Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

XV

Volcó la atención a la única ventana de la habitación, girando la silla hasta plantarse de medio lado, capturando el espectáculo protagonizado por un horrido aguacero. Lo que había iniciado como una impertinente llovizna, pronto se transformó en una especie de diluvio, capaz de obligar a cualquiera a confinarse en un refugio seguro lejos de la tormenta.

Sin pensarlo y de manera automática, bebió un largo trago directamente de la botella, tal como llevaba haciendo desde hace un par de horas.

Sus antiguos compañeros de escuadrón sugirieron festejar el ascenso, pero él se rehusó. En su lugar, opto por confinarse en su nueva oficina y beber hasta terminar las reservas de alcohol que le había obsequiado uno de los comandantes esa mañana.

Estaba bebiendo demasiado, pero nunca hasta el punto de emborracharse, razonó consigo mismo. Sin embargo, esa misma tarde, se acabó media botella de sake sentado a solas en la silla detrás del escritorio tras haber experimentado el décimo subidón de adrenalina, las sospechas de la muerte de Izumi estaban más que confirmadas y el solo hecho de pensar en su hermano lo orilló a darle repetidos tragos a la botella, intentando mentalizarse para las situaciones venideras, una batalla perdida de antemano.

Trago. Al final terminó echando más que una cabezada inquieta poco antes de la media noche y se despertó una hora más tarde con resaca. No una resaca incapacitante, pero notable. Tierna y mortecina. Cargada. A lo mejor seguía un poco borracho.

Caminó indeciso al exterior del edificio, hacia su casa, sintiendo ajenos sus movimientos, como si tuviera las piernas al revés.

Tan pronto como abandonó la seguridad de su refugio, el mal tiempo lo engullo. Se arrebujo en el saco, pero seguía teniendo frio y estaba empapado. Inclinó el cuerpo contra el vendaval y descubro con sorpresa que el viento y la lluvia que le daban la cara no importaban. Todos tenían la cara mojada. Se llevó la mano helada a la mejilla para secarse. No lloraba, solo que… no pasaba un buen momento. No era ningún delito, y sobre todo era asunto suyo, de nadie más.

Había recibido las noticias de la muerte de Izumi esa misma tarde, poco después de regresar del almuerzo. Tan pronto como el informe llegó a sus manos, tragó grueso. Como Comandante en preparación, su nuevo asistente lo confinó en la intimidad de la oficina para relatarle el informe del escuadrón de búsqueda y rescate enviado hace una semana a la zona del incidente.

A casa regresarían ataúdes vacíos, puesto que no habían encontrado los cuerpos, salvo unas cuantas pertenencias que materializaban el peor miedo de Sasuke Uchiha.

Pudo haber hecho algo para evitar ese destino pero en su lugar guardó silencio y no cuestionó la decisión de su padre. Eran tan responsable de la muerte de Izumi como Fugaku. Le había arrebatado a su hermano el amor de su vida. Por esa razón lo estaba evitando a toda costa, porque no podía mirarlo a los ojos. Jamás podría hacerlo.

Caminó por el Este sintiéndose invisible. Hombres y mujeres con ropas de distintos tonos y estampados pasaban rozándolo. Los únicos que no se movían eran los grupitos de fumaderos, resguardados bajo los saledizos de las tiendas, o incluso bajo la lluvia. Se sentía como si lo rodeara un halo de luz que le daba un aspecto sospechoso, como si hiciera algo prohibido. Sólo deseaba salir de allí cuanto antes.

Avanzaba sin conciencia. No era como cuando alguien caminaba y pensaba al mismo tiempo, reparando en lo que hay por el camino, era más bien como un despertar por la noche, comprobar la hora en el despertador y volver a sumirse en la oscuridad. Y así pasar la noche de sobresalto en sobresalto, sin descansar de verdad. Su mente funcionaba a una velocidad vertiginosa, era inútil tratar de pararla.

Dos calles más.

Sintió una sacudida, una punzada de dolor.

Dos calles más.

Era como estar enfermo. Sasuke nunca se había sentido tan mal. Sin embargo, consiguió llegar a casa en una sola pieza, calado hasta los huesos.

Exhausto, evitó ingresar por la puerta principal y se dirigió al porche que daba directamente al jardín. Necesitaba tranquilizarse antes de recluirse en la intimidad de su habitación. Por el contrario, tomó asiento en el primer escalón, vislumbrando con detenimiento la forma en que la lluvia caía. El aguacero de afuera era una cortina liquida que no admitían premura, sino que, detenían la vida completamente.

—Vas a pescar un resfriado.

Sasuke se tensó al oír la voz almibarada de la kunoichi a su espalda.

Se volvió hacia ello lo justo para mostrar que era consciente de su presencia, pero no tanto como para dejarle verle la cara.

La pelirosa interpretó el silencio como una invitación; en lugar de marcharse, se postró elegantemente a su lado, dirigiendo la mirada hacia el frente al mismo tiempo que dejaba escapar un suspiro.

—Hemos hablado poco estos días— comenzó a murmurar, procurando ocultar el nerviosismo que decoraba su tono de voz—. ¿Cómo estás?— quiso saber.

—De maravilla— respondió, sarcástico.

Estuvo a punto de decir algo respecto a sus preocupaciones pero comprendió que o no era cierto o no serviría de nada y se contuvo. No tenía reparos en decir una mentira en ese momento: mentir no estaba bien, pero si le ayudaba a mantener la ficción, no le importaba. Por desgracia, ahora ya no sabía cuál era exactamente esa ficción, y dónde empezaba a apartarse de la realidad. Tampoco sabía cuál era la realidad. No sabía nada. El abismo que se abría ante él era oscuro y cambiante en cuanto a forma y dimensiones; como si alguien le aullara al oído.

—Estuviste bebiendo— señaló Sakura

El pelinegro se encogió de hombros. Por un momento se convirtió en una adolescente que hablara -o no hablara- con sus padres. Ese encogimiento de hombros que venía a decir Por favor, déjame en paz.

—¿Qué haces despierta a esta hora?— preguntó, intentando desviar el tema en otra dirección que no fuera su estado de ánimo y los motivos para encontrarse así.

—Terminaba de realizarle un chequeo a Itachi.

