Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Advertencia: Este capítulo aborda temas sensibles relacionados con intentos de suicidio y salud mental. Los antes mencionados pueden ser desencadenantes o perturbadores para algunas lectoras o lectores. Se recomienda discreción y precaución al continuar la lectura. Si tú o alguien que conoces está lidiando con problemas de salud mental o pensamientos suicidas, te instamos a buscar ayuda profesional. Recuerda que no estás solo/a y hay recursos disponibles para brindar apoyo.

Heredera de la Voluntad de Fuego

XXII

Con movimientos precisos y automáticos, comenzó a vestirse. Deslizó las piernas dentro de los pantalones, ajustándolos con destreza. Pasó un brazo por la abertura de la chaqueta y colocó la banda que lo distinguía como Comandante: un brazalete carmesí con tres estrellas.

Cada prenda se ajustaba perfectamente a su cuerpo, pero a medida que avanzaba, una sensación de repulsión lo sacudía.

El reflejo en el espejo proyectaba un rostro inexpresivo. La muerte habitaba en su mirada, como si cualquier halo de luz se hubiese extinguido hasta dejar secuelas bajo sus ojos en forma de ojeras vívidamente marcadas, muestra de las noches en vela y del cansancio que lo acosaba.

A medida que abrochaba los botones de la chaqueta, su corazón latía con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho. Cada prenda, cada símbolo en aquel uniforme, era un recordatorio constante de que la causa de su clan estaba empapada de la sangre de inocentes, erguida en los horrores de la guerra y fundamentada en los sacrificios personales que había realizado.

Se le formó un nudo en la garganta mientras vislumbraba la medalla en su pecho, la muestra que necesitaba para hacerle saber a los demás que era fiel a los ideales promulgados por su padre y seguidores. Era como si la carga emocional de todas esas experiencias se hubiese impregnado en cada hilo del uniforme.

Un sentimiento de asco se apoderó de él. Sasuke no podía evitar sentir que había perdido una parte de sí mismo al tomar todas esas decisiones: la muerte de Shisui, la captura de Sakura, el encarcelamiento de Itachi. La contradicción entre su apariencia impecable y la profunda desazón interior se volvía cada vez más palpable.

Hasta hace unos años, Sasuke se consideraba un joven idealista y entusiasta, lleno de sueños y esperanzas. Pero a medida que se adentraba en el campo de batalla y las artimañas políticas, su perspectiva se transformó drásticamente. La brutalidad, la violencia y la muerte se convirtieron en una realidad cotidiana, y él no tuvo otra opción más que adaptarse rápidamente al entorno hostil y deshumanizante que lo rodeaba.

El convertirse en comandante significaba la pérdida de su inocencia. Era catártico darse cuenta que la retórica y el romanticismo patriótico que lo impulsaron a convertirse en Shinobi no tenían cabida en el frente.

Ahora no era más que un ser alejado de sus antiguas conexiones emocionales, sintiéndose alienado de su vida anterior. Los lazos familiares, las amistades y aspiraciones se desvanecían en la oscuridad de la guerra. Su identidad se había reducido al papel de soldado, y luchaba por mantenerse fiel a sí mismo en un entorno que fomentaba la deshumanización y la indiferencia hacia el sufrimiento humano.

Ahora, mientras contemplaba su imagen enmarcada por el espejo, comprendía la futilidad de la guerra y la insensatez de los enfrentamientos sin sentido. La idea de un enemigo comenzaba a desdibujarse y comprendía que los shinobis de ambos bandos compartían experiencias y sufrimientos similares. Sakura se lo había dicho en incontables ocasiones, pero él se rehusaba a aceptarlo.

La guerra los había barrido. Para los demás, mayores que ellos, era una interrupción, podían pensar más allá de la guerra. Pero de ellos se había apoderado, y no sabían cómo terminaría. Lo único de lo que tenía certeza, de momento, era que los había embrutecido de un modo extraño y triste.

Cansado, tomó asiento al borde de la cama y se afianzó a un kunai que yacía sobre la mesita de noche. Elevó la manga de la chaqueta y de la camisa hasta desvelar la extensión de piel pálida de su antebrazo.

Lo habían maldecido. Sus manos estaban manchadas de sangre y sobre su espalda cargaba con el peso de tantos cadáveres que no podía soportarlo más.

Colocó la hoja afilada sobre la piel y a continuación la hundió todo lo posible, de modo que al retirar el kunai generó un corte blanco y limpio, antes de que la sangre empezara a brotar y llenará la herida. Se sentía tan mareado como si su cuerpo bombeara helio.

Sí deslizaba la hoja lo suficiente, conseguiría realizar un corte lo suficientemente profundo para liberarse del tormento y redimirse.

Tenía la piel ardiendo. Sentía que se le desencajaban las articulaciones, que sus miembros flotaban a su alrededor como maderos a la deriva de un lago oleoso. Apretó las yemas de los dedos contra el mango del kunai.

Las primeras gotas escarlatas resbalaron por su muñeca hasta caer en el suelo, a medida que los segundos transcurrían, comenzaba a formarse un pequeño charco carmín a sus pies.

En los últimos días, la comida le sabía a podrido y dejaba de comer si no se veía obligado. Hacerlo. Se quedaba en la oficina hasta que los empleados de la limpieza del turno de la noche empezaban a recorrer los pasillos, ruidosos como ratones, y ya en casa permanecía despierto hasta tarde y se despertaba con el pulso tan acelerado que tenía que tomar grandes bocanadas de aire para calmarse.

Constantemente le asaltaba una visión de sí mismo matándose a tajos: primero los brazos, luego las piernas, el pecho, el cuello, la cara, hasta quedar solo huesos, un esqueleto que se movía, suspiraba, respiraba y se tambaleaba por la vida sobre palillos porosos y quebradizos.

Cualquier tentativa que rondara por su mente, se vio interrumpida con un firme llamado a la puerta.

Confundido, parpadeó una, dos, tres veces hasta vislumbrar con detenimiento la herida en su brazo y el reguero de sangre en el suelo de madera. Una vez más escuchó los golpes y, sin más preámbulos se levantó de la cama, dirigiendo el andar hacia la puerta.

En el pasillo aguardaba el remplazo de Tamaki; su mirada era esquiva y pasaba la mayor parte del tiempo cabizbaja. Procuraba hablar cuando se lo requerían y se comportaba como una sombra cada vez que estaba en presencia de los Uchiha.

—Lamento interrumpirlo, Sasuke-sama—se disculpó de inmediato—. El General desea hablar con usted—anunció.

Sasuke cerró los ojos y asintió. Menuda forma de comenzar el día. Salió de la habitación con pasos resueltos.

—Sa-Sasuke-sama—lo llamó la chica tímidamente.

Él se detuvo en seco.

—Está sangrando—señaló.

Sus orbes oscuros se deslizaron hasta su mano: la manga del uniforme cubría a la perfección el corte, pero el hilillo de sangre que descendía por la palma y entre sus dedos eran lo suficientemente llamativos para demostrar que estaba herido.

—Le traeré una camisa limpia—dijo, haciendo ademán por marcharse de ahí en cuanto antes y dirigirse hacia el cuarto de lavado, donde mantenían la ropa limpia de los miembros del hogar.

—No—se negó en rotundo—. No es necesario.

La joven frunció el ceño y tensó los labios a causa de la preocupación. Se despojó del paño que llevaba atado alrededor de la cintura y lo extendió.

—Al menos utilice esto—masculló.

Sasuke tomó la prenda y la enrolló en su antebrazo en un intento por detener la hemorragia. La manga de su camisa tenía una enorme mancha roja que probablemente también había traspasado la tela de la chaqueta, pero al ser oscura, era difícil percibirla.

Con un agradecimiento silencioso, terminó de desplazarse por el pasillo hasta dirigirse al comedor. Antes de ingresar, respiró hondamente, llenando sus pulmones de aire al punto de sentir que no había más espacio entre sus costillas.

