Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Heredera de la Voluntad de Fuego

XIX

Voy a cuidar de ti. Te lo juro, Sakura, siempre voy a cuidar de ti— murmuró Sasuke contra su piel, en una voz tan baja que ella apenas podía oírlo.

Lo escuchó repetirlo una y otra vez; como si fuera una promesa para sí mismo.

Sakura permaneció en silencio. El destino se retorcía a su alrededor como un nido de espinas del que no podían escapar.

La noche anterior se había encargado de ver todo lo que era posible de él, abarcarlo, memorizarlo, guardarlo en su mente para poder vivir después de su imagen: las líneas de su cuerpo, la textura de su piel, el brillo del sudor sobre su piel, su largo, sardónico y poco revelador rostro.

Habían hecho el amor como si supieran sin la menor sombra de duda que no habría otra ocasión, para ninguno de los dos, con nadie, nunca.

Se marchó poco antes del amanecer, no sin antes depositar un último beso en sus labios. Aquella era una despedida. Ambos lo sabían, pero ninguno de los dos dijo adiós.

Desde la cama, cubierta con la delgada sábana blanca, lo miró partir. Se permitió romper en llanto una vez la puerta estuvo cerrada. Estaba cansada de pretender ser fuerte.

«Dios mío— pensó—.Haré lo que quieras. Me destruiré si eso es lo que realmente deseas; me vaciaré realmente, me convertiré en un cáliz. Renunciare a Sasuke, me olvidaré de los demás, dejaré de lamentarme. Aceptare mi destino. Me sacrificaré. Me arrepentiré. Abdicare. Renunciare.

Todo a lo que se había resistido volvía a ella como un torrente.

Por la tarde, en la atmosfera gélida de la habitación, tenía un espacio por llenar, y también un tiempo; un espacio-tiempo, entre el presente y futuro, el presente y el pasado. Tomó asiento al borde de la cama; esperaba que el día se desplegara, que la tierra girara de acuerdo con la cara redonda del reloj implacable. Días geométricos que daban la vuelta una y otra vez, suavemente lubricados. Aguardaba la llegada del inevitable destino.

El peso de todo lo que iba a suceder en las próximas horas se le vino encima. Víctima de un ataque de náusea, colocó la cabeza entre las rodillas, tal como solía aconsejar a sus pacientes que hicieran cuando les parecía que perdían el control. Notaba fuertes palpitaciones en la cabeza, lo único que le impedía vomitar era que sabía perfectamente que no tenía nada en el estómago. No había comido nada desde… casi le aliviaba tener un problema concreto que resolver… desde la mañana. Esa mañana. No era extraño que se encontrara tan mal. Debería comer algo para poder vomitar y sentirse mejor.

Estaba tan enfocada en el dolor instalado en su cabeza, que no pudo predecir la llegada de un nuevo visitante.

Por lo general, Shisui arribaba caída la noche, se anunciaba ingresando por la ventana. Pero en esta ocasión, fueron dos suaves golpes contra el cristal los que la alertaron de la presencia de otra persona.

Sakura se sobresaltó. Por un momento esperó escuchar los gritos desgarradores de los internos en el campo de concentración, la muerte dirigiéndose a ella, con la intención de llevarla consigo, de atraparla...

—¿Estás lista?— la pregunta brotó de los labios de Itachi que comenzaba a materializarse en el interior de la alcoba, disipando el aire de tensión contenido en las estrechas paredes.

La kunoichi no se percató que en todos esos segundos había contenido la respiración. Busco aire entre jadeos y, con más brusquedad de la que pretendía, se puso de pie.

—¿Te encuentras bien?— Itachi percibió el desequilibrio en la mirada de Sakura.

—Sí— mintió.

Itachi enarcó una ceja.

—¿Segura?

—No esperaba tu visita tan pronto— respondió a secas.

—No tenemos mucho tiempo— le recordó. Estaban trabajando contra reloj—. Andando.

Sakura lo siguió rumbo al exterior. Era la primera vez en todo el día que los rayos del sol acariciaban su piel. No se había percatado del paso del tiempo mientras estaba dentro de aquella habitación. El atardecer llegaría pronto y luego se vería precedido por la noche.

Echó un vistazo a su alrededor, percatándose del Genjutsu en el que se encontraban inmersos para pasar desapercibidos.

—¿Adónde vamos?— dijo. Era una pregunta torpe, sonaba de lo más normal; pero nada era normal.

—Estoy pensando— masculló.

Sakura conocía el camino a la perfección. Luego de abandonar el territorio perteneciente a la mansión Uchiha, se adentraron en el claro del bosque de hayas. Era bien entrada la tarde y las sobras empezaban a alargarse, pero dentro de la arboleda aun flotaba la calidez del día.

Tardaron una hora de ágil caminata para llegar hasta las afueras de la aldea. El camino no estaba iluminado; a uno de los lados había plantas altas dispersas y al otro lado una hilera de árboles. En el centro de la geografía se alcanzaba a distinguir una construcción austera de madera. Debía ser uno de los tantos puestos de vigilancia dispuestos por el territorio, los había contemplado en diferentes ocasiones, servían como refugios y puntos de control, dependiendo el bando en el que se luchara.

Itachi no demoró en abrir la puerta con facilidad. La chapa no contaba con ningún tipo de seguridad y, por la forma en la que se desplazaba, la pelirosa dedujo que no era la primera ocasión a la que acudía a ese lugar.

Sakura tragó el nudo de su garganta al ver a Itachi despojarse de la mochila de viaje y la capa tan resueltamente. Una ráfaga irracional de pánico la sacudió y se haló desandando el camino que había hecho hasta el momento. Reculó tropezando con una rama, dándose cuenta de que no tenía valor para hacerlo. ¿Sería más fuerte el miedo a morir? ¿Iba a poder más la aceptación de su destino? Se dio cuenta que tenía que elegir entre ser una prisionera o la insurgente que luchó contra los Uchiha a muerte.

—¿Vienes?— la llamó Itachi.

Ajeno totalmente a su dilema, el primogénito de Fugaku Uchiha sirvió dos tragos de sake, invitándola a unirse a él.

Se sentía un poco mareada. Lo siguió al interior por el suelo desigual; notó la tierra mullida, como si pudiera atravesarlo con el pie sin dificultad. El mundo ya no era sólido e infalible, sino poroso e incierto. Cualquier cosa podía desaparecer. Al mismo tiempo, todo lo que miraba le parecía muy nítido.

—¿Qué es este lugar?— preguntó una vez que estuvo adentro. El sitio no era amplio, tan solo había un pequeño escritorio en la esquina y una cama cerca de la puerta; elementos suficientes para pasar una temporada recluido en el bosque tratando de impedir el escape de personas.

—Un antiguo punto de control— dijo Itachi—. Izumi y yo solíamos ir allí.

Sakura lo miró, anonadada. No necesitaba realizar más preguntas para deducir los motivos de las visitas del comandante con su novia.

Antes de que pudiera decir algo, le extendió un pequeño contenedor de plástico con sake. La kunoichi examinó la bebida durante un segundo o dos.

—Hace tiempo que no bebo— admitió—. Jamás imagine que el grandioso Uchiha Itachi tuviera un gusto por el alcohol— sonrió.

El aludido se encogió de hombros, fingiendo vergüenza.

—Solo en ocasiones especiales— espetó.

Ahora fue el turno de Sakura para levantar ambas cejas, sorprendida.

—¿A qué debo el honor?— inquirió.

—Tu libertad.

Se miraron en silencio durante varios minutos. Incluso el aire entre ellos se sentía pesado.

Sakura bebió el trago de golpe; el escozor recorrió su garganta de inmediato y no pudo evitar toser un poco ante el intenso sabor del licor.

