Capítulo 27. Aliados y traidores
– Tranquila, tranquila… – le dijo alguien, a su lado.
Zelda se agitó. Intentaba moverse, pero no podía: algo le aprisionaba las muñecas y los pies. La persona a su lado le hablaba mientras le pasaba un paño por la frente y los ojos. No podía abrirlos, de la cantidad de legañas que tenía. Tosió, soltó un insulto en labryness, y de nuevo perdió el conocimiento.
Así era todo el rato. Caía en un sueño inquieto, lleno de extrañas imágenes que no podía recordar después. Intentaba despertar y moverse, pero no veía. Le dolían las costillas, temblaba, tosía, tenía frío y calor a la vez. La persona que estaba allí se movía en cuanto notaba que se agitaba, y de nuevo intentaba que bebiera o le limpiaba los ojos y la nariz.
– Te soltaré cuando dejes de amenazarme de muerte – dijo –. Tienes una neumonía, muy grave. He conseguido que respires de forma normal, pero necesitas reposo y medicamentos.
Esto tuvo lugar un día indeterminado, en el que Zelda entonces le dijo:
– Cuando me sueltes, pienso patearte el trasero, traidora – susurró, intentando parecer muy dura y enfadada, pero la tos le cortó la mitad de la frase.
Kandra se movió por la habitación. La escuchó murmurar algo sobre ser una cabezota y una melona, pero no dijo nada más. Luego, le puso la mano en la frente y volvió a canturrear, y Zelda cayó en un sueño profundo. La despertó, un rato después o puede que años, la obligó a beber algo que estaba caliente y sabía hierbas molidas. Le dolía todo el cuerpo, de intentar liberarse, y por fin, Kandra dijo:
– Escucha, melona. Cuando nos hemos encontrado, estaba huyendo del arca. Si hubieras seguido, en tu estado, habríamos acabado en la prisión. Hemos escapado de milagro, y ahora, de nuevo, estamos igual que cuando nos conocimos: tú enferma, y yo como tu único apoyo. Voy a desatarte. Te pido que dejes de pegarme. Aún me duele la nariz.
En cuanto sintió que ya nada le aprisionaba, se puso en pie y trató de alcanzar su espada y el escudo. No llegó ni a dar un paso, se derrumbó, y Kandra la obligó a tumbarse otra vez.
– Te lo he dicho, no escuchas. Tienes una neumonía. ¿Cómo la has pillado?
Zelda se encogió sobre sí misma, con la manta rodeando su cuerpo, tosiendo. Había estado pocas veces enferma en la vida. Lo cierto es que solo recordaba el resfriado que tuvo después de la aventura contra la Reina de las Nieves. Cansada, herida, sí, pero este dolor de cabeza, los músculos agarrotados, la garganta en carne viva de tanto toser, y la pesadez en los pulmones era algo nuevo para ella. No le gustaba. Y mucho menos si tenía que confiar su vida en la persona que tenía enfrente.
– Me di un baño en el lago Hylia, me apetecía – dijo, entre temblores.
– No sé dónde está, no he llegado a visitarlo – Kandra removió el fuego en un hornillo, situado en la esquina. Estaban en una casita, pequeña y sucia. En el exterior, nevaba. Podía ver la acumulación de nieve en la única ventana. Kandra corrió una cortina raída, tras mirar un momento al exterior –. Con este tiempo, no fue una decisión inteligente. Supongo que, si lo hiciste, fue por un buen motivo.
– Igual que tú tenías los tuyos para ir al arca a cambiar de bando, ¿no? – Zelda asomó un poco el rostro por debajo de la manta.
Kandra soltó un suspiro. Se la veía agotada, y ahora que la observaba, sí que tenía la nariz algo torcida.
– Sí, es cierto: fui al arca cuando me separé de vosotras en la batalla de la llanura. Quería detener todo esto, de forma rápida. Nos hicieron prisioneras, a mí y a Gashin. Conseguimos escapar, y estaba huyendo del arca cuando te encontré dando vueltas como una jinete borracha. Casi nos atrapan.
– Ah, entonces, ahora debo darte las gracias otra vez.
– No estaría mal, pero puedo esperar a ver si te recuperas – Kandra removió la olla que tenía en el fuego –. Necesitas comer, estás muy débil. Puedo ayudarte…
– Ni se te ocurra – Zelda se incorporó un poco. Nunca había necesitado ayuda para comer, como se hacía con los niños y los ancianos. Kandra sonrió, le puso un poco de la sopa en un cuenco de cerámica, que debía de haber cogido entre los restos que había por la cabaña, y se lo acercó, con una cuchara de madera de aspecto bastante dudoso. Zelda colocó el cuenco en su regazo y, despacio, fue tomando sorbo a sorbo el caldo de carne. Mientras comía, Kandra la observó, sentada en una silla.
– ¿Dónde estamos? – preguntó Zelda. No le gustaba que la observara con tanta atención, y mucho menos comer delante de alguien que no lo hacía.
– En Arkadia. Era el sitio más cercano que nos podía ofrecer un refugio. Además, es un lugar al que solo se puede llegar por el aire. He puesto trampas en el puente, si tratan de cruzarlo, nos avisarán y podremos huir. Gashin y Saeta están en un establo.
– ¿Por qué no me has llevado a la Montaña de Fuego? Estábamos más cerca. Los gorons…
– Esas razas son muy eficaces y valientes, pero no saben nada de sanación de humanos o hylians.
– Ya, fuiste la primera en tecnosanación – Zelda logró llevar la cuchara a su boca, con cuidado.
– Veo que por fin te lo aprendiste – Kandra sonrió. Se había sentado con una rodilla doblada sobre el asiento de la silla, en un gesto que reconoció porque ella misma solía sentarse así.
– Se lo conté a Link, y él lo apuntó para buscar más información.
– No encontrará nada. Esa disciplina no existe en… en este lugar.
Zelda quiso preguntarle a qué se refería con eso de "este lugar", pero justo entonces empezó a toser, con tanta fuerza que se le cayó el cuenco con la poca sopa que quedaba. Kandra se levantó rápido, la ayudó a tenderse, limpió el estropicio, y le insistió en beber más del té que tenía preparado, en una taza desportillada. Con la tos, ya no tenía fuerzas ni de hablar. Bebió el brebaje y se volvió a tender. Tenía más frío, y eso le dijo a Kandra antes de cerrar los ojos, que, por favor, encendiera el fuego.