Abrió la puerta corrediza, alertando a sus padres de la llegada.

La imagen le removió las entrañas. En su sitio habitual, Mikoto yacía postrada con una postura elegante, ataviada con uno de sus tantos kimonos costos y el cabello suelto cayendo por sus hombros como una cascada azabache. No obstante, lucía enferma: su piel había adquirido una tonalidad cetrina y bajo sus ojos se vislumbraban dos círculos cerúleos similares a los suyos. El plato de comida estaba intacto y sus orbes negros permanecían fijos en algún punto impreciso sobre la mesa.

En cuanto a su padre, el General no parecía inmutarse por el aspecto de su esposa. Vestía el uniforme de diario. Portaba una máscara con una expresión severa y su atención se centraba en el periódico del día. Los diarios anunciaban sin tapujos la muerte de Shisui y la captura de Itachi. Entre las líneas se leía el triunfo de los Uchiha por encima de los traidores, decorando los titulares con fotografías del cuerpo del antiguo comandante pendiendo del muro.

Sasuke sabía que sus padres estaban a punto de enfrascarse en una discusión. En cuanto entró al comedor percibió la hostilidad, como el viento gélido que barría las calles de la Aldea en febrero antes de una ventisca. Estuvo a punto de darse la vuelta y salir de la habitación.

No era habitual en ellos que discutieran. Por lo general siempre se mostraban de acuerdo uno con el otro. Su madre había sido una pieza clave a la hora de erguir el Régimen Uchiha y su padre siempre buscaba el consejo de su sabia esposa cada vez que sus allegados fallaban en otorgarle una perspectiva distinta de las cosas.

Sin embargo, de vez en cuando se peleaban. Sasuke conocía las señales y sabía que estaba a punto de estallar una nueva discusión.

—¿Te presentaras en el juicio de Itachi?—Preguntó Fugaku con desagrado, como si lo hubieran obligado a mencionar algo repulsivo, como aguas residuales.

Mikoto tomó un sorbo de su té y miró hacia el jardín a través de la ventana, fingiendo interés por la forma en que las flores danzaban al compás del viento. Ella también fingía calma, pero Sasuke sabía que solo estaba esperando su momento.

—¿Debo hacerlo?—Indagó con indiferencia.

—Eres la madre de Itachi y mi esposa, no tienes otra opción.

Los ojos de Mikoto refulgieron de ira.

—¿Alguna vez la tuve?

Fugaku la miró, inmovilizado por la sorpresa. Por un instante su ira pareció desinflarse y se sintió burlado, pero inmediatamente una oleada de sangre le subió a la cabeza. Perdió el control y descargó un puñetazo en la mesa: Mikoto dio un respingo asustado.

Sasuke pareció despertar de un trance, se hincó a lado de su madre y tomó su mano; estaba fría y temblaba. Le enfureció ver a su padre actuar de esa manera, le costaba comprender cómo había podido levantar la mano a ella, que era el único ser que realmente le importaba y a quien jamás, ni aun en los peores momentos de su vida en común, había dejado de respetar.

—Estoy bien, Sasuke—susurró con voz trémula—. No me hizo daño. Fui yo quien tuvo la culpa— intentó excusarlo.

Él contempló a su padre, lívido de furia.

—Estás sangrando—advirtió su madre al notar el rastro carmesí que Sasuke había dejado sobre su piel.

—No es nada—procuró restarle importancia.

Lo último que se le antojaba era dar explicaciones de cómo se había hecho ese corte.

—Estás herido—insistió Mikoto.

—Estoy bien, no es nada.

Fugaku admiró la escena desde su asiento. Hastiado de la impertinencia de su esposa y la actitud desafiante de su hijo, acudió al último recurso que le restaba.

—Sasuke, siéntate—ordenó.

Pronto, Suzume y su nueva compañera aparecieron en la habitación: la primera llevaba una bandeja con el desayuno de Sasuke y la segunda se disponía a levantar los pedazos de cerámica desperdigados por el suelo.

—Retírense—decretó el General.

Las dos intercambiaron miradas, Suzume, confundida y la niña, asustada.

—¿Acaso no escucharon lo que acabado de decir? ¡Lárguense de aquí!—Deliberó con agresividad.

Ambas dieron un brinco espantadas. En menos de un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron rumbo a la cocina. Sasuke apretó los puños bajo la mesa y estrujo los dientes.

El General tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la compostura. Pasó una mano para acomodarse el cabello, dio un sorbo a su taza de té y luego de aclararse la garganta se dispuso a hablar.

—No sé qué demonios sucede con esta familia. Primero, un hijo traidor. Es culpa tuya por haber criado a Itachi sin moral, sin principios—dijo, dirigiendo la furia hacia Mikoto—. Después, mi esposa se convierte en una desquiciada—concluyó.

Sasuke contempló a su padre por el rabillo del ojo, por mucho, asqueado por su actitud.

—Vamos a tener un momento como familia. Todos se sentaran, se calmaran y comeremos.

—No tengo hambre—masculló Mikoto.

—No era una sugerencia, querida ¡Si no una orden!

Su madre generó un brinco espantada y buscó refugio en la mirada de Sasuke con cierto aire temeroso.

Fugaku cerró los ojos cansados. Al abrirlos, desveló la luz carmesí del Sharingan.

—Si quieres levantarte de la mesa, piénsalo dos veces—lo amenazó.

Sasuke tragó grueso.

El silencio imperó en el comedor, interrumpido solamente por el sonido de los palillos. El menor de los Uchiha fijó la mirada en la flor solitaria en medio de la mesa, sabiendo que era la única forma de controlar sus impulsos.

—El consejo ha puesto como condición que contraigas matrimonio para ser elegido como mi heredero—comenzó a decir su padre con un tono de voz adusto—. Tengo en mente a un par de buenas candidatas. Me asegurare de concertar una reunión con ella para el fin de semana.

—No tengo tiempo para eso—interrumpió Sasuke—. Debo realizar los interrogatorios de los miembros de la resistencia para extraer toda la información posible.

—En ese caso, encuentra la manera de hacer un espacio. Como se lo dije a tu madre, no es una sugerencia, sino una orden.

Fue tan repentino que Sasuke se quedó helado un instante. Luego, sus mejillas enrojecieron como si lo hubieran abofeteado.

Sin más preámbulos, el patriarca se puso de pie.

—Hablaremos de nuevo cuando hayas recuperado la compostura. Recuerda cuál es tu deber.

Fugaku salió del comedor caminando deprisa, rígido, rabioso.

Con un mal sabor de boca, Sasuke contempló la superficie de la mesa durante un segundo o dos. La realidad de un panorama completamente nuevo y desconocido lo arrolló como un tren.

Se obligó a salir de sus pensamientos cuando escuchó el sollozo de su madre. Asustado, se levantó de su asiento y se colocó en cuclillas frente a ella.

—Lo siento tanto, Sasuke—jadeó su madre; la voz sonaba entrecortada por el llanto.

—¿Por qué te disculpas conmigo? Tu no hiciste nada malo.

Una sonrisa triste surcó sus labios al mismo tiempo que acunaba su rostro.

—Oh, cariño. Realmente no tienes idea de lo que te espera.


Base de la Insurgencia, ubicación desconocida.

Ino atravesó el largo pasillo que iba desde los campos de entrenamiento hasta los ascensores del edificio principal.

Sin previo aviso, se las apañó para burlar la seguridad de la sala de espera e ingresó en la Oficina de Kakashi, atrayendo la atención de todos los presentes en la reunión.

Se encontró no sólo ante el General, sino ante todo el Consejo. Estaban junto a la mesa oval, con una serie de montañas de papel desperdigadas por toda la superficie de madera.

