Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.


XVI

El teléfono sobre el escritorio sonó violentamente.

Era lunes, dos días después del beso con Sakura, y pensaba en cómo haría para toparse con ella en los próximos minutos.

En su mente, el recuerdo de aquel encuentro se reproducía una y otra vez; era capaz de evocar, con lujo de detalle, su aroma, la suavidad de sus labios, el sabor de su boca y la forma de su cuerpo, todo quedó grabado en fuego en su mente y realmente dudaba que existiese poder humano que consiguiera borrar esa retentiva de su memoria.

Su cabeza era un torbellino de incertidumbre y preguntas, y lo único claro era lo bien que se había sentido el beso. Sólo necesitaba alejarse. Estaba perdido, completamente perdido.

Era en esos instantes en que pensaba si todo eso valía la pena: el honor, el reconocimiento, el poder.

En las últimas cuarenta y ocho horas, Uchiha Sasuke había considerado -por tercera ocasión- escapar con ella a la tierra de nadie y vivir tranquilamente a lado de dicha kunoichi, lejos de la guerra y todos su problemas. Lejos de la incertidumbre y el fatídico destino que les aguardaba a los dos. Ahora todo se había vuelto demasiado complicado. La única solución era irse. Era lo que sabía hacer. Lo mejor para ambos.

Escuchó el rumor de las ligeras pisadas de su asistente acercarse hasta el otro lado de la oficina. Sasuke rodó los ojos en dirección al origen del sonido.

El chico tocó la puerta tres veces, anunciando su presencia de manera innecesaria.

—Adelante— bisbiseó Sasuke sin mover ni un músculo.

La puerta se abrió a medias, mostrando la delgada fisionomía de su asistente a través del espacio que había creado.

—Lamento interrumpirlo, Sasuke-sama. Pero acaba de arribar el informe del siniestro y las pertenencias de los afectados.

Con un ligero movimiento de cabeza, el recién nombrado comandante permitió el ingreso completo de su asistente a la oficina. Temeroso, el chico se desplazó por la geografía del cuarto tan rápido como sus piernas se lo permitieron y, sin cruzar miradas con él, colocó dos sobres amarillos en la superficie del escritorio.

Sasuke examinó ambas envolturas con precaución. Sus sospechas fueron confirmadas en el instante en que el equipo de rastreo y rescate presentó el primer informe. Sin nada más que agregar, el azabache envió las pertenencias al laboratorio forense para disipar cualquier duda remanente. Nunca en su vida deseó tan equivocado como en ese preciso instante.

Tomó una enorme bocanada de aire y extrajo el primer elemento: un collar. Lo recordaba a la perfección. Había visto esa pieza adornar el cuello desde su adolescencia. Itachi se lo mostró años atrás.

¿Y bien? ¿Qué opinas?— preguntó su hermano mayor, ansioso.

Sasuke arrugó la nariz en señal de disgusto a lo que Itachi respondió con una risa melodiosa.

¿Crees que sea del agrado de Izumi?— insistió el mayor de los Uchiha.

Esto es aburrido— decretó Sasuke sin inmutarse en los sentimientos del joven enamorado—. ¿Solamente me trajiste al campo de entrenamiento para hablar de una chica y un estúpido collar?— protestó.

Itachi volvió a reír.

Su cumpleaños es mañana— dijo en un intento por aclarar las cosas y generar empatía. Abatido, resguardo el presente en los confines de uno de sus bolsillos—. Algún día crecerás y lo entenderás, Sasuke.

—¿Sasuke-sama?— volvió a llamarle el joven, inseguro sobre cómo proceder.

Medio atrapado por la telaraña del recuerdo. Sasuke parpadeó, aturdido.

—¿Debería notificar a las familias sobre las bajas?— preguntó.

—No será necesario. Lo haré yo mismo— murmuró, desconcertado.

—Con todo respeto, ese no es trabajo del comandante

—Lo sé— contestó Sasuke—. Pero quiero hacerlo.

El chico asintió en la brevedad y abandonó la oficina. Entre tanto, Sasuke se irguió en la silla giratoria. La lista de nombres era extensa, notificar a las familias le tomaría toda la tarde, pero era lo menos que podía hacer.

Antes de que pudiera marcharse, escuchó los sobrios pasos de otra persona arrastrarse sobre el piso. Probablemente se trataba de alguno de sus superiores, las visitas de los altos mandos eran constantes en los últimos días, en palabras de ellos solo querían asegurarse que desempeñará sin problemas su trabajo. Inmediatamente, por su cabeza pasaron un montón de excusas creíbles para evitar las charlas formales y salir de ahí en cuanto antes. No obstante, tales evasivas llegaron a su fin cuando Itachi ingresó sin avisar.

—¿Qué haces aquí?— preguntó con más hosquedad de la que pretendía.

El recién llegado cerró la puerta tras de sí. Evidentemente, su diligente asistente no rechistó al percatarse de la identidad del visitante, tal vez por eso lo dejó ingresar sin cuestionamiento alguno.

—Deberías estar descansando— le recordó.

Itachi se encogió de hombros. Por un momento pareció un adolescente que hablara con sus padres. Ese encogimiento de hombros que venía a decir por favor, déjame en paz.

—Estoy cansado de hacerlo— contestó él.

Deliberadamente, tomó asiento en una de las disponibles dentro de la oficina.

—No respondiste mi pregunta— reprochó Sasuke. Esperaba que la conversación no se prolongara.

Ahora mismo, el menor de los hijos del general se sentía indigno de todo, de esa oficina, de ese trabajo, de ese pueblo, y solo quería recluirse en su habitación hasta morir.

No, eso era mentira. Quería hacer algo, correr o entrenar hasta agotar sus reservas de chakra o fregar las baldosas hasta que sus manos sangraran, quería penitencia.

Por lo menos así no pensaría en cosas reales.

—Estaba caminando por las calles y pensé en pasar a saludarte. Quería conocer tu nueva oficina. Es más amplia que la mía ¿sabes?

—Por supuesto que no— respondió en tono áspero—. No tiene nada de especial, es una copia de carbón de la tuya.

—¿Bromeas? Los primeros dos años después de mi ascenso Inabi me confinó a un armario al que sarcásticamente llamaba "Oficina".

Sasuke intentó sonreír, pero fue imposible. La confirmación de la muerte de Izumi era como una nube negra que rondaba a su alrededor anunciando el inicio de la tormenta; inevitable, difícil de ignorar.

—¿Sucede algo malo?— preguntó Itachi, le dedicó una mirada sin sentido, con esos ojos penetrantes que buscaban en su rostro todos los detalles.

