Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Advertencia: Este capítulo incluye descripciones de tortura física y psicológica.
Heredera de la Voluntad de Fuego
XII
Konohagakure, 4 años atrás.
—¡Levantate!— bramó una de las voces autoritarias al ingresar en la celda.
Antes de que llegara a ponerse de pie del todo, la levantaron de un tirón, obligándola a ponerse en marcha.
—Por favor, por favor, por favor— repitió una y otra vez como si se tratase de una mantra—. Lo siento, por favor.
«Se acabó— pensó—. Van a fusilarme».
Estaba atormentada por el dolor de la paliza, la sed, los grilletes apretados en torno a sus muñecas, el ruido atronador de la radio, el terror de las pisadas y las órdenes.
Trató de llevar la cuenta de los días transcurridos desde su detención, pero la soledad, la oscuridad y el miedo le trastornaron el tiempo y le dislocaron el espacio, creía ver campos plagados de monstruo, imaginaba que la habían drogado y por eso sentía los huesos flojos y las ideas dispersas.
Escuchó los gritos, los largos gemidos y la radio a todo volumen. El bosque, Naruto, sus amigos, se perdieron en el túnel profundo de su terror y se resignó a enfrentar su destino sin subterfugios.
Los guardias la condujeron entre insultos y amenazas a una amplia habitación. Al otro lado de una camilla, había un hombre con una cicatriz en la mitad del rostro.
Sin necesidad de emitir una orden hablada, los hombres la obligaron a recostarse boca abajo sobre la camilla. Le sustituyeron los grilletes de metal por dos correas de cuero, enredándolas en sus muñecas lastimadas y alrededor de sus tobillos, de esa forma la mantendrían inmovilizada.
Lágrimas brotaron de sus ojos; con toda la fuerza que le era posible, elevó un poco el rostro: El General Obito Uchiha se encontraba de pie frente a ella, con una expresión solemne en el rostro que dejaba entrever un deje de asco mientras sostenía su mirada.
—Lo que más me decepciona no es que me hayas traicionado, Sakura— siseó con el ceño fruncido—.¿Sabes qué es lo que más me molesta?— la pelirosa no respondió, no tenía voz para hacerlo—.Lo que más me duele de este horrible incidente es la ingratitud— escupió—. ¿No te das cuenta de la oportunidad que te hemos brindado?
Notó la calidez y humedad de sus lágrimas descender por su rostro.
—S-sí, sí, lo intento— balbuceó.
—Eras una rebelde, una perra despreciable— dijo con suavidad, creando un contraste con el veneno del que estaban cargadas sus palabras—.Encontramos la forma de hacerte útil— reprochó—. ¿Dónde está esa gratitud?
Lo que experimentaba en ese momento no era calma, sino una parálisis. No podía contener el llanto. Estaba aterrada. Mientras se diera por muerta, sin preocuparse por el futuro, menos sufriría.
—L-lo s-siento, lo siento— tartamudeo su voz queda.
Obito elevó la mirada luego de un profundo parpadeo.
—Lo sé— dijo con voz pausada, colocando una mano sobre la de ella—. El General perdonara tus fallas, pero tus actos tienen consecuencias.
Inquieta, lo vislumbró marcharse tras la bruma de lágrimas que empañaban sus ojos. Con la elegancia que lo caracterizaba, el hombre tomó asiento en una de las sillas dispuestas al otro extremo de la sala, lo suficientemente alejada para brindarle una buena vista del espectáculo que estaba a punto de presenciar.
—Yo lo hare— dijo una voz a sus espaldas.
—¡No, no, no! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Lo siento! ¡Por favor!— suplicó.
Intentó luchar, aun cuando sabía que aquello era inútil.
Pronto, sus suplicas fueron sustituidas por un dolor atroz que le recorrió el cuerpo y la ocupó completamente y que nunca, en los días de su vida, podría llegar a olvidar.
Hizo un esfuerzo sobrehumano por llevar la cuenta de los latigazos; uno, dos, tres, cuatro, cinco. La carne de la planta de sus pies comenzaba a abrirse y de las yagas borboteaban ríos escarlata que caían a goterones sobre el inmaculado piso de madera.
Mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas y el dolor embriagaba sus nervios. Sakura pensó: «Me las pagaran. No me importa cuánto tiempo necesite o cuánta mierda tenga que tragar hasta entonces, pero me vengaré».
Los ojos de Sakura se abrieron de golpe, como el abrupto despertar después del efecto de un sedante. Exhaló una enorme bocanada de aire, aterrada, con el eco de los latigazos resonando en los recovecos de su mente.
Empapada en sudor, se reincorporó en la cama, llevando las manos a su pecho; el corazón le latía desbocado y una sensación de ardor se esparcía por su pecho, oprimiéndole los pulmones al punto de tornar imposible la respiración. Cerró los ojos con fuerza e hizo hasta lo imposible por no sollozar.
En el deplorable estado en el que se encontraba, las pesadillas y los recuerdos eran constantes. Ambos parecían entremezclarse al punto de no diferenciar lo que era parte de su realidad.
Echó un vistazo a su alrededor, tomándose el tiempo suficiente para tratar de reconocer dónde estaba. Las maquinas, los ruidos, el olor a antisépticos, aun continuaba confinada en la tienda. Pero no podía pensar con claridad. La cabeza le daba vueltas y los oídos le zumbaban.
Aunque la fiebre persistente no la abandonaba, el brazo se le estaba curando, y según la ninja médico que la atendía, ya no corría peligro.
El suplició de su cuerpo era otra cosa que no desaparecía. Gracias a la serie de sedantes administrados durante los últimos cuatro días, había sido capaz de sortear el dolor sin problema alguno. Sin embargo, sus cuidadores consideraron apropiado retirar los analgésicos del esquema de medicamentos para no generarle una dependencia a los compuestos activos de los mismos, obligándola a sortear, conscientemente, un conjunto de síntomas entre los que destacaban: ansiedad, sudoración abundante, escalofríos, temblores, náuseas, vómitos y dolores articulares.
Ese despertar no fue tan dulce en comparación a los otros. La estancia estaba a oscuras, pero bajo las mantas, el dolor había regresado; era una punzada en todos los músculos de su cuerpo, que se convertía en un cuchillo al rojo al menor movimiento.
La ausencia de Sasuke le generó tanto alivio como tristeza. Si él hubiese estado ahí se apresuraría a preguntar qué sucedía y aplacaría sus miedos diciéndole que todo saldría bien. Aunque lo quisiera a su lado, sabía que lo mejor era no aferrarse a ese vínculo imaginario que su mente se había encargado de crear luego de todo lo que habían pasado juntos en los últimos días.
