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Despues de milenios, esta pobre autora retoma la historia desde donde la dejó. Perdón por el retraso, habrá más pero disfrutemos mientras tanto...
FELINETTENOVEMBER 2021
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DIA 21:
Friendship bracelets
o Pulseras de amistad.
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Previamente en "La verdad sobre el amor":
El último curso en el Instituto Dupont ha empezado. Y el drama también. Félix, cansado de la no confrontación, decide decirle a su primo que Marinette es su novia. De esta manera, Adrien termina triste y abatido, Marinette enfadada y Félix...confundido. ¿Podrán seguir juntos a pesar de todo? El amor no es fácil y la adolescencia, tampoco.
Mientras tanto, Kagami y Luka se reencuentran ¿Donde hubo fuego, cenizas quedan? Y Zoe ¿Qué hará con todo el amor que tiene dentro suyo?
* Canción para el día de hoy: Will you still love me tomorrow, de Amy Winehouse.*
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Era delicioso.
Sumamente placentero.
Luka Couffaine reía en silencio, agotado y sin voz. Se cubría los ojos con un brazo, mientras que con el otro buscaba la mano de su compañera.
A su lado, Kagami Tsurugi cerraba los ojos, tratando de recuperarse de aquella faena. Todavía le temblaban las piernas y le dolía la garganta a causa de estar constantemente gimiendo con intensidad. Apenas sintió que la mano de Luka buscaba la suya, ella la retiró y se alisó el cabello, alejándose un poco de él. Luego, Kagami se dio media vuelta, dándole la espalda, buscó la colcha de la cama y se cubrió con ella. Cerró los ojos, respiró profundo.
Luka intentó abrazarla, al ver que ella lo evitaba.
Kagami fue más rápida, escurriéndose de su toque. Ahora sí se puso de pie, sin importarle no llevar nada de ropa. Buscó sus prendas y se fue vistiendo con calma y parsimonia.
- Kagami. - susurró Luka, preocupado por su súbito rechazo. Hace tan solo unos segundos, ella había estado bien, feliz y gustosa, debajo suyo.
Esa tarde, Kagami y Luka se habían encontrado en la casa de los Tsurugi. Una mansión oriental ya casi abandonada, donde Kagami sólo se aparecía por ahí para dormir. Porque Kagami evitaba su habitación, su cama casi a ras del suelo, el biombo rojo, los espejos, sus kimonos, sus obis, sus horquillas para el pelo. Porque en cada rincón, ella lo veía a él.
Kagami se arrepentía profundamente por todo, e imaginaba situaciones en las cuales, ella se disculpaba y le pedía empezar de nuevo:
- Lamento haber llorado tanto. - le diría.
- Prometo dejarte tocar el violín. - rogaría.
- Nos merecemos una segunda oportunidad, hemos pasado por tanto. -
Por supuesto, Kagami pensaba siempre en Félix. Y todos sus pensamientos, se los dirigía a él. Pero eso Luka no lo sabía. Tan sólo veía cómo su querida Kagami, semidesnuda todavía, se alejaba de él. Ella, por su parte, perdida en sus recuerdos y arrepentimientos, continuaba con sus sueños erráticos sobre un pasado cercano.
Así que triste, ella acarició con cuidado y añoranza el velador que él usaba al dormir. Recordó que él cargaba su teléfono en el enchufe de ese lado de la pared. Y que Félix usaba, la misma almohada que ahora otro usaba. El amor es como una estación del año. Cambiante y cíclica. Invierno, verano. Otoño. Primavera. Pero a ella, el apocalipsis con Félix le había pillado en invierno. Y eso que estaban en setiembre.
- Tal vez, si le pido volver o intentarlo de nuevo...sí...yo creo que sería mejor decírselo por teléfono. O quizá sea mejor ir a verlo... - pensó Kagami, terminando de vestirse.
Luka Couffaine, a pesar de su distanciamiento, la admiraba en silencio.
Preciosa y blanca como la porcelana, con tonalidades rosadas en la zona de las caderas y las mejillas. Tenía marcas en el cuello y los hombros, porque él estaba seguro que en algún momento la había mordido. Y ella también lo había hecho con él, le había tirado el pelo con brusquedad al girarlo y cambiarlo de posición. Después lo había montado, clavándole las uñas en el pecho. Ahí también había signos de su encuentro.
Él sabía que debía ponerse de pie, pero estaba tan cansado de la actitud evasiva de Kagami. Luka echó un vistazo a la habitación blanca con el biombro rojo donde dormía la chica de sus sueños, en una cama al ras del suelo. Se preguntó si Félix también habría dormido ahí.. Concluyó que era muy probable. ¿Era por eso que Kagami actuaba extraña? Tal vez sí. Esa idea le lastimó el corazón y Luka entendió por fin, que estaba en territorio enemigo, y que Kagami quizá todavía llevara el luto por su relación con Félix.
Entendía el coito inesperado con ella, el placer gratuito que ambos se ofrendaron.
Entendía todo eso, y estaba bien.
No podía pedir más.
- Yo no soy como él, como Félix. - dijo Luka Couffaine, al ver que Kagami estaba ya vestida y colocándose los pendientes. - Y está bien así, Kagami. Él es único, lo sé. Pero yo también. -
Kagami detuvo su maniobra, para escucharlo atentamente.
Había pronunciado su nombre, a pesar de todo.
Luka Couffaine podría ser un valiente, tal vez. O un indolente. Luka era alguien libre y casi imposible de arrear en sociedad. Vestía como quería, decía lo que pensaba, y, principalmente, amaba libremente.
