El Callejón Diagon II

Blaise se parapetó detrás de una de las mesas de Florean Fortescue y maldijo en tres idiomas.

¿Cómo se había ido todo a la mierda en un momento?

Unos minutos atrás había estado coqueteando con Alicia, pensando en meterle mano por debajo de aquella minifalda para ver cómo reaccionaba a sus avances cuando la puerta del establecimiento explotó y estalló el infierno.

La bruja que, no en vano era una Gryffindor, no tardó en sacar su varita y salir corriendo, gritando algo de un ejército de Dumbledore mientras ayudaba a un par de niños que se habían quedado atrapados bajo los escombros.

¿Qué tenía que ver Dumbledore con todo aquello?

Apoyó a espalda en la parte interna de la mesa tras la que estaba escondido y se planteó las opciones de las que disponía.

Podía salir como aquella loca de Spinnet sin saber ni a qué ni a quién se enfrentaba, podía quedarse justo donde estaba y esperar a que todo pasara o podía intentar ayudar, a su manera.

Suspirando lamentó el día en que había decidido convertirse en una persona de bien y se levantó haciendo un barrido visual de la heladería.

Vio a una familia conformada por un matrimonio y tres niños de no más de cinco años y se acercó a ellos en cuclillas.

—Id hacia la parte trasera —le dijo al padre —os cubriré, meteros detrás del mostrador e id a la trastienda.

Blaise sabía que Florean tenía un sótano bastante amplio porque siendo un niño se metió allí haciendo travesuras con Theo y Draco.

Ayudó poco a poco a todas las personas que había dentro del local a llegar al sótano y después cerró la puerta, arrastró unas cajas sobre la trampilla del suelo y se acercó a la ventana para valorar la situación del Callejón.

No había rastro de Alicia y supuso que había continuado salvando inocentes con la imprudencia y la enajenación de los leones.

Se preguntó, no por primera vez, como todos ellos habían sobrevivido a la batalla de Hogwarts con semejante impetuosidad y que fuera él quien lo pensara, que tenía fama en Slytherin de impulsivo e irreflexivo, era más que preocupante.

Fue entonces, mientras se planteaba salir hacia Madame Malkin donde podía ver a un par de adolescentes con las narices apretadas contra el cristal, cuando se fijó en una mancha de color rojo que pasó a toda velocidad por delante de la heladería dirigiéndose hacia la tienda de al lado, Artículos de Calidad para Quidditch.

—Mierda.

¿Qué diablos hacía Ginny Weasley allí?

La vio lanzar un reducto por encima de su hombro que estuvo a punto de dar en el centro del pecho de un mago desconocido al que no había visto jamás pero que parecía dispuesto a terminar con la bruja.

Oh no, eso si que no.

Olvidando que era un hombre adulto, que había decidido dejar la impetuosidad en favor de la calma y la reflexión, abrió la puerta de la heladería de un tirón en el mismo momento en que el mago aparecía y le desarmó antes de dejarle fuera de juego con un desmaius.

Tiró de él metiéndolo en la tienda, le ató con un incarcerous a una de las mesas, añadió un silencius por si se despertaba antes de tiempo y se guardó su varita saliendo al Callejón, dispuesto a encontrar a la pelirroja antes de que alguno de aquellos cabrones lo hiciera.

No la vio en la calle y corrió hasta la entrada de Artículos de Calidad para Quidditch esperando que se hubiera metido allí y no hubiese corrido calle abajo.

Trató de abrir la puerta pero el pomo no se movió, probó con un par de hechizos y, maldiciendo, llamó con el puño dos veces.

—Weasley —volvió a golpear —¡Maldita sea pelirroja abre la puerta antes de que me dejen pegado a ella con una maldición!

—¿Blaise?

Escuchó su voz al otro lado y, de pronto, la madera cedió, le tomaron de la muñeca tirando de él hacia el interior y volvieron a cerrar.

El moreno parpadeó, intentando acostumbrarse a la penumbra que le rodeaba. Habían tapado las ventanas y bloqueado la entrada por lo que todo estaba a oscuras.

—¿Qué demonios haces aquí? —le preguntó.

No podía distinguir bien sus rasgos en las tinieblas por lo que convocó un lumus para verla bien.