Intentó incorporarse en la cama aunque sentía todos los músculos débiles y la boca seca. Las muñecas le ardían donde antes había tenido el material de las correas de cuero al mismo tiempo que los pies le escocían donde habían impactado los flecos del látigo. Titiritaba como si tuviese frío, pero sabía muy bien que solo se trataba de la manifestación pura del miedo que conseguía agitar todo dentro de ella.
Procuró respirar con normalidad. Buscó la manera de controlar su pulso y encontrar la estabilidad de sus pensamientos.
No obstante, mientras intentaba hacerlo, el sonido de los pasos llamó su atención.
—¿Quién está ahí?— graznó.
Al menos había recuperado la voz, aunque fuera ronca y áspera. Aún tenía fiebre y carecía de la menor noción de la hora. ¿Cuánto había dormido aquella vez? Estaba tan débil, maldición, tan débil…
—¿Quién está allí?— volvió a decir, esta vez más alto.
La luz de una antorcha se filtró por las cortinas de la tienda; dentro de la habitación improvisada, la única luz procedía del cabo de una vela al otro extremo de la geografía del cuarto.
Sakura se estremeció al ver una silueta que se movía hacia ella. Allí, en el campamento de los Uchiha, cualquier visitante podía ser un asesino, enviado para terminar el trabajo que sus captores habían dejado inconcluso.
En aquel momento, el hombre entró en la zona iluminada por la vela, miró atentamente el rostro pálido de la kunoichi y se aproximó a ella.
En un parpadeo, una mano cubrió sus labios, moviéndose con tal nivel de agilidad que solo poseían los ninjas de elite. Sakura abrió los ojos desmesuradamente ante el repentino contacto y la extraña intromisión.
—No se te ocurra hacer ninguna tontería— advirtió en voz baja, como si se tratase de un gruñido.
La pelirosa dio un respingo silencioso. Esa fracción de segundo, donde la calmada sonata creada por los ruidos nocturnos del bosque era lo único que llegaba a sus oídos, la hizo estremecerse de miedo.
—Esto es lo que harás— comenzó a hablar en tono apresurado—; te pondrás de pie, calzaras tus sandalias y me acompañaras al bosque ¿quedó claro?
Sakura contó los latidos de su corazón. Uno tras otro golpeándole el pecho. Cuando llegó a diez, la mano del shinobi continuaba cubriendo innecesariamente sus labios.
Al cabo de un par de segundos más, el hombre la liberó.
«¿Qué estoy haciendo?— se preguntó mientras se removía entre las cobijas—. Esto es una locura.»
Cuando intentó ponerse en pie, sintió como si las piernas se le volvieran de algodón; la tienda comenzó a dar vueltas, y tuvo que agarrarse al brazo del shinobi para no caerse.
El dolor la roía como un perro sin dientes; Sakura odiaba la debilidad, sobre todo la propia; aquello la avergonzaba, y la vergüenza la ponía rabiosa.
Necesitó ayuda para prepararse. Aunque el aspecto de su cara no era espantoso, la peor de las heridas era la que tenía donde el brazo se unía al hombre, allí donde una flecha había hecho que parte de su vestimenta se le clavara en la axila. La cicatriz estaba compuesta por carne descolorida, nacarada, cualquier movimiento le provocaba un dolor insoportable.
Pese a todo su esfuerzo, cuando recorrió la mitad de la tienda ya estaba mareada, y conforme se desplazaba al exterior sentía como le temblaban las piernas.
En el campamento apenas se oían los ruidos; tan sólo un sonido lejano de conversaciones y risas amortiguadas. Sakura se arrebujó en su camiseta. El aire estaba impregnado con los aromas de la tierra y las hojas.
Algunos hombres se congregaban alrededor de las fogatas para tomar la cena, otros tantos se dirigían a sus posiciones para realizar el cambio de guardia asignada. Todos y cada uno de ellos estaban lo suficientemente absortos en sus propios asuntos para percatarse de la extraña escena protagonizada por ella y su acompañante.
Dio un respingo asustado cuando notó los dedos huesudos del shinobi hundirse en la carne de su brazo, obligándola a apresurar el paso, aún si sabía que dicha encomienda fuese prácticamente imposible.
—Date prisa, no tengo todo tu tiempo— gruñó.
En la lúcida libertad de su estado de ensoñación, Sakura tuvo ganas de romperle el cuello. Sería lo mejor para todos. Apenas vaya la pena hablar del asunto.
Salieron del sendero principal. Caminó deprisa y contó los pasos al tiempo que procuraba no perder el equilibrio. Pronto empezó a oír voces; al principio, amortiguadas e inteligibles; luego, más claras. Se trataba de dos guardias. Ambos custodiaban el perímetro oeste que daba al bosque.
—Está prohibido merodear por la zona después del toque de queda, en especial con una prisionera— dijo uno de los shinobis con voz férrea. La observó de pies a cabeza con cierto desdén.
El agarre de su acompañante amaino. Podría jurar que, por la mañana, las marcas de sus dedos quedarían grabadas en su piel a manera de cardenales violáceos.
—No hay nada de qué preocuparse, tan sólo íbamos de paseo, ¿cierto?— una sonrisa socarrona estiró la comisura de sus labios.
—Va en contra de las reglas— insistió el guardia. Su compañero permanecía en silencio—. Además, no le hará gracia al capitán Uchiha saber que un cabo está metiéndose con sus cosas.
El segundo hombre en cuestión rompió la afonía con una risa burlona.
Estaban hablando de Sasuke, por supuesto que debían referirse a él.
Debido a la creciente interacción entre los dos, los rumores empezaron a circular en el campamento tan pronto arribaron. Ante los ojos de los Uchiha, Sakura además de ser una prisionera y la ninja médico personal de Itachi, también era la amante de Sasuke.
Suponía que dichas habladurías no habían alcanzado los oídos del pelinegro en cuestión. No era propio de Sasuke mostrarse tan impasible en asuntos que ponía en tela de juicio su honor.
—Será un par de minutos, ni siquiera notaran su ausencia— agregó su captor. La mano que reposaba en su brazo poco a poco fue descendiendo hasta rodearla por la cintura—. Esto no tiene que saberlo el capitán— guiñó un ojo—. Prometo compartir tan pronto finalice con ella.
El calor bullía dentro de ella, como un fuego de odio, ira y desprecio. Cada fibra de su cuerpo vibraba en una infinidad de sentimientos incontrolables. La presión en la base del cráneo se extendía hacia su nunca y espalda. Su corazón latía con fuerza , estaba tan aterrorizada que ni siquiera tenía certeza de si respiraba.
Los dos hombres la contemplaron un instante y después intercambiaron una mirada de complicidad entre ellos.
—No te demores, pronto haremos el cambio de guardia— concedió el encargado.
El pánico la abordó al instante. Pensó en escapar, mas no podía hacerlo.
