Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Advertencia: Este capítulo contiene escenas explícitas de tortura que pueden resultar perturbadoras o desencadenar malestar emocional. Por favor, ten en cuenta que estás escenas son ficticias y se presentan con el propósito de avanzar en la trama y el desarrollo de los personajes. Si eres sensible a este tipo de contenido o consideras que puede afectar tu bienestar, te recomiendo omitir la lectura de este capítulo (específicamente los POV d Sakura). Recuerda que tu salud y tranquilidad mental es mi prioridad. Si decides continuar, hazlo con discreción.

Heredera de la Voluntad de Fuego

XXI

El interior del carromato se le antojaba como un ataúd. Era, en realidad, un coche funeral y Sasuke era su sepultero.

Cualquier cosa era mejor que aquella terrible incertidumbre. La emoción de tristeza que la había embargado cedió a otra de ansiedad, como si un sexto sentido le advirtiera el desastre que se cernía sobre ella.

Al cerrar los ojos, la imagen del cuerpo de Shisui acudió a su mente: antes de subirlo a otro camión, atisbó en el interior de la bolsa medio abierta el cuerpo del comandante. Su ropa estaba empapada de sangre y una gelatina grisácea colgaba sobre le quedaba de pelo.

Las lágrimas resbalaron sin piedad por sus mejillas como un torrencial de impotencia y horror.

No cabía la menor duda. Era difícil asumirlo, pero Shisui se había convertido en un cadáver, el de una persona que simplemente intentaba ayudarla a escapar.

Estaba agotada, deshecha, calcinada, sin raíces y sin esperanza. Ya no podría encontrar al camino que la condujera a casa.

Sintió un frenazo, oyó las pesadas puertas del camión que se abrían rechinando.

Notó la presencia de Sasuke antes de contemplarlo. No pudo evitar tensarse cuando su rostro estuvo a centímetros del de ella. Su expresión se transformó gradualmente, pasando de una fachada de fría determinación a una de profundo arrepentimiento. Era como si el peso de sus actos comenzara a estrujarle el alma y tomara conciencia de las consecuencias de sus decisiones.

Con las manos temblorosas, la despojó del bozal que cubría su boca, rozando tentativamente la mejilla de la kunoichi. Ella cerró los ojos con fuerza, su cuerpo temblaba, al notar esto, Sasuke apartó la mano, como si se la hubiese escaldado por la intensidad de sus emociones.

—Itachi fue encarcelado. Aún no hemos identificado a los demás miembros de la Resistencia—la voz de Sasuke sonaba ahogada por el arrepentimiento, apenas audible por encima de un susurro—.Si no les dices quienes son… no puedo hacer nada para ayudarte.

Dubitativo, Sasuke entrelazó su mano con la de Sakura, esperando que ella rehuyera su tacto, pero en su lugar dejó escapar un suspiro entrecortado.

—Por favor, Sakura, dejame salvarte—sus palabras estaban cargadas de remordimiento.

Desvió la mirada, incapaz de soportar el dolor que le había infligido a la persona que más amaba.

Fue entonces cuando escuchó voces no muy lejos de donde se encontraban.

En un acto reflejo, el Uchiha apartó la mano y la colocó sobre su regazo.

Con sus botas lustrosas y su impecable uniforme de comandante, Obito se materializó ante ellos con una sonrisa victoriosa y una expresión pletórica decorando su rostro desfigurado.

—Hola, querida—la saludó. Sakura cerró los ojos y dejó escapar una maldición interna. La mirada de Obito viajó de la kunoichi encadenada hasta Sasuke—.Hiciste un buen trabajo, muchacho. Gracias por tu esfuerzo. Ahora Sakura está en buenas manos.

La aludida notó una oleada de náuseas debido al miedo escalofriante. El entorno a su alrededor pareció desvanecerse, los ruidos se volvieron susurros indistinguibles y el aire se tornó espeso. Su respiración era superficial y entrecortada al mismo tiempo que su pecho se comprimía bajo la opresión del pánico.

—Sakura está en buenas manos—anunció Obito, sonriendo—.Yo estaré aquí como su defensor. Piensa en mí como tu ángel guardián.

Su corazón latía rápidamente, casi fuera de control. Una fina capa de sudor cubría su frente, y una sensación opresiva se cernía sobre ella, como si el pasado intentase arrastrarla de vuelta hacia una oscuridad de la que había luchado por liberarse.

Las miradas de ambos comandantes colisionaron, la de Sasuke, desafiante y la de Obito, altiva. Sabía que, debido a los estrictos rangos militares, estaba por encima del menor de los Uchiha. En aquel lugar desconocido la jurisdicción de Sasuke era inexistente.

Sin más preámbulos, se puso de pie y bajó del furgón, no sin antes echar un vistazo rápido por encima del hombro a Sakura, un gesto que no pasó desapercibido para ella.

Antes de llegar a recomponerse del todo, dos hombres la levantaron de un tirón y la pusieron en marcha.

Presa del miedo, la obligaron a ingresar por un pasillo iluminado con luces rojas, sus dos acompañantes avanzaban con grandes zancadas, y ella dando traspiés. A través de las puertas cerradas, se oían gritos y el restallar de latigazos. No era capaz de distinguir si se trataba de hombres o mujeres, a la hora de la tortura todos sonaban igual.

Cada paso que daba resonaba en el en el silencio ensordecedor, incrementando la ansiedad que se arremolinaba en su interior. El ruido de sus propios latidos retumbaba en sus oídos, mezclándose con el llanto agónico de los prisioneros.

Con cada respiración, Sakura tenía la impresión de que el aire se le escapaba en jadeos entrecortados. Trataba de mantener la calma, aunque, en realidad, estaba paralizada: la opresión en su pecho le impedía inhalar profunda y regularmente. El terror latente en su ser se manifestaba en una respiración agitada, que solo servía para aumentar la sensación de vulnerabilidad que la cobijaba en ese lúgubre lugar.

A través del recoveco que formaba una puerta entreabierta, vislumbró a una mujer colgada, sus manos estaban atadas por una soga que había en el techo, sollozaba y se retorcía violentamente mientras un hombre gritaba de dolor a su lado.

Los dedos de Sakura se contrajeron.

Cuanto más avanzaba por el interminable pasillo, aquellas suplicas se intensificaban, inundando su conciencia con una carga emocional abrumadora. Eran lamentos desgarradores, una sinfonía desesperada que viciaba el ambiente y se clavaba en lo más profundo de su mente. Cada grito era un espeluznante recordatorio de la crueldad y el sufrimiento que los Uchiha desplegaban a su alrededor.

Los hombres la obligaron a ingresar a la celda, arrojándola con fuerza contra el suelo frio. El impacto resonó en cada hueso de su cuerpo, dejándola momentáneamente aturdida. Enfocó la visión borrosa en los dos pies cubiertos por un par de botas lustrosísimas. Tembló en violentos espasmos de miedo cuando levantó la cabeza para verle. Desde su patética posición, sus ojos se volvieron a encontrar. La presencia de Obito provocó que un escalofrió de terror recorriera su espalda.

La puerta se cerró con un estruendo detrás de ellos, dejando a Sakura atrapada en un espacio opresivo y siniestro. Sus miradas relataban la historia pasada y la conexión enfermiza e inquebrantable que había entre ellos. Al igual que la primera vez que la capturaron, el distinguido Comandante era el encargado de interrogarla.

Obito se acercó a ella con pasos decididos y, sin previo aviso, descargó un golpe brutal en su rostro; su puño impactando con fuerza en su mejilla. El dolor se extendió en un estallido ardiente. La habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor mientras las lágrimas amenazaban con brotar, pero se contuvo, manteniendo la mirada firme y desafiante.

