Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Heredera de la Voluntad de Fuego
XXIV
La granja se erguía en un rincón remoto, rodeada por campos verdes y ondulantes que se extendían hasta perderse en el horizonte. El sol dorado del atardecer pintaba el paisaje con tonos cálidos, otorgándole una apariencia de serenidad y calma. Sin embargo, Sasuke sabía que las apariencias engañaban, y ese lugar en particular guardaba secretos oscuros bajo su fachada pintoresca.
Al pasar el primer puesto de control, loas hombres que custodiaban la entrada se inclinaron con reverencia hacia él. Su faz, imperturbable como una máscara talla en piedra, apenas dejaba entrever el disgusto que experimentaba en ese momento.
Ingresó en un vestíbulo tan grande como una estación de ferrocarril. Las paredes estaban revestidas de un exquisito tapiz de color verde, y una enorme escalera subía hacia las magníficas salas del primer piso. Sasuke había pasado la mitad de la vida en edificios formidables, pero aquel era excepcional.
Una figura conocida emergió de la penumbra; con un rictus triunfal y una sonrisa encantadora, Kōgyoku se acercó a él.
—Es un placer tenerlo de visita, Sasuke-san—espetó—. Debo admitir que es un grata sorpresa.
Su columna vertebral se estremeció de asco y furia.
—Lamento aparecer de improvisto—consiguió decir.
Al negar con la cabeza algunos mechones de la cabellera azabache de Kōgyoku también danzaron.
—En lo absoluto, Comandante, es usted bienvenido cuando lo desee—dijo con un afable apremio—. Por favor, sígame a mi oficina. Allí podremos discutir los detalles en privado.
Sabía que estaba yendo en contra de las reglas. Si la noticia de su visita llegaba a oídos de su padre, Fugaku no dudaría en enviar a Sakura directamente al muro.
Aquello era imprudente, peligroso, no solo para él sino también para la kunoichi a la que tanto se empeñaba en mantener a salvo. Se había aprovechado del poder y respeto que le confería el uniforme y su nuevo cargo como Comandante, tal como lo hizo Itachi en el pasado.
La oficina de Kōgyoku era un espacio ordenado y funcional. Estantes llenos de libros y pergaminos ocupaban una pared, mientras que en el escritorio descansaba un informe médico abierto. Sasuke tomó asiento frente al escritorio, su expresión era seria mientras aguardaba a que la ninja medico se uniera a él.
Ella tomó asiento al otro lado, naturalmente. Delante tenía una bandeja con cafetera y tazas. Sirvió el café con ceremonia, sonriendo.
—Todo esto es gracias a su padre—dijo ella, refiriéndose al retorcido proyecto con orgullo—. De no haber sido por él, probablemente continuaría en los campos de trabajo forzado—se atrevió a revelar.
Sasuke asintió en silencio.
Lo cierto era que no estaba interesado en lo absoluto en el pasado de Kōgyoku, los motivos de su visita eran meramente egoístas.
—Estoy segura que no está aquí para hacer preguntas respecto a la ceremonia ni el proceso de selección, ¿cierto?—inquirió. Se sirvió una taza para ella, añadió crema, tomo un sorbo.
Tuvo cuidado de no inmutarse. Era una habilidad hacerlo. La kunoichi paseó la mirada por su rostro impasible.
—Me temo que está en lo correcto—admitió con parsimonia—. Estoy aquí para interrogar a una de las internas—guardó silencio un momento antes de continuar—: Haruno Sakura.
La frente de Kōgyoku se pobló de arrugas. Un brillo fugaz de asombro cursó por sus ojos antes de que volviera a componerse.
El ambiente era tan denso como el agua de un estanque.
—Me temo que no puedo hacer eso, Comandante. No obstante, si ella es la chica en la que está interesado, puedo encargarme de asignársela—la sombra de una sonrisa bailó en los labios de la kunoichi.
Sasuke pareció conmocionado, un escalofrió recorrió todo su cuerpo, y comenzó a temblar, aun así su rostro volvió a mostrarse sereno. Sus gélidos ojos brillaron.
—Creo que no está entendiendo, Kōgyoku-san—dijo en tono condescendiente—. Estoy aquí porque Haruno Sakura se encuentra inmersa en un proceso de investigación. Tan solo quiero hacerle unas preguntas, eso es todo. A menos que desee que sea trasladada a uno de los centros de detención.
Aquella implicación era un golpe bajo, pero certero. Tal como había imaginado, Kōgyoku no permitiría que una de las chicas abandonara el recinto a vísperas de iniciar con el programa.
En esta ocasión, la mujer permaneció tan impasible como recordaba, observándolo poco impresionada.
—Tiene que ver con todo el asunto de su amorío con Shisui Uchiha ¿cierto?—dijo, alisando la hoja del reporte que descansaba frente a ella.
Las palabras resonaron en su mente, creando un eco perturbador. Un nudo de inquietud comenzó a formarse en su estómago.
El tenso silencio que se había instalado en la sala fue interrumpido por un largo y sonoro suspiro, seguido por la voz firme de la encargada:
—No puedo negarme a su solicitud, Comandante. Hare que la traigan aquí para que puedan hablar.
Sasuke asintió con agradecimiento, visiblemente satisfecho al corroborar que sus habilidades actorales —mayormente de manipulación— habían mejorado en los últimos días.
—Sin embargo—dijo el con una calma medida—. Dada la magnitud de este asunto, creo que sería prudente hablar con ella a solas. No sería osado de mi parte disponer de una habitación o algún lugar donde podamos conversar en privado.
Afonía total. Notó la manera en que los músculos de la mandíbula de Kōgyoku se tensaban. Suponía que detestaba la idea de no ser incluida en la charla.
—De acuerdo. Los deseos del Comandante son ordenes—dijo por fin al mismo tiempo que alzaba el teléfono y presionaba un botón del conmutador.
La escuchó mencionar el nombre de Sakura y ordenó preparar una habitación. En cuestión de segundos, una mujer ataviada con un haya negro abrió la puerta, luciendo expectante.
—Miki-san—recitó la mujer con un tono de voz adusto—. El joven Comandante está aquí para interrogar a una de las chicas. Por favor, trasladalo a una de las habitaciones principales—ordenó.
Lejos de rechazar la solicitud, la mujer asintió con un movimiento apenas perceptible de cabeza.
Satisfecho, Sasuke se puso de pie seguido de la doctora Kōgyoku.
—Agradezco sus atenciones, Kōgyoku-san—dijo en tono formal—. Es una persona eficiente, digna para el cargo.
En definitiva el cumplido la tomó por sorpresa: un sonrojó avivó sus mejillas. Antes de escuchar su respuesta, se dio la vuelta sin decir una palabra más y caminó hacía la mujer que aguardaba bajo el umbral de la puerta.
Aquella figura enlutada, vestida de negro de pies a cabeza, lo llevó por una serie de intrincados pasillos hasta el ala más alejada de la granja. Probablemente se trataba del sitio donde se producirían violaciones sistemáticas, era de esperarse que imperara el silencio y no hubiese rastro de vida en ningún rincón.
Mientras se desplazaba, se armó de una resistente coraza que lo resguardaría de la batalla que debería enfrentar tan pronto como arribaran a la alcoba designada.
Sin anunció previo, la mujer frenó en seco frente a una de las tantas puertas dispersas en la pared. Tanteó los bolsillos de su haya y extrajo un juego de llaves, demasiado arcaico para la seguridad y tecnología del lugar. Insertó el pedazo de metal en la cerradura y giró, empujando el trozo de madera lo suficiente para permitirle entrever el lugar. Con un ligero asentimiento de cabeza, la mujer le indicó que era seguro ingresar.
Del otro lado de la entrada y bajo una luz mortecina y sin vida, Sakura estaba de pie ante las ventanas que enmarcaban el paisaje del sur. Miraba sin ver las blancas nubes de la mañana, más allá del prado y del río.
El dolor instalado entre su pecho y la garganta incrementó.
Era ella.
Sakura.
Presa de un pavor inimaginable, notó la forma en que su cuerpo se inmovilizaba. La mujer que lo acompañaba dio media vuelta y abandonó la alcoba a largos pasos, con un seco roce de su haya. La puerta se cerró sólidamente a sus espaldas.