La cabeza le daba vueltas. Se agarró del piso como si fuera una tabla de salvación.

—No te he visto últimamente en la casa ¿Sucede algo malo?

Silencio absoluto por un momento.

—No es nada, solamente he tenido mucho trabajo— por segunda ocasión, el pelinegro se encogió de hombros—. Voy a convertirme en comandante la siguiente semana.

Sakura lo miró a los ojos. Luego apartó la mirada, como si no le hubiera gustado lo que veía.

—No luces feliz— señaló.

Por supuesto que no lo estaba. Comenzaba a cansarse de esa guerra sin sentido. Ahora mismo lo único que quería era huir con la mujer que estaba a su lado, vivir recluido en las montañas, lejos de todo y de todos. Sin embargo, aquello era imposible. Él era un Uchiha y Sakura su enemiga. El simple hecho de imaginar lo que podría sucederle si su padre se enteraba que tenía sentimientos por ella le arrebató el aliento; probablemente Fugaku la asesinaría con sus propias manos antes de "mancillar el honor de los Uchiha".

—No es algo de lo que deba sentirme orgulloso— espetó.

Sakura lo agarró de la muñeca con una mano que incluso a ella le pareció una garra.

—Puedes confiar en mí, Sasuke— le recordó en voz baja, incitándolo a exteriorizar sus preocupaciones sin temor a ser juzgado.

Poco a poco levantó la mirada, sintiendo los latidos de su corazón sobre la piel y el aroma de la primavera justo antes de encontrarse con los ojos de Sakura mirándole fijamente.

No la había visto desde el regreso de Itachi. Él la había evitado de la forma más espectacular posible, y ese estúpido intento de ambages solo aumentaban sus pensamientos hacia ella. Aun cuando se esforzaba en no evocar lo sucedido entre ellos durante el viaje, el aroma que emanaba de su cuerpo le llegó a Sasuke como un recuerdo muy nítido.

¿Seguiría gustándole después de contarle lo de Izumi?. Tal vez terminaría por odiarlo.

—Estoy cansado, Sakura— esbozó una sonrisa amarga.

Sabía que si no hacía algo, su padre acabaría enviando a la kunoichi a uno de los tantos campos de trabajo forzado. Debía salvarla, protegerla de su destino.

—Todo este sinsentido de la guerra— comenzó a decir sin pensar muy bien en las palabras—. ¿Cuánto tiempo más va a durar?

Alarmada, la pelirosa echó un vistazo a sus espaldas, allí donde era posible ver la luz del interior filtrarse por la puerta entreabierta.

—No te preocupes, estamos solos— dijo, como si fuese capaz de interpretar su inquietud.

Con un rápido y fluido movimiento, Sasuke la aprisionó contra su cuerpo; la posición obligó a Sakura a recostarse de lleno en el suelo. No había apartado ni un instante la mirada sobre él, y aunque quisiera, no podía hacerlo. No mientras el azabache permanecía en silencio, admirándola como si fuera un objeto precioso.

El aire se volvió denso. La atmósfera gélida pronto se convirtió en una cálida nube que opacaba los sentidos, ocultando el mundo hasta quedar ellos dos en medio del porche, bajo la inclemente lluvia otoñal.

—Estoy arrepentido, Sakura. Hablaba en serio cuando dije que quería escapar contigo esa noche— susurró casi sin aliento, tan cerca de su rostro.

Inhaló el aroma que emanaba de su cabello; fresco, una mezcla de jazmín y hierbas, sumergiéndose en ella como un hombre poseído.

Notó la forma en que ella se estremeció ante su tacto, por un instante pensó que le cruzaría el rostro con una bofetada, pero en lugar de eso, la pelirosa sostuvo su cuello, acariciando la extensión de la nuca con la punta de los dedos.

Aquello fue suficiente para derribar todas las barreras de autocontrol que se había empeñado en erguir en las últimas semanas. Su piel desnuda estaba fría al tacto, sin embargo, eso no fue impedimento para incitarlo a desperdigar besos húmedos y cálidos en su cuello; trazó un camino por toda la columna de porcelana hasta llegar a su mandíbula, pasando por sus mejillas para detenerse en la comisura de sus labios.

Sasuke no tenía creencias religiosas, pero era imposible no pensar que había hecho algo bien en su vida para recompensarlo de esa manera. Sus cuerpos encajaban tan bien. No fue capaz de prever lo perfecto y delicado que se sentirían los muslos de Sakura envueltos en su cintura, como si algún ente divino la hubiese hecho con el único propósito de sostenerlo.

—¿Sasuke?— su labio inferior tembló; la voz sonó amarga, expectante.

—Antes de continuar, quiero confesarte una cosa— murmuró contra su piel, apartándose lo suficiente para ver el rostro contraído por la confusión—. Hice algo malo, muy, muy malo.

—Eso es imposible— susurró Sakura sin apartar la mirada de Sasuke. Llevó una mano hasta su rostro, sosteniéndolo con absoluta devoción.

—Mis manos están manchadas de sangre— su aliento chocó contra la faz de ella con gentileza—. He asesinado a un montón de gente inocente.

—Sasuke…

—Izumi… está muerta—dijo Sasuke, separándose de ella lo necesario para poder hablar—. Yo la asesiné.

El cuerpo de la kunoichi volvía a tensarse como la cuerda de un arco, solo que en esta ocasión no fue de excitación, si no de miedo.

—Sabía que mi padre la envió a esa misión suicida con el objetivo de deshacerse de ella.

—Itachi…— soltó en un susurro.

—No sabe nada— se apresuró a responder—. Él no está al tanto de la situación.

Sakura jadeó con desesperación, como si el aire no fuese suficiente para abastecer sus pulmones. La decepción era visible en su rostro, en especial en sus ojos verdes, brillosos por el llanto contenido.

Intentó alejarlo, no obstante, Sasuke presionó más el cuerpo sobre el de ella con un movimiento más violento del que hubiese querido.

—Ahora puedes verlo… puedes ver realmente quien soy— espetó.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, la kunoichi procuró zafarse de su agarre. Movió las piernas a su costado, pero él la retuvo.

—Sa-Sasuke…— tartamudeó.