—Eres una mujer malvada—escupió el Comandante—. Has causado tanto dolor—la culpó—. Espero que estes contenta contigo misma—habló con voz llena de acritud.

La pesada puerta volvió a abrirse, desvelando la presencia de tres hombres diferentes. Dos de ellos la alzaron del suelo con brusquedad. La acostaron en un catre metálico, helado, duro y le ataron los tobillos y las muñecas con correas de cuero.

Rikui Okanari—lo saludó Obito. Se trataba de un hombre mayor, su cabello era platinado a causa de las canas. Llevaba unas gafas de montura y portaba el uniforme típico de los Uchiha.

Su presencia agravó la tensión en el ambiente.

Con una sonrisa maquiavélica, Obito dijo:

—El Teniente Okanari tiene algunas preguntas para ti. Estoy seguro que quieres ayudar, ¿verdad?

El hombre se acercó a ella. De manera autómata, la kunoichi comenzó a forcejear.

—No, no, no, no—susurró—.No hay nada que temer—sonrió al mismo tiempo que acariciaba su mejilla—. Tan solo vas a decirme dónde están los miembros de la resistencia. Eso nos evitará muchas molestias a los dos.

Bajo la mirada contemplativa de Obito, el Teniente se situó en medio de la habitación.

—¿Quiénes son los demás miembros de la Resistencia, Sakura?—la interpeló.

—No lo sé—respondió con la voz más firme que pudo articular.

—Veo que no vas a cooperar, Sakura. Es una lástima—suspiró Okanari—.Mis hombres tendrán que cumplir con su deber, yo no puedo interceder.

Hubo un breve silencio a su alrededor y ella hizo un esfuerzo desmesurado por trasladar su memoria a otro pensamiento en concreto, pero se le enredaron las ideas y ya no sabía si estaba soñando, ni de dónde provenía la pestilencia de la sangre y los bramidos cercanos y precisos.

Uno de los guardias descargó un golpe brutal en su estómago. El impacto fue devastador, obligándola a retorcerse del dolor y dejándola sin aliento. Un grito de genuina agonía escapó de sus labios a la vez que el aire se le escapaba de los pulmones, dejándola con una sensación asfixiante.

El miedo la venció por completo.

—¿Estás bien?—Preguntó el hombre de cabello cano con el ceño entre fruncido y una falsa expresión de consternación desfigurando su faz. Sakura lanzó un gemido de dolor—.Tan solo quiero que me digas los nombres de las personas que conforman la Resistencia—repitió.

Voces desconocidas la presionaban, entendía el nombre de Itachi y Shisui, pero no sabía lo que le preguntaban.

—¿No tienes respuestas?—Enarcó una ceja—. ¿Estás segura, cariño?

Sakura negó con la cabeza. No podía pensar, sólo repetir no y no y no, calculando cuanto podría resistir antes que se le agotaran las fuerzas, sin saber que eso era sólo el comienzo.

—Sakura es una chica lista, estoy seguro que solo necesita un "empujón" para hacerla hablar—escuchó decir a Obito al otro lado de la habitación.

El hombre negó con la cabeza a la par que dejaba escapar un suspiro derrotado.

—Comprendo perfectamente tu situación, querida. Estabas enamorada de Shisui y tal vez por eso proteges a los demás. Mis hombres no se van a conformar hasta que no les digas dónde están los miembros de la Resistencia. En realidad ya los tienen cercados, saben dónde están, los atraparan, pero queremos estar seguros de que la información proporcionada por Itachi sea cierta. Si te niegas a hablar, esto continuara. Diles lo que quieren saber.

Trató de aclarar sus ideas, pero estaba atormentada por el dolor de la paliza, el terror de las pisadas que se acercaban, los gritos y las órdenes.

Lo peor llegó cuando se negó a responder por tercera ocasión. Cansado por su actitud, el teniente le cubrió el rostro con un paño. Con movimientos lentos y deliberados, vertió el líquido frío sobre el trapo; el agua se infiltró rápidamente a través de la tela, empapando su boca y nariz, privandola gradualmente de oxígeno.

Al igual que las otras veces, su cuerpo se contrajo en violentos espasmos; sus pulmones luchaban desesperadamente por tomar una bocanada de aire, pero aquellos intentos sólo abrían paso a que el líquido se filtrara por sus fosas nasales, dejando una sensación de escozor por su garganta.

En medio de la tortura, Sakura tuvo una revelación: era una estupidez jugar con quienes tenían un control absoluto sobre ella. No les hacía gracia; claramente, el teniente y Obito creían que no apreciaban todo el alcance de su poder.

—Muy bien, Sakura. Voy a preguntártelo nuevamente—escuchó decir al teniente—. ¿Quiénes son los miembros de la resistencia?

—N-no lo sé…

Dirigiéndose a ella, concluyó:

—Espero que aprendas a ser más agradecida.


El cadáver de Shisui yacía sobre la plancha metálica, desnudo. Lo habían despojado de su ropa. La ninja médico encargada de la morgue fue lo suficientemente amable para limpiarle el rostro y remover los remanentes de sangre seca dispersos sobre su piel.

Sintió como si tuviera ganas de vomitar.

—Conseguimos rescatar las córneas. Al ser un usuario del Mangekyou Sharingan, el General ordenó removerlas para resguardarlas.

La breve explicación consiguió apartarlo de sus pensamientos un momento, sin embargo, su mirada continuaba fija en el punto negro instalado en su sien. Ahí donde un proyectil metálico atravesó su cráneo, llevándose a su paso una mezcla de masa encefálica y sangre.

La rabia recorría su cuerpo entero con tanta fuerza y poder que estaba casi a punto de temblar. Sus sentimientos que habían enmudecido durante tres horas, comenzaban a aflorar.

Si bien, el lazo que compartía con Shisui era distinto al de Itachi, eso no le restaba importancia al hecho de que siempre fue una presencia constante en su vida, desde que tenía uso de razón. Verse obligado a asesinar a su mentor despertó en él una serie de emociones y sentimientos a las cuales no era capaz de ponerles nombre.

Sasuke hizo rechinar sus dientes. Se dijo que tenía que ser paciente y se lo repitió una y otra vez, aunque estuviera viendo a su maestro muerto en la plancha. Entonces, su mirada volvió a buscar el rostro de Shisui. Sintió que estaba a punto de llorar.

Escuchó la puerta abrirse y se oyeron unos cuantos pasos a su espalda. La ninja médico colocó la bandeja de utensilios en una mesa cercana y adoptó la perfecta postura de un shinobi entrenado para la batalla

—Uchiha Jōsho—saludó la mujer formalmente.

Las pisadas se detuvieron. Le presencia del chakra poderoso de su padre hizo vibrar el ambiente, y la falsa tranquilidad de la morgue se eclipsó.

—Déjanos solos, por favor.

La kunoichi acató la orden, tal como estaba entrenada para hacerlo. De manera diligente, se precipitó a la puerta y abandonó el lugar.

Solo cuando se cercioro que estuviesen completamente solos, Sasuke se apresuró a hablar:

—¿Itachi lo sabe?—Preguntó, refiriéndose a la muerte de Shisui.

—No, pero supongo que puede intuirlo.

Fugaku dio un paso al frente y se situó a lado de Sasuke, sin que ninguno de los dos se molestase en devolverse la mirada, por el contrario, su atención seguía fija en el cuerpo inerte de Shisui.

—No se opuso. Sabía que estaban rodeados, nos detectó de inmediato. Pudo luchar y asesinarnos sin problema alguno, pero no lo hizo—la respiración de Sasuke se cortó un instante.

—Shisui era un hombre inteligente, sabía lo que le esperaba si conseguían capturarlo con vida—reconoció el general por lo bajo.

Sasuke cerró los ojos y trago grueso. Más que tristeza o temor, lo que rebosaba en su pecho era rabia. Se preguntó si su padre estaría siendo sincero o si fingía.