Hizo un esfuerzo sobrehumano para controlar sus emociones. El corazón le latía tan rápido que por un instante imaginó que saldría disparado de su pecho y terminaría en el suelo.
Cuando ella se giró para verlo, irguió el cuello con dignidad, alzando la quijada y cuadrando los hombros. Escudriñó el semblante de Sasuke con la severidad que lo hace un enemigo al encontrarse en el campo de batalla y frunció el ceño.
Él tragó saliva.
—¿Qué demonios haces aquí?—exigió saber, formando una mueca con los labios.
El corazón le dio un vuelco al percatarse que detrás de esa apariencia fiera, sus hermosos ojos color esmeralda reflejaban el terror en su más pura esencia.
Un ataque de pánico arremetió contra sus latidos desenfrenados.
—Vine a hablar contigo—murmuró Sasuke. Sentía como si formara parte de muchas imágenes distintas que se agitaban simultáneamente de un modo fragmentario que desconcertaba su visión anterior.
—Pensé que habíamos finalizado con los interrogatorios.
—No se trata de un interrogatorio—inspiró profundamente—. Realmente necesito hablar contigo.
Sin pensarlo, acortó la distancia que los separaba en menos de tres zancadas pero Sakura retrocedió en un acto reflejo.
Sintió crecer una rabiosa aprensión ante el miedo que irradiaba la mujer que amaba.
—No creo que tú y yo compartamos un tema de interés—siseó—. Ya dije todo lo que sabía respecto a la Resistencia y los planes de Itachi y Shisui.
Sasuke estrujó los puños. Los ojos inyectados de sangre de Sakura estaban fijos en los suyos, preparados para hacerle pagar todo el suplicio que había atravesado en las últimas semanas.
—Yo…—comenzó a decir en voz baja—. Yo… realmente lo siento, Sakura—espetó finalmente.
La aludida palideció.
—Mataste a Shisui…—escupió a la par que una lagrima rodaba por su mejilla. Sostuvo la mirada de aquellos fríos ojos.
La acusación fue como un latigazo. Aun así, se las apañó para mantener el rostro inexpresivo, aunque su pecho estaba decidido a estallar al ritmo de su corazón.
—Sabes que no tenía otra opción.
Justificarse no serviría de nada. En los últimos días, Sasuke había repasado la situación en su cabeza una y otra vez. Se devanaba los sesos buscando alternativas, torturándose con la pregunta «¿Qué hubiese pasado si actuaba diferente?». La infinidad de escenarios que se proyectaban ante sus ojos era tan basta y extensa que solo lograban que la culpa le consumiera el alma.
—¡Por supuesto que la tenías!—chasqueó ella—. ¡Pudiste no hacer nada y dejarnos escapar!
Sasuke cerró los ojos, sintiendo el escozor de sus lágrimas a punto de brotar. Combatió el temblor interno que lo sacudía, el temblor externo, la respiración jadeante, el batir desordenado del pulso, el sudor de sus palmas. Entonces dijo:
—¡Si Shisui hubiese permanecido oculto en los arbustos un minuto más, nada de esto habría ocurrido!
Como si el viento mismo lo hubiera llevado hasta al, se dirigió a ella con un movimiento fluido. El impulso era abrumador, un deseo desenfrenado de estar cerca, sostenerla, buscar respuestas, de liberar la tormenta que rugía en su interior.
—¡No tenías porqué matarlo!—insistió—. Soy yo quien debía morir, no Shisui—golpeó repetidamente su pecho con toda la fuerza que le era posible.
Sasuke notó cómo el mundo entero se detenía en ese momento. Las palabras de Sakura eran como la afilada hoja de una katana que cortaba hueso y carne con facilidad. La confesión de que había estado dispuesta a sacrificar su propia vida, una vida que él consideraba invaluable, le dejó un amargo sabor de boca. El nudo en su estómago se apretó aún más, la culpa y desesperación se enroscaban en su interior.
Una vez las fuerzas abandonaron su cuerpo, Sasuke se apresuró a sostenerla. Sin embargo, se las apañó para imponer tanta distancia entre los dos como le era posible.
Desde ese punto podía ver como sus hombros subían y bajaban al compás de su agitada respiración; el temblor de sus músculos, los pequeños sollozos que escapaban de la profundidad de su garganta, los cuales se empeñaba en contener.
—Debiste matarme—dijo al fin; su voz sonaba débil, temblorosa, entrecortada por el llanto—. ¿Sabes lo que ocurrirá conmigo en este lugar?—se volvió hacia él.
Tenía el rostro enrojecido y los ojos hinchados. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí.
—Así que solo viniste por eso ¿Cierto? Supongo que debes estar extasiado. Ahora seré tu esclava.
Los labios de Sasuke se apretaron formando una línea dura y plana, y su expresión se tornó fría y cerrada. Una vez más sintió una aguda punzada de dolor que la atravesó.
—Por supuesto que no, Sakura. Ya te dije porque estoy aquí—su tono era frío como el hielo.
Sakura respiró hondo, apretando los dedos en un puño mientras apartaba la mirada de él.
—Bien, en ese caso, no creo que tengamos algo de que hablar.
Los dos guardaron silencio durante un segundo o dos. El aire a su alrededor era denso, tan viciado que las entrañas se le removieron.
—Voy a ayudarte, te sacare de este lugar y buscare la manera de llevarte a otro sitio—la rabia en su voz era cruda.
Sakura le miró sorprendida.
—Es lo mínimo que puedo hacer por ti—masculló y se interrumpió un momento antes de continuar con más firmeza—: es la única forma en la que puedo lidiar con la culpa de la muerte de Shisui.
De manera autómata, Sasuke dio un paso hacia el frente. Necesitaba asegurarle a Sakura que hablaba con la verdad y que estaba comprometido a morir por ella si era necesario. Su mirada era intensa, colmada de una mezcla de pasión y necesidad. Sakura se mantuvo en su lugar, contemplándolo con los ojos aterrorizados y febriles.
Lentamente, se inclinó hacia delante, lo suficiente para rozarle la mejilla con la punta de la nariz. Antes de que pudiera besarla, Sakura se apartó abruptamente, su aliento agitado. Un destello de incertidumbre cruzó por sus ojos.
—Buena suerte con eso—dijo en un tono ligeramente sarcástico, desviando la atención hacia un lado.
Aquella acción dejó una sensación de vacío en el espacio entre ellos. Sin decir una palabra más, se volvió hacia la puerta y llamó dos veces.
El sonido de los golpes resonó en la habitación. Sasuke contempló todas y cada una de sus acciones desde su lugar, sintiendo como las emociones se agolpaban dentro de él.
La puerta finalmente se abrió: dos guardias esperaban en el pasillo. Caminó hacia ellos sin mostrar tentativa de mirar atrás, dejando a Sasuke solo en la sala con sus pensamientos y el torbellino de sentimientos que consumían su alma.
Esa tarde Sakura no tenía ganas de dormir la siesta. Su nivel de adrenalina era muy alto.
En medio de la inquietante afonía, se removió en su lecho, mirando a través de las cortinas semitransparentes. La ventana estaba abierta al máximo, por ella penetraba una leve brisa, gélida a causa del cambio de estación.
El hecho de que Sasuke hubiese acudido a verla y hacer todo tipo de declaraciones disparatadas la tenía con el alma en vilo.
Intentó tragar el nudo que tenía en la garganta y apretó los dientes. La cabeza le daba vueltas, sabía que un embalse de lágrimas se desbordaría de sus ojos si no lo reprimía.
Habían transcurrido dos semanas desde la última vez que lo vio. Dos semanas en las que, con un aire de indiferencia absoluta, se inclinó ante ella y susurró en su oído que intentaba mantenerla con vida mientras la sangre de Shisui formaba un charco en el suelo.
Ahora, el protagonista de sus pérfidas pesadillas se materializaba ante ella, proclamando convertirse en un falso héroe dispuesto a arriesgar su propia vida con tal de conferirle la libertad.
Sakura sintió que su cuerpo se enfriaba por completo. Nuevamente, el nudo en su garganta se hizo más estrecho y apartó la mirada de la ventana, dirigiéndola hacia el techo.
Se pellizcó el puente de la nariz, esforzándose por eliminar el ardor que sentía tras sus ojos.