—No me mires de esa forma— pidió él.

—¿Cómo te miro?— logró sacar las palabras en un hilo de voz.

—Aterrada.

Sin más, se alejó de ella con la misma fuerza de un huracán. El semblante de Sakura había cambiado. Sus labios estaban ligeramente entreabiertos al mismo tiempo que trataba de controlar la frecuencia de su respiración.

—Ahora tienes otro motivo para odiarme— susurró Sasuke con una voz gruesa, como si sus cuerdas vocales hubiesen estado en descanso desde hace años. De nueva cuenta, sus ojos se ensombrecieron poco a poco.

—Debería— se adelantó a decir Sakura, abrazándose a sí misma en un intento por brindarse consuelo—. Pero no puedo hacerlo.

Sasuke permaneció rígido como una estatua. Dolía, todo aquello era demasiado doloroso. Esos sentimientos que ambos compartían les traerían muchos problemas, más de lo que ambos podrían sortear.

Izumi e Itachi eran un claro ejemplo de lo que sucedería con ellos si continuaban con ese juego.

Él no respondió y ella no espero a que lo hiciera. Cuando echó un vistazo a la puerta, Sakura ya había desaparecido de la vista, dejando que la lluvia consumiera sus pensamientos.


La tarde había caído y Sakura continuaba en su habitación. Llevaba todo el día encerrada, tratando de realizar -con nulo éxito- algunos ninjutsus médicos básicos. La soledad le sentaba como una buena compañía. Ansiaba estar lejos de la mirada inquisitiva de Mikoto, el rostro de Tamaki y Suzume y de la ínfima posibilidad de encontrarse con Sasuke entre los pasillos de la casa. No se sentía con fuerzas de hablar con alguien sobre lo sucedido la noche anterior en el porche. La soledad, en cambio, era su fiel aliada. Ella no la miraría con lástima o la forzaría a exteriorizar sus pensamientos.

«Puede que Sasuke parezca una estatua, pero a final de cuentas es un hombre, Sakura». Escuchó la voz de Shisui resonar en los rincones de la habitación.

Lo que había sucedido entre ellos era un error. ¿Qué tal si solo era una progresión natural? ¿O un acto influenciado por el alcohol por parte de él y un poco de inestabilidad emocional de parte de ella?

—Mierda— suspiró, derrotada.

Recostó el cuerpo sobre la gélida madera y cerró los ojos. Poco a poco, el cansancio comenzaba a apoderarse de ella. Por primera vez en todo ese año nota que se ha sumido en la desesperación, estaba rindiéndose. Tenía que recordarse que debía seguir viviendo cuando lo uno que quería en realidad era parar. No porque estuviese deprimida, sino porque estaba agotada.

Lo único que debía hacer era reposar. Estaba muy cansada. Le parecía estar inmersa en una especie de sueño en coma como un hombre que ha agotado todas sus emociones y después se siente enfermo y nauseabundo y seguro de lo peor que había semanas y meses, tal vez años, no lo sabía porque los golpes con la cabeza habían ocupado el lugar del tiempo y en ello había invertido todas sus energías, todas sus esperanzas y toda su vida.

Abrió los ojos de golpe al escuchar el llamado a la puerta. Cuando se reincorporó tenía los hombros tensos, los ojos le ardían y sus piernas estaban adormecidas. Quizás Tamaki la estaba buscando para dejar una nueva bandeja repleta de comida. Se había saltado el desayuno y el almuerzo, no tenía apetito, y el pensar en ello simplemente le revolvía el estómago.

Cuando por fin consiguió levantarse, deslizó la puerta lo suficiente para ver de quien se trataba: Tamaki aguardaba en el pasillo; una expresión de turbación le deformaba el rostro. Estaba alterada. Podía verlo por la manera en que jugaba con sus dedos y estrujaba la tela del mandil en el proceso.

—Mikoto-sama solicita su presencia— indicó en un tono de voz bajo, a duras penas audible.

Sin detenerse a preguntar los posibles motivos por los cuales la matriarca del clan queria verla, Sakura siguió en silencio a la joven sierva por los solitarios pasillos de la mansión.

Como era de esperarse, la pelinegra aguardaba por ella en la sala de té, habitación donde se habían producido la mayor parte de sus encuentros.

Tamaki golpeó a la puerta. La llamada era obligatoria.

—Pasa— ordenó la elegante mujer.

Ambas ingresaron al salón, Sakura no tenía otra alternativa.

Mikoto se irguió ante ella. Le brillaban los ojos, un negro vivo en contraste con el blanco de su piel pálida. En un acto reflejo, Sakura apartó la vista de su rostro y miró el suelo; junto a sus pies vio la ostentosa tela del kimono.

Todo rastro de vida en la kunoichi se paralizó cuando dirigió la mirada hacia la oscura silueta postrada al otro lado de la sala.

—Tiempo sin vernos, Sakura.

La aludida comenzó a hiperventilar, presa del pánico de escuchar de nuevo aquella voz.

—El Comandante Obito-san quiere hablar contigo— dijo Mikoto.

El hombre llevaba puesto el uniforme negro referente a su cargo,. Parecía presidente de un banco, con su cabello liso y prolijamente cepillado, su actitud seria y la espalda recta. Y además estaba la cicatriz, amplia, abarcaba la mitad de su rostro y, probablemente, también la mitad de su cuerpo, un rasgo imposible de pasar por alto.

—¿Ustedes dos se conocen?— preguntó Mikoto genuinamente intrigada.

Suzume ingresó a la sala con una bandeja repleta con los utensilios para la ceremonia del té.

—Gracias por los aperitivos, Suzume— respondió Obito con una sonrisa discreta, antes de dirigirse a la esposa del General—. Somos viejos amigos, ¿verdad, Sakura?

Fue en ese instante, cuando sus miradas se encontraron, el aire abandonó por completo sus pulmones, las palabras se le atoraron en la garganta. Miedo. Lo único que podía sentir en ese momento era miedo.

—Fue el encargado de interrogarla luego de su captura. No es la primera vez que hablamos— el comandante se adelantó hasta ubicarse a lado de Mikoto, hinchando el pecho de orgullo mientras la kunoichi no daba crédito a lo que sus ojos veían—. ¿Así es como saludas a un viejo conocido?— dijo en tono burlón.