—Lo lamento— se disculpó, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—. Solía beber con Tsunade-sama… Dios, parece que fue hace una eternidad— suspiró.

En ocasiones, intentaba conjurar, evocar sus propios espíritus. Necesitaba recordar qué aspecto tenían; sus padres, Tsunade. Intentaba mantenerlos inmóviles detrás de sus ojos, sus rostros, como las fotos de un álbum. Pero se negaban a quedarse quietos, una sonrisa y enseguida desaparecían, sus rasgos se curvaban y doblaban como un papel que se quemaba, la negrura los devoraba. Una visión momentánea, un pálido resplandor en el aire; arrebol aurora, danza de electrones, otra cara, caras. Pero se desvanecían, y aunque estiraba sus brazos hacia ellas, se escabuian como fantasmas al amanecer, retornando al sitió del cual vinieron.

Era culpa suya. Estaba olvidando demasiadas cosas.

—En fin— se aclaró la garganta. No era momento para ponerse sentimental—. Estoy segura que no me trajiste aquí para beber ¿cierto? No podría remplazar a Shisui.

Itachi sacudió la cabeza.

—Shisui es un compañero insufrible— espetó—, prefiero beber contigo.

—Los halagos te llevaran lejos.

—Sin duda alguna, por esa razón me convertí en Comandante.

Una vez más, sus miradas se encontraron y, por primera ocasión, se dedicaron una sonrisa sincera, de complicidad.

Itachi volvió a rellenar los vasos.

—Todo está listo— murmuró—. Escaparas mañana. Shisui ira contigo— la miró de frente.

Aquella noticia la sorprendió.

Imaginó que hilvanar el plan de escape les tomaría tiempo. Debía existir una razón para que Itachi decidiera adelantarlo.

—¿Qué?— consiguió preguntar; parpadeó una, dos, tres veces, aún sin comprender la magnitud de la noticia.

—Shisui es uno de los mejores shinobis que conozco— prosiguió, su voz sonaba cansada y, por primera vez, Sakura fue capaz de vislumbrar los estragos de la guerra en su rostro Apesumbrado, la mirada apagada, el semblante extenuado—. El plan es sencillo, en teoría. El convoy será atacado al cruzar el primer puesto de control. Una vez consiga liberarte, huirán en dirección al Oeste. El punto de encuentro está cruzando la frontera, el enlace aguardara por ustedes. Son tres días de viaje, si consiguen sacar ventaja en las primeras horas, nadie podrá atraparlos.

Permaneció de una pieza, incapaz de reaccionar, sin decir nada. Le faltaba el aire. Se quedó helada.

—Itachi…— lo llamó en voz baja.

No estaba segura de querer continuar con el plan. Si conseguían atraparlos, ambos serían condenados a muerte. La idea de poner en riesgo a Shisui e incluso a Itachi, le parecía tan desagradable que nuevamente tuvo un ataque de nausea.

—¿Quieres hacer esto o no, Sakura?— indagó Itachi al darse cuenta de su reticencia.

—Esto no me gusta— articuló por fin con un hilo de voz.

—A ninguno de nosotros nos gusta— la tranquilizó el Uchiha—. Todos desearíamos que la realidad fuese de otra manera— dijo encogiéndose de hombros.

Negó con la cabeza. Seguía intentando encajarlo.

Itachi caminó por la geografía del cuarto hasta alcanzar el escritorio; Sakura no lo había visto, pero en la superficie yacían instrumentos básicos de curación, probablemente extraídos de algún botiquín improvisado.

—Ahora debemos encontrar la manera de ocultar esto— dijo, mostrándole el diminuto dispositivo que Ino le había enviado días atrás.

—No pensaras introducirlo en mi ¿o sí?— Era una broma, pero Itachi no se rió—. Al menos conoces lo básico de primeros auxilios ¿cierto?— preguntó, esta vez más asustada.

—Se cómo detener una hemorragia— respondió el Uchiha.

La kunoichi palideció de golpe. Tenía un mal presentimiento respecto a todo el plan.

—Si te refieres al trabajo que hiciste con Shisui aquella vez, lo pondré en duda— señaló.

—Dime cómo hacerlo.

Sakura cerró los ojos con fuerza. Estaba entre la espada y la pared.

Resignada, dejo escapar un suspiro. Tomó asiento al borde de la cama y, desde ese punto, analizó los utensilios sobre el escritorio.

—¿Trajiste todo lo necesario?— inquirió.

Itachi asintió.

—Bien.

Le indicó la manera correcta de esterilizar la indumentaria y sus manos. Una vez estuvo preparado, tomó el bisturí y rasgó la piel en la parte exterior de la pantorrilla. Un delgado reguerillo de sangre fluyó.

—Esto te va a escocer.

—Ira bien— dijo Sakura, pero en cuanto Itachi inclinó la botella con alcohol y vertió el líquido para desinfectar la herida, ella dejó escapar un pequeño siseo. Aseguró el dispositivo de manera en que no causara incomodidad. Inmediatamente, se dedicó a cerrar con puntos. Presionó una venda doblada contra la herida. Desplegó la otra, la dobló a lo largo y luego la enrolló en torno a la pierna con fuerza. Aquello evitaría que siguiera sangrando.

—¿Y bien? ¿Cómo estuvo?— murmuró, estirando ambos extremos del vendaje con fuerza.

—Creo que puedes convertirte en un buen ninja médico— respondió ella; estaba empapada en sudor y estrujaba con fuerza las cobijas al mismo tiempo que apretaba los dientes.

—Tal vez considere cambiar de carrera.

Mientras movía las manos, Itachi levantó la vista para mirar a Sakura. Luego bajó la mirada y termino de asegurar el vendaje. Ella le dio las gracias y volvió a esconder la pierna debajo de la tela del pantalón.

—¿Por qué haces esto, Itachi?— su voz temblaba.

Hasta el momento, Sakura nunca había indagado en los motivos del Uchiha para ayudar a la Insurgencia. No era común que dos comandantes le dieran la espalda a su familia con tal de apoyar una causa perdida.

Todos ellos eran conscientes de las desventajas que afrontaban los miembros de la "Resistencia". Durante todos esos años, Hatake Kakashi y sus consejeros se habían empeñado en desarmar a los Uchiha, cuando ellos iban dispuestos a matar.

Itachi alcanzó la silla y tomó asiento frente a ella. Le propinó un largo trago a la botella de sake y después se la entregó a Sakura, emulando la acción.

—Por todo el sufrimiento que he causado— explicó Itachi con palabras pesadas y un timbre agrio—. Solo trataba de salvar a la aldea… A mi clan. ¿Y sabes? Lo hice. Mierda, lo hice. Luego perdí el control, se me fue de las manos. Todo se pudrió.— Espetó más serio que de costumbre—. ¿Crees que no volvería atrás? Por supuesto que lo haría. Dejaría que la humanidad se extinguiera con tal de no tener a la Republica del Fuego en mi conciencia.

Sakura lo observaba desde una distancia prudencial, notando como mantenía la oscura mirada clavada en el suelo. Sentía como la herida en su pantorrilla latía, pero el peso desgarrador que tiraba de ella desde la garganta era mil veces peor que el dolor en su pierna.

Había escuchado las palabras con sumo cuidado, atenta a cada sonido que surgía de la garganta de Itachi. Pero no solo era la confesión lo que sus sentidos captaron, sino la manera en que el desconsuelo se apoderaba de él, la forma en que el peso de sus decisiones se manifestaban en culpa.

—Itachi…— su voz sonó como el aleteó de una paloma.

—No te atrevas a decirme que no fue mi culpa, porque sé muy bien que soy responsable de toda esta mierda— escupió.