Al escuchar el resuello de los pasos en la estancia, se obligó a estrujar los párpados. Si alguna de las encargadas la pillaba saltándose la hora de la siesta, pasaría el resto de la tarde arrodillada en el patio central con el brazo extendido y la mirada fija hacia el frente.
Luego de unos segundos, oyó el sonido de la puerta abrirse, el murmullo de las voces apresuradas y apagadas y, por último más pisadas.
Notó la presencia de alguien a su lado y el firme agarre sobre su hombro; la sacudida no fue delicada, sino brusca, dolorosa. Al abrir los ojos, encontró un rostro decorado por una mueca de disgusto contemplándola.
—Andando, Haruno. Kōgyoku-sama ha solicitado tu presencia en su oficina.
Tal como lo llevaba haciendo desde hace cuarenta minutos, se removió bajo las sábanas y tomó asiento al borde de la cama. Fingió sacudirse los últimos remantes del sueño y se puso de pie.
¿Qué podría querer Kōgyoku en ese momento? Probablemente iba a interrogarla, conocer los motivos del porqué Sasuke había ido a verla.
Caminó por el pasillo a toda prisa, casi pisándole los talones a su encargada. Pasó silenciosamente junto a un espejo curvado, una sombra roja en el extremo de su propio campo visual, un espectro de humo rojo.
La mujer llamó a la puerta, escucho la voz amortiguada al otro lado, indicándole que era seguro ingresar.
—Adelante, no tengo todo el día—la apresuró con un tono evidentemente malhumorado.
Sakura entró mirando nerviosamente.
Kōgyoku estaba esperando en su despacho. Y había entrado allí antes. Era un espacio muy revelador. La ninja medico no debía dejar la información a la vista sin ningún cuidado.
—Ah, Sakura—dijo, haciendo el gesto de levantarse en un eco de antaño que significaba cortesía—. Por favor, toma asiento. Lamento haber interrumpido la hora de la siesta.—Una sonrisa radiante, no reflejada en la expresión de sus ojos, que era a la vez alarmada y pétrea—. ¿Cómo va el entrenamiento?
—Iluminador—respondió, ocupando la silla de enfrente.
—Me alegra saberlo—asintió—. Sin embargo, no es la razón por la que te envié a llamar.
Su corazón se aceleró.
Apartó la mirada de la de ella y la dirigió hacia la superficie del escritorio. Tenía un cigarrillo; el cenicero estaba junto a ella, sobre una pila de papeles, y también tenía una taza de alto, té o café.
—Oh…—consiguió vociferar.
—Uchiha Sasuke—mencionó. Sabía de lo que estaba hablando. Entre ellas no había tantos temas de conversación; no tenían muchas cosas en común, excepto ese detalle misterioso e incierto—. ¿De qué hablaron?
Sakura torció los dedos en su regazo, nerviosa.
—Respecto algunos puntos inconclusos del interrogatorio; mi escape, la resistencia… Shisui.
—¿Solamente eso?
—Sí—respondió.
—¿Sucedió algo más entre ustedes dos?—se sacó el cigarrillo de la boca, tomándolo de la punta.
Sakura frunció el ceño con ahincó.
—¿A qué se refiere?—cuestionó con tono neutro.
—Ya sabes—Kōgyoku se encogía de hombros a la par que soltaba una enorme bocanada de humo—. Actos de índole sexual. ¿Te pidió que hicieras algo más?
Ella levantó la vista; Kōgyoku la bajó. Era la primera vez en mucho tiempo que ambas se miraban a los ojos. Desde que se conocieron. El momento se prolongó, frio y penetrante. Ella estaba intentando descifrar si estaba o no a la altura de las circunstancias.
—Por supuesto que no, él…—su voz sonó temblorosa; demasiado aguda para convertirse en un grito estridente—. Él solamente estaba aquí para hacer unas preguntas.
Kōgyoku cerró los ojos en señal de entendimiento.
—Me parece extraño—admitió—,creí que todo el asunto del interrogatorio había quedado zanjado en el instante en que decidieron enviarte a este lugar, sin embargo, no puedo oponerme. Uchiha Sasuke es un comandante de alto rango. Los rumores dicen que será nombrado heredero del Clan. Es por esa razón que quisiera hacerte una petición particular—explicó en un tono casi afable, pero distante; era como si estuvieran decidiendo la elección de un esmalte de uñas. La pausa que hizo fue premeditada, para que ella asimilará sus palabras—. Al parecer, te las apañaste para capturar el interés del hijo menor de Fugaku-sama. No quiero defraudar a ninguno de los dos. Por esa razón, tu obligación es complacerlo, hacer todo lo que él te ordene ¿está claro?
«Quiero que alguien me diga que esto es solo una broma, un mal sueño». Pensó, aterrada.
El miedo subía por su garganta, tan espeso y tangible que casi podía ahogarse en él. El miedo que hacía que sus dedos temblasen violentamente. El miedo la obligó a olvidarse de respirar, y tener que forzar el aire en sus pulmones y ser consciente de cuando inhalaba y exhalaba. El miedo le mareaba y le producía arcadas, le hacía querer vomitar sobre el escritorio.
—¿Qué?—Le sorprendió: había supuesto que le daría un sermón moralista sobre las genuinas obligaciones de una concubina, o algo similar—. Quiero decir, ¿perdón? Creí que el placer de los comandantes estaba fuera de la discusión.
Kōgyoku asintió, mostrándose completamente de acuerdo con ella.
—Sin duda alguna—sonrió—. Pero cuando se trata de él, podemos hacer algunas excepciones ¿no lo crees?—propuso en un tono de voz casi suave.
Sakura tragó grueso.
La idea quedó suspendida entre ellas, casi invisible, casi palpable: pesada, informe, oscura, como una especie de connivencia, una especie de traición.
—Más vale que lo hagas—la aconsejó.
Algo le obstruía la garganta.
Kōgyoku sonreía con una expresión coqueta; una sombra de su atractivo originar parpadeaba en su rostro como una interferencia pasajera.
—Hace un día precioso para estar encerrada, ¿no te parece?—dijo. Aplastó la punta del cigarrillo en el cenicero—. Sal a dar un paseo—sugirió—. Puedes ir más allá del jardín, pero no en dirección al bosque —agregó en tono travieso.
De manera autómata, Sakura se puso de pie y, sin emitir una sola palabra, salió del despacho. Se sentía mareada. La impresión suscitada de la extraña petición de la ninja médico solo consiguió asquearla más de la cuenta.
La tarde caía con la solemnidad de una cortina pesada, arrastrando consigo los destellos dorados del son poniente. Antes de cruzar el umbral de la mansión, Sasuke se detuvo en el porche, donde la madera crujía bajo el peso de sus pensamientos. La imagen de Sakura, como un delicado botón en plena floración, inundo su mente. El recuerdo, con sus pétalos de nostalgia y espinas de arrepentimiento, se aferró a su corazón con una tenacidad implacable. Un dolor agudo, como si estuviesen atravesándole el pecho con la hoja afilada de una katana, le decía que la herida de su traición aun no había sanado.
La madera pulida y gastada bajo sus sandalias parecía retumbar al compás de su agitada respiración. Cerró los ojos por un instante, tratando en vano de desterrar a Sakura de su mente. Pero sus pensamientos, como fantasmas errantes, se resistían a desaparecer. Ella, con su cabello del color de los cerezos en primavera, había tejido una madeja enredada de emociones en su ser, una maraña que se negaba a desenredarse.
El amor era la peor maldición de todas. Estaba seguro que todo lo que sentía por Sakura acabaría condenándolo de una u otra forma.
Al cabo de un par de segundos, se vio compelido a ingresar. Sus pasos resonaron en el amplio vestíbulo de madera oscura, como un eco de pisadas firmes de los guerreros que habían habitado la residencia durante generaciones. Antes de que fuese capaz de despojarse de las sandalias y parte de la indumentaria que llevaba consigo, una de las chicas de servicio apareció frente a él, tímida, temerosa, inclinando su cabeza en señal de respeto.
—Uchiha-sama—lo saludó—. Mikoto-sama lo espera en la sala del té.
Sasuke asintió en silencio, sintiendo el peso de la conversación que se avecinaba.
Cuando entró en la habitación Mikoto, una figura delicada y elegantemente vestida, estaba sentada en el suelo sobre un cojín. Su kimono de será era un remolino de colores y patrones exquisitos que evocaban la belleza de un jardín zen. Los rasgos de su madre eran etéreos, como los de una dama de la alta sociedad, y su presencia irradiaba un aura de serenidad y autoridad que no podía pasarse por alto.
