Capítulo 19

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Cuando Sam salió prácticamente disparado de la cabaña no tuvo tiempo de procesar lo que estaba haciendo. Solamente tenía en mente a donde tenía que dirigirse. Sus acciones se realizaban en piloto automático.

En su acalorada carrera no había tiempo para detenerse a pensar o a sentir, ya que, si hacía eso terminaría por derrumbarse en el suelo, envuelto en lágrimas y lamentos.

Después de manejar por más de diez horas se permitió buscar un motel. Podía sentir como se tambaleaba del cansancio, pero por muy exhausto que estuviese no podía evitar pasar por alto su ritual de limpieza. Así que, arrastrando los pies se dirigió al baño, gimiendo de gozo cuando el agua caliente golpeó su cuerpo.

Cuando Sam era solamente un niño de seis años, tenía la absurda certeza de que las personas morían de viejas. Así tenía que funcionar el balance de la vida, ya que sería demasiado absurdo e injusto que una persona muriese apenas iniciando su vida. Ahora Sam se ríe de lo ingenuo que era a esa edad.

Para morir únicamente hacía falta estar vivo, y en algunas ocasiones demasiado deprimido. Demasiado hundido en la porquería, y eso fue lo que le pasó a Stephen. El mundo se le vino encima a su mejor amigo.

Antes de que las horas de sueño llegasen, Sam regó la almohada con sus lágrimas. Su vida estaba patas arriba y lo que había parecido una puerta camino a la esperanza, solamente había sido el más infame de los espejismos en el desierto.

La muerte de su amigo pesaba en su corazón. Pesaba más que la muerte de una madre que nunca conoció, más que el odio y desprecio de un padre siempre ausente. Stephen había sido su primer amigo duradero, su primer contacto con un mundo donde lo sobrenatural era un cuento de hadas, una patética mentira.

Más lágrimas aparecieron a lo largo de la noche. Sam se sentía como algún tipo de plaga. Todo lo que tocaba lo dañaba.

Por su mente pasó el fugaz, pero doloroso pensamiento de que quizás si él no hubiese entrado en la vida de Stephen este seguiría aún con vida y sin ninguna mancha en su vida como la de haber sido un adicto.

Apenas logró obtener unas tres horas de sueño cuando la alarma comenzó a sonar de forma estrepitosa. Con ojos hinchados miró la pantalla del celular para verificar la hora, ignorando deliberadamente las llamadas perdidas de Dean y de Bobby.

Una ducha rápida logró poner un poco más de vida en su rostro demacrado. La idea del desayuno parpadeó en su cabeza junto a la imagen de su hermano, pero realmente dudaba que pudiese pasar bocado alguno por su garganta. Con la idea de comer algo más tarde, Sam tomó las llaves del Impala y abandonó la habitación.

Ciertamente la paciencia nunca había sido uno de sus puntos fuertes. Sentía que llevaba horas en esa inmaculada sala de espera, cuando realmente tenía a lo mucho unos quince minutos de estar allí. El estar en esa clínica abrió una puerta hacia la nostalgia y también trajo consigo el recuerdo del momento en el que conoció a Stephen, ese momento donde supo que ese chico alocado, bromista y con aires de Don Juan sería alguien importante en su vida.

Sam sabía más que cualquiera que nada ni nadie duraba para siempre, pero al salir de la vida de cazador pensó crédulamente que las cosas cambiarían. Al ya no perseguir a los monstruos ellos ya no lo perseguirían a él. Lástima que olvidó que allá afuera existían mil y un maneras de perder a un ser querido sin que terminase siendo por medio de un hombre lobo o un vampiro.

El sonido de alguien aclarándose la garganta lo arrastró de regreso a la realidad en esa clínica de desintoxicación.

—¿Sam Winchester?

—Sí, soy yo —Sam se sintió nervioso al estar cerca de alguien que no fuese su hermano o el chatarrero. Su aislamiento social había atrofiado toda su capacidad para interactuar con el mundo exterior.

—Soy Clint el director de esta clínica. Lamento las circunstancias de esta reunión —Clint miró al joven frente a él con una mezcla de alivio y tristeza. Sam no supo cómo reaccionar ante esa mirada, solamente atinó a mover la cabeza en un breve asentimiento.

Un silencio incómodo se formó en el aire hasta que Clint se aclaró la garganta e invitó a Sam a pasar a su oficina para tener un poco de privacidad. Siendo el camino liderado por el director, Sam lo siguió, quedándose unos cuantos pasos atrás.

Un regusto amargo se formó en la garganta del castaño al transitar por los largos pasillos de ese centro de ayuda. Allí se respiraba desesperación y tristeza. Y no es que pudiese culpar al sitio por ello. Eso es lo que obtienes cuando reúnes a un montón de personas rotas en un mismo lugar.