—Pues te dije que aprovecharía para hacer unas compras ¿No?

No añadió que, mientras estaba en Madame Malkin dejando una de sus equipaciones de Quidditch para arreglar, le vio llegar con Alicia a Florean Fortescue y no había podido evitar observarles en la distancia.

No le había gustado la sensación que se anudó en la boca de su estómago y se odió al sentir una ligera nausea al ver a su amigo abriendo la puerta de la mujer, retirándole la silla y sonriéndole de aquella forma tan desinhibida y sexy que Ginny recién había descubierto en él.

Fue casi masoquista espiarles desde la ventana de la tienda de ropa, diseccionando cada mirada, cada roce y cada sentimiento que despertaban en ella hasta que no aguantó más y decidió ir a la tienda de Artículos de Calidad para el Quidditch, dispuesta a dejar de meterse en lo que no debía y a olvidar aquellos absurdos celos que Alicia le hacía sentir.

Zabini era su amigo, igual que lo eran Neville o Nott y no había más que hablar.

No había hecho más que poner un pie en el Callejón cuando el mundo estalló a su alrededor y se desató el infierno.

—Un día estupendo para comprar —murmuró el hombre con ironía.

—Igualmente maravilloso para ir a una cita —replicó ella con mordacidad —¿Y dónde te has dejado a Alicia, Zabini? ¿Sigue comiendo un helado?

Supo que había metido la pata en el instante en que vio el gesto de sorpresa de Blaise seguido por la mueca divertida que asomó a su boca.

—¿Qué pasa pelirroja? ¿Me estás espiando?

Ella resopló.

—Como si no tuviera otra cosa que hacer — se encogió de hombros — os vi cuando entré a la tienda de Madame Malkin —se acercó a la ventana y miró por un pequeño agujero que había en la madera —deberíamos salir y echar una mano.

—¿Y la gente que estaba aquí? —miró a su alrededor.

—Están en la trastienda, creo que debe haber una entrada secreta o alguna sala de seguridad así que iré a la siguiente tienda a verificar que nadie necesita ayuda.

—¿En serio vas a ir a Complementos de Escritura Scribbulus? Y después ¿Qué? A Flourish & Blotts? ¿A Ollivanders?

Ella le miró con cara de pocos amigos.

—Algo tendré que hacer ¿Qué esperas? ¿Qué me quede aquí sentada hasta que los aurores lleguen?

Él alzó las manos como si pidiera paciencia a alguna fuerza divina.

—Obviamente… ¿Acaso no están para eso? Merlín, serías capaz de sacar canas a cualquiera —se mesó el pelo y sacudió la cabeza —el callejón está lleno de aurores ¿Por qué van a necesitar tu ayuda?

—Quizás ellos no —concordó la bruja —pero estaría bien que alguien se asegurara de que no hay civiles en peligro.

—¿Civiles en peligro? —bufó con incredulidad —Es qué tú eres un civil en peligro, joder.

Ella frunció el ceño.

—Ya me entiendes.

—Claro que no te entiendo.

—¿Vas a venir conmigo o no?

Y Blaise, sabiendo que aquella loca iría lo quisiera él o no, no pudo hacer otra cosa que empuñar su varita y salir tras ella.

….

Hermione y Harry cayeron de la escoba a unos cuantos metros de Sortilegios Weasley. Harry tiró de Hermione y se parapetó con ella detrás de un cartel mientras la bruja realizaba unos hechizos defensivos para protegerlos a ambos y él atacaba Rabastan Lestrange que, de pronto, se parecía tanto a su difunta cuñada que el moreno no pudo evitar un estremecimiento de desagrado.

—Oh Dios mío —escuchó el susurro de Hermione un segundo antes de ver qué era lo que había afectado tanto a su amiga con sus propios ojos —no puede ser.

—¿Cómo es posible? —murmuró él mientras las maldiciones volaban en todas direcciones.

—¡Cuidado!

Bill Weasley se asomó por una de las ventanas de la tienda y atacó con brutalidad golpeando a Rabastan en el hombro.

—¡Malditos cabrones! —George luchaba como un demente, como si pretendiera sacar todo lo que había mantenido dentro de sí durante seis años, sin clemencia, sin piedad.