Cuando Kandra se apartó, escuchó la voz de Zelda. La llamó Link, y pidió más calor. Avivó el fuego, y le echó a la chica su otra manta. La habitación ya estaba muy caldeada, pero no se atrevía a más. El humo delataría su posición, bastante había conseguido para mantener el fuego sin apenas consumir madera. Había usado para ello lo que le quedaba de poder mágico, y por eso no funcionaban sus técnicas con Zelda.
Ya estaba hablando en delirios, otra vez. Se acercó, le puso la mano en la frente para calmarla. Llamaba a sus amigos, a su padre, a Link constantemente. La fiebre seguía siendo alta. ¿Qué otro remedio podría fabricar? Había encontrado hierbas medicinales en los alrededores. Quizá la chica tenía razón, debió llevarla a un lugar poblado. Quedaban algunas pequeñas aldeas en pie, pero casi todas estaban rodeadas por los enemigos, y llegar a la llanura occidental era un viaje muy largo. Pero al menos habían logrado dar esquinazo al arca. Si Zant las hubiera atrapado, la habría ejecutado, sin posibilidad de defenderse.
Kandra miró hacia la esquina de la cama, donde había dejado colgados la Espada Maestra y el Escudo Espejo. Observó la superficie de este, chasqueó la lengua, y lanzó el paño que tenía en la mano, hecho con los restos de la camisa de Zelda, para taparlo. Era mejor no pensar en lo que habría pasado si Zant hubiera puesto sus manos en estos dos objetos.
"Podría marcharme, con la Espada Maestra, y usarla… Pero no es tan sencillo, ¿verdad? Astinus, tú me dijiste una vez que solo los elegidos podían usar las armas de la diosa… Y yo no lo soy" Kandra retiró la mano de la frente. La medicina surtía efecto. Para poder tenerla tranquila, Kandra había añadido algo de adormidera en la sopa. Era mejor, porque Zelda, cuando se ponía nerviosa en sus sueños, atacaba, y lanzaba puñetazos y patadas. Antes de conseguir adormidera, no había tenido más remedio que atarla.
La verdad, podría acabar con todo ya. Sería sencillo. Darle a Zelda una dosis más alta de medicina, que muriera en sus sueños, llamando a Link, y ella podría tomar la Espada, probar si podía llevar a cabo su misión. Pero no era una necia. "Si quiero salvarle, tengo que usar a Zelda un poco más..."
Lo que tenía claro es que no podía enfrentarse aún a ese Link. No todavía…
Una de las cosas que todo el mundo le criticaba era que no podía quedarse quieta. Nada más abrir los ojos por la mañana, Zelda se despertaba de un salto, y empezaba a hacer tareas. A veces, hasta mientras masticaba algo de desayuno. En Lynn, en el refugio, en todos sus viajes. Dormía poco, solo unas horas, porque en su interior creía que dormir era una pérdida de tiempo.
Ahora, era lo único que podía hacer. Ya ni siquiera comer podía hacerlo sola. Kandra tuvo que darle, a cucharadas, la sopa de carne, y otra de setas, y una tercera hecha con zanahorias que, por algo que no entendió, hizo reír a Zelda tanto que casi se asfixia del ataque de tos.
– Me estoy pareciendo a él – susurró, una de estas ocasiones.
– ¿A quién? – le preguntó Kandra.
– A Link, al rey… Suele enfermar, es muy delicado – Zelda pestañeó –. Y también al Héroe del Tiempo, cuando le vi anciano… Caray, esto debe de ser hacerse viejo… Quizá sea cierto, me ha llegado la hora.
Kandra dejó la cuchara y la miró, con sus enormes ojos almendrados en un gesto de miedo.
– Creía que eras una luchadora. Un poco de fiebre y ya te mueres. ¿Dónde está la pequeña ladrona, la loca que destrozó la primera arca, o la que liberó a los pelícaros? Vamos, no seas ceniza…
– No, estoy siendo realista. Me muero. El Triforce se llevó la mitad de mi vida. Siempre supe que moriría joven, pero no tanto… – Zelda entrecerró los ojos. Hizo un gesto negativo cuando Kandra intentó darle otra cucharada.
– La fiebre te hace decir muchas locuras. Estás mejor, de verdad. Solo te encuentras débil por la falta de alimento y por la fiebre. Unos días más, te bajará y podrás seguir siendo la latosa de siempre – Kandra insistió, y Zelda, tras mirarla con duda, aceptó la cucharada –. Estoy segura de que tu Link agradecerá verte de nuevo, así que no te rindas, ¿eh?
Consiguió, de esta forma, que, por fin en muchos días, Zelda se tomara el cuenco completo.
– ¿Has visto al Héroe del Tiempo, anciano? Creí que eso había ocurrido hacía mucho… – le preguntó, tras ayudarla a limpiarse.
– Sí, en el Pico Nevado, creo que vi cómo se estaba muriendo… Han sido como ilusiones, pero estaba allí, me hablaba. Él también pasó por muchas pruebas. Y ha habido más héroes, pero no son tan conocidos – Zelda se dejó caer en la almohada, apoyada la cabeza. Olía mal. Era consciente que llevaba muchos días ahí tumbada, solo se levantaba a duras penas para hacer sus necesidades, lavarse manos y cara, y volver a acostarse. Quería un baño, quería comer un huevo duro, y arroz, y, sobre todo, quería ver el rostro de Link.
– Huevos, no he visto ninguno, lo siento, y arroz tampoco. Si mejoras, te puedo acompañar hasta los picos gemelos, y después, podrás llegar a Rauru sin problemas, y verle de nuevo – dijo Kandra. Zelda la miró, sorprendida –. Hablas en voz alta, ¿lo sabías? Lo haces mucho, cuando crees que estás sola.
– No lo sabía. Disculpa.
– No pasa nada, estoy acostumbrada… Mi maestro lo hacía también. Decía que era una cosa que hace la gente que tiene mucho en qué pensar.
– ¿Quién, tu maestro? ¿Dónde? – Zelda observó a Kandra, y vio que negaba con la cabeza –. Ya, te prometí en el cañón de Ikana que no te preguntaría, pero creo que merezco respuestas. Estoy en mi lecho de muerte, no me puedes negar nada…
Kandra sonrió.
– No estás tan moribunda si aún puedes bromear. Seguro que mañana, estás correteando. Desde luego, le darás una alegría a Gashin y Saeta. Están muy inquietos…
– Responde de una vez. Necesito saber algo… ¿Quién eres? ¿De dónde vienes, qué lugar es ese que tiene pelícaros, armas de luz, el visor ese…?