—Es solo que tengo mucho trabajo, Itachi— dijo, haciendo un ademan de arreglar los documentos en su escritorio.

—Eso es lo que pasa cuando te conviertes en Comandante— Itachi sonrió divertido.

—Hablando en serio, ¿Qué haces aquí?

Cuando volvió la mirada a su hermano, Itachi estaba serio. Parecía perplejo.

—En realidad no estaba dando un paseo. Vine directamente al edificio de Inteligencia para pedir informes de Izumi— su rostro se ensombreció.

Como era de esperarse, engañar a Itachi suponía una tarea imposible. Nada pasaba desapercibido ante sus ojos y su agilidad mental. Desde pequeño, su hermano había demostrado porqué ascendió tan rápido en el escalafón militar, no era de sorprenderse que solo con aquel escueto intercambio de palabras consiguiera deducir que algo malo estaba pasando.

—Ha pasado un mes desde la última vez que la vi— acotó el mayor de los Uchiha.

—¿Y decidiste que era prudente preguntar por ella a la unidad de inteligencia?— preguntó Sasuke retóricamente—. Mierda, Itachi, ¿Acaso te golpeaste tan fuerte la cabeza que se te botó un tornillo? No puedes ir por ahí haciendo ese tipo de cuestionamientos.

—No seas condescendiente conmigo, Sasuke— replicó Itachi en tono molesto—. A estas alturas no me importa lo que piense mi padre. Izumi no desaparecería sin decir nada y eso me tiene verdaderamente preocupado.

Sabía que su hermano estaba desesperado. La recuperación lo mantuvo en cama el tiempo suficiente para esclarecer el motivo de su desaparición y corroborar las teorías que el equipo forense había establecido al inicio.

—¿Está muerta?— Fue más un sollozo que una pregunta.

Sasuke lo miró.

—Izumi, ¿está muerta?— preguntó Itachi de nuevo.

El azabache parecía mucho más calmado que él. Ni siquiera le había alterado con su pregunta.

De todas las opciones posibles, Sasuke consideró mentirle para preservar su sanidad durante una semana o dos. Sin embargo, tarde o temprano lo descubriría. Luego de notificar a las familias, la aldea se congregaría para honrar a los soldados caídos en una ostentosa ceremonia que se celebraba con más frecuencia de lo esperado. Más pronto que tarde, Itachi acabaría descubriendo la verdad.

—Me enteré de su desaparición el día en que recibimos la noticia de tu ataque. Acudí a verificar qué había sucedido. Inabi ordenó enviar un escuadrón de rastreo a la Tierra de Nadie con la intención de revisar y asegurar el perímetro. La unidad de Inteligencia perdió contacto con ellos pocas horas después de su arribo— explicó sin transmitir ninguna emoción en su voz—. Tan rápido como se me puso al tanto de la situación, me asegure de enviar un escuadrón de reconocimiento y rescate a la última ubicación que marcaba el geolocalizador.

—¿Y bien?— inquirió Itachi.

Sin más demoras, Sasuke colocó el collar sobre la superficie del escritorio. Lo estudió un par de minutos sin saber muy bien cómo reaccionar o qué hacer.

En cuanto a Sasuke, sintió como si la cabeza le rodara por el suelo. Cuando volviera a tenerla sobre los hombros, si es que volvía a tenerla en su sitio, sólo podría reír como un loco.

—Lo siento— dijo él, mientras las lágrimas resbalaban por las mejillas de su hermano—.Lo siento muchísimo. Siento mucho ser yo quien te haga pasar por esto…

Itachi lo miró con los ojos agrandados, haciendo desaparecer cualquier atisbo de tranquilidad. Izumi estaba muerta. No desaparecida. Muerta. Su frente se pobló de arrugas y de repente, ya no fue capaz de tragar nada que no fuese el nudo que le estrujaba la garganta. Sasuke notó su mirada desorbitada, pero se contuvo de hacerlo. Pasados unos cortos minutos, el afectado pareció recuperar su estabilidad mental.

—¿Esto es todo?— preguntó, señalando con la barbilla el collar que le había obsequiado en su cumpleaños número catorce—. ¿Tienen sus restos?

Sasuke lo miró, desconcertado. Su hermano buscaba respuestas a preguntas difíciles de contestar. Inspiró profundamente, tan profundamente que casi le dolió. Por primera vez deseó fumar.

—Itachi, yo…

—¿Recuperaron sus restos?— volvió a preguntar. Esta vez con más firmeza, alzando su voz más de una octava.

—No— esperó a que Itachi lo asimilara; había más.—. No hay restos. Esto es lo único que consiguieron traer de regreso— respondió, mirándolo.

—En verdad…

—¡No lo hagas!— gritó Itachi al mismo tiempo que golpeaba con fuerza el escritorio—. No te atrevas a decir otra vez que lo sientes.

Sasuke lo observó desde su asiento. Le entraron ganas de abrazarlo, permitirle que todo el llanto fluyera, mas no lo hizo. En su lugar, le dio el tiempo necesario para asimilar noticia y derramar todas las lágrimas que la rabia y la tristeza admitían.

—Yo mismo notificare a las familias— murmuró.

—No.

Itachi no se movió. Sasuke esperó. Continuó sin moverse.

—Yo se lo diré a la madre de Izumi.

Tal como lo había hecho en aquella ocasión en los campos de entrenamiento, Itachi resguardó el collar en uno de los bolsillos de su pantalón.

En un parpadeó, la puerta se cerró, dejando en el interior de la habitación una sensación desagradable. El cuerpo de Sasuke reaccionó por sí solo hasta levantarse de la silla, provocando que ésta se desplazara hacia atrás. Solo hasta ese momento, el peso de la realización cayó sobre sus hombros sin miramientos.

En primer lugar, él no había enviado al escuadrón a una muerte certera. La única persona responsable de dicha decisión era su padre y, tanto él como Itachi lo sabían. Sin embargo, había guardado el secreto hasta que ya no pudo contenerlo. Se decía a si mismo que todo era por su bien, no quería causarle daño, aún cuando termino infligiéndoselo de la peor manera.

—Yo no la maté— dijo en voz baja, casi en un susurro—. Yo no di la orden— repitió.

Por supuesto, él no era el causante de toda esa mierda, pero ¿por qué se sentía culpable?


Soñaba que estaba despierta.