Lástima que Marinette no lo hubiese sabido con antelación.
Lástima que Kagami no se hubiera dado cuenta de ello.
Pero Anarka Couffaine, su madre, sí sabía lo que era su hijo. Y fue ella quien descubrió, años atrás, la peculiar e ilegal relación que llevaban esos dos. Y fue ella, quien llamó a Tomoe Tsurugi. Luka era su niño preciado, pero sabía lo mal que hacía en honor a la libertad. Ya había hablado con él. No encontró solución. También a ella, Luka le dijo que sí, que pronto terminaría con Marinette. Pero que no quería lastimarla. Inconsecuente, meditó Anarka, es un niño todavía.
Un niño jugando a ser hombre.
Y ese niño creció, cuando vio lo que perdía, al cerrarse la puerta del coche rojo de Kagami Tsurugi, con ella y su madre dragón dentro.
Luka Couffaine recordó entonces, la larga conversación que Anarka le echó, inmediatamente después que las Tsurugi se fueran de su vida.
"- Fuiste tú. - murmuró Luka, al ver a su madre, con ambos brazos en jarras.
Anarka asintió, mirándolo fijamente. Lucía decepcionada.
- La amaba. - susurró Luka, tratando de contener la ira que estaba naciendo en su corazón.
- No. - negó Anarka. - Eso no es amor. No así al menos. Le has hecho mal. A ella y a alguien más. -
Pero Luka desvió la mirada, agobiado, y frunció el ceño sin comprender lo que su madre decía. Anarka lo amaba, siempre lo haría, sin embargo, le dolió inmensamente encontrarse con esa situación. - Un hijo tan digno de su padre-, pensaba Anarka. Ella, cerró los ojos, para alejar ese pensamiento lastimero. No, Luka tendría que ser diferente, lo había criado para serlo, ¿por qué entonces...? ¿por qué se portaba así?
- Sólo necesitaba tiempo. - luchó Luka de nuevo.
- Y te di demasiado. - respondió instantáneamente su madre, tratando de ser maestra y amiga. Relajó los brazos y suavizó su gesto. Caminó lentamente hacia él y posó una mano sobre su hombro. Le sonrió a su hijo, un poco a medias. - La verdad sobre el amor, Luka, es que no es sólo placer o disfrutar del otro. Es tomar una decisión, todos los días, elegir a tu pareja y por ende, ser responsable con tus sentimientos. Y has sido todo menos eso. Responsable. Amar, es ser consecuente. Y amar, también es...-
Por un buen rato, Anarka le enseñó lo que Emilie Agreste no pudo enseñarle a Adrien, simplemente porque ella ya se había muerto. Por unos minutos, Anarka le explicó a Luka cómo amar de verdad. Nadie había nacido con un manual sobre cómo amar bajo el brazo, comprendió Luka, pero su madre había vivido mucho, había amado mucho y había sufrido mucho...así que Luka Couffaine, de casi quince años de edad, bajó la mirada, abrió sus oídos y escuchó todo lo que ella decidió decirle ese día."
Atesoraría sus palabras para siempre.
- La verdad sobre el amor, querido Luka...-
Ser amable y bueno, sincero y consecuente.
Un ser humano responsable.
Algo tan fácil y tan difícil.
Pero él lo intentaría. Había cambiado. Era diferente.
O al menos, eso creía él.
Así que dispuesto a no perderla de nuevo, se levantó de la cama así, desnudo como estaba. Glorioso con su pelo negro con mechas azules y sus ojos cobalto resplandecientes, con su piel joven y tersa, brillante por el sudor de la faena, Luka se acercó a Kagami y la abrazó por detrás con apremio.
- Estoy muy enamorado de tí, Kagami Tsurugi. -
Pero la mirada de ella, se desvió hasta la puerta, se deshizo de su abrazo y salió de la habitación, dejándolo vacío y sin un adiós.
Luka no se rendiría.
Volvería intentarlo, mientras hubiera un mañana.
- No. - se corrigió, hablando muy bajito. - Te amo, Kagami, te amo tanto. -
Con calma, buscó sus ropas y se vistió en silencio.
Afuera de la habitación, sintiéndose todavía cansada y vacía, Kagami Tsurugi, el dragón japonés, observó a través de la ventana cómo un nuevo día amanecía, y se preguntó, sumamente preocupada, si acaso llegaría el día en el cual dejara de amar a Félix.
En el cual dejara de perseguir lo inalcanzable.
o luchar sabiendo que va a perder.
o amar sin querer.
o querer sin sentirse amada.
Abatida, bajó la cabeza y enrumbó a la cocina, a preparar el desayuno. Ya no interesaba que lo hiciera con ingredientes sin gluten, ya nunca más importaría.
Horas después, en una habitación lujosa del Grand Hotel de París, Felix Graham de Vanily suspiraba, agotadísimo, mientras se ataba el nudo de la corbata y se alisaba el chaleco de seda verde que amaba ponerse, profundamente, todos los días de su vida.
Gimió, imperceptiblemente.
Porque...
...Estaba suspendido.
De nuevo, al igual que el año pasado, Felix Graham de Vanily estaba suspendido. Por mal comportamiento y por violencia desmedida.
Chasqueó la lengua, insoportable consigo mismo.
Minutos antes, Nathalie Agreste había ido a verlo al Hotel, para pedirle una explicación muda sobre el porqué había peleado con su hijastro.
Félix al verla, sólo se encogió de hombros y suspiró.