Tuvo que recolectar todo el valor que habitaba en ella para decir una sola palabra.

—Uchiha-Shōgun— logró susurrar con la boca seca.

—Así está mejor— la sonrisa de Obito nunca abandonó su rostro. Echó un vistazo a la habitación y, tras un segundo o dos, su semblante cambió de uno alegre a otro más serio—. No quiero abusar de su amabilidad, Mikoto-sama, pero me temo que necesito un poco de privacidad.

La aludida parpadeó, sorprendida. Al igual que Sakura, la solicitud la había tomado con la guardia baja.

—Tan sólo es una formalidad— se apresuró a responder el Comandante a percibir la reticencia de la pelinegra.

—Por supuesto— dijo, tratando de atribuir seguridad a su respuesta—. Tamaki, Suzume— las llamó, dirigiéndose al otro extremo de la sala hasta desaparecer por la puerta.

El pánico la abordó al instante y el aire se le atascó en los pulmones. Obito sostuvo su mirada antes de sentarse en el elegante sillón ubicado en el centro de la habitación. Con parsimonia, alcanzó la taza de té humeante y la llevó hasta sus labios, propinándole un corto y ruidoso sorbo que la hizo estremecer de asco. A espaldas del comandante aguardaba otro hombre; Sakura no se había percatado de su presencia hasta que sus ojos capturaron los detalles faltantes para completar la escena.

Como si pudiera leer sus pensamientos, una sonrisa curvó los labios del comandante. El corazón de Sakura se detuvo, y la voz del hombre volvió a esparcirse como una nube de gas venenosa dentro del cuarto.

—No hay necesidad de estar tan nerviosa, Sakura— Obito, desde su posición, se removió en el sillón. Su intenso escrutinio continuaba, pero esta vez un brillo de diversión resplandeció en sus ojos—. Si te esfuerzas en responder todas las preguntas no dolerá nada ¿De acuerdo?

Sakura tragó en seco y asintió.

—Bien, es lo que todos queremos— suspiró el hombre.

Sintió que el frío brotaba en su piel como si fuera agua. Lo que decía era una clara advertencia.

—Tu y Yamanaka Ino fueron compañeras en la Insurgencia, ¿cierto?— sobre el muslo del comandante descansaba un cuaderno abierto. Iba a tomar nota de todo lo que ella recitara en los próximos minutos.

—Sí.

—¿Estabas al tanto de la presencia de Ino aquí en la aldea?

—Sí.

Sakura permaneció inmóvil en medio de la sala, incapaz de adivinar adónde se dirigía con todos esos cuestionamientos. Probablemente ya era de su conocimiento la reunión que tuvo con ella semanas atrás. Había sido descuidada.

—En algún punto, ¿Mantuviste contacto o conversación con ella?

La kunoichi apretó los puños a los costados de su cuerpo. Una señal inequívoca de la inquietud que estaba sintiendo.

—Sí— admitió deliberadamente—. Una vez.

Las cejas de Obito se alzaron en consonancia a la expresión de sorpresa.

—¿De qué hablaron en esa ocasión?— preguntó el comandante como si de verdad estuviese intrigado.

—Sobre cómo se encontraba y lo que hacía dentro de la aldea. Pensé que era una prisionera al igual que yo— murmuró Sakura.

—¿Sólo abordaron esos temas?

—Sí.

—¿No mencionó nada respecto a su antigua afiliación?

—Nada que yo recuerde.

Obito asintió, como si estuviese complacido con el rumbo del interrogatorio.

—En esta conversación ¿Ino refirió pertenecer a alguna facción enemiga?

Cuando las palabras alcanzaron sus oídos, Sakura no se movió. No respiró. De sus labios no salió ni una sola replica. Su rostro era de piedra.

Obito arqueó una ceja ante su silencio.

—No sé a qué se refiere, Uchiha-Shōgun—sentía que la piel le ardía y el corazón se le aceleraba. Eso era delicado. Por una parte, es una mentira.

El pelinegro sonrió. Sakura recordaba ese gesto a la perfección, solía hacerlo cada vez que detectaba un titubeo en su tono de voz. Estaba entrenado para obtener las respuestas correctas y, claramente, la réplica otorgada no era de su agrado.

—Me disculpo, entramos a un terreno delicado— advirtió—. En esta conversación que mantuviste con ella, ¿Ino mencionó trabajar con la Insurgencia o alguna facción parecida?

—No. Nunca.

—¿Sabías que escapó hace dos días? — preguntó en tono débil, indiferente, amenazador.

El tiempo se detuvo.

El olor a té verde y las malvas reales saturaban el ambiente.

Aguardó un momento; le faltaba el aire, como si la hubieran pateado.

—N-no— consiguió responder. Aquello era verdad. Tanto Shisui como Sasuke habían omitido esa información, quizás porque todavía no era de su conocimiento.

Obito elevó la quijada, disfrutando el momento en que Sakura se quebraba ante sus ojos.

—Es chica es una ofensa al Régimen— espetó con palpable desdén—. Una bestia repulsiva como todos los Insurgentes.

La voz del comandante sonaba lejana.

Entonces ella había conseguido escapar. Lo hizo antes de que la atraparan. Sintió un enorme alivio.

Obito colocó la libreta en la superficie del sofá y abandonó la comodidad de su asiento para aproximarse a ella.

—¿Por qué no reportaste tu encuentro con Yamanaka?— quiso saber, atrayendo de nuevo la atención de Sakura sobre ella.

—No conocía muy bien a Ino— comentó.

—¿No?— preguntó. El hecho de que haya respondido, aunque cautelosamente, la estimuló.

Sin embargo, la satisfacción fue momentánea.

—Akami— llamó Obito al hombre que yacía a su espalda como una estatua.

Aquello fue suficiente para que el chico se plantara a lado de ellos. El interrogatorio inocente había llegado a su fin. Ahora mismo, Obito se vería obligado a utilizar otro tipo de tácticas para sacarle la verdad.

—Recuerda tus días en el centro de readaptación, Sakura— siseó.

—Bienaventurados los que padecen la persecución de la justicia— escupió la kunoichi las palabras como si se trataran de una maldición—. Por supuesto que lo recuerdo.

