Aviso de: gore


"...es hora pues de revelar el elemento especial del segundo Vasallaje de los veinticinco. En este nuestro cincuenta aniversario del fin de los Días Oscuros, como recordatorio a los ciudadanos de los distritos que por cada capitolino caído murieron dos rebeldes, serán cosechados cuatro tributos por distrito en lugar de dos." Ceremonia de la lectura de la tarjeta. Presidente Coriolanus Snow.


Año 50 - El show de los horrores

Altea Twelve, 12 años

Distrito 12

"Me dejas tirado en la miseria, me dejas tirado. Levántame o sacrifícame. Deja todo ir."


—¿Será, será...? —canto en voz baja.

Y me echo a la boca un enorme trozo de tarta de nata y fresas. La crema resbala de mis labios, gotea por mi barbilla y cae a mi vestido. Quiero limpiármelo, pero mis manos están pringadas de dulce y migajas. Lo que hace que tenga que chuparme los dedos para no estropearlo todo más.

Llevamos un día en este tren, y las reacciones a nuestra muerte entre los cuatro chicos que hemos sido cosechados han sido muy dispares. Kendrick lloriquea en voz alta sobre la mala suerte que ha tenido al haber sido cosechado a los 13. Haymitch insulta a Isadora y Maysilee trata de poner orden. Isadora se disculpa y yo me harto a comer. No voy a salir viva de esto así que mejor aprovecho.

—¿...Que al árbol vendrás?

Todos parecen haberse olvidado de mí, excepto el escolta que observa de brazos cruzados cómo arranco trozos de pastel con las manos y me los zampo con glotonería.

—¿¡Es que no ves que te necesitamos!? —chilla Kendrick, su histeria me aburre.

—Lo digo totalmente en serio. No hay nada que pueda hacer por ustedes. Lo he intentado... Llevo veinticinco años intentándolo y he fracasado, todas y cada una de las veces... Todas.

—Podrías al menos intentarlo una vez más —replica Maysilee—. Queremos vivir tanto como los demás tributos.

—... Que por matar a tres, un hombre colgó en él...

Observo la escena indiferente a todos. Ya he perdido, sólo por ser del distrito de las minas, sólo por tener doce años, sólo por tener a Isadora de mentora, ya he perdido. Aunque no es como si tuviera algo por lo que merezca la pena luchar tampoco. Nunca pedí nacer, y los que se encargaron de traerme a este mundo ni siquiera se responsabilizaron de ello, o mejor dicho, la muerte no los dejó. En la casa de acogida donde he vivido desde bebé, todos nosotros éramos tratados como un estorbo, nos hacían trabajar bien duro por la porquería que nos daban de comer. Gachas hechas con harina de tesela día sí y día también. Esto es gloria. Cuando tenía siete años robé una magdalena del mercado, pensé que valió los cinco azotes que me dieron, pero esto no tiene nada que ver. Y encima es gratis. Al menos, mientras viva, lo disfrutaré. El resto no me importa, excepto tal vez sufrir mientras muero. Si consigo encontrar jaulas de noche, lo haré yo misma.

—¿No hay otra alternativa a ti? —protesta Haymitch—. Quiero decir... ¿Tenemos que resignarnos a nuestra muerte inminente sólo porque tú seas una incompetente?

—...Ocurren cosas raras pero extraño no ha de ser... La, la, la... Mmmh...

Tarareo mientras sigo arrasando con todo lo que hay en la mesa.

—Podrían tener... Algo más de comprensión conmigo —responde Isadora.

—¡Comprensión! —estalla Kendrick—. ¡¿Comprensión cuando no eres tú la que va a estar ahí jugándose la vida?! ¿¡Comprensión cuando tú misma ni siquiera merecías volver!? ¡Tan sólo te salvaste porque a la chica del Distrito 3 le robaron su premio y el que lo consiguió era un inutil que detonó la bomba ahí mismo por accidente!

—No fue así como pasó —canturreo, pero nadie me está escuchando.

Fue la misma chica del Distrito 3 quien detonó la bomba, una de las vendedoras del Quemador nos lo dijo un día al hablar de Isadora. Dijo que esa edición fue su primera cosecha, y recuerda muy bien esos últimos momentos que no se volvieron a retransmitir jamás.

Isadora baja la vista al suelo.