Soñaba que se levantaba de la cama y atravesaba la habitación, no esa habitación, y salía por la puerta, no por esa puerta que daba el pasillo. Estaba en casa, su antigua casa; tomaba asiento al borde de la cama, y su madre iba a ella con una bandeja y preguntaba si se encontraba mejor. De pequeña, cuando se enfermaba, ella tenía que faltar al trabajo. Pero esa vez tampoco estaba despierta.

Después de ese sueño despertó de verdad y sabía que estaba realmente lucida porque vio el techo de madera y las cortinas, que colgaban como una cabellera blanca empapada. Se sentía drogada. Tal vez la estaban drogando. Tal vez la vida que ella creyó vivir era una ilusión paranoica.

Ni una posibilidad. Sabía dónde estaba, quien era y qué día era.

No pudo seguir concentrándose en el tumulto de pensamientos, pues su corazón comenzó a latir de manera desenfrenada cuando, por el rabillo del ojo, vislumbró la silueta de una persona postrada en la ventana.

En un acto reflejo salió de la cama y sin pensarlo dos veces, se acercó al acceso para quitar el seguro y permitirle la entrada al conocido visitante.

Corrió las cortinas con una mano y levantó el postigo; Shisui ingresó por la rendija, obligándola a retroceder dos pasos.

—¿Qué haces aquí?— tartamudeó ella, examinándolo con aire preocupado.

—No tenemos mucho tiempo— dijo, apresurado. Bajo el escrutinio de la kunoichi, se dirigió hacia la puerta para echar un vistazo en dirección al pasillo. Quería asegurarse que nadie se percatara de su presencia.—. Bien, traje esto— espetó al cabo de un segundo o dos; apartó la mano detrás de su espalda. Pese a la oscuridad, Sakura supuso que sostenía una tela oscura. Ante la intriga. Shisui lo desplegó. Era una prenda de vestir, según parecía, y de mujer; diminuta, con cuello halter y cubierto de lentejuelas oscuras.

—Tuve que adivinar la talla— advirtió—. Espero que te siente bien.

—¿Pretendes que me ponga esto?— se asombró. Sabía que su voz sonaba mojigata, desaprobatoria. Sin embargo, había algo atractivo en la idea. Nunca había utilizado nada ni remotamente parecido, tan brillante y teatral—. Bien— aceptó, intentando no parecer demasiado ansiosa—. Pero tendrás que darte la vuelta.

Sin rechista, Shisui obedeció.

Con las manos temblorosas, Sakura se despojó del ligero camisón de algodón; la tela cayó ante sus pies, delicada, diferente. El corazón le latía en los oídos y tenía la impresión de que, en algún momento, saldría disparado de los confines de su caja torácica. Tratando de ignorar tales pensamientos, cubrió la desnudez con el vestido.

Tal como lo había previsto, la tela se adhería a su cuerpo, resaltando las curvas que ya poseía y enalteciendo otras que permanecían ocultas bajo el holgado jersey oscuro y los pantalones flojos.

—Es un disfraz— explicó el Uchiha—. También tendrás que pintarte la cara; traje todo lo que hace falta. No podrías entrar sin esto.

—¿Adónde?— preguntó. Se colocó los zapatos y tambaleó un poco.

—Fuera de aquí— afirmó.

—Ya está— anunció, Shisui se dio la vuelta. No podía evitar sentirse estúpida; quería verse en un espejo.

—Encantadora— comentó—. Ahora tu cara.

Sabía, sin necesidad de que él se lo dijera, que lo que proponía era arriesgado para Shisui, pero especialmente para ella; de todos modos, no tenía opción.

Todo lo que tenía era un lápiz labial viejo, blando y con olor a fresas artificiales, un delineador y maquillaje. En su primer intento con el delineador termino con un párpado manchado de negro; pero lo limpió y volvió a probar. Se frotó ligeramente los pómulos con el lápiz labial y lo extendió. Mientras realizaba la operación, Shisui sostenía un espejo de mano con dorso de plata.

No podía hacer nada con su pelo.

—Estupendo— afirmó.

Caminó hasta el armario y sacó una capa con caperuza. Era de color oscuro.

—Échate la caperuza sobre la cara— indicó—. Intenta no estropear nada. Es para pasar por los controles.

—Necesitare un pase al cruzar el puente— dijo ella.

—No te preocupes por eso— masculló—. Te he conseguido uno.

Sakura abrió los labios para protestar. Cualquier cosa que se hubiese propuesto a decir, se vio interrumpida en el instante en que Shisui la obligó a salir por el ventanal.

El olor a tierra mojada y pasto impregnó sus fosas nasales. No había luna en el cielo de esa noche y las estrellas presentaban una extraña opacidad en contraste con el firmamento azul. Esa oscuridad les daría una ventaja. Solo debían ser rápidos y silenciosos.

—Shisui— lo llamó a sus espaldas. Estaba teniendo verdaderos problemas al intentar emular su paso—. Los guardias… siempre hay alguien vigilando.

—No te preocupes— sonrió el aludido—. Me ocupe de ese asunto antes de llamar a tu ventana.

Sakura tensó los labios. No le sorprendería que todos y cada uno de ellos hubiesen caído en el genjutsu de Shisui. Después de todo, su reputación lo precedía y, la mayoría de sus enemigos preferían acabar con sus vidas en el momento a verse atrapados en el poder que emanaban aquellos ojos carmesí.

Se deslizaron juntos por el jardín envuelto en penumbras. Cuando por fin estuvieron lo suficientemente lejos de los confines de la mansión, las dos sombras se precipitaron en la oscuridad de la noche. Los adoquines de las calles brillaban con la luz doradas de las lámparas.

Doblaron a la derecha y bajaron los escalones en dirección al muro. Aquella noche no había nada en el muro, salvo los ladrillos rojos, los reflectoras, la alambrada de púas y los ganchos.

No necesitaba ser una genio para deducir hacia dónde se dirigían. El muro marcaba la frontera entre el suburbio opulento de los Comandantes y el viejo barrio.

Pasados algunos callejones, se encontraron en una zona sin faroles y prácticamente desierta. Aquella noche le pareció un lugar muy triste, lo que en realidad había sido siempre. Las fachadas de madera eran similares a las del barrio de la rama principal, pero ahí no había árboles, ni un arroyo tan hermoso el del bosque, ni lindos portales. La única iluminación eran las bombillas de los zaguanes abiertos, en los que había ancianas postradas en taburetes, a menudo con dos o tres mujeres ataviadas en kimonos y adornadas con distintos objetos para llamar la atención.