A Stephen le estaba yendo muy bien, o eso es lo que le contaba a Sam en cada ocasión que podían hablar. Quizás una de las consecuencias de la drogadicción era desarrollar un fuerte caso de mentira crónica.

Sam abandonó sus pensamientos cuando Clint lo invitó a tomar asiento. La oficina del hombre era tan acogedora que no daba la impresión de estar en una clínica de drogadicción.

Antes de que el silencio incómodo pudiese continuar, Sam decidió dejar de lado las introducciones e ir directo al asunto.

—En el mensaje decía que Stephen… —tragó pesadamente, tratando de evitar que su voz flaqueara al mencionar a su amigo—. Decía que Stephen dejó algo para mí.

—Ah sí, claro. Déjame ver donde lo puse —Clint esculcó entre los papeles de la gaveta del escritorio, sacando del fondo del desorden un sobre blanco—. Llegué a pensar que no vendrías. Lo lamento, los días seguían pasando y pensé que… —se disculpó con una pequeña sonrisa—. Vale más que lo guardé.

Sam sostuvo el sobre entre sus manos. A simple vista perecía ser tan insignificante como cualquier otro sobre, pero a diferencia del resto, este era tenebroso. Ese pedazo de papel bien podría estar en blanco, o contener las últimas palabras de su mejor amigo.

Sintiéndose entumecido por unos breves momentos, permitió que su máscara cayese a sus pies. Una lágrima rodó por su mejilla, delatando lo cerca que estaba de romperse. Con un fuerte manotazo limpió rápidamente la evidencia de su dolor.

—Gracias por guardarla —acunó el sobre contra su estómago—. Creo que es hora de irme.

Habían mil preguntas en la cabeza del menor de los Winchester, muchos cómo, porqué y dónde. Todas relacionadas morbosamente sobre su amigo.

—Espera, Sam —dijo Clint, deteniendo el acto de huida del joven.

—¿Si? —habló dubitativo.

—¿Cómo conociste a Stephen? Sólo tengo un poco de curiosidad —agregó al ver la duda escrita en el rostro del chico. Claramente estaba afanado por abandonar ese lugar ¿y quién no?

—Nos conocimos en la universidad. Llevábamos la misma carrera.

—Seguramente serás un gran abogado —dijo Clint con una sonrisa sincera—. Sé que perder a un amigo es difícil, y puede terminar siendo muy agobiante el tratar de seguir adelante sin ese ser amado. Puedo ofrecerte el número de algún consejero. Aunque, supongo que irás al de tu universidad.

Sam carraspeó odiando ese momento. La mención de su carrera solamente ocasionaba un sentimiento de asfixia en su pecho. Él había luchado tanto por conseguir esa beca, y cuando al fin la obtuvo la tiró por el caño. Momentos como esos hacían que Sam ansiara con desesperación la droga. Ese blanquecino líquido recorriendo sus venas silenciaría las preguntas dolorosas, borraría las miradas de lástima y sepultaría el horrible hecho de en quien se había convertido.

—Sí, claro. Acudiré con el consejero de la universidad —comentó con una sonrisa tensa, rascándose involuntariamente el brazo de los disparos. Clint no perdió ninguno de los nerviosos gestos del joven.

—Parte de mi trabajo es detectar las mentiras y puedo decirte con precisión que estás mintiéndome. ¿Hace cuánto que no usas, Sam? —La sonrisa había desaparecido dando paso a una expresión analítica, profesional.

—¿Disculpe? —Sam se rio nerviosamente, mientras negaba con la cabeza—. No, creo que está confundido. Yo no soy así, no soy un… —La palabra murió en su boca. Sentía que estaba apuntando con el dedo y juzgando de la peor manera a su amigo. Cuando él también estaba en el mismo saco.

—¿Adicto? —terminó por Sam. Diciendo la palabra con mucho más significado del que se encontraría en cualquier diccionario—. Mira, no pretendo meterme donde no me quieren, pero este es mi trabajo. Y tengo un buen ojo para estas cosas, puedo ver cuando alguien se está hundiendo lentamente y me siento obligado a ayudar a quien lo necesite.

—Que bien por las personas de este sitio, tienen a un gran alma de su lado —Al parecer el Sam sarcástico no había desaparecido, simplemente se mantenía oculto, esperando el momento exacto para saltar y apuñalar con sus palabras al que fuese centro de su atención bienintencionada o no—. Yo no necesito ayuda, ya no.

—¿Ya no? —dejó el cebo para que el castaño lo mordiese. Sam no lo desilusionó.

—Sí, de acuerdo, era un adicto, pero ya no —La desesperación en decir esas palabras dejaba en claro que trataba de convencerse más así mismo que a Clint—. Ya dejé de usar. Así que, puede ir a ofrecer su ayuda a otra persona.