—Lo s-siento... Tienen... Tienen razón. No merecí ganar, Bisby lo hizo mejor, pero él tuvo más suerte que yo y pudo librarse pronto de aquel horror.

El estilista la ha dejado presentable. Todo el mundo sabe que bajo esas capas de maquillaje se esconden unas terribles ojeras y una piel pálida y enfermiza. Así es el día a día de la única vencedora que el Distrito 12 ha tenido en medio siglo de juegos.

—Eso no es nuestro problema, haz un esfuerzo —insiste Maysilee.

—Estoy cansada de hacer esfuerzos, Maysilee. Y todos los años, mis chicos se van y vuelven en una urna. Y este año serán cuatro. No saben lo que es salir a la calle y que te culpen por sus muertes, sus familiares, sus amigos. No saben lo que es que les supliquen que los traigan con vida, y tener que prometer que así será sabiendo que van a fallarles...

Isadora parece con intención de seguir hablando, pero Haymitch da un puñetazo en la mesa.

—Si yo fuera mentor, haría todo lo posible por mis tributos. ¡Todo! ¡No me rendiría mientras sus cañones no sonasen! ¡No tiraría la toalla mientras hubiera esperanza! ¿¡Cuántos chicos han muerto sólo porque tú los abandonaste!? ¿¡Cuánta sangre hay en tus manos!? ¡Tu actitud me da asco! ¡Tú das asco!

Pobrecilla, se están pasando con ella.

—Queremos vivir, Isadora —agrega Maysilee—. Me gustaría comprender tu situación, pero primero debes tú comprender la nuestra. ¡Cuando estemos ahí afuera sólo vamos a tenerte a ti!

—Comprendo su situación mejor de lo que tú crees.

—...Poderte ver... Ahí al anochecer... —concluyo.

Me chupo los dedos ruidosamente, estoy llenísima, pero no puedo parar. Tantos manjares aquí reunidos a mi disposición. Qué desperdicio. Kendrick avanza hasta Isadora con un tenedor en alto, pero Maysilee lo detiene. Está llorando.

—¡No quiero morirme, estúpida! ¡ESTÚPIDA! ¡Ojalá te hubieras muerto en aquella zanja!

El chico sale de la habitación llorando a gritos. Siendo realistas, él también está condenado, pero se niega a aceptarlo. Como sea, no es mi asunto.

—Si ya te has dado por vencida conmigo, yo no lo haré. Escúchame bien, Isadora. Voy a entrar a esa Arena y voy a ganar los Juegos del Hambre. Pero no será por ti.

Haymitch sale del vagón también, y Maysilee lo sigue no mucho después. El silencio que se hace queda roto por mi tararear.

—¿Quieres un pastelito, Isadora? —le ofrezco.

—No lo entienden —dice, ignorando mi ofrecimiento—. Yo no puedo hacer nada por ustedes aunque quisiera.

Por eso, pasar los últimos días de mi vida llorando es algo que no voy a hacer. Mi mentora por la otra parte, es la que me da pena. Yo moriré y dejaré esta vida atrás, pero ella se quedará. Una de nuestras cuidadoras siempre dice que la vamos a matar de angustia, me pregunto si es verdad que alguien puede morirse de eso. Isadora podría hacerlo. Cada vez está peor.

—Te ves triste —digo—. ¿Quieres que te cante una canción para animarte?

Ella luce extrañada, pero al final asiente.

—Está bien.

—¿Será, será, que al árbol vendrás? Vámonos los dos, a su amado dijo al morir. Ocurren cosas raras pero extraño no ha de ser, poderte ver ahí al anochecer —mientras canto, ella comienza a temblar, a pesar del maquillaje, se ve peor que nunca, casi como si se fuera a echar a llorar—. ¿Será, será que al árbol vendrás...?

—No sigas —pide de repente, nerviosa.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta? —pregunto, decidiendo hacerme la tonta.

—No deberías cantar canciones prohibidas fuera del distrito. No deberías cantarlas en absoluto.

—Pero es una hermosa canción, y triste también —digo, ahora que voy a morir, puedo apreciarla—. La cantaré en mi entrevista, seguro a los espectadores les encanta oírme cantar y destaco mucho.

—¡Ni se te ocurra!

Esta vez, es mi escolta quien habla. Está que echa chispas.

