Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Heredera de la Voluntad de Fuego
XXIII
La estética de la prisión era austera, y ponía en evidencia lo aterradoramente poco que quedaba de la vida cuando le quitaban los perifollos que la adornaban. La sala de espera para los visitantes, con sus paredes de ladrillos de ceniza pintados de un blanco intenso y su liso linóleo de color verde guisante, carica cruelmente de cualquier elemento que pudiera hacer agradable la estancia, como si trataran deliberadamente de recordar por qué estaban allí. Era una habitación que no sería confundida con algo tan anodino como la oficina de venta de billetes para el tren o la sala de espera del consultorio de un médico.
Sin embargo, al ser un Comandante, Uchiha Sasuke pasó de largo por el cubículo e ingresó directamente al amplio pasillo que conectaba con las diferentes áreas dentro de la ergástula. Dos hombres encabezaban la caravana, no era como que él precisará de protección, pero sí de unos guías para arribar al punto que deseaba alcanzar.
Lo llevaron hasta una puerta de hierro con una placa que indicaba «Cabina de interrogatorios». Dos escoltas estaban adosados a ambos lados. El más cercano a la manecilla golpeó la puerta para anunciar su llegada.
Escuchó el complejo mecanismo de cerraduras activarse hasta abrir las pesadas puertas para darle paso. Cuando notó la tentativa de los guardias para ingresar con él, se detuvo en seco; tomó una enorme bocanada de aire y, contemplándolos por encima del hombro dijo:
—Déjenos solos.
Los hombres intercambiaron miradas, nerviosos o inseguros. Sabían que la petición de Sasuke iba en contra del protocolo de la penitenciaría, pero se trataba de una orden emitida por uno de los comandantes. Sin embargo, no se opusieron. En su lugar, permanecieron de pie en el centro del pasillo, preguntándose el uno a otro entre susurros si eso los metería en problemas con el director.
Dejo de escuchar los murmullos cuando las puertas se cerraron detrás de él. La cabina de visitas parecía diseñada para aislar y desorientar. Era una claustrofóbica caja herméticamente cerrada de unos dos metros y medio de alto por metro y medio de ancho, con una puerta con mirilla a su espalda y un complejo sistema de bloqueador de chakra permeando las paredes. Estaba claro que su función era mantener a los prisioneros enjaulados, naturalmente: aquella era una prisión de máxima seguridad que no permitía las visitas en privado, salvo por esa ocasión.
Al igual que la primera vez que acudió a verlo para el primer interrogatorio, Itachi yacía postrado en una silla situada en el centro de la geografía del cuarto. Tenía las manos esposadas en la cintura y sus ojos permanecían ocultos tras una cinta metálica gruesa,
Todo a su alrededor era blanco, todas las paredes, todas las puertas, todas las superficies. Por lo visto, el correccional estaba enteramente construido a base de muros continuos de escayola blanca y paredes de cemento gris. Era una instalación nueva, así que supuso que la ausencia de color formaba parte de alguna estrategia penitenciaria.
—Creí que el interrogatorio había finalizado.
Por más que intentasen bloquear todos sus sentidos, las habilidades de Itachi eran superiores a las de un shinobi promedio, incluso a las suyas. El arduo entrenamiento al que fue sometido durante su paso por ANBU lo había suministrado con una serie de prontitudes distintas, más finas, letales.
Alcanzó otra silla sitúa en la esquina y la ubicó al frente de su hermano a una distancia prudencial.
—No estoy aquí para interrogarte—admitió.
Itachi no dijo nada. Al igual que él, había aprendido que en cualquier interpelación, lo mejor que podía hacer era esperar, no decir nada. Alguno de los dos querría llenar ese silencio incómodo. Sentiría un pequeño impulso para seguir hablando para demostrar que no se estaba guardando nada. Sin embargo, en ese caso, ambos esperaron simplemente por costumbre. Desde luego, Sasuke no estaba ahí para bombardearlo con más preguntas respecto a la Resistencia y tampoco tenía la menor intención de marcharse. No hasta que él dijera que sí.
—Respecto al cuerpo de Shisui… me encargue de enterrarlo cerca de la tumba de su madre—dijo Sasuke.
El semblante de falsa tranquilidad de Itachi desapareció, abriendo paso a una profunda y notoria tristeza que, a pesar de llevar la mitad del rostro cubierta, era posible vislumbrarla si se detenía a contemplar con detenimiento.
Su corazón dio un vuelco. Era la primera vez que hablaba de la muerte de Shisui con Itachi. No hubo necesidad de comentarle la noticia durante la primera reunión, él ya lo sabía.
—Ahórrate las disculpas—lo cortó de tajo—. Los dos éramos conscientes de que algo así podía suceder—su tono era apagado.
—Lo sé, pero nunca imaginé que sería yo quien daría la orden—rebatió.
—Si crees que papá te tomó en consideración después de tantos años, estas equivocado.—La mordacidad en la voz de Itachi era animosamente cortante—. Al igual que los demás, eres una herramienta. Te está utilizando para castigarme. Sabe que tú nunca irías en contra suya.
Sacudió la cabeza para desechar la terrible sensación que se apoderaba de él cada vez que recordaba los acontecimientos de los últimos días. Procuró conjurar otra respuesta tan rápida como audaz, pero se dio por vencido al segundo desastroso intento.
Por más que le costase admitirlo, Itachi tenía razón. De no haber sido por la serie de decisiones desafortunadas que tomó, Sasuke nunca sería considerado heredero o alguien digno para suplir a su padre.
—¿Qué hay con Sakura?—quiso saber su hermano.
Sasuke se quedó en silencio; su pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado. Desde su captura, le había perdido el rastro. Solamente tenía la certeza de que ella seguía viva.
—N-no lo sé—confesó.
—Si ella hubiese sido inteligente, habría muerto a lado de Shisui.
Sasuke frunció el ceño con ahínco.
—Jamás lo permitiría.
Itachi se removió en su asiento, provocando que las cadenas tintinearan.
—Por supuesto que no. Pero si estabas dispuesto a enviarla de nuevo a la Unidad 121—lo acusó—. ¿Cuál era tu plan al traerla de regreso a la aldea? Porque, sinceramente, no puedo ver con claridad tus intenciones.
El rostro de Itachi adoptó una expresión de punzante desdén hacia él mientras tocaba las marcas violáceas que las apretadas esposas habían dejado sobre la lívida tez de sus muñecas.
—Yo… necesito tu ayuda—dijo Sasuke con una nota de manifiesto desespero.
