en Sasuke y notó como un escalofrió recorría toda su espina dorsal.
Ambos permanecieron sin inmutarse, mirándose al menos durante un minuto entero.
Kabuto Yakushi, el fiel subordinado de Orochimaru empezó a hablar sobre el decremento en las tasas de natalidad dentro de la aldea. Los hombres morían en la guerra, mujeres, niños y ancianos se encargaban de mantener el Régimen a flote, una alternativa que no duraría por mucho tiempo, no si deseaban hacerse con todo el territorio del País del Fuego y acabar con la Insurgencia.
—Para contrarrestar dicho fenómeno demográfico hemos creado una alternativa llamada "Granja de Magdalenas"— anunció.
A sus espaldas se proyectaba una película sobre dichas Colonias. Las mujeres deambulaban por el campo, sonrientes. Algunas de ellas lucían embarazadas y otras llevaban niños en brazos.
La puesta en escena era impresionante; cada una de sus afirmaciones estaba respaldada por una cifra. Sasuke, sin embargo, se mostraba escéptico precisamente porque el plan era grotesco.
Luciendo una amplia sonrisa, el hombre del pelo largo agradeció a su asistente por la introducción y se plantó ante el público.
—El programa Ikigai busca dotar a la Republica del Fuego con niños fuertes y competentes, dignos de pertenecer al Régimen y representar al clan Uchiha— Orochimaru continuo sonriendo y añadió—: Las Granjas de Magdalenas protegerán a las futuras madres de los pequeños guerreros, facilitándoles que puedan tener a sus hijos en condiciones óptimas.
No del todo convencido por la explicación superficial de aquel depravado, Sasuke comenzó a leer el memorándum a conciencia.
De acuerdo con el informe redactado por el grupo de expertos, dichas Granjas no eran más que una fachada para incitar a los Generales a embarazar mujeres inocentes con la falsa de idea de proveer al Régimen con pequeños soldados.
Sintió náuseas. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Le sudaban las palmas de las manos y tenía la boca seca como un desierto.
Era imposible que su padre estuviese de acuerdo, considerando que, dentro del clan estaba mal visto casarse con alguien que no perteneciera a la familia Uchiha. Para los fundamentalistas, la pureza de sangre era vital para despertar el sagrado Kekkei Genkai.
Pensaba que todo eso era absurdo. Sin embargo, esa promesa de proyecto caló mucho mejor con todas las estadísticas. Al General se le iluminó la cara, y muchos de los demás hombres asintieron con aprobación.
Boquiabierto, Fugaku tomó un bolígrafo y trazó su firma en el documento que autorizaba el proyecto. Dejo la pluma y se puso en pie.
Toda la sala hizo lo mismo enseguida.
El General abandonó la estancia. La tensión desapareció y estalló un rumor de conversaciones. Sasuke permanecía sentado sin apartar la mirada del documento. Parecía un condenado a muerte.
Sin más remedio, cuando consiguió retomar el dominio de su cuerpo y pensamientos, se puso de pie. Ignoró por completo el llamado de los soldados rasos que clamaban desesperadamente su atención para charlar con él. Ahora mismo no estaba de humor para soportar una conversación donde se enalteciera las políticas de su padre.
Salió del auditorio sin llamar demasiado la atención. Giró en redondo y continuó por un pasillo contrario, serpenteando por el conjunto de galerías que conectaban el Parlamento con las oficinas centrales de los Comandantes. Sus pisadas se unieron con las de muchos shinobis a su alrededor que transitaban ajetreados de un lado a otro como pequeñas hormigas sin detenerse a respirar. Dentro de poco realizarían un anuncio oficial. Cada miembro de la familia Uchiha se vería obligado a formar una familia, no porque lo merecieran, sino por el hecho de que esos niños se transformarían en carne de cañón. Harían de ellos herramientas perfectas para ganar esa guerra.
Consiguió llegar a la oficina de Itachi en una pieza. Una sensación ajena a sus pensamientos se instaló en la base de su cráneo en forma de descarga eléctrica cuando vislumbró las puertas de caoba abrirse, encontrándose con un bonito rostro femenino al que no demoró en otorgarle identidad.
—¡Sasuke-kun— saludó Izumi con alegría; una sonrisa estirando la comisura de sus labios—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. De cerca luces más alto, incluso más alto que Itachi-kun.
El aludido imitó una sonrisa.
—¿Cómo estás, Izumi-san?— procuró no sonar demasiado consternado, después de todo, Izumi era una kunoichi, no le resultaría extraño que notara algo fuera de lugar en cuestión de segundos.
—Excelente, justo acabo de arribar de una misión.
—Supongo que por esa razón no estuviste en la reunión— dijo él. Aunque eso era mentira. Podía intuir que la visita de la joven era de carácter romántico y no profesional.
Itachi estaba siendo descuidado.
A ese paso no solo su padre estaría al tanto de su relación amorosa con ella, sino todo el País del Fuego.
Izumi se encogió de hombros aparentando inocencia.
—Creo que me atrapaste, Sasuke-kun— un sonrojo encendió sus mejillas.
Su columna se estremeció de asco y furia al recordar el tópico a tratar durante dicha reunión, la cual, evidentemente, Itachi e Izumi se habían encargado de evitar.
—¿Te encuentras bien?— preguntó la joven de repente—. Luces pálido— agregó consternada.
—Sí, lo estoy— mintió.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Quién es, Izumi?— preguntó la voz de Itachi desde el interior de la oficina.
—Sasuke-kun está aquí— anunció, haciéndose a un lado para permitirle ingresar—. Será mejor que me vaya. Supongo que tu e Itachi tienen algo importante que discutir.
Estaba en lo cierto. Había tantas cosas que quería cuestionar en ese momento, pero no podía hacerlo con ella ahí presente.
—Fue bueno verte de nuevo— dijo ella para confirmarle su retirada—. Cuidate.
La vio perderse en el siguiente recodo al mismo tiempo que se quedó analizando la situación en silencio.
Al cabo de unos segundos, ingresó a la oficina. Cerró la puerta tras él, vislumbrando la figura de su hermano cerca de la ventana.
