Harry Potter pertenece a J.K. Rowling.
Solo nos pertenecen los OC.
La Pirata de los Cielos
Capítulo 53: Alex Potter, Campeón de Hogwarts.
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Hermione y Alex pasaban mucho tiempo discutiendo planes para obligar a los posibles rezagados a salir de allí la noche en cuestión.
En el peor de los casos, estaban dispuestos a tirar una bolsa de bombas fétidas, aunque esperaban no tener que recurrir a nada de eso, porque si Filch los pillaba los despellejaría.
Mientras tanto, la vida en el castillo se había hecho aún menos llevadera para Alex, porque Rita Skeeter había publicado su artículo sobre el Torneo de los tres magos, que resultó ser no tanto un reportaje sobre el Torneo como una biografía de Alex bastante alterada. La mayor parte de la primera página la ocupaba una fotografía de Alex, y el artículo (que continuaba en las páginas segunda y sexta) no trataba más que de Alex. Pero las paginas séptima y octavo de Céline. Los nombres (mal escritos) de los campeones de Durmstrang y Beauxbatons no aparecían hasta la última línea del artículo. El artículo había aparecido diez días antes, y, cada vez que se acordaba de él, Alex todavía sentía ardores de estómago provocados por la vergüenza. El artículo de Rita Skeeter lo retrataba diciendo un montón de cosas que él no recordaba haber dicho nunca, y menos aún en aquel cuarto de la limpieza. Pero Rita Skeeter no se había conformado con crear una falsa entrevista, que ninguno de los hermanos les dio jamás.
También había entrevistado a otra gente sobre él. Finalmente, Alex ha hallado el amor en Hogwarts: Colin Creevey, su íntimo amigo, asegura que a Alex raramente se lo ve sin la compañía de una tal Hermione Granger, una muchacha de sorprendente belleza, hija de Muggles y que, como Alex, está entre los mejores estudiantes del colegio.
Alex no quería ser malo con su hermana, pero el que no encontrara verdad en las palabras de Skeeter, sobre el triángulo romántico entre Céline, Daphne y Tracy, era porque estaba ciego.
Desde que había aparecido el artículo, Alex tuvo que soportar que la gente (especialmente los de Slytherin) le citaran frases al cruzarse con él en los pasillos e hicieran comentarios despectivos. —¿Quieres un pañuelo, Potter, por si te entran ganas de llorar en clase de Transformaciones? —¿Desde cuándo has sido tú uno de los mejores estudiantes del colegio, Potter? ¿O se refieren a un colegio fundado por ti y Longbottom? —solo para salir volando, gracias a la extraordinaria fuerza de Céline, quien caminaba hecha una furia, el propio Alex se hizo a un lado, mientras la chica era escoltada, por unas nerviosas Daphne y Tracy, quienes se veían como si estuvieran listas, para reconstruir el castillo, apenas este fuera destruido por Céline, debido a la ira que se pintaba en su rostro.
Alex había tenido la esperanza de que hicieran las paces durante las dos horas que tuvieron que pasarse en la mazmorra encurtiendo sesos de rata, pero coincidió que aquel día se publicó el artículo de Rita Skeeter, que pareció confirmar la creencia de Ron de que a Alex le encantaba ser el centro de atención. Hermione estaba furiosa con los dos. Iba de uno a otro, tratando de conseguir que se volvieran a hablar, pero Alex se mantenía muy firme: sólo volvería a hablarle a Ron si éste admitía que Alex y Céline no se habían presentado en el Torneo y le pedía perdón por haberlo considerado mentiroso. —Yo no fui el que empezó —dijo Alex testarudamente—. El problema es suyo.
Tener a Hermione como principal amiga implicaba muchas menos risas y muchas más horas de biblioteca. Alex seguía sin dominar los encantamientos convocadores; parecía tener alguna traba con respecto a ellos, y Hermione insistía en que sería de gran ayuda aprenderse la teoría. En consecuencia, pasaban mucho rato al mediodía escudriñando libros. Viktor Krum también pasaba mucho tiempo en la biblioteca, y Alex se preguntaba por qué. ¿Estaba estudiando, o buscando algo que le sirviera de ayuda para la primera prueba? Hermione se quejaba a menudo de la presencia de Krum, no porque le molestara, sino por los grupitos de chicas que lo espiaban escondidas tras las estanterías y que con sus risitas no la dejaban concentrarse. —¡Ni siquiera es guapo! —murmuraba enfadada, observando el perfil de Krum. —. ¡Sólo les gusta porque es famoso! Ni se fijarían en él si no supiera hacer el amargo de Rosi.
—El «Amago de Wronski» —dijo Alex con los dientes apretados. Muy lejos de disfrutar corrigiéndole a Hermione aquel término de Quidditch, sintió una punzada de tristeza al imaginarse la expresión que Ron habría puesto si hubiera oído lo del amargo de Rosi. Resulta extraño pensar que, cuando uno teme algo que va a ocurrir y quisiera que el tiempo empezara a pasar más despacio, el tiempo suele pasar más aprisa. Los días que quedaban para la primera prueba transcurrieron tan velozmente como si alguien hubiera manipulado los relojes para que fueran a doble velocidad. A dondequiera que iba Alex lo acompañaba un terror casi incontrolable, tan omnipresente como los insidiosos comentarios sobre el artículo de El Profeta.
—Alex, ven a verme a la cabaña esta noche. Ponte la capa. —Y luego, incorporándose, añadió en voz alta—: Me alegro de verte, Hermione. —Guiñó un ojo, y se fue. Moody lo siguió.
— ¿Para qué querrá que vaya a verlo esta noche? —dijo Alex, muy sorprendido.
— ¿Eso te ha dicho? —se extrañó Hermione—. Me pregunto qué se trae entre manos. No sé si deberías ir, Alex... —Miró a su alrededor nerviosa y luego dijo entre dientes. Era verdad que ir a ver a Hagrid a medianoche supondría tener que apresurarse después para llegar a la una a la sala común de Gryffindor. Hermione le sugirió que le enviara a Hagrid un mensaje con Hedwig diciéndole que no podía acudir (siempre y cuando la lechuza aceptara llevar la nota, claro). Pero Alex pensó que sería mejor hacerle una visita rápida para ver qué quería. Tenía bastante curiosidad, porque Hagrid no le había pedido nunca que fuera a visitarlo tan tarde. A las once y media de esa noche, Alex, que había hecho como que se iba temprano a la cama, volvió a ponerse la capa invisible y bajó la escalera hasta la sala común. Sólo unas pocas personas quedaban en ella. Alex pasó a su lado de camino al retrato y esperó aproximadamente un minuto mirando el reloj. Luego Hermione le abrió el retrato de la Señora Gorda, tal como habían convenido. Él lo traspasó subrepticiamente y le susurró un «¡gracias!» antes de irse. Los terrenos del colegio estaban envueltos en una oscuridad total. Alex bajó por la explanada hacia la luz que brillaba en la cabaña de Hagrid. También el interior del enorme carruaje de Beauxbatons se hallaba iluminado. Mientras llamaba a la puerta de la cabaña, Alex oyó hablar a Madame Maxime dentro de su carruaje. —"¿Eres tú, Alex?" —susurró Hagrid, abriendo la puerta.