En respuesta, Akami le propinó un fuerte golpe con la aguijada eléctrica, directamente en el pómulo derecho. La mezcla de impresión y dolor por partes iguales, la llevaron a perder el equilibrio, cayendo de bruces al suelo. El diligente soldado continuó administrándole patadas precisas y otras atenciones. Sakura reconoció los ruidos que salían de ella; los había oído antes cerca.

—¿Qué demonios esta haciendo? ¡Deténgase!— escuchó gritar a una horrorizada Mikoto al otro extremo de la sala.

Obito amplió su sonrisa.

—No se preocupe, Mikoto-sama, es parte del protocolo— intentó tranquilizarla.

Para su sorpresa, la pelinegra se agachó hasta quedar a nivel del suelo. Paseó la mirada por su cuerpo buscando cualquier indicativo de una herida grave.

—Esto no es un centro de tortura— la voz de Mikoto la traspasó como la agonía de los golpes. Para ese momento estaba convertida en un ovillo, temblando. El cuerpo le dolía en las zonas en las que el chico le había propinado algunas patadas—. Fugaku sabrá de esto.

—Le extiendo una sincera disculpa, Mikoto-sama. Abusamos de su confianza— la sangre ascendió por su cuello, enrojeciéndolo de pura ira. Sin embargo, mantuvo la compostura en todo momento. Estaba ante la esposa del General y, aunque en raras ocasiones, Mikoto intervenía en las decisiones de su esposo, cuando lo hacía nadie se atrevía a cuestionarla.

—Tamaki.

La asustada niña cuadró los hombros.

—Mikoto-sama.

La pelinegra, sin dejar de mirarla, dio la orden.

—Acompaña a Sakura a su cuarto. El interrogatorio ha terminado.

Inmediatamente, el refugio y seguridad que le brindaba el cuerpo de la pelinegra fue sustituido por la fragilidad de la pequeña fisionomía de la adolescente.

Consiguió enviar una señal para que sus piernas se movieran pero el dolor punzaba en cada musculo y articulación. Sentía que su columna iba a fragmentarse en un millón de piezas. Todo le pesaba, era como si en lugar de sangre por sus venas corriese una amalgama de metales pesados.

Tamaki pasó uno de sus brazos por encima de sus pequeños hombros y rodeó su cintura.

—He conseguido la información que necesitaba— declaró el Uchiha—. Agradezco su amabilidad, Mikoto-sama— hizo una reverencia y salió de la sala con su leal sirviente siguiéndole los pasos.

—Tamaki, ¿Eres sorda? ¿O acaso tengo que repetir lo que dije?— sus palabras fueron frías y cortantes como lo había sido con Obito.

La chica negó con la cabeza, nerviosa.

Tal como se lo ordenó Mikoto, una trémula Tamaki se encargó de llevar a su habitación casi a rastras. Las piernas le temblaban tanto que estuvo a punto de trastabillar en varias ocasiones, sin embargo, dejó escapar un largo y sonoro suspiro cuando tomó asiento al borde de la cama, agotada.

—Estas herida— dijo la niña, alarmada.

Tenía la mitad del rostro entumecido a causa del golpe, era un milagro que aquel salvaje no hubiese asestado en su ojo.

—Estoy bien— contestó en un susurro.

—Traeré el botiquín.

—No— se apresuró a responder—. No lo hagas, yo puedo encargarme de esto— mintió.

—P-pero…— intentó rebatir, mirándola por mucho, escéptica. No estaba segura de que la kunoichi se encontrara en la mejor forma.

—Gracias por todo, Tamaki— espetó ella con una sonrisa.

La chica asintió.

—Si necesitas algo, estaré en la cocina— masculló antes de cerrar la puerta.

Sakura guardó silencio. De repente sintió ganas de echarse a llorar.

Ino consiguió escapar, en verdad lo había hecho.

Se sentó en el suelo junto a la cama entre espasmos, apoyando la espalda en el colchón. Las ganas de llorar se transformó en un ataque de risa histérico.

Por primera vez se sentía tranquila, en paz, impregnada de felicidad.


Base de la Insurgencia, ubicación desconocida.

Estaba reventada, pero no podía descansar. Tenía que llegar a la Base antes que los integrantes de su antiguo equipo. Tiritaba de frío, le castañeaban los dientes, tenía las manos y los pies entumecidos y las piernas le dolían cada vez más.

No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo. Horas, parecieron.

Había niebla y hacía un frío de muerte. Se encontraba a solas en un mar de alta hierba negra y nieve. Sentía un dolor punzante en el muslo derecho. Cuando bajó la vista se sorprendió al ver que la herida se había abierto de nuevo. Apretó los dientes para soportar la agonía y continuó caminando hacia el norte.

No era miedo lo que sentía en esos momentos: creía que moriría. El mensaje de Sakura se perdería, todos los sacrificios habrían sido en vano.

«Padre, te lo ruego— pidió en silencio—. Ayudame a llegar a la Base sana y salva. Y si alguien más ha de morir, haz que sea sólo yo».

A medida que las estrellas se iban difuminando en el cielo, una extraña edificación apareció ante ella, por encima de los árboles y la niebla matutina. La luz de la luna brillaba clara sobre el hielo. Corrió tan rápido como pudo por el camino embarrado y resbaladizo hasta que vio las torres de vigilancia y los edificios de adobe, amontonados como juguetes rotos contra un gran acantilado de hielo. Para entonces, la fachada brillaba ya rosada y purpura con las primeras luces del amanecer.

No había centinelas que le dieran el alto cuando pasó por las edificaciones periféricas. Nadie le impidió el paso. La Base parecía casi tan ruinosa como la de Otogakure. En las grietas de las paredes crecían hierbajos oscuros y quebradizos. El techo estaba cubierto de nieve vieja, que también se amontonaba conta la cara norte de una de las torres.

Desde donde se encontraba no alcanzaba a ver si había centinelas en el muro. Por poco y perdía el conocimiento, de tan cansada que estaba. Pensó: «He llegado hasta aquí y ahora voy a desfallecer y me romperé la crisma». Sin embargo, se obligó a continuar.

