Capítulo 4
El atentado
Las invitaciones a la fiesta en honor a Lady Oscar, heredera de los Jarjayes, ya habían sido repartidas entre los nobles jóvenes más destacados de toda Francia, y en la corte no se hablaba de otra cosa. La noticia había desatado todo tipo de reacciones, desde una gran emoción por parte de los caballeros, hasta crisis de nervios y desmayos por parte de las damas.
El General Boullie no había reparado en gastos. Conociendo la popularidad de la ex-comandante de la Guardia Real quería estar a la altura de las circunstancias. Sabía que la fiesta sería un gran suceso, y estaba seguro de que no se dejaría de hablar de ella durante mucho tiempo.
La reina María Antonieta no era ajena a las novedades, y aunque en ese momento estaba atravesando momentos muy difíciles debido a la grave enfermedad de su hijo, sintió una gran alegría al enterarse de que su más confiable amiga iba a tener la oportunidad de elegir a la persona con quien compartiría el resto de su vida, oportunidad que ella no había tenido. No obstante, la reina de Francia intuía que había algo extraño detrás de todo eso, y si bien estaba feliz por ella, sentía que algo no encajaba.
Entre ambas siempre había existido un gran afecto, sin embargo, Oscar era una persona reservada y nunca le había hablado a la reina de sus propios sentimientos. La única vez que María Antonieta intuyó que algo le estaba afectando de manera personal fue cuando decidió renunciar a la Guardia Real, pero, a pesar de su insistencia, Oscar se negó a decirle los verdaderos motivos de su decisión, y mientras reflexionaba sobre ello, el conde Victor Clement Floriane de Gerodelle ingresó al recinto donde ella se encontraba, y se inclinó formalmente antes de dirigirse a ella.
- Su Majestad... ¿me mandó llamar?... ¿En qué puedo servirle? - dijo el ahora Comandante de la Guardia Real.
- Gerodelle, ¿cómo están las cosas en el palacio? - preguntó María Antonieta, aunque ese no era el real motivo por el cual quería hablar con él.
- Como siempre, Su Majestad. Bueno... - se corrigió Gerodelle. - No como siempre... Por estos días todos están algo distraídos...
- Por la fiesta en honor a Oscar, ¿verdad Gerodelle? - preguntó María Antonieta.
Y ante su pregunta, el conde bajó la mirada algo melancólico.
- Así es, Su Majestad. A pesar de ya no frecuentar la corte, la comandante es en estos momentos el centro de atención de todo Versalles. - mencionó Victor Clement, y tras escucharlo, la reina se mantuvo en silencio por algunos segundos.
- Gerodelle, tú conoces muy bien a Oscar... - le dijo de pronto. - Durante muchos años fuiste su segundo al mando... ¿Sabes por qué ha tomado la decisión de casarse tan repentinamente? - preguntó la reina.
Si bien en las familias de la nobleza de aquella época no era decisión de una mujer decidir el momento en el cual debía contraer nupcias, María Antonieta pensaba que había sido Oscar la que había tomado la decisión de casarse, ya que no imaginaba que su padre pudiera aprobar tal evento sin consultarle, sobre todo porque ella no era una dama ordinaria.
Por su parte, Gerodelle no esperaba una pregunta acerca de la vida personal de la mujer que amaba por parte de la reina. Siendo un caballero, sabía que no tenía derecho a cometer una infidencia, y prefirió guardar silencio antes que decirle a María Antonieta que no había sido una decisión de Oscar que se organice una fiesta para conocer a posibles pretendientes, si no más bien que había sido una decisión de su padre, el Conde Jarjayes, secundada por el General Boullie.
- Su Majestad, no sé nada al respecto. - respondió Gerodelle. - Usted sabe que la comandante siempre fue muy reservada. Desconozco sus motivos. - agregó.