—No pensaba hacerlo.

Sakura lo miraba incrédula. Por un momento, se quedó completamente inmóvil, en silencio, mientras su mente repasaba todo lo que había sucedido en los últimos meses.

—Se que amas a Sasuke— comenzó a decir Itachi aún sin mirarla. La simple mención del nombre de su hermano menor, ocasionó que su corazón diera un vuelco doloroso en los confines de su caja torácica—.Por favor, cuando salgas de este maldito lugar ni se te ocurra mirar atrás.

Ahora fue turno de Itachi para mirarla; sus ojos se habían encendido y, pese encontrar en ellos una profunda soledad, Sakura atisbó un brillo de determinación.

—No lo hare— prometió.

Itachi asintió, complacido.

—Antes de irnos, quiero que me prometas una cosa— dijo mientras se ponía de pie.

—¿Qué es?— quiso saber Sakura.

—Tan pronto como llegues a la base, por favor, vive una buna vida ¿Sí? Probablemente estoy pidiendo mucho, pero es lo menos que mereces.

La mandíbula de Sakura tembló ligeramente.

—Tú también mereces vivir bien, Itachi.

El aludido tragó en seco.

—Soy un hombre sin honor, por supuesto que eso no es para mí.

Una sonrisa triste curvó los labios de la kunoichi.

—Para mí, eres el hombre más honorable que he conocido.

»»»»««««

El día de su traslado amaneció con un sol radiante, poco usual en el tímido otoño que despuntaba. Había pasado toda la noche en vela, sólo tenía en el cuerpo dos horas de sueño.

Mientras aguardaba la llegada del inevitable destino, tomó asiento cerca de la venta y miró el crepúsculo matutino, imaginando que estaba en invierno. La nieve caía suavemente, cubriéndolo todo de tenues cristales, la niebla cubría el sol antes de llover, desdibujando los contornos, borrando los coleres. Sabía que la muerte por congelación era indolora. Nada más debía recostarse sobre la nieve como un ángel hecho por unos niños y dormir.

La fatiga se apoderaba de ella, de su cuerpo, de sus piernas y sus ojos. Estaba cansada de ese melodrama, estaba cansada de guardar silencio. No había nadie a quien pudiese proteger, su vida no tenía valor para nadie. Quería que eso terminara de una vez por todas.

Los escuchó antes de verlos; surgió de su propio sonido mezclado con los primeros rayos del sol, como una solidificación, un coagulo de la noche. La furgoneta giró en el camino de la entrada y se detuvo. Dos hombres se desprendieron de ella como un molde, subieron los escalones de la entrada y llamaron al timbre.

Lo peor estaba a punto de suceder.

Aguardó por ellos de pie, pálida y serena. Le ordenaron quedarse donde estaba y no hacer el menor movimiento. Ella obedeció sin pronunciar una sola palabra. Inmediatamente le colocaron las esposas bloqueadoras de chakra y el bozal de cuero.

La escoltaron por el pasillo de la servidumbre hasta el exterior de la mansión, uno delante y uno detrás. Avanzaban a un ritmo pausado; la tranquilidad reinaba en cada rincón de la residencia. A pesar del miedo, todo le resultaba normal.

Al salir de la casa, vislumbró a la pequeña y asustaba Tamaki llorando y el rostro afligido de Suzume. Mikoto estaba en el porche, observándolos con una mirada altiva.

Sakura estaba temblando, pero no era de frio, sino de miedo. Había supuesto que ese momento llegaría algún día, pero siempre había tenido la esperanza irracional de que la influencia de Sasuke podría protegerla. Pero al verlo de pie, a un lado de su madre, luciendo un aspecto miserable, comprendió que no podía esperar ayuda.

Ahora podría empezar a gritar, aferrarse a la barandilla, renunciar a toda dignidad. Podría retenerlos, al menos un momento.

Ajena a la rabia de Sasuke, vio la furgoneta en el camino de entrada, con las puertas dobles abiertas. Echó un vistazo por encima del hombro en dirección a Itachi, quien, con un simple movimiento de cabeza consiguió asegurarle que el plan seguía en marcha.

Los dos custodios la tomaron de los brazos y la ayudaron a subir. No tenía manera de saber si ese era su fin o un nuevo comienzo. Mas no tenía otra opción.

Sin rechistar, subió y penetro en la oscuridad del interior; o en la luz.

Lo último que vio antes de que las puertas se cerraran fue la imponente figura de Sasuke ,pálido como la cera, temblando de rabia.

No tenía sentido gritar o lanzarse contra las paredes del furgón: habría sido un derroche de energía inútil. Así que solo les quedaba esperar.

—¿Qué van a hacer?— escuchó una voz femenina preguntar en un susurro. No se veía nada a través de las ventanillas. Y tampoco se veían los unos a los otros, todos los prisioneros con destino al campo de internamiento eran apenas siluetas vagas.

La camioneta se puso en marcha y ella, ciega por primera vez, perdió la noción del espacio el tiempo. Todos los acontecimientos de los últimos días, le parecían parte de una horrible pesadilla, de la que esperaba alguien día pudiera despertar. Desgraciadamente, era una cruel realidad.

No tuvo más opción que dirigirse rumbo a lo desconocido. No supo adónde los llevaban hasta que escuchó el ruido del agua y sintió las ruedas de la camioneta pasar sobre madera. Entonces adivinó su destino.

El furgón paró un momento, supuso que en un control, y siguió adelante hasta que por último se detuvo.

De pronto, la afonía fue interrumpida por el sonido del metal contra metal en el exterior, luego unos gritos y por ultimo quejidos. Los murmullos desconcertados surgieron en el interior. Rápidamente fueron silenciados cuando las puertas se abrieron de par en par.

Sakura tragó grueso. Su corazón latía con fuerza.

Su rostro se crispó de repente; Shisui se encontraba afuera, tenía el rostro manchado de sangre al igual que sus manos. Echó un vistazo al interior del furgón y con voz de mando ordenó:

—¡Bajen todos!

Lejos de oponerse, los prisioneros descendieron uno a uno, temerosos, demasiado confundidos para comprender lo que sucedía a su alrededor.

Los cuerpos de los guardias que los custodiaban yacían en el suelo sobre charcos de sangre coagulada.

Costaba bajar del vehículo con las manos esposadas. Shisui la agarró del brazo y tiro de ella. Acunó su rostro entre sus manos y la despojó del bozal, después del dispositivo en sus muñecas.

—¿Estás bien?— preguntó, examinándola con la mirada para verificar que no estuviese herida—.¿Puedes correr?

—Estoy bien, Shisui. No tienes que preocuparte.

La tranquilidad fue efímera. Los gritos detrás de ellos funcionaron para alertarlos que no estaban solos. Inmediatamente, los prisioneros recién liberados comenzaron a correr en diferentes direcciones.

—Ve, me encargare de ellos— urgió Shisui.

Sakura vaciló. Por la expresión en su cara, el Uchiha pudo darse cuenta que no estaba dispuesta a abandonarlo.

—¡Anda!— alzó la voz—. Te prometo que no sucederá nada malo ¿Sí? — sonrió—. Llegaré contigo una vez termine con ellos.

No tenía tiempo para cuestionarlo.

Instintivamente, salió disparada en dirección al bosque.

Se humedeció los labios y decidió que lo mejor para ella era correr en la dirección indicada por Itachi el día anterior. Las piernas le ardían, al igual que el pecho, su corazón comenzaba acelerarse tratando de bombear sangre a todo su cuerpo.

A medida que penetraba en el territorio dominado por pinos soldado e imponentes robles, el sonido de la batalla se tornaba cada vez más lejano.