La risa sarcástica del mayor de los Uchihas reverberó entre las paredes.
Sasuke dio un respingo. La risible insinuación lo jodio.
—Por si no te has dado cuenta, van a condenarme a muerte—siguió diciendo—. Mi novia murió y mi mejor amigo también. Ahora, la mujer que amas está pagando las consecuencias de tus actos. Así que dime, tonto hermano pequeño, ¿Eso te hizo sentir bien? ¿Los sacrificios valieron la pena a la hora de portar el uniforme?
Itachi estaba en todo su derecho de sentirse molesto con él. Lo había despojado de lo que más amaba, de una u otra forma, su padre lo obligó a tomar decisiones que él, en su sano juicio, emitiría. Fugaku Uchiha consiguió enfrentarlos. Había cumplido con su objetivo.
—Si quieres sacarla de este jodido lugar, estas solo—decretó. Luego se inclinó hacia atrás—. Si hubieses permitido que ellos siguieran con su camino…
—No tenía otra opción…—murmuró Sasuke.
—¡Claro que la tenías! ¡No tenías que dar la orden!
A pesar de su artificiosa mesura, Sasuke se mostró visiblemente abatido al escucharlo.
—¡Tu estabas ahí! No podía ir en contra de los órdenes de los demás comandantes, ni siquiera de papá—espetó.
—Eso es una excusa patética, Sasuke.
Su cuerpo temblaba de impotencia.
—¿Qué habrías hecho en mi lugar?—demandó saber.
—Luchar—le soltó, acentuando su respuesta con un tono que Sasuke nunca lo había escuchado utilizar jamás—. Eso es lo que he hecho en los últimos años. Luchar. Ir en contra de los ideales que solo han traído muerte y destrucción.
Sasuke echó un vistazo a sus manos trémulas y tragó grueso. Era un cobarde. Un verdadero cobarde.
—¿Y qué conseguiste con eso, Itachi?— rugió, molesto—. Como tú mismo lo dijiste, perdiste todo y a todos a los que amabas.
Su hermano no respondió de inmediato, en su lugar, permaneció en silencio, como si estuviese buscando las palabras adecuadas para rebatir.
Cansado, dejó escapar un largo y sonoro suspiro.
—Aun te tengo a ti—espetó.
Las palabras pronunciadas por Itachi penetraron profundamente en su corazón, moviendo fibras sensibles.
¿Cómo era posible que ambos llegaran a ese punto? Dos hermanos enfrentados; Itachi acababa de darle la espalda, tal como él lo había hecho en el instante que aceptó ejecutar la misión.
Sintió que le caía un gran peso encima. Antes de regresar a si mismo necesitaba silencio. Una quietud absoluta, ningún pensamiento.
El regreso a la vida real contenía un estremecedor elemento de terror que, oculto por la lúgubre atmosfera del lugar aguardaba para abalanzarse sobre él como un ave de presa desde un árbol.
—Tomaste tus decisiones, Sasuke—el dolor comenzaba a materializarse en cada silaba pronunciada—. Ahora debes aprender a vivir con el peso de ellas. Tal como yo estoy dispuesto a hacerlo.
Sasuke desvió la mirada, como el canalla que era, sin poder expresar lo que se agitaba en su interior.
Base de la Insurgencia: ubicación desconocida
—¿No crees que fue demasiado?
La pregunta de Ino quedó suspendida en el aire, ahogada por el sonido de las olas y el crujir de la arena humedad bajo sus pies.
Se cuestionó si su acompañante la había escuchado, puesto que continuaba con la mirada fija al frente y las manos ocultas en los bolsillos de su pantalón, sin dar ninguna respuesta inmediata.
—¿Qué?—cuestionó al cabo de un segundo o dos, visiblemente confundido.
Ella tensó los labios. En ocasiones olvidaba lo distraído que podía ser Naruto.
—La paliza que le propine a Kiba—explicó.
—Claro que no—sacudió la cabeza—. Al contrario, creo que ya era hora que alguien lo pusiera en su lugar—sonrió.
Ino correspondió el gesto de buena gana. La culpa que amenazaba con apoderarse de ella, poco a poco comenzó a disiparse hasta transformarse en un cosquilleó y un revoloteo en el fondo de su estómago que nada tenían que ver con el incidente suscitado el día anterior.
—Me sorprende que consiguieras salirte con la tuya. Insultaste a dos comandantes y humillaste a teniente—agregó Naruto—. La última vez que hice eso me enviaron a Sunagakure por seis meses, ¡Seis meses!—exclamó, incrédulo.
Ino se encogió de hombros.
—Sólo obtuve una advertencia por parte de Kakashi-sensei. Supongo que en el fondo comprende por qué lo hice.
Naruto asintió en silencio.
—¿Mencionó algo respecto a Sakura?
Ino se contuvo en medio de un suspiro y dejo salir el aire suavemente, de forma inaudible. Caminaban sobre cáscaras de huevos.
—Dijo lo mismo que Shikamaru—espetó en voz baja—. Uchiha Shisui era el único enlace que tenían con la Resistencia… el grupo murió con él.
—Definitivamente los Dioses no están a nuestro favor—masculló Naruto a vez que pateaba una pequeña roca con la punta de la bota.
—No te consideraba un hombre religioso—señaló Ino al escucharlo expresarse de esa forma.
—No lo soy, pero tengo la impresión que nada ha salido como esperamos desde hace dos años—se encogió de hombros—. Solamente hemos perdido compañeros… y la lista sigue incrementando, me siento tan, tan… frustrado.
Los sentidos de Ino pudieron apreciar, de una forma inexplicable y casi física, la manera en que el desconsuelo se apoderaba de él.
Ahora que lo contemplaba con detenimiento, bajo los tenues rayos del sol que se filtraban entre las nubes grises, era capaz de verlo con claridad: la guerra lo estaba carcomiendo; quedaba tan poco de él. Los fantasmas en sus ojos era casi todo lo que había.
Poco quedaba del alegre muchacho que se las apañaba para motivar a todos con una sonrisa. La culpa y el arrepentimiento eran cargas deletéreas, consumían el alma y el espíritu hasta no dejar migajas de esperanza. Naruto era la prueba viviente de ello.
—Respecto a Shikamaru…—Ino se tensó automáticamente ante la mención del nombre—. Deberías hablar con él—sugirió. Entrecerró los ojos ante un breve rayo de sol.
Ella se sonrojó como una niña.
—Lo sé, lo se. Pero no puedo hacerlo.