Se inclinó con respeto antes de tomar asiento frente a ella. Observó en silencio mientras su madre, con manos diestras y elegantes, preparaba el té en una ceremonia que tenía la precisión de un samurái en combate. El aroma de la infusión llenó la sala, envolviéndolo con abrazo cálido y tranquilizador.
—Me alegra ver que estás mejor—musitó Sasuke, sintiendo que las palabras se le atoraban en la garganta como hojas caídas en el río de su mente.
Mikoto levantó la mirada con ojos profundos y sabios que parecían haber vislumbrado incontables tormentas y haber emergido indemnes.
—También me complace verte, hijo mío—respondió con una sonrisa suave y enigmática—. Has estado ausente por mucho tiempo—. Todo en orden para cumplir con mis obligaciones. No podía perder el tiempo lamentando las decepcionantes decisiones de tu hermano.
Su corazón volvió a dar un vuelco doloroso. Al parecer, su madre había decidido que nada tenía que ver con Itachi. La idea de que su hijo se hubiese convertido en un traidor la repugnaba.
Mikoto lo miró fijamente, como si estuviera escudriñando su alma en busca de respuestas.
—Supongo que tu padre ya te habrá hablado de tus obligaciones como próxima cabeza del Clan—se aventuró a decir en un tono perfectamente calculado.
—No directamente, pero escuche repetírselo a Itachi en muchas ocasiones.
Sasuke la miró, captando una gélida sonrisa en sus labios.
—Como veras, es necesario que cumplas con algunos requisitos con el objetivo de ganarte la confianza de los comandantes del Alto Consejo. Con toda la situación de Itachi, algunos miembro han mostrado abiertamente su interés por tomar el puesto de padre, incluso se habla de elecciones internas.
Una vez más, el corazón le golpeó las cotillas y el té en sus manos parecido volverse amargo de repente. Las sombras de su última misión se arremolinaron en su mente, amenazando con desgarrar su cordura. Pero ante la mirada penetrante de su madre, no podía permitirse flaquear.
—Fugaku quiere conservar el poder dentro de la familia y la mejor forma de hacerlo es mediante un matrimonio—cargó ella.
La noticia lo golpeó como un rayo que lo dejó inmovilizado. El aire de la atmosfera se volvió denso a la vez que su madre observaba su reacción con cierto atisbo de comprensión.
—Todos lo hemos hecho, en algún punto de nuestras vidas—dijo Mikoto al percatarse de su inquietud.
—Lo lamento—carraspeó—. No pensé que sería tan rápido.
—Tu padre es un hombre paciente en muchos aspectos. Sin embargo, la tensión que rodea al clan en estos tiempos ha forzado su mano. Ha tomado una serie de decisiones que considera beneficiosas tanto para nosotros como para las demás partes involucradas.
Se sintió abrumado por la idea de un matrimonio orquestado. Si bien entendía la lógica detrás de ello, no podía evitar sentir que su libertad y futuro con Sakura se veían amaneados.
Vislumbró a su madre con una mezcla de confusión y preocupación.
—¿Beneficiosas para quienes, madre? ¿Qué se espera de mi en esto?—El suelo parecía tambalearse debajo de sus pies.
—Se espera que elijas una esposa de una familia poderosa y respetada dentro del clan. Esto no solo fortalecerá nuestras alianzas, sino que también te proporcionará un apoyo político solido—explicó Mikoto con paciencia. La observó llevar el contenedor de té hasta sus labios y dar un pequeño sorbo—. Tu padre me confió esa tarea.
Sasuke tragó grueso. Ocultó su pánico, y lucho luchaba por mantener bajo control su respiración.
—Esta mañana tuve una reunión con Nao Uchiha y su hija Takako—dijo la mujer aprovechándose del corto lapso de afonía—. Como sabrás, Nao es esposa del comandante Kazuki, Takako es su primogénita. Ambos están dispuestos a concertar el matrimonio. Su hija ha demostrado ser una kunoichi excepcional, conoce los pormenores de toda la política dentro del clan. Considero que podría ser una excelente compañera y aliada, así como una buena esposa.
Sus miradas se encontraron. El tiempo pasaba, un interminable segundo tras otro.
—Admiró el trabajo que has hecho, madre, pero no estoy particularmente interesado en casarme.
Mikoto entornó los ojos.
—No se trata de lo que tú quieras, Sasuke, sino de lo que es mejor para el clan.
El intercambió de miradas se volvió tenso y desafiante, como dos guerreros que se preparaban para una batalla que debían enfrentar juntos. Sasuke no podía ignorar la mezcla de frustración y resignación ante la perspectiva de un matrimonio arreglado.
—Entonces, lo mejor para el clan en estos momentos no es ganar la guerra, sino emparejarme como al ganado con la hija del comandante Kazuki—escupió con desdén.
—Es lo mínimo que se te demanda. Tu padre confía en que tomaras esta responsabilidad en serio y que encontraras una manera de forjar la unión que beneficie a los Uchiha—Mikoto estaba exasperada.
Discutir con su madre no lo llevaría a nada. Después de todo había tomado una decisión y solo tomaba la molestia de comunicárselo. Había actuado a sus espaldas.
—¿Cómo estuvo tu visita a la granja de Magdalenas? Pensé que no te agradaba la idea—dijo de repente, tan calmada como si estuviese hablando del clima o la jardinería.
Aquella revelación, lo dejó con los ojos abiertos de sorpresa e incredulidad. Por un momento, no pudo evitar preguntarse cómo su madre había llegado a conocer los detalles de su paso por aquel campo de concentración. La idea de que estuviese al tanto de sus movimientos lo desconcertó.
—El motivo de mi visita es clasificado—consiguió responder con voz tan firme como el nerviosismo se lo permitía.
—¿Cómo se encuentra Haruno Sakura?, Supongo que está bien, ¿no es así?—la voz de Mikoto se volvió peligrosamente suave.
En definitiva, Sasuke había subestimado a su madre.
Victoriosa, los labios de Mikoto se curvaron con regocijo.
—¿Pensaste que nunca me enteraría?—cuestionó. Había maquillado la molestia con una mueca divertida—. Deberías sentirte agradecido de que sea yo quien está al tanto de esta información y no tu padre.
Con parsimonia, Mikoto bebió otro sorbo de té.
—Y-yo…—titubeó.
—¿Cómo fue que descubriste a Itachi?—le preguntó con suspicacia.
Sasuke se tensó.
—Estaba siendo descuidado.
—Si, lo fue. Tu hermano actuó ingenua e imprudentemente, consideró que si le otorgaba información a la Insurgencia conseguiría detener esta guerra.
Sasuke guardó silencio. Ella lo examinó durante un largo rato.
—No luzcas tan sorprendido—suspiró—. Tu padre y yo hablamos, más de lo que puedas imaginar. He sido una parte importante del Régimen desde el comienzo—Mikoto inclinó la cabeza—. Su error fue subestimarme.
Una vez más, la exhalación cansada de la matriarca llenó la habitación como una expresión del eco de sus pensamientos. Con calma y determinación, colocó la taza sobre la mesa y clavó sus orbes oscuros directamente en los ojos de Sasuke. La intensidad proyectada en su mirada no dejaba lugar a dudas de que había algo importante que decir.
—Puedes ir a la granja cuantas veces lo desees, Sasuke—comenzó Mikoto, su voz medida y tranquila—. Puedes convertir a Haruno Sakura en tu amante si así lo deseas.
El aludido se quedó enmudecido por el asombro. Aquella vuelta de hechos lo dejo perplejo y confundido.
Mikoto alzó una ceja y esbozó una sonrisa sardónica.
—¿Acaso creíste que me tragué todo el cuento de Shisui y Sakura?—se mofó—. Por supuesto que no. Se que fuiste tu quien se involucró con ella.
Sasuke estaba atrapado, sin palabras y con una sensación de inquietud que lo corroía por dentro.
Mikoto se puso de pie con un gracia silenciosa, y él se limitó a observarla en silencio. Había una determinación en su madre que no podía pasarse por alto, y entendía que ella tenía un papel importante en la ejecución de los planes del clan.