—Sí —respondió Alex, que entró en la cabaña y se desembarazó de la capa—. ¿Por qué me has hecho venir?
—Tengo algo que mostrarte —repuso Hagrid. Parecía muy emocionado. Llevaba en el ojal una flor que parecía una alcachofa de las más grandes. Por lo visto, había abandonado el uso de aceite lubricante, pero era evidente que había intentado peinarse, porque en el pelo se veían varias púas del peine rotas.
— ¿Qué vas a mostrarme? —dijo Alex con recelo, preguntándose si habrían puesto huevos los escregutos o si Hagrid habría logrado comprarle a otro extraño en alguna taberna un nuevo perro gigante de tres cabezas.
—Cúbrete con la capa, ven conmigo y no hables —le indicó Hagrid—. No vamos a llevar a Fang, porque no le gustaría... —Escucha, Hagrid, no puedo quedarme mucho... Tengo que estar en el castillo a la una. Pero Hagrid no lo escuchaba. Abrió la puerta de la cabaña y se internó en la oscuridad a zancadas. Alex lo siguió aprisa y, para su sorpresa, advirtió que Hagrid lo llevaba hacia el carruaje de Beauxbatons.
—Hagrid, ¿qué...?
— ¡Shhh! —lo acalló Hagrid, y llamó tres veces a la puerta que lucía las varitas doradas cruzadas. Abrió Madame Maxime. Un chal de seda cubría sus voluminosos hombros. Al ver a Hagrid, sonrió.
— ¡Ah, Hagrid! ¿Ya es la «hoga»?
— «Bon suar» —le dijo Hagrid, dirigiéndole una sonrisa y ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar los escalones dorados. Madame Maxime cerró la puerta tras ella. Hagrid le ofreció el brazo, y se fueron bordeando el potrero donde descansaban los gigantescos caballos alados de Madame Maxime. Alex, sin entender nada, corría para no quedarse atrás. ¿Quería Hagrid mostrarle a Madame Maxime? Podía verla cuando quisiera: jamás pasaba inadvertida.
Pero daba la impresión de que Madame Maxime estaba tan en ascuas como Alex, porque un rato después preguntó alegremente: — ¿Adónde me llevas, Hagrid?
—Esto te gustará —aseguró Hagrid—. Merece la pena, confía en mí. Pero no le digas a nadie que te lo he mostrado, ¿eh? Se supone que no puedes verlo.
—Descuida —le dijo Madame Maxime, luciendo sus largas y negras pestañas al parpadear. Y siguieron caminando. Alex los seguía, cada vez más nervioso y mirando el reloj continuamente. Hagrid debía de tener en mente alguna de sus disparatadas ideas, que podía hacerlo llegar tarde a su cita. Si no llegaban pronto a donde fuera, daría media vuelta para volver al castillo y dejaría a Hagrid disfrutando con Madame Maxime su paseo a la luz de la luna. Pero entonces, cuando habían avanzado tanto por el perímetro del bosque que ya no se veían ni el castillo ni el lago, Alex oyó algo. Delante había hombres que gritaban. Luego oyó un bramido ensordecedor... Hagrid llevó a Madame Maxime junto a un grupo de árboles y se detuvo. Alex caminó aprisa a su lado. Durante una fracción de segundo pensó que lo que veía eran hogueras y a hombres que corrían entre ellas. Luego se quedó con la boca abierta.
¡Dragones! Rugiendo y resoplando, cuatro dragones adultos enormes, de aspecto fiero, se alzaban sobre las patas posteriores dentro de un cercado de gruesas tablas de madera. A quince metros del suelo, las bocas llenas de colmillos lanzaban torrentes de fuego al negro cielo de la noche. Uno de ellos, de color azul plateado con cuernos largos y afilados, gruñía e intentaba morder a los magos que tenía a sus pies; otro verde se retorcía y daba patadas contra el suelo con toda su fuerza; uno rojo, con un extraño borde de pinchos dorados alrededor de la cara, lanzaba al aire nubes de fuego en forma de hongo; el cuarto, negro y gigantesco, era el que estaba más próximo a ellos. Al menos treinta magos, siete u ocho para cada dragón, trataban de controlarlos tirando de unas cadenas enganchadas a los fuertes collares de cuero que les rodeaban el cuello y las patas. Fascinado, Alex levantó la vista y vio los ojos del dragón negro, con pupilas verticales como las de los gatos, totalmente desorbitados; si se debía al miedo o a la ira, Alex lo ignoraba. Los bramidos de la bestia eran espeluznantes.
— ¡No te acerques, Hagrid! —advirtió un mago desde la valla, tirando de la cadena—. ¡Pueden lanzar fuego a una distancia de seis metros, ya lo sabes! ¡Y a este colacuerno lo he visto echarlo a doce!
— ¿No es hermoso? —dijo Hagrid con voz embelesada.
— ¡Es peligroso! —gritó otro mago—. ¡Encantamientos aturdidores, cuando cuente tres! —Alex vio que todos los cuidadores de los dragones sacaban la varita. — ¡Desmaius! —gritaron al unísono. Los encantamientos aturdidores salieron disparados en la oscuridad como bengalas y se deshicieron en una lluvia de estrellas al chocar contra la escamosa piel de los dragones. Alex observó que el más próximo se balanceaba peligrosamente sobre sus patas traseras y abría completamente las fauces en un aullido mudo. Las narinas parecían haberse quedado de repente desprovistas de fuego, aunque seguían echando humo. Luego, muy despacio, se desplomó. Varias toneladas de dragón dieron en el suelo con un golpe que pareció hacer temblar los árboles que había tras ellos. Los cuidadores de los dragones bajaron las varitas y se acercaron a las derribadas criaturas que estaban a su cargo, cada una de las cuales era del tamaño de un cerro. Se dieron prisa en tensar las cadenas y asegurarlas con estacas de hierro, que clavaron en la tierra utilizando las varitas.
— ¿Quieres echar un vistazo más de cerca? —le preguntó Hagrid a Madame Maxime, embriagado de emoción. Se acercaron hasta la valla, seguidos por Alex. En aquel momento se volvió el mago que le había aconsejado a Hagrid que no se acercara, y Alex descubrió quién era: Charlie Weasley.
— ¿Va todo bien, Hagrid? —preguntó, jadeante, acercándose para hablar con él—. Ahora no deberían darnos problemas. Les dimos una dosis adormecedora para traerlos, porque pensamos que sería preferible que despertaran en la oscuridad y tranquilidad de la noche, pero ya has visto que no les hizo mucha gracia, ninguna gracia...