No sabía por dónde comenzar, pero cualquier cosa que Sasuke se hubiera planteado decir se vio interrumpida cuando la puerta que daba al baño se abrió. Shisui apareció en todo su esplendor, al igual que él, portaba el uniforme de gala, a excepción que la banda de color rojo en su brazo derecho indicaba su posición como Comandante de las fuerzas armadas de Konoha.
—Es una verdadera locura— sentenció Shisui a la par que dejaba caer su cuerpo en una de las sillas dispuestas frente al escritorio.
Sasuke estaba ansioso por hablar cara a cara con Itachi sobre lo ocurrido en la reunión, pero no pensaba comentar esa clase de cosas delante de Shisui.
—Shisui— lo llamó Itachi con tono censurador.
Por primera vez, desde que puso un pie dentro de la oficina, su hermano mayor reparó en su presencia.
—Vamos, no puedes estar de acuerdo con este disparate— insistió el mayor de los Uchiha, estaba refiriéndose al nuevo proyecto del Régimen.
—Shisui— clamó Itachi. La mirada del interpelado recayó con todo el peso sobre Sasuke.
Durante un minuto, quizás dos, imperó un trágico, mas no incómodo silencio.
—¿Dónde te has metido, Sasuke? Hace siglos que no te veo.
—Dos semanas— recordó el azabache mientras caminaba al centro de la geografía del cuarto—. Nos vimos por última vez hace dos semanas. Estabas con Sakura.
—Lo recuerdo. Pero desde ese entonces no habías dado señales de vida. Supongo que has estado bastante ocupado.
Sasuke carraspeó, incomodo. Shisui siempre le había dado la impresión de que tenía alguna forma de saberlo todo.
—Hablando de ella, ¿cómo se encuentra? — preguntó Shisui colocando ambas manos detrás de su cabeza.
—¿Por qué estás tan interesado en Sakura?— dijo Sasuke sin rastros de cortesía en su voz, provocando que los ojos ónix del hombre lo contemplaran de soslayo con una curiosidad distante.
—Por la misma razón que tú, Sasuke— no tuvo la necesidad de voltearlo a ver cuándo agregó—. Simple curiosidad.
—Shisui, sabes que siempre aprecio nuestro tiempo juntos, pero ¿no tienes nada qué hacer?— Itachi no mostró ninguna expresión.
El aludido dejo escapar un fuerte y pausado suspiro.
—Me temo que no— se encogió de hombros fingiendo inocencia—. Ya sabes como son los días previos a una misión. Aburridos e ineventuales.
Ahora fue el turno de Itachi para expulsar todo el aire contenido en sus pulmones.
Shisui se puso de pie.
—Supongo que te vere más tarde— preguntó.
Itachi negó con la cabeza.
—No puedo, lo siento, tengo una reunión— aclaró el joven detrás del escritorio. De repente se veía atormentado.
—Oh, no sabía que Obito nos había convocado— aquello realmente pareció sorprenderle.
—No es nada relacionado con el trabajo— se apresuró a responder Itachi—. Esta vez se trata de asuntos familiares— vislumbró a su hermano en medio de la sala.
—En ese caso te deseo buena suerte, la necesitaras— caminó hacia la puerta—. Hasta luego, Sasuke— recitó antes de abandonar la sala.
Sasuke retornó la atención a su hermano mayor. Aguardaba detrás del escritorio con la misma pose militar que estaba habituados a utilizar durante las reuniones. La puerta se cerró, y él se quedó en compañía de Itachi.
—No me mires así— le exigió. La forma en que pronunció las palabras estaba lejos de sonar amenazadora. Esta vez incluso pudo escuchar un ápice de cariño en su voz.
—¿Cómo te miro?— replicó, lanzándole un avistamiento enfurruñado.
—Así— Itachi tomo asiento en la enorme silla giratoria—.Como si estuvieras decepcionado de mí.
Sasuke dejó escapar un nuevo suspiro. Implementar un tono autoritario y defensivo no lo ayudaría a extenuar sus preocupaciones. Negó con la cabeza mientras se masajeaba la nuca, cansado.
—No estoy decepcionado, simplemente estoy preocupado.
—No deberías ser tan obvio.
—Podría decirte lo mismo a ti.
Itachi frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué hacía Izumi en tu oficina?— quiso saber Sasuke.
—Solo pasó a saludar— explicó Itachi—. Además no estuvimos solos la mayor parte del tiempo. Shisui arribó poco después.
Sasuke procuró mantener un semblante tranquilo mientras que en su adolorida cabeza las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar.
Cualquier cosa que hubiese sucedido antes de la llegada de Shisui no era de su incumbencia y tampoco pensaba abordar ese tema.
—¿A que asunto familiar te refieres?— preguntó de forma seca y sin tonalidad amistosa.
De repente, Itachi levantó la mirada hacia su hermano.
—Nuestro padre concertó una cita con una de las hijas del Daimyō— el semblante de Itachi se mantuvo discreto, pero por dentro, podía intuir que estaba verdaderamente molesto.
Ahora comprendía el motivo de la presencia del Señor Feudal en la reunión. No se encontraba ahí por mera cortesía, sino porque ciertos asuntos dentro de la aldea requerían su atención.
—¿La hija del Daimyō?— repitió.
—El General considera que existe cierto beneficio político y económico en esta unión— se encogió de hombros y le dedicó una mirada significativa a Sasuke—. Las guerras no se ganan peleando, el ejercito necesita financiamiento y el Señor Feudal cuenta con el presupuesto suficiente para respaldar los ideales del Régimen.
Durante ese breve silencio, Sasuke permaneció desorientado. Al igual que su hermano estaba cabreado con aquella mierda de proyecto y con la persona que lo dirigía.
—¿Y tú accediste?— sus ojos se abrieron ofuscados.
—No es como que tenga otra alternativa ¿o sí?— se había encogido de hombros y se reclinó contra el respaldar de la silla aparentando normalidad—.¿Quién tomaría mi lugar? ¿Tú?
Sasuke estrujó la mandíbula. Estaba sorprendido.
—¿Izumi lo sabe?
—No…— Itachi se detuvo un instante y luego negó con la cabeza—. No, en absoluto.