Pero a mí se me olvida y en mi entrevista comienzo a tararearla. Qué tonto es Caesar Flickerman, la ha confundido con otra canción completamente distinta.


Maysilee Donner, 16 años

Distrito 12

"He estado siguiendo tus instrucciones. Como lentamente y descaradamente me llevas a la muerte."


Desde el momento en que me cosecharon supe que sólo me tendría a mí. Bueno, cuento con Haymitch pero es todo temporal, tanto él como yo sabemos eso.

Es el lago más hermoso y de aguas más cristalinas que he visto jamás. Mi boca está pastosa y mi cantimplora vacía, pero Haymitch y yo ya sabemos qué pasará si bebemos de él. Este agua envenenada ya se ha cobrado varias vidas. Ayer no llovió y no pudimos reponer. No nos molestamos ni en pedirle agua a Isadora, sabemos que no va a llegarnos nada. Llevamos aquí más de dos semanas, a estas alturas sólo un millonario podría permitirse pagar nuestros regalos.

Haymitch sigue caminando, vigilando el frente, yo camino detrás, protegiendo la retaguardia, alerta a cualquier cosa. Es la formación que hemos adoptado tras un encuentro que tuvimos hace varios días. Dos ardillas plateadas y con el pelaje más esponjoso que he visto en mi vida corretean por el tronco de un árbol. Son monas, todos los animales aquí lo son, y también pueden arrancarte un brazo en menos que canta un gallo.

—¿No deberíamos quedarnos quietos en un sitio? Estamos malgastando energía inutilmente —le digo a Haymitch.

No me gusta hablar, porque señala tu posición al enemigo y en este lugar uno nunca sabe quién puede estar acechando. Es algo que he descubierto al ser yo la acechadora y matarlos por la espalda. En este caso pienso que es necesario comunicarme con él. Mi compañero va marcando el ritmo, pero no sé qué beneficio nos puede reportar el caminar todo el tiempo.

—Tampoco importa tanto, a los juegos no les debe quedar mucho. Y antes de morir me gustaría ver qué es lo que hay más allá.

Frunzo los labios. No me interesa lo que haya más allá, sólo salir de aquí. Volver junto a Maira y Vera. Ver de nuevo a Vincent.

—¿Qué importa eso? —digo, jamás podré comprenderlo.

—A mí me importa. ¿Nunca te has planteado hasta donde llega la Arena? No creo que sea infinita, debe terminarse alguna vez. Si seguimos caminando en línea recta lo sabremos. Nunca en los Juegos se ha hablado de ello, así que ya que estoy aquí pienso descubrirlo de primera mano.

—Haymitch —digo, en tono autoritario, suprimiendo el resto del sermón que tengo preparado porque sinceramente, está de más.

Comienzo a plantearme en serio si esta alianza no debe estar caducando. Estamos ya en los últimos ocho, quiero planear con detenimiento mi estrategia a seguir y no creo que caminar en línea recta buscando el límite de la Arena sea lo más sensato. Yo tampoco pienso que a ningún tributo en el resto de las cuarenta y nueve ediciones anteriores no se le haya ocurrido el curiosear cerca de los bordes y ver como son. Que no pase es una cosa, que el Capitolio no nos lo muestre es otra muy distinta. Dejaría en evidencia que su poder es limitado.

Una oleada de miedo me invade. Ya dimos la nota cuando Altea se puso a tararear canciones prohibidas en la entrevista. Tal vez a estas alturas mi alianza con Haymitch sólo me esté perjudicando. Aún así lo sigo, porque aunque no deba, yo también siento un poco de curiosidad.

Ni diez minutos después ya me he arrepentido de ello. En su obsesión por ir en línea recta hasta dar con un borde, Haymitch se sale del camino y toma por en medio del terreno escarpado y agreste de un cerro.

—¿Te has dado cuenta? —dice—. Las cosas aquí no son tan perfectas como en los terrenos que hemos dejado atrás. Son más naturales. Creo que significa que estamos cerca.

Y está en lo cierto. Las plantas son menos frondosas, ya no hay césped de un verde intenso por todos lados. Es como si le hubieran puesto menos esfuerzo a los detalles de aquí. Puede ser que tenga razón, pero eso también significa que no deberíamos estar aquí.