Tras escuchar su respuesta, María Antonieta observó con detenimiento el rostro de Victor Clement - quien seguía inclinado ante ella - y sonrió intuyendo que no le estaba diciendo todo lo que sabía, pero no podía esperar otra cosa de alguien como él, quien como todo un caballero debía tener entre una de sus tantas virtudes la discreción.
De pronto, el Gran Chambelán de palacio apareció en el recinto, lo cual significaba que alguien quería entrevistarse con ella.
- Con permiso, Su Majestad... - le dijo el anciano, haciendo un formal saludo. - El Conde Hans Axel Von Fersen me ha solicitado una audiencia privada con usted. - agregó.
- ¿Fersen? - replicó María Antonieta, conmocionada ante la inesperada llegada del hombre que amaba.
Había evitado verlo a toda costa desde que su hijo enfermó, ya que sentía un gran temor de caer en la tentación de arrojarse a sus brazos. Quería mantenerse lejos de él para no hacer enojar a Dios con su conducta, y así poder seguir suplicándole que salve la vida de su pequeño.
- ¿Lo hago pasar, Su Majestad? - preguntó el Gran Chambelán.
- Está bien. Que pase. - respondió ella resignada.
- Enseguida. - le dijo el anciano.
Entonces Fersen ingresó al recinto donde María Antonieta y Gerodelle se encontraban.
- Ya puedes retirarte Gerodelle... Muchas gracias por atender a mi llamado. - le dijo la reina.
- Estoy para servirle... Con su permiso, Majestad. - respondió él, y tras ello, dirigió su mirada hacia el conde sueco. - Con su permiso, Conde Fersen. - le dijo a él, y Fersen le hizo un gesto de despedida.
Y una vez que Victor Clement se retiró, Hans se inclinó ante la reina.
- Su Majestad. - dijo él en un formal saludo, y ahí, frente a ella, se mantuvo unos segundos en silencio.
Hans no había olvidado aquella vez en la que - con gran dolor - vio a su amada prometer ante la cruz que no volvería a verlo para salvar así la vida de su hijo, mientras le pedía perdón a Dios por todos sus pecados. Ese hecho había destrozado el corazón de Fersen, sin embargo, él la comprendía y sabía que no tenía más opción que mantenerse firme por el bien de todos.
No obstante, nuevamente estaban frente a frente, y María Antonieta no pudo evitar mirarlo llena de amor.
- Fersen. - le dijo ella dulcemente, aunque estaba decidida a no flaquear ante el hombre que amaba.
- Majestad, estoy aquí para comunicarle que viajaré por una semana a España con el Marqués De La Fayette. - le anunció Fersen.
- Fui comunicada de que estarán yendo para allá como parte de una comitiva. - mencionó ella.
- Así es, Su Majestad. Saldremos el viernes por la noche. - le respondió él.
- Por favor, ve con cuidado Fersen. - le dijo ella, y ambos se miraron por unos segundos, en silencio.
Entonces, entendiendo que no lograría recibir más que esas palabras de parte de la mujer que amaba, el conde prefirió marcharse.
- Era todo lo que tenía que decirle, Majestad. Con su permiso. - le dijo Hans, y se levantó para dirigirse a la salida.
- Espera Fersen... - le dijo ella repentinamente, y él dirigió nuevamente su mirada hacia ella.
En ese momento, María Antonieta se sintió desarmada al verse a sí misma en sus profundos ojos, por lo que le dio la espalda antes de continuar con esa conversación.
- Fersen, ¿sabes qué es lo que está pasando con Oscar? - le preguntó, y tras escucharla, el conde la miró paralizado.
¿Acaso ella sabía que Oscar había llegado a sentir algo más que amistad por él?... "No... Eso no es posible..." - se decía a sí mismo.
E intrigada por su silencio la reina volvió a mirarlo, y notó que el rostro de Fersen se había desencajado, lo cual le pareció muy extraño.