Sabía que los tres pares de ojos no se habían perdido su involuntaria hesitación en la puerta, el rubor ocasionado por la ira y la vergüenza. Pero la sorpresa se convirtió en un acceso de ira, y eso la ayudó.

—Ino, ¿qué haces aquí?—Preguntó Shikamaru con su habitual tranquilidad.

Tenía el semblante cansado, incluso parecía que había envejecido diez años en el transcurso de setenta y dos horas.

—No se preocupen por mí—alcanzó una de las sillas vacías y postró su cuerpo de manera elegante—. Les aseguro que no causare problemas—sonrió.

Shikamaru cerró los ojos con pesar.

—Hablo en serio. Estamos tratando asuntos delicados—insistió.

—¿Qué clase de asuntos?—Indagó—. ¿La captura de Sakura, tal vez?—Dijo arqueando una ceja.

—Ino.

La llamó el Nara con una impaciencia apenas controlada.

—No veo otra cosa que requiera más atención que eso.

Escuchó una pequeña risa proveniente al otro lado de la mesa, ahí donde aguardaba Kiba.

Al igual que ella, el muchacho se había convertido en la cabecilla del clan en conjunto con su hermana tras la muerte de su madre. Ante la ausencia de Hana, Kiba acudía a las reuniones del consejo, tal como lo ordenaba Kakashi.

—Pasar tanto tiempo con Naruto te afectó—dijo Kiba—. Ahora comienzas a actuar y hablar como él.

Si bien, los demás hombres no se mostraron abiertamente de acuerdo, Ino sabía que ninguno de ellos retomaría la conversación mientras ella estuviese en la sala.

Haciendo uso de sus encantos, se aseguró de maquillar la furia que la sacudía y esbozó una sonrisa encantadora, la misma que utilizaba cada vez que alguien se rehusaba a darle lo que quería.

—Entiendo, no van a compartir información conmigo—suspiró.

—Ya te lo dijo Shikamaru, es una reunión privada, exclusivamente para los comandantes—interrumpió Neji, tajante.

—Con mayor razón debería estar aquí.

—Tú no eres una comandante, Ino—le recordó el Hyūga con cierto desdén.

—Mi padre lo era.

—Los cargos no son heredados.

Ino puso los ojos en blanco.

—Shikamaru está aquí y Choji representa a su padre—protestó diplomáticamente—.Yo, como cabeza del Clan Yamanaka tengo todo el derecho de formar parte de dichas reuniones.

Nuevamente, la risa de Kiba reverberó entre las paredes de la habitación.

—Es increíble—masculló.

Neji se volvió hacia su compañero.

—No te metas en esto, Kiba—le advirtió.

El aludido se levantó de su asiento con una expresión seria y determinada. Contempló a los demás presentes en el habitación y vociferó:

—Si ninguno de ustedes es lo suficientemente valiente para decírselo, entonces lo haré yo—la inclemencia de sus orbes oscuros recayó por completo en Ino. Con paso determinado, recorrió la habitación.

—Kiba—lo llamó Shikamaru en un intento por detenerlo.

Haciendo caso omiso a las advertencias de sus compañeros, tomó el respaldo de la silla y la giró hasta quedar frente a Ino. Ella no respingó. En su lugar, lo observó con detenimiento incluso, curiosidad. Se inclinó lo suficiente para percibir el calor que emitía su cuerpo y el aroma animalístico tan característico de los Inuzuka.

—Está es la cuestión, no te convocamos a las reuniones porque fuiste la perra de los Uchiha durante los últimos cuatro años—siseó—. No confiamos en ti.

La afonía se tornó más pesada mientras ambos se enfrascaban en una batalla de miradas. Los ojos cerúleos de la Yamanaka se desviaron hacia Shikamaru y, después Neji, buscando respuestas.

—¿Eso es cierto, Shikamaru?—Pese al decepción que sentía, se las apañó para que su voz sonara firme y determinada.

Ni siquiera él fue lo suficientemente valiente para regresarle la mirada.

—Ino…—murmuró.

Antes de que pudiese terminar la frase, la kunoichi esbozó una sonrisa irónica y, sin previo aviso, le asestó un fuerte golpe a Kiba en el rostro, dejándolo tendido en el suelo.

Kiba, atónito, llevó una mano hacia el labio reventado, contemplando a la Yamanaka con una mezcla de incredulidad y furia.

—¿¡Qué mierda?!—Exclamó.

Las expresiones de Shikamaru y Neji oscilaban entre la sorpresa y el desconcierto.

Ino estiró los dedos para disipar el entumecimiento que comenzaba a dispersarse como un leve hormigueo por toda su mano: tenía los nudillos reventados, pero no iba a detenerse a curarlos.

—Pueden pretender que están haciendo algo para ganar la guerra y sentirse importantes al recluirse en esta habitación y discutir estrategias de batalla. Sin embargo, ninguno de ustedes tiene idea de lo que está pasando allí afuera—dijo Ino dando un paso adelante.

Al percatarse que, ninguno de los tres respondería a sus alegatos, tomó una enorme bocanada de aire y estrujó los puños a los costados de su cuerpo.

—¿Cuándo fue la última vez que pisaste el campo de batalla, Shikamaru? ¿Tres años?—Continuó—. mierda, debe ser desde la muerte de tu padre—le echó en cara—. ¿Y qué hay de Choji? ¿Aún tiene miedo de luchar después del accidente?—Su cuerpo temblaba a causa de la furia que embriagaba todo sus sistema nervioso—. Si tan solo hubiesen visto una quinta parte de lo que yo presencie.

—¿Qué demonios quieres, Ino?—cuestionó Neji con hostilidad.

—Tú— señaló a Kiba que todavía continuaba en el suelo—. No te atrevas a decir otra maldita palabra o me aseguraré de volverte loco. Es una promesa.

El Inuzuka puso cara de terror.

Pateó la silla hacia algún punto de la habitación y se desplazó por el lugar hasta encarar al heredero Hyūga. Lejos de amedrentarse por su imponente estatura y el semblante intimidante, Ino sostuvo su mirada, desafiante.

—De todos ellos, tú eres el más cobarde—espetó.

La frente de Neji se pobló de arrugas.

—En contraste con Naruto, estoy haciendo algo para rescatar a alguien que verdaderamente me importa.

—¿Eso es lo que te dices todas las noches para conciliar el sueño?—levantó una ceja—. Tú mataste a Hanabi, por tu culpa Hinata está del lado de los Uchiha—remarcó sus palabras clavando la punta del dedo índice en su pecho—. No quieras actuar como un mártir cuando no lo eres.

El rostro de Neji estaba tan ganate que, durante un instante, Ino pensó que había tragado una píldora de cianuro. Dio un puñetazo en la pared, tan furioso que no podía hablar.

—¿Qué? ¿Lastime tu ego?

—No tienes ni puta idea de lo que estás diciendo—dijo entre dientes.

—Por supuesto que la tengo—se jactó—. Yo estuve ahí. Tu fuiste quien dio la orden de ataque ¿Y ahora qué haces? Simplemente llorar y comandarle a otros que solucionen el desastre que tú mismo causaste—dio un paso hacia el frente—. Compórtate como un maldito hombre y enfrenta las consecuencias de tus actos.

Lanzó una mirada fría y airada a Shikamaru antes de hacer ademán de largarse de ahí. A su paso, Kiba volvió a susurrar otro improperio. Hastiada, le propinó una fuerte patada en el estómago y salió de la sala de reuniones.

Con el rostro enrojecida por la ira, recorrió el pasillo con pasos rápidos y decididos. El sonido de sus zapatos resonaba entre las paredes a medida que se alejaba de los demás.

Apretó los puños con fuerza, notando una mezcla de rabia y frustración. La respiración agitada reflejaba su estado emocional, y sus ojos brillaban con una intensidad ardiente.

—¡Ino, espera!—La llamó Shikamaru, tratando de darle alcance—. ¡Ino, detente!—suplicó.