La chica estaba sentada en la silla. Observó a Zelda, que seguía tumbada pero despierta.
– El lugar de donde vengo, de donde también viene Zant, es uno muy lejano. No lo has visitado, ni has oído hablar nunca de él, seguro. Fui estudiante en una academia de caballería. Allí nos enseñaban a montar a pelícaro, a manejar armas, magia que ya has visto, y también supervivencia y disciplina. Fui la primera en mi promoción, y me destinaron a proteger a la familia real – Kandra se detuvo –. Es lo máximo que te puedo contar, lo siento. Te dije que quizá cuando conozca a tu Link me decida a contarlo todo, pero de momento no estoy tan desesperada. Aún me queda algún movimiento…
Zelda intentó interrumpirla, para preguntarle, pero los ojos estaban de nuevo pesados. Cada vez que comía, le pasaba igual, y se preguntó, antes de dejar de escuchar la voz de Kandra, si no estaría echando algo en la sopa para obligarla a permanecer en la cama. No hacía ni dos segundos que había cerrado los ojos, cuando vio un rostro muy cerca. No era el de Kandra, ni el de Link, sino el del tal Killian, la misma persona que vio en el Pico Nevado. Link le había dicho que era un famoso general. El tipo le gritó a la cara algo, y Zelda le preguntó qué pasaba, por qué la molestaba.
– ¡Viene el enemigo! ¡Huid!
Zelda se incorporó de un salto. Kandra estaba sentada en el suelo, apoyada la cabeza sobre las rodillas, rodeando con sus brazos las mismas. Levantó la cabeza, y preguntó que qué pasaba. Zelda no le respondió. Bajó de la cama, y, aunque se mareó y las piernas no le sostenían, se puso la túnica azul y los pantalones. Kandra le preguntó de nuevo y la chica le respondió que debían marcharse.
– No han saltado las trampas – fue la respuesta de Kandra, aunque enseguida obedeció, sin cuestionarse más. Apagó el fuego echando un puñado de tierra que tenía en un cubo, y tomó sus cosas. Como buena soldado, siempre tenía las cosas preparadas.
Zelda abrió la puerta una rendija, mientras se abrochaba a la cintura la Espada Maestra, y tenía el escudo en la mano. La ciudad de Arkadia, con sus casas aún en pie, estaba silenciosa y oscura. Kandra le pidió que la dejara pasar primero, y Zelda así hizo, porque vio que tenía en la mano ese aparato que llamaba visor. Lo usó para mirar alrededor, y se giró, para decirle con susurros.
– Hay tres de esas criaturas llamadas gorloks. Han escalado el acantilado desde el lago…
– Tienen unas señoras uñas, no me extraña – Zelda se dio cuenta de que no tenía la ballesta. Solo las flechas, pero era inútil. En su mochila tenía las semillas de luz y ámbar. Tomó las primeras y las dejó a mano –. ¿Solo tres?
– No, hay más… Siguen apareciendo – Kandra la observó y dijo –. Vamos a por los pelícaros, y huyamos. Es mejor no luchar, no estás en condiciones.
– Estoy bien, puedo… – empezó a decir Zelda, pero tosió. Logró frenar el ruido, pero supo que, en el silencio de la aldea abandonada, ese sonido era igual que si hubiera lanzado una bengala o un petardo.
– Ya se ve… – Kandra guardó el visor –. Al menos, no son guardianes. Vamos, el establo está a la derecha.
Las dos chicas salieron, y caminaron pegadas a la pared, agachadas. Los gorloks sabían que ellas estaban en la aldea, pero no en qué casa exactamente. Rebuscaban, pero era solo cuestión de tiempo que se dieran cuenta que, en los caminos embarrados y cubiertos de nieve sucia, había huellas de pelícaro, de humano, y otras señales de que la casa era la única habitada. Zelda tuvo otro acceso de tos, que tuvo que acallar cubriendo la boca con la capa.
Habían llegado al establo. Kandra agarró a Gashin, y Zelda se acercó a Saeta. Entonces este, con alegría por verla por fin de nuevo, soltó un chillido. Los gorloks miraron en dirección al establo, y al instante, empezaron a disparar flechas. Estas eran como las de Zelda, en cuando se clavaban en algún lado, ardían. Zelda esquivó con el escudo una y gritó a Kandra que se fuera con Gashin.
– Maldita sea – la chica agitó el bastón y sacó el hacha. Al mismo tiempo, accionó su escudo de luz, que hizo lo bastante grande para cubrir la puerta –. La que debe irse eres tú. Sube a Saeta, corre.
Y dio un salto fuera de la cuadra. Zelda vio que empezaba a atacar a los gorloks, con una agilidad cercana a la que tenía Kafei, y que, de algún modo, le recordó a Urbión. Estaba agachada, con un pie atrás y otro adelantado. Lanzaba estocadas por encima de su cabeza, y golpeaba con la fuerza suficiente para lanzar a los gorloks por los aires. Kandra iba dejando tras de sí muchos cuerpos, pero tenía aún más enfrente. Zelda apretó los dientes. No iba a huir, no iba a dejarla sola.
Traidora o no, la había vuelto a salvar. Y eso le daba rabia.
Se unió a la lucha. Como no estaba del todo recuperada, prefería ir de uno en uno, manteniendo distancia, y controlando la espalda. Escuchó quejarse a Kandra, llamarla idiota, pero no se quejó cuando Zelda usó el escudó espejo para bloquear flechas a la espalda de la chica. Ante los gorloks, la Espada Maestra no brillaba, ni vibraba. Era como una espada más, solo que su hoja se movía con agilidad.
Estaban rodeadas: desde luego, Zant había enviado a esta aldea a todo su ejército gorlok. Su intención debía de ser terminar con las dos de una vez. Zelda esquivó un ataque, tropezó, pero enseguida se irguió, solo para encontrarse un hacha que descendía hacia ella. Intentó esquivarlo con el escudo, pero aún así el hacha ya estaba cerca de su cuello.
Escuchó un grito, Zelda acabó de rodillas en el suelo, pensando que había perdido la cabeza, pero no. Estaba viva. A su lado, estaba una chica gorlok. Los otros empezaron a gruñirla, pero ella gritó sus palabras en su idioma, y algunos gorloks retrocedieron. Se acercó a Zelda, y dijo, despacio para estar segura de que la entendía:
– Marcha. Estamos… paz.