Golpeó en el rostro a Lestrange con una maldición punzante seguida de un depulso que le lanzó contra una pared con tanta fuerza que se escuchó el crujido de los huesos al romperse. Su hermano Rodolphus corrió hacia él pero Ron le lanzó un Locomotor Mortis que hizo que sus piernas se pegaran y cayera al suelo, después le desarmó.

—Es Dean —murmuró Hermione ajena a la devastación que los Weasley provocaban a su espalda.

Harry sacudió la cabeza, paralizado.

—No. Yo le vi, Dean está muerto.

Pero allí, frente a ellos Dean Thomas peleaba y lo hacía, por primera vez, en el bando contrario, el bando que le había perseguido durante la guerra, el bando que, presuntamente, le había asesinado.

El Callejón se había convertido en una batalla campal y, en medio de los gritos, los maleficios, el polvo y la ceniza, Hermione vio aparecer a Viktor al lado de Rabastan.

Antes de que pudiera lanzarle un grito para prevenirle, el hombre, ese hombre que había sido su pareja durante tanto tiempo, ese con el que había imaginado todo su futuro apenas unos meses atrás, cogió a los hermanos Lestrange y se apareció con ellos antes de regresar y hacer los mismo con los heridos que encontró a su paso.

Heridos que, en el campo de batalla, eran el enemigo.

—No —cuando regresó por última vez hizo el amago de ir hacia él aunque Harry se lo impidió —¡Viktor!

Él la miró y, durante una milésima de segundo un pequeño brillo de reconocimiento se vislumbró en sus ojos, un brillo que fue rápidamente opacado dando lugar a una mirada vacía en la que la mujer fue incapaz de reconocer a su antiguo compañero.

—¿Qué hace con ellos? —exclamó Hermione, alarmada —¿Qué estás haciendo? —le gritó —¡Viktor, no!

Volvió a intentar soltarse de Harry cuando alguien tiró de ella hacia atrás y la empujó contra el muro de piedra.

—No seas estúpida —escuchó el siseo de Draco que se había puesto delante de ella y la cubría con su cuerpo —¿Acaso quieres que te maten?.

Hermione sintió la espalda del rubio pegada a su pecho y cada uno de sus músculos tensándose cuando empuñaba la varita con hechizos no verbales.

Se permitió unos segundos de debilidad y apoyó la frente allí, respirando una vez, dos.

Después inspiró hondo y salió de detrás de Draco.

—Está bien —dijo calmada —estoy bien

Y, una vez más entretejió hechizos defensivos para que Harry, Draco, Goldstein, los Weasley y los aurores que se habían ido incorporando a la refriega, pudieran luchar con más ferocidad.

Pronto se dio cuenta de que Luna, Theodore, Hannah y algunos de los magos y brujas que, a priori, se habían escondido, empezaban a salir de los comercios y se unían uno tras otro a la refriega, superando, con mucho, el número de sus atacantes que, al cabo de unos minutos se replegaron hasta desaparecer.

Un par de horas después el Callejón estaba en el más absoluto silencio.

Los aurores habían echado una mano, despejando la calle de escombros, heridos y cuerpos mientras que los comerciantes se ayudaban unos a otros con los daños que habían sufrido las distintas tiendas, reconstruyendo muros, ventanas y artículos, lamentando las pérdidas materiales y físicas, demasiado perdidos en los recuerdos de un pasado excesivamente reciente como para hablar de el, demasiado cansados del odio, de la guerra y la fractura social.

Únicamente se escuchaba el murmullo de los hechizos, el arrastrar de las pisadas cansadas y el sonido de las paredes al recomponerse.

Harry ayudó junto con sus compañeros antes de abandonar el Callejón, al igual que el resto de aurores, Draco y Anthony Goldstein.

Hermione se quedó con los Weasley, Luna, Hannah, Theo y Blaise, limpiando la tienda de los pelirrojos, tirando lo que se había dañado y arreglando lo que tenía solución mientras George permanecía alejado de los demás en lateral de la tienda, abstraído y completamente silencioso.

Todos comprendían que aquello le había traído demasiados recuerdos y le había hecho rememorar lo que sería, sin lugar a dudas, el peor momento de su vida, así que le dejaron en paz.