Ambos se habían dicho cosas hirientes el día anterior. Ino sabía que su relación no volvería a ser la misma luego de expresar su decepción y despotricar en contra de la persona que solo se preocupaba por ella.
—No voy a presionarte—comenzó a decir el Uzumaki mientras detenía en el paso para centrarse completamente en ella—. Todos hemos cometido errores. Shikamaru carga con un gran peso sobre sus hombros.
—Como todos nosotros—lo interrumpió.
Naruto tensó los labios. Volvió a quedarse callado. Reanudaron el paso, esta vez inmersos en la afonía.
Cuando Ino echó un vistazo a sus espaldas, se percató del camino recorrido. A duras penas se vislumbraba el edificio de la base. Habían abandonado el perímetro y solo se necesitarían un par de minutos para que los shinobis que montaban guardia a los alrededores se percataran.
—Respecto a lo que sucedió la otra noche…—comenzó a decir, nervioso. Estiró la cabeza hacia atrás y hacia delante para aliviar la tensión del cuello.
Ino lo miró por el rabillo del ojo, atenta. Notó el leve rubor en sus mejillas que nada tenía que ver con el gélido aire ni la prolongada exposición a los rayos del sol. Al igual que él, la sangre se le precipitó el rostro y desvío la mirada hacia el suelo para que no pudiese tener atisbo de ella.
—No tenemos que hablar de eso si no lo deseas. Entiendo completamente, no hay necesidad de dar explicaciones—se apresuró a decir.
—Mierda, Ino—maldijo el Uzumaki—. ¿Por qué tienes que adelantarte? Realmente quiero hablar de ello—protestó.
Avergonzada, se encogió de hombros como una niña pequeña y aguardó.
—¿Tan mal estuvo?—preguntó a bocajarro.
Naruto dejo escapar el aire contenido en sus pulmones.
—¡Por supuesto que no!—exclamó.
—Lo siento.
—No estuvo mal, fue… mejor, quiero decir, ha sido lo mejor. Mierda. Estoy arruinándolo todo—balbuceó.
Ino sonrió.
—No tienes que esforzarte demasiado, entiendo lo que quieres decir.
Naruto la miraba con una expresión atenta, casi nerviosa.
Hizo ademan para tomarla de la mano e Ino se la dio sin pensar. Él la sostuvo durante un segundo, acariciándole los nudillos con el pulgar.
—En realidad, no puedo dejar de pensar en ello—confesó.
Ahora el turno de Ino para ser atacada por espasmos y rubores ridículos. Se quedó mirando su rostro cincelado. Aquellos ojos azules la observaban muy atentamente, como tratando de leerle el pensamiento. Se dio cuenta de hasta qué punto lo quería, y de pronto, una oleada de deseo y excitación se apoderó de su cuerpo.
—Así que… ¿Quieres seguir haciéndolo?—preguntó en un arrebato de valentía.
Notó como le ardían las orejas. Ino era brutalmente honesta y nunca se andaba por las ramas.
—Eso me encantaría—se rascó la nuca, nervioso.
—También a mí, pero ¿Por qué tengo la impresión de que estas a punto de darme una mala noticia?—cuestionó—. ¿Acaso padezco una enfermedad terminal de la que no estoy al tanto?
Naruto soltó una risa breve y apagada.
—No, es solo que… no quiero causarte problemas. Ya sabes—se encogió de hombros.
Ino contuvo las ganas de poner los ojos en blanco.
—Soy una mujer adulta—le recordó.
—Lo sé, lo sé, pero también eres la heredera de un Clan.
Ella dejó escapar un suspiro. El encanto de la breve y torpe declaración de «amor» había llegado a su fin en un abrir y cerrar de ojos.
Con las manos en los bolsillos y de manera autómata, continuaron caminando por la playa; la brisa gélida y salada alborotaba su cabello y, dentro de poco, los dos se verían obligados a regresar a la base.
—Kiba comienza a sospechar—Ino apartó la vista del rostro de Naruto y miró las rocas que se apilaban en un punto lejano de la playa; las olas rompían con fuerza, como si intentasen derribar aquella barrera natural—. Antes de golpearlo, dijo que estaba pasando tanto tiempo a tu lado que comenzaba a actuar igual que tú.
Aquello consiguió captar su atención, obligándolo a levantar la cabeza. Confusa, seguía evitando su mirada, pero por el rabillo del ojo ve que él la observaba.
Extrañamente, cuando hablaba con Naruto, sentía que existía entre ambos una total privacidad. Podría explicarle cualquier cosa de sí misma, incluso cosas raras, y él nunca las iría divulgando por ahí. Estar a solas con él era como abrir una puerta que le permitiera salir de la cotidianidad y cerrarla tras de sí.
—¿Eso debía ser un insulto?—preguntó en tono arrogante.
—Tal vez—suspiró—. Me ofendió profundamente—bromeó.
—¡Ey!—exclamó.
Ino dejo escapar una pequeña risa.
Ahora es Naruto quien la detiene, entrelazando sus dedos con los de ella y estrujando su mano, obligándola a detener el paso.
—No espero nada a cambio ¿Lo sabes?—su voz a duras penas era audible por encima de la sonata emitida por el mar.
—Sí, lo se.
—Y para ser honesta contigo, nunca imagine que algo así sucedería entre nosotros dos—pasaron unos segundos sin que él dijera nada, la intensidad de la intimidad entre ambos se tornaba tan agudísima que le oprimía con una presión casi física la cara y el cuerpo.
—Ino, yo…
Cualquier cosa que Naruto se hubiese propuesto a decir se vio interrumpida por un carraspeó.
Ambos se apartaron tan rápido como sus reflejos les permitieron reaccionar. Shikamaru aguardaba de pie no muy lejos de donde se encontraban, si había visto algo o escuchado algún fragmento de su conversación, aparentaba no hacerlo.
—¿Interrumpo algo?—preguntó.
Naruto se rascó la nuca, nervioso.
—No, en realidad no. Solamente estábamos conversando.
La pesada mirada de Shikamaru viajó del rostro sonrojado de Naruto a la imperturbable faz de Ino.
—Si, por supuesto—murmuró. Estaba claro que no daba crédito a la inocente respuesta del Uzumaki.
Como era de esperarse, Ino desvió la mirada hacia el suelo y frunció el ceño en una señal de evidente disgusto.
—¿Sucede algo?—preguntó Naruto, extrañado.
—Maito quiere discutir contigo algunos detalles de la próxima incursión—anunció.
Naruto expulsó todo el aire contenido en sus pulmones.
—En ese caso, no lo hare esperar más de la cuenta—dijo—. ¿Te importa si me adelanto un poco?—le preguntó a Ino directamente.