Kandra tenía los ojos tan abiertos que se le veían saltones en el rostro, como los de un sapo. Zelda se incorporó, sacudió la cabeza para despejarse y dijo:
– Te van a llamar traidora… Ven con nosotras, Olonk, vamos…
La gorlok se giró y detuvo el ataque de uno de los suyos. Zelda se preguntó por qué la chica se había cambiado de bando. Ella no la trató con suavidad, y la iba a interrogar. Sin embargo, algo debió de hacer, en el código de los gorloks, que ella no comprendía. Los demás no parecían muy contentos, solo algunos parecían dudar y no atacaban a Olonk. De hecho, solo uno la atacó, pero no para hacerle daño, sino para desarmarla. Mientras, Kandra agarró el brazo de Zelda y la obligó a moverse. Zelda trató de desasirse de ella, de seguir luchando, pero Kandra, sin ningún problema, la levantó de la cintura, se subió a Gashin, mientras silbaba a Saeta para que este las siguiera. Zelda casi pierde el Escudo Espejo, pero lo aferró, así como la Espada Maestra. En un último esfuerzo, llegó a envainarla. Gashin salió disparada en el aire, dejando atrás la ciudad de Arkadia. En el centro, luchando sola, estaba Olonk. Justo antes de perderla de vista, Zelda vio que la gorlok caía con un fuerte golpe en la cabeza.
Kandra aterrizó, lejos de Arkadia, en mitad de un bosque nevado. Dejó a Zelda en el suelo con delicadeza. Saeta se acercó a la labrynnesa y le tocó el rostro con su pico. Empezó a soltar quejidos, y Kandra, para tranquilizarlo, le acarició la cabeza y dijo:
– Se pondrá bien…
Era difícil que Saeta la creyera. Para que Zelda dejara de luchar, Kandra había tenido que usar otra vez el hechizo para dormir. Ella también estaba agotada, había perdido mucha habilidad y necesitaba recuperarla. Al menos, debía estar un tiempo sin usar magia. Por eso, tampoco podía seguir con más hechizos de sanación. Quizá la chica tenía razón, en la Montaña del Fuego con los gorons tendría la ayuda que necesitaba.
Había volado lejos de Arkadia, pero no tanto. Escuchó un crujido en el bosque. Era de noche, y apenas se veía más que un poco, gracias a la luna llena. La chica se giró, con su arma lista y el escudo. En la oscuridad del bosque era aún más visible así. Si el enemigo la buscaba, no iba a tardar mucho en encontrarla.
– ¡Kandra! – dijo una voz, conocida.
La chica bajó la espada y miró por encima del resplandor. Reconoció con alivio a Vestes, la valiente orni que las había acompañado. Kandra sonrió y dijo:
– Llegas en el mejor mo…
Hubo un movimiento a su derecha y, solo gracias a que Kandra tenía bien entrenado los reflejos, logró detener el espadazo. Tenía delante a un tipo solo un poco más joven, con cota de mallas y los cabellos castaños atados en una coleta. No le conocía, pero su técnica para luchar era propia de un caballero. Empezó a atacarla, para alejarla de Zelda, pero también con intención de acabar con su vida. Kandra le detuvo como pudo, pensando en la mejor forma de desarmarlo. No quería tener que acabar con la vida de quien parecía tan preocupado por Zelda.
– ¡Reizar, no! – gritó esta, mientras se levantaba. Vestes estaba a su lado, pero Zelda la rehuyó. Corrió y se interpuso entre los dos. Por poco no acaba con la espada de Kandra clavada en la espalda y la de Reizar en el pecho.
– Aparta. Esta mujer es una traidora – dijo Reizar –. Los ornis la vieron ir al arca, y parecía estar del lado de ese Zant. Además, te ha retenido contra tu voluntad. Voy a llevarla a Rauru y que responda por sus crímenes.
– No, no… – Zelda levantó las manos –. Me ha… salvado. De verdad… Otro amigo… no quiero... – empezó a toser, con tanta fuerza que cayó de rodillas.
Al mismo tiempo, Reizar envainó y Kandra guardó las armas de luz. El chico tomó a Zelda de los hombros y la ayudó a sentarse en un tronco caído. Vestes se quedó a su lado, con los brazos cruzados, atenta. Reizar le puso la mano en la frente y murmuró un "por favor, si estás ardiendo".
– Está muy enferma, necesita mucha más ayuda de la que yo puedo ofrecer – dijo Kandra –. No soy una traidora, y no la he secuestrado. La he ayudado, otra vez. Hemos escapado de un ataque en Arkadia, ella aún no está bien, y ha empeorado porque ha tratado de luchar.
– Me alegro entonces de haber traído esto – Reizar ayudó a Zelda a inclinar la cabeza y le obligó a beber de una botella que tenía en su cinturón. Llevaba varios bolsillos llenos de frascos. Kandra se apartó un poco, sintiendo que Vestes no dejaba de vigilarla –. Link insistió, dijo que sería necesario…
– Propio de él… – susurró Zelda, tras tragar el líquido –. De veras, Reizar, solo estoy… cansada.
– Ha pasado lo peor de una neumonía – dijo Kandra –. Se estaba ya recuperando, pero necesita más reposo, y mejores medicinas. ¿Sabes de algún lugar al que podáis llegar, Vestes?
– La Montaña del Fuego. Podríamos ir a la sombra de Lord Valú, estaría segura – dijo la orni.
Reizar le abrió un poco la camisa a Zelda, apoyó el oído sobre el pecho y negó con la cabeza. Le examinó las muñecas y el cuello. No se le escapó que la chica tenía marcas de ataduras, tenues, pero que seguían visibles. Se quitó su capa, cubrió con ella a Zelda, que seguía tiritando a pesar de llevar ya la capa de lana que le dio Leclas.
– No, escucho agua en sus pulmones… El ambiente ahí arriba es seco, y muy caluroso. Además, tengo entendido que vosotros vivís muy por encima de las nubes. A Zelda le costaba respirar sin la máscara de orni, más todavía si me dices que ha pasado por una neumonía. Necesita un lugar cálido, pero con humedad. La costa estaría bien – Reizar dejó sentada a Zelda, se puso en pie y se acercó a Kandra –. Soy Reizar de Beele, amigo del rey Link y de Zelda Esparaván. Tú eres esa tipa, la que se llama Kandra Valkerion. Dime, ¿qué intenciones tienes? ¿Por qué has ayudado a Zelda, si eres una traidora que hace tratos con el enemigo?