El ruido reverberaba en las calles. Por lo que tenía entendido, el General no aprobaba los sitios de apuestas, bares y burdeles, iban en contra de las restricciones shinobis, no obstante, tampoco estaban prohibidos.

Sin apartarse de su lado, Shisui la guió hacia un callejón, detrás de un edificio de ladrillos rojos, bastante moderno en contraste con la arquitectura predominante del barrio. Junto a la puerta había una hilera de cubos de basura que olían a prestado frito en descomposición.

Para sorpresa de la aturdida kunoichi, el Uchiha colocó una llave en la puerta. En el interior había un pasillo de hormigón iluminado con lámparas fluorescentes; una especie de túnel funcional.

—Es aquí— anunció cerrando la puerta a sus espaldas—.No podemos ingresar por entrada principal. Todo en ti grita "contrabando"— bromeó.

Presa del aturdimiento, la ninja médico se las apañó para formar una sonrisa tensa, demasiado fingida.

Aún sin apartarse de ella, se precipitaron al interior de la vieja caja de un ascensor. Shisui presionó el único botón disponible y el elevador crujió, sacudiéndolos un poco durante el descenso.

Antes de adentrarse en el siguiente pasillo, Shisui se aseguró de ocultar el llamativo bloqueador de chakra tras la cortina de hilos rosados que conformaba su cabello.

También la ayudó a quitarse la capa. Notó el aire frio sobre su piel casi desnuda y se percató que estaba sudando.

—Si alguien te pregunta, di que estás alquilada para esta noche— le aconsejó al mismo tiempo que la tomaba del brazo para guiarla.

Estaba demasiado asustada para saber qué hacer. En cualquier caso, caminaron por el pasillo, atravesaron otra puerta gris y avanzaron por una larga galería, esta vez iluminada y cubierta con una alfombra de color rosa pardusco. Detrás de las grandes puertas llegaban risas, el rumor de las conversaciones y los estribillos de las canciones.

Al cruzar la última puerta, Sakura contempló sin un ápice de discreción el panorama: las mujeres portaban vestidos similares a los que ella llevaba o nada de ropa. Caminaban de un lado a otro, contoneándose, sonriendo; otras permanecían sentadas, fumando tabaco o de las pipas de opio. Mezclados con ellas se veían algunos hombres, montones de hombres que, vestidos con sus uniformes, tan parecidos entre sí, formaban un segundo plano indiferenciado.

A primera vista había cierta alegría en la escena. Era como un baile de disfraces.

Admitió que estaba asustada. Pero estaba más decidida que asustada; ya habían llegado muy lejos, y no iba a volver atrás sencillamente porque la escena la asustara.

En un intento por pasar desapercibida, restregó el torso contra el brazo de Shisui. La altura de los zapatos le conferían la ventaja de inclinarse lo suficiente para alcanzar el oído de su acompañante. Ante la vista de los demás, los dos lucían como una verdadera pareja dispuesta a disfrutar de los placeres que brindaba aquel lugar.

—¿Dónde demonios estamos?— quiso saber.

—Esto es un burdel— respondió, resaltando con sarcasmo la obviedad.

—Ya lo es— masculló, aferrándose a él tanto como le era posible—. No soy estúpida, Uchiha, lo que quiero saber es ¿por qué me trajiste a este sitio?

Sonriente, Shisui se liberó de su agarre. Sin interrumpir la puesta en escena, le rodeó la cintura con un brazo, apegándola hacia su cuerpo.

—No te quedes mirando tontamente o te delataras. Actúa con naturalidad— volvió a aconsejarla. Probablemente había visitado el lugar tantas veces que podía señalar quien era un infiltrado.

Un hombre lo reconoció. Shisui la tomó con más fuerza.

—Tranquila— susurró—. No pierdas la calma. Aun no llegamos a nuestro destino.

Su mirada volvió a viajar por la estancia. Las mujeres tenían un aspecto tropical vestidas con todo tipo de ropas festivas y brillantes.

No podía evitar preguntarse si había algo de placentero en todo eso, podría ser, ¿pero lo habían elegido? Era imposible deducirlo a simple vista.

—¿Quién es toda esta gente?— preguntó ella, refiriéndose, evidentemente, a los distintos miembros de la milicia visibles en el lugar.

—Comandantes. Comandantes superiores y visitantes extranjeros— contestó—. Utilizan este lugar para hablar de negocios, estimula al diplomacia.

Sakura aun no era capaz de diferenciar cuando Uchiha Shisui hablaba en serio o bromeaba. Su actitud camaleónica le impedía confiar por completo en él.

—¡Pero mira a quién tenemos aquí!— exclamó una voz a sus espaldas.

Bajó la yema de sus dedos, Sakura percibió la tensión en los músculos de su acompañante.

—Mierda— maldijo el Uchiha por lo bajo. Como el buen Shinobi que era, disipó cualquier resto de inquietud visible en su rostro y lo sustituyo por una mueca de algarabía fingida que, a esas alturas, salía natural—. Comandante Inabi— saludó.

—Esto si es una sorpresa, Shisui. Pensé que este tipo de… establecimientos eran poca cosa para ti— sonriente, el comandante le dio un sorbo a su trago—. ¿Qué haces aquí?

Al igual que el aludido, Inabi Uchiha iba acompañado de una hermosa pelinegra; portaba un vestido rojo oscuro y los tacones más altos que jamás había visto.

—Oh, ya sabe, Comandante, buscaba un poco de diversión. Algún mecanismo que me ayude a disipar el estrés. Escuche que este era el lugar perfecto para eso.

Shisui continuaba sujetándola de la cintura y, mientras hablaba, su columna se volvía imperceptiblemente rígida. También había notado un cambio en su voz, la cual adoptaba más vivacidad y jocosidad propia de la juventud.

—Viniste al lugar correcto— sonrió Inabi—. Hay una gran variedad— rió.

La kunoichi contuvo las ganas de vomitar ahí mismo.

—Veo que no perdiste el tiempo— señaló el Comandante. Ahora su atención yacía en ella—. ¿Es nueva? Jamás la había visto por aquí— enarcó una ceja. Sakura ocultó más el rostro en el cuello de Shisui—. Y bastante tímida, al parecer.

El pelinegro dejo escapar una risita tensa.

—Lo es— admitió Shisui—. Recién llegada.

—Eres un bastardo con suerte— dijo Inabi—. Bien, creo que esto llama para continuar la fiesta en otro lugar. Tu mujer clama atención.

Sakura asintió, envolviendo ambos brazos alrededor de los hombros de Shisui.

—Por cierto— agregó el comandante como si de repente hubiese recordado algo—. Hiciste un buen trabajo con la delegación de Iwagakure.