— ¿De qué razas son, Charlie? —inquirió Hagrid mirando al dragón más cercano, el negro, con algo parecido a la reverencia. El animal tenía los ojos entreabiertos, y debajo del arrugado párpado negro se veía una franja de amarillo brillante.
—Éste es un Colacuerno húngaro —explicó Charlie—. Por allí hay un galés verde común, que es el más pequeño; un hocicorto sueco, que es el azul plateado, y un bola de fuego chino, el rojo. —Charlie miró a Madame Maxime, que se alejaba siguiendo el borde de la empalizada para ir a observar los dragones adormecidos. —No sabía que la ibas a traer, Hagrid —dijo Charlie, ceñudo—. Se supone que los campeones no tienen que saber nada de lo que les va a tocar, y ahora ella se lo dirá a su alumna, ¿no?
—Sólo pensé que le gustaría verlos. —Hagrid se encogió de hombros, sin dejar de mirar embelesado a los dragones.
— ¡Vaya cita romántica, Hagrid! —exclamó Charlie con sorna.
—Cuatro... uno para cada campeón, ¿no? ¿Qué tendrán que hacer?, ¿luchar contra ellos? —Preguntó Hagrid, preocupado.
—No, sólo burlarlos, según creo —repuso Charlie—. Estaremos cerca, por si la cosa se pusiera fea, y tendremos preparados encantamientos extinguidores. Nos pidieron que fueran hembras en período de incubación, no sé por qué... Pero te digo una cosa: no envidio al que le toque el colacuerno. Un bicho fiero de verdad. La cola es tan peligrosa como el cuerno, mira. Charlie señaló la cola del colacuerno, y Alex vio que estaba llena de largos pinchos de color bronce. Cinco de los compañeros de Charlie se acercaron en aquel momento al colacuerno llevando sobre una manta una nidada de enormes huevos que parecían de granito gris, y los colocaron con cuidado al lado del animal. A Hagrid se le escapó un gemido de anhelo. —Los tengo contados, Hagrid —le advirtió Charlie con severidad. Luego añadió—: ¿Qué tal está Alex?
—Bien —respondió Hagrid, sin apartar los ojos de los huevos.
—Pues espero que siga bien después de enfrentarse con éstos —comentó Charlie en tono grave, mirando por encima del cercado—. No me he atrevido a decirle a mi madre lo que le esperaba en la primera prueba, porque ya le ha dado un ataque de nervios pensando en él... —Charlie imitó la voz casi histérica de su madre—: «¡¿Cómo lo dejan participar en el Torneo, con lo pequeño que es?! ¡Creí que iba a haber un poco de seguridad, creí que iban a poner una edad mínima!» Se puso a llorar a lágrima viva con el artículo de El Profeta. «¡Todavía llora cuando piensa en sus padres! ¡Nunca me lo hubiera imaginado! ¡Pobrecillo!»
Alex ya tenía suficiente. Confiando en que Hagrid no lo echaría de menos, distraído como estaba con la compañía de cuatro dragones y de Madame Maxime, se volvió en silencio y emprendió el camino de vuelta al castillo. No sabía si se alegraba o no de haber visto lo que le esperaba. Tal vez así era mejor, porque había pasado la primera impresión. Tal vez si se hubiera encontrado con los dragones por primera vez el martes se habría desmayado ante el colegio entero... aunque quizá se desmayara de todas formas. Se enfrentaría armado con su varita mágica, que en aquel momento no le parecía nada más que un palito, contra un dragón de quince metros de altura, cubierto de escamas y de pinchos y que echaba fuego por la boca. Y tendría que burlarlo, observado por todo el mundo: ¿cómo? Se dio prisa en bordear el bosque.
Pero entonces, de repente, chocó contra algo muy duro. Se cayó hacia atrás con las gafas torcidas y agarrándose la capa. — ¡Ah!, ¿quién está ahí? —dijo una voz. Alex se apresuró a cerciorarse de que la capa lo cubría por completo, y se quedó tendido completamente inmóvil, observando la silueta del mago con el que había chocado. Reconoció la barbita de chivo: era Karkarov. — ¿Quién está ahí? —repitió Karkarov, receloso, escudriñando en la oscuridad. Alex permaneció quieto y en silencio. Después de un minuto o algo así, Karkarov pareció pensar que debía de haber chocado con algún tipo de animal. Buscaba a la altura de su cintura, tal vez esperando encontrar un perro. Luego se internó entre los árboles y se dirigió hacia donde se hallaban los dragones. Muy despacio y con mucho cuidado, Alex se incorporó y reemprendió el camino hacia Hogwarts en la oscuridad, tan rápido como podía sin hacer demasiado ruido. No les cabía ninguna duda respecto a los propósitos de Karkarov. Había salido del barco a hurtadillas para averiguar en qué consistía la primera tarea.
Tal vez hubiera visto a Hagrid y a Madame Maxime por las inmediaciones del bosque: no eran difíciles de ver en la distancia.
Todo lo que tendría que hacer sería seguir el sonido de las voces y, como Madame Maxime, se enteraría de qué era lo que les reservaban a los campeones. Parecía que la única campeona que el martes afrontaría algo desconocido, sería Céline.
Alex llegó al castillo, entró a escondidas por la puerta principal y empezó a subir la escalinata de mármol. Estaba sin aliento, pero no se atrevió a ir más despacio: le quedaban menos de cinco minutos para llegar junto al fuego. —«¡Tonterías!» —le dijo casi sin voz a la Señora Gorda, que dormitaba en su cuadro tapando la entrada.
— "Si tú lo dices..." —susurró medio dormida, sin abrir los ojos, y el cuadro giró para dejarlo pasar. Alex entró. La sala común estaba desierta y, dado que olía como siempre, concluyó que Hermione no había tenido que recurrir a las bombas fétidas para asegurarse de que no quedara nadie allí. Alex se quitó la capa invisible y se echó en un butacón que había delante de la chimenea. La sala se hallaba en penumbra, sin otra iluminación que las llamas. Al lado, en una mesa, brillaban a la luz de la chimenea las insignias de «Apoya a CÉLINE VOLKOVA» que los Creevey habían tratado de mejorar. Ahora decía en ellas: «POTTER APESTA DE VERDAD.»
A la mañana siguiente, Alex se reunió con Hermione, en el pago—... y anoche Hagrid me enseñó lo que me toca en la primera prueba: Son dragones, Hermione. ¡No voy a contarlo! —terminó desesperado.
Hermione lo observó con ojos preocupados. —Se puede manejar a los dragones, Alex.
—Vale —asintió Alex, pensativo—. Pero ¿Qué voy a hacer?
—En cuanto a los dragones —dijo Hermione, —, hay una manera, Alex. No se te ocurra emplear el encantamiento aturdidor: los dragones son demasiado fuertes y tienen demasiadas cualidades mágicas para que les haga efecto un solo encantamiento de ese tipo. Se necesita media docena de magos a la vez para dominar a un dragón con ese procedimiento.