Kandra sintió que Vestes sacaba su arco. Para mostrar que ella no tenía intención de atacarla, levantó las manos y dijo:
– Reizar de Beele, un placer conocerte. No tenemos tiempo para charlar, Zant habrá mandado a más de sus criaturas para perseguirme. Si me marcho ahora, en dirección contraria, tendréis una oportunidad de sacar a Zelda de esta zona, tomada por el enemigo.
– Ya, así te escaparás – Reizar se llevó la mano a la empuñadura de la espada, dispuesto a seguir la pelea. Lo impidió de nuevo Zelda, que le agarró del pantalón y tiró de él, para llamar su atención. Tosía, no pudo decir más que:
– Hazle caso… Tiene razón.
Reizar retiró la mano de la empuñadura, y dejó de ver a Kandra. La chica se giró, fue hasta Gashin, y desató el Escudo Espejo y la mochila de Zelda de la montura de su pelícaro. Se lo tendió a Reizar, y trató de sonreír para parecer amable.
– Cuida de ella. Es una cabezota y muy mala paciente.
– Ya, sé cómo es – Reizar se llevó el escudo a la espalda –. Me preocupa más su salud y llevarla a salvo a Rauru que perseguirte, pero te advierto, un día responderás por tus crímenes.
La mirada que recibió de la chica fue extraña, una mezcla de sorpresa, y también temor. Kandra alargó la mano hacia Reizar. Sonrió otra vez, mientras decía:
– Sé que pasará, tarde o temprano… Pero al menos, me tranquiliza saber que dejo a la Heroína de Hyrule en buenas manos. Un placer, Reizar de Beele. Espero que un día podamos seguir luchando.
Reizar aceptó la mano. Fue un apretón firme, fuerte, de alguien con músculos. Vestes empezó a decir que no debían dejarla marchar, pero Kandra, tras soltar la mano de Reizar, montó de un salto en Gashin y salió volando, en dirección norte.
– No, deja que se marche. Ya la pillaremos. Ahora, vamos a cuidar de la pecosa.
Y miró al pelícaro rojo que se había quedado junto a Zelda, que temblaba más todavía.
Las medicinas que Reizar había traído consigo eran efectivas, pero la dejaban sin fuerzas y somnolienta. Por eso, el caballero la llevaba en brazos, mientras montaba a Saeta. Vestes les guiaba, flotando por delante. Volaban muy bajo, porque Zelda empezaba a toser y temblar si se elevaban mucho, y, además, a Reizar le preocupaba que el arca estuviera cerca. Al menos, Kandra había tenido razón. Al marcharse ella hacia el norte en lugar del sur, los guardianes que vio descender y caminar lo hacían en esa dirección. Ellos, a pesar del color de las plumas de Saeta, pasaron inadvertidos, y no tuvieron ningún enfrentamiento con estos seres.
Zelda era apenas consciente de lo que pasaba. Intentaba hablar, pero si lo hacía, le temblaba la mandíbula. La fiebre empeoraba al final del día, y las noches las pasaba entre malos sueños, envuelta en mantas. Puede que de verdad se estuviera muriendo. Cuando intentaba hacer algo, se mareaba, y Vestes o Reizar la obligaban a seguir tendida. Un día, vio que llegaban por fin a un sitio con mar y después, Zelda despertó en el interior de una casita de madera con solo tres paredes. La cuarta pared no existía, daba paso a una pequeña terraza. Estaba tendida en el suelo, en una especie de cama hecha de paja y tela, con cuencos alrededor y velas. Escuchaba el rumor de olas, y el aire era cálido, suave, y olía a sal.
– ¿Hemos llegado a Lynn? – preguntó, con voz ronca.
– No, pecosa. Estamos en Onaona, en la costa sur de Akala – respondió Reizar. El caballero le puso la mano en la frente, y sonrió –. Ya no tienes fiebre. Bebe, y come algo.
Le tendió una cuchara y un cuenco lleno de arroz y trozos de pescado, y una botella con agua. Zelda obedeció, y escuchó a alguien decir que, si tenía apetito, lo peor había pasado ya. Se limpió con la manga de la camisa que le habían puesto, y Zelda se dirigió a esta persona. Se trataba de una anciana, bajita, de piel bronceada, sentada en una esquina. Los ojos grises contrastaban con la piel, y estaban rodeados de muchas arrugas. El cabello blanco estaba retirado del rostro con un moño, del que sobresalían huesos de pescados.
– Soy Ida, pero la gente me llama Mama Ida. Jovencita, la diosa Hylia casi te lleva con ella, pero eres fuerte. Me alegra ver que ya estás despierta.
– Gracias, Mama Ida – Zelda siguió comiendo, agradecida porque por fin podía sentir el sabor de las comidas y el olor. Fue como revivir. Preguntó a Reizar, entonces –. ¿Cuánto tiempo ha pasado, desde que dejamos a Kandra?
– Hace 15 días que nos separamos de ella. Llegamos a Onaona hace una semana. Siento no haber podido cuidarte mejor, pero en cuanto encontrábamos un sitio para descansar, Vestes se topaba con una patrulla del ejército de Zant, y teníamos que salir huyendo. Al menos, hemos llegado muy lejos, lo suficiente para estar seguros, pero no sabemos por cuánto tiempo – el caballero recibió por esto un susurro lleno de desaprobación de la anciana.
– Aún no ha despertado, y le insistes en que se mueva. Deja que respire, la pobre muchacha… Se nota que no ha podido descansar en mucho tiempo, está tan delgadita…
¿Delgada? Zelda se miró el brazo. Sí, se le veían los huesos marcados, allí donde antes tenía músculos. Se giró para ver el Escudo Espejo, colocado cerca junto a la Espada Maestra. Así, fue consciente de que no solo estaba muy pálida, sino que, además, por primera vez en su vida, se le veían los pómulos marcados, el cuello frágil, y los brazos casi reducidos a la mitad.
– Voy a necesitar mucho entrenamiento para recuperarme de esto – susurró, sorprendida.
– Pero estás viva. La verdad, ha habido un día que pensé que nos dejabas. Link se alegrará cuando te vea. No le importará que seas la mitad de lo que solías ser.