—Solo cumplo con mi deber, Comandante.

Antes de marcharse, Inabi asintió, satisfecho. Al menos parecía haberse tragado la escena que ambos montaron para él.

—Andando— masculló Shisui.

Cruzaron la sala con paso vacilante. Sin saber muy bien adonde se dirigían, pasaron por la zona de descanso, iluminada suavemente en tonos rosados; había varios sillones y un sofá con estampado de brotes de bambú de color verde lima. A diferencia de la estancia principal, las mujeres en esa zona yacían sentadas en las sillas y el sofá; se habían despojado de los zapatos y fumaban. En el aire se mezclaba el olor a perfume, humo y a carne en acción.

Su corazón latía de forma frenética. Hecha un manojo de nervios, a Sakura le tomó más tiempo del requerido darse cuenta que estaban ingresando a una habitación.

El cuarto era espacioso y, con las cortinas de terciopelo azul corridas, bastante oscuras. Estremeciéndose por el frio, Sakura ingresó con pasos renqueantes. Las luces estaban apagadas, salvó por una única lámpara, que en un rincón, brillaba como la luz titilante de una estrella en medio del firmemente, acentuando el aura tétrica del lugar.

—Por fin llegas— murmuró una voz cansada, apagada, desprolija de toda emoción.

Sakura dio un respingo asustado; en un acto reflejo, sostuvo su pecho con una mano y con la otra se cubrió los labios para ahogar un grito seguro.

Shisui dejó escapar un suspiro.

—Tuvimos un imprevisto— explicó encogiéndose de hombros—. Puede que haya metido la pata— admitió con cierto pesar.

Se le cortó la respiración como si el aire se le hubiese atascado en los pulmones. Mientras boqueaba, el pánico de descubrir quién era el otro integrante de la Resistencia enturbió sus procesos mentales reduciendo su capacidad neuronal a niveles realmente mediocres.

—¿Itachi?— preguntó en un alarido atenuado por el violento palpitar de su angustiado corazón.

El aludido salió de las sombras.

Su rostro terminó por asomarse en la penumbra salpicada por la luz de la lámpara, sus ojos negros como dos pozos sin fin se posaron en Sakura como una estaca.

Fue en ese momento, cuando sus miradas colisionaron, que el aliento le falto a la kunoichi, las palabras se le atascaron en la garganta.

—Itachi…— murmuró sin poder ocultar la voz trémula—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vamos a saltarnos las explicaciones, ¿quieres?— el aludido ladeó la cabeza—. Ahora mismo tenemos otro asunto que discutir.


Sala de Crisis. Situada en el sótano del Ala Oeste del edificio; se trataba de una mazmorra dotada de alta tecnología. Allí era donde su padre y sus consejeros ejercían el mando, controlaban las fuerzas militares repartidas por el mundo y se ocupaban de las crisis domésticas. Las paredes de caoba estaban cubiertas de monitores de pantalla plana para videoconferencias de alta seguridad, una hilera de sillas de cuero negro dispuestas con orden militar ordenaba la larga mesa ovalada, y el techo estaba tachonado de sensores para detectar aparatos de escucha no autorizados.

Sasuke hojeaba el grueso de documentos de la mañana en busca de algo nuevo o útil. Su nuevo trabajo consistía en reducir al máximo la carga d ellos asuntos de sus ocupados jefes y presentarlos de forma inteligible.

Necesitaba mantener la mente alejada de los recuerdos y del impetuoso deseo de abandonar la causa de una vez por todas.

Se inclinó en la silla descansando el peso de su rígida espalda en el respaldo acolchado al mismo tiempo que presionaba el puente de su nariz con fuerza, tratando de disipar el molesto dolor de cabeza que se había manifestado a manera de migraña poco después de que Itachi abandonó su oficina.

Todo se había salido de control. Para ese punto las cosas no pintaban bien. Primero la muerte de Izumi, las sospechas de su padre, el actuar impulsivo de Itachi, el escape de Ino, su relación con Sakura…

Abatido, abrió los ojos y dejó caer los brazos a un lado de la silla. Deseaba con todas sus fuerzas que la situación no empeorase más. Había ciertas cosas que debía controlar y, claramente, estaba fallando.

Quedó desconcertado cuando escuchó los pasos de una persona al exterior. La mayoría de los trabajadores había finalizado hace tres horas. Pese a la consternación de su asistente, Sasuke optó por quedarse. No estaba listo para volver a casa y encarar a Itachi de nuevo, tampoco estaba preparado para ver a Sakura. En ese preciso instante, se sentía el ser más indigno en la faz de la tierra.

—Te ves cansado, Sasuke— reconoció Obito en forma de saludo. Camino con elegancia cuando se acercó a la silla y tomó asiento al otro lado de la mesa.

—Comandante— lo saludó, haciendo un ademán de ponerse de pie.

—No te levantes, no es necesario— dijo Obito—. Estas formalidades son ridículas— sonrió.

En ese momento deseaba convertirse en algo que Obito ignorara por completo, cualquier cosa que le evitara entablar una conversación que involucrara un diálogo elaborado y largo.

—Es tarde para seguir trabajando, Sasuke. Debo admitir que me sorprendió encontrarte aquí, pensé que te habías retirado a casa a la hora de salida.

—Los preparativos para el cortejo fúnebre de los shinobis caídos me tomó más tiempo de lo previsto. Todavía hay que solucionar la cuestión de la indemnización y otros detalles.

—Tomaste atribuciones que no te correspondían, muchacho. No deberías encargarte de esto— apuntó el comandante al mismo tiempo que, con naturalidad, estiraba las piernas y colocaba los brazos detrás de su cabeza.

—Yo fui quien ordenó indagar en el tema— sus ojos viajaron por la extensión de la mesa hasta recaer en el rostro desfigurado del comandante, encontrando una perfecta máscara de indiferencia plagando sus facciones. Sasuke arrugó el entrecejo—. Es lo menos que puedo hacer para compensar a sus familias.

Obito sonrió de medio lado.

—En ese caso iré directamente al grano.

Sasuke enarcó una ceja.

—¿Puedo ayudarle en algo, Comandante?

—Sí, es un asunto delicado— hizo una pausa tomando un poco de aire—. Tiene que ver con tu hermano y la kunoichi de la Insurgencia que se hospeda en tu casa.

El Uchiha tragó grueso. No pasó por alto el sonido que Obito generó cuando se removió en su asiento, cambiando a una posición más cómoda.