Sin más, alcanzó el borde de la sábana blanca y cubrió el cadáver, ocultándole el rostro.

Notó un peso sobre su hombro; el agarre de su padre, lejos de transmitirle consuelo, se le antojaba como una pesada carga. Sasuke sintió un escalofrío.

—Hiciste un buen trabajo, hijo—lo felicitó.

En el pasado, habría asesinado a un centenar de hombres con tal de escuchar a su padre decirle esas palabras, sin embargo, ahora solamente le generaban un profundo malestar. Su columna vertebral se estremeció de asco y furia.

Sasuke permaneció callado, volviendo la vista hacia el cadáver cubierto. Su cuerpo no se movió ni un centímetro, pero la tensión y el desprecio se acumularon en sus siguientes palabras:

—¿Qué harán con el cuerpo de Shisui?

—Será colgado en el muro.

En un acto reflejo, Sasuke le devolvió una mirada venenosa por encima del hombro.

—Lo conoces desde que era un niño, fue amigo de Itachi… un miembro de la familia—protestó.

—Shisui era un criminal, un traidor—dijo su padre—. ¿Y qué sucede con los criminales y traidores? Son colgados en el muro. No deberías sentir remordimiento.

Fugaku amenazaba con esbozar una sonrisa. No llegaba a hacerlo, pero la mera amenaza era un espectáculo pavoroso.

—Itachi… él también es un traidor—señaló—.¿Acaso permitirás que sea ejecutado?

Sasuke se vio obligado a sostenerle la mirada. Tras esos iris negros estaba el desprecio y la desilusión marcados en fuego.

—Tu hermano no será condenado a muerte, en todo caso, lo despojaran de su Sharingan y lo removerán del cargo.

Sasuke observaba el hombre que alguna vez fue una figura de autoridad y guía. En lugar de sentir el amor y la admiración de antaño, una ola de profunda decepción invadió su ser. Sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y desprecio al ver al hombre que ahora no era más que una sombra malvada y cruel.

Las acciones siniestra de Fugaku habían dejado una estela de dolor y sufrimiento a su paso. El poder y todo lo que implicaba, revelaron la verdadera naturaleza del hombre que se suponía debía protegerlos y amarlos.

—Haruno Sakura…—masculló Sasuke.

—La condenarán a muerte.

Su corazón se detuvo en seco. Aquella revelación se estrelló contra él como una ola de desesperación de angustia a la par que un torrente de emociones inundaba su ser: impotencia, cólera y un profundo dolor se entrelazaban en su interior.

—Una vez que nos otorgue la información que necesitamos, la desgraciada recibiría su merecido—Fugaku escupió las palabras como si se tratara de una ofensa, aun sin disipar el desprecio en su mirada—. Tal vez es lo que debimos hacer desde el comienzo—susurró.

Sasuke frunció el ceño y desvío la mirada. Hasta hace unas semanas, él y Sakura se habían jurado amor eterno, evidentemente eso no le convenía. Si la noticia llegaba a oídos de su padre, no dudaría en ejecutarlo y cegarlo del muro. Era el honor ante el deber. Tal como se lo había dicho Itachi en más de una ocasión.

—Demostraste tu capacidad—comenzó a decir Fugaku con un tono de voz adusto—. Pero en el futuro, debes aprender a controlar tus sentimientos.

Sasuke estrujó los puños.

—N-no puedo hacerlo—admitió mientras exhalaba el aire atrapado en su pecho.

—¿No puedes?—Era evidente que su padre estaba molesto.

Un fuego como el de mil infiernos invadió las venas de Sasuke.

—Quiero renunciar.

Fugaku abrió los ojos como si estuviera desconcertado, pero enseguida volvió a sonreír.

—No puedes hacerlo, Sasuke.

El aludido entrecerró los ojos como si estuviera mirando algo asqueroso.

—Hice lo que querías, descubrí a la Resistencia, tienes a Itachi, Sakura y Shisui está muerto—contestó Sasuke.

Fugaku se quedó mirándolo fijamente.

—Sí, todo eso tiene importancia, sin embargo, siempre creí que, cuando llegara el momento, harías lo que había que hacer.

Sasuke frunció el ceño y adelantó el labio inferior, como si aquello tuviera para él algún interés.

—Eso… no es el hombre que quiero ser.

El rostro de Fugaku mostró una pequeña sonrisa. Hablaba como si estuviera compartiendo un secreto.

—¿No eres el hombre que querías ser?—Preguntó—. Tú no puedes decidirlo.

Las palabras brotaron de su boca y cayeron como peso muerto en el estómago de Sasuke, estrujando el nudo que subía hasta su garganta y lo hacía temblar.

La mirada de Fugaku se deslizó de nuevo hacia el cuerpo de su antiguo subordinado.

—Toma el resto del día libre. Necesitas descansar y despejar tu mente–dijo Fugaku en tono condescendiente—. Claramente el estrés de los últimos días te afectó.

La respuesta de Sasuke se vio interrumpida cuando dos hombres ingresaron a la morgue. Con facilidad, resguardaron el cadáver de Shisui en la bolsa negra donde lo habían transportado.

Se mantuvo de pie, inerte, sintiéndose como una estatua sin vida que un ser humano.

—Eres mi hijo, Sasuke. No puedes renunciar a esto—recitó su padre antes de seguir los pasos de sus subordinados.

El Uchiha simplemente se limitó a tragar grueso.


La habían recluido en una celda de aislamiento aproximadamente cuatro pasos por cuatro Tenía un camastro, pero sin colchón. Había un cubo, que dedujo era para los excrementos humanos, porque vio restos dentro y el olor se lo confirmó. La única luz que ingresa era la que se colaba desde el pasillo, a través de la ranura por la que pronto meterían los consabidos bocadillos. Pudrirse en la oscuridad, ese era el plan que le aguardaba.

Tanteó alrededor en la penumbra, encontró la tabal del camastro y tomó asiento con dificultad. «Voy a resistir—pensó—. Lo conseguiré».

Acertó, pero por poco. Le sorprendió comprobar con qué rapidez se perdía la entereza en ausencia de otras personas. Una persona sola no es una persona completa.

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto. Cada tanto, se descorría la mirilla y un soldado le echaba un vistazo. Cada tanto, se oía un grito o una serie de alaridos en las inmediaciones: alardes de brutalidad. A veces llegaba un gemido prolongado; a veces, una serie de jadeos y resuellos roncos que sonaban sexuales, y probablemente lo eran. La indefensión los enardecía.

Trató de llevar la cuenta de los días transcurridos desde su detención, pero la soledad, la oscuridad y el miedo trastornaron su sentido del tiempo y le dislocaron el espacio, creía ver a las personas que habían muerto a su alrededor, imaginaba que la habían drogado y por eso sentía los huesos flojos y las ideas dispersas, se proponía a no comer ni beber, pero el hambre y la sed eran más fuertes que su decisión.

En cuanto a los sonidos, no sabía si eran reales o meras grabaciones destinadas a destrozarle los nervios y quebrantar su determinación.

Un día, sin previo aviso, tres hombres entraron a su celda sin avisar, le apuntaron a los ojos con una luz cegadora; sus dedos, firmes y huesudos, se clavaron en las partes blandas de su cuerpo. Cuando sus piernas le fallaron, la tiraron al suelo al mismo tiempo que uno de los guardias la atacó con una especie de Jutsu desconocido.

Sakura gritó y sus extremidades cedieron. Una mano en su cabello la mantuvo en su lugar. Su cuerpo estaba empapado de agonía hasta que sus músculos comenzaron a tener espasmos tan violentos que pensó que sus tendones podrían romperse. Gritó hasta que su garganta quedó en carne viva y su voz se desvaneció en sollozos.