Zelda sonrió. Tuvo un pequeño ataque de tos, pero tras comer y beber, por fin se sentía con energía. Se puso en pie, incómoda por el raro camisón que le habían puesto, demasiado corto de lo que estaba acostumbrada. Reizar se giró, y Mama Ida le ordenó que se fuera, que ella se ocuparía de lavar y vestir a la muchacha. Zelda casi se muere de risa al ver al caballero salir tapándose los ojos. La verdad, no se imaginaba que fuera tan pudoroso. No tenía ese recuerdo de su viaje juntos. Burlón, sí, pero tan cortado y tímido no.
Para sorpresa de Zelda, los aldeanos de Onaona no usaban bañeras, sino que se iban a una casa que llamaban "la del baño". Más que casa, era un edificio sin suelo, alzado con unos pilares sobre roca natural. Durante la bajada de la marea, el mar dejaba pozas de agua templada y salada, pero agradable. Zelda tuvo que apoyarse en la anciana para llegar. Un montón de mujeres muy ruidosas la ayudaron a quitarse el camisón, y la metieron en una poza poco profunda. A medida que iba dejando atrás el olor a enfermedad, gracias a un jabón de plantas olorosas, se sentía mejor. Salió del baño casi renacida. Sí que se había quedado flaquita: tenía las piernas finas, nada de estómago, y hasta el pecho se lo notaba más pequeño. Sin embargo, y esto le sorprendió, se vio un poco más alta. "Quizá aún me quede un último estirón", se dijo.
El pelo fue lo peor. Tenía tantos enredos que, por mucho que Mama Ida y otras mujeres de la aldea lo intentaron, no podían cepillarlo. Zelda, con lágrimas de dolor por los tirones que le habían dado, pidió un cuchillo o tijeras. Cuando se las trajeron, tomó la zona que tenía más nudos, estiró bien, y lo cortó. Se quedó con una maraña de nudos y rizos naranjas en una mano, mientras Mama Ida le dijo:
– Volverá a crecer, no es nada…
Zelda terminó de peinarse ella misma. Ahora, su melena rizada le llegaba solo un poco más arriba de los hombros. Sí, le crecería, no era nada. Sin embargo, tuvo el recuerdo de la mano de Link, acariciando sus rizos, mientras le tatareaba una canción, pensando que Zelda estaba dormida.
Sus ropas estaban hechas un desastre. Solo la túnica azul y la cota de mallas, junto con las hombreras, se podían salvar. Los pantalones y las botas estaban desgajados y rotos. La camisa la había perdido tiempo atrás, como la muda que llevaba en la mochila. Tenía pocas cosas, solo los frascos de semillas, la capa de lana gris que le dio Leclas y las flechas, pero no la ballesta. Las mujeres de Onaona le dieron unos pantalones, que le quedaban algo cortos, por las pantorillas, y también unas sandalias de cuero que se ató alrededor de los pies. Para estar en la aldea, le prestaron una blusa con mangas cortas, que llevaban todas, con un cinto ancho apretado alrededor de la cintura. Metió la túnica azul y la cota de mallas en la mochila, junto con las hombreras. Mama Ida le dijo que podría hacerse con unas botas, pero que tendrían que ser de hombre.
Atardecía cuando por fin Mama Ida la llevó de regreso a la cabaña que los habitantes le habían prestado para alojarla. A este lugar del mundo, tan alejado de todo lo que conocía, había llegado la leyenda del caballero Zanahoria. Zelda sabía que existía esta aldea, pero no había tenido tiempo de visitarla. Mientras comía un plátano delicioso (y eso que a ella tampoco le gustaba mucho la fruta), sentada en el porche de la cabaña, miró la puesta de sol. El mar entero era color rojo, las aguas transparentes relucían, y las olas tenían un ritmo que invitaban a dormir mecida por ellas. Los barcos de los pescadores regresaban, y muchas de esas mujeres que le habían ayudado estaban bajando las redes llenas de peces. Los niños correteaban sin ropa por la orilla. Jugaban con Saeta a pillarse entre ellos. El pelícaro parecía muy feliz. Sospechaba Zelda que le habían dado pescados jugosos, porque apenas le prestó atención cuando se acercó a saludarle.
– Este sitio es muy bonito, nunca había visto algo así.
Reizar apareció a su lado. Solo verle con sus ropas oscuras, de manga larga y cerradas, le dio calor.
– Ni yo. Se parece un poco a Labrynnia, pero más pequeño. Parece mentira que haya una guerra – Zelda le ofreció un plátano de la bandeja, pero Reizar negó con la cabeza –. Estoy mejor, podemos partir cuando quieras. Hay que avisar a Vestes, ella…
– Se fue en cuanto llegamos a la aldea – Reizar se sentó en el porche, en la misma posición que ella, con las piernas colgado en el borde de la terraza.
– ¿Sola?
– Sí. Quería avisar a todos que te habíamos encontrado y que estabas viva, pero enferma. Le dije que no regresara a Onaona, que yo la seguiría en cuanto tú pudieras viajar. Se preocupa por ti, esa orni.
Zelda recordó todas las aventuras que había pasado a su lado. No era la primera vez que la veía en sus momentos más bajos, y la había ayudado. Recordó, con una sonrisa, sus conversaciones e historias alrededor de la hoguera.
– Es una gran amiga. Le debo mucho.
– Como a esa Kandra – Reizar cruzó los brazos –. Cuando os encontré, me dijo que ya habías pasado por lo peor de una neumonía, y tenía razón. Por suerte, ha sido leve.
– ¿Como que leve? Si creo que hasta he visto las nubes y escuchado arpas…
– Sí, leve. Si hubiera sido más grave, ni todos los poderes juntos de Medli, Laruto y Link hubieran podido ayudarte. Has tenido suerte – Reizar descruzó los brazos –. Kandra Valkerion te ha salvado la vida, otra vez. La pregunta que me hago es… ¿Tú confías en ella? ¿Crees que es una aliada?
– ¡Qué raro que preguntes eso! – Zelda se giró un poco para mirarle bien –. ¿No fuiste tú el que trató de matar a Link, en varias ocasiones?
– Estaba muy confundido, en aquel momento – Reizar puso los ojos en blanco, suspiró y dijo –. Por eso, entiendo que quieras darle una segunda oportunidad, pero…
– No sé si habrá ocasión de darla. Se marchó sola, entendí que para despistar al enemigo. Puede que la hayan vuelto a capturar. Lo importante es preguntarse por qué Zant tiene tanto interés en ella. Y qué es lo que persigue – Zelda recordó lo poco que le había dicho: quería detener al falso rey. Y protegió a Link del guardián –. He intentado que me contara algo más, pero es un libro cerrado.