Su rostro se puso más rígido que una escultura de mármol. Apenas podía pensar en un plan, ni en ninguna otra cosa, pues un verdadero miedo la tenía atenazada en lo más profundo de sus entrañas.
Fueron recorriendo los árboles uno en uno, tocando la corteza rugosa con las yemas de los dedos. Las hojas le acariciaban las mejillas. Pronto llegaría a su cruel destino.
—Te tomó bastante tiempo llegar.
Sakura se volvió. Un hombre salió de entre las sombras. Llevaba una túnica gris oscuro con la capucha echada sobre el resto, pero un tenue rayo de luna le iluminó la faz e inmediatamente lo reconoció.
—Shisui…— murmuró.
—Lo lamento, comandante— se disculpó su acompañante—. La entrada del bosque estaba custodiada.
Shisui miró a Sakura y luego se volvió de nuevo hacia el chico.
—Vigila el perímetro. Asegurate de utilizar un genjutsu si es necesario— ignoró las palabras del joven y se desprendió de su mirada para llegar hasta la de ella—. Andando, Sakura.
Presa de la confusión, la kunoichi avanzó tambaleante. Los arbustos susurraban cuando los cantos pasaban a través de sus ramas.
Lo que pasaba ahora era que estaba totalmente a mereced de Shisui y eso resultaba peligroso. Tenía que apartarse de él en cuanto le fuera posible. Esa era la conclusión.
—¿Por qué me trajiste a este lugar, Shisui?— se atrevió a preguntar cuando estuvieron lo suficientemente alejados del otro joven.
—No hay nada de qué preocuparse, todo estará bien, sólo confía en mi ¿Si? — el Uchiha hablaba con su habitual arrogancia—. No te mataré.
Sakura volvió a encogerse de hombros. Cualquier duda que hubiera podido tener ahora se había disipado a manos de la rabia.
—Dices que no vas a matarme, pero me arrastraste en medio de la nada y caminamos por rumbo desconocido. No lo entiendo.
—Yo…— Shisui la observó con aquella mirada secretaba y añadió—: Lo único que digo es que te protegeré. Así que guarda silencio y sígueme.
—Tienes que estar bromeando. Tienes la audacia de amenazarme la noche anterior , ¿y dices que vas a protegerme? No puedo confiar en ti. ¿Lo entiendes?
—Si decides regresar, te mataré— la oscuridad de sus ojos pronto se vio sustituida por el color carmín del legendario Dojutsu.
Mediante una amenaza declarada como aquella, Shisui perdió cualquier posibilidad que tuviera de mantener un código de conducta civilizado.
Aunque Sakura no se había sentido furiosa en toda su vida, no pudo evitar resoplar de asombro.
—Ya entiendo. Así que lo único que quieres es aprovecharte de mí, ¿No? ¿Crees que como soy una prisionera tienes derecho a hacer cualquier cosa?
Shisui la miró fijamente.
—¿Estas segura que no tienes una contusión cerebral? Porque ahora mismo no dices más que estupideces.
La pelirosa se quedó un poco conmocionada, pero lo único que hizo fue levantar la ceja y exclamar:
—Ah.
Avanzó e inspiró profundamente, dispuesta a afrontar su destino.
De repente, oyó un nuevo crujido de ramas. Todos sus sentidos se ampliaron como una oleada expansiva en cada fibra de su cuerpo justo después de percibir la señal que la había tomado desprevenida. Dirigió la mirada hacia el punto donde la oscuridad engullía los árboles del bosque, maldiciendo entre dientes mientras apretaba los puños a ambos lados de su cuerpo.
Otra figura se acercó rápidamente a Shisui con un sable en la mano. Sakura estaba aturdida por la rápida sucesión de acontecimientos, pero el Uchiha se las arregló para decir.
—¡Quieto!— gritó Shisui—. Sakura está conmigo.
El hombre se volvió lentamente hacia Shisui, tenía una mirada extraña, desconcertada.
Después de permanecer los tres inmóviles durante un rato, Sakura levantó las manos para indicar que no llevaba nada y luego bajó lentamente el último tramo del camino.
—Me diste un susto de muerte, Uchiha— dijo el hombre en un tono más calmado. Apartó las ramas para despejar el camino, desvelando otro sendero intrincado, detrás de los anchos troncos.
—Lo lamento— se disculpó al mismo tiempo que se encogía de hombros.
—¿Ella es la chica?— preguntó dirigiendo la mirada inquisitiva a la pelirosa.
—Nuestra invitada especial— sonrió Shisui.
No tardaron en llegar a un sitio donde los árboles dejaban de inmiscuirse frente a ellos y desalojaban un terreno estrecho para montar un campamento discreto. El lugar estaba estratégicamente oculto entre la maleza y, por si fuera poco, habían hecho lo necesario para pasar desapercibidos en los dominios de los Uchiha.
En el centro de todo, una fogata iluminaba la zona. Varias personas aguardaban por su llegada, como un comité de bienvenida nada amisto.
El corazón le dio un vuelco al percatarse que todos portaban el uniforme de la Insurgencia. Por la banda en su hombro izquierdo y las franjas horizontales, debía tratarse de un equipo de búsqueda y rastreo especializado.
—¿Haruno-san?— preguntó una voz femenina no muy lejos de donde se encontraba; de la oscuridad emergió una chica. Sakura no recordaba haberla visto anteriormente en los campamentos, pero ella parecía reconocerla—. Probablemente no tenga idea de quién soy, pero trabajamos juntas en el campamento de Tanzaku. Usted fue maestra de mi mentora.
Sakura levantó ambas cejas.
—¿Quién fue tu mentora?— quiso saber. Había instruido a tanta gente durante sus años de servicio.
—Uehara Aiko— contestó.
La ninja médico hizo un esfuerzo sobrehumano para colocarle un rostro al nombre, mas no lo consiguió. Su mente estaba atrofiada.
—Dejaremos los cumplidos para otra ocasión— interrumpió otro hombre. Todos los ahí presentes lucían nerviosos, demasiado ansiosos para bajar la guardia y confiar ciegamente en ella—. Haruno Sakura fue aprendiz de Tsunade Senju Hatake Kakashi— agregó a la introducción.
—Y ahora trabaja para los Uchiha— dijo otro soldado de la Insurgencia con tono hostil.
—No por elección propia— profirió Shisui—. Puedo asegurarte que Sakura es una de nosotros.
«¿Nosotros?— se cuestionó internamente. ¿A quién estaba refiriéndose exactamente».
Si mal no recordaba, Shikamaru había mencionado que contaban con un enlace directo dentro de la aldea.