—No, estaré bien—le aseguró.
Él, esbozo una leve sonrisa y sin más, comenzó a desplazarse por el sendero que minutos atrás habían recorrido, mostrando cierta reticencia por dejar a Ino y Shikamaru solos.
—Bien, supongo que yo también debería…
—¡Espera!—exclamó, tomándolo por el brazo. Confundido, Shikamaru contempló la mano que lo detenía; el agarre era firme—. ¿Podemos hablar?
A medida que avanzaba con lentitud, Naruto se detuvo un momento para contemplar la escena con detenimiento. Al ver que ambos se encontraban de pie uno frente al otro, no pudo evitar sonreír.
República del Fuego: Granja de Magdalenas
Las mujeres se congregaban en los jardines. En realidad, más que jardines eran unos «terrenos» que incluían un invernadero y una gran estatua de piedra en forma de mujer. Todas estaban listas para emprender largas caminatas alrededor del edificio. Era una rutina bien establecida, una parte esencial de su vida diaria en aquel lugar.
El perímetro del Centro estaba rigurosamente asegurado, como era de esperarse. La cerca de alambra de púas se alzaba imponente, marcando los límites de la pequeña prisión. Más allá, se extendía un paisaje que invitaba a la tentación: un bosque frondoso, con sus árboles majestuosos y el pase a la libertad ocultos entre sus ramas entrelazadas.
El grupo se adentró por el camino que serpenteaba alrededor del jardín principal. El sol, se filtraba a través de las ramas, creando un juego de luces y sobras que danzaban sobre el suelo. El aire estaba impregnado de aromas naturales: la fragancia dulce de las flores silvestres, el olor terroso de la tierra húmeda y el suave murmullo de las hojas susurrando secretos.
A medida que avanzaban, el sonido de sus pasos se mezclaba con los murmullos y conversaciones animadas. La camarería se fortalecía con cada paso compartido, cada momento de conexión entre estas mujeres que habían encontrado consuelo y fuerza unas en las otras.
Aquella era la tercera vez que Sakura se unía a sus compañeras. Después de la primera impresión, una vez que se había adaptado, aprendió que lo mejor era permanecer en un estado letárgico. Podía decirse a sí misma que estaba ahorrando fuerzas.
Observaba con atención a las demás chicas que iban y venían en parejas. Los movimientos de todas pasaban desapercibidos bajo la mirada de los guardias, quienes parecían estar habituados a la estricta rutina que se manejaba en el lugar.
Al percatarse de ese hecho, Sakura aprovechó la ligera ventaja para buscar con la mirada a Hinata. No pudo hablar con ella durante varios días; solamente se echaban breves miradas, a modo de prueba. La amistad era sospechosa, lo sabían, así que se evitaban mutuamente durante las horas de la comida, en las filas de la cafetería y en los pasillos, entre una lección y otra.
Para su fortuna, la compañera de Hinata se encontraba postrada en cama a causa de una enfermedad, y a ella todavía no le asignaban una compañera con la cual pudiera deambular por los jardines. Fue así que, con cuidado y discreción, se colocó a su lado, procurando no llamar la atención de los guardias.
Su corazón latía acelerado mientras se acercaba a Hinata, sintiendo el nerviosismo palpitar en cada fibra de su ser. La discreción se convirtió en su aliada, y aprovechando el ajetreo de las demás chicas, consiguió pasar desapercibida bajo la mirada atenta de sus custodios.
—¿Qué haces aquí?—la escuchó preguntar en un susurro apresurado cuando logró situarse a su lado.
—Intente escapar, pero no lo conseguí—respondió.
El susurro del viento y el murmullo de las conversaciones ajenas eran el telón de fondo perfecto para su encuentro furtivo.
—Echemos un vistazo a los crisantemos—espetó.
Lejos de oponerse, dirigieron su andar unos cuantos pasos por delante de las demás chicas. Las encargadas del programa aprovechaban el tiempo para postrarse en alguna de las bancas o charlar entre ellas, por lo que el único peligro eran las demás. Algunas eran creyentes y podrían delatarlas.
Hinata echó un vistazo a su alrededor y, al darse cuenta que nadie las observaba, envolvió a Sakura en un abrazo que destilaba una fuerza casi desbordante.
El hecho de que ella estuviese ahí la hacía sentir más segura.
—Estuvimos buscándote por todas partes—dijo contra su cabello, aferrándose a su cuerpo tanto como le era posible—. ¿Qué fue lo que sucedió?
Colocó dos manos sobre sus hombros y la miró con detenimiento. Poco quedaba de la Hinata que recordaba. Los efectos de la tortura y el aislamiento habían hecho mella en ella: lucía más delgada, frágil, enferma. Sus pómulos resaltaban, provocando que sus mejillas parecieran dos profundos huecos sin fondo. Llevaba un parche en el ojo derecho y, bajo el izquierdo, era posible vislumbrar un círculo cerúleo perfectamente delimitado. Tenía los labios secos y cetrinos, al igual que toda su piel. Sakura temía que si apretaba más de la cuenta, acabaría rompiéndole un hueso.
—Una emboscada—consiguió responder a pesar de que el llanto le estrujaba la garganta—. Al parecer, uno de los miembros del Clan le otorgó información a los Uchiha respecto a nuestros paradero—cerró los ojos y tragó grueso—. Nos interceptaron a mitad del camino. La explosión fue más grande y letal de lo que esperábamos. Cuando desperté, me di cuenta que Hanabi estaba herida. Un fragmento del proyectil se había incrustado en su abdomen—sollozó.
Sakura escuchó atenta y detectó la forma en que el desconsuelo se materializaba en cada palabra pronunciada.
»Intente detener la hemorragia, repara el daño en los órganos… pero fue imposible. Mi primera reacción fue llevarla entre mis brazos. Era tan pesada… solo pude recorrer unos cuantos metros antes de que los Uchiha me dieran alcance.
Cerró los ojos ante el recuerdo de su captura: tenía la cara mojada de sudor o lágrimas, se sentía serena y flotando, como si ya no estuviera dentro de su cuerpo; cerca de sus ojos podía ver el rio que formaba la sangre que emanaba del cráneo de Shisui.
Los sollozos de Hinata llenaron el aire, rompiendo el silencio con un dolor desgarrador. Sakura sentía cómo su propio corazón se encogía. Con los ojos empañados por las lágrimas incipientes, trago con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta.