- Nuestros asuntos. - le dijo a la madrastra de su primo.
Nathalie lo dejó, sin decir una palabra y sin perdonarlo mucho. Porque Adrien también estaba suspendido, pero en un estado distinto. No estaba altivo y soberbio, incólume, como ahora parecía estar Félix. Sino que Adrien lucía golpeado no sólo por fuera, sino por dentro. Un poco roto. O tal vez tremendamente destrozado. Nathalie no alcanzaba a ver el grado de destrucción ocasionado por la pelea pero presentía porqué había sido todo. Y ella, la mujer más adulta del mundo, pensaba que se relacionaba con la persona en común que ambos primos compartían. - Marinette Dupain Cheng, o Marinette Graham o Marinette Agreste-. Nathalie no tenía claro qué apellido le correspondía a Marinette, pero no podía hacer nada.
Así era el amor y así era la adolescencia.
O el inicio de la adultez.
Por lo tanto, Nathalie se rindió, y rogando que se solucionara de la mejor manera, se fue del Hotel no sin antes despedirse de Zoe Lee Bourgeois, quien inexplicablemente estaba ahí, en la habitación de Félix, haciéndole compañía.
A Félix no le importó la crítica silente de Nathalie, ni su fulminante mirada llena de suspicacia, al ver a la menor de las Bourgeois en su habitación.
Tampoco se dio cuenta que la presencia de Zoe era, por lo menos, bizarra e inexplicable.
No le importó porque tenía cosas más importantes en las que pensar.
Félix, jugueteando con uno de los gemelos en sus puños, carecía de entendimiento para comprender lo que sentía Zoe por él, asi que suspiró, totalmente enamorado de otra persona.
Zoe, en cambio, absolutamente enamorada de él, lo vio meterse en la habitación para después de unos cinco minutos, salir de ella, vestido totalmente informal. Atrás, Félix había dejado el chaleco, la camisa y los gemelos con los que se había vestido. Zoe no entendió el cambio de ropa. No entendió su vacilación.
Félix no era indeciso.
Félix no era informal.
Félix no era suyo.
Pero tal vez, lo sería, en algún momento del destino.
En realidad, Zoe había ido a verlo después del Instituto, llevándole los avances de ese día. Usó de excusa el llevarle los apuntes para poder visitarlo a solas. Sin embargo, coincidió con Nathalie Agreste, pero no quiso dejar solo a Félix. Sabía que Nathalie podría regañarlo y eso, a ella no le gustó. Así que se quedó ahí, aunque sabía claramente que estorbaba. Para ella, tan solo estar al lado de Félix, en silencio o en la completa obsolescencia, significaba mucho y valía bastante. Respirar su aire, verlo moverse. Sus mariposas batían las alas mucho más fuerte cuando lo veía, el corazón se le salía del pecho.
Y su indiferencia, su completa indiferencia, le partía el corazón.
Félix no le dijo nada, ni le agradeció por los deberes.
Tan sólo cogió su teléfono, las llaves del coche y salió disparado.
Un segundo antes de salir, Félix se detuvo y la observó fijamente, como suplicando un perdón. Ella asintió y él, por fin, se fue.
Zoe Lee se sintió decepcionada porque ella sabía adonde iba él.
- Sé buena, Zoe, algún día llegará tu turno. -
Lo que no sabía Zoe era que de verdad su momento llegaría más temprano que tarde.
Así que Zoe Lee se derritió de amor, ahí, de pie, para luego resucitar de nuevo. Contempló el sitio donde vivía Félix, ya desde hace casi un año. Dio una vuelta en silencio, acariando su violín, rozando los dedos sobre la mesa, y después, ella caminó lentamente hasta entrar en el dormitorio. Vio el armario, lo abrió y el aroma de su amor imposible la poseyó por completo, cerró los ojos, rogando para que en esta vida ella tuviera la oportunidad de ser correspondida.
- Por favor, que algún día me quiera, por favor, por favor. -
Y casi al borde de la desesperación, Zoe cerró el armario, gimió en silencio y se dejó caer sobre la cama hecha. Sus latidos se aceleraron, al saber que en esa cama estaba Félix, estaría Félix, rogando que por favor fuera con ella.
- Aunque antes estuvo con ...Aunque antes, durmió con ...-
Desesperadamente enamorada, Zoe apretó los labios y dejó de pensar en cosas negativas. Se refugió en sus sueños, en una casa con jardín, en un baile elegante, danzando entre sus brazos, o en una silla contigua a la de él, en una biblioteca abandonada.
Zoe sabía cómo amar. Nadie le había enseñado. Pero cómo a ella nunca la quisieron, simplemente hizo todo lo que no hicieron con ella. Y así, Zoe había aprendido a escuchar, a entender, a observar. A complacer. A reir. A preocuparse por lo demás. Fue así cómo aprendió a amar. A punta de dolor y vacío, de desasosiego y depresión.
Por eso , ella aceptaría todo lo que él quisiera darle. Lo poco, lo mucho. Un puñado de polvo o una cadena de montañas, una gota de agua o el inmenso océano. Ella podía amarlo, a ella le encantaría hacerlo. Porque nadie era como él. Félix era tan único. Tan sencillo a pesar de parecer complicado. Silencioso, pero con una galaxia de conocimiento adentro. Sus fríos trazos de su rostro británico contrastaban con su dulce violín. Sus dedos larguiruchos y callosos complementaban su voz toda grave y seria.
Cerró los ojos, cayó dormida en su cama.
Soñó que él la besaba.
Soñó que ella reía.
.*.*.