En aquel entonces le resultaba difícil creer en esos rumores, en esas relevaciones. Le parecían improbables, incluso pueriles, como algo que haría para divertirse; un club de chicas, los secretos en la escuela. Contraseñas, cosas que no podían contar, personas con identidades secretas, vinculaciones turbias: no parecía que debía se ese el verdadero aspecto del mundo.
En palabras de Shikamaru, era un grupo secreto de resistencia que trabajaba para oponerse y derrocar a la República de los Uchiha desde adentro. Se desconocía cuantos miembros había, aunque cualquiera tenía permitido unírseles.
—No tenemos mucho tiempo— Shisui cortó el rollo dubitativo de sus compañeros—, sean concisos.
El hombre que parecía ser el líder, miro a su alrededor, nervioso.
—Kakashi-sama está furioso. Violaron el acuerdo en el campo de batalla. Ahora la zona esta está dominada por los Uchiha— protestó.
—No será por mucho tiempo, pronto se retiraran y dejaran el área desprotegida— dijo Shisui—. Además, volamos el puente para cortar la comunicación y el flujo de suministros provenientes de Iwagakure.
Sakura vislumbró a Shisui, anonadada. Sentía la cabeza muy ligera, como si estuviera flotando.
Jamás habría imaginado que estaría conspirando en contra de su familia, que acabaría traicionado a sus compañeros de batalla.
—¿Cómo va el asunto de Hinata Hyūga?— quiso saber otro chico; compartía los rasgos característicos de los miembros pertenecientes al milenario clan.
—Aún estamos tratando de establecer comunicación con ella. Fugaku cree que, manteniéndola cautiva, conseguirá que los Hyūga retiren su apoyo a la Insurgencia y se unan a ellos de una vez por todas.
—¡Eso no pasara!— exclamó el mismo joven—. Neji- sama no lo permitirá.
—Yo no estaría tan seguro. Con la muerte de Hiashi y Neji en el poder, podría desatarse una guerra interna en el clan.
—Resolveremos ese asunto— miró a su alrededor, pero nadie contestó.
—No tenemos tiempo que perder— lo contradijo el líder. Como siempre, se mostraba un poco retraído, pero hizo un esfuerzo por hablar en tono insistente—. Les hemos otorgado todo lo que tenemos y, sin embargo, no hemos recibido respuesta de su parte, ¿A qué están jugando?— Su tono era de indignación contenida
Los labios de Shisui se retorcieron como si estuviera sonriendo de un modo muy raro.
—Ahora mismo me encuentro en una posición delicada. No puedo hacer un golpe directo porque acabarían descubriéndome y, eventualmente, ejecutándome. Estas cosas toman tiempo, ya deberían saberlo.— En sus ojos destellaba un brillo furioso, y Sakura sintió cómo se le aceleraba el corazón.
—No lo sé, suena a otra patética excusa para librarse de sus obligaciones— increpó el Hyūga.
—No lo daría todo por perdido— se defendió el Uchiha—. Sakura puede ser de mucha ayuda.
—¿De qué manera?— preguntó el hombre que comandaba el grupo.
—La aprendiz de Tsunade no es una prisionera cualquiera. Sakura es la prisionera de Uchiha Fugaku— dijo Shisui—. Vive bajo el mismo techo que el General.
Se produjo un silencio mientras la aludida sopesaba las ventajas y los inconvenientes del asunto. Las miradas recayeron nuevamente en ella.
Cuando al fin habló, el líder se limitó a preguntar:
—¿Has escuchado algo que pueda servirnos?
Haruno Sakura intervino entonces.
—Su círculo cercano comienza a fragmentarse— se mordió el labio inferior y guardó silencio.
—Eso no sirve de nada— protestó el Hyūga.
—Estás equivocado, Isamu, la información es relevante— dijo el capitán. Eso era todo cuanto Sakura necesitaba. Sin más preámbulos, le espetó:
—Sus comandantes están cuestionado cada una de sus órdenes. La desconfianza ha incrementado al igual que el hermetismo.
—Eso bastara— asintió el capitán satisfecho—. ¿Tienes la información que necesitamos?
Shisui asintió y del chaleco táctico extrajo un extraño paquete en color beige.
—Todo está allí— le aseguró.
—El testimonio de tu antigua compañera de equipo fue una sensación, gracias a ella conseguimos establecer la alianza con Kumogakure.
—Esa era la intención— asintió Shisui—. ¿Cómo se encuentra ella?
—De maravilla.
Sakura lanzó un suspiro de alivio.
—Supongo que esto es todo por el momento— conjeturo el pelinegro—. Nos pondremos en contacto una vez haya localizado a Hinata Hyūga.
—Contamos con ello— dijo el capitán, estrechando su mano con la de él como si de dos viejos amigos se tratara—. Fue un placer conocerla, Haruno Sakura. Esperamos saber más de usted en el futuro.
Dicho esto, el grupo comenzó a dispersarse hasta dejarla nuevamente a solas con Shisui. Ambos guardaron silencio q en presagiaba nada bueno.
—¿Y bien?— cuestionó el Uchiha a su lado, encogiéndose de hombros.
—Nos colgaran a ambos.
Shisui mareó los ojos.
—No nos colgaran si permaneces callada y guardas el secreto.
La pelirosa pareció contrariada.
—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?— lo increpó. Durante todos esos años, Shisui era el enlace directo que la Insurgencia tenía la aldea, él los había abastecido de información fundamental sin pedir mucho a cambio, al menos no ahora.
—Tres años.
—¿Por qué?— preguntó con voz asustada.
—¿Y por qué no?
—Es tu familia, formas parte de su clan— siseó Sakura, sin desviar la mirada de Shisui en ningún instante.
—Te equivocas, Sakura— Shisui dio un nuevo paso al frente, perdiendo cualquier rastro de felicidad remanente en su semblante—. Mi familia murió hace mucho tiempo.
Sakura se quedó mirando atónita a Shisui, sorprendida ante aquella sería de explicaciones evidentes y lógicas.
Lejos de quedarse a esperar, el Uchiha dio media vuelta y reanudó el paso por el bosque, dispuesto a marcharse de allí en cuanto antes. Sakura lo siguió de cerca, casi pisándole los talones, su mente estaba plagada de preguntas y necesitaba respuestas.
—De haber un motivo— demandó saber ella. Hablaba forzadamente, controlando la aspereza de su voz y la tenacidad de sus palabras.
—Un montón, en realidad.
—¿Los odias?
—¿Tu no?— cuestionó un tanto sarcástico.
—Shisui…— lo llamó ella, tomándolo del brazo para obligarlo a encararla y decirle todo de frente.
El aludido dejo escapar un largo y pesado suspiro.
—Estoy cansado de esta guerra sin sentido, quiero ponerle fin de una vez por todas— soltó con firmeza—. Desde que tengo memoria, los Uchiha me convirtieron en una máquina de matar. Al menos por una vez en mi maldita vida quiero vivir en paz, poder sentarme en el porche de mi casa, leer un libro y ver el atardecer, ¿Satisfecha?