—Sí, ya lo sé, lo vi.
—. Hay una manera, y no se necesita más que un sencillo encantamiento. Simplemente... El Encantamiento Convocador. Vamos a practicarlo. Primero vamos a intentar que el martes por la tarde sigas vivo.
Terminó con dificultad el tocino (nada le pasaba bien por la garganta) y, al levantarse de la mesa con Hermione, vio a Céline dejando la mesa de Slytherin. Céline seguía sin saber lo de los dragones. Era el único de los campeones que no se habría enterado, si Alex estaba en lo cierto al pensar que Maxime y Karkarov se lo habían contado a Fleur y Krum. —Nos vemos en el invernadero, Hermione —le dijo Alex, tomando una decisión al ver a Céline dejar el Gran Comedor—Céline —le dijo Alex sin más preámbulos—, la primera prueba son dragones.
— ¿Qué? —exclamó Céline, levantando la mirada.
—Dragones —repitió Alex, hablando con rapidez por si el profesor Flitwick salía para ver lo que le había ocurrido a Céline—. Han traído cuatro, uno para cada uno, y tenemos que burlarlos.
Céline lo miró. Alex vio en sus verdes ojos parte del pánico que lo embargaba a él desde la noche del sábado. —¿Estás seguro? —inquirió Céline en voz baja. Mientras parecía pensar en cientos de hechizos, que serían desconocidos para Alex.
—Completamente —respondió Alex—. Los he visto.
—Pero ¿cómo te enteraste? Se supone que no podemos saber...
—No importa —contestó Alex con premura. Sabía que, si decía la verdad, Hagrid se vería en apuros—. Pero no soy el único que lo sabe. A estas horas Fleur y Krum ya se habrán enterado, porque Maxime y Karkarov también los vieron.
Céline se levantó con los brazos llenos de plumas, pergaminos y libros manchados de tinta y la bolsa rasgada colgando y balanceándose de un hombro. Miró a Alex con una mirada desconcertada y algo suspicaz. Antes de enseñarle una sonrisa —Gracias hermanito —Y le dio un abrazo, sonrojando a Alex el doble, al darle un beso en la frente.
Alex la miró sonrojado. Desde luego, su hermana no la habría hecho si hubiera visto los dragones con sus propios ojos. Alex no habría dejado ni a su peor enemigo que se enfrentara a aquellos dragones sin previo aviso. Bueno, tal vez a Malfoy y a Snape... —Es justo, ¿no te parece? —le dijo a Céline—. Ahora todos lo sabemos... Estamos en pie de igualdad, ¿no?
Para eso necesitaba su Saeta de Fuego. Y para hacerse con su Saeta de Fuego necesitaba... —"Hermione —susurró Alex diez minutos más tarde, al llegar al Invernadero 3 y después de presentarle apresuradas excusas a la profesora Sprout—, me tienes que ayudar."
— "¿Y qué he estado haciendo, Alex?" —le contestó también en un susurro, mirando con preocupación por encima del arbusto nervioso que estaba podando. — "Hermione, tengo que aprender a hacer bien el encantamiento convocador antes de mañana por la tarde."
Practicaron. En vez de ir a comer, buscaron un aula libre en la que Alex puso todo su empeño en atraer objetos. Seguía costándole trabajo: a mitad del recorrido, los libros y las plumas perdían fuerza y terminaban cayendo al suelo como piedras. —Concéntrate, Alex, concéntrate...
— ¿Y qué crees que estoy haciendo? —contestó él de malas pulgas—. Pero, por alguna razón, se me aparece de repente en la cabeza un dragón enorme y repugnante... Vale, vuelvo a intentarlo. —Él quería faltar a la clase de Adivinación para seguir practicando, pero Hermione rehusó de plano perderse Aritmancia, y de nada le valdría ensayar solo, de forma que tuvo que soportar la clase de la profesora Trelawney, que se pasó la mitad de la hora diciendo que la posición que en aquel momento tenía Marte con respecto a Saturno anunciaba que la gente nacida en julio se hallaba en serio peligro de sufrir una muerte repentina y violenta. —Bueno, eso está bien —dijo Alex en voz alta, sin dejarse intimidar—. Prefiero que no se alargue: no quiero sufrir.
Le pareció que Ron había estado a punto de reírse.
Por primera vez en varios días miró a Alex a los ojos, pero éste se sentía demasiado dolido con él para que le importara. Se pasó el resto de la clase intentando atraer con la varita pequeños objetos por debajo de la mesa. Logró que una mosca se le posara en la mano, pero no estuvo seguro de que se debiera al encantamiento convocador. A lo mejor era simplemente que la mosca estaba tonta. Se obligó a cenar algo después de Adivinación y, poniéndose la capa invisible para que no los vieran los profesores, volvió con Hermione al aula vacía. Siguieron practicando hasta pasadas las doce. Se habrían quedado más, pero apareció Peeves, quien pareció creer que Alex quería que le tiraran cosas, y comenzó a arrojar sillas de un lado a otro del aula. Alex y Hermione salieron a toda prisa antes de que el ruido atrajera a Filch, y regresaron a la sala común de Gryffindor, que afortunadamente estaba ya vacía.
A las dos en punto de la madrugada, Alex se hallaba junto a la chimenea rodeado de montones de cosas: libros, plumas, varias sillas volcadas, un juego viejo de gobstones, y Trevor, el sapo de Neville. Sólo en la última hora le había cogido el truco al encantamiento convocador. —Eso está mejor, Alex, eso está mucho mejor —aprobó Hermione, exhausta pero muy satisfecha.
—Bueno, ahora ya sabes qué tienes que hacer la próxima vez que no sea capaz de aprender un encantamiento —dijo Alex, tirándole a Hermione un diccionario de runas para repetir el encantamiento—: amenazarme con un dragón. —Bien... —Volvió a levantar la varita—. ¡Accio diccionario! —El pesado volumen se escapó de las manos de Hermione, atravesó la sala y llegó hasta donde Alex pudo atraparlo.
— ¡Creo que esto ya lo dominas, Alex! —dijo Hermione, muy contenta.
—Espero que funcione mañana —repuso Alex—. La Saeta de Fuego estará mucho más lejos que todas estas cosas: estará en el castillo, y yo, en los terrenos allá abajo.
—No importa —declaró Hermione con firmeza—. Siempre y cuando te concentres de verdad, la Saeta irá hasta ti. Ahora mejor nos vamos a dormir, Alex... Lo necesitarás.