—Todavía está viva—escuchó decir a uno de los hombres a la par que se colocaba en cuclillas frente a ella y revisaba sus signos vitales—. Levántenla, a ver su todavía está lúcida.

Una vez más, manos ásperas la obligaron a ponerse de pie. El dolor atravesaba su cuerpo como si estuviese envuelta en fuego. Incapaz de moverse, sintió que sus entrañas se retorcían en apretados nudos, tratando de escapar de la agonía. Su cabeza latía mientras el suplicio crecía y crecía sin ningún alivio.

La llevaron a rastras por el largo pasillo y la metieron dentro de un coche, un furgón.

Sus acompañantes ni siquiera se inmutaron en sentarla. Yacía en medio del furgón, encogida en posición fetal, envuelta en harapos, temblando. Era como si sus nervios estuvieran desollados. El mundo a su alrededor era un borrón de sonido y suplicio.

Ninguno de los hombres dijo nada; ella era simplemente un fardo que debían transportar.

El furgón se detuvo frente al muro. Al igual que las otras veces, los soldados la obligaron a bajar, sosteniéndola por ambos brazos.

Obito la recibió con una sonrisa discreta.

—Es hora de dar un paseo—anunció.

Para su sorpresa, lejos de amedrentarla o descargar su frustración con golpes, la tomó firmemente de un brazo y la ayudó a desplazarse lentamente por el concreto.

Con cierto alivio pensó que su momento había llegado. Por fin la liberarían del tormento. No importaba si lo hacían colocando una soga alrededor de su cuello o de la forma más letal. A final de cuentas, aquel era su destino y no había nada que pudiese hacer para cambiarlo.

Junto a la entrada principal colgaban seis cadáveres del cuello, con las manos atadas delante y las cabezas envueltas en bolsas blancas ligadas por encima de los hombros. Esa mañana temprano debieron haber realizado una serie de ejecuciones.

Obito la obligó a detenerse, como si respondiera a una señal.

—Mira hacia arriba, Sakura, creo que los conoces—dijo Obito.

Los fanales esmeralda de la kunoichi se elevaron hasta recaer en el primer cuerpo: la bolsa que le cubría el rostro llevaba pintado el emblema que utilizaban a los Uchihas para identificar a sus comandantes.

El sol abrasador del mediodía iluminada el pérfido escenario frente a ella. El cadáver de Shisui era exhibido como un trofeo de la implacable muestra de justicia. Parecía una muñeca a la que todavía no le habían pintado la cara; o un espantapájaros, que en cierto modo eso eran, porque estaban puestos para espantar.

—Shisui Uchiha—espetó Obito—.Afamado comandante. Shinobi temido en el campo de batalla y muy útil para nosotros cuando estuvo a nuestro servicio—continuó diciendo—.Es una pena que un soldado como él haya muerto bajo tales circunstancias. Si tan solo tu hubieses sido igual de inteligente que Shisui, considerarías haberte lanzado al vacío.

Aterrada, Sakura cerró los ojos con fuerza. Un profundo remordimiento la sacudió. En su interior, sentía cómo su corazón se retorcía, atormentado por la culpa.

El nudo instalado en su garganta se tornó más apretado, ahogándola con un torrente de arrepentimiento. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, dejando un rastro salado a su paso. La aplastante carga de la responsabilidad caía sobre sus hombros, sabía que ella había contribuido de alguna manera a la tragedia que se desarrollaba ante ella.

Obito la tomó por la barbilla, obligándola a mantener la mirada fija en los cadáveres colgantes. El apretón era tan fuerte que no pudo contener un chillido de dolor.

Lo último que Sakura quería contemplar era el fatídico destino de Shisui. No deseaba mirarlo, no quería ver su cuerpo pendiendo de una cuerda, no después de todo lo que había ocurrido entre ellos dos.

—La otra chica, también la conoces a la perfección—susurró Obito—.Trabajaba para el General y su esposa. Tamaki, ¿la recuerdas?

Un grito atrapado emergió de su garganta. La realidad se retorcía ante ella, desgarrando las fibras de su ser y arrojándola a un abismo de culpa sin fondo. El mundo se había vuelto en su contra, castigándola por sus propias faltas y errores.

Incapaz de mantenerse un momento más de pie, cayó de rodillas en el suelo. Los ojos le escocían a causa de las lágrimas, su garganta se contrajo y, sin más remedio, se dobló y vomitó tan violentamente que sintió un dolor desgarrador en la espalda mientras su cuerpo convulsionaba.

—Tu hiciste esto, Sakura, nadie más—Obito parecía divertirse—.Haruno Sakura fue el verdugo de Uchiha Shisui y Tamaki.

La aludida lloraba encorvada hacia delante, con las manos apoyadas en el suelo. Su cuerpo se agitaba sacudido por pequeñas convulsiones y de su garganta solo brotaban sollozos entrecortados. Su llanto era un torrente incontrolable de angustia y desesperación. Cada lágrima que escapaba de sus ojos reflejaba el dolor emocional que la carcomía por dentro. El sufrimiento se reflejaba en sus ojos enrojecidos y vidriosos, mientras que su boca se contorsionaba con la agonía que afloraba desde lo más profundo de su ser. Era una escena visceral, cruda y agónica.

—Oh, por favor, querida—dijo Obito. Su silueta se acercó a ella y la sostuvo por el brazo con garras de acero antes de que pudiera colocarse de pie otra vez—. ¿Crees que esas lágrimas bastaran para salvarte de tu destino?

Sakura jadeó.

—¿Quién los mató?—quiso saber. La kunoichi negó con la cabeza—. Sakura—volvió a llamarla. Sostuvo su quijada y la forzó a que mirara los cuerpos de Shisui y Tamaki—. ¿De quién fue la culpa?

—M-m-mía—dijo con labios temblorosos.

Una sonrisa abarcó el rostro del comandante, prolongándose con la misma velocidad con la que ella abandonaba toda esperanza. Obito había conseguido lo que ninguna otra persona logró en tres años de tortura. Ese hombre la mantenía muerta en vida. La había despojado de su voluntad y las ganas de continuar luchando.

—¿Quién los obligó a traicionarnos?—indagó el Uchiha.

—Y-yo, yo lo hice—sollozó—. Fue mi culpa, mi culpa.

Su rostro pálido y desencajado reflejaba el choque de la realidad que la rodeaba, como si estuviera luchando por comprender la magnitud de lo que estaba presenciando.

—Eres una buena chica—lo escuchó susurrar, triunfal—. Ahora que has admitido todo, ¿vas a decirme quienes forman parte de la Resistencia?

Derrotada, se derrumbó, cayendo de rodillas en el suelo con un temblor incontrolable que sacudida su cuerpo. Su mente y espíritu estaban destrozados, el peso de todo lo que había soportado hasta el momento consiguió quebrantarla por completo.

El aire a su alrededor era espeso y opresivo, como si hubiera perdido la capacidad de respirar adecuadamente. Cada parte de su cuerpo se contraía en espasmos ante la respuesta involuntaria del trauma acumulado, la manifestación física del tormento emocional la había consumido.

—Lo haré, lo haré—dijo entre sollozos—. Le diré todo, todo lo que quiera saber—gimió.

Obito esbozó otra sonrisa victoriosa.

—¿Lo ves? Eso fue sencillo. Si hubieses respondido de esa forma desde el inicio habríamos evitado todo esto ¿verdad?

Sakura asintió en automático.

El comandante suspiró profundamente y luego se dirigió a uno de los soldados que la custodiaban.

—Llévenla de regreso al cuartel. Asegúrense de que tome un baño, coma algo y descanse. Yo me encargare de dirigir el último interrogatorio—ordenó.

Sakura se encontraba en el punto más bajo de su resistencia. Dos manos la levantaron. Su cuerpo aún estaba convulso y su mente agotada por el horror que había presenciado.