»Me mantuvieron cautiva durante un año o dos, mientras decidiera qué hacer conmigo. Algunos miembros del consejo sugirieron un matrimonio con un miembro del Clan, sin embargo, al ser miembro de la Insurgencia, consideraron que no era merecedora del tal honor.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Una ráfaga de viento volvió a azotarles. El pecho de Sakura se llenó con el aroma de las flores. El calor que bullía dentro de ella era como un fuego de desprecio, odio e ira. Cada fibra de su cuerpo centellaba en un centenar de sentimientos incontrolables.
—Fue hasta que crearon las granjas que optaron por darme un mejor uso—declaró—. Mis ojos son preciados, al igual que mi sangre. Kōgyoku-sama dijo que proveería al Régimen con niños fuertes y poderosos.
Sakura sintió nauseas. Sus entrañas se revolvían y se encogían como si tuviera veneno dentro de su cuerpo imposible de expulsar. Tenía la certeza de que en cualquier momento acabaría vomitando todo el almuerzo.
El nivel de coerción que manejaban dentro del centro era tan grande y abrumador que muchas de las chicas —incluyendo a Hinata— consideraban que realmente era un honor ser violadas una vez al mes y que las tratasen como ganado, despojándolas de sus hijos tan pronto como dieran a luz.
—Hinata, yo… lo siento, de verdad, lo siento tanto—masculló con la voz entrecortada.
La aludida cerró los ojos y sacudió la cabeza en un gesto de negación.
—Ahora que lo pienso, es lo mejor que pudo haberme pasado—dijo con absoluta sinceridad.
—No, no lo entiendes—se apresuró a decir, girando sobre sus talones, mirándole a la cara—. Todo lo que viste… todo lo que tuviste que vivir… Nadie debería pasar por una situación así.
Hinata clavó la mirada en el suelo.
Sakura se apresuró a tomar sus manos.
—Neji nunca se dio por vencido contigo—espetó.
Aquellas palabras bastaron para que su antigua compañera la contemplara con asombro.
—¿Neji?
—Sí. Nunca dejo de buscarte—continuó diciendo Sakura—. A diario presionaba a Kakashi para realizar misiones de rastreo y rescate.
Hinata sollozó.
—Nunca podría…—su voz sonaba débil y entrecortada por el llanto—. Dios, ¿cómo poder verlo a los ojos después de todo lo que paso?
—Entiendo a lo que te refieres. Pero tengo la certeza que a Neji no le importaría, tan dolo quiere verte con vida.
—¿Tu lo crees?—preguntó, esperanzada. Sakura asintió con un movimiento de cabeza.
Una sonrisa se deslizó por los labios de Sakura, pero su mirada no alcanzó la misma calidez. Un destello de amargura se escondía tras sus ojos verdes, un reflejo del mundo sombrío en el que se encontraban.
El silencio se apoderó del espacio, creando un vacío abrumador. El aire comenzaba a espesarse, impregnado de temor y cautela. Hinata, sin embargo, parecía haber encontrado cierto consuelo en el silencio. Con delicadeza, colocó una mano sobre la de Sakura, un gesto de ternura y apoyo que trascendía las palabras.
—Lamento que los Uchiha frustraran tu escape—dijo Hinata, devolviéndole una mirada aprensiva a la kunoichi.
—Está bien. Supongo que tuve suerte—respondió Sakura como si no fuese la gran cosa.
—¿Cómo fue que consiguieron capturarte?—quiso saber.
Ella tragó grueso. Los recuerdos estaban frescos en su memoria. Cada noche, las efigies aparecían en sus sueños.
—No muy distinto a ti—respondió—. Sin embargo, i suerte fue diferente. No soy la heredera de un clan prestigioso y temo que me convertí en un dolor en el trasero para los Uchiha.
Por un instante, consideró contarle a Hinata todo lo que había atravesado, desde su estancia en el Centro de Adaptación, su paso por la Unidad 121 hasta su estadía en la mansión Fugaku. Sin embargo, optó por no hacerlo. Estaba demasiado cansada y solo tenía ansias que la hora del paseo llegara a su fin para tomar una largas siesta.
—¿Sabes? Me alegra que las dos estemos juntas—declaró.
Hinata esbozó una leve sonrisa.
—Es como en los viejos tiempos.
—Sí, como en los viejos tiempos—repitió Sakura.
República del Fuego
Los comandantes se congregaban en la opulenta sala de fiestas: un escenario de elegancia y poder donde las alianzas se tejían y los secretos se compartían en susurros. Sosteniendo copas llenas de licores finos, intercambiaban risas forzadas y asentimientos ceremoniosos mientras los aperitivito circulaban por el salón en bandejas de plata. El aroma de los exquisitos manjares colmaban el aire, un festín para los sentidos en medio de la conspiración y la turbulencia política que se vivía en la Aldea.
Las esposas de los comandantes, engalanadas en costosos kimonos y ataviadas con sus mejores joyas, rodeaban a la matriarca del clan como si fuese una abeja reina. Sus ojos escrutadores y las telas estampadas creaban un halo de deferencia a su alrededor. Mikoto, consciente del papel que le correspondía desempeñar en ese juego de poder, había preparado cada detalle de su apariencia con esmero. Cada vez que alguien se acercaba a ella, preocupado por su estado, respondía con una sonrisa serena y afirmaba sentirse mejor, más compuesta. Sin lugar a dudas era un baile delicado de diplomacia y autodominio.
En cuanto a Fugaku, el hombre imponente y resuelto, se mantenía cerca de sus hombres, como un león vigilante en medio de la manada. Su presencia infundía un aire de respeto y disciplina en cada rincón de la sala. Observaba con ojos agudos en la puesta en escena frente a él, cada movimiento que se realizaba en su presencia, siempre alerta ante cualquier indicio de traición o deslealtad.
El murmullo constante de conversaciones llenaba el salón, como un zumbido en el oído de Sasuke. Los comandantes, imbuidos en sus propios intereses y ambiciones, desplegaban su retórica ensayada y sus gestos calculados. Cada palabra era un cuidadosos paso en el delicado de ajedrez político en el que estaban inmersos.
Los ojos de Sasuke se deslizaron de manera inadvertida hacia el otro extremo de la sala hasta recaer en una joven de belleza enigmática. Era la hija de uno de los consejeros de su padre. El cabello oscuro enmarcaba su rostro de facciones suaves, resaltando sus orbes profundos y misteriosos. Sus mejillas, naturalmente sonrojadas, acentuaban la frescura de su juventud, mientras que sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa tímida y coqueta.
—Es hermosa, ¿cierto?
Sasuke no respondió de inmediato.