—Estás loco. Y no en el buen sentido —digo, no intento ser graciosa ni bromear, de veras pienso que hay algo mal con este chico, parece como si tuviera esperanza en escapar de la Arena. Eso no va a pasar. Nadie lo ha logrado y no va a lograrlo él ahora. Y aunque lo hiciera. ¿Cómo iba a mantenerse oculto por siempre?

—Tengo una corazonada —dice sin más.

Cada vez me noto más molesta con él. Y con cada paso que doy cuesta arriba, más me aseguro que debería estar usando mis fuerzas de otra manera.

—Haymitch, tienes una familia a la que volver y una novia que te espera, igual que a mí me están esperando. ¿En serio vas a pasar el día subiendo cuestas? —al darme cuenta que he sido demasiado brusca, rectifico—. ¿Qué es lo que esperas encontrar exactamente?

—No lo sé. Tal vez algo que podamos usar. Algo que nos sea útil —responde.

Esto es ridículo. Debo pensar en Maira, en Vincent y en Vera, la mejor amiga mía y de mi hermana. Pero ya casi estamos en la cima, y algo en mi interior se niega a desperdiciar el esfuerzo que ya he empleado en la subida.

Haymitch y yo nos detenemos al borde del precipicio que nos espera en la cima. Más allá no hay absolutamente nada relevante, ni una forma de bajar sin matarse ni nada por lo que intentarlo, sólo un valle árido de rocas puntiagudas que se extiende hasta donde alcanza la vista. Aquí es donde se acaba lo bucólico.

—Bien Haymitch, ahí tienes. Eso es todo lo que hay. Ahora volvamos.

—No —responde, como la mula terca que es, ruedo los ojos—. Me quedo aquí.

Podría preguntarle por qué, pero no debería importarme ya. Haymitch ha empezado a hablar en singular, y yo sé muy bien lo que eso significa. No sé tampoco hasta dónde podría confiar en él a estas alturas del juego. Está mal visto atacar a los de tu distrito, pero las cosas cambian cuando somos pocos. No quiero tener que atacarlo, y no podría hacerlo ahora. Si llegamos ambos al final...

No hay otra opción. Esta alianza terminó aquí.

—...De acuerdo. Quedamos sólo cinco tributos. Quizá sea mejor decirnos adiós ahora. No quiero que nos veamos las caras en la final.

—Vale.

Espero que él se gire a despedirse o diga algo más elaborado, pero no lo hace. Bueno, yo ya no puedo hacer nada más. Estoy sola otra vez. Corro ladera abajo, dándome cuenta que la maleza se ha ido y ahora está cubierta de césped verde chillón. Esquivo las mariposas de todos los colores del arcoíris que pululan por ahí y llego abajo, jadeando ligeramente.

Debo tener mi cerbatana lista para todo. A partir de ahora no me importa. Mataré a quien sea que me encuentre. Paso la mano por mi sinsajo de la suerte pegado a mi uniforme. Así como los charlajos se escaparon del control del Capitolio al aparearse con los sinsontes, conmigo tampoco podrán acabar. Huyo hacia la maleza en busca de refugio cuando un fuerte gorjeo sobre mi cabeza llama mi atención. Es una bandada de pájaros rosas volando en formación V, parecen colibríes pero mucho más grandes y con el pico más largo y fino.

Algunos mutos atacan, otros sólo están ahí. Y estos parecen ser de los primeros. Me echo a un lado cuando uno de ellos se lanza en picado a por mí. Corro y esquivo a la vez, intentando refugiarme en alguna parte. Consigo matar a un par usando mi cerbatana pero son demasiados para mí. No puedo hacerlo sola. Quizá tampoco pudiera haberlo hecho con Haymitch.

Siento un punzante dolor en el brazo y al mirar, veo que uno de los pájaros lo ha atravesado con su pico de lado a lado. Se me escapa un grito involuntario mientras lo agarro y le parto el cuello. Me defiendo como puedo, usando mis brazos para defender mis puntos vitales mientras mato a cuantos puedo. Pronto estoy cubierta de pequeños cortes, pero por fortuna eso no es lo más grave. La tentación me insta a gritar el nombre de Haymitch, pero él ya no es mi aliado. No está obligado a defenderme. Le beneficia más si muero aquí y ahora.