Esos dos días para Félix habían sido larguísimos. No sólo por lo revoltoso del tema, y de lo apoteósico de la pelea con su primo. Sino porque Marinette no le contestaba el teléfono. Ni los mensajes, ni los correos. No estaba seguro si debía llamar a la panadería. Hasta donde recordaba, Marinette también estaba suspendida. Y sus padres eran tranquilos y buenas personas, así que probablemente la suspensión no les habría gustado. ¿Lo culparían a él? ¿Pensarían mal de él? Esas dudas estarían resueltas si tan solo ella le contestara el teléfono.
Por eso, enfadado porque su novia se negaba a conversar, decidió que sería él quien enfrentaría la situación.
Fue con paso decisivo a la panadería, aparcando a unas calles de ahí.
Como siempre, se quedó afuera viendo a través de los cristales. Observó que Tom Dupain atendía el comercio, con su buen humor perenne. Félix alzó la palma de la mano, saludándolo formalmente. Tom al verlo, se puso serio, asintió con la cabeza, para luego entrar a su casa y llamar a Marinette.
Félix se alegró por dentro, al concluir que no tendría que escalar la bajante para llegar al ático.
Sin embargo, la Marinette que salió a verle no era la dulce chica de la que estaba fervientemente enamorado.
Ella lucía cansada y usaba un delantal sucio de harina. Félix, por puro reflejo, retrocedió unos pasos alejándose de ella. Hubiera querido abrazarla, o darle un beso. Uno beso simple y escueto, protocolar, en la mejilla. Ya luego cuando su padre no estuviera observandolos, le intentaría comer la boca. Pero la barrera llena de gluten que traía, le impedía interactuar con normalidad.
¿Por qué no se quitó esa ropa? ¿Por qué salió así a recibirlo? ¿Acaso se había olvidado sobre su alergia? ¿Sobre su criptonita? No había nada imposible para Félix Graham de Vanily en esta vida, a excepcion de poder acercarse al gluten.
Y justo cuando iba a abrir la boca, para empezar a hablar...
- Estoy cansada, Félix. - dijo Marinette, en voz muy bajita.
A Félix le costó entender lo que ella decía. Detuvo su discurso sobre todo lo que él le había pedido. Dio un paso adelante, calculando todavía tener una distancia segura.
- ¿Perdón ? - musitó, un poco perdido.
- Estoy cansada de todo. - repitió ella, un poco más fuerte.
Para Félix todo sucedió en cámara lenta y en escala de grises. Enfrente a él, estaba su querida Marinette, con su cabello suelto, azabache y reluciente. Y ella le miraba triste, con sus largas pestañas batiéndose en silencio y con calma. Sus ojos azul cielo, tan claros y sinceros, los veía anegados en lágrimas. Los labios rosas, fruncidos y delgados.
- Estoy cansada de tí. -
Félix sintió que algo le traspasaba el pecho de adelante a atrás, como un proyectil. Una lanza o una flecha. Un arpón. Un mal amor. Algo distorsionado y corrupto, algo así como la decepción. También pudiera ser odio. O traición. Una vez, habia sido una sensación placentera aquella que lo dejó partido en dos. Y hoy, sólo era un frío inmenso, un temblor. Miedo. Dolor
Por un instante, no supo qué hacer o decir. Parpadeó, confundido. Miró hacia un lado a otro. Frunció el ceño, lo relajó. Chasqueó la lengua. Se tomó unos segundos antes de responder a esa declaración de guerra.
- No...entiendo. - respondió a su gélida acusación.
Marinette resopló visiblemente cansada. Había sido un día largo.
Félix la frustraba a veces. Casi siempre, de hecho. Ella lo quería a pesar de todo, a pesar de su silencio, de sus rarezas. A pesar de su mustio rostro en cada momento del día. Ella había soñado con un príncipe encantador, alguna vez. Con alguien que le hiciera aviones de papel, y los lanzara a su mesa en el Instituto. Que le escribiera notas cursis y románticas. O que recitara un poema bajo su balcón. O que comiera con sus padres los domingos. Marinette se olvidaba que Félix le tocaba el violín y le hacía el amor con entrega y devoción, como si ella fuera lo más preciado para él. Que le acariciaba el pelo, venerando su nítido azabache, su liso cabello. Marinette se olvidaba que Félix le entregó su corazón. Un corazón no acostumbrado al calor; un corazón blando, pero gris. Tremendamente británico, habituado a la lluvia y a la neblina. Él no estaba destinado a amar, y sin embargo, la habia amado a ella,eligiéndola, soportando la distancia, ahogándose despacio en sus propios errores. Remediandolos, finalmente. Así, poco a poco, el corazón de Félix cogía color: El luminoso cielo, el azul de sus ojos, las flores de su balcón, lo rosa pálido de su cuerpo. Así pintaba Marinette el corazón de Félix.
Y le daba forma también.
Como la masa para hacer el pan.
Aunque él fuera celíaco.
Marinette lo amasaba a él.
Sólo que estaba terriblemente enfadada por cómo habían salido las cosas con Adrien. Además que odiaba ser suspendida.
Sus padres la habian puesto a trabajar en la panadería, al menos esos días de suspenso.
Adrien le había llamado. Marinette había conversado con él, con su ex-novio, tan sólo para escucharlo disculparse por algo que no había hecho.