—¿Vosotros también visteis a Dean? —preguntó Ron cuando no pudo aguantar más aquel silencio.

—Sí —respondió Hermione.

—¿Cómo es eso posible? —intervino Ginny —Pensé que estaba muerto.

—Lo estaba… lo está —se corrigió Theo.

—Yo también lo vi —murmuró Luna que colocaba una de las estanterías —le vi luchar.

—Y yo —dijo Hannah con ojos tristes.

—Harry dijo que su cuerpo desapareció el día del ataque a San Mungo —Hermione limpiaba el suelo de polvo y cristales —no parecía un zombie —añadió odiando tener que mentir a sus amigos y mirando a Theo de reojo.

—Ni un infieri —acotó él.

Volvieron a quedarse en silencio, cada uno digiriendo la situación y tratando de comprender lo que habían visto.

—Hola chicos

La puerta se abrió y Harry entró.

Se veía cansado. Tenía el pelo revuelto, el rostro algo tiznado y la túnica sucia y con rasgones. Se pasó las manos por la cara y suspiró cerrando a su espalda.

—¿Cómo están las cosas por el Ministerio? —preguntó Bill saliendo de la trastienda.

—Como cabría esperar —respondió el auror acercándose a los demás —Kingsley está hasta arriba, tiene intención de hacer un comunicado esta misma noche, pero todo están de los nervios por allí. No es para menos —suspiró y se dejó caer en una silla —tenemos veinte personas ingresadas en San Mungo, cuatro de gravedad y siete muertos, cuatro de ellos podríamos decir que son… del bando enemigo.

—¿Podríamos? —preguntó Hermione que le conocía demasiado bien.

—Es… extraño.

—¿Qué es extraño, Harry? —En esa ocasión fue Ginny quien apoyó una mano en el hombro del moreno.

Él golpeó sus dedos suavemente con los suyos en un gesto inconsciente.

—Una de las brujas es la tía mestiza de Roger Davies, dos eran magos irlandeses cuya desaparición había sido reportada al Ministerio dos semanas atrás y la última era la hermana de Madame Malkin —se frotó las sienes —ninguno de ellos tenía ideologías supremacistas y no coinciden con el perfil de alguien que se uniría a cualquier tipo de… secta o grupo o lo que sean.

— ¿Qué hay de los otros tres? —preguntó Luna.

El rostro de Harry se tornó grave y le vieron tragar saliva.

—Una bruja a la que no conocía que murió aplastada en el derrumbamiento de la pared de la Tienda de Dulces Sugarplum, un fotógrafo del Profeta y… —cerró los ojos un momento y cuando los abrió se veía afectado y exhausto. Buscó la mirada de Hannah y apretó los labios—Susan Bones.

Los demás lanzaron distintas exclamaciones de horror

—¡No! —Hannah se llevó las manos a la boca y se estremeció —no, no es posible —sacudió la cabeza y se refugió en el abrazo de Luna que le había pasado un brazo sobre los hombros —ella no estaba en Londres —susurró con la voz rota —llevaba un año viviendo en Paris.

—Iba camino del Cadero Chorreante —dijo Harry —cuando vio a uno de los Lestrange atacar a dos niños de no más de trece años. Murió salvándoles la vida.

Aquello no atenuaba el dolor de la pérdida, pero al menos su muerte no había sido en vano.

—Ven, Hannah —Luna se llevó con ternura a su amiga hacia la trastienda de la que había salido Bill —Necesitas llorar… y está bien ¿Sabes? Yo lloro todos los días —iba diciendo con dulzura —no pasa nada, es normal estar triste. Yo echo mucho de menos a Rolf.

—¿Por qué no nos vamos a casa? —preguntó Ginny masajeando distraídamente el cuello de Harry cuando las dos chicas se marcharon.

—Tengo que regresar a la Oficina de Aurores, terminar unos informes y hablar con Kingsley. Quiere que esté allí en la rueda de prensa. Además me gustaría ver cómo está Regie.

—Iré contigo —dijo Hermione.

—Yo también —añadió Nott.

A ninguno de los presentes les extrañó ya que, en calidad de trabajadora del Departamento de Seguridad Mágica e Inefable, era lógico que ambos quisieran estar allí en aquellos momentos.