—Eres un chico con suerte, Sasuke—dijo Obito en tono provocador.
—Solo estoy cumpliendo con mi deber—el aludido arrugó la nariz, denotando cansancio.
—Por supuesto—concedió el Comandante—. El deber llega fácil si se tiene a un linda mujer a lado, ¿no lo crees?
Sasuke ahogó un resoplido.
Agradeció en silencio la interrupción protagonizada por su padre quien, bajo las miradas atentas y curiosas de los invitados, se situó en el centro de la sala acompañado de una mujer: Si bien, la dama a su lado no poseía una belleza convencional, su porte y estilo le conferían un atractivo único. Al igual que las demás féminas presentes, iba ataviada con un elaborado kimono, acorde a los lineamientos establecidos para la reunión.
—Caballeros, por favor, acompáñennos al estudio—ordenó su padre.
Uno a uno, los comandantes ingresaron a la amplia oficina privada que estaba preparada para albergar a los distinguidos invitados durante unos cuantos minutos.
Al mirar en derredor, Sasuke se quedó atónito cuando vio que casi todos los hombres mínimamente relevantes de la Republica estaban presentes.
La mayoría de los altos cargos militares estaban sentados en la primera fila, expectantes. Supuso que el motivo de la junta se debía a los últimos sucesos acontecidos, sin embargo, las dudas aumentaron cuando la mujer ingresó detrás de su padre, portando una expresión orgullosa, demasiado altiva para el gusto de los hombres ahí reunidos.
Cuando contempló a su padre, a Sasuke le resultó difícil evocar esa emoción de jubilosa lealtad que con tanta facilidad lo embargaba cuando era pequeño. Ya no podía seguir fingiendo que el General era el padre de la República. Se había hecho demasiado evidente que Fugaku era un hombre que no tenía nada de extraordinario y que se había visto superador los acontecimientos. Incompetente, desconcertado y tristemente desgraciado, era un argumento viviente en contra del poder hereditario.
Lejos de presentar a la interlocutora, Fugaku se sentó y le dirigió un gesto a la mujer, quien no demoró en situarse frente al proyector.
—Buenas noches, caballeros. Mi nombre es Uchiha Kōgyoku. Ninja medico de formación y encargada del programa de repoblación—comenzó a decir con suma seguridad. Era como si hubiese ensayado el discurso con antelación y recitara el discurso de memoria—. Como sabrán, dentro de poco comenzaremos con las pruebas, así que todos deben sentirse consternados.
Kōgyoku empezó a hablar, citando su propio memorando: la cantidad de personas actualmente, la tasa de fertilidad, natalidad y mortalidad. La puesta en escena era impresionante; cada una de sus afirmaciones estaba respaldada por una cifra. Sasuke, sin embargo, se mostraba escéptico precisamente porque la kunoichi era demasiado exacta, hablaba con demasiada certeza.
Tras la introducción, apareció en el proyector una imagen de lo que parecían ser una granja: el ambiente era tranquilo, iba en consonancia con el hermoso paisaje de las montañas. Alrededor, mujeres vestidas con kimonos escarlata deambulaban por los jardines o los alrededores de la finca, todas lucían sonrientes. Podía decirse que estaban felices de encontrarse lejos de la encarnizada batalla que libraban los Uchiha desde hace más de una década.
—Mediante un meticuloso proceso de selección, hemos elegido a las mejores kunoichis para llevar a cabo esta importante labor. Todas ellas se encuentran en las granjas, donde serán preparadas para engendrar a los próximos shinobis de la Republica del Fuego.
Sasuke se sintió inexplicablemente atemorizado, como si hubiera visto un fantasma.
»Cada mes, ustedes acudirían a las granjas a realizar una ceremonia de apareamiento. Se les asignara una kunoichi y pasaran unas cuantas horas con ella. Una vez que logren su objetivo, serán remitidas a otra sección de la granja donde podrán sobrellevar su embarazo en paz. Cuando el niño nazca, será enviado a uno de los Centros de Repoblación, donde serán criados para convertirse en shinobis.
Kōgyoku sonrió, satisfecha. Al otro lado de la sala, Inabi tenía la mano levantada. Sasuke volvió la mirada lentamente hacia él.
—Si, Comandante. ¿Qué pasa?
Inabi bajo la mano y comenzó a hablar.
—¿Tendremos oportunidad de elegir a la chica?
La sala estalló en risas.
La kunoichi hizo un gesto paternalista con la cabeza, haciendo ondear su cabellera al viento.
—Comandante Inabi, temo recordarle que las mujeres anexas al programa no son para el deleite personal. Todas estas mujeres están ahí para cumplir una misión, al igual que ustedes—dijo Kōgyoku—. No son prostitutas ni cortesanas.
Inabi puso los ojos en blanco y resopló.
—Es una lástima. ¿En dónde está la diversión?—espetó.
Una vez más, las risas resonaron entre las paredes de la habitación.
—Ya escucharon a la doctora—interrumpió su padre alzando la voz—. Estas mujeres están ahí para cumplir un propósito.
La sala se sumió en un breve silencio tras las palabras del General. El peso de su declaración resonaba en el aire. Kōgyoku, inclinó levemente la cabeza en agradecimiento.
—El programa dará inicio dentro de una semana—anunció la mujer con algarabía—. Se les asignara una chica una vez demos comienzo.
Un edecán ofreció a cada uno de los comandantes un boletín con las imágenes de las chicas cuidadosamente impresas.
Las miradas lascivas y curiosas se desviaron hacia los retratos que plasmaban los rostros de las jóvenes kunoichis. Debajo de cada efigie se enlistaban las habilidades de cada chica, datos como el peso y la altura, tipo de chakra y algunos rasgos a destacar.
Sasuke, con manos ligeramente temblorosas, comenzó a hojear el boletín. Sus ojos escanearon rápidamente las páginas hasta toparse con una fotografía en particular. Era ella, Sakura. La mujer que había ocupado sus pensamientos y corazón durante tanto tiempo. En lugar de sentir alegría o alivio, un torrente de emociones contradictorias lo abrumó.
Se le formó un nudo en el estómago y una sensación de asco se apoderó de él. Poco a poco, la molestia y decepción se abrieron paso entre los escombros de su corazón al darse cuenta del destino de Sakura: destinada a ser parte de algo tan oscuro y denigrante. Cada célula de su ser anhelaba protegerla.
Luchando por mantener la compostura, dirigió su mirada hacia el frente de la sala, donde su padre, Fugaku, lo observaba detenidamente.
El pánico invadió su rostro.