Atribulada y desesperada, transitó por los matorrales y el terreno accidentado. Necesitaba encontrar un lugar para resguardarse.

Sin darse cuenta, Sakura se iba mordiendo el labio. Había estado escuchando el mismo ruido una y otra vez. Y cada vez que lo oía, se sentía aterrorizada.

Por el rabillo del ojo, observó a una de las prisioneras correr en la misma dirección que ella. La kunoichi pensó en ayudarla a despojarse de las esposas, sin embargo, un objeto metálico salió disparado y escuchó el asqueroso sonido de la hoja atravesar la carne y hueso al dar en su objetivo; el cuerpo estaba doblado, tumbado sobre un costado, con la cara contra el suelo.

«Pero ¿qué…qué demonios?».

Lo que hubiera debido hacer de inmediato era ponerse en cubierto. En vez de eso, se quedó allí plantada, aturdida.

Sakura se detuvo a pensar y, cautelosamente, escrutó todo lo que había a su alrededor. No había el menor rastro del asesino. Aunque estaba aturdida y estupefacta, no le habían disparado ningún kunai a ella. ¿Por qué?

De repente, la kunoichi se dio cuenta de que la chica aún podría estar viva. Puede que estuviera inconsciente por el dolor o la herida. En todo caso, se acercaría a verla.

Si no hubiera presentido algo raro y se hubiera abstenido de dar un paso más, un microsegundo después, habría muerto.

Un objeto plateado pasó silbando justo delante de los ojos de Sakura. Si… bajaba directamente de arriba. Otro kunai se clavó en la tierra.

Sakura apretó los dientes, agarró el arma y corrió hacia su izquierda. Se movía impulsivamente, pero de un modo errático para evitar que aquella persona pudiera alcanzarla. Se volvió y miró hacia arriba. Bajo el cielo débilmente iluminado por los rayos del sol, se recortaba una figura grande y negra, apostada en las ramas de uno de los árboles.

Se movió con toda la rapidez de la que era capaz sin hacer que el mundo girara alrededor. Le palpitaba la cabeza con los veloces latidos del corazón. Tenía que moverse más deprisa y llegar al punto de control.

Una cosa se le enganchó en los pies y cayó directamente al suelo. Era un objeto extraño, le rodeaba los pies y estaba hecho con fibras afiladas. Debía ser una de las elaboradas redes bloqueadoras de chakra que los Uchiha utilizaban en el campo de batalla, colocada para cazar a cualquier prisionero que decidiera escapar. Se agitó durante un momento, con lo que solo consiguió que la red la apretara todavía más.

Estaba sola y desvalida. Tenía la frente húmeda, los párpados mojados, le temblaban las manos y jadeaba débilmente. No era más que un terrible acceso de miedo, de simple y vulgar terror de levantar la cabeza.

Su ansiedad la retenía ahí inmovilizada. Sus miembros se habían incrustado en la tierra; hizo una tentativa vana, pero no consiguió liberarlos. No podía avanzar.

Pero de inmediato la inundó una nueva oleada, una oleada de vergüenza, de arrepentimiento y al mismo tiempo de entereza. Se incorporó para echar una ojeada.

Consiguió deslizarse con cautela lejos de la red y se arrastró hacia adelante. Siguió avanzando. Todo iba bien. Fijó la dirección, miró a su alrededor y situó los ruidos de la batalla para encontrar el camino de regreso.

Todavía tenía miedo, pero era un miedo razonable que la obligaba a una precaución extrema.

Fue entonces que se puso de pie solo para toparse con una kunoichi ataviada con el distinguible uniforme de los Uchiha.

Ella se quedó allí, mirándola fijamente. Sakura sintió que su campo de visión se estrechaba por la tensión, igual que ocurría cuando se desplazaba a alta velocidad por las ramas de los árboles, pero por el rabillo del ojo aún fue capaz de distinguir la katana que traía en la mano derecha.

Como un acto reflejo, se abalanzó hacia ella. El forcejeó duró poco, en medio de los golpes, la pelirosa consiguió hacerse con un kunai perfectamente afilado y apuñaló a su atacante seis veces en el pecho.

Lo hizo con furia, lo único que podía sentir era cómo ese cuerpo se estremecía y caía con todo su peso. Cuando volvió en sí, notó su mano pegajosa y mojada.

La chica jadeaba roncamente. Su respiración era como un grito, un trueno, un bramido…., pero se trataba de sus sienes latiendo con fuerza. Quería taparle la boca, llenársela de tierra para que se callara, su mente la estaba traicionando, pero volvió en sí y, de pronto, se sentía tan débil que ya no podía levantar la mano contra ella.

Se arrastró hasta el rincón más alejado y se quedó allí mirándola fijamente, el kunai empuñado, dispuesta a saltarle encima de nuevo al primer movimiento. Pero ya no iba a moverse, se dio cuenta por su ronco jadeo.

Sakura sintió en el pecho todo el peso de los remordimientos. Se sentía como si se estuviera ahogando, como si el mundo estuviera a punto de apagarse.

Antes de levantarse, se percató de que tenía la mano llena de sangre y de pronto la atacaron las náuseas. Tomó un puñado de tierra y se frotó la piel; por lo menos, ahora estaba sucia y no se veía el rastro carmín.

La batalla no cesaba. Shisui y los Uchiha atacaban con la misma intensidad.

No era a la primera persona que mataba con sus propias manos, pero en ella había algo distinto, podía contemplarla con tanto detenimiento, a una chica cuya muerte era obra suya. Naruto, Sasuke, Ino, Itachi, Shisui ya habían pasado por eso, al igual que muchos otros en los combates cuerpo a cuerpo.

Pero cada gemido desnudaba su corazón. Esa moribunda tenía el tiempo de su parte y la heria con él como un kunai invisible; el tiempo y sus pensamientos.

Murió pocos minutos después.

Sakura respiró aliviada. Pero sólo por poco tiempo. Pronto el silencio le parecía más difícil de soportar que los gemidos. Quería oír de nuevo su jadeo, intermitente, ronco, a veces leve como un silbido, luego otra vez ronco e intenso.

Había alcanzado el límite crepuscular del pensamiento. Mil imágenes cruzaban su mente en confuso tropel; oía la voz admonitoria de Tsunade; veía a los shinobis heridos, recostados en las camillas de las tiendas improvisadas; la agradable visión de un atardecer; en su imaginación angustiada, ve la horrible explosión que la alejó de Naruto el día de su captura: sudaba por todos los poros de su cuerpo.

—¿Sakura?

Al escuchar la voz, se obliga a sí misma a apartar la mirada del cadáver de la kunoichi; frente a ella, se encontraba Shisui de pie, cubierto de sangre y empapado en sudor; tenía la respiración entrecortada a causa del esfuerzo y en su rostro se apreciaba una expresión desconcertada al encontrarla en tan deplorable estado.

Rápidamente, con las piernas temblorosas y tiritando de frio, consiguió ponerse de pie. Sin pensarlo demasiado, acudió al encuentro del Uchiha con un fuerte abrazo.

Él no respondió de inmediato. Se quedó de pie, inerte, durante un segundo o dos, inseguro de cómo proceder. Ella apegó su cuerpo, desesperada, necesitaba consuelo, deseaba tanto el contacto humano que no sabía lo que estaba haciendo.

Tras un momento de vacile, notó la mano de Shisui pasar por su cabello en un torpe intento por reconfortarla. Sintió el calor que emanaba de su cuerpo y no pudo evitar ser sacudida por la culpa cuando sus brazos notaron que su compañero temblaba sin poderlo evitar.