—¿Dónde está Malfoy? —preguntó Ronald—nunca habría imaginado que vería al hurón luchando a nuestro lado —rió entre dientes aunque la risa sonó ronca y carente de humor —y protegiendo a Hermione.

La mujer se sonrojó y Ron dio un codazo a Blaise que estaba a su lado.

—Igual nos hemos equivocado en la apuesta —murmuró en voz baja.

El moreno frunció el ceño sin prestarle demasiada atención y miró de soslayo a Ginny que hablaba con Potter junto al mostrador.

—Creo que me iré a buscar a Alicia —dijo de pronto dándose cuenta, una vez más, de lo imbécil que podía llegar a ser.

—¿Alicia?¿Alicia Spinnet? —Harry se giró a mirarle.

—Sí

El auror cerró los ojos y suspiró.

—Está en San Mungo.

—¿San Mungo? —fue George quien, saliendo del trance en el que parecía estar desde que acabó la pelea, se acercó a ellos —¿Cómo está? —entrecerró los ojos con preocupación —es la mejor amiga de Angie…

—Grave —Harry hizo un gesto de impotencia —no sé mucho más, solo que estaba en observación…

—Iré a San Mungo —Blaise puso la mano sobre el antebrazo de George y le dio un pequeño apretón —te mantendré informado.

—Gracias

El moreno asintió fue hacia la trastienda en la que estaban Luna y Hannah, donde los Weasley tenían la chimenea.

—Te acompaño, Blaise

Cerró los ojos y ahogó una maldición al escuchar la voz de Ginny, pero no dijo nada, dejó pasar a la pelirroja y fue tras ella.

—Vamos entonces —Harry se levantó, miro a Harry y a Theo y, despidiéndose de Ron, Bill y George, se apareció.

—Hasta luego chicos —dijo Hermione siguiéndole a la vez que lo hacia Nott.

Cuando llegaron al Ministerio la mujer se dirigió a Harry, nerviosa.

—¿Dónde está Draco?

—Se fue con Anthony a ver a Loughty, lo siento, Hermione, no sé nada más de él desde que dejamos el Callejón.

—Está bien —le sonrió con rigidez —iré contigo a ver a Kingsley.

—Yo voy al Departamento de Misterios —Theo apretó con cariño el hombro de la mujer —si necesitas algo avísame ¿De acuerdo? Antes de marcharme te enviaré un memorandum, si sigues aquí te acompañaré a casa.

Ella rió bajito.

—Sabes que no hace falta ¿Verdad? —sonrió —no soy una auror pero me manejo muy bien con una varita.

—Lo sé, pero yo me sentiría mejor si me dejaras hacerlo.

Ella puso los ojos en blanco y, sacudiendo la cabeza se fue con Harry hacia el despacho del Ministro.

—No me gusta nada lo de Dean, Hermione —susurró cuando se quedaron solos —Yo vi su cuerpo, Dean estaba muerto.

—¿Crees que puede ser el báculo? —preguntó la bruja.

—Estoy seguro de que lo es. Necesitamos hablar de todo esto… pero no es el momento.

—No, no lo es. Igual después de que Kingsley…

—No —le cortó Harry —hoy no. Tenemos que dormir, o intentarlo al menos, tenemos que asimilar todo esto y después… —se frotó la frente con gesto cansado —en fin, después podremos volver a hablar e investigar lo que quieras, pero no hoy.

—Tienes razón, mañana será otro día.

….

Cuando llegaron a San Mungo, Ginny y Blaise fueron al pabellón de urgencias y, tras intentar hablar con un par de sanadores, encontraron a Regina saliendo de uno de los cubículos.

—¡Regie!

Corrió hacia ella cortándole el paso, ignorando la mirada de disgusto de una medimaga que les vio acceder a uno de los lugares restringidos.

—¿Ginny? —la bruja abrió los ojos y la miró, nerviosa —¿Qué haces aquí? ¿Le ha pasado algo a Harry?

La pelirroja se sobresaltó al darse cuenta de la ansiedad con la que Regina miraba alrededor y, no por primera vez, se preguntó si esa bonita bruja sentía algo más de lo que debía por Harry.

Se sorprendió al darse cuenta de que la rabia y los celos que debía sentir estaban ahí, pero tan atemperados que no parecían suyos, tan leves que incluso se asustó.