- ¿Sabías que se está organizando una gran fiesta en su honor?... No dudo que después de esa fiesta ella conozca a un pretendiente adecuado... Seguramente pronto dejará la vida militar para dedicarse a la familia que piensa formar... - le dijo ella. - Pero me siento confundida, porque fue la misma Óscar quien me pidió ser trasladada a otro regimiento, y sólo han pasado dos semanas desde que inició sus funciones como Comandante de la Guardia Francesa. - agregó la reina, y al ver que de eso se trataba, el alma de Fersen regresó nuevamente a su cuerpo.
- Me encuentro igual de sorprendido que usted, Su Majestad. - le respondió él.
Y era cierto.
Desde que se enteró de la noticia, el conde se había sentido bastante confundido con la decisión de su amiga más querida, ya que no había pasado ni siquiera un mes desde la última vez que se vieron, y en aquella oportunidad ambos se despidieron debido a los sentimientos que Óscar tenía hacia él, acordando que lo mejor era no volver a verse.
Sin embargo, todo parecía indicar que ahora ella buscaba formar una familia, y Hans no entendía que era lo que estaba pasando; estaba mucho más confundido que la reina.
- Tú siempre has sido su amigo... - insistió María Antonieta. - ¿En realidad no sabes qué es lo que está pasando? - le preguntó.
- Su Majestad... No he visto a Óscar desde hace tiempo... - le dijo él, bajando la mirada. - Pero... siento que no pudo haber sido una decisión de ella... - mencionó repentinamente, pareciendo estar muy seguro de sus palabras.
- ¿Por qué lo dices? - preguntó la reina, lo cual volvió a poner nervioso al conde, quien pensaba que no era congruente que Oscar haya decidido casarse a tan pocos días de haberle declarado sus sentimientos.
- No lo sé... - respondió él, sin levantar la mirada. - Es solo una intuición. La verdad es que desconozco sus razones. - le dijo.
Y tras escucharlo, la reina sonrió.
- Debo aceptar que Oscar tiene muy buenos amigos. - le dijo. - Ni Gerodelle ni tú quieren darme más detalles de este asunto, y estoy segura de que ambos saben más de lo que dicen. - agregó ella.
Y al ver que sonreía, él también sonrió, iluminado por su bello rostro. Pero antes de dejarse llevar por la ternura que la mujer que amaba le inspiraba en ese momento, prefirió marcharse.
- Debo retirarme, Su Majestad. - le dijo, mirándola tiernamente.
- Fersen... Por favor... Regresa a salvo... - le respondió María Antonieta, antes de dejar partir al que para ella era el hombre más amado de los hombres.
...
Luego de solicitar el resultado de los últimos exámenes médicos de sus subordinados y comprobar que muchos de ellos se encontraban enfermos o presentaban cuadros de desnutrición, la heredera de los Jarjayes había decidido ejecutar algunos cambios para mejorar las condiciones en las que vivían: redujo el número de guardias por mes, revisó directamente el plan alimenticio considerando que muchos de ellos guardaban comida para entregárselas a sus familiares los días de visita, y redujo la cantidad de personas por habitación. Así mismo, aprovechando este último cambio, se aseguró de alejar de la habitación donde se encontraba André a aquellos guardias que lo habían atacado. Si bien no dudaba de que él pudiera defenderse, temió que sufra algún atentado mientras dormía y prefirió ponerlo a buen recaudo.
La mayoría de soldados del regimiento tomaron a bien estos cambios, pero no faltó alguno que dijera que ella sólo hacía eso para quedar bien con ellos. Era inevitable.
De todas formas, cada vez que escuchaba ese tipo de comentarios malintencionados, André les recalcaba a sus compañeros que Oscar era una persona justa, y que no dudaran de que sus acciones eran sinceras; ya para nadie era un secreto que él había trabajado para su comandante, por lo que podía dar su opinión libremente con respecto a ella.
...
