Este es un poco gore


Año 62 - Sonreír

Épica Perigold, 17 años

Distrito 1

"Al principio, cuando te veo llorar, me da por sonreír, me da por sonreír. Después, me siento mal por un rato, pero pronto se me pasa. Pero pronto se me pasa."


—Estamos teniendo muy mala suerte.

Mala suerte. Es lo que lleva repitiendo la del Dos cada vez que nos pasa alguna desgracia.

Camino hasta el cadáver de Norma, apoyado en la enorme estatua de un oso panda extinto. Su pelo largo tintado de color plata está manchado de sangre seca, así como sus oídos, sus fosas nasales y la comisura de sus labios. Un arma contundente. Aprieto los puños y miro a Enobaria. Ella levanta ambos brazos.

—¿Por qué me miras como si hubiera sido yo? Sabes que sólo tengo mi espada —dice.

—Y una daga —escupo.

—Y una daga —repite ella—. Pero no se pueden infringir esas heridas con dagas. Lo sabías, ¿verdad?

Está intentando hacerme quedar como idiota. Sabe que si me enojo cometeré errores y mi puntería empeorará. Cada vez estoy más segura de que no estoy imaginando cosas.

—Sólo digo que es un poco raro que estemos cayendo uno tras otro. En el momento en que uno de nosotros se ha separado del grupo, no ha vuelto y casualmente tú siempre has estado ahí para recordarnos cuánta mala suerte está teniendo la Alianza Primaria este año.

Su mirada se vuelve amenazante y mi aliada da un paso al frente.

—¿Estás insinuando algo, princesa? —dice alzando la voz, su mano en la empuñadura de su espada, lista para desenvainar—. ¿Y si eres tú la que está detrás de esto y me quiere echar la culpa a mí?

Enobaria saca la espada de repente. Mi corazón golpea contra mis costillas a la vez que me echo a un lado, pero el objetivo no soy yo es alguien más a mi espalda. Mi aliada entierra su espada en el pecho del chico detrás de mí y cuando la saca, está completamente roja.

—¿P-por...?

El chico trata de decir algo mientras se ahoga con su propia sangre, su vista fija en Enobaria. El martillo resbala de su mano. Después cae de rodillas al suelo antes de desplomarse. Suena el cañón.

—Bueno, parece que ya tenemos al culpable. Menos mal que estaba yo ahí.

Definitivamente esta chica me está tomando por imbécil.

—¡Estabas con él! —chillo, señalando al chico recién muerto—. ¡Estabas con él y lo acabas de usar para intentar que confíe en ti otra vez!

Ella me dedica una sonrisa ladeada.

—¿Tienes pruebas o sólo hablas por hablar?

—No tengo pruebas —digo sacando mi ballesta cargada. La apunto con ella y Enobaria frunce el ceño—. Pero tampoco es que las necesite, traidora.

Su rostro no se inmuta. Eso debió haberme dado una pista, pero yo simplemente disparo. La saeta rebota en ella.

—En los Juegos del Hambre, uno sólo puede serle fiel a sí mismo —dice ella.

—Regalo secreto de patrocinador. ¿Eh? —escupo.

Ella me saca la lengua.

—Brutus piensa en todo.

Cuando apunto a su brazo derecho pierde la sonrisa.

No tarda mucho en empezar a correr, agachada y zigzagueando por entre los árboles del bosque. Los pétalos rosas que se desprenden de sus ramas sin parar dificultan mi visión, y mi saeta se clava en un tronco. La persigo mientras cargo de nuevo mi arma, intentando encontrar un buen ángulo para darle en el brazo dominante. Ese es mi objetivo, destruyendo su punto fuerte, me ahorraré de buscarle los puntos débiles. La persigo sin perderla de vista, a través de un puente rojo flanqueado por estatuas. Los árboles se espacian más ahí, es menos conveniente para ella pero sé que me está acercando a una zona de mutos. Pequeños monitos de color rosa comienzan a alborotar en cuanto nos ven, arrancan duraznos de los árboles y nos los arrojan. Gruño cuando uno de ellos me da en la cabeza pero sigo tras mi presa.

—¡No importa cuanto corras! —grito.