El pelinegro se quedó mirando a su hermano y luego levantó la vista para observar el paisaje enmarcado por la ventana. No le sorprendía aquella actitud reticente de Itachi, aunque no era parte de su personaje serio. Aquella era la otra cara de Itachi.
«Me pregunto cómo será sentirse así por una chica», se dijo Sasuke, y observó el oliváceo color de las hojas de los árboles, brillando resplandecientes con los rayos del sol. Nunca había sentido nada parecido por una chica a lo que Itachi sentía por Izumi.
Desde que había escalado unos cuantos puestos en el escalafón militar, Sasuke Uchiha adquirió popularidad entre las chicas. Sabía al dedillo que salir con ellas resultaría sencillo. Y besarlas también. Pero nunca le había interesado explorar esa faceta de su vida, en especial cuando toda su atención la clamaba a gritos la guerra.
Recordaba una conversación entre él e Itachi, muchos años atrás. Su hermano le había preguntado: «¿Tú que prefieres: un matrimonio por amor o uno de conveniencia?», y rememoraba haberle contestado: «Puede que no me acabe casando de ninguna manera».
Esperaba que Itachi se enamorara de una persona agradable y tuviese un feliz matrimonio. Porque existía la posibilidad de que él muriera sin saber lo que era el amor.
Sasuke volvió a mirar a su hermano.
—Creo que deberías decírselo. No es justo para ella dejarla en esa posición.
Itachi observó al pelinegro asombrado y en su rostro compungido se esbozó una sonrisa. Tal vez aquel era su modo de ofrecer una disculpa.
—¿Crees que no he pensado en eso?— cuestionó—. Todas las noches antes de dormir me atormento cuestionándome cómo puedo decírselo. No quiero lastimarla.
—Pero terminaras haciéndolo— acotó Sasuke.
Hubo un silencio que perforó los oídos de ambos.
La vida era cruel.
Aunque no lo quisieran, tanto Itachi como Sasuke estaban atados al sistema que se empeñaba en destruir el mundo. El país estaba enfermo. Y no solo por aquel estúpido proyecto, sino porque cualquiera que mostrara incluso la más mínima resistencia al Gobierno era eliminado inmediatamente. Al Régimen no le importaba en absoluto si una persona era inocente o no, y continuaba derramando una sombra intimidatoria sobre las vidas de todos aquellos que no tenían otro remedio más que obedecer sus políticas y que encontraban únicamente consuelo en las pequeñas cosas que la vida les ofrecía. Y cuando les arrebataban sus fuentes de felicidad, lo único que podían hacer era humillarse y aguantarse.
Pero Sasuke comenzaba a creer que todo aquello era un desastre, a pesar de todo. Estaba seguro que más de una persona debía haber pensado lo mismo que él. Pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. Comenzaba a pensar que debía protestar, aunque fuera peligroso. Y cuando más conocía el mundo, más persuadido estaba de ello.
—¿Papá te habló del nuevo proyecto?— preguntó Sasuke en un intento desesperado por tocar otro tema.
El mayor de los Uchiha se limitó a cerrar los ojos antes de intervenir.
—Lo discutió con los Comandantes y demás Generales días atrás— dijo él sin sonar molesto o rustico—. Se sometió a votación interna antes de presentarse. No estuve de acuerdo, naturalmente. Me parece una aberración— agregó—. En realidad, Ikigai consiste en cuadras para kunoichis con las que los Generales y Comandantes puedan tener relaciones sexuales cuando quieran y dejarlas embarazadas para ofrecer a Fugaku el regalo de un hijo Uchiha.
Ahora que Itachi lo planteaba de esa forma, no pudo evitar sentir más asco.
—Es retorcido, pero tratándose de Orochimaru…— comenzó a decir. A su mente arribaron algunas imágenes de la unidad 121. Lo que sucedía en esos campos era un secreto a voces.
—Lo sé— coincidió Itachi.
Una vez más, Sasuke se sintió insignificante. No había nada por hacer.
Había tiempo de sobra. Esa era una de las cosas para las que no estaba preparada: la cantidad de tiempo vacío, los largos paréntesis de nada. El tiempo era como un sonido blanco.
Aun así, por más tediosos que le parecieran esos momentos a solas, agradecía contar con un espacio para recuperarse. Durante las últimas sesiones había sobrepasado los límites al punto de desmayarse. Cada vez que abría los ojos, un insoportable dolor la mantenía recostada en la cama, como si se materializara en forma de cadenas y la ataran a cada extremo del mueble, tensándole cada músculo, machacando todas las articulaciones, destrozando sus nervios.
El llamado a la puerta supuso un abrupto final a sus cavilaciones.
Resignada, se levantó de la cama. Contuvo la respiración y abrió la puerta sin darse una oportunidad para prepararse mentalmente para ello.
Ante sus ojos apareció el perfecto rostro cincelado de Itachi. Llevaba el cabello suelto y había sustituido el uniforme de Comandante por un atuendo austero compuesto por una camiseta negra y pantalones del mismo color.
—Itachi— masculló impactada. Era la segunda ocasión que el mayor de los hermanos Uchiha se tomaba la libertad de ir a buscarla a su habitación. Normalmente, Sakura acudía a sus aposentos para realizar las sesiones de curación, nunca era al revés—. ¿Está todo en orden? ¿Sucede algo malo contigo?
Itachi negó con la cabeza una vez, formando una sonrisa ladeada.
—Me siento de maravilla. Las píldoras hacen que el dolor sea…soportable.
La tensión desapareció de sus hombros al escucharle decir eso.
Ella le regresó una sonrisa cansada.
—Me alegra saber que están surtiendo efecto— dijo con voz serena—. Aún así, supongo que no estás aquí para hablar de las píldoras ¿cierto?
Hasta entonces creía saber mucho sobre Konohagakure, o lo que quedaba de ella. Vivir en carne propia ese tormento siempre era diferente, y con el Régimen era muy, muy diferente. Aquel sitio era resbaladizo, como caminar sobre hielo: sentía que perdía el equilibrio a cada momento. No podía interpretar las expresiones de la gente, y cuando hablaban a menudo no sabía lo que decían. Sin embargo, sucedía lo contrario con Itachi. Le parecía que, de todos los Uchiha con los que se había cruzado hasta el momento, el primogénito de Fugaku era el más transparente y genuino de todos, inclusive el más amable y considerado. Pero si se detenía a hablar de Sasuke… Sasuke era un caso especial, un enigma que no conseguía descifrar.