Antes de que pudiera girar a la derecha, Shikamaru la detuvo, tomándola del brazo.

—Todo lo que dijiste ahí adentro… fue muy cruel—la acusó.

Ante esa insinuación, Ino se sintió nuevamente indefinida. Frunció el ceño con ahincó y guardo silencio, meditando sus siguientes palabras.

—Cuando Kakashi te nombró su consejero, supe que estaba haciendo una buena elección. Habías demostrado tu valía en el campo de batalla, eras un excelente estratega, estabas haciendo las cosas a la perfección—comenzó a decir con cierta ilusión—. Eres una maldita decepción, Shikamaru— recitó con toda la sinceridad que le era posible expresar en sus palabras.

Shikamaru la soltó, como si su piel se hubiese transformado en brasas.

—No sé que es lo que quieres que haga, Ino—admitió. Era evidente que estaba haciendo un esfuerzo monumental para no mostrarse herido.

—Tu maldito trabajo—siseó.

—¡Eso es lo que hago!—Alzo la voz.

—¡Es un trabajo de mierda!—protestó—. No has generado ningún ataque de importancia en los últimos años. Los Uchiha siguen ganando terreno y ustedes simplemente se han dedicado a realizar pequeños boicoteos porque están demasiado asustados para dar el gran golpe.

Shikamaru arrugó el entrecejo con rudeza.

—Tú sabes que yo no tomo esas decisiones.

—¡Pero influyes en ellas!

Cansada, dio media vuelta, dispuesta a continuar con su camino. No obstante, el vehemente agarre de Shikamaru a su antebrazo la obligó a permanecer en su lugar.

—Si esto es por Sakura, yo no soy el responsable de su captura—dijo.

—Lo sé… Se que tu no lo eres—musitó—, pero si eres culpable de darle la espalda.

Shikamaru desvió la atención hacia el suelo al mismo tiempo que su mandíbula temblaba de exasperación.

—Si tanto te jactas de ello, ¿por qué no me dices cuál es tu plan para rescatarla?

Ino levantó una ceja, sorprendida. No era la primera vez que Shikamaru intentaba hacerla caer en ese tipo de provocaciones. Desde que eran niños se las apañaba para destrozar sus nervios y obligarla a participar en retos que, claramente perdería a causa de su temperamento.

—Bien. Si tú no puedes hacerlo, iré yo sola—espetó.

—¿Es que has perdido los sesos?—dijo Shikamaru.

—No permitiré que Sakura se pudra en ese lugar mientras tú, Neji y Kiba juegan a ser soldados—declaró con voz retumbante—. No seré como tú y Choji.

La realización de todo lo que acababa de ocurrir, el dolor de cada palabra pronunciada en los últimos minutos, se instaló en ellos como el aplastante peso de la culpa.

Sabía que, después de eso, su relación no volvería a ser la misma. Tantos años en cautiverio habían funcionado para erosionar y generar grietas entre ellos, separándolos, enfrentándolos.

Un destello de ardor se mostró en el rostro de Shikamaru cuando regresó a verla.

—Mierda, Ino—suspiró—. Esto haciendo todo lo que puedo y no es suficiente—admitió—. ¿Cómo rescatare a Sakura? Shisui está muerto, probablemente los Uchiha ya hayan terminado con la resistencia. No he tenido noticias de ella desde su captura.

El destello de una mirada de dolorosa sorpresa cruzó el rostro de Ino, turbándola por un segundo o más. Unas ganas infinitas de abrazar al chico frente a ella y decirle que todo estaría bien, la embargaron. Sin embargo, no hizo tal cosa; en su lugar, se quedó de pie escudriñándolo el tiempo suficiente para entender que Shikamaru ya no era un niño; que no necesitaba, pese a sus constantes fallas, que se le protegiera. Recomponiéndose del todo, parpadeó lentamente y farfulló:

—En ese caso, ataquemos.

Shikamaru frunció aún más el ceño, como si eso fuese posible.

—No lo haré. No enviare a un centenar de shinobis a una muerte certera solo para complacer tus caprichos.

—No es un capricho—rebatió.

Los dos marcaron un agobiante silencio que solo era interrumpido por el ruido que emitían las bombillas en el techo y las voces a la lejanía. Ino tragó saliva cuando la mirada de Shikamaru se posó sobre ella, su cuerpo se contrajo un instante y soltó un ruidoso suspiro de resignación.

—Confié en ti, pensé que contigo al frente las cosas serian distintas—simplificó Ino; las palabras saliendo lenta y acerbamente de sus labios—. Eres una maldita decepción.


República del Fuego

Granja de Magdalenas

Esperaba en la celda, que en ese momento era su habitación. Cuando se acostaba era un dormitorio Las cortinas se agitaban bajo la suave brisa del oteó, afuera todavía brillaba el sol, que no entraba por la ventana. Si sus cálculos no fallaban se había trasladado hacia el oeste.

Mientras los minutos transcurrían, intentaba no contar cuentos, o al menos no contar el que estaba viviendo.

Una hora después de la siesta vespertina, escuchó el llamado a la puerta; una escolta de dos hombres aguardaba.

La condujeron por un largo pasillo blanco, silencioso. Las paredes estaban repletas de puertas que conducían a otras celdas. Aquella era el ala de aislamiento, las recién llegadas debían permanecer en ese lugar mientras los ninjas médicos realizaban una serie de estudios para determinar que sus cuerpos eran los adecuados para los objetivos del programa.

Si sus cálculos no fallaban, llevaba cerca de dos días recluida en ese sitio. Además de privarla de su libertad, la obligaron a permanecer a solas, lejos del contacto humano, recluida en sus dolorosos recuerdos.

Una vez cruzaron el umbral de la puerta, continuaron por otra galería, larga y estrecha, bordeado a uno y otro flanco por módulos acristalados y al que llegaban, como afluentes al reino principal, otros corredores. No se oía otro ruido que el tecleo monótono del teclado del ordenador. Al fondo del pasaje, un portón de acero, de mayor envergadura y consistencia, cubría todo el panel.

Escuchó a uno de los guardias murmurar un código por el radio, antes de detenerse frente a las pesadas puertas metal. Al cabo de un tiempo, oyó el ruido metálico del hierro, machihembrándose en la herradura. Cuando la hoja de la puerta comenzó a moverse, sus custodios la obligaron a ingresar a la habitación contigua.

—Haruno Sakura, residente cero uno dos seis cero uno—dijo una mujer de aire severo—. Coloque la ropa en la bandeja.

La kunoichi se desnudó despacio, doblando cuidadosamente su ropa. Tenía los labios apretados y la mirada febril.

La primera parte de la revisión tuvo lugar en esa misma habitación, donde Sakura hubo de tumbarse y ofrecer su cuerpo como a la intervención del ginecólogo.

Le ordenaron ponerse de pie y abrir las piernas. A las mujeres, dicha investigación se les hacía por igual en el recto y la vagina, donde alguna vez ocultaban pequeños punzones capaces de matar, o tal vez veneno, cuidadosamente envuelto en bolsitas de plástico, sin sospechar que nadie pudiese hallarlas en tal escondrijo.

Cuando la degradante y exhaustiva operación hubo concluido, la dirigieron a otro cuarto. Era blanco, y no había ningún detalle llamativo, excepto un biombo —un trozo de tela roja extendida sobre un marco— con una serpiente retorcida alrededor de una espada pintados en dorado, en posición vertical, como una especie de empuñadura.

Llenó el frasco que le habían dejado preparado en el aseo. Se colocó la pequeña bata blanca y se tendió en la camilla, sobre la lámina de papel desechable, frio y crujiente. A la altura de su cuello había una segunda lamina que colgaba del techo. Ésta se interponía entre los médicos y ella, para que no pudieran verle la cara. Sólo tendrían que tratar con un torso.