—¡Eh, alto ahí!— gritó alguien desde lo alto de la fortaleza. Había luces que se movían a lo largo de la cima.

—¡Es una Uchiha! ¡Lleva el mismo uniforme de esos bastardos!— escuchó decir a otra persona.

Le faltaban fuerzas para contestar; las luces se acercaron por el lado derecho de la pendiente hacia ella. Pese a la fiebre, el agotamiento y la pierna, Ino sonrió.

Levantó las manos en señal de rendición.

—N-no soy una Uchiha— respondió con dificultad, su voz sonó áspera y a duras penas audible—. Mi nombre es Yamanaka Ino. Soy hija de Yamanaka Inoichi.

Las luces desaparecieron. Uno de los guardias se aproximó para examinarla. Era difícil corroborar sus palabras, así que deberían escoltarla como prisionera y llevarla ante el encargado de la Base. Sí tenía suerte, al menos uno de sus viejos compañeros conseguiría reconocerla.

—Escóltenla al interior— ordenó uno de ellos—. Avisen al General Hatake de esto.

—El General no se encuentra en la Base— interrumpió una chica.

—Entonces den aviso a la persona al mando. Necesitamos corroborar que este diciendo la verdad.

Era agradable estar allí de nuevo.

Recorrió el camino restante con cierta dificultad. En algún punto tuvo que agarrarse a una pared para mantenerse de pie.

Tan pronto como cruzó el umbral de la puerta, las personas guardaron silencio, contuvieron la respiración y clavaron la mirada en ella.

Aun portaba el uniforme con la insignia de los Uchiha en la espalda. Buscó con la mirada un rostro conocido, pero el sitio estaba repleto de nuevos reclutas, personas a las que nunca había vislumbrado en su vida. No era capaz expresar los sentimientos y emociones que aquella vista produjo en ella.

—¿Adónde vamos?— preguntó directamente a la kunoichi que la ayudaba a caminar. Casi tuvo que sacarla en volandas.

—A la enfermería. Estas sangrando— contestó. Notaba cierta incomodidad en su semblante pero era normal. Ninguno confiaba en ella. Había arribado al amanecer, herida, al borde del colapso, portando el uniforme del enemigo.

Subieron cojeando por las escalares hasta llegar a la puerta que daba a la larga estancia del pequeño hospital improvisado de la Base.

Tras unos momentos, una mujer menuda y de rostro afable asomó la cabeza. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Ino.

—Acuesta a la chica, voy a buscar a Shizune-san.

Dentro había calefacción, y la habitación era demasiado calurosa. El calor adormiló a Ino. En cuanto la kunoichi la tumbó de espaldas, tuvo que cerrar los ojos para que el mundo dejara de dar vueltas. Oía las conversaciones agitadas al otro lado de la puerta, en el pasillo.

La siguiente vez que abrió los ojos analizó el lugar en donde estaba: una habitación grande con techos bajos y luz blanca. Había una fila de camas y escuchó la respiración de quienes, suponía, debían ser pacientes.

Con dificultad, levantó la cabeza y se reincorporó en la camilla. Aferró los dedos a la superficie acolchada hasta que el cuarto dejó de moverse a su alrededor. Echó un vistazo a su pierna vendada; la habían despojado de la ropa húmeda y sucia; ahora llevaba una bata de hospital, ligera, lo suficientemente larga y holgada para cubrir las partes más íntimas de su cuerpo.

Lo siguiente que llamó su atención fueron los gritos perforándole los odios y, en un abrir y cerrar de ojos, la puerta se abrió en el momento en que un consternado Naruto interrumpía en la habitación.

El rubio enmudeció. Los dos se contemplaron de hito en hito sin saber muy bien qué decir o qué hacer.

—Ino…— susurró el Uzumaki desde la distancia.

Los guardias con los que probablemente estaba discutiendo permanecieron bajo el umbral de la puerta, acompañados por un pequeño escuadrón de ninjas médicos . En el lugar, imperó un silencio expectante. Naruto aguardaba tenso e Ino seguía incrédula, pasmada en medio de la geografía del cuarto en un estado catatónico del que difícilmente podría salir.

—N-Naruto…— tartamudeó en un hilo de voz. Con dificultad, descendió de la camilla; un escalofrío recorrió su espina dorsal ante el contraste de temperatura entre su cuerpo y la gelidez del suelo.

Pasaron unos segundos de creciente tensión, un punto muerto en que todos los ahí presentes aguardaban a la respuesta de ambos chicos.

Y fue así que, impulsado por una emoción irracional, Naruto corrió hasta abarcar la distancia que los separaba en menos de un parpadeo para enrollar sus brazos alrededor del cuerpo de kunoichi. Ella no lo recibió de inmediato, pero cuando el calor de la habitación se vio sustituido por la calidez que emanaba la piel de su compañero y el aroma almizclado golpearon sus sentidos, se dejó llevar.

Incapaz de contener el llanto, ahogó un violento sollozo en el espacio que conformaba la unión entre el cuello y el hombro. En cuanto vertió la primera lágrima, el lamento fue imparable.

En un gesto casi reflejo, Naruto la atrajo hacía él. Era la primera vez que ambos alcanzaban ese tipo de intimidad. Ino continuó llorando en silencio, temblando entre sus brazos; recorrió su espalda como si buscara algo, necesitaba asegurarse que aquello fuera real y no una mala pasada de su mente cansada y trastornada. En cambio, Naruto, mientras sostenía su cuerpo con la mano izquierda, le acariciaba el pelo con la derecha.

Se mantuvieron en esa posición mucho rato hasta que el llanto cesó.

—Lo siento…— susurró con la voz interrumpida por los sollozos—, lo siento, lo siento, lo siento— repitió una y otra vez.

Naruto acunó su rostro con ambas manos y frunció el entrecejo. Parecía triste y feliz a la vez.

—¿Por qué te disculpas?— preguntó.

—Por no ser Sakura— su voz se quebró nuevamente. Quien debía estar en su lugar era la misma persona que la había incitado a escapar.

El rubio soltó un suspiro. Apartó unos cuantos mechones húmedos de su faz y limpió el rastro que habían dejado las lágrimas al descender por sus mejillas enrojecidas y reventadas por las inclemencias del clima.