Itachi se encogió de hombros.
—¿Cómo estás?— quiso saber—. ¿Qué tal sobrellevas los efectos secundarios del bloqueador de Chakra?— sus ojos negros se dirigieron al diminuto dispositivo situado en la parte superior de su oreja izquierda.
En un acto reflejo, Sakura escondió el bloqueador tras un mechón de cabello. Los Uchiha se habían asegurado de aplicarlo en un sitio donde pudiese vislumbrarlo cada vez que captara su imagen en el reflejo del espejo o de cualquier superficie. Sabía que lo hacían para torturarla. Era un pequeño recordatorio de su posición dentro del Régimen y del tormento que vivió en carne propia en los últimos años.
—¿Honestamente?— preguntó alzando ambas cejas—. Es una mierda, pero no es nada con lo que no pueda vivir— sonrió—. ¿Estás herido?— preguntó examinándolo rápidamente, esperando que no le estuviera ocultando ninguna lesión.
—No— se apresuró a negar el muchacho—.En realidad no se trata de mi— confesó. Echó un vistazo en dirección al pasillo; una vez se aseguró que no hubiera testigos, colocó una mano sobre el hombro de la Kunoichi y la empujó delicadamente al interior de la habitación, ingresando con ella.
Sakura hizo una mueca.
No comprendía al punto que quería llegar Itachi, sin embargo, por la expresión en su rostro y la tensión en los músculos de su cuello podía intuir que se trataba de un asunto engorroso.
—¿Es posible que…?— titubeó—. ¿Eres capaz de atender a otra persona?— cuestionó
—¿Es un shinobi?— preguntó con desasosiego. La última vez que Itachi irrumpió en su habitación fue con un moribundo Shisui a sus espaldas.
—Lo era— murmuró el chico con sinceridad.
—¿Qué anda mal con esa persona?— quiso saber.
Probablemente estaba actuando demasiado aprensiva, pero necesitaba asegurarse que podía realizar dicho trabajo.
—No lo sé con certeza— la mirada de él se opacó en una nube de tristeza que pudo controlar a medias entre los mechones de su cabello azabache—. Diferentes ninjas médicos la han atendido, pero no muestra mejoría.
Sakura percibió la pena de Itachi como suya. Era la primera vez que lucía tan abatido, al menos ante ella.
Sus miradas se toparon como si se tratara de una fuerza magnética. La pelirosa se tensó de inmediato.
—Necesito tu ayuda, Sakura— masculló suplicante.
Antes de responder, la kunoichi en cuestión dejo escapar un largo suspiro.
—Lo haría con todo gusto— comenzó a decir procurando sonar tan firme como el acero—, sin embargo, no tengo autorización para abandonar la casa.
Para ella, estar ahí no era un privilegio. No encontraba libertad en la comodidad. La habían despojado de los pesados grilletes metálicos para sustituirlos por unos acolchados, grilletes a fin de cuentas.
—No te preocupes por eso. Pensé en todo— apostilló Itachi.
Sakura lo miró, insegura, mientras él le extendía una muda de ropa. Dubitativa, observó con detenimiento el uniforme, era idéntico al que utilizaban Suzume y Tamaki todos los días.
—¿Cómo lo conseguiste?
—Lo tomé prestado. Tamaki ni siquiera lo notará— dijo Itachi en un tono que delataba inocencia fingida.
Estrujo la tela con cierta aprehensión. Aquella era una mala idea en muchos sentidos. Si Fugaku o Mikoto Uchiha llegaban a enterarse de eso no dudarían en otorgarle un pase directo a la muerte.
Itachi se alzó de hombros; aprovechándose de la cercanía entre los dos, musitó en voz baja:
—Nada malo sucederá, Sakura, todo está bajo control— sentenció con ese tono categórico tan suyo que era capaz de convencer a cualquier persona de cumplir sus deseos—. ¿Confías en mí?
Sakura apretó los labios hasta reducirlos en una fina línea, al mismo tiempo que analizaba la expresión en el rostro de Itachi.
El cuerpo de la pelirosa se contrajo un instante y soltó un ruidoso suspiro de resignación
—Sí, confió en ti— recitó sin sentirse muy animada por su nueva aventura, aun así sus palabras eran genuinas.
En los ojos de Itachi un brillo de entusiasmo se reflejó en los dos irises negros.
—Gracias, Sakura— le dedico una sonrisa discreta—. Estaré esperando en la puerta de servicio— anunció antes de abandonar la habitación.
Una vez la puerta estuvo cerrada, dejó escapar un largo suspiro.
«¿Qué hiciste, Sakura?». Se reprimió a si misma.
Con aquel pensamiento elucubrando su mente, comenzó a desvestirse; se quitó la parte superior, luego el pantalón. Cubrió la desnudez parcial de su cuerpo con el sencillo yukata en color azul petróleo y lo ató alrededor de su cintura.
Escondió la melena rosada entre los confines de un pañuelo, no había forma que los guardias no la reconocieran, después de todo, había pertenecido a la Insurgencia.
Una vez preparada, tomó una enorme bocanada de aire. Caminó por el pasillo implorando no toparse con nadie.
Al arribar a la cocina, encontró a Suzume sentada ante la mesa de la cocina. Frente a ella, sobre la mesa, había un crista con cubos de hielo. En el interior flotaban rábanos convertidos en flores, rosas o tulipanes. Estaba cortando algunos más sobre la tabla de picar, con un cuchillo de mondar, y sus manos se mostraban hábiles pero indiferentes. El resto de su cuerpo lucía inmóvil, igual que la cara. Era como si lo hiciera dormida. Sobre la superficie de esmalte blanco había una pila de rábanos, lavados y sin cortar.
Sakura ahogó un suspiro. Sus pisadas resonaron sobre el suelo.
—Tamaki— espetó la mujer sin molestarse en levantar la vista—. Si vas a regresar al mercado, asegurate de pasar y comprar naranjas, diles que son para el General Fugaku, no aceptes un "no" por respuesta.