Mientras caminaba hacia adelante, en dirección al furgón, sus ojos se desviaron involuntariamente al macabro espectáculo que protagonizaban sus amigos.

Una súplica silenciosa escapó de sus labios. La voz en su interior, atiborrada de desesperanza, clamaba a gritos a cualquier dios que terminará con su vida en ese mismo instante.


Uchiha Sasuke estaba en el infierno.

Tras escuchar la puerta abrirse, en un gesto casi reflejo, se removió en su silla detrás del escritorio y clavó su atizada mirada en la joven asistente, sin estar mirándola realmente; sus ojos ébano, perdidos en algún punto del plante, en cualquier fragmento del tiempo.

La secuencia de la muerte de Shisui se reproducía en su mente una y otra vez; su cabeza se había convertido en una mezcla de sangre, piel y huesos rotos.

Cansado, tragó grueso y restregó una mano contra su rostro, intentando disipar el mal recuerdo y la sensación de arrepentimiento que le oprimía el pecho en cada ocasión que pensaba en su antiguo mentor y su cruel final.

—¿Sasuke-sama?—Lo llamó la joven tímidamente; materializándose en el espacio que formaba la puerta entreabierta.

Aun medio atrapado en la telaraña del recuerdo, el Uchiha parpadeó, aturdido. Justo frente de él estaba Kei, su nueva y diligente asistente, contemplándolo con el ceño fruncido y un rictus de tensión en los labios.

—Lamento interrumpirle. Sólo quería notificarle que el reporte de la semana está finalizado—colocó con delicadeza una torre de papel sobre el escritorio.

—Gracias, Kei—miró con desagrado los folios amontonados—.Puedes retirarte a casa. Es todo por hoy.

La chica esbozó una pequeña sonrisa a la par que realizaba una leve reverencia a manera de despedida.

Una vez cerró la puerta a sus espaldas, Sasuke volvió a recostarse en el respaldo de la silla y cerró los ojos. Iba a necesitar de un somnífero para conciliar el sueño esa noche.

La forma en que Sakura lo contempló al momento de su captura quedó grabada a fuego en su memoria: sus ojos verdes transmitían decepción, rencor y miedo. En ese instante, supo que todos los esfuerzos realizados por ella y Shisui se fueron al traste cuando sus hombres dieron con ellos.

Escuchó el murmullo de las pisadas al otro lado de la oficina. Sasuke rodó los ojos hacia la fuente de sonido.

La llamada no lo tomó por sorpresa. La persona al otro lado de la puerta tocó tres vez, anunciando su presencia de manera innecesaria.

—Ya te lo dije, Kei. Eres libre de marcharte a casa—espetó.

La puerta se abrió a medias, desvelando la imponente figura de Uchiha Obito a través de la rendija que había creado.

—Me temo que no soy la adorable Kei.

—Comandante—gesticuló Sasuke colocándose de pie para saludarle formalmente. Aun así, fue incapaz de ocultar la sorpresa que surcaba su faz.

—Y por la expresión en tu rostro, tampoco soy la persona que esperabas ver—dijo, tomando asiento en una de las sillas disponibles frente al escritorio.

Quería pretender que su visita no lo tomó por sorpresa, pero vaya que lo había hecho. Obito era un ave de mal augurio. Cualquier asunto que deseara tratar con él, en definitiva, no sería nada bueno.

—Con todo el alboroto de la captura de Itachi y la muerte de Shisui, no tuve tiempo de felicitarte como es debido—sonrió—. Debo admitir que es un logro impresionante. Nadie fue promovido en tan poco tiempo, ni siquiera tu hermano—agregó, cruzó las piernas y se inclinó un poco en el asiento.

Tal vez su superior imaginaba que aquellas palabras lo harían sentir orgulloso, pero en realidad, la culpa era como un ácido que corroía su alma al punto de consumirlo. Lo único que veía eran sus manos manchadas de sangre.

—Gracias, Comandante—murmuró sin ánimos.

La sonrisa de Obito se amplió.

—No hay necesidad de mostrar tanta humildad. Esto te lo ganaste a pulso, muchacho—se echó hacia atrás el cabello y se volvió a frotar las manos. Hablaba como si estuviera compartiendo un secreto.— Se supone que no debería contarte esto, ni a ti ni a nadie, pero te diré la verdad… creí que no conseguirías completar la misión.

Sasuke frunció el ceño.

—Aun así, siento que no fue lo correcto—admitió.

Obito se quedó mirándolo fijamente.

—Oh, por supuesto, es una lástima lo que sucedió con Shisui. Sin embargo, era un traidor.

La mirada de Sasuke viajó de Obito hacia la superficie del escritorio.

—Localizamos un dispositivo en la ropa de Shisui—comenzó a decir—, era diminuto, del tamaño de un guisante.

—Micropuntos. Es un mecanismo para intercambiar información—dijo Obito.

—¿Qué clase de información contenía?—quiso saber.

—Hummm…—murmuro el Comandante. Se reclinó en la silla y añadió—: Reportes de los próximos movimientos en el campo de batalla—observó a Sakura fijamente, quien clavó su mirada en él y permaneció en silencio—. Hasta donde sé, gran parte del fallo de las últimas incursiones militares se debían al intercambio de información con la Insurgencia, proporcionada por Shisui e Itachi.

Sasuke tuvo que controlarse para no soltar una maldición. Sabía que esa visita no era una reunión amigable. Obito quería ponerlo a prueba, enredarlo en la trampa psicológica.

—¿Ha finalizado con los interrogatorios de los culpables?—quiso saber.

—No—suspiró el comandante—. Debo admitir que la ninja médico es fuerte, pero estoy a punto de encontrar su punto débil.

—¿Qué sucederá con ella una vez que todo eso finalice? Supongo que van a condenarla a muerte—preguntó con cautela.

Obito asintió. Reprimió una sonrisa como si quisiera ocultar lo mucho que disfrutaba. Volvió a removerse en su asiento. Luego levantó la mirada y dijo:

—Eso sería lo más prudente, pero tu padre tiene otro plan para ella.

Sasuke torció el gesto.

—¿Qué tipo de plan?

Maravillado, el comandante levantó ambas cejas en un gesto de genuina expresión.

—¿No te lo contó?—Sasuke negó con la cabeza—. En ese caso, tampoco debería hacerlo. Es información clasificada. Deberás esperar hasta que sea haga el nombramiento oficial.

Sasuke lo observó perplejo y luego lo miró de reojo. Volvió la vista hacia el escritorio atestado de papeles.

—Supongo que debería marcharme—anunció Obito bajando la pierna y plantando ambos pies en el suelo—.Ve a casa a descansar, muchacho. Lo necesitaras.

Se puso de pie al mismo tiempo que pasaba las manos por su impecable uniforme. Sin agregar una palabra más, caminó hasta la puerta con paso decidido y la abrió de par en par.

—Y cambia esa cara, Sasuke. Después de todo, conseguiste salir airoso de la situación—sonrió de medio lado y se despidió con un movimiento de la mano.

Al cerrarse la puerta, la sensación de desasosiego recayó por completo en el fondo de su estómago, estrujándole las entrañas. Miró con ojos desorbitados un punto en la pared, deseando poseer la legendaria capacidad de reducir todo a cenizas con llamaradas oscuras.


Base de la Insurgencia. Ubicación desconocida.

Caminó por los pasillos de dos de los tres edificios de la base, casi vacíos a esa hora. El personal y la mayoría de los shinobis de alto rango estaban en una reunión especial con Kakashi, discutiendo los por menores de la captura de Sakura y el asesinato de Uchiha Shisui. Era un momento importante y decisivo para la Insurgencia; su principal fuente de información había desaparecido, con Shisui muerto y, probablemente, Itachi capturado, la Resistencia seria desmantelada tan rápido como el heredero de Fugaku Uchiha decidiera hablar. Aquella intrincada red que llevaba funcionando cerca de dos años comenzaba a desmoronarse.