- Lamento todo lo que está pasando, Marinette. - le dijo Adrien, susurrante. Su voz estaba quebrada y lastimada. Lanzó un suspiro y siguió hablando. - Lamento que Félix no entendiera...no te entendiera...o no me entendiera. Él no comprende muchas cosas, Marinette. Es un poco...intransigente, en su forma de pensar, o en su forma de actuar. Es un poco...-
Durante largos segundos, Marinette escuchó una disertación sobre la impaciencia de Félix, sobre su maldad hacia su primo, su intolerable inflexibilidad. Marinette interrumpió la llamada, agradeciendo a Adrien su información sobre su nuevo novio. No le dio la razón, ni negó los cargos. Asumió neutralidad, cuando debía haberle dado un voto de confianza a Félix.
Pero eso Félix no lo sabía.
- Nunca entiendes nada, ¿verdad? Nada que no te convenga. - Marinette bajó lentamente las manos y entrecerró la mirada. - Sólo te entiendes a ti mismo. -
Aún en el fondo de su corazón, Marinette albergaba rencor. Un frio y duro rencor entremezclado con lágrimas saladas. Durante un buen tiempo, su nuevo novio había preferido a otra, había convivido con otra, y a ella, la había apartado de su lado, una y otra vez. Le había prometido cosas que no cumplió. Y justo cuando pareció que él era suyo, que por fin lo era, surgía algún nuevo malentendido.
Su ex-novia, Kagami Tsurugi, durmiendo en su habitación, por ejemplo.
Su ex-novio, Adrien Agreste, golpeado por el amor de su vida.
El amor, por lo tanto, no era fácil. Su amor, no era fácil.
Un nuevo capítulo en la obtusa teoría del amor. Un cursillo complejo. Temas enrevesados y de difícil interpretación. Confianza. Sinceridad. Paciencia. Y otros extras. Difícil incluso cuando Marinette se consideraba una experta en el tema. Difícil incluso cuando Félix aceptó de buena gana, que Marinette sería su maestra.
Marinette, una profesora autodidacta.
Félix, un alumno sobresaliente.
- No, Marinette, entiendo que estás enfadada, lo que no sé es por qué. ¿Crees que soy el culpable de esto? ¿De nuestra suspensión? - aunque no quiso, Félix encogió los hombros y frunció el ceño, exasperado.
- Es increíble...- musitó Marinette, meneando la cabeza.
- Increíble, qué. - masticó Félix.
- ¡No entiendes nada!. - dijo Marinette, alzando la cabeza, mirando hacia otro lado y hablando a la nada, con un tono de voz mas fuerte. - No me escuchas.-
Félix abrió la boca, sorprendido de todas las acusaciones, sobre él.
- No me amas - apuñaló Marinette, finalmente.
Félix comprendió, en ese momento, que se le avecinaba una tormenta. O el apocalipsis. Deseó abalanzarse sobre ella, abrazarla, llenarle la cara a besos y volver a abrazarla. Y también quiso gritarle, quiso decirle que eso no era cierto. Que en su inmensa soledad, ella lo era todo.
Abrió los ojos, desesperado.
Extranjero.
Solitario.
Asocial.
Un huérfano a medias. O entero.
Suavizó su mirada, sosegó su sorpresa, su malestar. No quería enfadarla más, y si ella decía que tenía la culpa...si era él el problema...Quiso remediarlo. Asi que le contestó con sinceridad.
- Lo hago. Te amo. Quítate el delantal. - suplicó en voz baja, escupiendo algo de furia y mucho de amor, en una mezcla peculiar.
Marinette, todavía enfadada con él, se observó a si misma por unos segundos. Vio la harina de trigo, impregnada en sus ropas, en sus manos. Se percató de la amenaza de muerte latente en su piel. En su posible asesinato a causa de una anafilaxia al gluten.
De todos los novios del mundo, a Marinette se le ocurrió enamorarse del único que no podía acercarse a ella de forma convencional.
- No - susurró, ofuscada. - No me quitaré el delantal -
Necesitaba apaciguarse. No volver a recaer. Conversar con él, como seres pensantes y no como animales de pelea. Tratar de hallar las razones por las cuales lo amaba, si es que había alguna. Alguna que ella recordara. Porque todavía los recuerdos de Marinette eran amargos, todavía dolía, lo amaba, y dolía, tan proporcionalmente a su amor, tan proporcionalmente al rencor.
- ¿Es así el amor?- pensó ella - ¿Insoportablemente confuso? -
Dulce por las noches y amargo en días como esos. Marinette decidió no pensar en cuanto lo quería, si no en lo disgustada que estaba. ¿Por qué tuvo que pegarle a Adrien? ¿Por qué optó por la violencia, en vez de optar por las palabras?
Félix contempló su ceño adusto y escuchó sus frases cortantes, y entendió que ella quería distancia. O tiempo. Le dolió, porque la necesitaba mucho aunque estuviese molesta con él. Incluso si ella no le hablase, pero él necesitaba tocarla, tenerla cerca suyo. No entendió porque ella lo trataba así.
Pensó en todo el tiempo en el que no la tuvo, en el que pensaba que moriría sin haberla tenido entre sus brazos.
El sintió que ya habían estado muy separados y muy alejados. No tenían porqué volver a estarlo.
- Aun más. - pensó. - ¿Todavía más tiempo? ¿Más distancia?-
Ella había lanzado la primera bala de una batalla imaginaria, y a él le había dado en todo el corazón.
Marinette siempre tendría buena puntería con él. Le clavó una flecha de amor y le hacía estallar perdigonazos en cada rencilla.