—Tranquila, estas a salvo— susurró él.

Ino negó con la cabeza.

—No lo está— se atragantó—. Dejé a Sakura atrás, pude… pude haber escapado con ella— continuó balbuceando. Naruto era la única persona a la cual podía reconocer en medio de un mar de rostros desconocidos.

—Ino, tranquila, respira ¿Sí?— colocó ambos brazos sobre sus hombros y la obligó a mirarle directamente a los ojos—. Hiciste todo lo posible. Ahora mismo, lo único que importa es que conseguiste salir de ahí sana y salva.

La aludida continuo llorando sin parar; ni siquiera se le ocurría qué decir. Un dardo se clavó en la diana con un ruido sordo.

—Sakura…— dijo, antes de volver a derrumbarse.

Respiraba entrecortadamente entre sollozos que arrancaban de lo más hondo de sus entrañas y la obligaban prácticamente a doblarse hacia delante.

—Ino— volvió a llamarla el rubio; su voz era brusca y apremiante—. Hablaremos de ella después ¿De acuerdo?

Ella volvió a asentir.

—Lamento interrumpirlos— dijo una ninja médico a sus espaldas, lucía lo suficientemente avergonzada por interrumpir el emotivo reencuentro—, pero el General ha ordenado que traslademos a la paciente a otra habitación.

Naruto vació todo el aire contenido en sus pulmones, derrotado. Si bien, era considerado un héroe de guerra, había ordenes que no podía ignorar, en especial si provenían de alguien tan importante como su maestro.

—Está bien— concedió encogiéndose de hombros—. Supongo que regresare después.

—No, espera— lo detuvo tomándolo delicadamente por la manga del jersey—. Quedate conmigo— suplicó. No quería pasar un minuto más a solas con los pensamientos y los recuerdos.

Naruto intercaló la mirada en ella y después en la ninja médico.

—Está bien— concedió la kunoichi—. Pero debe permanecer en silencio mientras realizo la revisión— le advirtió al rubio.

—Seré como una tumba— respondió sonriente.


Se encontraba en su habitación, junto a la ventana, esperando. En el regazo tenía un puñado de estrellas aplastadas.

Afuera, el día empezaba a desvanecerse. El cielo estaba rojizo. Pronto oscurecería. La fatiga se apoderaba de ella, de su cuerpo, piernas y ojos. Al menos su mejilla ya no sangraba y como mal recuerdo solo quedaba la leve sensación de entumecimiento y el sordo dolor instalado en la mitad de su rostro.

Miró el atardecer y se imaginó que estaba en invierno. La nieve caía suavemente, fácilmente, cubriéndolo todo de suaves cristales, la niebla que cubre la luna antes que llueva, desdibujando los contornos, borrando los colores. Decían que la muerte por congelación era indolora. Recostarse sobre la nieve como un ángel hecho por unos niños para sumirse en un profundo sueño.

Estaba cansada de ese melodrama, estaba cansada de guardar silencio. No había nadie que pudiese proteger, su vida no tenía valor para nadie. Quería que eso terminara.

Solo hasta que escucha un leve llamado a la puerta, decide levantarse y descubrir quien desea verla. Esperaba ver a un desconocido, pero es Sasuke quien aguardaba en el pasillo.

—Estas goteando— advirtió.

Sus ojos negros se encontraron con los de ella y dibujó una sonrisa perezosa antes de alzar el paño húmedo que llevaba en la mano izquierda.

—Traje hielo, para tu herida— aclaró—. ¿Puedo pasar?— pidió permiso.

A través del pasillo le llegaban voces por la puerta abierta. Oyó la de Suzume, después la de Tamaki. Puedo haber sido miedo a que les interrumpieran lo que a ella la impulsó a dar un paso atrás para abrirle la puerta. La siguió al interior hasta plantarse en medio de la habitación, que se encontraba a oscuras, y aguardó junto a la entrada mientras ella buscaba el interruptor de una lámpara en la mesita de noche. Cuando se encendió, él cerró la puerta. Conjeturó que al cabo de unos minutos estaría caminado por la galería, de regreso a su propia alcoba.

—Lo lamento— comenzó a disculparse—. No sabía que Obito vendría a interrogarte— con dos grandes zanjadas, acortó la distancia que los separaba.

—No fue tu culpa— respondió en un susurro.

—Claro que lo es. Al menos habría tenido la oportunidad de advertirte— con los dedos tembloroso, Sasuke tomó su mano, depositando el paño mojado y frio en la palma de Sakura.

—Está bien. No pasó nada— intentó tranquilizarlo.

—¿Nada?— frunció el ceño—. Te golpeó.

Con sumo cuidado, llevó el paño hasta la zona afectada, notando como la ardiente sensación del hielo opacaba el dolor de la herida.

—¿Tamaki te lo dijo?— preguntó con una sonrisa tímida.

—En realidad fue mi madre— se encogió de hombros—. Me contó todo lo que sucedió.

Sakura dejó escapar un suspiro. No esperaba que Sasuke le plantara cara a su superior. Después de todo ella era una prisionera y Obito solo realizaba su trabajo.

—¿Puedo?— preguntó, señalando con la quijada la herida.

Sakura se vio en la necesidad de tragar grueso. Todavía recordaba a la perfección lo que había sucedido la última vez que ambos estuvieron a solas. Pero, lejos de negarse, asintió con más entusiasmo del que pretendía mostrar.

—¿Duele?— el cálido aliento le bañó el rostro; su tacto era firme y tímido por igual.

—Un poco— suspiró.

—¿Qué clase de preguntas hizo?— quiso saber; su voz sonaba ronca, contenida.

—Quería saber si yo estaba implicada de alguna forma en el escape de Ino Yamanaka.

La mirada que le dedicó iba atestada de escepticismo. Ella rodó los ojos.

—Por supuesto que no tengo nada que ver con eso, Capitán— respondió en tono juguetón al mismo tiempo que le propinaba un golpe amistoso en el brazo izquierdo.

—No estoy aquí para interrogarte— aclaró.

—Entonces ¿A qué has venido?— preguntó Sakura en tono suave.