A medida que se dirigía al ala de los dormitorios, sentía como sus pasos emulaban el rápido palpitar de su corazón.

Cuando llegó a su destino, se demoró varios segundos bajo la lámpara de la galería, sopesando sí debería, o no, continuar con su encomienda personal. Pensó en llamar con los nudillos a la vez que una insistente voz en su cabeza le decía que perdía el tiempo esperando. En su lugar, tomó una enorme bocanada de aire al mismo tiempo que se proponía a girar el picaporte. La puerta generó un chasquido y las bisagras chillaron, anunciando su llegada.

El calor ecuatorial del cuarto emitía una sensación paralizante. Las luces estaban apagadas y la única fuente de luminosidad se filtraba por las cortinas que cubrían la pequeña ventana que daba a los campos de entrenamiento. Naruto yacía en el suelo, con la espalda apoyada en la base de la cama y las piernas extendidas a la longitud del piso. Tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormido. Si se dio cuenta de su presencia, no lo hizo saber.

—¿Estás bien?—Preguntó, cautelosa.

Todavía recordaba con claridad la reacción del Uzumaki al enterarse de la captura de Sakura. Tuvieron que intervenir más de una decena de ninjas para contenerlo.

Kakashi había ordenado mantener una vigilancia continua. Todos en la base sabían de buena cuenta que no era bueno subestimar al hijo del Cuarto Hokage, si él llegaba a proponérselo, conseguiría escapar en un parpadeo.

—Ahora, no, Ino. Quiero estar solo.

La aludida cerró la puerta. Las bisagras volvieron a chirriar. Naruto no hizo nada para impedir que se quedara, pero su deseo era explícito y las palabras flotaban en el ambiente tenso.

—Sólo quería asegurarme que no hubieses escapado o hecho alguna estupidez—expuso Ino sin despegar sus ojos azules del semblante apesadumbrado de Naruto.

El joven alzó los párpados con cierta pesadez, advirtiendo que la temperatura del cuarto incrementaba. Suspiró, lentamente, cansado de la situación en la que se encontraba inmerso.

—¿Te envió Kakashi?—rebatió.

—No, vine por cuenta propia—se encogió de hombros.

Aquella respuesta fue suficiente para que Naruto consiguiera el valor de levantar la quijada y mirarla. Ino aguardó tranquila, de pie, a un lado de la puerta, mientras él continuaba alargando el silencio al punto de tornar complicado el simple hecho de respirar.

—Esos hijos de puta… esos bastardos consiguieron capturar a Sakura una vez más—cerró los ojos ante la inquisitiva mirada cerúlea—, y al igual que en ese ocasión, no pude hacer nada al respecto. Le fallé.

Al escucharlo sollozar, Ino se precipitó hacia el suelo y se sentó a su lado. La cercanía no obligó a Naruto a cambiar de posición. En su lugar, permitió que el llanto aflorara desde las profundidades de sus pulmones, tempestuoso, violento, desgarrador.

La última vez que lo contempló en ese estado de vulnerabilidad fue durante el funeral de Jiraiya. Shikamaru había sido el encargado en brindarle consuelo. Ambos pasaron toda una tarde charlando en la terraza, exponiendo la sinceridad de sus pensamientos.

—No fue tu culpa, Naruto.

El ceño del rubio no tardó en fruncirse.

—Por favor, detente. No quiero escucharte decir eso. Me hace sentir enfermo.

Gracias a una de sus tantas conversaciones, Ino era capaz de comprender que Naruto cargaba con la culpa sobre sus hombros. Desde la captura de Tsunade hasta la aprehensión de Sakura, se sentía completamente responsable de ambos hechos.

Sin pensarlo demasiado, Ino se colocó entre las piernas de Naruto. Acunó su rostro con ambas manos y lo obligó a mirarla a los ojos.

—Naruto, escucha—acunó su rostro con ambas manos y lo obligó a mirarla a los ojos—. Nade lo que sucedió ese día fue tu culpa. Hiciste todo lo que estaba en tus manos para salvarla—sus orbes continuaban nublados, pero continuaba atento a ella, consciente tanto de sus palabras como de su cercanía—. Llora todo lo que tengas que llorar, pero no podemos seguir así, no cuando Sakura está en peligro.

—No puedo salvarla—soltó en un susurró, librando una batalla interna que Ino desconocía—. No puedo hacerlo…

—Ambos iremos a buscarla y la traeremos de regreso cueste lo que cueste, ¿entendido?

Naruto sollozó.

En un gesto casi reflejo, Ino lo atrajo hacia ella. Él continuó llorando en silencio, temblando entre sus brazos. Se le humedeció la blusa, que quedó empapada de sus lágrimas y su aliento cálido. Los diez dedos de Naruto recorrían su espalda como si buscaran algo. Mientras sostenía su cuerpo, con la mano le acariciaba el pelo con la derecha. Se mantuvo en esa posición mucho rato, esperando a que su llanto cesara.

Él se apartó lentamente. Ino lo miró fijamente, expectante. No necesitaba consultar un libro para descifrar la expresión en su rostro. Podía percibirlo con el calor en su abdomen, la sensación obstructiva en su pecho y el latido en sus venas. La intensidad con la que la estudiaba.

Se acercó más. Ella contuvo la respiración. Entonces su expresión se endureció. Apartó las manos e hizo un ademán por levantarse.

Sin embargo, las manos de Ino lo detuvieron, agarrándolo de la camisa lo arrastró hacia atrás y presionó sus labios contra los de él.

No se parecía en nada a un beso lento y dulce como el de los cuentos de hadas. Se trataba de un gesto nacido de la rabia, la desesperación, vulnerabilidad y el deseo ardiente que amenazaba con quemarlos hasta el olvido.

Naruto se congeló cuando sus labios entraron en contacto con los de la heredera Yamanaka. De manera insistente, Ino profundizó el beso.

Él vaciló.

Era como si algo se rompiera en su interior. Como una presa que se desbordara e Ino se ahogara en él.

La rodeó con ambos brazos y la besó salvajemente.

El calor que los envolvía era como un reguero de pólvora.

Aquel beso era por partes iguales una liberación y una declaración, un testimonio del profundo dolor compartido y del anhelo de perdón. Cada caricia llevaba el peso de su historia común, la guerra, la muerte, la incertidumbre, agonía, desolación, tristeza.

Ino deslizó los dedos por sus hombros a la vez que una de las manos de Naruto se enredaba en su cabello, mientras que la otra bajaba y tiraba de blusa hasta destrozarla, desvelando la parte superior de su ropa interior. Palpó sus pechos lo suficientemente fuerza para obligarla a sisear contra su boca.

Ella lo besó profundamente mientras acariciaba su cabello y descendía por los tendones de su cuello.

Al cabo de unos segundos, se arrancaron la ropa. Pese a la desesperación y la insistencia con la que ambos actuaban, Ino se tomó el tiempo de acariciar su cuerpo, memorizando todos y cada uno de los contornos y cicatrices que lo conformaban.

Embelesado, Naruto arrastró las manos por sus curvas; le besó los pechos y enredó los dedos en las hebras casi plateadas, tirando de su cabello hasta arrancarle un gemido y obligarla a inclinar la cabeza hacia atrás.

Besó la unión que formaba su cuello y hombro, mordisqueó la piel a lo largo de su clavícula hasta llegar a un punto en el que ella gimió guturalmente y se arqueó contra él.

El encuentro fue rápido. Duro. No hubo nada de romance entre los dos, sino la colisión de dos fuerzas opuestas, dos almas buscando con desesperación un ápice de consuelo.