—¿Estás herida?— preguntó visiblemente consternado, acunó su rostro con ambas manos y examinó con la mirada las extensiones de piel visibles en busca de algún rasguño que pudiese poner en riesgo la vida de Sakura.

Ella negó con la cabeza.

—¿Aun puedes correr?— inquirió.

—S-si— dijo.

—Debemos continuar, no podemos quedarnos aquí— masculló al mismo tiempo que llevaba un mechón de cabello detrás de su oreja y le dedicaba una sonrisa que tenía como objetivo reconfortarla.

Sakura volvió a asentir. Permitió que el Uchiha entrelazara sus dedos con los de ella y la dirigiera por la maleza a un lugar desconocido, hacia un futuro incierto.

»»»»««««

Huirían cuando todo terminara. Lejos. A un lugar donde nadie fuese capaz de encontrarlos. Se prometió a si mismo que hallaría la manera. Ella se lo prometió: habría un después.

Sin embargo, había fallado monumentalmente. Lo comprobó cuando la vio apearse a la furgoneta sin mirar atrás.

Alejó la atención de Sakura y trató en vano regresar al trabajo sobre su escritorio. Repasó un par de líneas, pero al poco tiempo se veía obligado a regresar al inicio por culpa de sus pensamientos. Las palabras en el papel no tenían sentido. La cabeza comenzó a latirle con insipiencia y arrastró la silla hacia atrás, alejándose del escritorio, resignado. Ni siquiera sus deberes como Comandante eran lo suficientemente importantes para forzar a su mente a pensar en otra cosa que no fuese Sakura.

La puerta se abrió de repente sin un llamado previo. Al despegar la mirada de los papeles, lo primero que entró en su campo de visión fue una kunoichi visiblemente alterada; llevaba el cabello desordenado a causa de la rápida caminata y su rostro habitualmente pálido exhibía ahora un rojo de peligro.

—Heichou— saludó formalmente.

Sasuke frunció el ceño.

—¿Qué sucede?— preguntó sin inmutarse en maquillar el tono de hastió.

—Hay un problema— luchó por tragar aire—. Código rojo.

En ese momento, se obligó a si mismo a guardar la calma. Tan rápido como sus piernas se lo permitieron, siguió a la kunoichi que caminaba con paso rápido por los estrechos pasillos del edificio de Inteligencia que conducía a la sala de control principal.

La chica abrió la puerta sin golpear y anunció su nombre en voz alta.

Se encontró con varios de sus subordinados junto a las ventas selladas. Las luces del interior estaban encendidas porque en el lugar apenas entraba la luz del sol. Cinco shinobis más estaban en una especie de mostrados con sus respectivos monitores de ordenador. Otros tres soldados estaban conectados con otros aparatos que no eran ordenadores. El grave murmullo del generador inundaba la sala a pesar de la insonorización.

La mirada del Comandante recayó en un par de Shinobis que se encontraban absortos, inclinados sobre una pantalla, escuchando un audio con detenimiento.

—¿Por qué activaron el código rojo?— pregunto con voz ronca, apartando la atención de sus respectivas tareas.

—Tuvimos un problema con uno de los cargamentos de pasajeros— se atrevió a anunciar una kunoichi al otro extremo de la sala.

—¿Qué tipo de problema?— insistió.

Los presentes en la sala intercambiaron miradas nerviosas. Claramente la situación se les había ido de las manos. A pesar de que contaban con una serie de protocolos para cada evento adverso, precisaban de las órdenes del Comandante en turno para actuar. A partir de su ingreso a la sala, el éxito o fracaso de la misión dependía completamente de Sasuke.

—Fue emboscado. Asesinaron a todos los custodios. Algunos de los prisioneros consiguieron huir— informó otro soldado.

—¿Están seguros de esto?— cuestionó.

—Recibimos el llamado de auxilio de uno de los guardias poco antes de que fuese asesinado— se apresuró a explicar la diligente asistente que le habían designado una vez tomó el puesto—.Enviamos a un equipo de reconocimiento a la escena, ellos fueron los encargados de corroborar la información. También realizaron un listado de los prisioneros que huyeron. No deben encontrarse lejos de la zona, estamos trabajando en un plan de búsqueda y rescate para contenerlos y traerlos de regreso— añadió mientras le extendía una hoja con los nombres de los reos y el código de identificación.

Con el corazón latiéndole al mil por hora, sus ojos se deslizaron con rapidez en cada línea.

Durante su corta existencia, Uchiha Sasuke jamás se consideró un hombre particularmente inclinado a alguna creencia religiosa en particular, sin embargo, a medida que leía el informe inicial, imploraba a cualquier deidad que mantuviera a Sakura a salvo y fuera de la situación.

El corazón le golpeó las costillas al vislumbrar el nombre de Sakura escrito con un una hermosa caligrafía. El mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas y, por primera vez, creyó que iba a perder el conocimiento. Estaba teniendo un ataque de pánico; tomo una enorme bocanada de aire a la par que contenía la necesidad de vaciar todo el contenido gástrico de su estómago en ese momento.

Sakura, la mujer que amaba, a la que había jurado proteger la noche anterior consiguió escapar, eso sí conseguía cruzar la frontera en dirección a la Tierra de Nadie.

Inclinó el cuerpo hacia el frente en un intento por acallar el caos en su pecho.

—¿Tienen idea de quien fue el responsable?— preguntó uno de los soldados a su espalda.

—Aún no.

—Tal vez fue alguien de la Resistencia. Una de las prisioneras era miembro del movimiento de insurrección— comentó alguien más.

—Han convocado una reunión de emergencia con los demás comandantes, Heichou, están aguardando por usted en la sala de juntas— dijo su asistente con los hombros tensos y el rostro inexpresivo.

Realizando un esfuerzo sobrehumano, Sasuke abandonó el cuarto y dirigió el paso en dirección al punto de reunión, casi por inercia.

Al arribar a la puerta, contuvo la respiración. Por un momento se sintió como si estuviese al borde de un precipicio.

El ninja que custodiaba la puerta abrió si golpear.

Se encontró no solo ante su padre, sino ante todo el Consejo. Estaban junto a la mesa oval que el recordaba, sólo que todos sentados del mismo lado y más juntos de lo habitual. Fugaku estaba en el medio, flaqueado por Obito e Itachi, Inabi estaba en la punta de la izquierda y Tekka en la de la derecha. Había una silla vacía justo frente al General. Obviamente era un truco pensado para desconcertarlo, y por un momento lo lograron. Sabía que los cinco pares de ojos no se habían perdido su involuntaria hesitación en la puerta, el rubor ocasionado por la ira y la vergüenza. Pero la sorpresa se convirtió en un acceso de ira, y eso lo ayudo.

—¿Ya contamos con un informe de lo sucedido?— preguntó Obito, interrumpiendo sus pensamientos. La voz sonaba crispada, clara, racional, como el sonido de un golpe de cuchillo.

El asistente de su padre asintió con un leve movimiento de cabeza y dio un paso al frente.

—Alrededor de las doce horas del día de hoy, el convoy con destino al Campo de trabajo forzado número treinta y tres fue interceptado y atacado a las puertas de la Aldea a unos cuantos metros del centro de control. Hasta el momento se contabilizan veintiún bajas; trece shinobis y ocho prisioneros. Se desconoce el paradero del resto de los convictos.

Sasuke sintió que un escalofrió le recorría la espina dorsal.

Su padre tenía las manos levemente apoyadas en la mesa, con los dedos doblados. Como era habitual en ese tipo de coyunturas, portaba una mueca mortalmente seria, contemplativa. Confiaba en la capacidad de sus Comandantes para resolver problemas. Sin embargo, Sasuke tenía un mal presentimiento al respecto.