Bajó sus ojos verdes, taciturno, vio la punta de sus zapatos, relucientes y pulcros. Resopló, frustrado y no dijo más. No se despidió, ni insistió en conversar, la dejó ganar ese encuentro. Félix se calló y se tragó su ira e incomprensión, y sus desesperación por no poder hablar con ella, a pesar de tenerla enfrente.
Atrás quedaron todas aquellas veces que él había insistido en hablarle, subiendo la fachada de su casa, arriesgando su vida.
Ese día, Félix se cansó de eso.
De perseguirla, de tranquilizarse. Marinette era amable, pero tenía ligeras explosiones, arrebatos de furia sin causa aparente.
Lo normal, viéndolo de lejos.
Miles de ideas y escenas atravesaron la mente de Félix. La biblioteca, el taxi donde le cogió la mano por primera vez, el beso en el puente bajo un paraguas rojo, los mensajes de texto antes de ello. El funeral de la madre de Kagami, su eterno viaje a Japón, su violín, su canción. Orfeo y Eurídice. El dolor de saberla amante de otro. El baile de primavera, con ella entre sus brazos, preguntándole si tendrían alguna vez una oportunidad. Y volvió a pensar en Adrien, en sus manos sujetando a Marinette, justo por debajo de sus pechos. Pensé en Adrien y de aquella vez en que le pidió prestado un preservativo.
Un mariposa más murió en su interior.
Todos esos días, miles de mariposas habían muerto.
Un genocidio volador, imaginario, inexistente.
Una masacre.
¿Algún día dejaría de amarla? ¿O esa furia, ira, agobio, era justamente porque la quería? Apretó los dientes, al no tener respuesta.
Todo él estaba inconexo, perdido.
Así que cuando volvió al Hotel, exhausto y deprimido, no pudo reaccionar, no hizo ningún amago de apartarse cuando Zoe Lee le abrazó en la recepción.
Todavía pensaba en su novia, en su esquiva y dulce, déspota y amable, novia. En sus labios rosas y su cabello negro. Sus fieros ojos azules y su fría voz, cuando se enfadaba.
- Félix. - murmuró Zoe en su oído, apretando aún más su abrazo. - Has vuelto. Bienvenido -
Zoe había visto a través de él. Félix era imperturbable la mayoría de las veces. E inexpugnable. Y hoy, en ese día, Zoe lo había comprendido, practicamente sin decir una sola palabra. Sin explicarse. Casi telepatía.
El abrazo le ardió en el pecho, y en las mejillas. Se ruborizó inexplicablemente. Hacia tanto que no le abrazaban. Hacia tanto que nadie le recibía bien en ningún sitio.
De pronto, a Félix le cayó la revelación que si algo le hubiese pasado, si un coche le hubiese atropellado, un rayo le hubiese caído, o quizá tan solo haberse tropezado, a nadie, absolutamente a nadie le hubiese importado.
Un escalofrío, profundo y sostenido, le recorrió el cuerpo.
La soledad nunca le había dolido tanto como ese día.
Quizá si su padre estuviese vivo, o si su madre no se hubiera vuelto a casar. Si tan solo no se hubiera enamorado de la novia de Adrien. O si la madre de Kagami no hubiera fallecido justo el día en el que besó a Marinette.
Zoe no lo dejó por un buen rato. Le dio calor y seguridad. Algo de confort. Cuando lo soltó, él tenía las mejillas sonrosadas porque nadie lo tocaba por tanto tiempo y de esa bonita forma. Zoe rio, envalentonada, metió la mano en sus bolsillos y sacó de ellos un par de pulseras de plata. Había una plaquita en cada pulsera. Ella le entregó una a Félix, la de él tenia grabado, por un lado, su nombre entero - Félix Graham de Vanilly - , muy claramente. Mientras que por el revés en letras capitales, Zoe Lee Bourgeois había mandado grabar "Alergia al Gluten. Celiaquía".
Con manos temblorosas, Zoe le colocó la pulsera en la muñeca derecha de Félix, la que usaba para llevar el arco sobre las cuerdas del violín.
Sonrió al ver que le quedaba a la perfección.
Le tendió, tímidamente, su propia pulsera para que fuera él quien se la pusiera.
Y él lo hizo, claro, en un gesto obvio de camaradería.
Zoe relucía de lo contenta que estaba. Había preparado desde días antes, aquel regalo. Lo estuvo pensando por un tiempo. Desde siempre, para ser exactos. Había soñado con darle algo único y especial, algo que sólo tuviera un significado entre ellos. Así como él le dio un identidad. Ella le daría importancia. Valor. Porque también para ella, él era un ser precioso. Huraño, inteligente, serio, celiaco, alérgico.
Chloe, su vil hermanastra, le había contado hace algunos años, su anafilaxia al gluten. La sabía ella por Adrien, porque Adrien había sido quien le metió la tarde de cumpleaños en la boca, aquella vez en Londres.
"No sé porqué no lleva una etiqueta colgada del cuello" , comentó alguna vez Chloe Bourgeois, Así todos sabrían que es un bicho raro y especial, que puede morir si le entra una molécula de gluten en el cuerpo".
A Zoe le pareció que ponerle un collar con una lámina de plata con su alergia inscrita, era muy digna de un animal. Pero no de Félix. Investigó por su cuenta, y resolvió que mejor un objeto relativamente llamativo, pero no tanto.
El gluten y Félix. La adrenalina y Marinette.
Zoe suspiraba por la noches, totalmente enamorada.
Ella sabía su problema, desde hace tanto.
Ella lo amaba, desde hace tanto.