—Como mi subordinado, debo compartir cierta información contigo. Es algo meramente casual, solo para que entres en contexto y seas capaz de tomar la decisión más prudente o mejor dicho, apropiada.

De nuevo tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar una maldición. Sabía que esa visita "improvisada" no era una coincidencia. Obito disfrutaba al ponerlo a prueba, quería hacerlo car en su sucio juego mental.

—Lo lamento, Comandante, pero creo que no lo estoy entendiendo— dijo Sasuke. Aunque entendía perfectamente lo que su superior estaba sugiriendo.

—Tengo la sospecha de que ambos están inmiscuidos en una situación delicada— continuó el hombre de mayor rango, mirando intrigado a Sasuke.

—¿Qué situación?— preguntó, temeroso.

No estaba seguro de querer conocer la verdad. Cualquier cosa que Obito recitara en los próximos minutos, desearía borrarla de su mente. Le gustaría ser ignorante.

—No quiero mencionarlo tan a la ligera, pero temo que está relacionado con la traición— se encogió de hombros como si sintiera pena al soltar dicha acusación.

Sasuke abrió los ojos desmesuradamente.

—Siendo honesto, no me sorprendería de Haruno. La inmundicia corre por sus venas y la Insurgencia nunca saldrá de ella— arrugó la nariz en señal de disgusto—. Es una catalizadora del caos.

A Sasuke no se le antojó nada más que poseer los poderes del Mangekyou Sharingan e incinerar al desgraciado de su comandante hasta convertirlo en cenizas, pero su autocontrol estaba intacto esa noche y el enojo, merodeando por su ser, no sobrepaso su control.

—¿Aún piensa que ella está involucrada con el escape de Yamanaka?

—No intentes protegerla, Sasuke— advirtió el Comandante en tono casual.

Una vez más, Sasuke tuvo la impresión de que le faltaba aire.

Obito lo sabía. Él lo sabía. Estaba al tanto de su relación con Sakura y el único culpable era él, había violado los límites de la prudencia, dejándose llevar por un momento de exuberancia y debilidad que solo salía a flote cuando estaba con ella.

Una sonrisa petulante surcó los labios de Obito.

Sasuke tragó grueso, con el corazón latiendo al mil por hora.

—¿Qué está implicando?— exigió saber.

—Puede que Haruno Sakura sea una debilidad para ti— dijo el comandante con arrogancia—. Pero es mi deber recordarte que ella es una criminal. Mató a dos de mis hombres cuando estaba presa en el Centro de Corrección.

Uno de los rumores que circulaban alrededor de la figura de Uchiha Obito era su posición como líder de la policía secreta del Régimen. Los Eraba eta representaban la autoridad. Conocidos por ser ejecutores aterradores, violentos y secretos de las lees de su padre. Su trabajo consistía en espiar a los ciudadanos, incluidos los comandantes de bajo y alto rango con el objetivo de identificar a instigadores o personas que supusieran un peligro para el gobierno.

No le sorprendería que dicha información llegara a oídos de Obito por ese medio. Lo que quería decir que alguien dentro de su casa pertenecía a dicha organización.

—¿Acaso no lo sabías?, bueno, parece que la chica no fue del todo sincera contigo— Obito elevó la quijada, disfrutando el momento en que Sasuke se derrumbaba ante sus ojos—. Quizás llegaste a cuestionar el motivo por el que fue enviada a la Unidad 121 ¿no es así?, ahora tienes la respuesta.

Él lo miró, escéptico; por mucho aterrado. Con los nervios a flor de piel, tomó el valor para sostenerle la mirada; sus ojos ébano lo advirtieron con cautela cuando la sonrisa socarrona del hombre se disipó en un parpadeo.

—¿Y en qué forma está implicado o relacionado Itachi?— susurró Sasuke con voz nivelada, estaba demasiado angustiado para darse cuenta que estaba usando un tono tan cortante.

Obito asintió, satisfecho. Había hecho la pregunta correcta.

—Tu hermano trabajó como un espía doble antes del golpe de Estado. Rendía cuentas a Hiruzen y también a tu padre, los mantenía informados de los movimientos de ambos — dijo Obito, admirando la palidez en el rostro de Sasuke—. El plan de Sarutobi y los ancianos del consejo era exterminar al Clan Uchiha. Nosotros suponíamos un peligro inminente para la aldea, matarlos a todos era la mejor solución a una rebelión contra la aldea— Obito sonrió. Pero aunque su sonrisa parecía afable, había algo perturbador en ella.

El rostro de Sasuke se tensó.

Aquello no era de su conocimiento. Tanto Itachi como su padre habían hecho un trabajo espléndido al ocultar esa información.

Obito habló con una extraña voz, muy amable, como si pretendiera consolarlo.

—Supongo que al final, Itachi cambió de opinión.

El tiempo se detuvo y cuando retomó la marcha lo hizo de una forma tan vertiginosa que Sasuke tuvo la impresión de que la habitación daba vueltas a su alrededor. Todo lo que sabía, hasta el momento, no era más que una cruel mentira.

—No puede ser cierto— balbuceó, incrédulo. Sentía la boca excesivamente seca y un nudo estrujándole la garganta—.Yo… no lo sabía.

Obito se reía en silencio.

—No tenías por qué saberlo, nunca te lo contaron.

La decisión que su hermano tomó esa noche fue un parteaguas para el inicio del Régimen.

Aunque no había presenciado la lucha, gran parte de los acontecimientos se narraban en los libros de historia, enalteciendo las hazañas realizadas de los Uchiha y resaltando los puntos clave de la batalla.

Con la garganta seca, Sasuke contuvo la respiración y preguntó:

—¿Por qué usted si estaba al tanto?

Obito cerró los ojos y se rascó la cabeza. Pero su gesto volvió a ser serio y respondió:

—Itachi acudió a mi para solicitar ayuda. Sabía que, en dado caso de ejecutar el plan de Sarutobi, no sería capaz de exterminar a todos por su cuenta. Por eso lo es— agregó, mostrando una sonrisa socarrona que hizo petrificar a Sasuke—. Cuando tu padre se hizo con el poder, convenció a los miembros del Alto consejo para perdonar la vida de Itachi. Ellos accedieron a regañadientes y lo vigilaron durante uno o dos años, hasta que consideraron prudente dejarlo ser.

Sasuke hizo rechinar los dientes.

—Como puedes ver, Itachi no es diferente a Sakura— sonrió.

Frunció el ceño sin miedo a que Obito lo viera. Era un desgraciado.