Alex había puesto tanto empeño aquella noche en aprender el encantamiento convocador que se había olvidado del miedo. Éste volvió con toda su intensidad a la mañana siguiente. En el colegio había una tensión y emoción enormes en el ambiente. Las clases se interrumpieron al mediodía para que todos los alumnos tuvieran tiempo de bajar al cercado de los dragones. Aunque, naturalmente, aún no sabían lo que iban a encontrar allí. Alex se sentía extrañamente distante de todos cuantos lo rodeaban, ya le desearan suerte o le dijeran entre dientes al pasar a su lado: «Tendremos listo el paquete de pañuelos de papel, Potter.» Se encontraba en tal estado de nerviosismo que le daba miedo perder la cabeza cuando lo pusieran frente al dragón y liarse a echar maldiciones a diestro y siniestro. El tiempo pasaba de forma más rara que nunca, como a saltos, de manera que estaba sentado en su primera clase, Historia de la Magia, y al momento siguiente iba a comer... y de inmediato (¿por dónde se había ido la mañana, las últimas horas sin dragones?) la profesora McGonagall entró en el Gran Comedor y fue a toda prisa hacia él. Muchos los observaban. —Los campeones tienen que bajar ya a los terrenos del colegio... Tienes que prepararte para la primera prueba.
— ¡Bien! —dijo Alex, poniéndose en pie. El tenedor hizo mucho ruido al caer al plato.
— "Buena suerte, Alex" —le susurró Hermione—. ¡Todo irá bien!
—Sí —contestó, con una voz que no parecía la suya. Salió del Gran Comedor con la profesora McGonagall. Tampoco ella parecía la misma; de hecho, estaba casi tan nerviosa como Hermione. Al bajar la escalinata de piedra y salir a la fría tarde de noviembre, le puso una mano en el hombro. —No te dejes dominar por el pánico —le aconsejó—, conserva la cabeza serena. Habrá magos preparados para intervenir si la situación se desbordara... Lo principal es que lo hagas lo mejor que puedas, y no quedarás mal ante la gente. ¿Te encuentras bien?
—Sí —se oyó decir Alex—. Sí, me encuentro bien.
Ella lo conducía bordeando el bosque hacia donde estaban los dragones; pero, al acercarse al grupo de árboles detrás del cual habría debido ser claramente visible el cercado, Alex vio que habían levantado una tienda que lo ocultaba a la vista. —Tienes que entrar con los demás campeones —le dijo la profesora McGonagall con voz temblorosa— y esperar tu turno, Potter. El señor Bagman está dentro. Él te explicará lo que tienes que hacer... Buena suerte.
—Gracias —dijo Alex con voz distante y apagada: Ella lo dejó a la puerta de la tienda, y Alex entró.
Fleur Delacour estaba sentada en un rincón, sobre un pequeño taburete de madera. No parecía ni remotamente tan segura como de costumbre; por el contrario, se la veía pálida y sudorosa. El aspecto de Viktor Krum era aún más hosco de lo habitual, y Alex supuso que aquélla era la forma en que manifestaba su nerviosismo. Céline paseaba suspiró y parecía estar rezando. Cuando Alex entró le dirigió una leve sonrisa a la que éste correspondió, aunque a los músculos de la cara les costó bastante esfuerzo, como si hubieran olvidado cómo se sonreía. —¡Alex! ¡Bien! —dijo Bagman muy contento, mirándolo—. ¡Ven, ven, ponte cómodo! De pie en medio de los pálidos campeones, Bagman se parecía un poco a esas figuras infladas de los dibujos animados. Se había vuelto a poner su antigua túnica de las Avispas de Wimbourne. —Bueno, ahora ya estamos todos... ¡Es hora de poneros al corriente! —declaró Bagman con alegría—. Cuando hayan llegado los espectadores, os ofreceré esta bolsa a cada uno de vosotros para que saquéis la miniatura de aquello con lo que os va a tocar enfrentaros. —Les enseñó una bolsa roja de seda—. Hay diferentes... variedades, ya lo veréis. Y tengo que deciros algo más... Ah, sí... ¡vuestro objetivo es coger el huevo de oro! —Alex miró a su alrededor. Céline hizo un gesto de asentimiento para indicar que había comprendido las palabras de Bagman y volvió a pasear por la tienda. Tenía la cara ligeramente verde. Fleur Delacour y Krum no reaccionaron en absoluto. Tal vez pensaban que se pondrían a vomitar si abrían la boca; en todo caso, así se sentía Alex. Aunque ellos, al menos, estaban allí voluntariamente... Y enseguida se oyeron alrededor de la tienda los pasos de cientos y cientos de personas que hablaban emocionadas, reían, bromeaban... Alex se sintió separado de aquella multitud como si perteneciera a una especie diferente. Y, a continuación (a Alex le pareció que no había pasado más que un segundo), Bagman abrió la bolsa roja de seda. —Las damas primero —dijo tendiéndosela a Fleur Delacour. Ella metió una mano temblorosa en la bolsa y sacó una miniatura perfecta de un dragón: un galés verde. Alrededor del cuello tenía el número «dos». Y Alex estuvo seguro, por el hecho de que Fleur no mostrara sorpresa alguna, sino completa resignación, demostró que Alex no se había equivocado: Madame Maxime le había dicho qué le esperaba. Lo mismo que en el caso de Krum, que sacó el Bola de Fuego Chino. Alrededor del cuello tenía el número «tres». Krum ni siquiera parpadeó; se limitó a mirar al suelo. Céline metió la mano en la bolsa y sacó el Hocicorto Sueco de color azul plateado con el número «uno» atado al cuello. Sabiendo lo que le quedaba, Alex metió la mano en la bolsa de seda y extrajo el Colacuerno Húngaro con el número «cuatro». Cuando Alex lo miró, la miniatura desplegó las alas y enseñó los minúsculos colmillos.
— ¡Bueno, ahí lo tienen! —dijo Bagman—. Habéis sacado cada uno el dragón con el que os tocará enfrentaros, y el número es el del orden en que saldréis, ¿comprendéis? Yo tendré que dejaros dentro de un momento, porque soy el comentador. Volkova, eres la primera. Tendrás que salir al cercado cuando oigas un silbato, ¿de acuerdo? Bien. Alex. ¿podría hablar un momento contigo, ahí fuera?
—Eh... sí —respondió Alex sin comprender.
Se levantó y salió con Bagman de la tienda, que lo llevó aparte, entre los árboles, y luego se volvió hacia él con expresión paternal. — ¿Qué tal te encuentras, Alex? ¿Te puedo ayudar en algo?
— ¿Qué? —dijo Alex—. No, en nada.
— ¿Tienes algún plan? —le preguntó Bagman, bajando la voz hasta el tono conspiratorio—. No me importa darte alguna pista, si quieres. Porque —continuó Bagman bajando la voz más aún— eres el más débil de todos, Alex. Así que si te puedo ser de alguna ayuda...
—No —contestó Alex tan rápido que comprendió que había parecido descortés—, no. Y... ya he decidido lo que voy a hacer, gracias.