Practiqué mucho con objetivos móviles. Por un momento, me olvido de los monos, aguanto como puedo los golpes y apunto a su brazo derecho. Sólo tengo una oportunidad más. Después de esto quedaré a disposición de algún patrocinador que me quiera mandar unas cuantas saetas. Un durazno me da en la sien. Mi campo de visión se llena de estrellas y aprieto los dientes. La maldita sabía lo que hacía al meterse aquí. Parece que lo que intenta es hacer que me quede sin municiones antes de llegar al lago. En cuanto me recupero, apunto y lanzo. La flecha le atraviesa el brazo. Enobaria grita y se agarra el brazo. Sigue intentando huir mientras me acerco. Los monitos la están moliendo a golpes. Parece que la acaban de señalar como un blanco más accesible y me están dejando a mí en paz.

—¿No vas a decir nada ahora?

El final del huerto está a la vista. Tengo que reconocerle, que Enobaria tiene mucha resistencia. Está aguantando todo lo que le está cayendo encima como sólo una profesional del Distrito 2 lo haría. Por desgracia para ella le acabo de inutilizar el brazo. No va a salir de esta. Aún así, nada más ponerse fuera del alcance de los mutos, empuña su espada con la mano izquierda. Sus movimientos torpes y lentos la delatan y no me cuesta mucho patearle el brazo y quitársela. Intento matarla con ella pero se mueve muy rápido. Entonces, Enobaria saca la daga, gruñe y me intenta apuñalar. Me aparto justo a tiempo, rodando tras ella y retorciendo su brazo herido. Ella chilla y me insulta.

Hora de acabar con esto. Mientras la sujeto contra el suelo, atrapando sus piernas con las mías y sus brazos con los míos, no deja de moverse e intenta rodar y tirarme de encima de ella.

—Si te sigues resistiendo no garantizo que te pueda matar limpiamente. Vas a agonizar —le digo.

Ella me escupe y yo la abofeteo y le arranco la daga. Su garganta se muestra ante mí, vulnerable, lista para ser cortada. Me limpio el escupitajo y un instante después me doy cuenta que debí matarla primero y limpiarme después. Sus dientes se han cerrado en mi garganta y Enobaria los aprieta más y más. Grito y la intento apuñalar pero cuando noto como sus dientes rasgan la piel, sólo consigo que mi cuchillo se clave en su omoplato unas cuantas veces. Enobaria gruñe y aprieta más sus dientes. Chillo y chillo. Mis cuerdas vocales vibran contra sus dientes, contra su lengua, hasta que dejo de sentirlas y el dolor llena mi cabeza impidiéndome pensar. Me llevo las manos al cuello. Me estoy asfixiando pero aire que respiro escapa a través del agujero que me ha hecho sin que pueda hacer nada ya.

Lo último que veo es la sonrisa chorreante de sangre de Enobaria con un trozo de mi carne entre sus dientes.


Aviso: He reescrito uno de los oneshots de esta colección, más concretamente el capítulo 3. Tenía eso pendiente desde hace mucho tiempo, y ahora por fin surgió la ocasión.


Canción: Smile, de Lily Allen.

Vi a Lily Allen una vez en un festival, antes de los Libertines. Después, Peter Doherty no podía parar de canturrear Smile y dijo que se le había quedado esta canción enganchada. Desde entonces la agregué a mi lista xD

Por meses estuve buscando una idea para Enobaria y no se me ocurría nada, pero por fin me llegó la inspiración! Enobaria es un personaje que sólo se arrimó a quien más le convino para su propia supervivencia. Fue cosechada para el vasallaje. Mi headcanon es que ella nunca quiso volver a la Arena, pero hizo el paripé por imagen. Quizá odiase al Capitolio tanto como el que más, quizá no, yo creo que sí ya que más tarde habla de darle al Capitolio un poco de "su propia medicina", pero ella no es una heroína y nunca se asoció con los rebeldes hasta que no tuvieron la guerra ganada. Eso la mantuvo con vida. Por eso la imaginé traidora y manipulando entre las sombras. Creo que eso del honor y la gloria a ella no le va. Se presentó voluntaria una vez, pero tenía muy claro que no se iba a quedar ahí y eso incluía no jugar limpio.

Dani, ella me recuerda mucho a la Comadreja, también. Como una versión de como sería Finch si hubiera ganado. Creo que es de los vencedores más discretos que tengo, no es mentalmente débil, pero prefirió que la gente la olvidase.

A ver... Acabo de mirar quién viene después y veo que es Gloss! Para él sí que no tengo nada de nada. Pero veremos qué se me ocurre. :3

¡Gracias por leer y hasta el siguiente!