Las respiraciones de Sakura vibraban tenuemente en el aire, siendo el único sonido que rompía el silencio.
—Eso es egoísta…— susurró.
—Todos lo somos, Sakura. Tal vez también deberías considerar serlo.
Una vez más, el comandante se alejó de ella.
—Ahora es tu turno de responder— le anunció el pelinegro—. ¿Por qué no escapaste cuando tuviste la oportunidad?
Sakura frunció el entrecejo.
—¿Cuál oportunidad?
—Vamos, no te hagas la tonta— apuntó él, impasible—. Cuando los emboscaron, pudiste huir sin problemas, ¿por qué regresaste a salvar a Sasuke?
La pelirosa trago grueso.
Shisui se volvió a ella. Hizo un gesto de incomprensión con la cabeza y agitó ligeramente el cabello corto. La miró directamente a los ojos al mismo tiempo que una sonrisa alargaba la comisura de sus labios.
—Sientes algo por él ¿No es así?
Sakura se abrazó a sí misma y cerró los ojos con fuerza. Aquella era una realidad que se negaba en rotundo a aceptar.
—No digas tonterías— contestó, procurando ocultar el temblor en su tono de voz.
Una carcajada rasgó la afonía de la noche.
—No encuentro otra maldita razón— concluyó Shisui—. ¿Por qué regresaste?— dio un paso al frente, en dirección a ella. Instintivamente, la pelirosa retrocedió, pero Shisui le impidió moverse cuando la tomó del antebrazo, atrayéndola hasta su cuerpo—. Después de todo lo que te hemos hecho, decidiste ayudarlos, ¿para qué?— el cálido aliento le baño el rostro—. Acabaras colgada del muro.
Sin mucha delicadeza la liberó, haciéndola tambalear. Sakura podía sentir el escozor que le provocaban las lágrimas acumuladas en sus ojos, amenazando con salir.
—No sientas que tienes el derecho de hablar como si me conocieras— increpó la Kunoichi—, no sabes absolutamente nada de mí.
Shisui se encogió de hombros.
—Tienes razón, no lo sé.
El sonido de sus pisadas sobre la cama de hojas secas y ramas la obligó a regresar a la realidad. Tan pronto regresara al campamento, el peso de la revelación recaería en sus hombros como una pesada carga difícil de sobrellevar.
Las sospechas de Sasuke respecto a Shisui estaban bien fundamentadas. El comandante había desempeñado un rol doble dentro y fuera de la aldea. Durante tres años se las había apañado para pasar desapercibido, incluso bajo los ojos de su mejor amigo.
—¿Quién más está involucrado?— quiso saber.
—¿Vas a delatarnos?— se mofó el Uchiha.
Sakura negó con la cabeza.
—¿Sasuke?— preguntó ella, casi temerosa.
Shisui dejo escapar otra risa, esta vez más pequeña y discreta. El cuestionamiento en si era irrisorio.
—Por supuesto que no— dijo Shisui ahogando una risa mientras negaba con la cabeza—. Tu querido Sasuke no sabe nada y espero que así permanezca, por el bien de todos.
Sakura controló la sensación de alivio, alejándola de todas sus facciones, aunque no pudo contener el brillo de tranquilidad que se filtró en sus ojos.
—Shisui— volvió a llamarlo, esta vez más calmada, compuesta—. ¿Por qué me elegiste a mí?
Hubo un silencio meditabundo que era ocasionalmente interrumpido por el silbido del viento entre las ramas. No habían sido conscientes de las melodías del bosque hasta que se interpuso la reflexión entre ellos.
—Quiero que seas libre— dijo con un suspiro—, vale la pena intentarlo— se volvió a mirarla.
—Puedo morir en el intento.
Después de observar fijamente a Sakura durante un rato, Shisui solo dijo:
—Al menos no lo harás arrodillada.
Sasuke observaba el movimiento de la tienda con ojo crítico. Los ninjas médicos iban y venían de un lado a otro. Itachi acababa de despertar del coma.
Aguardó de pie en una esquina con los brazos cruzados a la altura del pecho, la mirada fija al frente y los oídos agudizados.
Durante los difíciles días que siguieron a su arribo, Sasuke ingresaba al dormitorio improvisado a cualquier hora para asegurarse de que Itachi estaba allí y seguía vivo. Entonces su hermano permanecía inconsciente; a veces Sasuke se sentaba a los pies de la cama mirándolo y le invadía una especie de desagradable asombro al pensar que seguía entre ellos. Uno de sus subordinados le comentó que lo sucedido con Itachi no fue un accidente, sino una decisión premeditada, calculada. Sasuke siempre había sabido que Itachi arrastraba algún trauma, pero se quedó atónito al constatar lo poco que lo conocía y lo profunda que era su determinación de morir.
En cierto modo tenía la sensación de que había averiguado más acerca de Itachi durante el último año que en los veintidós que hacía que se conocían.
Al cabo de unos minutos, Sasuke decidió que lo mejor era aguardar afuera de la tienda. El olor del antiséptico y el ajetreado andar de los médicos comenzaba a marearlo. Sin más preámbulos, dirigió el andar hacia el exterior, encontrándose con una noche estrellada y la gelidez del próximo otoño.
Mientras la calma reinaba nuevamente en la tienda de Itachi, se dedicó a pasear inquieto por el pequeño campamento, atento al crepitar del fuego.
Pese a lo entrado de la noche, por el camino continuaban deambulando algunos hombres, y entre los árboles se oían ruidos que quizá fueran de búhos y zorros al acecho, o quizá no. De manera que siguió paseando, con los sentido alerta.
Se detuvo a unos cuantos metros de la tienda de la pelirosa, sopesando si debería o no realizar una visita.
Shisui le había advertido que lo mejor era dejarla sola. La cercanía entre los dos y la intimidad de sus interacciones comenzarían a levantar sospechas y, más pronto que tarde, los rumores llegarían no solo a oídos de los demás comandantes sino también a los de su padre.
Sacar a Sakura de sus pensamientos se estaba convirtiendo en un problema y, durante las noches consecuentes de su arribo al campamento, Sasuke pasó largas horas cuestionándose qué la hacía tan especial ante sus ojos. Sin lugar a dudas era una chica muy guapa. Sus ojos ligeramente rasgados hacia arriba le daban un aspecto felino, pero combinaban muy bien con su barbilla afilada, una boca bien delineada y una nariz bonita, todo lo cual le confería un aspecto aristocrático. Pero lo que capturaba su atención eran sus ojos. Esos preciosos fanales esmeraldas.