Naruto separó sus piernas y se hundió en ella con un empujón duro. Emitió n gruñido, hizo una pausa y la besó antes de comenzar a moverse.

Ino reprimió un grito de dolor y se obligó a no ponerse rígida o alejarse.

Dolía.

Sabía que podría hacerlo. Sin embargo, no se parecía en nada a lo que había imaginado.

No fue el dolor lo que la tomó con la guardia baja, sino la brusquedad de la embestida.

Quizás había asumido que hubo otros antes que él.

Por más enfermizo que pareciera, le alegró sentir dolor, experimentar algo en medio de la bruma de entumecimiento emocional en la que había estado inmersa en las últimas semanas.

En ese instante, Ino se percató que era mucho más grande que ella, su cuerpo prácticamente la envolvía. Sus manos estaban enredad en su cabello con tanta fuerza que apenas podía mover la cabeza cuando la miró a los ojos y se movió dentro de ella.

Su mandíbula estaba tensa; tenía el ceño fruncido y parecía molesto. Pero sus ojos… la intensidad en ellos mientras la contemplaba era abrasadora.

Se obligó a sí misma a no mostrar signos de incomodidad. Movió sus caderas para emular su movimiento y apretó alrededor de él mientras arrastraba las uñas por su espalda. Enredó sus piernas debajo de sus caderas para empujarlo más profundo.

Naruto siseó y dejo caer su cabeza contra su hombro a la par que las embestidas se tornaban más prolongadas y violentas. El ángulo de sus movimientos, la intensidad entre ellos no era solo suya. Ino gemía y jadeaba cerca de su oído..

Su ritmo vaciló un poco. Deslizó las manos fuera de su cabello y entrelazo los dedos contra los de ella. Para sorpresa de Ino, la besó de una manera que hacía que le doliera el pecho.

Naruto cambió el ritmo. Más lento. El ángulo era diferente; la forma en que sus pelvis se encontraban cuando empujaba dentro de ella había aniquilado el sentido de control de la Yamanaka, arrastrándola hacia el fuego del que no sabía cómo escapar o frenar.

Continuó penetrándola con abandono. El dolor se había reducido, incluso disipado en una bruma de deseo que se abría paso a través de sus nervios.

Bastaron unas cuantas caricias más, duras y profundas para que las caderas de Naruto se sacudieran. Dejó escapar un gemido y, a manera de derrota, posó la cabeza junto a la de ella. Su aliento se arrastró por la piel de la rubia mientras jadeaba cerca de su oreja y besaba su hombro.

Ino yacía inmóvil debajo de él. De repente se dio cuenta que las ásperas tablas del suelo le laceraban la piel y que la habitación estaba fría.

Permaneció presionado contra ella durante varios segundos y luego se tensó abruptamente y se alejó. Tenía una expresión tensa, y ni siquiera a miró mientras tomaba la ropa del suelo.

Ino se incorporó lentamente, contemplándolo con atención. Estaba cada vez más pálido. Su expresión era tanto de incredulidad como de horror.

—Mierda…—dijo en voz baja, pasándose la mano por el pelo.

Parecía extrañamente devastado.


República del Fuego

El despertar fue mecánico, casi por acto reflejo.

Sentía el estómago enroscado sobre sí mismo y un dolor atroz en la mandíbula de tanto apretar los dientes durante cinco horas seguidas. Tenía las sábanas pegadas al cuerpo. Bañada en su propio sudor y orina. El pulso le latía desbocado detrás de los globos oculares.

Lo primero que hizo fue girar sobre uno de los costados de su cuerpo y vomitar. Agobiada por el esfuerzo, cerró los ojos y se abandonó a la dulce ilusión de la muerte. Pero unos minutos más tarde despertó y al moverse sintió que le dolía hasta la última fibra del cuerpo.

Cuando se disponía a cerrar los ojos por tercera ocasión, la puerta de la celda se abrió.

—¡Andando!—exclamó una voz femenina al ingresar a la ergástula—. Levantate ahora mismo—ordenó.

Con todas las fuerzas que le restaban, se arrastró al borde de la cama. Su cuerpo se rehusaba a responder, quizás porque todos sus nervios estaban dañados a causa de las constantes descargas eléctricas y el suplicio que colmaba su sistema nervioso.

—Vamos, primor. No tenemos todo el día.

El otro guardia se aproximó a ella para levantarla de los brazos y obligarla a tomar asiento.

—¿Adónde la llevamos?—preguntó el chico.

—A las duchas. Al parecer, el Comandante Obito quiere hablar con ella, pero antes, debemos quitarle toda esa inmundicia—arrugó la nariz.

Entre los dos la llevaron en vilo, porque no podía caminar. Sakura estaba segura de que se estaba muriendo, si es que no estaba muerta ya. Oyó que avanzaba por un corredor donde el ruido de las pisadas era devuelto por el eco.

Llegaron a una habitación completamente iluminada. Sin más preámbulos, la despojaron de los harapos que llevaba por ropa y la obligaron a ingresar al compartimiento de regaderas.

Cerró los ojos al sentir el agua fría sobre su piel, como si se tratase de una lluvia de agujas. Un hormigueo se extendió por todo su cuerpo a medida que los inclementes chorros de agua arrastraban consigo la sangre seca y el gorgoteo carmesí que brotaba de algunas heridas abiertas.

Al salir de la ducha, la kunoichi a cargo de su cuidado la espolvoreo con desinfectante en las partes corrientes del cuerpo. No estaba seca todavía cuando la hizo pasar a una segunda habitación, donde recibió su nuevo uniforme carcelario. A diferencia de todos los que había portado durante su estancia en la República del Fuego, aquel constaba de un sencillo yukata azul de medianoche.

Una vez vestida, la mujer le ordenó permanecer ahí hasta la llegada del comandante, a lo cual, Sakura obedeció sin rechistar.

Mientras esperaba, su mirada se mantenía fija en el suelo, dispuesta sobre un punto inexistente, perdida en el tiempo y el espacio. A su mente trastornada, acudió el doloroso recuerdo de la muerte de Shisui. El olor de la sangre fresca se había impregnado en sus fosas nasales. Lamentaba enormemente su fallecimiento, pero a lo mejor había tenido más suerte que ella. Al menos él no tenía que sufrir aquella locura, aquella situación que parecía absolutamente desesperada.

«Lo mejor que podría hacer sería suicidarme», pensó.

¿Pero cómo lo conseguiría? Cada celda de aquella extraña prisión estaba diseñada para prolongar el suplicio de los galeotes que arribaban al lugar.

Escuchó las firmes pisadas al otro lado de la habitación, un breve intercambio de palabras y, después, el terror se materializó en la forma humana de Uchiha Obito: una silueta estrambótica, vestido de negro de pies a cabeza.

—Buenos días, Sakura—la saludó con algarabía.

Tomo la única silla disponible en la habitación y la situó en el centro de la geografía del cuarto; al ser arrastrada por el suelo, las patas metálicas emitieron un chillido tormentoso.

—Veo que luces mejor, más recuperada—agregó.

Había cierta ferocidad en los ojos del comandante, que aspiraba poca confianza. Durante la sesiones de tortura nunca decía una palabra. Se imitaba a quedarse sentado, silbando entre dientes, y asintiendo levemente cuando era necesario proseguir con los correctivos físicos. Aunque sus decisiones significaban liquidación y el exterminio, tenía el aire de indiferencia jovial y festiva de un hombre frívolo.

Sakura despegó la mirada de Obito y contempló sus manos temblorosas sobre su regazo. Aquellas pequeñas sacudidas no se sentían como el típico daño del músculo cruzado. Se sentían psicosomáticos; la consecuencia a largo plazo de la tortura, tan prolongada que temía que los efectos se volvieran permanentes.