—Por obvias razones, lo que acabo de contarte no puede salir de esta habitación— anunció el comandante con calma—. Se que Itachi es tu hermano y también sé que estás enamorado de esa inmunda Kunoichi. No puedes permitir que el amor te domine, Sasuke. Antes de ser humano, eres un Uchiha y, sobre todo, un Shinobi. No quiero verme obligado a recordarte cuál es tu lugar.

Estaba atrapado. Ahora que conocía la verdad no tenía escapatoria. Obito utilizaría esa desventaja a su favor. Encontraría la manera de convertirlo en su fiel sirviente y la simple idea le removió el estómago.

—¿Cuál es mi misión?— dijo de golpe.

Obito era todo sonrisas y satisfacción, lo tenía en el lugar que deseaba.

Hubo un segundo de mutismo donde la oscuridad se hizo más pesada y el aire se hizo más denso, asfixiándolo.

—Vigilalos a ambos. Todo movimiento, gesto o palabra recitada lo reportaras directamente a mí, ¿entendido?— Sasuke asintió—. Nada malo sucederá si ambos cooperan.

Obito se colocó de pie lentamente. Sasuke sentía el hielo correr por sus venas. Todo era una trampa. Su comandante había sacado a relucir el tema de Sakura de forma agresiva para recordarle quien dominaba la situación. Había utilizado a Itachi y la mujer que amaba para amenazarlo y obligarlo a aceptar la pérfida petición que acababa de realizar.

La sonrisa de Obito no se hizo esperar.

—Estoy seguro que harás un excelente trabajo— recitó al mismo tiempo que estrujaba su hombro—. No te pareces en nada a tu hermano.


El aire comenzó a desvanecerse a medida que los minutos transcurrían en la habitación.

El mundo a su alrededor daba vueltas, siguiendo el errático compás que marcaba su inquietante corazón, dando vuelcos violentos dentro de su pecho inmovilizado por el pánico. Quería respirar y retomar el control de su cuerpo, pero seguía paralizada, mirando fijamente al Uchiha frente a ella . La luz perdió intensidad y sintió como una bruma recorría su piel desnuda sinuosamente hasta hacerla titiritar.

Shisui debió percatarse de lo trémula que estaba y de lo expuesta que se sentía al portar ese diminuto vestido, por lo que, en un intento por proteger su pudor, colocó la capa sobre sus hombros.

—En la Insurgencia hablaban de un contacto poderoso en las filas de los Uchiha, un posible comandante…— comenzó a hablar ella, tratando de sonar firme mientras el corazón le martilleaba frenéticamente—. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

No supo precisar cuánto tiempo permaneció de pie, inerte, en medio de la fría habitación. Pudo hacer sido segundos, minutos. En todo ese lapso, Itachi también se mantuvo en silencio, observándola con los ojos entrecerrados.

—Seis años—siseó él de repente.

Sakura se obligó a comprender la escueta réplica del hombre, aunque ameritase un esfuerzo hercúleo.

—Seis años— hizo eco en un susurro—. ¿Por qué no mencionaste que lideraba todo este asunto?— preguntó, esta vez dirigiendo la mirada hacia Shisui quien, llegado ese punto, optó por actuar como una sombra esquiva.

—No era yo quien debía hacerlo— suspiró el aludido.

La kunoichi intercaló la mirada entre los dos.

—Obito está al tanto de la facción Rebelde— agregó Itachi a secas—. El alto consejo desconfía de mí y no tardaran en seguirme los pasos.

—Ya los evadiste una vez, no será difícil hacerlo una segunda ocasión— se jactó Shisui.

—Esta vez es diferente— respiró hondo mientras esperaba modular el tono de voz—. Mi padre utilizara a Sasuke para sabotear nuestros planes.

—¿Y tú vas a ceder tan fácilmente?— bramó Shisui entre dientes.

—Es de Sasuke de quien hablamos— murmuró Itachi, abatido, mostrando una sonrisa que lejos de transmitir alegría, proyectaba una profunda tristeza.

Sakura los miró a ambos sin entender muy bien qué estaba pasando. Su mente no dejo de avivar la marcha incesante de ideas que la aporreaba.

—Será mejor que alguno de los dos empiece a hablar— dijo por fin—. En primer lugar, ¿Por qué me vistieron como una prostituta y me trajeron a este lugar?— siseó peligrosamente alto.

—Con el objetivo de poner en marcha la siguiente parte del plan— contestó Itachi.

—¿Cuál plan?

—Tu plan de escape— secundó Shisui.

Sakura se quedó atónita ante aquella visión, con los ojos abiertos como platos.

—Debes estar bromeando— masculló, presa de la incredulidad.

—Nunca fui bueno con las bromas— respondió Itachi encogiéndose de hombros al mismo tiempo que tomaba aire—. Soy un hombre de palabra, Sakura, te dije que cumpliría mi promesa. Tu salvaste mi vida, ahora estoy intentando pagar el favor.

Sakura estaba aturdida. Su mente estaba completamente paralizada, como si sus sesos hubieran volado en pedazos.

En contraste con ella, Itachi permanecía tranquilo. Aprovechando el pequeño lapso de mutismo, dejó caer el cuerpo en uno de los desgastados sofás.

—¿Yamanaka Ino mencionó cuál es el plan de mi padre y el Alto consejo?— le interpeló.

—No dijo nada al respecto. Solo mencionó que era una suicida por acceder a formar parte de su selecto grupo.

—Será más difícil de lo que pensé— suspiró Itachi.

—En ese caso ¿qué haremos? ¿Simplemente nos detendremos y ocultaremos mientras las cosas se calman?— Shisui entornó los ojos hacia los de su amigo.

—Eso traería más sospechas— interrumpió Sakura.

—Tal vez— coincidió el Uchiha—. Pero es hora de dar el golpe definitivo. Ya esperamos lo suficiente.

La mirada ennegrecida de Shisui se endureció.

—Deberías pensarlo, Itachi— resopló como si buscara hacerlo entrar en razón—. Si damos el golpe definitivo acabaremos muertos.

—¿Tienes otra idea?— dijo el aludido a la defensiva. Shisui no abrió los labios para refutarle, al menos no de inmediato—. Eso pensé— murmuró, aprovechándose del vació de lo implícito para poner la balanza a su favor—. No es diferente al plan de hace trece años.

—En primer lugar, nosotros éramos conspiradores silenciosos. Contabas con el apoyo de Hiruzen y los ancianos. Ahora estamos solos.

Shisui empezaba a sulfurarse. La paciencia se les agotaba al igual que todas las opciones.