—Nadie tendría por qué saber que te he ayudado, Alex —le dijo Bagman guiñándole un ojo.
—No, no necesito nada, y me encuentro bien —afirmó Alex, preguntándose por qué se empeñaba en decirle a todo el mundo que se encontraba bien, cuando probablemente jamás se había encontrado peor en su vida—. Ya tengo un plan. Voy...
Se escuchó, procedente de no se sabía dónde, el sonido de un silbato. — ¡Santo Dios, tengo que darme prisa! —dijo Bagman alarmado, y salió corriendo. Alex volvió a la tienda y vio a Céline que salía, con la cara más verde aún que antes. Alex intentó desearle suerte, pero todo lo que le salió de la boca fue una especie de gruñido áspero. Volvió a entrar, con Fleur y Krum.
Unos segundos después oyeron el bramido de la multitud, señal de que Céline acababa de entrar en el cercado y se hallaba ya frente a la versión real de su miniatura. Sentarse allí a escuchar era peor de lo que Alex hubiera podido imaginar.
La multitud gritaba, ahogaba gemidos como si fueran uno solo, cuando Céline hacía lo que fuera para burlar al hocicorto sueco. Krum seguía mirando al suelo. Fleur ahora había tomado el lugar de Céline, caminando de un lado a otro de la tienda. Y los comentarios de Bagman lo empeoraban todo mucho... En la mente de Alex se formaban horribles imágenes al oír: «¡Ah, qué poco ha faltado, qué poco...! ¡Se está arriesgando, ya lo creo...! ¡Eso ha sido muy astuto, sí señor, lástima que no le haya servido de nada!» Y luego, tras unos quince minutos, Alex oyó un bramido ensordecedor que sólo podía significar una cosa: que Céline había conseguido burlar al dragón y coger el huevo de oro. — ¡Muy pero que muy bien! —gritaba Bagman—. ¡Y ahora la puntuación de los jueces! Pero no dijo las puntuaciones. Alex supuso que los jueces las levantaban en el aire para mostrárselas a la multitud. —¡Uno que ya está, y quedan tres! —gritó Bagman cuando volvió a sonar el silbato—. ¡Señorita Delacour, si tiene usted la bondad! Fleur temblaba de arriba abajo. Cuando salió de la tienda con la cabeza erguida y agarrando la varita con firmeza, Alex sintió por ella una especie de afecto que no había sentido antes. Se quedaron solos él y Krum, en lados opuestos de la tienda, evitando mirarse. Se repitió el mismo proceso. — ¡Ah, no estoy muy seguro de que eso fuera una buena idea! —oyeron gritar a Bagman, siempre con entusiasmo—. ¡Ah... casi! Cuidado ahora... ¡Dios mío, creí que lo iba a.…! ¡Lo tiene! Diez minutos después Alex oyó que la multitud volvía a aplaudir con fuerza. También Fleur debía de haberlo logrado. Se hizo una pausa mientras se mostraban las puntuaciones de Fleur. Hubo más aplausos y luego, por tercera vez, sonó el silbato. — ¡Y aquí aparece el señor Krum! —anunció Bagman cuando salía Krum con su aire desgarbado, dejando a Alex completamente solo. Se sentía mucho más consciente de su cuerpo de lo que era habitual: notaba con claridad la rapidez a la que le bombeaba el corazón, el hormigueo que el miedo le producía en los dedos... Y al mismo tiempo le parecía hallarse fuera de él: veía las paredes de la tienda y oía a la multitud como si estuvieran sumamente lejos... — ¡Muy osado! —gritaba Bagman, y Alex oyó al bola de fuego chino proferir un bramido espantoso, mientras la multitud contenía la respiración, como si fueran uno solo—. ¡La verdad es que está mostrando valor y, sí señores, acaba de coger el huevo! —El aplauso resquebrajó el aire invernal como si fuera una copa de cristal fino. Krum había acabado, y aquél sería el turno de Alex. Se levantó, notando apenas que las piernas parecían de merengue. Aguardó. Y luego oyó el silbato.
Salió de la tienda, sintiendo cómo el pánico se apoderaba rápidamente de todo su cuerpo. Pasó los árboles y penetró en el cercado a través de un hueco. Lo vio todo ante sus ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos. Desde las gradas que por arte de magia habían puesto después del sábado lo miraban cientos y cientos de rostros. Y allí, al otro lado del cercado, estaba el Colacuerno agachado sobre la nidada, con las alas medio desplegadas y mirándolo con sus malévolos ojos amarillos, como un lagarto monstruoso cubierto de escamas negras, sacudiendo la cola llena de pinchos y abriendo surcos de casi un metro en el duro suelo. La multitud gritaba muchísimo, pero Alex ni sabía ni le preocupaba si eran gritos de apoyo o no. Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarse, entera y absolutamente, en lo que constituía su única posibilidad. Levantó la varita. — ¡Accio Saeta de Fuego! —gritó. Aguardó, confiando y rogando con todo su ser. Si no funcionaba, si la escoba no acudía... Le parecía verlo todo a través de una extraña barrera transparente y reluciente, como una calima que hacía que el cercado y los cientos de rostros que había a su alrededor flotaran de forma extraña... Y entonces la oyó atravesando el aire tras él. Se volvió y vio la Saeta de Fuego volar hacia allí por el borde del bosque, descender hasta el cercado y detenerse en el aire, a su lado, esperando que la montara. La multitud alborotaba aún más... Bagman gritaba algo... pero los oídos de Alex ya no funcionaban bien, porque oír no era importante... Pasó una pierna por encima del palo de la escoba y dio una patada en el suelo para elevarse. Un segundo más tarde sucedió algo milagroso. Al elevarse y sentir el azote del aire en la cara, al convertirse los rostros de los espectadores en puntas de alfiler de color carne y al encogerse el Colacuerno hasta adquirir el tamaño de un perro, comprendió que allá abajo no había dejado únicamente la tierra, sino también el miedo: por fin estaba en su elemento. Aquello era sólo otro partido de Quidditch... nada más, y el Colacuerno era simplemente el equipo enemigo... Miró la nidada, y vio el huevo de oro brillando en medio de los demás huevos de color cemento, bien protegidos entre las patas delanteras del dragón. «Bien —se dijo Alex a sí mismo—, tácticas de distracción. Adelante.» Descendió en picado. El Colacuerno lo siguió con la cabeza. Sabía lo que el dragón iba a hacer, y justo a tiempo frenó su descenso y se elevó en el aire. Llegó un chorro de fuego justo al lugar en que se habría encontrado si no hubiera dado un viraje en el último instante... pero a Alex no le preocupó: era lo mismo que esquivar una Bludger.