¿No debería tener ganas de sacarle los ojos? ¿No debería sentir temor? ¿Ira? Maldita fuera, todo eso que había sentido cuando vio a Zabini tocando a Alicia.

Apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas, buscando tranquilizarse. Necesitaba pensar en todo aquello, necesitaba hablar con Harry y… Merlín, él era no solo su prometido sino quizás, también su mejor amigo ¿Acaso era extraño que quisiera verter en él todos sus miedos y sus temores?

Suspiró y la miró con detenimiento, dándose cuenta de las ojeras que se veían bajo sus párpados, de la palidez de su piel y de lo distinta que parecía en comparación a la mujer que había conocido meses atrás.

—No, Harry está en el Ministerio —respondió —venimos buscando a… —miró de reojo a Blaise —a una amiga que han traído esta tarde. Alicia Spinnet.

Regie se quedó pensativa durante un rato y asintió.

—Sí, está aquí, la tenemos en observación. Llegó con un traumatismo craneoencefálico severo y diversos cortes en torso, piernas y rostro provocados por una caída. Lo que más preocupa a los medimagos es que ha sido víctima de algún tipo de maldición. Está en la cuarta planta, Daños provocados por hechizos.

—Nos han dicho que su estado es grave —intervino Blaise.

—Sí —ella apretó los labios —lo siento. Por el momento no dejarán entrar nada más que a los familiares, por lo que sé ya les han avisado.

—No podemos… —empezó a decir Blaise.

—No —repitió —lo siento, pero nadie más tiene permitido el acceso.

—Está bien, Regie, muchas gracias —dijo Ginny con una sonrisa.

—Ginny —dijo la bruja cuando la pelirroja se alejaba con Zabini

—¿Si? —se giró a verla con una mirada interrogante.

—¿Podrías decirle a Harry que me vine al hospital, por favor? No podía ir a mi casa y, supongo que sabes que la Oficina de Aurores no confía demasiado en mi ahora mismo —hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa pero que se vio forzada y triste —le dije que iría a un hotel y que les comunicaría donde podían encontrarme pero… en fin, después de lo que pasó necesitaban toda la ayuda disponible por aquí y aún no sé donde me alojaré.

—Está bien —respondió Ginny con un asentimiento —se lo diré, no te preocupes.

—Gracias.

Cuando se marchó Blaise la observaba, pensativo.

—¿Sabes que esa mujer siente algo por Potter, verdad? —preguntó el moreno a bocajarro.

Ginny cerró los ojos y sacudió la cabeza con incredulidad.

Cualquiera diría que, después del tiempo que hacía que lo conocía, ya estaría acostumbrada a la poca mano izquierda de Blaise Zabini y a su incapacidad de pensar antes de hablar. Pero no, aún conseguía sorprenderla en momentos inesperados porque ¿Qué persona con dos dedos de frente era capaz de hacer semejante pregunta?

Ni siquiera lo hacía con ánimo de ofender o molestar, sino constatando un hecho que acababa de descubrir y pensaba, Merlín sabría por qué, que debía compartir con ella, como si no estuviera hablando de su prometido.

—Sí —respondió después de suspirar con fuerza, esperando que aquella única palabra fuera suficiente para él.

No lo fue. Eso también debía haberlo esperado, por supuesto.

—¿Y no te molesta? —la miraba con curiosidad, como si verdaderamente estuviera intentando descifrar un texto rúnico muy complicado.

—No estoy segura —respondió con sinceridad.

Y, para su sorpresa, aquello sí le hizo callar.

Mientras se alejaban en tácito acuerdo hacia la cuarta planta, para ver si conseguían algo más de información que poder transmitir a Angelina, Blaise no pudo dejar de preguntarse qué había significado aquello y, pese a que una parte de él quería sentir un pequeño rayito de esperanza, la otra parte, práctica, realista y pragmática, la aplastó hasta convertirla en polvo.

No. No iba a volver a pensar en Ginny Weasley como algo más que la amiga que había tenido en aquellos años.

Por el bien de todos ellos, iba a centrarse en el presente y, en su presente, ella era para él lo mismo que Hermione, Luna o Hannah Abbott.