Evadirlo sería una pérdida de tiempo. La kunoichi se había apropiado de su mente como una enredadera, endulzándolo con el sonido de su voz, la calidez que emanaba de su sonrisa, el tacto de su piel contra la suya. Sasuke hacia un esfuerzo sobrehumano por no dejarse llevar, pero había veces, muy pocas, en las que el recuerdo de sus manos sanando sus heridas le invadía.
Algo había cambiado gracias al tiempo que llevaban juntos. Ya no la veía como una prisionera que poseía un poder inigualable. Algo en su interior crecía, un sentimiento al que no podía darle nombre, extendiéndose por su pecho hasta oprimir sus pulmones y acelerar el latido de su corazón a niveles tormentosos. Se trataba de algo sobrenatural, una sensación que jamás había experimentado.
Al cabo de unos cuantos minutos de vacilación, Sasuke se encontró recorriendo el tramo que ya había avanzado de regreso a la parte central del campamento.
Estaba a punto de volver a la tienda de Itachi cuando la conversación de dos soldados llamó su atención.
—Los prisioneros serán trasladados a los campos de trabajo forzado— dijo uno de ellos. Probablemente abordaban el tema de la invasión al sur de Konoha, por lo que había escuchado, Inabi Uchiha enmendó su error, confiriéndole otra victoria al Régimen por encima de la Insurgencia—, pero ¿qué pasará con la puta de Sasuke?
Inmediatamente, algo se encendió en su interior. En un parpadeo, las palabras del hombre quedaron suspendidas en el aire que ni siquiera tuvo tiempo de responder; Sasuke lo sujetó de la garganta y lo empujo contra el suelo con el antebrazo sobre sus hombros. El individuo ahogó una exclamación de sorpresa.
Había algo oscuro y desquiciado en los ojos negros del Uchiha, un fuego que quemaba.
—Llamala así de nuevo y te arrancare la lengua— siseó.
El hombre se limitó asentir frenéticamente.
—Uchiha-sama— lo llamó una voz femenina no muy lejos de donde se encontraba. Sin pensarlo demasiado liberó a su presa—. Itachi-sama está despierto y quiere hablar con usted.
Sasuke asintió. Se sacudió el polvo imaginario de su impecable indumentaria e ingreso en la tienda, ya tendría tiempo para preocuparse de la escena protagonizada, por ahora su hermano clamaba atención y no iba a negársela.
Cuando llegó a un costado de la cama, los ojos de Itachi viajaron del rostro impasible del médico hasta su faz.
—Es un alivio que hayas despertado— su voz sonó tan serena que creyó que se trataba de un sueño—. Mamá estaba preocupada.
El pelinegro asintió lentamente. Probablemente aquello no era lo que quería escuchar, pero valía la pena decírselo.
—Sakura hizo un buen trabajo— continuó Sasuke, sentándose a su lado en la camilla—. Tus órganos quedaron como nuevos.
—¿Do-donde esta?— preguntó con voz ronca.
—En su tienda, descansando.
Itachi cerró los ojos un momento.
—¿Izumi?— cuestionó en un susurro.
Sasuke guardó silencio; los dos lo hicieron. Dos semanas habían transcurrido desde el incidente.
Al encontrarse fuera de la aldea, las noticias sobre el paradero y el bienestar de Uchiha Izumi eran desconocidos. El menor de los hermanos esperaba que, al regresar a la aldea, las noticias fuesen prometedoras. No quería ser quien destruyera las esperanzas de Itachi.
—No te esfuerces, intenta descansar— lo interrumpió, procurando desviar el tema de conversación a otro punto que no fuese su novia—. Ya habrá tiempo para ponerte al tanto de lo sucedido.
Itachi murmuró algo, y Sasuke pensó que le daba la razón, pero cuando éste se durmió, él se quedó despierto.
Con el alma en vilo y el corazón latiéndole frenéticamente en los oídos, Sakura ingresó a la tienda.
Se despojó de la capa y comenzó a deambular por el interior como una fiera enjaulada, tratando de procesar todo lo ocurrido en los últimos minutos. Se sentía increíblemente mareada y con ganas de vomitar. Pero tragó saliva y consiguió mitigar la náusea.
De nada servía autoconvencerse de que había sido un accidente. Shisui formaba parte del grupo de la Resistencia. El Régimen de los Uchiha tenía una brecha en sus defensas. La Insurgencia obtenía ayuda de traidores ocultos dentro de la aldea. Y por lo que había vislumbrado, Shisui era quien pasaba los mensajes, informando de sus operaciones de seguridad, e incluso de los shinobis con los que contaban fuera de Konoha.
Iba perdiendo las esperanzas por momentos. Los Uchiha tenían un poder inmenso. Habían matado a toda persona que se opusiera a sus ideales, matarían a Shisui si llegaban a descubrirlo y la matarían a ella también, y luego borraría a la Resistencia del mapa. De una u otra manera la apresarían y la llevarían a rastras hasta Konoha, donde las personas bien podrían haber sido gastos domésticos y donde reinaba el fascismo.
Una vez más, la ganas de vomitar la sacudieron. Oyó un crujido a sus espaldas, y su cuerpo se estremeció. Aquel ruido había sido mucho más fuerte que los otros.
Con los ojos anegados en lágrimas, se volvió.
Sasuke la observaba desde el umbral de tienda. La kunoichi estaba completamente aterrorizada y demasiado aturdida como para pensar en una excusa que justificara su estado.
—Sakura, estás pálida. ¿Te encuentras bien?— preguntó Sasuke, pero esta no podía contestar. Un escalofrío recorrido todo su cuerpo, y comenzó a temblar. Los dientes le castañeaban sin control, como si estuvieran ejecutando un enloquecido baile de claqué.
—¿Qué ocurre?— Sasuke le puso la mano en el hombro.
Sakura contesto, con los dientes aún castañeando.
—No deberías estar aquí.
La Kunoichi giró el cuello hacia la izquierda y miró al Uchiha. Él le devolvió la mirada con un gesto de preocupación.
—No podía dormir— se excusó.
Ambos tenían razón, en especial la pelirosa. Las atenciones de Sasuke hacia con ella ya habían llamado la atención de más de una persona dentro del campamento. Cada vez que la mencionaban, se referían a su persona como "la puta de Sasuke" o "la zorra del capitán", no podía asegurar que Sasuke estuviese al tanto de ello.
El silencio se instaló entre ellos. Sasuke miro a la cara a Sakura durante un buen rato y luego, con cuidado, estrujo su hombro al mismo tiempo que se situaba cerca de ella. La kunoichi estaba sorprendida, pero agradecía la cálida compasión y aquel aroma.
—Acompañame— susurró cerca de su oído; la punta de la nariz había acariciado su mejilla y podía apostar que, si movía el rostro unos cuantos milímetros más, los labios del Uchiha entrarían de lleno en contacto con su piel.