Sakura cerró los ojos con fuerza. «Maldito seas, Itachi Uchiha», maldijo por dentro. Con las manos temblorosas, tomó una bolsa y apresuró el paso hacia la dichosa puerta de servicio sin inmutarse en responder.
Recorrió los pasos que la apartaban de su objetivo, consciente de cada errático latido bajo la piel de su cuello. Debió estar muy ansiosa, porque no se dio cuenta cuando chocó contra el pecho de Itachi, quien la tomo de la mano y tiró de ella, ayudándola a mantener el equilibrio.
—¿Estás bien?— preguntó consternado.
Sakura tardó un segundo en responder. El segundo más largo de toda su vida.
—S-sí, lo estoy— titubeo—.¿Tienes mi pase?— preguntó a la par que se alejaba de él.
—No te preocupes por eso— la tranquilizó—. Te he conseguido uno.
Dicho esto, se deslizaron juntos por el jardín trasero hasta adentrarse en el bosque.
El camino estaba accidentado, no cualquiera podía pasar por allí, pero era la única opción.
—¿Puedo preguntar a dónde vamos?— preguntó Sakura jadeando ligeramente.
—Al barrio popular de los Uchiha— respondió él con voz neutral.
Cruzaron un puente de piedra casi destruido. Estaba claro que el camino no era transitado. Lo dedujo al vislumbrar como en algunos sectores la naturaleza comenzaba a apropiarse de las edificaciones destruidas, pintando las superficies de verde vibrante.
—Pensé que los Uchiha vivían en el mismo sector— artículo la kunoichi bastante extrañada por la declaración.
—No— suspiró con cierto cansancio—. Al igual que los Hyūga nuestra familia se divide en dos ramas: principal y secundaria— comenzó a explicar sin sonar demasiado monótono o rustico—. La familia principal está compuesta por Uchihas de "sangre pura". El linaje es inalterado. En cuanto a la rama secundaria, se trata de descendencia Uchiha y una persona común o algún otro shinobi. Se que es una estupidez, pero así son las cosas.
Sakura optó por reservarse sus comentarios. Dicho escenario no era inusual en el mundo shinobi. La endogamia podía representar ventajas económicas, aunque, en el caso de ambas familias, dicho enlace aseguraba que el patrimonio permaneciera en el clan.
—Tendremos que ser rápidos— comentó—. Nos mezclaremos con las personas.
Sakura asintió.
Por un instante imaginó que el bosque no los llevaría a ningún lugar en concreto, pero estaba equivocada. Aquel sector conectaba con uno de los tantos callejones disponibles en el distrito.
No tuvo más remedio que seguirlo hasta una calle que discurría a lado de un arroyo. Caminaron una cuadra más o menos a la luz del sol, siguiendo los árboles que se encorvaban sobre las oscuras aguas.
Las calles estaban transitadas; la gente iba y venía de un lado a otro, demasiado absorta para reparar en ellos dos. A simple vista, Itachi tenía el aspecto de un civil y ella el de una criada cualquiera.
Por fin, Itachi torció en un callejón flanqueado de casas de madera. Estaban tan pegadas unas a otras que parecía que compartían una sola fachada, con lo que volvió a sentirse perdida.
Se detuvieron ante una de las puertas. Llamó con dos golpes y, pocos segundos después apareció una chica de belleza exquisita, alta y esbelta; llevaba el cabello corto, a la altura de la barbilla, permitiéndole apreciar sus delicadas facciones.
No le tomó mucho tiempo reconocer su rostro. Había visto a la joven en la casa de los Uchiha durante la reunión con los demás Kages. Era la joven del exquisito kimono turquesa, la misma que lanzaba discretas miradas a Itachi y avivaba el sonrojo en sus mejillas.
—Eso fue rápido— dijo la mujer.
—No tenemos mucho tiempo— urgió Itachi.
Ella comprendió.
—¿Es ella?— cuestionó la joven echando un leve vistazo en su dirección.
Sakura estaba habituada a ese tipo de reacciones. Cuando los Uchiha se jactaban de tener en su poder a la aprendiz de Tsunade Senju, nadie imaginaba que se trataría de una joven desgarbada, demasiado pequeña para ser una kunoichi poderosa.
—Haruno Sakura, estoy a su servicio— hizo una pequeña reverencia.
—Oh, no es necesario— profirió la chica con una ligera inclinación de cabeza—. Las formalidades no son mi fuerte— la risa de Izumi se sintió como un suave cosquilleo—. En realidad, estoy fascinada de conocerte. Itachi ha hablado mucho sobre ti.
Sakura asintió gustosa y sonrió internamente.
—Espero que solo hayas escuchado cosas buenas— respondió.
Izumi asintió con un movimiento de cabeza.
—Lo mejor de lo mejor— le aseguró—. Comenzaba a sentirme un poco celosa y, sin duda, me sentía intrigada.
La pelirosa no pudo evitar sonrojarse un poco. Era imposible que Itachi se fijara en una kunoichi de su tipo cuando su absoluta e indivisible atención le pertenecían a ella.
Izumi los hizo entrar, encontrándose en un pasaje de terrazo que corría entre dos construcciones casi pegadas y terminaba en un patio detrás de ambas.
En el vestíbulo principal se abrían unas ligeras puertas correderas. Una de las puertas estaba abierta, y vio una pequeña habitación forrada de madera.
—Supongo que Itachi no mencionó por qué estás aquí ¿cierto?— susurró ella lo suficientemente bajo como para que el Uchiha en cuestión no escuchara. Sakura negó con la cabeza. Izumi dejo escapar un suspiro cansado—. Se trata de mi madre— anunció—. No ha estado bien desde hace un tiempo. Los médicos dicen que no pueden encontrar el origen de la enfermedad. Pasa la mayor parte del tiempo dormida a causa de la medicación.
La pelirosa frunció el ceño con fuerza.
Izumi detuvo el paso bajo el umbral de la puerta.
—Realmente me apena pedírtelo, sé que no estoy en posición de hacerlo— explicó la pelicastaña exponiendo la sinceridad de sus pensamientos en cada palabra pronunciada. Desvió su atención una milésima de segundo y la tristeza alcanzó el fondo de su afable mirada cuando continuó mascullando—: ¿Puedes ayudarla?