Cuando uno de los pájaros hunde su pico hasta el fondo entre mis costillas, se que no voy a salir de esta. Consigo matarlo, a pesar del dolor de mis brazos, de la sangre que baja de mi frente y me dificulta la visión, de la sangre que sube por mi traquea y sale por mis fosas nasales. No puedo respirar. Es una prueba demasiado dura para una sola persona. ¿Por qué la han mandado? ¿Por qué a mí y tan cerca del final? No sabría decir como, pero algo me dice que esto estaba preparado para ambos.

—¡Haymitch! —grito al fin, con todas mis fuerzas, tosiendo sangre.

Dolor. Dolor. Dolor. Ya no siento nada más. Mi ropa está empapada de rojo.

—¡Haym-!

Un pájaro perfora mi garganta y después todos se van dejando una estela de suaves plumas rosadas. Pienso en mis canarios, los mencioné en mi entrevista, en lo mucho que los cuido para que puedan ir a ayudar a los mineros a detectar el gas. Son mis niños. Que me hayan tirado pájaros para matarme, no es casual. Al Capitolio le gusta hacer las cosas bien.

Bastardos.

Cada respiración es un suplicio. Voy a morir, pero no quiero hacerlo sola. Si él pudiera llegar a tiempo... Si él pudiera acompañarme en estos últimos instantes de mi vida al menos no me iría con esta terrible sensación de soledad.

—¡Maysilee! —lo oigo decir.

Llega a mi lado, y me siento agradecida, pero todo eso se va cuando veo su expresión de horror. Sólo pensé en mí misma. Quizá no debería haberlo llamado. Quizá no debería haber dejado que me viera así.

—Maysilee, ¿q-qué...?

Gracias por venir.

Me gustaría decirle. Pero mis cuerdas vocales están dañadas y al intentar hablar sólo consigo proferir unos sonidos de estrangulamiento y que por mi nariz y mi boca salga sangre a borbotones.

Haymitch me da la mano. La aprieta. Yo sonrío, o lo intento al menos. Esa es mi última memoria.


Opal Fairfoster, 17 años

Distrito 1

"Te enseñaré una foto, una foto del mañana. Nada cambia, todo es sufrimiento. ¡Oh no, por favor no me enseñes. Te juro que no quiero, no quiero conocerme!"


Quiero brillar.

No quiero ser otra vencedora del distrito del lujo más. Desde el principio de los juegos me he desmarcado de los demás y eso, contrario a lo que todos vaticinaban me ha favorecido. Actúo sola. Mi arma es un hacha. Soy la primera profesional del Distrito 1 en escoger una como arma predilecta. Fui muy criticada por todos, por los vencedores quienes me dijeron que sólo era una arrogante sin idea de nada y por el resto de profesionales que tras enumerar los contras del arma en combate procedieron a vaticinar que no llegaría lejos.

Y bueno, aquí estoy, a punto de ganar. Sólo uno de los del doce se interpone ya entre yo y mi corona.

Quiero que me recuerden. Quiero que lo primero que piense la gente cuando le nombren este vasallaje es en cómo Opal Fairfoster sobrevivió a casi 50 tributos y destrozó a su oponente. Quiero ser legendaria.

El crío se mueve con soltura, esquivando mi hacha. He visto a demasiados profesionales morir por subestimar a tributos periféricos como para saber que no me conviene hacerlo. Tiene un cuchillo de combate que sabe bien como usar, y la determinación para salir de aquí que hace que se atreva a atacarme con él con valentía, sin verse intimidado por la hoja del hacha que en nuestro forcejeo a veces pasa demasiado cerca de su cara.

—Je —se me escapa una risa cuando veo la sangre brotar de un corte que le he abierto en su antebrazo izquierdo, mientras lo usaba para escudarse de uno de mis tajos que no le daba tiempo a esquivar.

Los primeros ríos escarlata en fluir, pero habrá muchos más, el Capitolio puede estar tranquilo de que he venido aquí a dar un buen espectáculo. Sabiendo que no tengo tiempo para recrearme en la visión, ataco de nuevo. Apunto a su cuello, pero él lo tiene bien defendido, parece como si el dolor lo estuviera incitando más. Aprovecha que estoy demasiado cerca para rajarme el cuello. Dándome cuenta de sus intenciones, me echo hacia atrás, poniéndome fuera de su alcance y su cuchillo sólo logra cortar unos mechones de pelo, el cual está ralo y grasiento después de tantos días aquí.