Un minuto después escuchó la puerta abrirse, los pasos y la respiraciones de dos personas que ingresaban.

—Los resultados llegaron—anunció una voz masculina con cierta monotonía.

Pese a que su campo de visión estaba limitado por la cortina, los demás sentidos percibían a la perfección todos y cada uno de los movimientos de los ocupantes de la sala.

—¿Y bien?—pregunto una segunda voz, esta vez correspondiente a la de una mujer.

—Además del daño en los canales de chakra, nada. Todo está en perfectas condiciones. Se ajusta a los requerimientos del programa.

Sin inmutarse en dirigirse a ella. El hombre apartó la lámina de su piel y un escalofrió recorrió su cuerpo. Un dedo frio, cubierto de goma y gelatina, se deslizó dentro de ella, hurgando en su interior. El dedo retrocedió, lo introdujo en diferente dirección y se retira.

—Al menos esta decente—suspiró la mujer—. Tuve que desechar a cuatro chicas la semana pasada.

La manera en que charlaban parecía trivial, como si estuviesen hablando del clima. Quizás, tanta naturalidad se debía al hecho de que realizaban lo mismo todos los días, con diferentes cuerpos a los cuales palpaban y, luego de un riguroso escrutinio, determinaban si eran merecedoras de continuar con la siguiente fase del programa.

—¿Las enviaste a un campo de trabajo forzado?—preguntó el hombre al mismo tiempo que palpaba sus pechos en busca de algún absceso.

Podía sentir la manera en que su respiración se acercaba, el olor a humo, a loción para después de afeitar.

—No. Todas fueron ejecutadas—replicó sin un ápice de remordimiento—. Son las nuevas órdenes.

Sakura tragó grueso.

—¿Escuchaste eso?—Dijo el hombre, moviendo la lámina de tela para permitirle entrever su rostro—. Estás de suerte.

Con la mirada fija en el techo, procuró no reparar demasiado en lo que sucedía a su alrededor: pensó en su madre, en Tsunade, Naruto e Ino, en los momentos donde su vida era completamente distinta.

—¿Cuál es todo el alboroto alrededor de ella?—quiso saber la kunoichi—. ¿No se supone que debía ser ejecutada? Después de todos los problemas que causo.

Hablaban de ella, como si no los escuchara. Para ellos era una faena del centro, una de tantas.

—¿Ves el sello en su frente? Es el Byakugō no in. La prueba del perfecto control de chakra—le explicó. Probablemente, la chica era demasiado joven para conocer un ninjutsu de alto poder—. Por esa razón está reservada para los Uchiha.

—¿Se la designaran a Itachi?

—No, tal vez a Sasuke o puede que a otro comandante—espetó—. Así que debemos darle un trato privilegiado.

—Aun así sólo necesitaran su vientre—dijo la chica con hastió.

El hombre dejó escapar una pequeña carcajada.

—Sí, pero eso sería terrorífico ¿no lo crees?

—Para mí es lo mismo—protestó.

Sakura cerró los ojos con fuerza y comenzó a contar hasta cien. Si conseguía alcanzar el numero sin desplomarse aumentaría a ciento cincuenta.

—Es una lástima que Shisui-san haya muerto a causa de ella—suspiró la kunoichi.

—¿Acaso eras una de sus admiradoras?—cuestionó el hombre con picardía.

Agradeció que la intrusión a su cuerpo hubiese llegado a su fin. Podía imaginar el rostro de la chica encendiéndose con un sonrojo. No era de extrañarse que, luego de tan deliberada confesión, permitiese entrever la verdad de sus sentimientos hacia el afamado comandante.

—Eso no es de incumbencia—decretó—. Shisui-san era un ninja admirable.

El hombre volvió a reír.

—Aunque te cueste creerlo, las personas pueden hacer cosas inimaginables por amor.

La joven dejó escapar un bufido sardónico.

—¿Crees que realmente lo hizo por amor?—sus palabras estaban cargadas de resentimiento.

—¿Por qué más habría de hacerlo? No se me viene a la mente otro motivo por el cual Shisui hubiese decidido traicionarnos. Puede que ella realmente tenga algo especial.

Sakura temblaba. La cama del hospital emitió un crujido que fue ahogado por el constante tecleo y el sonido de los movimientos a su alrededor.

Después de lo que pareció una eternidad, el ninja médico apartó la cortina y se acercó a ella: la parte más baja de su cara estaba cubierta por la reglamentaria mascarilla blanca de gasa. Un par de ojos pardos, una nariz, y una cabeza de pelo castaño fueron los únicos detalles que consiguió captar.

—Todo está bajo control—dijo—. Terminare de llenar el certificado para comenzar con la segunda parte del entrenamiento lo antes posible. Puedes volver a vestirte.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. No sabía si debía sentirse aliviada o realmente aterrorizada.

Al cerrarse la puerta, Sakura dio un respingo asustado. Le tomó unos cuantos minutos tranquilizar los latidos de su corazón y, cuando lo consiguió, tomó asiento al borde de la cama.

Su ropa yacía en la misma bandeja donde la había colocado antes de ponerse la bata. Alguien debió traerla en algún punto de la consulta, pero ella ni siquiera se percató.

Con manos temblorosas, se colocó la ropa interior de algodón y después el yukata gris. Una vez preparada, dio un paso hacia el frente en dirección a la puerta, pero un objeto metálico llamó su atención.

Sobre la charola metálica yacía un bisturí con hoja. Quizás los médicos estaban tan absortos en su conversación que ni siquiera se molestaron en apartar los objetos punzo cortantes de la vista.

Sin lugar a dudas, estaba preparado para ser utilizado; la hoja perfectamente embonada en el mango, filosa y tentadora. Un corte preciso podría convertirse en su pase a la libertad, tan solo debía deslizar la hoja en la posición adecuada y todo terminaría en un abrir y cerrar de ojos. Ya no habría más dolor.

Antes de que pudiera tomar una decisión, la puerta se abrió de súbito, desvelando la presencia de una kunoichi ataviada de blanco.

—Olvide esto—espetó, alcanzando el codicioso objeto que Sakura contemplaba como un oasis en medio del desierto. Apartó la navaja y la tiró en el contenedor rojo para los objetos punzocortantes—. No quieres hacerte daño ¿O sí?— preguntó maliciosamente.

Sakura sintió nauseas. Su interior se revolvía y encogía como si hubiese ingerido veneno. Estaba temblando. Lo único que deseaba en ese momento era darse la vuelta y enroscarse hasta convertirse en un ovillo, pero no podía reunir las fuerzas suficientes para lograrlo.

Una vez más, los custodios ingresaron al consultorio para llevarla de regreso a su habitación.

Al ingresar a la celda, lo primero que contempló fue un nuevo atuendo; tela de algodón en color escarlata brillante. Rojo como la sangre.

Sentía que debía estar llorando, mas no podía convocar las lágrimas.

La resignación y la desesperanza se habían entrelazado en su alma en el momento en que vio morir a Shisui.

Después de ser testigo de la agonía de aquellos que una vez intentaron ayudarla, sabía que su turno de sufrir estaba al acecho.


La habitación de sus padres era rectangularmente espaciosa y, con las cortinas oscuras corridas, bastante oscura. Estremeciéndose por el frio Sasuke ingresó con pasos renqueantes.

Desde el umbral de la puerta, observó el recuerdo de lo que quedaba de su madre. En cuestión de días, la mujer se había transformado en una pordiosera; sus elegantes atuendos, en un hayo de harapos; su cuidado cabello, en nudos; su aspecto había envejecido en diez años. Si esa mutación se había producido en cuestión de días, ¿qué no sería dentro de dos, diez, veinte años?

Cerró los ojos para que no se borrara de su memoria, antes que fuera tarde, el recuerdo de la mujer grácil y armoniosa que conseguía sorprender a cualquier por su elegante postura.