Sakura cerró los ojos con fuerza. Recordaba haber estado en la misma posición de Izumi años atrás, cuando era una niña pequeña escapando de la guerra. Tal vez, por ese motivo la embargó una imperiosa necesidad de abrazarla. Mas no lo hizo.
—Haré todo lo posible— alegó Sakura en un susurro.
Antes de mover un musculo, Izumi se abalanzó hacia ella, envolviéndola en un fuerte abrazo que la tomó por sorpresa.
—Gracias, gracias, gracias— dijo ella contra su oído.
El contacto fue efímero, pero sincero. Cautelosa, Izumi ingresó a la habitación y se colocó en cuclillas a lado de la cama. Sakura consideró prudente aguardar cerca de la puerta.
—Mamá— la llamó con voz suave—. Itachi trajo consigo a una persona que probablemente pueda ayudarte— entrelazó su mano con el de la mujer que reposaba en la cama.
—No quiero ver a más doctores— dijo ella con voz cansada.
—Te aseguro que es una excepción— Izumi sonrió a penas, acariciando el dorso de la mano de su madre de forma cariñosa—. Haruno-san, acercate— la incitó a entrar.
Se vio a sí misma entrar a la habitación, como si su cuerpo hubiese tomado la decisión sin consultarle; actuando por mero reflejo.
La mujer despegó los ojos del rostro de su hija y la miro directamente a la cara, y dijo con una voz pastosa:
—¿Uzumaki Mito?— murmuró atónita.
En un acto reflejo, llevó una mano hasta su frente, recordando la marca de aquel poderoso sello.
Izumi se encogió de hombros, como pidiéndole disculpas.
—Durante un tiempo mi abuela fue una de las doncellas de Mito Uzumaki— comenzó a relatarle Izumi—. Solía contar historias increíbles sobre ella. Probablemente debió confundirte por el sello en tu frente.
La kunoichi se encogió de hombros.
Sin más dilaciones, se aproximó a su lecho. Colocó ambas manos sobre su cuerpo a la par que comenzaba a acumular chakra en las palmas de sus manos
Debió pasar una eternidad cuando por fin consiguió solventar el suplicio que aquejaba a la madre de Izumi. Tal como suceda cada vez que recurría al uso del ninjutsu médico, el dolor se difuminó por cada uno de sus nervios hasta entumecerle el cuerpo, convirtiéndola en un ovillo de temblores y espasmos.
Fue hasta que el chakra se extinguió de sus manos que se detuvo abruptamente. Un sudor fío perló su frente.
La frágil mano de la mujer tomó la de ella en un gesto de ternura que estrujo el nudo en su garganta.
—Eres un ángel— siseó por lo bajo antes de parpadear con pesadez hacia ella—. Tendrás una larga vida.
Sakura intentó sonreír, pero fue un rotundo fracaso. Ella guardó silencio un par de segundos mientras estudiaba a la mujer con tristeza.
—Descanse, Uchiha-sama— le susurró.
Una vez consiguió levantarse, respiró a un ritmo lento y profundo. Intentó ignorar el ardor en sus músculos a medida que avanzaba por el pasillo; reprimió el deseó de gritar mordiéndose el labio inferior y cerrando los ojos para contener las lágrimas.
En aquel momento era más dolor que persona, el simple hecho de respirar la había dejado al borde la inconsciencia. Estaba débil. Dudaba que pudiese realizar el camino de regreso a la mansión Uchiha.
Antes de ingresar al vestíbulo, recargó el cuerpo contra la pared luego de perder el equilibrio y percibir como todo se movía dentro de su cabeza.
«Tranquilizate, Sakura», le dijo una voz en su interior.
Aun así, pese al suplicio que la embargaba, desde ese punto era capaz de vislumbrar a Izumi e Itachi. Los veía con tanta claridad que no pasó desapercibida la manera en que, con las manos aun entrelazadas, Itachi la rodeó por el hombro.
Así se abrazaron y besaron. ¿Fueron solo unos segundos? ¿Fue un minuto?
En cualquier caso, el besó se acabó cuando la escucharon carraspear.
Avergonzada, Izumi se apartó del Uchiha como si estuviese cerca de una fogata.
—¿Y bien?— cuestionó ansiosa; un bonito sonrojo coloreaba sus mejillas.
—Neumonía— dijo a duras penas—. Conseguí tratar el edema pulmonar. Ahora solo queda esperar a que los antibióticos surtan efecto.
—Gracias— susurró Izumi a la par que la rodeaba con ambos brazos—. Estoy en deuda contigo.
Sakura negó con la cabeza.
—En todo caso a quien deberías agradecerle es a Itachi— sentía la boca arenosa, le costaba tragar.
El aludido hizo una mueca desaprobatoria.
—Yo no hice el trabajo— respondió.
—Gracias a ambos— afirmó la muchacha con una enorme sonrisa.
La habitación caldeaba a causa del calor estival. En el ambiente flotaba el aroma a tinta y pergaminos, al igual que el olor a tierra y hierba.
Colocó el documento sobre la superficie del escritorio antes de dejar caer todo el peso de su cuerpo en el respaldar de la silla hasta estirarse bajo el techo. No corría ni la más leve brisa, las cortinas blancas eran como vendas de gasa que colgaban flojas, brillando bajo el aura que proyectaba el reflector que iluminaba la casa durante la noche, ¿o era la luna?
En realidad no le importaba. Masajeó el puente de su nariz a la par que cerraba los ojos enrojecidos por el esfuerzo visual que suponía mantener la mirada fija en extensos reportes durante horas. Aquel pensamiento consiguió divertirlo. Usar el Sharingan resultaba más doloroso que pasar la tarde entera leyendo.
Frunció el entrecejo cuando su mirada se encontró con la oscuridad de la noche enmarcada por la ventana.
Sasuke se irguió en la silla giratoria. Se levantó cautelosamente y caminó hasta el ventanal. El cielo estaba claro, aunque con el brillo de los reflectores era imposible verlo bien; en él flotaba una luna, una luna anhelante, el fragmento de una antigua roca, una diosa, un destello. La luna era una piedra y el cielo estaba lleno de armas mortales, pero de todos modos era hermoso.