Reizar la miró de reojo, y sonrió. Hizo un comentario al fin sobre la melena de Zelda.
– Con ese corte, se te ven las orejas aún más puntiagudas.
Se llevó por esto un golpe, no muy fuerte, en el hombro. Para terminar de bromear, dijo:
– A mí me gustan las chicas con el pelo largo, pero a Link seguro que no le importa. Ese te miraría arrobado, aunque te raparas la cabeza como un pirata.
La risa de Zelda se cortó. Cogió otro plátano y lo mordió con ansias, antes de decir:
– Ya, claro… Y por eso ha venido a buscarme. Seguro que has leído la carta que me dieron en Sharia de su parte… Más frío que un témpano.
Reizar tardó en responder. Le contó entonces a Zelda la reunión que tuvo lugar en Rauru, cuando Laruto regresó y ellos no tenían noticias del primer caballero. Zelda escuchó, con los brazos cruzados y el ceño cada vez más fruncido.
– Te estás pareciendo al gruñón, eh. A Link le costó aceptar que yo fuera en tu busca. Quería ir él, pero desde que pisamos Rauru, los nobles le tienen más vigilado. En Términa se arriesgó mucho para ir a buscarte al Pico Nevado, y entonces Lord Brant estaba más desprotegido. En su ciudad, tiene más poder que antes. Link tiene que andarse con mucho cuidado, no solo para protegerse él, sino también a ti. No puede reconocer tan abiertamente que sois pareja.
– Saharasala me lo ha dejado claro en más de una ocasión. Yo soy plebeya, y no quieren a una reina de sangre corriente. ¿Dónde estaban, cuando Link les pedía ayuda para arreglar el reino? Ahora, ¿se meten en su vida? Panda de comesopas – Zelda arrojó la cáscara de plátano en el cuenco.
Antes de hablar, Reizar se deslizó un poco para acercarse más a Zelda.
– Quiere evitarte sufrimientos, Zelda. Se de buena mano lo qué es estar casado con un miembro de una familia real, y que los demás te desprecien por ser plebeyo. No es nada agradable, y me duele saber a todo lo que ha renunciado Tetra por estar junto a mí. Tú no tienes un padre o madre severos que agradar, pero sí a toda la nobleza de Hyrule. Harán lo que sea necesario para obligar a Link a tomar a una de los suyos como reina, y lo sabes. Por suerte para los dos, Link está muy enamorado de ti.
– Y yo de él – dijo Zelda, pero aquí Reizar movió la cabeza negativamente.
– Antes has dicho que Kandra es un libro cerrado. Tú tampoco te quedas atrás, Zelda. Muchas veces, no sé qué andas pensando. Te picaba a propósito para que perdieras los nervios y te mostraras. No sabía que estabas enfadada con él, hasta que por fin has hablado.
– Estaba enferma, no he tenido tiempo para pensar en mi vida amorosa, ¿sabes? – Zelda se retiró de la barandilla y se puso en pie –. Dejemos esta conversación. ¿Qué vamos a hacer? Yo me encuentro bien, puedo volar, pero si mal no recuerdo, esta región está muy lejos de Rauru. No podemos cruzar la llanura de Hyrule, y es una locura volver por Akala, porque el arca sobrevolaba esa zona. Por tanto, solo nos queda bordear la costa hasta llegar a la cordillera Tamet. Aunque estoy hablando de memoria, hace mucho que no veo mapas de esa parte de Hyrule…
– Suerte que Link también insistió en que me llevara mapas y una brújula. Espera, voy a por ellos, y hablamos. Ahora vuelvo.
Reizar se puso en pie, saltó por la barandilla y aterrizó en la playa. En pocas zancadas, se fue a una especie de campamento que había montado cerca de la cabaña. Le explicó a Zelda, mientras caminaba hacia la tienda, que Mama Ida le había pedido que se quedara fuera de la aldea. La cabaña de Zelda era la más alejada del resto, un poco aislada. Cuando regresó, Zelda estaba sentada en el porche, colocando algunos cuencos para usarlos de pisapapeles. Antes de entrar, la observó. Saeta se había cansado de jugar con los niños y se había sentado junto a ella, plegando las alas. Había comido tanto pescado que estaba bien lleno, y somnoliento. Zelda le acarició la cabeza, le llamó glotón y que todos los kilos que ella había perdido, él se los había llevado. Parecía que el pelícaro la entendía, porque respondió con un grito y agitando las plumas.
– Es un buen compañero de viaje. Dejó que le montara, porque le expliqué que quería ayudarte. Te adora.
– Y yo a él, la verdad… – Zelda le rascó la cabeza –. A ver esos mapas. Estarás conmigo en que debemos marcharnos, cuanto antes. Si Zant nos ha seguido el rastro y nos descubre aquí, atacará a esta pobre gente, y no son guerreros. Cuanto antes nos marchemos, mejor.
Reizar desplegó los mapas, pero mientras lo hacía, no dejaba de mirarla. Zelda puso varios cuencos en los bordes y entonces se dio cuenta de que el caballero no hacía más que observarla.
– ¿Qué pasa? ¿Tengo restos de plátano en la cara o qué? – y Zelda se limpió las mejillas con la mano. Reizar negó con la cabeza.
– No, solo que… De repente te veo tan mayor… Hace un año que nos conocimos, más o menos, y entonces me parecías una niña. Pero ahora… No me quiero imaginar la cara de tu padre cuando te vea, no te va a reconocer.
Zelda pestañeó.
– Pues vas a tener que esperar un montón para verlo, está en Lynn, y no creo que me pueda acercar de visita hasta después de todo este jaleo – y la chica puso el último cuenco.
Reizar abrió la boca, la cerró, pero luego dijo:
– Um… Creí que te lo había dicho. Quizá estabas aún enferma con la fiebre, pero tu padre está en Rauru. Por lo visto, vino con la gerudo que mandaron para pedir ayuda a los zoras. Le dejó en Términa, y después, consiguió llegar al frente mientras marchábamos de camino a Rauru. Al pobre no le dejaban acercarse a Link, pero por suerte Leclas lo encontró. No le he visto, me lo dijo Tetra la mañana de mi partida. Estoy seguro de que querría acompañarme, pero no pude esperar a que estuviera preparado…
Zelda le miraba, pero su rostro era neutro. No sabía si se alegraba de saber que su padre estaba más cerca, o si estaba enfadada porque había abandonado Lynn, teniendo en cuenta que Radge tenía el corazón débil y no debía hacer tantos esfuerzos.