Necesitaba ganar tiempo. Cuanto más prolongara la toma de decisiones, Sakura tendría la posibilidad de alejarse lo suficiente de la zona de peligro, donde el Equipo de Rastreo no pudiese rastrearla en las próximas horas.

—Es evidente que los prisioneros no actuaron por su cuenta. Recibieron ayuda interna. Está claro que la Insurgencia consiguió infiltrarse en nuestras filas— habló Tekka con meticulosa precisión.

—¿Tienes algún sospechoso en mente, Tekka?— preguntó su padre con voz grave. Estaba claro que todo ese embrollo no lo divertía.

Obito lo miró, sonrió y dijo:

—Uchiha Shisui.

Sasuke dejó recaer todo el peso de su mirada en Itachi; el pánico invadiendo su rostro.

—Ese hijo de puta…— susurró Inabi con desdén—. ¡Sabía que no debíamos confiar en ese traidor! Debimos refundirlo en la cárcel cuando tuvimos la oportunidad.

—No contábamos con las pruebas suficientes— intervino Obito.

—Shisui es parte del Clan— les recordó Sasuke.

—Por si no te has dado cuenta, muchacho, el bastardo acaba de traicionarnos— respondió Tekka.

La frente de Sasuke se arrugó con gravedad. El señalamiento de Shisui era una sentencia de muerte. Por más que lo detestara, si las hipótesis de los Comandantes eran ciertas, probablemente su hermano también estaba implicado.

—¿Has elaborado un plan de contención?— la voz de su padre retumbó dentro de la habitación como un relámpago en el cielo.

—N-no— titubeó.

Fugaku le dedicó una mirada funesta.

—¿Qué demonios estás esperando? Cada minuto que transcurre es valioso para esos malditos y una pérdida de tiempo para nosotros.

—No sea tan duro con el muchacho, General. El joven solo ha estado unos cuantos días en el puesto. Es una pena que este pequeño desliz sea su regalo de bienvenida— dijo Obito.

El aludido ignoró por completo el comentario del Comandante. Sin más, Fugaku se puso de pie y, uno por uno, los demás integrantes del Consejo hicieron lo mismo.

Cuando su padre se detuvo frente a él, contuvo la respiración.

—Haz tu maldito trabajo, Sasuke— puntualizó, cada silaba atestada de desdén—. Da la maldita orden de una vez por todas o no querrás saber de lo que soy capaz— siguió diciendo Fugaku, Sasuke advirtió en sus ojos el brillo de la sed de venganza.

Con una última mirada incisiva Fugaku desapareció de la sala junto a los demás comandantes.

Sasuke maldijo en su interior. No había nada que pudiese hacer para detenerlo.

»»»»««««

El sitio del escondite era un edificio antiguo, pequeño, de una sola altura. Las paredes de madera se habían vuelto negras, y el techo de tejas de pizarra estaba tan ajado por los años que las esquinas se habían tornado blanquecinas. El dispensario se encontraba en las estribaciones de las montañas septentrionales, al final de un estrecho camino sin pavimentar. Habían dejado atrás del bosque, la luna iluminaba su camino.

Era un milagro que hubieran conseguido llegar allí sin resultar heridos. Habían abandonado de inmediato la zona del ataque. No oyeron más ruidos tras ellos. De acuerdo con el mapa, habían cubierto una distancia de menos de cuatro kilómetros, pero Shisui, que había ido cargando con Sakura una parte del camino y estaba preocupado por un posible ataque, se encontraba increíblemente cansado. Quería echar un vistazo para comprobar que no había nadie en la zona de la clínica en cuanto fuera posible, para que no solo Sakura, sino también él mismo pudieran descansar.

Shisui le indicó que esperara y descendió la ladera hacia el edificio con el Sharingan activado. Se agachó examinó a sus alrededor. Luego se acercó a la edificación y la rodeó. Cuando volvió a la fachada, examinó la entrada y la puerta corredera. Parecía estar cerrada, así que Shisui tomo una piedra e hizo añicos el cristal esmerilado de la ventana. Luego metió la mano por la abertura, desatrancó la puerta y entró en el lugar.

Tras cinco minutos largos, Shisui asomó la cabeza por la entrada y le hizo una seña a Sakura para que se acercara. Ella descendió con cuidado el desnivel de dos metros, para no perder el equilibrio, y se aproximó al edificio.

Un cartel vulgar y mugriento, con las huellas y los destrozos propios de haber estado a la intemperie, colgaba justo junto a la entrada; allí se leía "Fabrica de textiles". Sakura se acercó a Shisui, que vigilaba todo a su alrededor. Entró, seguido por este, que cerró la puerta con firmeza.

Junto a la entrada había un pequeño escritorio. A la izquierda un gran sofá verde con una manta blanca, sobre una alfombra ajada de color beis. El reloj de la pared continuaba impasible con su tictac y estaba a punto de marcar las tres. Aquella parecía ser la oficina del administrador.

Shisui atrancó la puerta de salida con el escritorio y luego dijo:

—Nos buscaran— su voz sonaba agitada a causa de la apresurada caminata—. Debemos deshacernos de todo.

Sakura permaneció de pie sin saber muy bien qué decir o qué hacer. Itachi solo se había molestado en explicarle vagamente el plan de escape; salir del furgón, evitar morir en el ataque y correr. Hasta el momento, los dos se las apañaron a la perfección, pero eso no quería decir que estaban fuera de peligro.

Lo miró desplazarse hasta el otro lado del cuarto; alcanzó dos mochilas de viaje y le extendió una a ella.

—Hay ropa allí adentro. Quemaremos los uniformes— explicó.

Por primera vez, Sakura reparó en el aspecto de ambos; ella llevaba el inconfundible uniforme rojo correspondientes a los criminales de guerra; Shisui portaba el elegante atavió de los comandantes Uchiha.

Aun en estado de shock, Sakura dirigió la mirada hacia el pelinegro, quien, sin un ápice de pudor, comenzó a despojarse de las prendas una por una: primero el chaleco, después el jersey, seguido de los pantalones.

—No podemos salir de aquí. No hasta que sea seguro— dijo—. Debo establecer contacto con la base antes de proceder, en caso de necesitar refuerzos ellos estarán al tanto de tu presencia, de esa forma evitaremos morir en el intento.

Sakura se limitó a asentir. Todo estaba sucediendo tan rápido. Aun intentaba asimilar el hecho de haber asesinado a esa chica durante su huida.

Con las manos trémulas, se quitó el overol sin problemas; un escalofrió recorrió toda su espina dorsal al sentir el gélido aire de la noche acariciar su piel desnuda. Tan solo llevaba una camisa sin mangas blanca y unas braguitas de algodón a juego.

Alcanzó uno de los kunais que estaba a la vista y, sin pensarlo demasiado, pasó la hoja afilada por las finas hebras de cabello rosado, apreciando como los largos mechones caían al suelo como hilos de carnaval. Si bien, había ciertas cosas de su apariencia que era imposible ocultar, cuanto menos se pareciera a Haruno Sakura, la aprendiz de Tsunade Senju, los Uchiha dejarían de buscarla.

No necesitaba de un espejo para deducir que el trabajo de peluquería estaba mal hecho; ahora llevaba el pelo a la altura de la barbilla, ya encontraría el momento adecuado para arreglarlo, su apariencia era la última de sus preocupaciones en ese momento. Pasó los dedos por los mechones, tratando de deshacerse de los remanentes de cabellos sueltos hasta despojarse de ellos.

Se detuvo al llegar a su oreja, brevemente, palpando el dispositivo que la había despojado de su parte inmortal, aquella marca que significaba propiedad.