—Luces muy guapo—masculló Mikoto desde el otro lado de la alcoba. Los hermosos kimonos que lucía a diario, yacían resguardados en algún rincón del armario, como un cadáver pendiendo del muro. Ahora mismo portaba una bata de seda en color crema, la misma que llevaba esa mañana en el desayuno.

Sin decir nada, la miró transitar como un fantasma hacia la mesita noche. De la bandeja plateada tomó un coctel de pastillas y las llevó hasta su boca, ingiriéndolas con ayuda de un trago de agua.

—¿Nervioso?—Preguntó una vez que hubo finalizado con el elaborado ritual que realizaba durante la última hora de la tarde.

—No—contestó.

Mikoto esbozó una sonrisa falsa.

—Estás tomando las pastillas de nuevo—señaló.

Su madre dirigió una mirada furtiva hacia el sitio donde se vislumbraban los distintos frascos de medicamentos.

—Con los acontecimientos de los últimos días no he dejado de sentirme ansiosa—admitió con desgana.

—¿Has visto a Itachi?—quiso saber—. Si los guardias son un impedimento, me encargare de decirle a los custodios que te permitan ingresar.

Mikoto sacudió la cabeza a manera de negación.

—No son los guardias, Sasuke—suspiró con pesadez—. Es tu hermano quien no desea verme.

Al ser un prisionero de alto rango, Itachi contaba con ciertos privilegios en contraste con los demás reclusos. Negarse a las visitas de cualquier miembro de su familia había sido uno de los requisitos impuestos por el distinguido ex comandante para desvelar información acerca de la Resistencia.

—¿Y tú? ¿Lo has visto?—preguntó Mikoto—. ¿Cómo se encuentra?—insistió.

Dejó escapar todo el contenido de su pecho con un largo y pausado suspiro.

—Él está bien, se encuentra a la espera del juicio—dijo.

Mikoto sollozó. Su llanto era silencioso como esa lluvia que llamaban Rosaura. La tristeza que emanaba de su rostro era de tal gravedad y sinceridad que conmoverían a las mismas piedras si éstas poseyeran la virtud de la compasión.

Sasuke tragó grueso y se aproximó a ella.

Durante su corta existencia jamás había contemplado a su madre en un estado de vulnerabilidad similar. Por lo que recordaba, actuaba templadamente y nunca permitía que sus emociones la dominaran.

Al envolverla entre sus brazos, hundió el rostro en el pecho de su hijo y gimoteó; el aliento cálido atravesó la tela de su kurotomesode en conjunto con la humedad de sus lágrimas. Temblaba de manera violenta, compulsiva mientras sus manos se aferraban a la ostentosa tela oscura sin importarle en lo absoluto causarle algún daño.

—¿Mikoto-sama?

Llamó una voz consternada desde el umbral de la puerta.

Sasuke dirigió una mirada al sitio donde había surgido la voz. Al cabo de un par de segundos, la jefa del personal de servicio se presentó ante ellos con su sobrio yukata oscuro y una charola con utensilios para el té entre las manos.

Mikoto se llevó las manos a la cara. No quería dar el espectáculo de una actriz salpicando lagrimas a diestro y siniestro sin pudor alguno. Mas no pudo acallar su angustia ni evitar que su cuerpo fuese sacudido por el llanto y por el esfuerzo mismo de evitarlo.

—Debes irte—dijo con la voz entrecortada, dirigiéndose a Sasuke.

—Puedo quedarme un rato más—sugirió.

—No es necesario—murmuró—. Estaré bien—procuró sobreponerse—. Ahora vete, no hagas esperar a tu padre ni a los miembros del alto consejo.

Insistir sería absurdo, su madre no admitiría su ausencia en la primera reunión con el selectivo grupo de hombres que conformaban el gabinete privado de su padre.

Abatido, salió de la habitación con la promesa de regresar más tarde.

Insuflándose de valor, caminó con paso seguro por los pasillos de la mansión, absorto en el huracán de pensamientos que plagaban su mente, sin oponerse a disipar la sensación de arrepentimiento albergada en su pecho.

A su paso, una joven del servicio realizó una reverencia en señal de respeto, y él simplemente asintió en reconocimiento.

La sala donde se llevaban a cabo las reuniones del alto consejo se ubicaba bajo el Santuario Nakano. Para llegar hasta ese lugar era necesario descender al sótano y transitar las oscuras y húmedas galerías subterráneas que conectaban a la mayor parte de las casas del distrito de los Uchiha al punto de encuentro.

Aquellos pasadizos habían sido de mucha ayuda durante el golpe de estado, gran parte de los desprotegidos encontraron un refugio subterráneo al que solo podían ingresar los miembros del clan.

Armándose de una resistente coraza, descendió los peldaños hasta sumergirse en la oscuridad del sótano. Tal como se lo había enseñado su padre, activó el poderoso Dojutsu de su familia. Como si respondiera a su presencia, las puertas de madera se abrieron suavemente, conscientes de su llegada, permitiéndole el ingreso al pasadizo oculto.

Además de la sensación claustrofóbica que aumentaba conforme recorría el pasillo, Sasuke sentía que la humedad lo asfixiaría en cualquier instante.

Luego de casi diez minutos de camino, escuchó el murmullo de las voces. Reconoció al soldado que estaba de guardia en la puerta. Abrió sin golpear y anunció su nombre en voz alta.

Se encontró con su padre y todo el Consejo. Estaban juntos a la mesa oval, todos sentados del mismo lado. Fugaku estaba en el medio, flanqueado por una mujer sexagenaria y un hombre de mediana edad, dos personas más estaban en la punta de la izquierda y otra dama en la derecha. Había una silla vacía justo frente a su padre.

Fugaku tenía las manos levemente apoyadas en la mesa, con los dedos doblados. Lo conmocionó reconocer la alianza en uno de sus dedos, y se dio cuenta que eso era lo que esperaban.

—Toma asiento, Sasuke—ordenó el General.

Lejos de desobedecer los comandos de su padre, se postró en el único asiento desocupado, reservado exclusivamente para él.

—¿Empezamos con los preparativos para el asedio de Tanzaku?—preguntó una de las mujeres cuando todos estuvieron postrados en su sitio.

—No—replicó el hombre de mediana edad sentado a la derecha de su padre—. Por la muerte de Shisui. Es una baja significativa.

—Shisui fue un traidor, no deberías sentir pena por él Kazuki-kun—dijo la mujer de mayor edad.

—¿Qué sucederá con el cuerpo?—preguntó otro de los hombres.

Sus rostros eran familiares, pero aún se mostraba incapaz de ponerles un nombre. Todos ellos pertenecían a la rama principal de los Uchiha. Cualquier decisión correspondiente a los asuntos del Clan debía discutirse con el Alto Consejo y, eventualmente, los seis miembros lo sometían a votación y emitían un veredicto.

—Será enviado a la fosa común—decretó Fugaku sin mayor remordimiento—. Lo han despojado de sus ojos. No podemos olvidar que era poseedor del Mangekyou Sharingan.

Todos se mostraron de acuerdo.

El hombre llamado Kazuki se adelantó, y con una voz llena de veneno, dijo:

—La situación con Itachi te deja mal parado como General, Fugaku—sonrió.

Notó a su padre tensarse. Habían pasado años desde la última vez que alguien se dirigía al General con tal familiaridad. Kazuki debió ser una persona allegada a él en el pasado, quizás un subordinado en la policía. Lo cierto es que nunca entendió cuál era la función precisa del hombre cuando era el asesor de su padre y tampoco se lo habían aclarado en los últimos doce años.

—¿Hay algo que te esté impidiendo desempeñar tus funciones?—continuó tentando a la suerte.

—No—contestó.

El hombre asintió con cierta malicia.

—El líder de la Rebelión vivía bajo tú mismo techo—señaló—. ¿Qué sucederá con tu hijo? La traición se paga con muerte.