Mientras tanto, como casi todas las noches, y luego de una agitada jornada con la Compañía B, Oscar se encontraba en la habitación de su mansión tocando el piano.
La oscuridad había ennegrecido los jardines de la mansión Jarjayes, y - en la habitación de su hija - el general le recordaba a su heredera que tenía la obligación de presentarse en el baile preparado en honor a ella.
De pie al lado del piano, y con una copa de vino en las manos, le ordenó que debía vestirse con el mejor vestido, maquillarse y asistir a aquel magno evento. Lucía entusiasmado por ella, pero Oscar sólo lo escuchaba sin dejar de interpretar su pieza; sabía que era inútil discutir con su padre cuando daba una orden, por lo que prefirió mantenerse en silencio y pensar en las muchas obligaciones que tenía como líder de la compañía B de la Guardia Francesa.
- Oscar, esto lo hago pensando en tu felicidad. - le dijo el general, quien no se apartaba del lado de su hija, y levantó su copa de vino para brindar por ella, pero Oscar se mantuvo en silencio.
...
A la mañana siguiente, frente a toda la compañía B, la heredera de los Jarjayes daba indicaciones para las labores que se realizarían ese día.
Por aquel tiempo, todos los esfuerzos de la Guardia Francesa estaban destinados a desactivar al grupo terrorista que asolaba París y sus alrededores, por lo que Oscar había puesto en eso toda su atención.
Por su parte, André seguía sin poder mirarla a los ojos, y a quien fuera su más cercana amiga le atormentaba el hecho de pensar que él estaba enojado con ella por su compromiso de matrimonio.
Deseaba que los días pasen rápido para que André tome su día de descanso y se entere al fin - por algún miembro del servicio o por su nana - de que la familia había rechazado la propuesta de matrimonio de Gerodelle. Ella misma no sabía como acercarse a él para decírselo directamente, a pesar de la gran confianza que había existido entre ellos en el pasado.
A Oscar no le preocupaba que el nieto de Marion se entere de la fiesta que se estaba organizando en su honor, en donde ella supuestamente encontraría futuros pretendientes. Estaba completamente convencida de que se burlaría de la situación, ya que conociéndola tan bien como la conocía estaría seguro de que ella nunca se prestaría para algo así.
...
Habían pasado algunas horas desde la última vez que los miembros de la Guardia Francesa se reunieron con su comandante. Oscar había salido a realizar algunas diligencias relacionadas a los cambios que estaba implementando para su compañía - diligencias que había preferido realizar directamente para acelerar las gestiones - y en el cuartel militar, los guardias franceses del turno de la mañana descansaban luego de haber trabajado durante varias horas.
En las barracas, muchos de ellos jugaban a las cartas, leían o conversaban. Estaban relajados y nada parecía perturbar su tranquilidad, cuando, de pronto, se vieron sorprendidos por la inesperada llegada de uno de sus compañeros, el cual lucía nervioso y desencajado. Él había estado patrullando la zona que le correspondía al grupo comandado por el Coronel Dagout, y sobresaltado, había llegado preguntando por la comandante de la Guardia Francesa.
Entonces, preocupados por verlo así, todos los guardias - incluyendo a Alain y André - se reunieron alrededor de él para preguntarle que era lo que le ocurría.
- ¿Qué ha pasado Pierre? ¿Por qué estás tan nervioso? - le preguntó Alain, tratando de tranquilizar a su compañero.
- ¡Un atentado terrorista ocurrió hace unos minutos! - exclamó el guardia. - ¡El coronel Dagout me envió a avisarle a la comandante del suceso! - agregó, muy alterado.
- La comandante salió a hacer unas diligencias, pero ¿por qué te ha enviado para acá? - le preguntó Alain, intrigado. - El coronel puede manejar perfectamente ese tipo de situaciones por sí mismo. - aseguró.