Así que ese día en el Hotel cuando Félix volvió de conversar con su novia sin llegar a ningún arreglo, ella decidió que ya era hora de entregarle lo que había preparado. Lo continuó abrazando mientras se quedaban en silencio. Los huéspedes del Hotel entraban y salían. Poco a poco iba anocheciendo.
Para Zoe, no había nadie alrededor de ellos, el tiempo no pasaba. Ambos, más ella que él, quedaron suspendidos en el tiempo, como si disfrutaran el uno del otro. Ya sea en silencio, o ya sea en público, con mucha gente observando.
- Gracias. - dijo por fin, Félix. - Es un buen detalle para conmigo. -
Zoe asintió, tragó un poco de saliva y jugueteó con sus dedos.
- Ha sido un largo día, ¿no es así? Y no has hecho los deberes que te traje. Que te parece si los hacemos rápido, antes de dormir. He pedido que nos suban la cena, sin gluten, por supuesto...a tu habitación. -
Félix abrió la boca, dispuesto a lanzar un "no, gracias" porque no asumió que quizá no era correcto que ella estuviera ahí, en su habitación, por la noche, después de pelearse con Marinette.
- Buena idea. - respondió Félix, de inmediato. Parpadeó sorprendido de sus palabras insignificantes y contrarias a lo que pensaba.
El intenso brillo plateado de la pulsera de Zoe lo distrajo de sus pensamientos erráticos. Suspiró, se metió las manos a los bolsillos y se dirigió hacia el ascensor. Estaba absolutamente serio. Sin embargo, se sorprendió de sobremanera, de hecho casi entra en pánico, al percatarse que Zoe había deslizado un brazo para colgarse delicadamente de él. Y mientras el ascensor subía, Félix notó un peso sobre su hombro, un peso cálido y confortable.
En el reflejo del espejo del ascensor, Félix se vio llevando del brazo, a una chica guapa y rubia, hacia su habitación de Hotel.
Se preguntó cómo demonios había llegado hasta ese punto, en qué se había equivocado para no tener a Marinette.
Otro fulgurante resplandor proveniente de su pulsera le arrancó los recuerdos de su, todavía, novia. Volvió a pensar en el Instituto, en su futuro, en las partituras de violín que todavía tenía pendientes, en sus propiedades en Francia, en el patrimonio que acababa de heredar, porque ya había cumplido los 18 años.
No notó cuando Zoe tiró de él por el pasillo, ni cuando ella abrió la puerta.
En menos de unos minutos, estaba cenando en su habitación, con Zoe Lee Bourgeois, la cual le había hecho un regalo importante.
No sólo le había regalado una pulsera donde se especificara su alergia.
Sino que le había arreglado el día.
Agradecido, Félix estiró su servilleta de tela sobre su regazo. Cogió su tenedor y su cuchillo y después de dar las gracias, empezó a cortar la carne y a comer la ensalada.
- Tengo dos escritores favoritos. - mencionó Félix, justo a mitad de la cena, y luego de un silencio confortable. - Shakespeare y George Martin, y sabes qué, tengo la firme convicción que no volveré a leer nada nuevo de ellos. Uno por que está muerto, y el otro porque no escribe. -
- ¿Crees que no tendremos nunca "Vientos de Invierno"? La esperanza es lo último que se pierde. Todavía me pregunto si de verdad ése será el final de Jon Snow. El final que vimos en la serie. -
Félix bebió un largo sorbo de agua y se limpió los labios con la servilleta, justo antes de hablar.
- Tal vez estamos en el multiverso de George Martin y veamos, múltiples finales. -
Zoe sonrió, tenuemente y un arranque de valentía, siguió cavando hondo.
- Hablando de finales, dentro de unos días será la final del futbol, y juega el Chelsea, lo trasmitirán en un pub inglés, uno que queda cerca de aquí. Habrá cerveza Guinness. -
Félix alzó su muñeca, hizo retintinear su pulsera.
- La Guinness tiene gluten, Zoe, moriré hinchado como un pez globo rojo si la bebo. -
Zoe bufó, avergonzada por su error. Lo mejor sería hacer una lista de todos los alimentos que contengan gluten.
- Lo lamento, no lo sabía. Pero podríamos...-
- Puedo beber agua, en cambio. Además, podría usar mi bufanda del Chelsea. -
Félix se obligó a sonreír, al ver cómo la culpabilidad inundaba el rostro de su amiga. Aunque no tuviese la misma sonrisa que su primo, Félix tenía un ligero encanto al estirar los labios: los ojos le brillaban y un ligerísimo rubor pintaba sus mejillas. Zoe se dio cuenta de inmediato. De ese pequeño gran efecto que tenía la felicidad de Félix sobre ella.
¿Sabes cuando has amado de verdad?
Le latió tan fuerte el corazón, que Zoe pudo jurar que saldría corriendo de su pecho. Cerró lo boca, por si se le ocurriese huir por ahí. Se mordió los labios e intentó contener la enorme sonrisa que le nacía.
No tuvo éxito.
- Es una cita, entonces. - proclamó, triunfante.
¿Sabes cuando has amado de verdad? Cuando tan sólo de verlo feliz, sin ser tuyo, te brinda la energía necesaria para alegrarse para sonreír. La vida es buena, si él está bien. Ése es el amor de verdad.
Zoe lo supo ese día.
Supo que no volvería a amar a nadie, como lo amaba a él. Tan en silencio, tan acaparador. Ojalá se detuviese el tiempo. O se acabase el mundo. Ella no había tenido una madre que le enseñase esas cosas, o un padre que siquiera las mencionara. Tan solo tuvo una hermanastra egoista, una madre ausente y un padre negligente. Ella no sabía lo que amor. Pero Félix le enseñaría, tendría toda la vida para hacerlo.