—No creo que sea buena idea— consiguió decir con un hilo de voz.
—Seré rápido— espetó.
Dubitativa, le siguió el paso al exterior.
Caminaron por el campamento hasta abandonar el perímetro. Pronto, el terreno se transformó y, al cabo de unos cuantos minutos de caminata en silencio, arribaron a una colina que sobresalía entre la densa espesura del bosque. Se alzaba solitaria y repentina; su cumbre azotada por los vientos se veía desde varias leguas de distancia.
El camino ascendente era empinado y pedregoso, y la cima estaba coronada por un muro de rocas que les llegaba a la altura del pecho.
Desde ahí la vista era extraordinaria, pero lo que más llamó la atención de Sakura fueron los cúmulos de luces a la lejanía; se trataban de poblados cercanos, los pocos que aún no sufrían las fatídicas consecuencias de esa guerra.
Aún así, todavía no terminaba de comprender lo que hacían en ese lugar. El viento sopló con fuerza frente a ellos.
—Se lo que sucedió en la Unidad 121— dijo Sasuke en un susurro.
Los ojos de la pelirosa se expandieron como platos y las manos a los costados de su cuerpo comenzaron a temblar. Sintió la boca repentinamente seca.
—Lo que hicieron contigo fue realmente atroz.
Con el corazón tamborileándole a mil, Sakura despegó la mirada del paisaje nocturno para posarla en el rostro impasible de su acompañante.
—Porque estuviste en ese lugar. ¿No es así?— quiso saber.
La pelirosa cerró los ojos y respiró profundamente. No quería mostrarle lo alterada que estaba. Cada fibra de su cuerpo temblaba, como solía hacerlo ante el peligro.
—Si, pase dos años de mi da en ese sitio— el corazón le golpeaba las costillas, latía sobre su piel, bajo su garganta.
—¿Cómo conseguiste salir con vida?— preguntó Sasuke a secas. Nada en su rostro mostraba otra cosa que no fuera determinación.
La pelirosa respiró con dificultad, encontrando un ritmo que le favoreciera. Aún sentía la falta de aire, pero fue capaz de mantener la compostura.
—Supongo que tuve suerte— dijo encogiéndose de hombros.
Ambos sabían que la suerte no tenía nada que ver en ese asunto.
—Itachi mencionó que solo los criminales de guerra clase S eran enviados a la unidad 121— dijo Sasuke, apartando la mirada de Sakura—. ¿Qué fue lo que hiciste para acabar allí?
A la pelirosa le dieron ganas de estallar en risa. Tal vez Sasuke no consideraba que sus habilidades bastaran para delegarla a un lugar tan deplorable como el campo de concentración. Debía haber algo más, y por supuesto que lo había, sin embargo, no iba a contarle los motivos por los que terminó con un bloqueador de chakra coronándole la oreja izquierda.
Lo último que quería era exteriorizar aquel infierno con palabras, simplemente necesitaba olvidarlo, dejarlo pasar.
—En ocasiones es mejor no saber la verdad—dijo calladamente.
Consciente de lo que estaba haciendo, Sasuke la tomó del brazo y la atrajo a su cuerpo, impidiéndole zafarse de su agarre.
—Necesito saberla, Sakura— dijo con voz suplicante.
—¿Por qué?— preguntó la aludida levantando la quijada—. El daño está hecho. No puedes solucionarlo.
Haciendo acopio de la poca fuerza que le restaba, empujó a Sasuke hasta alejarse de él, golpeando su pecho con las palmas extendidas. Dio un par de pasos hacia atrás y levantó la mirada hacia el Uchiha, sus ojos denotaban tristeza.
—Yo no soy como los demás— susurró él con voz gruesa, como si hubiese permanecido en silencio durante siglos. Sus ojos se ensombrecieron poco a poco—. Pero tampoco soy mejor que ellos.
Los sonidos provenientes del bosque regresaron de nuevo a los oídos de Sakura, pero lo único que podía escuchar de su compañero era la sangre bombeando a su pecho.
—Sabes que todo esto está mal— señaló a ambos para dejar implícito lo que estaba ocurriendo entre los dos—. No puedes cambiar nada de la situación. Es absurdo intentar ser duro o valiente. La valentía no vale nada. Todos se derrumban, todos.
Una vez más, la pelirosa tomó una enorme bocanada de aire y retrocedió. Contuvo el aliento y se impulsó para alejarse de la colina.
Sus intentos de huida se vieron frustrados cuando sintió una mano callosa sosteniéndola del codo. El tacto la hizo estremecerse, pero no tuvo tiempo de procesar lo que sucedía porque, con la fuerza de un huracán, Sasuke volvió a arrastrarla hasta la dureza de su cuerpo, colisionando de nuevo con su mirada, como las estrellas en el universo.
La kunoichi parpadeó sin entender.
—¿Qué estás haciendo?— forcejeó un instante, pero su agarre era de acero.
Sasuke a duras penas abrió los labios para hablar.
—Aún así, no puedo evitar lamentarme el no haber escapado contigo cuando tuve la oportunidad de hacerlo— dijo, jalándola aún más hacia él.
Sakura lo miró de hito en hito.
Algo afloró en su pecho, un sentimiento cautivo y que había enterrado en las profundidades de su cuerpo hasta ese instante.
Su silencio bastó para que, con la rapidez de un parpadeo, el rostro de Sasuke se inclinara sobre el de ella. Sakura bajó la mirada, aguantando en silencio la agonía del lento transcurrir del tiempo. La distancia entre sus labios era mínima. Debían detenerse. Ya habían cruzado una línea con la declaración de Sasuke. Mas no podía hacerlo.
Simplemente no quería que se detuviera.
—Sasuke, yo…— masculló; el aire se le atascó en la garganta, estrujándole las cuerdas vocales.
Aquello debía ser una broma, una cruel broma del destino.
El tacto de Sasuke era abrumador, su simple presencia conseguía adormecerle los sentidos y obligarla a soltar los remanentes de buen juicio en su interior. Podía sentir la yema de sus dedos acariciando la extensión de piel de su cintura; su aroma era embriagante y la proximidad entre los dos era tan agonizante que estuvo a punto de inclinarse y degustar sus labios.
Sin embargo, Sasuke tenía otros planes y, antes de que ella respondiese a sus instintos, el joven se alejó.
—Deberíamos regresar al campamento.
Sakura había olvidado respirar en todo ese tiempo. Tomó una fuerte bocanada de aire a la vez que la mano de Sasuke la soltaba, como si piel ardiera.
El Uchiha se veía arrepentido.
Aquel encuentro fue impresionante para ella, cargado de emociones y sentimientos indescriptibles.