En los días posteriores a la captura de Itachi, el destino del primogénito y heredero del Clan Uchiha era desconocido para todos.

De acuerdo con las leyes del Régimen, Itachi debía ser ejecutado inmediatamente y exhibido en el muro durante un lapso de siete días para que cualquier persona que deseara seguir sus pasos contemplara un vestigio de su destino. Sin embargo, el hermetismo en torno al caso era insoportable y ni siquiera los miembros del consejo estaban al tanto de la sentencia de Itachi.

Le parecía extraño que incluso admitieran el juicio, considerando que toda traición consistía en una pena de muerte segura.

—Itachi es mi hijo—dijo Fugaku girándose hacia Kazuki.

—Y también es un traidor—rebatió.

La tensión llenaba el aire de la habitación, como una densa niebla que envolvía a todos los presentes. Cada suspiro y miraba estaban cargados de expectación que sólo contribuían a incrementar la presión en el ambiente. Los rostros tensos de los miembros del Alto Consejo reflejaban la gravedad del momento, con sus ceños fruncidos y los músculos faciales rígidos.

El silencio pesaba sobre la estancia, interrumpido únicamente por el sonido ocasional de las respiraciones contenidas y el leve crujir de prendas al moverse. Era como si el mismo tiempo se hubiese detenido, suspendido en un estado de anticipación y ansiedad.

—No podemos olvidar todo lo que hizo por nosotros—intercedió un hombre de mejillas regordetas y enrojecidas.

—Shisui también hizo grandes cosas—restalló la mujer delgada. La había contemplado en más de una ocasión en compañía de su madre—. Y dónde está? Muerto.

Furioso, Fugaku golpeó la mesa con ambas palmas, inclinándose lo suficiente sobre la superficie para ponerse de pie.

—¡No voy a asesinar a mi primogénito!—exclamó.

—No sabía que ahora eras un hombre misericordioso, Fugaku—sus ojos color gris brillaban de malicia—. Tu hijo nos traicionó.

—Estoy segura que podemos encontrar la manera de solucionarlo—intervino Chiyoko Uchiha, la mujer que debía tener cerca de un centenar de años.

—Se despojara a Itachi de sus poderes oculares y lo revocaremos de su cargo como comandante y heredero del clan—interrumpió su padre con firmeza.

—En ese caso, debemos encontrar un sustituto respondió Kazuki aunque de muy mala gana.

—El liderazgo del clan siempre ha recaído en la rama de nuestra familia—dijo antes de que alguien tuviera ocasión de poner de manifiesto su evidente insatisfacción.

—Me temo que no es el caso. Con Itachi fuera de la contienda, el panorama político es complicado—Kazuki sonrió, pero su mirada se mantuvo imperturbable—. Además, es necesario recordar que el poder del que hablas lo obtuviste por tu esposa. Si Mikoto no pudo convertirse en la cabeza del clan fue por su condición como mujer.

—Kazuki, cuida tus palabras—lo censuró el hombre regordete.

—Hablo por todos en la habitación—prosiguió—. ¿Acaso olvidaron como se confirió en líder del clan?

—No fue por los lazos de consanguinidad, si no por lo demostrado durante la Tercera Gran Guerra Ninja—interrumpió Chiyoko—. De no haber sido por Fugaku, nada de esto habría pasado.

Las miradas se entrecruzaban, transmitiendo mensajes silenciosos cargados de significo, mientras las mentes analizaban y evaluaban cada detalle con una agudeza casi sobrehumana.

—Sugiero que la elección de heredero sea sometida a votación—saltó otro de los hombres al instante.

—Concuerdo con Hiroshi-san—respondió la mujer desconocida—. ¿Alguno de ustedes propone un candidato para suplir a Fugaku-san cuando el momento llegue?

Todos intercambiaron miradas entre sí, inseguros de cómo proseguir.

—Propongo a Sasuke como mi candidato—dijo su padre con voz tensa.

—Competirá contra mi—anunció Kazuki con orgullo mientras se levantaba de su asiento—. No es nada personal, muchacho—dijo dirigiéndose a Sasuke.

La tensión, como un hilo invisible, unía a cada individuo en la sala, conectándolos en un estado de cautela y alerta.

Mientras tanto, el miedo de Sasuke se manifestaba en forma de dudas persistentes. Un sentimiento de inseguridad se arraigaba en lo más profundo de su ser, alimentando su preocupación. El peso de la responsabilidad parecía aplastante, como si el destino hubiera colocado sobre sus hombros una carga demasiado grande para soportar.

—Lo haremos a la antigua—decretó Chiyoko con solemnidad—. Cada miembro del consejo votara por uno de los candidatos, salvo el General—dijo mirando a Fugaku.

Su padre asintió.

Sasuke se limitó a tragar grueso mientras se cuestionaba en qué lio se había metido.


Caminó por el pasillo acompañada por dos guardias. Cruzaron el umbral; un vestíbulo y más tarde a un claustro soberbio. Pasaron bajo un arco, sin puerta, en el que estaba escrito: "Admisiones". Todo lo que había más allá de ese hueco era de construcción reciente, convencional y de mal gusto.

Anduvieron una veintena de pasos. Todo era grande. inútilmente grande en aquel edificio. La obligaron a permanecer un rato en el pasillo mientras uno de sus acompañantes abría una puerta, mostrando detrás de ella un despacho moderno y bien iluminado. Al cerrarse la hoja, la penumbra volvió a cernirse sobre la galería.

Luego de un minuto o dos, la obligaron a ingresar en la oficina y postrarse en una de las sillas frente al escritorio.

Desconocía a su interlocutora de rostro severo, sus rasgos eran iguales a los de todos los Uchiha: cabello negro, ojos oscuros, facciones aristocráticas y porte elegante. Iba ataviada con un yukata en azul oscuro y llevaba la cabellera atada en un perfecto moño que mantenía los mechones a raya.

Ojeaba los papeles que su asistente acababa e depositar sobre la mesa. Todo estaba e regla: la solicitud de ingreso; el informe médico que daba constancia de su perfecto estado de salud y un oficio escrito por el mismismo Uchiha Obito concediendo la plaza.

Con un suspiro, resguardó los documentos para leerlos más tarde. Se removió en su asiento y le dedicó una sonrisa diplomática, reparando en su presencia.

—Mi nombre es Uchiha Kōgyoku, ninja médico de profesión y la encargada de supervisar y dirigir el Centro de Magdalenas—dijo con evidente orgullo.

Sakura guardó silencio.

—¿Tienes idea de qué trata el programa?—preguntó con genuina curiosidad.

La kunoichi se limitó a negar con la cabeza.

Resignada, Kōgyoku soltó todo el aire contenido en sus pulmones, cerró los ojos un momento y coloco ambas manos sobre la superficie del escritorio, entrelazando sus largos dedos, muy bien cuidados.

—Se te otorgara la introducción completa en el curso de preparación intensivo—sonrió, al parecer no estaba dispuesta a ahondar en explicaciones rebuscadas—. Ustedes serán el sujeto de prueba para evaluar el éxito del proyecto. Deberías sentirte orgullosa, no todas pasan la primera prueba—dijo con más aplomo.

Sakura tragó grueso. Jamás consideró la suerte de ser preñada por un Uchiha. Ser violada, al menos lo pensó en más de una ocasión. Eso se sentía como un ultraje en cámara lenta. Sin embargo, la situación era mucho más compleja que esto.

—¿Sabes por qué te llame?

Ella volvió a negar.

Kōgyoku carraspeó un poco para aclararse la garganta y dijo:

—Leí una parte de tu interrogatorio—empezó—. En el informe mencionan que estuviste involucrada sentimentalmente con un Uchiha durante tu estadía en la mansión del General, ¿eso es cierto?

Bajó la mirada. Sentía que se ruborizaba.

—No hay necesidad de ponerse nerviosa. Esto es un mero formalismo—dijo la ninja médico.