Sacudida por la furia, deslizó la punta del kunai sin importarle el daño que podía ocasionar. Empujó la hoja hasta que escuchó el bloqueador desprenderse de la carne y el cartílago; la sangre comenzó a brotar como un rio, descendiendo por su cuello hasta empapar su pecho y dejar hilillos de sangre por su brazo izquierdo.

Sintió dolor en los músculos de la nuca hasta que le dolió la cabeza; tenía la impresión que su pecho estallaría por la ansiedad de gritar, mas no lo hizo. En su lugar, tomó una enorme bocana de aire y volvió a tirar hasta arrancar el dispositivo de una vez por todas.

El kunai resbaló de sus manos y ella cayó de rodillas en el suelo, empapada en sudor y con la respiración entrecortada a causa del esfuerzo y la agonía. Notó el sabor salado de sus lágrimas. Lejos de sentirse triste y con las manos temblorosas, tomó el bloqueador entre sus dedos y lo admiró por un momento: una sonrisa victoriosa curvó la comisura de sus labios. El haberse despojado de aquello no iba a cambiar en absoluto el hecho de ser incapaz de controlar el chakra, pero si cambiaria la sensación de haberse convertido en la propiedad del enemigo. Aquello era una de las pequeñas victorias en contra de los Uchiha.

—¡Mierda!— exclamó Shisui al ver el desastre—. ¡Sakura! ¿Qué demonios sucedió?— arrodillándose en el suelo, analizó la herida con una mirada crítica.

—Yo… conseguí quitar esto— respondió en voz baja, casi sin aliento.

—Mierda, Haruno— dijo en voz baja y temblorosa mientras hilvanaba un retazo de tela y lo llevaba a la zona afectada para detener la hemorragia—. ¿Acaso perdiste la cabeza?

Shisui estaba pálido y sus manos temblaban levemente mientras la ayudaba a ponerse de pie y dirigirse al sofá de la pequeña estancia.

—Si alguien llegaba a ver el dispositivo, inmediatamente se darían cuenta que soy una prisionera— contestó.

El Uchiha cerró los ojos y dejó escapar una enorme bocana de aire.

Los siguientes minutos transcurrieron en silencio. Jamás había visto a Shisui tan molesto, pero si estaba enojado con ella no se lo hizo saber. En su lugar, se dispuso a eliminar los rastros de sangre que había en su piel antes de que se secara y endureciera. Lo hizo con sumo cuidado, pasó el paño húmedo de proa a proa, con caricias gatunas, primero por la extensión de su cuello hasta llegar a su brazo izquierdo.

La ayudó a quitarse la camisa manchada por la cabeza. Sakura tuvo un pequeño ataque de nerviosismo al percatarse de su desnudez, pero Shisui no parecía estar interesado al verla en tal estado de vulnerabilidad; sus ojos siempre permanecieron clavados en algún punto de su rostro a la par que sus labios tensos formaban una delgada línea recta.

—Estate quieta.— Shisui se acercó a ella y apartó la venda improvisada de su oreja. Revisó el botiquín y comenzó a curarla con mucho cuidado.

Parecía que había dejado de sangrar, pero sentía un dolor punzante.

—Por lo que puedo ver, no perderás la oreja, eso es seguro. Pero quedara una visible cicatriz. Probablemente necesites puntadas, con está luz es imposible determinarlo— dijo Shisui.

—Ya hiciste suficiente por mi— masculló Sakura sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos—. Me encargare de curarla por la mañana.

Shisui asintió con la cabeza.

Los pensamientos de Sakura, que hasta entonces habían permanecido nublados por el subidón de adrenalina del escape y la pelea, finalmente comenzaron a esclarecerse. Estaba recuperando el juicio.

—Sakura, estás pálida— señaló Shisui, pero está no podía contestar. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo, y comenzó a temblar. Los dientes le castañeaban sin control.

—¿Qué ocurre?— Shisui le puso la mano en el hombro desnudo.

Sakura contestó, con los dientes aun castañeteando.

—Estoy aterrorizada.

La kunoichi giró el cuello hacia la izquierda y miro a Shisui. Él le devolvió la mirada con un gesto de preocupación.

—Estoy aterrorizada. Estoy jodidamente aterrorizada. Acabo de matar a una persona. Ella ni siquiera estaba dispuesta a atacarme y yo la asesine.

Shisui miró a la cara a Sakura durante un buen rato y luego, cariñosamente abrió los brazos y la arropó tomándola por los hombros. Su mejilla rozó la temblorosa mejilla de la pelirosa. Ella sintió su calor, y su nariz, que había aspirado el apestoso olor de la sangre, notó un ligero aroma a tierra y bosque.

Sakura estaba sorprendida, pero agradecía la cálida compasión, aquel perfume, y permaneció sentada y quieta, abrazada a sus propias rodillas.

Los temblores poco a poco disminuyeron y desaparecieron.

—¿Estás bien?— preguntó Shisui.

—Creo que sí. Gracias.

Shisui, lentamente, se apartó de ella.

—Hay una muda de ropa limpia en la mochila— carraspeó—. Te dejare a solas un momento. Estaré a afuera por si necesitas algo.

Sakura asintió y le ofreció una pequeña sonrisa.

Solo cuando Shisui estuvo fuera de la vista y del oído, la kunoichi se permitió soltar todo el aire contenido en sus pulmones. Recargó la cabeza en sus rodillas y acarició abstraídamente la pequeña cicatriz en su muslo, fruto del enlace de chakra que había realizado con Sasuke semanas atrás.

»»»»««««

Escucho el agua correr por algunos segundos con el mismo proceder mecánico para después enjuagarse la cara, sin poder evitarlo, su mirada recayó en el reflejo que proyectaba el espejo; las marcas violáceas alrededor de sus ojos y la expresión desencajada eran indicativos del suplicio que estaba atravesando. Tenía el rostro demacrado y estaba ojeroso. Cualquier persona que lo contemplara en ese estado aseguraría con absoluta certeza que había envejecido diez años en el transcurso de cinco horas.

El agua pareció sacarlo del trance, y cuando lo hizo, su reflejo en el espejo lo encontró tomando una decisión.

Al salir del aseo, se sintió mareado. Por un instante, las luces de la galería se convirtieron en manchas dispersas sin significado, como las que se forman detrás de los parpados cuando se restregaba los ojos.

Tal como lo llevaba haciendo en las últimas horas, permitió que sus piernas tomaran el control de sus movimientos y lo llevaran por el intrincado laberinto de soportales hasta encontrarse frente a la puerta de la oficina de Itachi.

La luz del interior se filtraba por el espacio disponible entre la puerta y el suelo, un claro indicativo de que había alguien en la habitación.

Lejos de inmutarse a llamar, tomó el pomo de la puerta y empujó lo suficiente hasta otear a su hermano de pie en medio de la geografía del cuarto, con la mirada perdida fija en algún punto en el espacio y tiempo.

Si se había percatado de su presencia, no se lo hizo saber. Itachi continuó con la atención fija en el mismo lugar.

—Comenzaba a preguntarme si vendrías a verme. Te tomaste tu tiempo— su voz carecía de emoción mientras despegaba la mirada de la ventana y recaía en el collar que llevaba en la mano.

—Tú lo sabías— dijo Sasuke en tono acusatorio—. Siempre lo supiste.

—Todos tenemos nuestros secretos ¿no es así? Tu con la muerte de Izumi y yo con el escape de Sakura. Creo que estamos a mano— resopló Itachi con sarcasmo.

Esa era la afirmación que Sasuke esperaba, pero no se sintió sosegado. Itachi y Shisui habían firmado su propia sentencia de muerte.