- ¡Es que no lo entiendes, Alain! - respondió el soldado, aún agitado por la rapidez con la que había llegado. - ¡La víctima de ese atentado fue el padre de la comandante, el General Jaryajes!
- ¡¿Qué estás diciendo?! - le preguntó André, sobresaltado.
- ¡Es verdad!... - exclamó Pierre. - Recibió un disparo de uno de los terroristas y lo están trasladando a su casa en estos momentos. - respondió el recién llegado guardia.
Entonces André corrió hacia la salida en busca de su caballo, pero Alain corrió tras él, y lo detuvo casi en la puerta.
- ¡Espera André!... No podemos salir de aquí sin la autorización de un superior. - le dijo Alain, sosteniéndolo con fuerza.
- Esto es una emergencia, ¡no puedo quedarme aquí!. - le respondió André, mientras trataba de soltarse.
- Si sales sin autorización te enviarán a una corte marcial... ¿lo sabes?... - le dijo Alain sin dejar de sostenerlo. - ¿Acaso no te importa morir? - le preguntó, pero el nieto de Marion parecía muy ofuscado como para pensar en una respuesta.
- Alain, ¡debo salir de inmediato! - le dijo André enfáticamente. - Asumiré lo que me toque asumir, pero ahora debo irme. - agregó. - Por favor, asegúrate de que Oscar se entere de lo que está pasando.
Y entendiendo que su compañero estaba decidido a irse, Alain lo soltó.
- Claro que sí. - le respondió él, ya que a pesar de todo lo comprendía. Sin embargo, estaba preocupado por la solicitud que le hizo André antes de irse; si había algo que no le gustaba era dar malas noticias.
...
Unos segundos después, André salió del cuartel a todo galope. Debía ir de inmediato por el doctor Lassone, porque suponía que para esas horas aún nadie en la mansión Jarjayes sabía del atentado, y si esperaban a que llegue el general para enviar por el doctor, era seguro que se perdería un tiempo muy valioso.
Entonces se dirigió a la casa del galeno, y tras llegar ahí y contarle lo ocurrido, el doctor salió rápidamente junto a dos de sus ayudantes, los cuales eran médicos jóvenes que realizaban sus prácticas con él.
André se ofreció a llevarlos; en esas circunstancias nadie podría conducir un carruaje más rápido que él. Entonces dejó su caballo con uno de los sirvientes del doctor Lassone y se adueñó del asiento del cochero para llevarlos a la mansión Jarjayes a toda velocidad.
...
Algunos minutos después, y para sorpresa de todos, los médicos llegaron a la mansión Jarjayes al mismo tiempo que el carruaje que trasladaba al herido general. Se desató un gran alboroto; todos apreciaban al general y estaban muy preocupados por él, pero al menos ya estaba en manos de los especialistas.
Afuera de la habitación, Marion lloraba desconsoladamente mientras André le pedía a una de las sirvientas de la casa que envíen a un cochero por la madre de Oscar, la cual se encontraba acompañando a la reina en el palacio de Versalles. El tiempo pasaba, y tras una hora de angustiosa espera, el doctor salió de la habitación de Regnier. Entonces Marion, André y el resto de los sirvientes de la mansión - los cuales aguardaban por noticias acerca del estado de salud del patriarca de la familia - se acercaron a él.
- Doctor... ¿Cómo se encuentra el general? - le preguntó André, con gran preocupación.
- Tuvimos que intervenirlo, pero la operación fue todo un éxito. - respondió el galeno. - Afortunadamente la bala no tocó ningún órgano ni ninguna arteria. Hubo mucho sangrado, pero llegamos a tiempo para cerrar la herida oportunamente.
Tras escucharlo, todos suspiraron aliviados, y la abuela, entre lágrimas, le agradeció a Dios por haber salvado la vida de su amo.