Restregó una mano contra su rostro en un intento por disipar el cansancio. Intentar regresar al trabajo sería en vano. La cabeza comenzaba a latirle con insipiencia y la tensión contenida en su cuello era un claro indicativo que su cuerpo clamaba descanso.
Necesitaba aclararse las ideas antes de ir a la cama. La reunión de la mañana consiguió perturbarlo al punto de cuestionar —por milésima ocasión— el sustento de sus principios y creencias. La guerra real era todo lo que había visto por sí mismo desde que su padre tomó el poder, los campos de batalla donde los huesos de los muertos insepultos se elevaban cada primavera hasta la superficie de las gramíneas. La guerra real eran los miles de refugiados que morían de cólera en las fronteras, y las cabezas ensangrentadas de los opositores clavadas en picas a lo largo del río. Había llegado a la conclusión de que, en la guerra de verdad nadie sabía de qué lado estaba, y no había banderas, comentaristas ni vencedor. En guerra no había enemigos.
Caminó por los pasillos de la casa aparentando un semblante tranquilo mientras que en su interior la soflama del decaimiento lo engullía hasta tensarle los músculos de la espalda.
Se detuvo al vislumbrar una luz proveniente del despacho de su padre. La puerta estaba ligeramente entre abierta y, desde el pasillo, era posible escuchar la música proveniente del interior.
Tal como había sucedido aquella vez que vislumbró a Itachi en el suelo, Fugaku se percató de su presencia.
—Sasuke, ¿eres tú?— aclamó con un rumor adusto.
El interpelado cerró los ojos, tomó una enorme bocanada de aire y asomó la cabeza.
Evidentemente, su padre no hizo expresión alguna que reflejara impresión, se limitó a mantener la mirada fija en el objeto que sostenía con ambas manos.
—Sí— respondió al fin.
—Pasa— se limitó a susurrar.
Lejos de pedírselo, Sasuke cerró la puerta tras de sí. Era una obligación hacerlo.
Le resultó extraño que su padre estuviese allí, pasaba una de cada tres semanas en ese lugar, más o menos. En la pared había un retrato de Madara, y un par de fotografías de sus dos hijos ataviados con su uniforme de tenientes en el escritorio. Fugaku sostenía una pieza de loza en la mano. Coleccionaba cerámica y le encantaba ir en busca de objetos fuera de lo común. Un pasatiempo que había abandonado a causa de sus obligaciones como líder del Régimen.
—¿Qué estabas haciendo?— quiso saber el hombre, echándole un vistazo por encima de los lentes de lectura.
—Trabajando. Estaba a punto de salir a dar un paseo— respondió.
Fugaku le dirigió un breve gesto con la cabeza y se sentó, erguido, y con las manos sobre el reposabrazos de la silla.
—¿Podemos hablar?— preguntó el General por lo bajo—. No como General y Capitán, si no como padre e hijo.— dijo en tono amable.
Sasuke asintió con un ligero movimiento de cabeza. Era la primera vez que le solicitaba permiso para entablar una conversación más allá de las formalidades que sus puestos demandaban.
Mientras seguía con la mirada los movimientos de su padre, se dio cuenta que no era capaz de recordar la última vez que ambos compartieron un momento bajo dicha etiqueta. Tan pronto como Fugaku se hizo de poder, el cuidado y la crianza de sus hijos recayó por completo en Mikoto quien, sin lugar a dudas, realizó un esfuerzo sobrehumano para cumplir ambos roles.
Le extendió un trago de sake cuando regresó al escritorio.
—Por la prosperidad del Clan— elevó el contenedor de cerámica a manera de brindis, secundado por Sasuke.
Fugaku bebió de golpe el licor y él lo imitó, procurando ignorar el escozor en su garganta.
—¿Puedo preguntar a qué se debe tu buen ánimo?— cuestionó por lo bajo, cauteloso.
—La reunión con el Daimyō resultó mejor de lo que esperaba. Dentro de poco estaremos celebrando la unión matrimonial entre Itachi y la hija del Señor Feudal— sonrió.
No era una sonrisa siniestra ni depredadora. Se trataba simplemente de una sonrisa, un gesto formal, amistoso pero un poco distante, como si él fuese un animalito en un escaparate, la mascota que mira pero que no tenía intención de comprar.
—Me alegra saber eso— mintió.
Fugaku asintió.
—Puede que nuestra relación se haya transformado con el tiempo, la magnitud de mi trabajo y todo lo sucedido en los últimos años me han convertido en una figura paterna ausente— comentó, su respiración se cortó un instante.
Sasuke permaneció callado; se limitó a mirarlo.
—No soy un buen padre— prosiguió, como sí él hubiese respondido.
Sasuke lanzó un suspiro y contestó:
—Has hecho todo lo posible para que Itachi y yo vivamos bien— respondió mientras exhalaba el aire atrapado en su pecho.
—Eso no basta— lo interrumpió—. Quiero convertirlos en hombres de bien, que sigan el camino correcto.
Sasuke entrecerró los ojos. Había algo que no encajaba y sabía que, desde luego, nada bueno se avecinaría a continuación.
—¿Y cuál es ese camino?
Lo único que se reflejaba en los ojos de Fugaku en ese instante era un extraño fulgor.
—El deber— dijo.
Un escalofrió le recorrió la espalda.
El azabache se quedó absolutamente rígido, sin mover un solo músculo de la cara. Su padre debió haberlo notado porque lo miraba sorprendido; frunció un poco el ceño, cosa que él decidió interpretar como preocupación, aunque podría ser simplemente irritación.
Fugaku se levantó de su asiento y caminó hasta el otro lado, donde la reserva de alcohol aguardaba en una esquina de la habitación.
—¿Quieres otro?— cuestionó al mismo tiempo que vertía más sake en su propio ochoko.
—No— negó de inmediato—. Un trago fue suficiente.
Pese a todo, su padre se mostró benevolente y no siguió insistiendo.
—Como quieras— masculló.
Consiguió levantarse con cierta dificultad. El corazón le dio un vuelco, empezó a sentir náuseas y trató con todas sus fuerzas reprimir el dolor que había suscitado aquella amenaza disfrazada de una amistosa charla.