Su hermano volvió la cara hacia él y lo miro de hito en hito. Había pensado en gritarle: ¿Qué has hecho? Pero aquella trillada exclamación hubiera sido autocomplacientemente retórica, una forma de reproche. No tardaría en conocer los detalles. Y entonces no podía imaginar una conversación que no acabara pareciendo ridícula.

Así que se quedaron mirándose los dos en silencio. La expresión de Itachi era placida. Tenía aun rasgos que detonaban determinación, pero éstos habían cedido y dado paso ya a la callada y satisfecha complacencia del que ha completado una tarea bien hecha. Su mirada era singularmente clara – serena, casi apacible-, y reconoció en ella la placidez del orgullo.

Hecho toda una furia, terminó de acercarse a Itachi y le propinó un golpe directamente en el rostro, cerca de la mejilla.

El mayor de los Uchiha tambaleo hacia atrás, impactando con el escritorio y derrumbando el contenido de la superficie. El ataque lo tomo por sorpresa y consiguió hacerlo jadear.

—¡Pusiste a Sakura en peligro!— gruñó al mismo tiempo que lo tomaba por la solapa de la camisa.

—Estás equivocado, Sasuke. Hice algo que tu no fuiste capaz de realizar: salvarla.

Herido por la cruel y cruda realización, decidió liberarlo, empujándolo nuevamente contra el mueble.

Itachi prolongó el silencio antes de susurrar:

—No fui un cobarde.

El brillo de odio avivo el caos en los ojos de Sasuke.

—Si la atrapan…

Itachi cerró los párpados.

—No lo harán. Shisui está con ella.

Desde el momento en que recibió la notificación del Código Rojo, Sasuke se había empeñado en tratar de encontrarle sentido a las cosas que estaban aconteciendo en su vida. Shisui había atacado el Convoy de prisioneros donde iba Sakura y ambos habían escapado, siguiendo los pasos de un meticuloso plan que probablemente había hilvanado Itachi.

—¿Desde hace cuánto tiempo has estado colaborando con la Insurgencia?— preguntó Sasuke tan tenso que los músculos se le marcaban bajo la piel.

—Un par de años, tal vez más— respondió.

Sasuke se sentía a la vez implicado e irrelevante. No quería encontrarse allí. Estaba experimentando por primera vez una sensación nueva: el deseo de no estar en ninguna parte. Dicho más llanamente: deseaba estar muerto.

Todas las incursiones militares saboteadas, los tratos perdidos, las emboscadas… Durante todo esos años Itachi había trabajado en conjunto con sus enemigos para derrocar a su padre.

Aterrado por la posible respuesta, se obligó a mirar a Itachi directamente a los ojos.

—¿Por qué?— preguntó, sintiéndose espantosamente cobarde. Su voz debió de sonar como la de un niño pequeño, cuando implora débilmente que no lo obliguen a bañarse, pues temía aun que hubiera algún oscuro y pegajoso horror acechando en el desagüe de la bañera.

—Por una vez en mi maldita vida quería hacer las cosas bien.— Su tono era apagado—. Desde un inicio le prometí a Sakura que la sacaría de este lugar.

Itachi parecía confuso y agitado. Sus ojos habían perdido el brillo habitual y daban las sensación de estar hundidos en el fondo de su cabeza.

—Lo único que conseguirás es que papá te cuelgue del muro.

Dejo escapar una pequeña risa.

—¿Sabes qué? Eso ya no me importa— comentó Itachi al mismo tiempo que meneaba la cabeza—. ¿Acaso no estás cansado de todo esto? ¿No estas cansado de luchar esta guerra sin sentido?

La quietud dentro de la habitación permaneció inmutable incluso cuando el caos reinaba en el exterior.

Sasuke se guardó la respuesta para sí mismo. Desde que tenía uso de razón, la lucha era una constante en su vida.

—Solo quiero preguntarte una cosa…— comenzó a decir su hermano mayor, y se humedeció los labios—. ¿Irás tras ellos?

A diferencia de Itachi, a Sasuke le resultó difícil resistir su mirada. Sus ojos no cesaban de hurtarse a él, lo aceptaban solo un momento, de pasada, y enseguida parpadeaban para volverse hacia la pared. Al final se rindieron y lo miraron a la cara, aunque un poco de refilón.

—Debo hacerlo— dijo con expresión de abatimiento.

—Así que esa es la razón por la que estás aquí, para conocer su paradero.

Sasuke sintió que le caía un gran peso encima. Era una responsabilidad tremenda. Sin más preámbulos, asintió con gesto grave.

—¿Sabes lo que sucederá con ellos?— inquirió—. Sakura será ejecutada de inmediato, por otro lado, a Shisui lo juzgaran y eventualmente van a colgarlo en el muro.

—Itachi…— suplicó Sasuke.

—¿Y qué harás después de esto?— continuo, haciendo caso omiso al tono quejoso de su hermano menor—.Te convertirás en General, te casaras con una mujer que esté a tu altura e intentaras embarazar a una o dos kunoichis para cumplir con el retorcido programa de Orochimaru.

Después de un nuevo e infructuoso intento por mantener la compostura, se vino abajo.

—Itachi, detente— las lágrimas ardientes que seguían saliendo de sus ojos se transformaban en mezquinas lágrimas de ira—. Lo único que conseguirás con esto es que te maten, van a descubrirte y ejecutarte.

—No le temo a la muerte, Sasuke— suspiró Itachi con tono de abatimiento—. Pero no continuare con los brazos cruzados.

Durante un brevísimo instante se dio cuenta de lo poco que sabía de cuanto pasaba realmente por la cabeza de su hermano mayor, puesto que por un segundo se le cayó la máscara y su rostro se agrió con una expresión de autentica tristeza. Se asustó. Para haber dejado entrever, aunque solo fuera por aquel instante, sus verdaderos sentimientos, su mente tenía que estar ocupada en cosas muy importantes.

Cuando Itachi salió de la habitación, Sasuke tenía un nudo en la garganta y las lágrimas descendían por sus mejillas a goterones. No había nada que pudiese hacer al respecto. El día de elegir entre el honor y el deber había llegado.

Continuará

¡Saludos, gente bonita!

Espero que se encuentren muy bien. Después de pasar algunas semanas escribiendo y editando el capítulo, por fin regrese con una actualización.

El día de hoy tengo muchos comentarios que hacer al respecto, así que, prepárense porque es mucho texto:

Quería marcar una diferencia entre el inicio y el final. Como podrán apreciar, la primera escena se suscita con el recuerdo de la promesa de Sasuke y en la última podemos apreciar el debate en el que se encuentra inmerso, esta incapacidad de cumplir con su palabra y tener que ir en contra de ella a causa de su posición y de su padre.

Debo admitir que cuando comencé a escribir la historia, la idea del triángulo amoroso pisaba firme. Como podrán ver, Shisui es un aliado y, hasta cierto punto, una especie de camarada para Sakura. Si no termine de desarrollar esta parte fue por los agujeros argumentales que no fui capaz de llenar, pero disfruto mucho escribir otros ships.

Si bien, Sakura había asesinado a otras personas en batalla, me pareció pertinente plasmar en esta escena lo que sentía en ese momento. Ella sigue siendo una ninja médico y, como tal, todos los médicos realizan un juramento donde no mataran. Fue una pauta para la introspección y el desarrollo de personaje.

Sin nada más que añadir, esto es todo por el momento. Espero, de todo corazón, que el capitulo haya sido de su agrado. Intentare regresar pronto con más.

Como siempre, gracias infinitas por el apoyo y la infinita paciencia que me brindan. Tengan por seguro que estoy atenta de todas y cada una de sus interacciones, sobre todo de los lindos reviews que me dejan.

¡Cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

¡Nos leemos pronto! ¡Saludos!