—El matrimonio con Takako ayudará a mantener las apariencias. Te casaras con ella, cumplirás con tus deberes como esposo y, si todo sale de acorde al plan, le darás un heredero en menos de un año.
Con la cabeza en alto, se dirigió hacia la puerta, deteniéndose bajo el umbral. Sin mirar a su hijo, pronuncio palabras que, más que una advertencia, iban cargadas de un eco oscuro y amenazador.
—Se inteligente, Sasuke. No querrás terminar igual que tu hermano, ¿verdad?
Finalmente, se retiró de la habitación.
Sabía que debía actuar con rapidez si quería sacar a Sakura de ese lugar y protegerla de las circunstancias que se avecinaban. La promesa que le había hecho esa mañana se volvió aún más apremiante, y estaba decidido a cumplirla.
Base de la Insurgencia, ubicación desconocida
Bajo la pálida luz fluorescente del pasillo que se extendía como una arteria luminosa en las entrañas de la división de inteligencia, la figura esbelta de Yamanaka Ino avanzaba con la seguridad y la determinación de una mujer digna de su cargo. La recién nombrada capitana se movía con una gracia felina, sus cabellos dorados atados en una coleta alta ondeaban con cada paso, mientras sus ojos azules centelleaban con un fuego interior que prometía inquebrantable lealtad a su deber.
A su lado, un joven delgado de uniforme impecable y rostro inexpresivo, la escoltaba por la interminable galería de la división. No era como que una kunoichi tan poderosa como ella precisara de protección, pero su presencia silenciosa y profesional eran un recordatorio constante de lo que aguardaba por ella. Aquel hombre conocía la importancia de la misión, era de las pocas personas que habían depositado ciega confianza en la nueva capitana; cada paso que daba resonaba como una afirmación de su autoridad recién ganada.
Finalmente, llegaron a la puerta que marcaba el umbral de su destino. Ino se detuvo ante ella y echó un vistazo alrededor. La sala de inteligencia, tan vasta como el océano y tan llena de secretos como las profundidades abismales, se extendía ante ella gloriosamente. Un mundo digital de pantallas titilantes y aparatos electrónicos que vibraban con la promesa de desentrañar los misterios de sus enemigos, desvelar conspiraciones y defender la paz.
Los monitores, dispuestos en filas y columnas interminables, parpadeaban con información codificada, imágenes de satélite y datos de inteligencia. Ino sabía que, detrás de cada uno de esos aparatos se ocultaba una mente aguda, un agente dedicada que analizaba cada detalle con precisión quirúrgica. Cada conversación interceptada, cada imagen capturada, cada mensaje descifrado constituía un fragmento en el intricando rompecabezas de la seguridad de la Insurgencia.
El zumbido constante de las computadores y el parpadeo de luces azules y verdes creaban una sinfonía electrónica que llenaba el silencio del espacio. El ambiente estaba impregnado con el aroma de los cables recién conectados y la tensión eléctrica que sostenía el flujo de información. Le parecía increíble que, en las profundidades de la base se ocultara un mundo aparte, una realidad cibernética donde la verdad y la mentira se entrelazaban en una danza sutil.
—No es nada sofisticado, pero hacemos lo que podemos—dijo el joven a su lado—. Gran parte del equipo lo donó Kumogakure. Ellos han sido pieza cable en el espionaje.
Ino se quedó contemplando, fascinada su nuevo lugar de trabajo.
—Mi padre solía decir que algunas guerras se ganaban con Ninjutsus y otras con información—espetó sin mirarlo; sus ojos fijos en algún punto de la habitación.
—Inoichi-sama era un hombre sabio. Todos lo admirábamos dentro de la unidad de inteligencia—concedió el chico con genuina sinceridad—. Es un alivio que usted vaya a quedarse con el puesto.
Con determinación se volvió hacia él.
—Espero cumplir con sus expectativas—se inclinó al frente a manera de reverencia, tal como se lo había enseñado su padre.
—Ahora estamos bajo su mando—agregó con vehemencia.
Esbozó una leve sonrisa, satisfecha.
Sin nada más que agregar, sus manos se deslizaron sobre la superficie del escritorio principal, pasando los dedos por la pantalla táctil. En ese instante, los dispositivos cobraron vida, como si hubieran despertado de un letargo digital: comenzaron a proyectar secuencias de datos, imágenes de satélite que se desplazaban sobre territorios desconocidos, y comunicaciones interceptadas.
El corazón de Ino latió con fuerza. Ella, que había sido entrenada desde joven en las artes del espionaje, ahora tenía la responsabilidad de liderar a su propio escuadrón hacia el éxito y, si jugaba adecuadamente sus cartas, probablemente conseguiría rescatar a Sakura.
Su padre le había compartido todos los secretos que acarreaban un poder como el que residía en los Yamanaka, durante todos esos años, Inoichi se encargó de forjarla para su nuevo papel. Conocía a la perfección el funcionamiento de la maquinaria detrás de las operaciones encubiertas. Y aunque su habilidad con la tecnología no podía compararse con la de los Uchiha, sabía que tenía las herramientas necesarias para desempeñar un papel importante en la protección de sus compañeros y amigos.
Mientras sus ojos recorrían la indumentaria, una sensación inquietante se apoderó de ella. Un detalle pequeño, pero perceptible, la hizo fruncir el ceño. Sabía que en ese juego, ningún atisbo debía pasarse por algo.
Sin perder tiempo, se volvió hacia el joven subordinado que estaba de pie cerca y preguntó con autoridad.
—¿Qué es eso que permanece apagado?—Sus ojos azules, llenos de determinación, se fijaron en el punto de interés en la sala.
El chico se acercó al objeto en cuestión. Un pequeño dispositivo, aparentemente inactivo en medio del caos de luces y sonido. Su rostro imperturbable mostraba una ligera tensión mientras mostraba el aparato.
—Es la línea de comunicación que nos mantenía en contacto con el grupo de la resistencia en Konoha—respondió—. Ha estado inactivo desde la muerte de Shisui y la captura de Uchiha Itachi.
Ino frunció el ceño.
—¿Aun es posible establecer comunicación?—quiso saber.
El joven se encogió de hombros y suspiró.
—Me temo que no. Su funcionamiento es de una sola vía. La Resistencia establecía la comunicación, pero nunca al revés.
Ella asintió en señal de entendimiento. El subordinado hizo una inclinación respetuosa y se retiró, dejándola sola ante la vastedad de su nuevo dominio.
Enterrarse a sí misma en trabajo era la única vía de acción que se le ocurría a Ino en esos momentos. La confusión bloqueaba cualquier otra opción. Tomó asiento en su imponente silla de cuero a la vez que sus dedos danzaban sobre el teclado. En cuestión de segundos, accedió a una pantalla principal que le permitía monitorear la situación en tiempo real. Era como si pudiera tocar el pulso del mundo con sus manos.
Los mapas parpadeaban, señalando zonas de interés y rutas críticas. Las conversaciones interceptadas se traducían y transcribían en tiempo real. Su mente trabajaba a toda velocidad para discernir patrones, detectar amenazas emergentes y formular estrategias para proteger a la Insurgencia.
A pesar de la urgencia de la situación, el pensamiento de Sakura no dejaba de rondar por los recovecos de su mente. Sabía que estaba atrapada en un lugar peligroso y eso la mantenía en vilo. La lealtad a su deber y la devoción por su amiga eran un dilema que, tanto ella como Naruto, no podían ignorar.
Con la Resistencia, posiblemente desarmada, el panorama dentro de la aldea era completamente desconocido para ellos. Sin embargo, poco le importaba a Ino el curso de la guerra, lo que realmente le interesaba era saber si su amiga seguía con vida y encontrar la manera de sacarla de ahí.
Sakura era más que una amiga; era una parte esencial de su vida, una compañera de aventuras desde la infancia. Habían compartido risas y lágrimas, habían enfrentado desafíos juntas, y ahora, saber que estaba en peligro era como un nudo en su corazón.
Con ese pensamiento en mente, las horas se deslizaron en una mezcla de tensión y concentración. El mundo exterior parecía algo desconocido dentro de aquellas paredes, donde el tiempo se medía en pulsos y decisiones críticas.
Luego de un rato, decidió darle un breve respiro a su equipo, consciente de que todos necesitaban un momento de descanso en medio de la tensión constante de la sala.