En cuanto salga de aquí, lo primero que haré será darme un baño de espuma.

Intento derribarlo de una patada en el estómago, el del doce trastabilla hacia atrás pero no pierde el equilibrio. Me lanzo sobre él, como no deja su cuello desprotegido, apunto a sus ojos. Forcejeamos, y él agarra mi muñeca con su mano herida, apartándola de él.

El hacha no llega a rozar sus ojos, pero sí consigo hacerle el segundo tajo en plena cara, un corte horizontal que va de mejilla a mejilla por debajo de sus ojos. Ahoga un grito entre dientes, mientras mi hoja corta la piel. La herida es curiosa, y parece que esté llorando sangre. De repente, su frente choca contra mi nariz, enviándome hacia atrás. Me la sujeto, adolorida, dándome cuenta que también estoy sangrando.

Hasta ahora, ninguna de las manchas de sangre en mí era mía. Aún tengo la del niño y la niña que maté mientras se escondían juntos en el tronco de un árbol. La de una de las chicas del Distrito 7 que me dio algo de pelea, así como la de tantos otros que ya he olvidado. Esta es la primera vez que mi cuerpo se tiñe con mi propia sangre.

Retrocedo un paso mientras me aseguro que no hay nada roto y avanzo otra vez, mirándolo con asco. No le pienso perdonar el haberme tocado. Finjo que le voy a atacar de frente, pero en el último segundo me muevo hacia un lado para posicionarme tras él y enterrar mi hacha en su nuca. Compruebo ahí que fue un mal movimiento, el bastardo es rápido y girando su cuerpo me acuchilla en la espalda.

—¡AGH!

Hijo de perra. Se vuelve a girar más rápido que yo y otra vez lo tengo delante. Sus ojos parece que se van a salir de sus órbitas. Me da un cabezazo que me hace ver las estrellas.

Estúpido. ¿Has desprotegido tu cuerpo para esto?

Le clavo el hacha en las tripas a la misma vez que él me la clava en el ojo.

No.

—No... ¡NO! ¡JODER!

La adrenalina hace que casi no sienta dolor, y que este me de más fuerzas en lugar de perjudicarme. Lo observo retorcerse en el césped y las florecillas de colores chillones abrazado a su propio cuerpo. Puede que me falte un ojo, pero él está mucho peor. De esta no sale.

Ahora tengo las cosas mucho más claras.

Sostengo el hacha en alto mientras avanzo hacia él. No pienso tener compasión. Voy a cortarlo a pedacitos mientras vienen a rescatarme para que se lo lleven así a su madre. Le sacaré su ojo y haré que me lo implanten en la cuenca vacía.

Justo cuando mi hacha va a estrellarse contra su cuello, él rueda a un lado y me lanza a la cara un puñado de tierra mezclada con hierba y pétalos estrujados.

Grito tan fuerte que me daño la garganta, porque el escozor que siento ahora no tiene nada que ver con nada de lo que he sentido. Esas plantas tienen que tener algo. Cuanto más bonito es algo en esta Arena, más hijo de puta es. Muchos tributos murieron por no darse cuenta de eso a tiempo.

Cuando me repongo del dolor excruciante, el del Distrito 12 se está alejando, doblado sobre sí mismo. Observo el rastro de sangre que va dejando, es mucha. No va a llegar lejos. De hecho, podría sentarme aquí y esperar a que se desangre en alguna parte, pero la parte izquierda de mi cara palpita, y siento como si me fueran a estallar los sesos. Lo persigo a pesar de mi mareo que hace que el mundo de vueltas. Sujeto mi cabeza con una mano y emprendo la subida de la cuesta.

No lo va a beneficiar ir cuesta arriba en su estado, imbécil, llegar tan lejos para morir así, por un error de ese tipo.

Logro esbozar una media sonrisa cuando veo que hay un precipicio más allá. Ya es mío.

—Mierda —mascullo.

Sufro un mareo y mi visión se vuelve doble por un segundo. Estoy jadeando y me noto también un poco de fiebre. ¿Qué me ha hecho el desgraciado? Tengo que salir cuanto antes de aquí y curarme. Ahí, tirado en el suelo, sujetándose sus propias tripas con una mano para que no se le desparramen, no está en condiciones de contratacar. Ni siquiera de defenderse de mí.