No, no, no, no, no, no.
No podía ser verdad. No podía tratarse de ella.
Ahora mismo, Sasuke albergaba en su interior una mezcla de culpa y frustración. Los labios de su padre formaron una perfecta línea recta.
El impacto fue abrumador. Un escalofrió recorrió su espina dorsal mientras un tsunami de emociones lo invadía sin piedad. El peso de la situación comenzaba a tornarse insoportable y, de repente, sintió que el aire se volvía denso a su alrededor.
Un zumbido ensordecedor resonaba en sus oídos mientras su mente luchaba por procesar la realidad de lo que había descubierto. Los latidos de su corazón se aceleraron rápidamente, retumbando en su pecho con una fuerza incontrolable. Su respiración se volvió entrecortada y superficial, luchando por capturar suficiente oxígeno.
—No será complicado cumplir con nuestro deber—dijo Inabi en tono burlón—, en especial si todas lucen así.
Los demás Comandantes comenzaron a reír.
—¿Alguien más vio a la chica Hyūga?—preguntó una segunda voz.
—¿Te refieres a la hija de Hiashi?—preguntó uno de los comandantes.
—Tendremos la oportunidad de estar entre sus piernas—dijo alguien más.
—Es lo más cerca que estarás de un miembro importante de un clan—comentó Inabi.
El rostro de Sasuke se transformó en una máscara de repulsión y disgusto. Sus ojos se estrecharon mientras dirigía una mirada fría y cortante hacia aquellos hombres que se regodeaban en la degradación de las kunoichis. La forma en que se burlaban y las menospreciaban le removía las entrañas.
Dispuesto a salir del lugar, enfiló sus pasos hacia la puerta. Pasó a lado del grupo sin dirigirles ni una palabra ni mirada.
—También esta la puta de Shisui—dijo Inabi—: Haruno Sakura.
Se detuvo en seco al escuchar el comentario mordaz. Posó fríamente sus ojos sobre el individuo. Inabi soltó una risa burlona.
—Es lo mínimo que pueden darte de recompensa ¿no lo crees?—continuo diciendo—. Después de todo, fuiste tu quien los atrapó.
Sasuke se negó a darle la satisfacción de una respuesta. Con determinación y serenidad, decidió ignorarlo y continuo su camino, pasando de largo sin mirar atrás.
La urgencia de sacar a Sakura de ese lugar se apoderó de él con renovada fuerza. El tiempo era crucial y no podía permitirse demoras ni distracciones. Su mente trabajaba a toda velocidad, trazando planes y estrategias para rescatar a la mujer que amaba de aquel oscuro destino que la acechaba.
Juró que haría todo lo que estuviera a su alcance para ponerle fin a esa situación.
Se encontraban reunidas en lo que, en otros tiempos, había sido una sala de entrenamiento. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y marcas correspondientes a diferentes prácticas,. Los tableros de marca para los shurikens y kunais todavía existían, pero las armas habían desaparecido.
Dos mujeres hacían la ronda; en sus cinturones de cuero llevaban colgando aguijones eléctricos como los que se usaban para el ganado.
Sin embargo, no llevaban armas; ni siquiera a ellas se las habían confiado. Su uso estaba reservado para los guaridas, a los cuales no se les permitía la presencia dentro del edificio, excepto cuando se los llamaba; y a ellas no las dejaban salir, salvo para dar los paseos, dos veces al día y de dos en dos. Los alrededores estaban cercados con una valla de cadenas, rematada con alambre de púas. Los custodios permanecían afuera, dándoles la espalda. Para ellas era motivo de temor, y también de algo más.
Todas yacían postradas en el suelo, formando un círculo carmesí: en su interior, una de las Oba caminaba lentamente, escrutando los rostros de las ahí presentes, procurando identificar cualquier atisbo de negación para enviarlas a la sala de penitencia.
—Si bien, Los Uchiha han sido un tanto quisquillosos con toda la cuestión de la pureza en la sangre, el programa tiene como objetivo proveer niños anos que, en el futuro, se convertirán en shinobis fuertes—explicó con voz fuerte y clara—. Hemos realizado varios estudios, y está claro que la mezcla de genes no afecta en absoluto la capacidad de los Uchiha para heredar el Sharingan—agregó con orgullo—. Todas ustedes son especiales y desempeñaran un papel importante para el General y el Régimen.
La mujer sonaba mecánica. La falsa sonrisa pegada a su rostro solo demostraba el retorcido placer que generaba tener el control de ellas.
—Cada mes, un comandante vendrá a la granja para cumplir con sus obligaciones, en sus días fértiles. Se les asignara una habitación en el pabellón oeste para volverse una sola carne, una flor esperando ser polinizada.
La sonrisa de la encargada se agudizó de repente, mostrando un borde malicioso.
—Cariño, por favor, ponte de pie—le solicitó a la integrante más joven del grupo.
Tímidamente y, lejos de rechistar, la chica consiguió erguirse. Dubitativa, siguió los pasos de la mujer hasta situarse frente a la cama. Sakura se había preguntado para qué era, tenía la certeza de que pronto encontraría la respuesta.
—Recuestate en la cama—ordenó la mujer con voz adusta. Temerosa, la niña obedeció—. Tus pies deben tocar el suelo y los glúteos permanecerán en el borde del lecho mientras su espalda esta completamente recostada—instruyó.
La chica siguió todas y cada una de sus indicaciones, a la vez que permitía que la mujer acomodara su cuerpo tal como ella deseaba.
—Deberán permanecer en esta posición hasta que el comandante finalice. Una vez haya derramado su semilla en su interior, reposaran diez minutos—continuó—. Si tienen suerte, quedaran embarazadas a la primera. Pero, de no ser así, continuaran realizando el ritual hasta conseguir el objetivo.
Sakura notó la presión en su pecho al mismo tiempo que observaba detenidamente la diversidad de muecas y gestos plasmados en el rostro de sus compañeras: confusión, sorpresa, asco… miedo.
El silencio se prolongó mientras todas se miraban entre sí, sin pronunciar una palabra. Ella se sentía cada vez más incómoda, como si algo estuviera estrujándole la garganta, dificultando el paso de aire.
En un acto reflejo, Sakura levantó la mano.
—¿Tú otra vez? ¿De qué se trata, Sakura?
—¿Está diciendo que copularemos con los comandantes?—preguntó con voz temblorosa. Observó nuevamente a cada una de las chicas presentes, buscando una respuesta—. Pensé que lo realizaríamos de otra forma.
Las demás chicas permanecieron en silencio.