- Regresaré a supervisar a mis ayudantes. Están terminando de vendar a nuestro paciente. - les dijo el doctor Lassone con una sonrisa, y tras ello, se dirigió a Marion. - Quédese tranquila abuela... Lo peor ya pasó... - le aseguró.
Entonces, el doctor Lassone dirigió la vista hacia André.
- Gracias por ir a buscarme, muchacho. - le dijo a quien conocía desde que era un niño. - De no haber llegado a tiempo Regnier podría haber muerto. - mencionó, y le sonrió agradecido, ya que el padre de Oscar era un buen amigo suyo.
- ¿Podemos ingresar a la habitación? - preguntó la abuela.
- Sí. - respondió el doctor. - Pero Regnier está inconsciente por el sedante que le pusimos. - les dijo.
Entonces el ama de llaves se dirigió a los sirvientes.
- Vamos, ya pueden continuar con sus obligaciones. - les dijo mientras secaba sus lágrimas. - La señora no debe tardar en llegar. - agregó. Y cuando todos se retiraron, André y su abuela ingresaron a la habitación del general para acompañarlo.
De pronto, el azote de una puerta y unos pasos que se acercaban a gran velocidad, los sorprendieron.
Era Oscar, la cual - muy alterada y pálida como un papel - ingresaba a la habitación, aún llevando en sus manos el látigo con el que había azotado a su caballo para poder llegar más rápido a su casa; había salido del cuartel apenas recibió la noticia, y durante el trayecto temió lo peor, sobre todo porque en los últimos días su padre le había demostrado más que nunca cuanto la amaba, y tuvo miedo de que ese cambio tan radical en su actitud fuese como una despedida.
- ¡Padre! - gritó visiblemente angustiada, y tras ello, se detuvo abruptamente al ver a Regnier malherido sobre la cama. Estaba muy alterada y respiraba agitada, aunque más por el temor de haberlo perdido que por haber corrido desde la entrada.
- Ya no se preocupe, señorita. - le dijo su nana al verla. - Milagrosamente, la bala no llegó a su corazón. - agregó.
Entonces los ojos de Oscar se llenaron de lágrimas, y sintiendo que perdía las pocas fuerzas que la habían sostenido hasta llegar hasta ahí, cayó al suelo de rodillas y empezó a llorar.
Toda la tristeza que había contenido desde que salió del cuartel tras recibir la noticia había caído sobre ella de una forma abrumadora, y no pudo hacer más que derrumbarse; había estado a punto de perder a su padre para siempre, pero el destino le había dado una nueva oportunidad.
Y mientras estaba ahí, totalmente desarmada y llorando desconsoladamente sobre el suelo, sintió unos pasos aproximándose a ella, y con los ojos llenos de lágrimas, levantó la mirada para ver de quién se trataba.
Era André, quien después de muchos días volvía a verla a los ojos, y a su lado, como siempre había estado, le ofrecía su pañuelo para que seque sus lágrimas, mientras la contemplaba con la pureza del amor que sólo ella le inspiraba, más aún viéndola tan vulnerable.
- Gracias, André... - le dijo ella, y tomó su pañuelo sin dejar de mirarlo mientras lloraba.
¡Cuánto lo había extrañado todo ese tiempo!... y que paz le daba sentir que contaba con él en un momento como ese. Al fin lo tenía frente a ella, y a través de su mirada pudo comprobar que él aún la quería.
Entonces, conmovido por la tristeza de la mujer que amaba, André se inclinó hacia ella y le extendió las manos para ayudarla a levantarse. Ella las recibió, y tras incorporarse, se aferró a su pecho sin poder parar de llorar.
- Quédate tranquila, Oscar... - le dijo André tiernamente, mientras la abrazaba. - Ya verás que en un par de horas tu padre estará como nuevo. Es un hombre muy fuerte... - agregó.
Sin embargo, ella no lloraba únicamente por su padre. También lloraba por él.
El estar tan distanciados se le había hecho casi insoportable.
...
Fin del capítulo