— ¡Cielo santo, vaya manera de volar! —vociferó Bagman, entre los gritos de la multitud—. ¿Ha visto eso, señor Krum? —Alex se elevó en círculos. El Colacuerno seguía siempre su recorrido, girando la cabeza sobre su largo cuello. Si continuaba así, se marearía, pero era mejor no abusar o volvería a echar fuego. Alex se lanzó hacia abajo justo cuando el dragón abría la boca, pero esta vez tuvo menos suerte. Esquivó las llamas, pero la cola de la bestia se alzó hacia él, y al virar a la izquierda uno de los largos pinchos le raspó el hombro. La túnica quedó desgarrada. Le escocía. La multitud gritaba, pero la herida no parecía profunda. Sobrevoló la espalda del Colacuerno y se le ocurrió una posibilidad... El dragón no parecía dispuesto a moverse del sitio: tenía demasiado afán por proteger los huevos.
Aunque retorcía la cabeza y plegaba y desplegaba las alas sin apartar de Alex sus terribles ojos amarillos, era evidente que temía apartarse demasiado de sus crías.
Así pues, tenía que persuadirlo de que lo hiciera, o de lo contrario nunca podría apoderarse del huevo de oro. El truco estaba en hacerlo con cuidado, poco a poco. Empezó a volar, primero, por un lado, luego por el otro, no demasiado cerca para evitar que echara fuego por la boca, pero arriesgándose todo lo necesario para asegurarse de que la bestia no le quitaba los ojos de encima. La cabeza del dragón se balanceaba a un lado y a otro, mirándolo por aquellas pupilas verticales, enseñándole los colmillos... Remontó un poco el vuelo. La cabeza del dragón se elevó con él, alargando el cuello al máximo y sin dejar de balancearse como una serpiente ante el encantador.
Alex se elevó un par de metros más, y el dragón soltó un bramido de exasperación. Alex era como una mosca para él, una mosca que ansiaba aplastar.
Volvió a azotar con la cola, pero Alex estaba demasiado alto para alcanzarlo. Abriendo las fauces, echó una bocanada de fuego... que él consiguió esquivar.
— ¡Vamos! —lo retó Alex en tono burlón, virando sobre el dragón para provocarlo—. ¡Vamos, ven a atraparme...! Levántate, vamos... —La enorme bestia se alzó al fin sobre las patas traseras y extendió las correosas alas negras, tan anchas como las de una avioneta, y Alex se lanzó en picado. Antes de que el dragón comprendiera lo que Alex estaba haciendo ni dónde se había metido, éste iba hacia el suelo a toda velocidad, hacia los huevos por fin desprotegidos. Soltó las manos de la Saeta de Fuego... y cogió el huevo de oro. Y escapó acelerando al máximo, remontando sobre las gradas, con el pesado huevo seguro bajo su brazo ileso. De repente fue como si alguien hubiera vuelto a subir el volumen: por primera vez llegó a ser consciente del ruido de la multitud, que aplaudía y gritaba tan fuerte como la afición irlandesa en los Mundiales.
— ¡Miren eso! —gritó Bagman—. ¡Mírenlo! ¡Nuestro paladín más joven ha sido el más rápido en coger el huevo! ¡Bueno, esto aumenta las posibilidades de nuestro amigo Potter!
Alex vio a los cuidadores de los dragones apresurándose para reducir al colacuerno; y a la profesora McGonagall, el profesor Moody y Hagrid, que iban a toda prisa a su encuentro desde la puerta del cercado, haciéndole señas para que se acercara.
Aun desde la distancia distinguía claramente sus sonrisas. Voló sobre las gradas, con el ruido de la multitud retumbándole en los tímpanos, y aterrizó con suavidad, con una felicidad que no había sentido desde hacía semanas. Había pasado la primera prueba, estaba vivo...
— ¡Excelente, Potter! —dijo bien alto la profesora McGonagall cuando bajó de la Saeta de Fuego. Viniendo de la profesora McGonagall, aquello era un elogio desmesurado. Le tembló la mano al señalar el hombro de Alex—. Tienes que ir a ver a la señora Pomfrey antes de que los jueces muestren la puntuación... Por ahí, ya está terminando con Volkova.
— ¡Lo conseguiste, Alex! —dijo Hagrid con voz ronca—. ¡Lo conseguiste! ¡Y eso que te tocó el colacuerno, y ya sabes lo que dijo Charlie de que era el pe...!
—Gracias, Hagrid —lo cortó Alex para que Hagrid no siguiera metiendo la pata al revelarle a todo el mundo que había visto los dragones antes de lo debido. El profesor Moody también parecía encantado. El ojo mágico no paraba de dar vueltas.
—Lo mejor, sencillo y bien, Potter —sentenció.
—Muy bien, Potter. Ve a la tienda de primeros auxilios, por favor —le dijo la profesora McGonagall.
Alex salió del cercado aun jadeando y vio a la entrada de la segunda tienda a la señora Pomfrey, que parecía preocupada. — ¡Dragones! —exclamó en tono de indignación, tirando de Alex hacia dentro. La tienda estaba dividida en cubículos. A través de la tela, Alex distinguió la sombra de Céline, que no parecía seriamente herido, por lo menos a juzgar por el hecho de que estaba sentado. La señora Pomfrey examinó el hombro de Alex, rezongando todo el tiempo. —El año pasado dementores, este año dragones... ¿Qué traerán al colegio el año que viene? Has tenido mucha suerte: sólo es superficial. Pero te la tendré que limpiar antes de curártela. Limpió la herida con un poquito de líquido púrpura que echaba humo y escocía, pero luego le dio un golpecito con la varita mágica y la herida se cerró al instante. —Ahora quédate sentado y quieto durante un minuto. ¡Sentado! Luego podrás ir a ver tu puntuación. —Salió aprisa del cubículo, y la oyó entrar en el contiguo y preguntar—: ¿Qué tal te encuentras ahora, Volkova? —Alex no podía quedarse quieto: estaba aún demasiado cargado de adrenalina. Se puso de pie para asomarse a la puerta, pero antes de que llegara a ella entraron dos personas a toda prisa: Hermione e, inmediatamente detrás de ella, Ron.
— ¡Alex, has estado genial! —le dijo Hermione con voz chillona. Tenía marcas de uñas en la cara, donde se había apretado del miedo.
— ¡Alucinante! ¡De verdad! —Pero Alex miraba a Ron, que estaba muy blanco y miraba a su vez a Alex como si éste fuera un fantasma. —Alex —dijo Ron muy serio—, quienquiera que pusiera tu nombre en el cáliz de fuego, creo que quería matarte. Fue como si las últimas semanas no hubieran existido, como si Alex viera a Ron por primera vez después de haber sido elegido campeón.
—Lo has comprendido, ¿eh? —contestó Alex fríamente—. Te ha costado trabajo. Hermione estaba entre ellos, nerviosa, paseando la mirada de uno a otro. Ron abrió la boca con aire vacilante. Alex se dio cuenta de que quería disculparse y comprendió que no necesitaba oír las excusas. —Está bien —dijo, antes de que Ron hablara—. Olvídalo.