– Bueno… Más motivos para ir a Rauru. Estará que se subirá por las paredes, y pondrá aún más nervioso a Link. Por lo menos, tendrán noticias de Vestes… Vamos a pensar cómo llegar, y mañana partiremos…
– Así se habla, pecosa.
Esa última noche, antes de dejar Onaona, Reizar y Zelda establecieron la mejor ruta que seguir. Tal y como había dicho Zelda, para evitar a los enemigos debían seguir la línea de costa hacia el oeste, y después subir siguiendo el río Teban. Este acababa cerca de la cordillera Tamet, donde estaba Rauru, al norte. Reizar había quedado en un punto intermedio para reunirse con Vestes, en caso de que Zelda siguiera enferma, justo cerca de la cordillera. A medida que hablaban, los aldeanos de Onaona fueron encendiendo las luces de sus hogares, y para sorpresa de Zelda, salieron luciérnagas de debajo de la cabaña y empezaron a revolotear alrededor de ellos, en la terraza.
– Este lugar es tan bonito, tan tranquilo… Perfecto para unas vacaciones – pensó en voz alta.
– Cuando acabe la guerra, podéis venir aquí, Link y tú. Seguro que os lo pasáis muy bien – comentó el caballero, mientras guardaba el mapa.
– Ah, no sé… A él, si no hay libros por medio, o ruinas viejas, no sé si le gustará. Seguro que, en cuanto esté libre, querrá irse a Pico Nevado a curiosear en la biblioteca.
– Propio de él. En Rauru ha visitado con Leclas la biblioteca de la facultad, y ya le han dejado varios libros. No sé de dónde saca el tiempo…
Reizar le había puesto al día de la situación de los sabios. Estaban todos bien. Kafei, feliz con su futura paternidad, había logrado encontrar una casita en Rauru y convencido a Maple para permanecer allí hasta dar a luz. Leclas, siguiendo el consejo de Link y el de Zelda, había mostrado su habilidad en la facultad de ingeniería, y le habían prestado libros y esquemas para que pudiera construir mejores artefactos. El mayor éxito había sido abrir el mecanismo de un guardián, y averiguar algo de su funcionamiento. Los magos de Gadia en colaboración con los ingenieros habían establecido que era una mezcla de mecánica y magia, pero esta última no la reconocían.
– Ya, una magia antigua y oscura… – dijo Zelda, recordando su conversación con Sombra.
– Laruto estaba preocupada por ti, y nos contó que tendrá que irse a vivir con Lady Faren en la antigua ciudad zora bajo el lago Hylia una vez termine la guerra. Los suyos lo han aceptado, pero su hermano se enfadó bastante.
– No le culpo – susurró Zelda.
– Link VIII, Kafei y Nabooru practican sus habilidades, con la ayuda de Saharasala. Así que todos están bien, y mejorando. Zant hace bien en temer a los sabios, juntos sois una amenaza.
– Tendré que hablarlo con Link, pero yo creo que es más que eso… – Zelda miró la Espada Maestra –. Zant es un tipo que parece saber lo que quiere. Creíamos que era una marioneta de Vaati, pero está resultando ser más duro de lo que pensábamos. Kandra sí me dijo algo… Que tanto ella como él, los pelícaros y todos los cacharros de luz que tienen vienen de un lugar muy lejano, tanto que no hemos oído hablar de él. He estado pensando… – dejó de hablar un segundo para decir –. No, es una locura, no tiene mucho sentido y…
– Nada lo tiene, mucho menos desde que aparecieron esos guardianes – Reizar atrapó una luciérnaga en su puño. Empezó a caminar por su mano, soltando un destello amarillento apagado entre sus dedos. La dejó ir, abriendo el puño, y flotó entre los dos, hasta perderse en el aire nocturno.
– Creo que los dos vienen de un lugar en el tiempo, del futuro de Hyrule – fue lo que dijo Zelda. Miró a Reizar unos segundos, este le devolvió la mirada, y después se pusieron a reír al mismo tiempo –. Ya, te dije que era una locura, una cosa sacada de un libro de los que escribe tu mujer. Pero… Tenemos al Héroe del Tiempo. Y yo estuve en el pasado, en el Desierto de las ilusiones. Bueno, eso creo, la verdad es que nunca entendí muy bien qué pasó entonces, algo de una grieta…
Dejó de hablar. Le pareció que las luciérnagas desaparecían a la vez, toda la aldea de Onaona. Sintió la mano de Reizar en el hombro y le pidió que repitiera lo que le estaba diciendo.
– Aún necesitas descanso. Échate, yo me quedo por aquí un rato más.
– ¿No se va a enfadar Mama Ida? Te ha mandado a dormir a la playa por algún motivo, ¿no es cierto? – dijo Zelda. El leve mareo ya había pasado, y volvía a estar bien, pero le dio la razón a Reizar.
– ¡Eh! Que yo soy un respetable hombre casado, ya no voy detrás de ninguna chica. Aunque las de aquí sean tan guapas y amables, soy fiel a mi esposa – dejó de reírse para decir, un poco más serio –No, en realidad, Mama Ida pensaba que lo que tenías era contagioso, y como no se fiaba de que yo no estuviera enfermo también, me mandó lejos para evitar contagiar a los demás. Creo que no le importará si me quedo en el porche.
– En ese caso, puedes dormir dentro, yo prefiero el exterior. Hay que levantarse temprano, reunir algunos víveres, dar las gracias a Mama Ida y marcharnos, antes de la puesta del sol – Zelda agarró la manta, le hizo un gesto a Reizar y este accedió a ocupar la habitación mientras ella, junto al pelícaro, se tendía en la terraza bajo la luz de las luciérnagas y estrellas.
Reizar admitió que la playa estaba bien, pero le daba sensación de humedad en la espalda y eso no era bueno para los huesos. Zelda le llamó "señor mayor casado", y se tumbó de lado. Le deseó buenas noches, y Reizar ocupó el camastro en el suelo. Estaba ya a punto de quedarse dormido, cuando escuchó que Zelda le llamaba.
– Sí, aún estoy despierto, pecosa. Dime.
– Creo que no te he dicho aún… Gracias por venir a ayudarme.
Reizar sonrió, dijo que era un placer, y se quedó dormido en pocos segundos.