Sus miradas se mantuvieron fijas entre sí. El silencio no les resultaba incomodo. Las palabras nunca fueron necesarias para expresar lo que sentían. Llegado ese punto, nada más bastaba estar uno al lado del otro para saber lo que querían confesar.

La mano de Sasuke llegó hasta su cuello al mismo tiempo que acariciaba su mejilla con absoluta devoción.

—Necesitaba verte— confesó. Su voz no parecía del todo de ese mundo.

Sakura contuvo un escalofrío.

—Puede sonar estúpido, pero no he dejado de pensar en ti— dijo, acercando su rostro hasta que compartieron el mismo aire.

Sakura no podía escapar y, tal como había pasado la noche anterior, no estaba totalmente segura de querer hacerlo.

—Sasuke, detente, estas siendo cruel.

—¿En qué forma, Sakura?— recitó su nombre como una caricia, y el aliento caliente le hizo cosquillas en la oreja, obligándola a arquear la espalda.

—Ambos sabemos que cualquier cosa que hay entre nosotros dos no puede ser.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Una sonrisa gentil curvó los labios de Sasuke.

—Si no sientes nada por mi será mejor que lo digas de una vez. Si ese es el caso, prometo… prometo alejarme de ti.

La mano del Uchiha tocó con suavidad la línea de su mandíbula.

—Terminaras colgado en el muro— siseó ella con ternura.

—Sabes muy bien que eso no sucederá.

Las manos de Sasuke llegaron a su cintura, tirando de ella con gentileza, permitiendo que sus cuerpos se fundieran hasta ser uno solo.

En un acto reflejo, la pelirosa enredó los brazos alrededor de su nuca, dejando que el paño mojado cayera al suelo en el instante en que lo atrajo hacia ella con la necesidad de besarlo palpitándole en los labios. Sasuke la recibió airoso, complacido con un beso intenso, terrible, territorial.

Un gemido brotó desde las profundidades de su garganta cuando Sakura profundizó el contacto, saboreando cada pulgada de su boca; Sasuke sabía a miel, extrañamente dulce para un joven que aparentaba ser duro. Quería saborearlo y respirar el aire que estaban compartiendo, sentir su cálido cuerpo contra el de ella y fingir que no esperaba un tsunami de culpabilidad y una vida de arrepentimiento.

—Mierda— suspiró el Uchiha contra su boca—. ¿Qué me estás haciendo?

La respuesta que Sakura le otorgó no fue con palabras y, lejos de protestar, permitió ser dominado por ella. Sabía que cualquier cosa que pidiera, la cumpliría gustosamente, la seguiría a ciegas. Sasuke abrió la boca para jadear; sus lengua era curiosa e insistente, bailaba contra la de él en una danza conocida.

Todo el combustible dentro de sus cuerpos se encendió de nuevo; el impulso de tocar sus pieles desnudas surgió de repente, un beso no bastaría para apagar el fuego que los consumía.

—No deberíamos estar haciendo esto— dijo ella cuando la inmovilizo contra la pared de la habitación; podía sentir una mano enredarse en su cabello mientras la otra se aferraba a su cintura para presionarla contra su cuerpo.

—No deberíamos— se mostró de acuerdo Sasuke, y aun así, sus labios seguían moviéndose contra los de ella.

El calor le latía entre las piernas, y cuando Sasuke apretó su cuerpo contra el de ella, se le escapó un gemido.

Ese pequeño hizo estremecer involuntariamente a Sakura, de tal manera que advirtió al azabache y se separó lentamente de ella, buscando sus ojos.

Por un momento, lo único que podían hacer era respirar con dificultad.

—Creo que deberías marcharte— susurró Sakura sin apartar la mirada de Sasuke.

—Lo sé, lo sé— dijo con una sonrisa triste.

Se inclinó y rozó sus labios contra los suyos. Ultima vez. Último beso.

—Buenas noches— masculló contra su boca.

—Buenas noches, Sasuke— respondió.

Alejarse se sentía como caminar descalza por pequeños fragmentos de vidrio.

Sabía que podría ser sólo una vez. Adiós, pensó incluso en ese momento, adiós.

Continuará


N/A: No soy una persona religiosa, pero… ¡Benditos sea Deftones y ustedes por darme la inspiración necesaria para escribir este capítulo!

Pensaba publicar esto como un regalo de navidad, sin embargo, me convierto en perezoso a la hora de escribir y demore más de lo que tenía previsto, así que considérenlo un regalo de cierre de año, está hecho con mucho cariño 3

Y bueno, pasando a resaltar algunos puntos del capítulo:

Sí, estaban en lo correcto, Ino escapó y consiguió llegar a la base, reencontrándose con nada más y nada menos que Uzumaki Naruto. En los siguientes capítulos veremos más interacción entre estos dos y como se mueve todo dentro de la base desde su perspectiva.

Izumi ha muerto e Itachi todavía no está al tanto de ese suceso. Debatí mucho si era prudente o no darle ese destino, pero Itachi forma parte de la piedra angular en la historia de Sakura.

Y por último… Sí, leyeron a la perfección, ¡POR FIN HUBO UN BESO ENTRE NUESTROS PROTAGONISTAS! De verdad ansiaba un montón llegar a este capítulo, amo que las relaciones se den de forma lenta y, considerando la complejidad de esta pareja me preguntaba si sería prudente culminar tanta tensión en un beso. Esto acontecía hasta el capítulo 20, sin embargo, me tome la libertad de hacer unos cuantos cambios para que sucediera antes de tiempo.

Aún queda un largo camino por recorrer, así que, por favor, sean pacientes conmigo y no me abandonen, les prometo que esto está a punto de tomar un giro lleno de drama, romance y acción.

Como siempre, muchísimas gracias por su apoyo. Mil gracias por compartir mi historia, por agregarla a sus favoritas y estar pendientes de cada actualización. Así mismo, gracias infinitas por sus lindos reviews, su opinión es importante para mi 3

Sin nada más que añadir, espero que el capítulo haya sido de su agrado. Prometo regresar pronto con más, por ahora, disfruten el cierre de año. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren y les deseo abundancia, prosperidad, salud y mucho amor para este 2023.

¡Cuídense mucho!

¡Nos leemos hasta la próxima!

¡Feliz año! Bye, bye.