—No —replicó Ron—. Yo no debería haber...
— ¡Olvídalo! —Ron le sonrió nerviosamente, y Alex le devolvió la sonrisa.
Hermione, de pronto, se echó a llorar. — ¡No hay por qué llorar! —le dijo Alex, desconcertado.
—¡Los dos son tan tontos! —gritó ella, dando una patada en el suelo, al tiempo que le caían las lágrimas. Luego, antes de que pudieran detenerla, les dio a ambos un abrazo y se fue corriendo, esta vez gritando de alegría.
— ¡Cómo se pone! —comentó Ron, negando con la cabeza—. Vamos, Alex, están a punto de darte la puntuación. Cogiendo el huevo de oro y la Saeta de Fuego, más eufórico de lo que una hora antes hubiera creído posible, Alex salió de la tienda, con Ron a su lado, hablando sin parar. —Has sido el mejor, ni punto de comparación. La serpiente esa —ignoró el gruñido de Alex, ante el insulto hacía Céline —hizo una cosa bastante rara: Desenfundó un par de pistolas y le disparó al dragón, lanzando... como explosiones coloridas y llenó todo de humo, el dragón salió volando y rugiendo, ella agarró el huevo y el dragón le lanzó su aliento de fuego, ella entonces, elevó sus pistolas y dijo, algo... no sé qué cosa de balas de agua, creando una especie de paraguas... ¡Con agua! Al final funcionó, porque consiguió coger el huevo. Escapó por los pelos. Y Fleur intentó un tipo de encantamiento... Creo que quería ponerlo en trance, o algo así. El caso es que funcionó, se quedó como dormido, pero de repente roncó y echó un buen chorro de fuego. Se le prendió la falda. La apagó echando agua por la varita. Y en cuanto a Krum... no lo vas a creer, pero no se le ocurrió la posibilidad de volar. Sin embargo, creo que después de ti es el que mejor lo ha hecho. Utilizó algún tipo de embrujo que le lanzó a los ojos. El problema fue que el dragón empezó a tambalearse y aplastó la mitad de los huevos de verdad. Le han quitado puntos por eso, porque se suponía que no tenía que causar ningún daño.
Ron tomó aire al llegar con Alex hasta el cercado. Retirado el Colacuerno, Alex fue capaz de ver dónde estaban sentados los jueces: justo al otro extremo, en elevados asientos forrados de color oro.
—Cada uno da una puntuación sobre diez —le explicó Ron. Entornando los ojos, Alex vio a Madame Máxime, la primera del tribunal, levantar la varita, de la que salió lo que parecía una larga cinta de plata que se retorcía formando un ocho.
— ¡No está mal! —dijo Ron mientras la multitud aplaudía—. Supongo que te ha bajado algo por lo del hombro... —A continuación, le tocó al señor Crouch, que proyectó en el aire un nueve. — ¡Qué bien! —gritó Ron, dándole a Alex un golpecito en la espalda. Luego le tocaba a Dumbledore. También él proyectó un nueve, y la multitud vitoreó más fuerte que antes. Ludo Bagman: un diez.
— ¿Un diez? —preguntó Alex extrañado—. ¿Y la herida? ¿Por qué me pone un diez?
— ¡No te quejes, Alex! —exclamó Ron emocionado. Y entonces Karkarov levantó la varita. Se detuvo un momento, y luego proyectó en el aire otro número: un cuatro. — ¿Qué? —chilló Ron furioso—. ¿Un cuatro? ¡Cerdo partidista y piojoso, a Krum le diste un diez! Pero a Alex no le importaba. No le hubiera importado, aunque Karkarov le hubiera dado un cero. Para él, la indignación de Ron a su favor valía más que un centenar de puntos. No se lo dijo a Ron, claro, pero al volverse para abandonar el cercado no cabía en sí de felicidad. Y no solamente a causa de Ron: los de Gryffindor no eran los únicos que vitoreaban entre la multitud. A la hora de la verdad, cuando vieron a lo que se enfrentaba, la mayoría del colegio había estado de su parte, tanto como de la de Céline. En cuanto a los de Slytherin, le daba igual: ya se sentía con fuerza para enfrentarse a ellos.
— ¡Están empatados en el primer puesto, Alex! ¡Krum y tú! —le dijo Charlie Weasley, precipitándose a su encuentro cuando volvían para el colegio—. Me voy corriendo. Tengo que llegar para enviarle una lechuza a mamá; le prometí que le contaría lo que había sucedido. ¡Pero es que ha sido increíble! Ah, sí... me ordenaron que te dijera que tienes que esperar unos minutos. Bagman os quiere decir algo en la tienda de los campeones. —Ron dijo que lo esperaría, de forma que Alex volvió a entrar en la tienda, que esta vez le pareció completamente distinta: acogedora y agradable. Recordó cómo se había sentido esquivando al colacuerno y lo comparó a la larga espera antes de salir...
No había comparación posible: la espera había sido infinitamente peor.
Fleur, Céline y Krum entraron juntos. Céline tenía un lado de la cara cubierto de una pasta espesa de color naranja, que presumiblemente le estaba curando la quemadura. Al verlo, sonrió y le dijo: — ¡Lo has hecho muy bien, Alex!
—Y tú —dijo Alex, devolviéndole la sonrisa.
— ¡Muy bien todos! —dijo Ludo Bagman, entrando en la tienda con su andar saltarín y tan encantado como si él mismo hubiera burlado a un dragón—. Ahora, sólo unas palabras. Tenéis un buen período de descanso antes de la segunda prueba, que tendrá lugar a las nueve y media de la mañana del veinticuatro de febrero. ¡Pero mientras tanto os vamos a dar algo en que pensar! Si os fijáis en los huevos que estáis sujetando, veréis que se pueden abrir... ¿Veis las bisagras? Tenéis que resolver el enigma que contiene el huevo porque os indicará en qué consiste la segunda prueba, y de esa forma podréis prepararos para ella. ¿Está claro?, ¿seguro? ¡Bien, entonces pueden irse! —Alex salió de la tienda, se juntó con Ron y se encaminaron al castillo por el borde del bosque, hablando sin parar. Alex quería que le contara con más detalle qué era lo que habían hecho los otros campeones. Luego, al rodear el grupo de árboles detrás del cual Alex había oído por primera vez rugir a los dragones, una bruja apareció de pronto a su espalda.
Era Rita Skeeter. Aquel día llevaba una túnica de color verde amarillento, del mismo tono que la pluma a vuelapluma que tenía en la mano. — ¡En hora buena, Alex! —lo felicitó—. Me pregunto si podrías concederme unas palabras. ¿Cómo te sentiste al enfrentarte al dragón? ¿Te ha parecido correcta la puntuación que te han dado?
—No, sólo puedo concederle una palabra —replicó Alex de malas maneras—: ¡Adiós! —Y continuó el camino hacia el castillo, al lado de Ron.