Antes de perder más fuerzas, le tiro mi hacha y él se desploma por falta de fuerzas, esquivándola fortuitamente por los pelos. He fallado. Joder.

—Ja. Estás en las últimas. Lo has hecho bien, pero no vas a durar más que yo —digo, intentando mantenerme en pie como puedo.

Un destello más allá de su cuerpo llama mi atención, seguido de una onda de formas luminosas hexagonales en lo que parece ser una pared invisible. Mi único ojo se abre mucho en desconcierto. El del doce sonríe grotescamente tirado en el suelo. ¿Qué está pasando? Mi hacha reaparece, girando sobre sí misma rumbo a mi cabeza.

En serio. ¿Qué está...?


Canción: Horrorshow de The Libertines

Le va al capítulo como anillo al dedo. El vasallaje se ha hecho esperar, pero aquí está. Iban a ser cuatro POVs pero decidí hacer tres porque creo que con eso basta. Al ser un vasallaje, todo es el doble de espectacular. En este caso el triple :D

Altea solo es una niña que sabe que va a morir y prefiere llenarse el estómago como nunca y echarse unas risas. La muerte de Maysilee fue fea de escribir, se ensañan con ella y fue demasiado lo que le enviaron. Creo que sabían muy bien que no iba a salir de ahí, por eso pensé que podría ser una intervención para quitarlos de en medio, pero sólo Maysilee cayó y Haymitch se salvó. Desde la sala de control, los vigilantes intentaron darle a eso un toque natural, y no como un envío, hubiera sido sospechoso que los hubieran enviado también a por Haymitch así que sólo pudieron matarla a ella. No sólo a Snow le molestó lo que hizo Altea, sino que Haymitch fuera por ahí metiéndose donde no debe, y usando como arma algo que estaba ahí para su mismo control. Opal, ella era una máquina de matar. Muy astuta y fuerte. La alianza profesional fue muy rara estos juegos. Con 12 tributos de los distritos pro, dos cosechados a los que nadie quiso, uno en el uno y otro en el cuatro, los demás intentaron agruparse en una alianza de nueve (Opal no quiso entrar), tres por un lado y seis por otro. El grupo de seis murió en una erupción, a los otros tres los mató Haymitch.

Ana88, esos toques de bullying también los sufrió Brienne, por ser demasiado alta, demasiado corpulenta, y por vestir armadura en lugar de vestidos. Pero esa era su aspiración, poner su espada al servicio de alguien. Proteger a ese alguien y servirlo. Servir a la revolución y morir en ello me parece un estupendo final para ella. Lyme sí fue la ganadora. Ella es un personaje canon, sale en las películas interpretada por Gwendoline Christie.

Stelle, espero que estés teniendo un buen comienzo de año. No me arrepiento de basar a Lyme en ella, jamás había escrito un pro así tan sacrificado y con esos pensamientos de honor y valor. Los otros se aprovecharon de que es servicial para cargarla con todo el trabajo. En ASOIAF también odié cuando mencionan que los otros hacen apuestas a ver quien se "atreve a besarla por un par de monedas de oro." Brienne también perdió el camino cuando perdió a Renly, pero siguió. Gracias a ti por el comment!

Paulys, los peces roca son muy venenosos y como se camuflan en el fondo son difíciles de ver. Por supuesto, tal cosita letal sólo podía existir en Oceanía. xD La Arena era una reproducción de una isla desierta polinésica. En esos tiempos de Panem ya estaban todas ocultas bajo el nivel del mar, pero quedaba mucho material visual. Gracias también por los demás comentarios, en general esta década de los 40 me ha gustado. Estamos en el último cuarto. No me lo creo. Ojalá pudiera volver a retomar el ritmo.

Dani, gracias por tus palabras, necesitaba un sitio para quitarme la sobrecarga de ideas sobre juegos de la cabeza. Espero que los que sigan estén a la altura.

No tengo a nadie programado para la siguiente edición. A ver qué se me ocurre. Llega un momento en que tengo que ir cuadrando la cantidad de vencedores por distrito total que quiero y la verdad, no me he puesto a pensar porque sé que he hecho chicas del 1 por todos lados y asdf. HARÍA MUCHAS MÁS SI NADIE ME DETIENE.

Eso es todo.

¡Gracias por leerme y hasta el siguiente!