Le era imposible permanecer más tiempo encerrado entre esas cuatro paredes.
Cuando sus pies estuvieron listos para marcharse, la voz de Fugaku hizo eco en la habitación hasta colarse entre los espacios de sus huesos.
—Sasuke.
Él se detuvo en seco. Giró la mirada hasta caer en la profundidad de los ojos oscuros de su padre.
—Haré cualquier cosa con tal de asegurarme que tu e Itachi cumplan con su deber— le recordó.
—No tengo duda de eso— dijo Sasuke. Logró expresarse con voz calmada, pero el corazón le latía desbocado.
—Es bueno saberlo— murmuró.
Y sin más, Sasuke salió de la habitación.
Caminó por el pasillo en penumbras en dirección al jardín trasero. Sintió los vellos de la nunca erizársele al instante en que la brisa estival acarició su rostro.
Con el corazón latiéndole a mil, el pelinegro levantó la cabeza, encontrándose con Sakura sentada en el porche, cerca de las escaleras. Esta vez no iba vestida con sus ropas de prisionera, si no con el delgado camisón blanco de algodón que dejaba muy poco a la imaginación.
No obstante, la kunoichi no se inmutó, permaneció quieta, admirando la belleza del jardín frente a ella, mientras el viento batía las hojas de los arbustos.
Se desplazo tímidamente hasta llegar a su lado. Sus miradas se encontrar al instante, atrayéndose como imanes. Sasuke tragó grueso, esperaba no manifestar lo nervioso que se sentía al tenerla allí bajo sus pies y no en los confines de su mente.
—¿Largo día?— su voz resonó por encima del murmullo de las ramas.
La brisa acarició las pálidas mejillas del Uchiha; el aire alborotó los mechones de cabello que caían sobre su rostro demacrado.
—Más complicado que largo— aclaró con seriedad.
Ante la luz de la luna, Sakura lucía hermosa.
Apartó la mirada, haciendo un esfuerzo sobrehumano para desbancar los pensamientos libidinosos de su mente.
De nuevo, ambos recayeron en un mutismo.
Los ojos de Sasuke viajaron inconscientemente hacia el punto que Sakura oteaba empedernidamente. Debajo del roble, se apreciaban las figuras de Itachi e Izumi, ambos ocultos entre el follaje.
La pelirosa levantó la mirada hacia Sasuke y dijo calladamente:
—Itachi y ella…
No necesitaba ser un genio para comprender de lo que estaba hablando. Las muestras de cariño entre ambos dejaban muy poco a la imaginación.
—Se conocen desde que ingresaron a la Academia— sus palabras sonaron claras, como una campana, en el silencio que se había hecho—. Los dos son muy buenos amigos.
—Ya veo— susurró Sakura, apartando la mirada de Sasuke, y añadió—: Aunque, me atrevo a decir que no solo son buenos amigos.
Itachi rodeó a la chica por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo para sellar la distancia con un apasionado beso.
—No durara— dijo calladamente, casi para sí.
Sakura inclinó la cabeza como si estuviera confusa.
—Dentro del Clan hay una serie de reglas que debemos seguir, nadie está exento— la voz de Sasuke resonó firme a un costado de la kunoichi—. Si bien la madre de Izumi es una Uchiha de la rama principal, su padre no era un shinobi. Eso la delega a la rama secundaria— terminó de explicar, tomándose su tiempo para respirar el aroma del verano y disfrutar de la gélida brisa nocturna.
—Nunca entenderé las complicadas y absurdas reglas de los grandes Clanes— resopló ella.
—No son absurdas, están hechas para mantener el orden— protestó. Probablemente sonaba con un verdadero beatillo de mierda, pero no podía evitarlo.
—Siempre hay una manera de transgredirlas.
—Lo dices de esa forma porque estás habituada a hacerlo, una kunoichi de tu clase…— bramó entre dientes aun con la mirada fija en ella, queriendo abofetearse al instante siguiente que las palabras abandonaron su boca.
Sakura apartó la mirada. Puede que sus cejas bien definidas temblaran un poco en la oscuridad. Sus labios parecían formar una sonrisa levemente melancolía.
—Puede que no provenga de un clan tan prestigioso como el tuyo, pero al menos, cuando me fue posible, podía elegir.
La frente del Uchiha se arrugó y los músculos de su cuerpo se contrajeron a la par.
—¿Qué otra cosa puede ser más importante que el deber?— quiso saber.
Sakura apartó los ojos de los amantes y, por lo que pareció un minuto entero, intercambió una mirada indescifrable con Sasuke bajo la luz mortecina de la luna.
—El amor— afirmó.
El rostro del azabache se quedó petrificado. Titubeo un poco y luego añadió:
—¿El amor?— se extrañó.
Una sonrisa infeliz ladeo los labios de Sakura cuando volvió a hablar.
—Si, enamorarse— repuso.
Cualquier cosa que se hubiese planteado decir se vio interrumpida cuando la pelirosa se puso de pie. Sin inmutarse, caminó en dirección a la puerta y una vez que estuvo a su lado dijo:
—Buenas noches, Sasuke.
La vislumbró partir, atónito.
Las palabras de Sakura le habían dado mucho en qué pensar.
Continuara
N/A: ¡Buenas, gente bonita! Espero que estén súper bien :D
Muchísimas gracias por su paciencia infinita y, como siempre, también agradezco el apoyo que me brindan mediante follows, favorites y, en especial, sus lindos reviews 3
Bueno, aquí está el noveno capítulo de esta larga, compleja y dramática historia. Les aseguro que se vienen más momentos entre nuestra pareja, así que no desesperen, tan solo procuren disfrutar el momento.
Algo que me gustaría comentar es que el mencionado proyecto Ikigai, está inspirado en una de las tantas políticas de fascismo nazi en Alemania, la cual llevaba por nombre Lebesborn.
Sin nada más que decir me despido. De nuevo agradezco enormemente sus reviews. Gracias ¡son increíbles!
Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren ¡cuídense mucho! ¡Nos leemos pronto!
Adelanto del próximo capítulo
Parte II
Capítulo X
Consecuencias irremediables