Ante la falta de respuesta de la kunoichi, Obito dejó escapar un largo y sonoro suspiro, cargado de decepción y hastío por partes iguales.

—Gracias a tus aportaciones, la Resistencia fue desmantelada. Identificamos a las ovejas descarriadas y ahora se encuentran bajo mi disposición—sonrió—. De no haber sido por ti, la red habría continuado con sus vicios.

Cerró los ojos con fuerza al escuchar la noticia. No solo había condenado a Shisui y Tamaki a la muerte, sino que también había acabado con la vida de una docena de personas que trabajaban en conjunto con Itachi para conseguir derrocar al Régimen.

Con el corazón tamborileando entre sus costillas, levantó la mirada lo suficiente para encontrarse con los ojos contemplativos del Uchiha.

—Comandante…—lo llamó, temerosa, la voz salía a duras penas de los confines de sus cuerdas vocales.

—¿Sí, querida?—Arqueó una ceja, curioso.

—Estoy lista.

Obito frunció el ceño, confundido.

—¿Lista para qué?

Una amarga sonrisa curvó la comisura de sus labios.

—Para que todo esto acabe—la garganta de Sakura se cerró y estrujó el puño con más fuerza.

—¿Qué?—Cuestionó el Comandante, aun sin comprender a lo que Sakura se refería.

—Estoy lista—repitió.

Convertida en manojo de temblores, descendió de la cama para arrodillarse en el suelo, de esa forma se desplazó hasta quedar a los pies del Comandante. Elevó una mano y la dejó caer sobre su rodilla.

—Por favor, máteme ahora mismo—suplicó—. Estoy lista para pagar por todo lo que hice.

Obito no respondió de inmediato. En su lugar, se quedó contemplándola durante un segundo o dos en absoluto e imperturbable silencio.

Luego de procesar la petición de Sakura, soltó una carcajada histérica.

Sin comprender qué era lo que causaba tanta gracia, la kunoichi lo vislumbró, confundida. Las lágrimas descendían por sus mejillas y podía notar el sabor salado de las mismas en su labio inferior.

Pronto, la risa cesó y adivinó la forma en que el comandante pasaba una mano por su cabello y acunaba su rostro en un gesto de falsa simpatía.

—No van a ejecutarte, Sakura. Tampoco van a matar a Itachi. No podemos darnos el lujo de perder shinobis, mucho menos kunoichis—le explicó en un quimérico tono conciliador—. Tu mejor que nadie conoce el precio de la guerra ¿Cierto?

Una vez más, Sakura guardó silencio. El escozor del llanto en su garganta le imposibilitaba recitar palabra alguna.

—Verás, el General tiene mejores planes para ti—comenzó a decir—. Debe sentir cierto aprecio para evitarte la muerte. Yo no soy nadie para cuestionar sus órdenes y quiero confiar en que esto es lo mejor para todos.

Ella quedó fría. Lívida de terror.

—¿Van a enviarme de regreso a la unidad 121?—Quiso saber.

—Por supuesto que no, irás a un lugar mejor y no como una ninja médico, sino en tu condición de mujer.

A pesar del llanto, se las apañó para fruncir el ceño con ahincó.

Obito se detuvo para esbozar una amplia sonrisa.

—Lo lamento, lo explicare mejor—regresó a su voz amigable—. Si bien, eres una Insurgente y una criminal, tus habilidades como kunoichi y tu perfecto control de chakra te hacen increíblemente valiosa—acarició su mejilla, palpando con las yemas de los dedos el rastro húmedo de las lágrimas—. Te enviaran a una granja de magdalenas. Trabajaras en el campo y, cuando estés lista, uno de los Comandantes te honrará con su visita y llevaran a cabo algo que Orochimaru denomina como "Operación repoblación". Luego regresarás a trabajar con tus compañeras y vivirás el resto de tus días inmersa en un ciclo de bendito servicio. Proveerás al General niños fuertes que, eventualmente, se convertirán en grandiosos soldados de renombre.

Sakura notó una sensación de vacío en su pecho.

—Suena más prometedor que terminar como un conejillo de indias en la Unidad 121, ¿no lo crees?

—Una colonia de reproducción—susurró.

Obito apartó las manos de ella y recargó la espalda contra la silla.

—Es una innovación de la cual tenía mis dudas, pero cuyo valor considero apropiado para ciertos temperamentos—dijo.

Ahora fue el turno de Sakura para dejar escapar una risa amarga, cuyas notas estaban impregnadas de lágrimas contenidas. En el sutil temblor de su tono, cada carcajada llevaba consigo recuerdos dolorosos, entrelazados con la martirio y el llanto en una danza de emociones contradictorias.

Sin darse cuenta, Obito la ayudó a ponerse de pie y la dirigió nuevamente al borde de la cama. Inclinó el cuerpo hacia el frente, lo suficiente para quedar a la altura de ella y acunar su rostro nuevamente, disipando el rastro de las lágrimas con caricias que solo conseguían removerle las entrañas.

—Hay tantos cambios a los que debes adaptarte—masculló—. Pero recuerda que todo esto es obra tuya. Todo lo que te sucedió a ti, a Shisui y a esa pobre chica es tú responsabilidad. Tu culpa. Tu elección.

Sakura sollozó los últimos estertores de un llanto melodramático.

Volvió a hincarse en el suelo. Poco le importaba mantener su dignidad intacta.

Enroscó los brazos alrededor de las piernas del Comandante y pegó el rostro anegado en lágrimas a la tela del pantalón.

—Por favor, se lo suplico—dijo con la voz entrecortada, a duras penas entendible—. Máteme aquí mismo.

Obito contempló el techo y dejó escapar otro suspiro cansado.

De la nada, la mano del comandante la tomó por el cabello y la obligó a ponerse de pie sin dificultad. Sostuvo su mandíbula y la forzó a mirarlo directamente a la cara.

—No soy un hombre misericordioso, Sakura—dijo tan cerca de ella como para rociarle el rostro con su aliento.

Una sonrisa abarcó su rostro antes de lanzarla a la cama con violencia.

Pasó las manos por la chaqueta del uniforme y se aseguró que todo estuviese en su lugar antes de salir.

—Alégrate, es el comienzo de una nueva aventura—espetó.

Y sin más, abandonó la celda.

Continuará


N/A: ¡Hola, hola! Ha pasado un tiempo desde la última vez que estuve aquí y, debo admitir que fue un retorno dramático.

Me reserve las notas para este capítulo porque no había mucho que decir en la entrega anterior, quería que todas/os dejarán fluir sus sentimientos y expresaran todo lo que pensaban respecto a los eventos acontecidos en esta historia.

Sí, Shisui murió, Sakura fue capturada por nada más que Sasuke y, ahora, se enfrenta a un cruel destino.

Aún quedan muchos capítulos por delante. Me gustaría tener (otra vez) la capacidad de escribir rápido y sin problemas, pero lo cierto es que mis obligaciones como adulto y otras situaciones en mi vida se han atravesado.

En esta ocasión, me gustaría compartir con ustedes que el motivo de mi demora se debió a que estaba finalizando mi formación universitaria. Después de cuatro años, oficialmente terminé con este proceso. Así que decidí tomar un pequeño descanso antes de retomar la escritura.

Cruzo los dedos, para adelantar el fic tanto como me sea posible. Desde hace dos años me plantee este ambicioso proyecto y tengan por seguro que lo voy a finalizar.

Como siempre, agradezco infinitamente su apoyo y paciencia. En verdad, no saben cuánto significa para mi saber que la historia es de su agrado. Mi corazón brinca de alegría cada vez que leo sus reviews o veo las notificaciones de los follows o favorites.

Donde quiera que se encuentren les envió un fuerte y cálido abrazo.

Sin nada más que agregar, nos leemos la próxima entrega.

¡Cuídense mucho!

¡Hasta la próxima!