—Aquella vez también lo estuvimos.

Sakura comenzaba a sentirse mareada. Tanto Shisui como Itachi hablan de cosas que no podía comprender. Lo único que tenía en claro era su posición. Había muchas cosas que asimilar, era un plan elaborado del que ella no era más que una pieza de tablero. La estaban usando sin su consentimiento, sin su conocimiento.

—Los dos, deténganse— su voz sonó como un eco que se propagó unos segundos en las paredes de la habitación.

Ambos le regresaron la mirada, consternados.

—¿Qué sucede, Sakura?— preguntó Itachi sin tintes de amabilidad en la voz.

—No puedo hacerlo— declaró rotundamente.

Itachi arrugó el entrecejo con rudeza, mientras Shisui quedaba con la boca entreabierta para luego forman una línea recta con sus labios.

—¿Tienes miedo?— quiso saber el joven de cabello largo.

—Por supuesto que tengo miedo— protestó con voz ronca—. Si tu padre llega a descubrirnos…— cerró los ojos un instante, procurando mantener la calma—; sus hombres no pondrán la cabeza de su primogénito en una pica sobre el muro, pero ¿te has cuestionado lo que le harán a la inmunda insurgente— largó con hostilidad.

—No sufrirás ningún daño— dijo con naturalidad, sin cambiar de expresión.

Sakura soltó una risa irónica.

—He sido tratada como propiedad más de las que quiero contar, comenzando en un hogar que ya no recuerdo— giró la cabeza para mirar a Itachi—. Muchos años de mi existencia los he pasado viviendo en terror.

—Sakura— la llamó Itachi—. Estás segura conmigo, lo juro.

—¿Tal como se lo juraste a Izumi?

—Sakura, detente— le retuvo Shisui, rodeándole la muñeca delicadamente.

La mirada de Itachi se ensombreció. Sakura había tocado una fibra muy delicada.

Cerró los ojos un instante y, cuando sus párpados se elevaron, el terror carmesí se proyectó en ellos.

Hastiado de esa conversación, se levantó de su asiento y caminó en dirección a ella.

—Itachi, basta— pidió Shisui en tono desesperado.

Haciendo oídos sordos a la suplica de su mejor amigo, el aludido se las apañó para echarle ambas manos al cuello.

Sakura notó el apretón.

—No siento miedo en este momento, Itachi— dijo ella, agarrándole las manos para soltarse. No podía soportar la mera idea de no poder respirar. Igual que no le gustaba nada sumergirse en el agua—. Tu eres un Uchiha. Puedes hacer juegos idiotas con tu padre, pero yo no— agregó con voz entrecortada.

Él apretó. Con la mirada fija en ella. Y, al cabo de un segundo, la soltó.

De vuelta a la realidad, Itachi desactivo el Sharingan. Motivado por una amalgama de sentimientos encontrados, reposó la frente sobre el hombro de la pelirosa. Ella, en su lugar, no ofreció la menor resistencia. Miró fijamente a la luz del techo, parpadeante como un ojo odioso, observando todo, viendo todo.

—Te ayudare a escapar, solo necesito tiempo— susurró con un hilo de voz.

—Tiempo es un lujo que no nos podemos permitir— le recordó.

Itachi se alejó de ella, avergonzado. No fue lo suficientemente valiente para regresarle la mirada.

—¿Estás bien?— preguntó Shisui en un susurro.

Sakura asintió.

—Encontraré la manera de hacerlo— prometió Itachi.

Creyó que podía echarse a llorar en cualquier momento, con unos sollozos enormes, entrecortados y llenos de mocos.

—¿Qué pasará con Sasuke?— preguntó Sakura entornando los ojos hacia Itachi.

—¿Qué hay con él?— respondió Shisui.

—Bueno…— titubeó, llevando un mechón de cabello detrás de su oreja.

Otra sonrisa triste volvió a surcar los labios de Itachi.

—No creerás que sucederá algo entre ustedes ¿o sí?— Sakura tragó grueso—. Si eres inteligente, no rechazaras mi propuesta y escaparas en el primer intento que tengas.

—Tu hermano no es como los demás— insistió ella.

Itachi frunció el ceño tan fuerte que las cejas estuvieron a milímetros de colisionar entre sí.

—Estoy al tanto de lo que sienten el uno por el otro, pero no creerás que Sasuke te ayudará a salir de la aldea ¿verdad?— dirigió su mirada hasta la de ella, encontrándose con los esmeraldas de la pelirosa—.Puede ser difícil escucharlo, tu lealtad y amor residen en mi hermano pequeño, sin embargo, la lealtad de Sasuke esta con su aldea, con su familia… con mi padre. No arriesgaría todo con tal de ayudarte.

Los ojos de Sakura se abrieron tanto que el borde de su iris quedó expuesto a la vista.

El tiempo dejó de pasar y cuando retomó la marcha lo hizo de forma tan vertiginosa que los oídios le empezaron a zumbar; el piso bajo sus pies a tambalearse.

—¿Dónde recae tu lealtad, Itachi?

Lo único que podían hacer era intercambiar miradas tensas y prolongar el silencio con respiraciones pesadas y dolorosas.

—Mi lealtad murió con Izumi— las palabras brotaron de sus labios y continuó en un murmullo insignificante—. No tengo nada más que perder. Mi padre se encargó de arrebatármelo todo. Por eso confía en mi Sakura cuando te digo que nada malo sucederá, yo mismo me encargare de eso.

Continuará


N/A: ¡Hola, hola, gente bonita!

Antes de pasar a los avisos parroquiales… Muchas gracias por todos sus lindos reviews, follows y favorites. No saben cuánto me alegra saber que la historia es de su agrado 3 aunado a esto, me disculpo por la tardanza, tuve un pequeño problema con mi computadora, además, este capítulo es un tanto flojo pero creo que responde algunas preguntas que se habían plantado a lo largo de la historia.

Sus suposiciones fueron correctas: Itachi es el líder de la resistencia y el plan de escape de Sakura comienza.

Este capítulo es una pauta para el futuro de los personajes, a partir de este punto, todos y cada uno de ellos tomaran decisiones que si bien no serán las más adecuadas, son las necesarias para mantenerse con vida.

Aún no tengo claro cuál será la longitud de la historia, sin embargo, vamos a paso lento, pero seguro.

Por el momento es todo. Una vez más, gracias infinitas por su apoyo. Me despido de ustedes enviándoles un fuerte abrazo. Cuídense mucho y nos leemos en la próxima entrega.

¡Hasta la próxima! ¡Bye, bye!