Mientras los demás agentes se retiraban temporalmente de sus puestos, recargó la espalda contra el respaldo de la silla, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos al mismo tiempo que dejaba escapar un largo suspiro.
Cuando sus parpados se levantaron para desvelar la belleza de sus ojos, lo primero que captó fue el pequeño foco encendido en el dispositivo de comunicación con los Uchiha. Automáticamente frunció el ceño. No podía ser una coincidencia o producto de su imaginación, alguien estaba tratando de comunicarse con ellos.
Con decisión, se deslizó hasta llegar a esa parte del escritorio, se colocó los auriculares, tragó grueso y presionó el único botono disponible en el panel. Hubo un momento de tensa espera, y luego una voz inconfundible resonó en sus oídos.
—No tengo mucho tiempo—dijo con brusquedad—. Sakura está viva. Se encuentra en una granja de magdalenas. Enviare las coordenadas. Escapara de ese lugar dentro de una semana.
Ino quedó momentáneamente enmudecida. La noticia de que Sakura estaba viva y que había oportunidad de rescatarla la llenó de sentimientos encontrados: alivio, esperanza y una urgencia renovada.
Intentó hablar, hacer más preguntas, pero antes de que pudiera articular sus pensamientos, la comunicación se cortó abruptamente y la sala volvió a sumirse en un silencio cargado de incertidumbre.
Se levantó de su silla, su mente trabajando a toda velocidad. Había obtenido información vital y lo que acababa de acontecer no era algo que pudiera tomarse a la ligera. Uchiha Sasuke, un hombre de pocas palabras, había arriesgado mucho al ponerse en contacto con ellos.
Sin más dilaciones, se dirigió hacia la puerta, precipitándose al pasillo con pasos apresurados. Al cabo de unos cuantos metros, frenó en seco para pensar en sus propias acciones. Probablemente debía contárselo primero a Naruto, después de todo, también era su derecho saberlo. Sin embargo y pese a la forma en que su relación progresaba, Ino también conocía el actuar impulsivo de su compañero y, más pronto que tarde, acabaría tomando una decisión imprudente que terminaría poniéndolos en peligro.
Lanzó un profundo y vibrante suspiro. La transpiración empapaba su frente.
Apretó los puños a los costados de su cuerpo y reculó el andar, dirigiéndose en una dirección completamente opuesta a la pensada.
Lejos de inmutarse a llamar a la puerta, ingresó con brusquedad a la sala de espera ubicada de forma contigua al despacho privado de Kakashi. Moegi, la diligente asistente del General, apartó la vista del ordenador y la contempló sin un ápice de sorpresa a la nueva capitana de la división de inteligencia.
—¿Se encuentra el General en su oficina?—preguntó ella. La miró con ojos que eran tan sólo dos rendijas.
—Kakashi-sama está en una reunión—mencionó secamente.
—¿Cuánto tiempo tardara?—quiso saber.
—No lo sé, probablemente un par de horas.
Ino miró de reojo la puerta como si detrás de ésta se ocultara algún artilugio mortífero.
Podría sentarse y aguardar el tiempo que fuese necesario. Lanzó una maldición interna y pasó de largo el perímetro de seguridad que suponía Moegi.
—¡Hey, espera!—gritó la chica mientras se levantaba tan rápido como sus sentidos se lo permitían.
Haciendo caso omiso a la protesta de Moegi, ingresó en la oficina sin anuncio previo.
Cerca del escritorio, Shikamaru y Kakashi analizaban uno de los tantos mapas que utilizaban para trazar los planes de batalla. Tan pronto como se percataron de su presencia, ambos apartaron la mirada del objeto para posarla en la recién llegada y la chica que intentaba detenerla.
—Lo lamento, Kakashi-sama. Le pedí que aguardara en la sala de espera—se apresuró a hablar Moegi.
—Está bien, Moegi—asintió Kakashi con absoluta calma—. Estoy seguro que la Capitana Yamanaka tiene razones para acudir a nosotros de esa manera.
Una vena palpitaba en el cuello de Moegi mientras su rostro adquiría una tonalidad rojiza a causa de la furia. Lejos de protestar, la joven hizo una reverencia y cerró la puerta. Ino reparó en el sonido de sus pasos y, solo cuando estuvo lo suficientemente lejos del oído, se permitió tomar una bocanada de aire y dominar sus nervios.
—¿Cómo va tu primer día?—preguntó el General con visible interés.
—Bien—consiguió responder, intercalando la mirada entre su superior y Shikamaru.
—¿Ocurre algo malo, Ino?—se apresuró a preguntar el perceptivo heredero del Clan Nara.
Shikamaru la conocía a la perfección. Solo necesitaba observarla durante un segundo o dos para determinar que algo no iba del todo bien.
Ino tragó saliva, sintiendo un inquietante hormigueo por su penetrante mirada. Se sentía transparente, como un charco tras la lluvia.
Cuadró los hombros y respiró hondo, esperando parecer al menos calmada.
—Los Uchiha… la Resistencia acaba de establecer contacto con nosotros—dijo lentamente.
Shikamaru frunció el ceño con vehemencia. La repentina comunicación de los Uchiha era un mal presagio para la Insurgencia.
—Eso es imposible—protestó—. Han transcurrido semanas.
Kakashi levantó una mano, indicándole que se detuviera.
—Dejala terminar, Shikamaru—ordenó el General—. ¿Qué decía el mensaje?—quiso saber.
Ino resopló.
—Era respecto a Sakura. Esta viva—añadió rápidamente.
Tanto Shikamaru como Kakashi parecían visiblemente impresionados por la noticia.
—El mensajero mencionó que la ayudaría a salir dentro de una semana. Enviara las coordenadas de su ubicación—explicó Ino cruzándose de brazos.
—¿Podemos confiar en este nuevo informante? —quiso saber Shikamaru—. Uchiha Shisui e Itachi coordinaban el intercambio de información. Con el primero muerto y el segundo capturado, dudo que quede algo de la Resistencia.
—Lo es—Ino frunció el ceño, como si la explicación de Shikamaru hubiese sido demasiado premeditada y ella una ilusa que confiaba ciegamente en la palabra de un extraño.
—¿Cómo puedes estar tan segura?—se aventuró a preguntar Kakashi.
—Porque se trataba de Uchiha Sasuke.
La sala entera se quedó en silencio mientras los tres alternaban la vista entre ellos.
—Es arriesgado—dijo Shikamaru por fin—. Pudo haber sido cualquier persona.
—¿Estás diciendo que soy una mentirosa?—preguntó ella. Le miró con ojos que eran tan sólo dos rendijas.
—Por supuesto que no. Lo que intento decir es que puede ser arriesgado. Pudo tratarse de cualquier persona.
—Estoy segura que fue él—protestó.
—¿Y si se trata de una trampa?—Shikamaru dio un paso al frente, dejando atrás su estoica fachada.
—Tendríamos que averiguarlo, ¿no es así?—dirigió la mirada cerúlea en dirección al General.
Kakashi cerró los ojos en señal de cansancio. Estaba claro que toda la situación de la guerra le generaba una sensación de hastió tremenda. Llevaba más tiempo inmerso en ese baño de sangre que ellos.
—Shikamaru tiene razón, Ino—concedió en tono serio—. No podemos darnos el lujo de enviar a un equipo de Búsqueda y Rescate.
—No será necesario—lo interrumpió la aludida de tajo—. Yo iré.
—No digas tonterías. Tu participación en esa locura esta fuera de discusión.
Furiosa, la Yamanaka se giró para encarar de lleno a su compañero.
—¿Quién va a impedírmelo? ¿Tú?
—Los dos, guarden silenció—bramó el General sin querer alzar demasiado la voz. El aire se había tornado más denso luego de la cruda mirada de Kakashi sobre Ino—. Puede que Shikamaru no tenga la autoridad de hacerlo, pero yo sí. En caso de que consideres abandonar la base, serás considerada una traidora, ¿está claro?—miró a cada uno por un breve instante.
Las manos de Ino se cerraron con firmeza a su costado. Cerró los parpados y asintió una única vez, admitiendo la derrota.
—Sí, General.
—Es todo por ahora. Puedes retirarte y regresar a tu puesto, Ino.
Sin más, la rubia echó un último vistazo en dirección a su amigo de la infancia, dio media vuelta y enfiló los pasos en dirección a la puerta.