La encargada parecía satisfecha.
—Después de muchas discusiones, decidimos que la mejor forma de hacerlo, para asegurarnos que no hubiese complicaciones es de la manera natural. Sin aparatos de por medio.
La propia Sakura y el resto de las jóvenes se quedaron heladas otra vez. Sakura pudo ver cómo la espalda de una de sus compañeras se tensaba bajo la tela escarlata de su uniforme.
A medida que la explicación continuaba, sentía como el terror se apoderaba de su cuerpo. Sus manos temblaban incontrolablemente, revelando su creciente ansiedad.
…
Esa misma noche, en su habitación, la atmosfera que imperaba en cada rincón era la de desolación.
Sakura caminaba de un lado a otro con paso rápido y enérgico, como una fiera enjaulada. La tensión y la preocupación fluían a través de sus nervios, manifestándose en cada paso decidido que daba.
Hinata, al borde de la cama, la observaba con preocupación. Durante todo el día se había rehusado a emitir una opinión respecto al programa, pero sus compañeras no se contuvieron.
—¡Es una mierda!—exclamó una de ellas sin miedo a ser escuchada.
—No pensé que llegarían a tanto—susurró otra .
—Fugaku debe estar muy desesperado para hacer algo así—agregó la primera.
Sakura coincidía con ellas. Evidentemente, poco le importaban los niños que serían concebidos a partir de violaciones sistemáticas. Lo que Fugaku pretendía con ese absurdo programa era compensar las pérdidas de los últimos diez años. Poco a poco, la guerra había exterminado a la mitad del clan, despojándolos de grandiosos guerreros como Shisui y unos cuantos más. Estaba claro que, con la tasa de natalidad por los suelos, las granjas de magdalenas era su ultimo recurso.
—Para ti no debe ser nada nuevo, ¿cierto?
Sakura se detuvo abruptamente al escuchar las palabras de una de las chicas. La miró directamente a los ojos, aun sin comprender de qué estaba hablando.
—¿A qué te refieres?—frunció el ceño.
La joven, sin vacilar y con un tono más serio que suave, aclaró:
—Uchiha Shisui. Él fue tu amante ¿no es así?
Los ojos de Sakura viajaron al suelo, su mundo tambaleaba. Al parecer, los Uchiha habían conseguido venderle tal mentira al mundo. Todos creían que había estado involucrada sentimentalmente con él. Por esa razón, Shisui la ayudó a escapar.
—Eso no es de su incumbencia—intervino Hinata con determinación.
—De ser así, puede que te libres de la situación—dijo alguien más—. No sería tan insoportable tener un hijo de alguien a quien amas.
Sakura cerró los ojos con fuerza.
—Shisui…—musitó: sus cuerdas vocales temblaron—. Yo… yo no estoy embarazada. Los ninjas médicos se aseguraron de corroborarlo la otra vez.
—Es una lástima—suspiró la kunoichi—. Al menos una de nosotras se habría librado de este suplicio.
Antes de responder, una de las guardianas ingresó en la habitación, anunciando la hora de ir a dormir. La intensidad de las luces bajó: una a una, las chicas se filtraron bajo las cobijas de su lecho.
—Tengo que salir de aquí, o me volveré loca—fue lo primero que consiguió decir al recostarse en la cama.
—¿Qué? No, Sakura—espetó Hinata, asustada—. No lo intentes. Y menos aún tu sola.
Si no podía escapar, su única esperanza seria morir bajo las manos de los guardianes.
Escuchó el crujir de los resortes de la cama; Hinata tomó asiento en el borde y Sakura no tuvo más opción que imitarla.
—¿Acaso perdiste la cabeza?—preguntó en un susurro—. ¿Escuchaste lo que acabas de decir?
Sakura frunció el ceño con ahincó.
—Deja que la Voluntad de Fuego muera, Sakura. No intentes ser valiente. No trates de ser inteligente. Tan solo mantén la cabeza baja—espetó—. Algunas chicas han tratado de salir durante meses. Cualquiera que es atrapada es mutilada—echó un vistazo a los alrededores para asegurarse que nadie más las escuchara—. Tomó varios intentes antes de que nos diéramos cuenta… Si pasas las protecciones, envían a los guardias. Cuelgan tu cadáver en el salón principal para que todas tengamos que verlo descomponerse.
Sakura sintió como si la hubieran golpeado violentamente en el pecho. Sus dedos se contrajeron contra la tela de la manta que la cubría. Apenas podía respirar.
—No hagas una estupidez, Sakura. No te cuento todo esto para que no intentes escapar. Estoy tratando de advertirte. Es el infierno—su voz se quebró—. Tienes que estar preparada para eso, si no lo estas, saldrás y te mutilarían, y ni siquiera significara nada.
—Oigan, ustedes dos, dejen de cuchichear si no quieren visitar la sala de penitencia—dijo la voz de una de las guardianas.
Abatida, Sakura regresó a la cama. Contempló el techo durante unos cuantos minutos, inhaló profundamente y exhaló lento, pausado. Se sentía como un papel, blanca, aplastada, delgada, transparente. Seguro que cualquiera podría ver a través de ella. Ya no le quedaban fuerzas; se le escapaban de las manos, como si fuese de humo o un espejismo que se desvanecía ante los ojos de las personas.
Continuará
N/A: ¡Hola, hola! ¡Espero que se encuentren muy bien! Después de unos cuantos días de ausencia, hoy estoy de regreso con un capítulo, podría decir, más tranquilo. Estoy preparando el terreno para lo que viene, así que, ajusten sus cinturones porque subiremos a otra montaña rusa de emociones.
No puedo desvelar mucho de lo que ocurrirá en los próximos capítulos, PERO veremos si Sasuke aprovecha esta oportunidad para redimirse o continua actuando como un cobarde.
Estoy atenta a cada uno de sus reviews y, agradezco profundamente que, además de tomarse el tiempo para leer mi fic, también dejen un bonito comentario. No saben cuánto me encanta leer todo lo que mi historia produce en ustedes, sus teorías, desahogos, TODO, en verdad, lo agradezco y espero compensárselos con cada capítulo 3
Como siempre, también muchas gracias por su apoyo constante. Caí en cuenta que son dos años que llevo desarrollando esta historia. Si bien, estamos aún lejos del final, quiero decirles que me conmueve saber que muchas/os se han quedado desde el comienzo.
Sin nada más que agregar, espero regresar pronto. Ojalá el capítulo haya sido de su agrado.
Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. ¡Cuídense mucho! ¡Nos leemos hasta la próxima! ¡Bye!