La expedición acrecentó la tensión entre los dos y, más allá de salvar la vida de Itachi, el lazo que compartían se tornó, hasta cierto punto, inquebrantable.
Hasta ese punto, ninguno de los dos pronunciaría la palabra amor, ni una vez. Sería tentar a la suerte; significaría romance, y desdicha.
La relación entre ellos era imposible. Tan pronto como su misión llegara a su fin, Sasuke continuaría con su vida como si no hubiese formado parte de ella. Probablemente ascendería hasta convertirse en uno de los comandantes más temidos del Régimen, se casaría con una kunoichi que lo igualara en poder e intelecto, digna de portar el apellido Uchiha con orgullo. En cuanto a ella, si tenía suerte regresaría a una celda, tal vez la enviarían a un campo de trabajo donde pasaría el resto de sus días, sola, olvidada…
Sintió un escozor en los ojos a causa de las lágrimas.
En medio de la oscuridad, levantó la mirada para vislumbrar su espalda. El símbolo en su uniforme tan solo sirvió para reafirmarle cuál era su lugar en esa historia.
Sasuke nunca podría estar interesado en ella, por supuesto que no. El hijo de Fugaku Uchiha jamás le daría la espalda a su clan por una prisionera.
Antes de arribar al campamento, Sasuke frenó en seco.
—Ve tú primero— insistió él al ver que Sakura escudriñaba las tiendas y los estandartes de los Uchiha ondear orgullosos en el viento—. Es mejor que nadie nos vea juntos.
No se necesitaba ser un genio para leer el significado oculto en sus palabras. Él también consideraba que su cercanía era un error. Deambulaban por un terreno peligroso y Sakura lo sabía. Esos sentimientos compartidos les traerían demasiados problemas, más de los que ambos podrían sortear.
En silencio, Sakura pasó por un lado, abrazándose a sí misma para mantener el calor. Dolía, todo eso dolía demasiado. Debía dejar ese asunto por la paz.
—Descansa, Sasuke— susurró por lo bajo, sin saber muy bien si su voz alcanzó los oídos del azabache.
Como era de esperarse, el muchacho no respondió.
Aquella afonía basto para ayudarla a recorrer el camino que la llevaría hasta su tienda.
A mitad del sendero y, con un montón de pensamientos revoloteando por su cabeza, Sakura giró en la dirección opuesta.
Lo que estaba a punto de hacer era una verdadera estupidez, estaría firmando su sentencia de muerte. Sin embargo, poco le importaba su vida en ese momento. Y mientras su cabeza daba un sinfín de vueltas desenfrenadas, sus pies la llevaron hasta la tienda de Shisui.
Por un largo minuto permaneció de pie, cerca de la entrada; sopesando si debía o no proseguir con su camino. La verdad, era que nada se le antojaba menos que toparse con él; con ninguno de los Uchiha, aunque fuera por razones completamente distintas.
Aunando las fuerzas y la valentía necesaria, recorrió las cortinas y puso un pie dentro de la estancia. La tienda era espaciosa, como la de cualquier comandante. Estremeciéndose por el frio, ingresó con pasos renqueantes, como si no quisiera entrar al lugar. No quería. Estaba allí, podría decirse, en contra de su voluntad; la principal causa del destrozo de sus nervios y, sin duda alguna, también su condena de muerte. Las luces estaban apagadas, salvo por una vela, en un rincón, que brillaba como la luz titilante de una estrella en medio de la lobreguez del cielo.
—¿No te parece que es muy tarde para las visitas?— murmuró Shisui; la voz apagada.
Sakura dio un respingo asustado. Cuestionándose el hecho de no haber detectado sorpresa en la inflexión del azabache, dirigió una mirada al sitio donde había surgido la voz. Al cabo de un par de segundos, el capitán se presentó ante ella con la camisa del uniforme abierta, el cabello desordenado y un semblante cansado.
—Ingresar a la tienda de un comandante de esta forma puede ser perjudicial para ti de muchas maneras— dijo Shisui, como si se estuviera divirtiendo. Dejó escapar una risa callada.
Haciendo oídos sordos al comentario condescendiente del Uchiha. La kunoichi se armó de valentía y fijó la mirada en el rostro de Shisui.
—Tomé una decisión.
Shisui levantó las cejas ligeramente, pero al final asintió.
—Eso fue rápido.
—Con una condición— lo interrumpió de tajo.
Entretanto, se apostó frente a ella. Tomando un mechón rosa entre sus dedos y, aprovechándose de la cercanía entre los dos, musitó en el oído de la kunoichi:
—Adelante, te escucho.
Sakura tragó grueso.
—Quiero hablar con Yamanaka Ino… a solas— Sakura levantó la mirada. Puede que sus cejas bien definidas temblaran un poco en la oscuridad.
La petición resulto tan inesperada que Shisui no pudo evitar una mueca de sorpresa.
—¿Eso es todo?
Sakura continuó, con el rostro mortalmente serio.
—Sí.
El Uchiha inclinó la cabeza como si estuviera confuso.
—Está bien— concedió—. Te llevare con ella en cuanto pueda hacerlo. Por ahora solo asegurate de guardar el secreto y llevártelo a la tumba de ser necesario.
Sakura asintió.
Sentía que su cuerpo temblaba ante la incertidumbre. Sabía de buena cuenta que lo que estaba haciendo era una estupidez, un verdadero acto suicida, pero no podía continuar atrapada en ese lugar. Obtendría su libertad sin importar el costo, aun si eso implicaba renunciar a Sasuke o morir en el intento.
Continuara
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Espero se encuentren muy bien. Una vez más estoy de regreso con otra actualización de esta dramática historia.
Pasando directamente a los acontecimientos más importantes del capítulo de hoy…
¿Pensaban que Sakura se resignaría a su destino? Pues no, tan solo necesitaba un empujón para tomar una decisión.
En cuanto a Shisui, estaban en lo correcto, ha jugado un papel como espía doble tanto para el Régimen como para la insurgencia. Desde mi perspectiva, Shisui es una especie de guia, tal vez no es el más sensato, pero como podrán apreciar, tiene importancia en la vida de Sakura y en sus futuras decisiones.
Respecto a la relación entre Sasuke y Sakura, ambos se han percatado de lo que sienten el uno por el otro, aun así, también tienen en mente lo que esto puede significar para los dos y las consecuencias de sus actos.
Por último, todos tienen secretos ¿qué pasara cuando salgan a la luz?
Como siempre, mil gracias por sus comentarios, follows y favorites, y también, gracias infinitas por tomar parte de su tiempo para leer este fic. Cada una de sus acciones, por muy pequeñas que parezcan, me motivan a seguir escribiendo.
Sin nada más que añadir, les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. Espero regresar pronto con otro capítulo.
¡Cuídense mucho! ¡Hasta la próxima!
Bye, bye :D