Al salir a la sala de espera se percató que había una expresión pletórica en el rostro de Moegi, quien, seguramente, había escuchado con lujo de detalle la discusión y reprimenda del General hacia ella.
Ofuscada, realizó un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas y caminó hacia el pasillo. Antes de que pudiera retornar, la voz de Shikamaru rugió entre las paredes.
—Vaya show el que protagonizaste ahí adentro—la acusó.
Ino apretó los labios en un injuriado silencio.
—¿Por qué crees que debes arreglar los líos de Sakura?—insistió.
Ella se giró, furiosa. Los ojos de Shikamaru estaban entrecerrados por la irritación.
—¡Porque la culpa me carcome por dentro!—exclamó—. La idea de que yo haya conseguido salir y ella no me está matando—saltó, con el rostro bruscamente encendido. Se sentía a la vez furiosa y consternada—. ¿Eso es lo que querías escuchar?
Shikamaru se mantuvo de pie en un absorto silencio.
Presa de un flujo de emociones incontrolables, Ino se percató que las manos le temblaban y que el corazón le palpitaba en los oídos. Necesitaba algo de tiempo para procesar todo lo ocurrido, para hilvanar un plan que asegurara el rescate exitoso de Sakura.
La misma idea sonaba apresurada, irrespetuosa e inútil. Todo lo que quería hacer era acurrucarse, taparse las orejas y pretender que nada estaba pasando. Dejar esa guerra de lado.
—¿Acaso me convertí en una persona terrible, Shikamaru?—preguntó en un hilo de voz.
Era en instantes como esos en los que Ino se pregunta el motivo de la lucha y todos los sacrificios realizados. ¿De verdad valía la pena el sufrimiento? ¿Era apremiante el baño de sangre? ¿Habían encontrado gloria en la cúspide de la montaña de cadáveres?
Shikamaru negó con la cabeza y suspiró.
—Todos lo somos—espetó; crudo, sin compasión. Brutalmente honesto.
Una vez más, decepcionada, asintió en silencio. Tomó otra bocanada de aire a la par que daba media vuelta, buscando salir de ese lugar cuanto antes.
Se encontraba sentado en su austero despecho, una habitación que era testigo de su destreza militar. El corazón le latía con fuerza en el pecho, como un tambor implacable que se hacía evo de su agitación interior. Su mirada, apagada y sombría, permanecía fija en el frío e insensible papeleo que tenía delante, pero su mente estaba en otra parte.
Desde pequeño, su padre se encargó de forjarlo como un hombre de guerra, de estrategia y fuerza. Hoy, a sus cortos veintitrés años, se encontraba atrapado en una batalla que no había previsto.
Sakura, la mujer que amaba, era prisionera por su culpa. La ironía era un trago amargo. Había luchado contra ella, tal vez no directamente, pero cada vez que era enviado a una misión su deber era acabar con la vida de aquellos que iban en contra de los ideales del Régimen. Tenía la certeza de que, en algún punto, había asesinado a sus compañeros, camaradas, amigos e incluso sus familiares. Cuando arribó a la mansión, la consideró una amenaza, una criminal de guerra que, más pronto que tarde, acabaría colgando de un muro. Sin embargo, en algún momento, las líneas se difuminaron, y el enemigo terminó convirtiéndose en lo que más amaba en el mundo.
El pecho le dolía, era un sentimiento de culpa que le roía el alma. Había sido él quien la envió a ese lugar, quien la había despojado de su libertad. ¿Y por qué? ¿Por amor? ¿Por paz? Las preguntas le atormentaban, y sus respuestas era evasivas e insatisfactorias.
Cerró las manos en puños y el papel cedió ante la fuerza, arrugándose por completo. Era un comandante, un líder intachable, pero ante esta situación se sentía impotente, mediocre. Estaba atrapado en la estúpida red del deber y el amor, aquella paradoja de la que Itachi hablaba todo el tiempo y que, como una maldición, ahora la enfrentaba directamente y la contemplaba a los ojos. Cada hebra tiraba de él en una dirección diferente.
Su mente era un torbellino de pensamientos, de recuerdos y remordimientos. A él acudía la sonrisa de Sakura, la manera en que sus ojos se iluminaban cada vez que reía; el fuego de su espíritu, aquella estúpida Voluntad de Fuego de la que tanto se jactaban los Insurgentes, la fuerza de sus convicciones. Y fue ahí que, en medio de la geografía del cuarto, evocó el momento exacto en el que se dio cuenta de que la amaba, un momento que ahora parecía una broma pérfida y cruel.
Se había convertido en un hombre dividido entre el deber y el amor, entre la mujer que amaba y el mundo que había jurado proteger. En aquel instante de soledad, solo era un hombre, un hombre encaprichado de una mujer que no podía tener.
A eso se le sumaba que su madre, la matriarca del clan, había descubierto su secreto. Sus ojos, antes cálidos, tenían una mirada fría y calculadora. Había concertado un matrimonio para él, un movimiento político para asegurar el futuro del clan. Iba a casarse con una extraña, una kunoichi a la que nunca había conocido y a la que nunca amaría. Pensar en ella era como un puñetazo en el estómago, una traición a su corazón.
Su mundo se caía en pedazos.
La puerta sonó tres veces. Inmediatamente, apartó la mirada de la superficie de madera, parpadeó, aturdido. Se ahorro la molestia de permitirle ingresar a su asistente, se había percatado de su presencia mucho antes que ingresara a la sala de espera de su despacho. Ante la falta de respuesta, la joven kunoichi abrió la puerta lenta y deliberadamente, asomando la cabeza por el espacio disponible.
—¿Uchiha-sama?—llamó cautelosamente.
Entornó los ojos, encontrándose con una joven que se acercaba a él temerosamente. Llevaba un sobre amarillo entre sus manos y tenía los labios apretados en una línea recta. Ahiru era buena en su trabajo, atendía a sus demandas sin rechistar. Sin embargo, lejos de sentir ciego respeto por él, la chica le temía.
En un acto reflejo, frunció el ceño. No porque un asunto requiriera ser atendido, sino porque la jornada laboral había finalizado hace un par de horas. Había acudido a su oficina con la intención de lamentarse en silencio, no obstante, esos planes tendría que ser pospuestos.
—¿Qué sucede, Ahiru?—preguntó. Su voz sonó extraña inclusive para él.
—Alguien dejo esto en mi escritorio—se aseguró de depositar un una de sus manos el misterioso sobre—. Al parecer, un ciudadano alega que las mujeres de servicio tiene una red de contrabando, acceso al mercado negro y todas esas cosas.
Sasuke miró con desánimo la denuncia perfectamente redactada en cinco hojas de papel. Sin lugar a dudas, la persona había hecho un trabajo de investigación excelso.
—No es nada que ponga en peligro la seguridad de la aldea ¿o sí?—dijo Sasuke por lo bajo.
—Supongo que sería ingenuo de nuestra parte subestimarlas—dijo la chica encogiéndose de hombros—. El reporte dice que algunas están asociadas a la Insurgencia, espías u otras organizaciones peligrosas. El Comandante Obito quiere vigilarlas. Tal vez podríamos citar a unas cuantas de ellas para un interrogatorio.
Una idea, como un destello, cruzó su mente. Dejó escapar un suspiro y, en un movimiento rápido, se puso de pie. Ahiru, sorprendía, lo observo expectante, sosteniendo una tabla contra su pecho.
—Selecciona al menos cinco manzanas. Realizaremos los interrogatorios al azar—ordenó.
Ahiru frunció el ceño, confundida.
Sin mostrar tentativa de mirar atrás, se acercó primero que ella a la puerta y la abrió a medias cuando su asistente volvió a hablar.
—¿Saldrá?—quiso saber.
La pregunta no era mal intencionada. Sin embargo, cualquier otro comandante le habría propinado una reprimenda por tal muestra de insolencia.
—Tal vez por un par de horas. Si alguien pregunta por mí, diles que me encuentro en la sala de interrogatorios—dijo.
No había necesidad de ahondar en detalles. Aquello bastaría para aplacar la ansiedad de la chica, quien lo miraba con una mezcla de desconcierto y obediencia mientras abandonaba la habitación.
Ni siquiera se inmuto en abandonar el edificio por la puerta principal. En su lugar, se dirigió hacia las escaleras que nadie utilizaba y zigzagueó por los pasillos donde se ubicaba el personal de mantenimiento del Cuartel.