Sin lugar a dudas, Kōgyoku esperaba que desvelara todos los detalles de su breve y fugaz amorío con Sasuke como si de dos amigas se tratara.

—S-sí—admitió con vergüenza.

Por el rabillo del ojo la miró escribir algo sobre un papel de blanco inmaculado; el sonido que producía la punta del bolígrafo al desplazarse por el lienzo era ensordecedor, insoportable.

—¿Puedes confirmar la identidad?—indagó—. Cualquier cosa que digas permanecerá dentro de estas cuatro paredes—sonrió.

La conversación de los dos ninjas médicos acudió a su mente como una vía de escape. Se las había arreglado para hacerle creer a sus captores que la persona con la que mantuvo una relación fue nada más y nada menos que el afamado Shisui Uchiha. En un último intento desinteresado por proteger a Sasuke, utilizó algunas técnicas que Ino le había enseñado para modificar los recuerdos, transmutarlos al punto que, cuando alguien intentase hurgar en los confines de su mente, recibiera información falsa.

—Uchiha… Uchiha Shisui—murmuró.

—Es lo que imaginaba—dijo más para ella que para Sakura—. ¿Cuántos encuentros sexuales mantuvieron?—quiso saber.

Sakura la miró, escandalizada.

—Solo es parte del protocolo—aclaró Kōgyoku‑. Como sabrás, Shisui era un comandante valioso antes de que decidiera ir en contra nuestra.

Estrujó los puños que yacían sobre su regazo y volvió a tragar grueso.

—Dos veces—contestó.

—¿Utilizaron protección?

—No.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Hace tres semanas. La noche antes del escape.

La mujer se reclinó hacia atrás en su silla y acarició su barbilla. Así, a primera vista, no le pareció una mujer de peso. Mas que una cientifica la juzgó de fantoche.

—Para tu fortuna o desgracia, no estás embarazada—dijo mirando al techo—. Aun así, los estudios realizados indican que eres una mujer fértil. Tus órganos reproductivos funciona a la perfección. Tal vez Shisui no estaba destinado a dejar descendencia—agregó—. Aun así, habría sido una lástima traer al mundo al hijo de un traidor, ¿no lo crees?

Sakura asintió. Una sombra pasó por sus ojos.

—Bien, Sakura, no te quitare más tiempo. Los soldados te escoltaran a la sesión grupal—comenzó a decir al mismo tiempo que recolectaba los papeles donde había plasmado algunas anotaciones—. Espero que logres adaptarte sin eventualidades.

La kunoichi se puso de pie de manera automática sin que nadie la obligara a hacerlo.

Kōgyoku presionó un botón dispuesto en el escritorio y los dos hombres ingresaron a la habitación, preparados para dirigirla a una nueva área del centro de reproducción.

Sin decir nada más, la llevaron a lo que parecía ser un salón de clases; en la pared más cercana había una tela y frente a ésta yacía un proyector que emitía información respecto a la guerra y las bajas tasas de natalidad en los últimos diez años. Los pupitres estaban dispuestos en hileras de cinco, lo suficientemente apartados para evitar que las chicas hablaran entre ellas. Todas iban ataviadas con el yukata escarlata; sus miradas permanecían fijas al frente, tenían las manos sobre la mesa y la espalda recta.

—Bienvenidas, chicas—habló una mujer al frente de la clase—. Tomen asiento—espetó.

Aunque sonó como una invitación, Sakura sabía que era una orden.

Echó un vistazo discreto a su alrededor: había cinco mujeres ataviadas de la misma forma que Kōgyoku, todas iban de negro de pies a cabeza, peinadas de manera perfecta y con gesto severo. Entre sus manos llevaban varas eléctricas, se aferraban a ellas como si sus vidas dependieran de ello.

Lentamente, se dirigió al final de la fila, cabizbaja. Entonces la vio. Hinata. Estaba sentada en uno de los pupitres ubicados en el centro de la sala. Tuvo que volver a mirarla con atención para asegurarse de que era ella. La contempló entrecortadamente, con movimientos rápidos de los ojos, para que nadie lo note.

Lucía diferente, como si se tratase de otra persona: llevaba el cabello oscuro atado en una hermética trenza, se veía delgada y frágil; los huesos de sus pómulos resaltaban y sus mejillas eran como dos huecos donde antes había carne. Tenía un aspecto demacrado.

Sakura contuvo la necesidad de dejar escapar un grito cuando reparó en el parche de cuero que cubría su ojo izquierdo o lo que quedaba de él.

Hinata la miró, pero se giró: ya sabía que era lo más prudente.

—Todas ustedes eran mujeres sucias. rameras—Dijo la mujer con severidad—. Pero ahora, son especiales—sonrió—. La fertilidad es un regalo. La guerra las dejó intactas para servir al digno y honorable propósito del Régimen. Ustedes servirán a los lideres y sus esposas. Darán a luz a sus hijos. ¡Son tan afortunadas! ¡Tan privilegiadas!—exclamó.

Pese al pérfido discurso, Sakura notó como las demás permanecían imperturbables.

—Todo esto debe parecerles extraño—reconoció la interlocutora con fingida simpatía—. Pero lo normal no es más que aquello a lo que se acostumbran—suspiró—. Puedo que esto no les parezca normal, pero acabara siéndolo. Esto se convertirá en su nueva realidad—concluyó.

Durante sus años como prisionera, Sakura nunca temió que su cuerpo colgara del muro y se pudriera con el paso de los días. Ahora que lo pensaba, ese destino no era nada comparado con renunciar a la Voluntad de Fuego. No era nada parecido a ser violada y obligada a llevar un hijo que le seria arrebatado en el momento que naciera.

Se dio cuenta de que escapar era probablemente un lujo que no podía costearse. Lo importante sería morir rápidamente, antes de que pudiera ser detenida y privada de más intentos.

Continuará


N/A: ¡Hola, hola gente bonita! ¡Espero que se encuentren muy bien!

Hoy estoy de regreso antes de lo previsto, tal vez en tiempo récord. Sus lindos reviews me confirieron la inspiración necesaria para escribir este capitulo en una semana, si bien, es más corto, eso no lo hace menos importante e interesante.

Sin percatarme de ello, esta entrega plasma ciertos paralelismos entre Sasuke y Sakura. Ambos se ven obligados a jugar un rol que detestan, Sasuke el de posible heredero y Sakura el de futura esclava sexual.

También, abordé un tema sensible. No estaba del todo segura de narrar ciertas escenas, pero esto nos permite apreciar el frágil estado mental de nuestros protagonistas y lo que están dispuestos a hacer con tal de ponerle fin al tormento en el que se ven inmersos. Es una medida drástica, desesperada.

Puede decirse que con este capítulo comienza un nuevo arco. De ahora en adelante nos centraremos en las decisiones de Sasuke y sus intentos desesperados por arreglar todo el desastre que causó. Se que no es del agrado de muchas, pero en verdad, todo tiene un motivo y espero, en serio, cruzo los dedos para que suceda, darle la redención que merece.

En cuanto a Naruto e Ino, sí, es un crack ship, lo sé, pero no pude evitarlo. No saben cuánto me alegra saber que fue bien aceptado. Al igual que Sasuke y Sakura, también comenzaremos a centrarnos en ellos y sus esfuerzos por rescatar a su mejor amiga.

Sin nada más que agregar, agradezco infinitamente sus bonitas felicitaciones, de verdad, hicieron que mi corazón saltara de alegría. Anfictión es un espacio en el que he merodeado cerca de diez años y puedo decir que es una parte bonita de mi vida, no solo por el sin fin de historias que ofrece, sino también por las personas con las que me he cruzado durante este tiempo.

Como siempre se los digo, gracias totales por todo el apoyo y cariño que me brindan.

Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. ¡Cuídense mucho!

¡Nos leemos en la próxima entrega!

¡Hasta la próxima!