"- Es una cita, entonces. -"
Félix asintió en silencio. Estaba distraído contemplando el postre y tratando de discernir si tenía o no gluten.
Tuvo dudas. Le pareció descortés preguntarle los ingredientes. Así que optó por lo más fácil. Tomó una manzana, la puso sobre su plato y procedió a cortarla en tacos, sin ensuciarse los dedos.
- Una cita con Félix Graham de Vanily. - pensó Zoe, mordiéndose otra vez los labios. - Después de tantos años. Después de tanto tiempo. -
Zoe lanzó un fuerte suspiro que obligó a Félix a levantar la mirada de su plato, lleno de trocitos de manzana recientemente cortada.
Conversaron de varias cosas, durante un poco más de tiempo. Ella le explicó los tema que debía leer, y todo lo que había que escribir, redacciones, trabajos. Ya era muy tarde cuando ambos terminaron.
Al despedirse, Zoe rozó con sus labios la piel de la mejilla de Félix por más tiempo del necesario. Repitió la operación en la otra mejilla. Respiró suavemente, cuando cambió el beso del lado derecho al izquierdo. La punta de su nariz pasó raspando los labios de él. Tembló como una hoja, entrecerró la mirada, se perdió en su calidez y en sus esperanzas.
- ¿Tienes frío? - le preguntó Félix, mientras le abría la puerta.
- No. - susurró Zoe. - Estoy muy bien contigo. -
Por largos segundos, ella le sostuvo la mirada. Era una mirada radiante y húmeda, llena de aprecio y cariño. Aunque ella no hubiera insinuado nada, ni le hubiera hablado sobre el amor, sobre la amistad, Félix volvió a sentirse tranquilo y calmado, como si no hubiese habido ningún problema aquel día.
Lejos quedó su pelea con Marinette, su angustia por no conectar con ella.
El dolor latente del rechazo de su novia murió imperceptiblemente ante la fuerza de la mirada verde de Zoe Lee Bourgeois.
La pulsera en su muñeca latía y ardía a la vez.
No estaba hecha de plata, sino de fuego.
De vidriagón, indestructible y punzante.
Cuando se tumbó sobre su cama para dormir, Félix Graham de Vanily había cambiado sus preocupaciones y sus agobios, por una alegría placentera ante la grata presencia de su amiga.
Un último pensamiento sobre si el Chelsea ganaría la final de la Copa le invadió la conciencia. Lamentó, como siempre lo hacía, no poder tomar cerveza gracias al gluten que podría contener. Y pensó finalmente, en la esquiva relación con su novia.
- "No me entiendes. No me escuchas. No me quieres." -
¿Entonces ella no se sentía amada?
Amistad o amor. Hace mucho tiempo, él había descubierto que ambas cosas eran uno y a la vez, ninguno. Distintas e iguales. Repartidas o aglomeradas. Amistad o amor. Zoe le había acompañado en sus horas más grises. Le había dado de comer y le había regalado una pulsera. Lo escuchaba, y hablaban de cosas que durante mucho tiempo, él no tuvo con quien hablar.
Amistad o amor. Odio o cariño.
Algo iba aprendiendo en su curso sobre el amor. Era un imbécil. Un soberbio. Un mustio. Pero sincero y leal. O eso creía. Y también creía que era inteligente. Por eso, abrió los ojos, aterrado, al descubrir cual era la motivación de Zoe Lee Bourgeois.
Sus regalos. Su cena. Su cita para el ver el futbol. Sus lecturas favoritas.
No.
No podía serlo. Ella era su amiga. Zoe era su amiga. La quería como amiga. Necesitaba preguntarle a Marinette sobre ese tema. Básicamente, cuando ambos estuvieran reconciliados. Ella era más perspicaz y lista, y tenía muchísima experiencia queriendo. Probablemente, Marinette pudiera ayudarlo, confirmando sus suposiciones.
Súbitamente, recordó que su novia Marinette no le hablaba.
Chasqueó la lengua y se volvió una y otra vez en la cama.
¿Ganaría el Chelsea? ¿Podría tocar a Vivaldi sin equivocarse esta vez? ¿George Martin acabaría Juego de Tronos? ¿Marinette le volvería a hablar? ¿Estaba Zoe enamorada de él?
La soledad volvió a arremeter. Extrañaba el tacto de la piel de Marinette, y su voz cadenciosa y dulce. Quiso abrazarla, pero sólo tenía a su almohada junto a él.
Suspiró, frotó sus ojos. Pensó otra vez en Marinette.
Y cayó dormido, pensando en ella, en el Chelsea, en sus libros, en su violín y en Zoe.
- Marinette. - murmuró ininteligiblemente, abrazando aun mas a su almohada.
Pero Marinette estaba lejos de ahí.
A ella le importaba eso cada vez menos.
A él le importaba ella cada vez menos.
Les había costado tanto amar, y ahora, y después, y si ellos...
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Os agradezco que sigais leyendo esta pequeña historia que me está costando tanto darle forma. Recientemente perdí mis archivos en fanfiction, por falta de uso. Asi que he podido rescatar algun capitulo pero casi todos los avances estan perdidos.
Aviso que el final sera felinette, pero vamos a tropezar horriblemente, muy pronto 0.0... A Felix se le reunirá el ganado -.-
Muchos abrazos.
Paciencia conmigo.
Atte,
Lordthunder1000.