Las sombras de la noche lo envolvieron cuando cruzó la puerta del edificio. La luna, como un faro de plata, iluminaba el camino de tejas y las calles. Caminó sin miedo, cerrándose la puerta tras él y masajeándose el puente de la nariz en un intento por disipar el cansancio depositado en su cabeza. Se desplazó con una velocidad asombrosa por los techos, su figura ágil y sigilosa como un felino en busca de su presa.
Finalmente, llegó a la mansión, su lugar de destino. La silueta imponente de la construcción se alzaba ante él, un testigo mudo de secretos y conspiraciones. Sin más tiempo que perder, ingresó en la mansión con la cautela de un ladrón experimentado, asegurándose de que no hubiera testigos no deseados. El silencio de la casa parecía un eco de sus propias reflexiones, y Sasuke sabía que estaba adentrándose a un más en un territorio peligroso.
Con determinación y una pizca de ansiedad, continuó con su misión.
Suzume se encontraba deambulando por la cocina, tratando de localizar un espacio disponible para situar la despensa del día. Absorta en sus quehaceres, ajena a su presencia inminente, la mujer dio un respingo asustado al verlo bajo el umbral de la puerta; la canasta que sostenía cayó al suelo, derramando su contenido con un estruendo.
—Lo lamento tanto, Uchiha-sama—se disculpó de inmediato, sin quebrar el ritmo—. Limpiare este desastre de inmediato.
—Dejalo—dijo Sasuke con voz firme.
Sin moverse de su lugar, todavía arrodillada, Suzume lo miró con evidente temor en los ojos, como si hubiera visto a un fantasma.
—P-pero su madre…—tartamudeó.
—No está en casa, puedes encargarte de eso más tarde—respondió sin perder su mirada penetrante.
Dubitativa, la mujer consiguió ponerse de pie, limpiando sus manos en el delantal y manteniendo los orbes clavados en el suelo, como una delincuente atrapada en sus propias mentiras.
La tensión en la habitación era tan palpable que, lejos de soportar un momento más en afonía, ella se apresuró a preguntar:
—¿Estoy en problemas?
—¿Por qué deberías estarlo?—pregunto Sasuke con voz suave pero inquisitiva.
La mirada de Suzume se tornó aún más tensa.
—¿Hay algo de lo que no este enterado?—continuó preguntando el Uchiha.
—No tengo idea de que habla, Sasuke-sama—replicó nerviosa.
Sabía de buena cuenta que de nada serviría actuar como el policía malo. Si pretendía ganarse la confianza de Suzume, lo mejor sería mostrarse menos intimidante.
En un intento por lograr su cometido, resguardó ambas manos en sus bolsillos y se situó frente a ella, relajado.
—Escuche algunos rumores inquietantes ¿sabe? Algo relacionado con el mercado negro y la Insurgencia—comenzó a decir con tono casual.
Poco le importaba la existencia de una red de espías. Lo que Sasuke necesitaba era corroborar si podría convertir a Suzume y su séquito en aliadas valiosas.
Ella cerró los ojos ante la mirada insistente del Uchiha.
—¿Has escuchado algo al respecto?—inquirió.
—N-no.
El misterio se cernía sobre ellos, preparado para desvelar la verdad que había estado oculta durante demasiado tiempo.
—Estás mintiendo—la acusó.
Abrumada por la presión, Suzume rompió en llanto. Un suspiro cansado escapó de los labios de Sasuke mientras observaba la angustia de la mujer.
Acto seguido, se movió rápidamente hacia la puerta de la cocina y realizó un Jutsu neutralizador de silencio para que ningún sonido pudiera escapar de la habitación. Una vez asegurado el aislamiento, se acercó a Suzume con cuidado.
—Sabía que eras una ninja médico antes de servir a mi familia. Lo leí en tu expediente—dijo firmemente—. También sé que Tamaki estaba involucrada en los planes de Shisui e Itachi, por eso fue que la declararon culpable de traición ¿no es así?
Ella tragó grueso, oteando a Sasuke con ojos llorosos.
—¡Deje de hacerlo cuando la niña murió! ¡Lo juro por Dios!—exclamó a la par que se hincaba ante Sasuke; sus lágrimas fluían como un rio desbordado.
El comandante se hinco hasta quedar a su altura. Detestaba que las personas lo trataran como si fuese una divinidad a la que había que suplicar por clemencia.
—No voy a hacerte daño, Suzume y tampoco voy a delatarte—le aseguró.
Impactada y desconcertada, lo miro por dos segundos sin comprender del todo lo que Sasuke estaba insinuando.
—Necesito tu ayuda.
—¿C-cómo?
—Ya me escuchaste, necesito que me ayudes con algo.
La mujer sorbió por la nariz y se secó el rastro de lágrimas con el dorso de las manos. Sin levantarse de su lugar, tragó grueso y carraspeó un poco para aclararse la garganta.
—Háblame de la red que ustedes tienen—ordenó con tacto.
A su pesar, Suzume se sorprendió. Y se avergonzó de su propia sorpresa.
—Es grande. Todas las mujeres y personal de servidumbre nos comunicamos entre nosotros. Lo hacemos principalmente para transmitir mensajes, objetos del mercado negro.
—¿También personas?—quiso saber.
—No… nosotras no somos las encargadas de hacerlo.
—¿Y quienes lo son?
—Depende de lo que este buscando.
—Pretendo sacar alrededor de veinte mujeres—respondió.
La expresión perturbada de Suzume pronto se transformó en una máscara imperturbable, su entrecejo fruncido lo hacía sentir como una criatura pequeña, pedigüeña, fastidiosa y llorona.
—Estoy hablando en serio—le aseguró.
Dicho esto, Suzume alzó la cabeza y miró al techo de la cocina. Instintivamente, Sasuke siguió su mirada comprendió.
—Hay un chico que es el encargado del tren. Se, con certeza, que ha ayudado a salir a varias personas. Lo hace cada vez que se ordena enviar cargamentos al frente.
El corazón de Sasuke dio un vuelco ante el recoveco de esperanza.
—¿Dónde puedo encontrarlo?—preguntó.
—Trabaja a tiempo completo los fines de semana en el burdel—afirmó—. Siempre se encuentra atendiendo la barra.
—Bien—suspiró Sasuke.
Se puso de pie y extendió una mano hacia Suzume, ofreciéndole su apoyo para que se levantara. Ella, todavía con los ojos húmedos por las lágrimas, aceptó la ayuda y se levantó con cuidado.
—Gracias por tu colaboración—susurró.
Una determinación ardiente se esparció por su pecho, Sasuke estaba dispuesto a enfrentar cualquier obstáculo en su búsqueda desesperada de libertad y redención.
Las mujeres de servicio, esas aparentemente humildes guardianas de secretos, podrían ser su salvación y la clave para rescatar a Sakura de su destino cruel.
Continuará
N/A: ¡Hola, hola gente bonita! Espero que este capítulo las encuentre de maravilla después de un par de meses de ausencia.
¿Qué puedo decirles al respecto? La vida de adulto consume todo mi tiempo y, el poco que tengo libre, lo utilizo para descansar. Lo cierto era que no había dedicado unas cuantas horas a escribir, pero afortunadamente la inspiración fue bondadosa y me permitió finalizar esta entrega antes de lo previsto.
Ahora, dejando de lado las excusas, me enfocaré en abordar algunos temas del fic. Como habrán notado, la mayor parte del capítulo se desarrolla desde el punto de vista de Sasuke y su desesperado intento (y el mío) por arreglar la situación. En esta parte es cuando nada más me queda decir: "No es un chico malo, solo quiere ser el mismo".
Les prometo que a partir de este punto de la historia, todos los personajes tienen otro desarrollo. No serán los mismos que conocimos hace veinte capítulos o al comienzo de la historia.
Y para finalizar con tanta verborrea, solo me queda agradecerles por su infinita paciencia y su apoyo. Como siempre les digo, cada follow, favorite o review son importantes para mí, estoy al tanto de sus comentarios, teorías y palabras de aliento.
Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. Espero que el capítulo haya sido de su agrado. No prometo regresar pronto, pero hare lo posible por traer la continuación. ¡Cuídense mucho! ¡Las quiero! ¡Bye, bye!