—De cierta forma nunca dejas de serlo. Sé cómo suena, pero no es tan malo —Clint vio la mirada tormentosa en el menor. Había visto tantas veces esa expresión en cada paciente que había ingresado en esa instalación. El inicio del largo camino a la desintoxicación era como arrastrarse sobre clavos ardientes.

Sam bufó con burla. La ironía es que fue allí solamente por un sobre y al parecer terminó con una terapia de abrazos digna de un libro motivacional.

—Si ese es su discurso motivacional, ya veo porque Stephen se suicidó —Justo cuando las palabras abandonaron su boca, Sam gimió internamente mientras cerraba los ojos con vergüenza. El arrepentimiento ardía dentro de sus entrañas. ¿Por qué últimamente no era capaz de conectar la lengua con el cerebro?—. Lo lamento. Realmente no pienso que sea culpa suya. Apuesto que es muy bueno en su trabajo. Pero estoy bien, gracias.

—Todos necesitamos ayuda, Sam —Clint no demostró dolor alguno ante las palabras anteriores del joven, y si las sintió no lo demostró.

—Sí, lo sé. Antes de que todo se fuera abajo creía que nada podría conmigo, que no necesitaba ayuda porque nada andaba mal sin importar todas las señales de emergencia. Pero ya podrá adivinar lo equivocado que estaba —rio con ironía. Su antiguo yo era tan presumido que en su afán de comerse el mundo se ahogó con sus engaños—. Mire, no estaré perfecto, pero le puedo asegurar que estoy mejor que hace algunos meses. Ya tengo mi propio sistema de ayuda, aunque a veces sea un dolor en el trasero.

—Te creo, y me alegro que sea así. Quiero que sepas que si alguna vez necesitas ayuda mi clínica siempre estará abierta para ti —añadió Clint mientras sacaba de una de las gavetas de su escritorio algunos folletos de la instalación y su tarjeta de contacto.

Sam apreció la oferta, claro que no estaba en sus planes aceptarla. Esa genuina preocupación sólo la había visto en tres personas, una ya muerta, y dos que seguramente en ese momento deseaban esposarlo a la pata de la cama.

—Gracias —añadió Sam, esta vez mas como su antiguo yo y no como la bestia temperamental que a veces tomaba su lugar—. Nuevamente lamento lo que dije antes. Se nota que usted es un gran hombre y se esfuerza en su trabajo —Para ese entonces sabía que estaba siendo adulador, pero era eso o dejar que el silencio incómodo creciese nuevamente en el aire.

Clint carraspeó un poco sonrojado por las alabanzas. Sam se sintió satisfecho al ver que aún no había perdido el toque.

—Antes de que te vayas, quiero darte algo —se inclinó hacía un lado en su silla para levantar una caja que tenía al lado de su escritorio—. Entenderé si no la quieres.

¡Lo sabía! Pensó Sam. Algo le decía que había gato encerrado. Lo primero que pensó al ver la caja fue que seguramente allí encontraría muchos más folletos sobre adicciones y quizás un manual tipo "¿Cómo dejar de ser un adicto en diez fáciles pasos?"

—Son las pertenencias de Stephen —comentó Clint como si le hubiese leído el pensamiento a Sam y le estuviese corrigiendo su error.

—Pero, esas son... ¿no debería de dársela a su familia? Seguramente ellos lo apreciarían —Sam se vio claramente confundido al estar recibiendo dicha caja.

—Solamente tu apareciste de todas las llamadas que realicé para notificar la muerte de Stephen —comentó Clint con amargura en su voz. La caja descansaba del lado del escritorio de Sam, quien la miraba como si fuese la mismísima caja de Pandora.

—Pero son sus padres. No pudieron simplemente no venir, algo tuvo que haber ocurrido—Sam tenía conocimiento en la rama de padres ausentes y despreocupados. Padres así sobresaldrían como un pulgar adolorido, y los padres de su amigo estaban muy lejos de ser un John Winchester—. Pero él decía que sus padres lo visitaban, ellos estaban allí para él. Él dijo...

—Al principio ellos se esmeraban en hacerle saber que estarían con él a lo largo del duro camino de la recuperación, pero entonces las visitascesaron y las llamadas disminuyeron hasta volverse inexistentes. Después de eso lamentablemente Stephen se deprimió y bueno, ya sabemos el final de la historia —El ceño fruncido en la cara de Clint le decía a Sam que el hombre guardaba rencor hacia los patriarcas Cooper.

Por un segundo Sam pensó que el hombre le estaba jugando una retorcida broma, empezando por la falsa muerte de su amigo. Por un segundo deseó que en realidad fuese una broma.

Sam recordaba las llamadas a su amigo en esa clínica. Al parecer ambos se engañaban mutuamente, diciendo lo que tranquilizaría al otro. Dios, que par de malditos mentirosos eran. Eran tan buenos que en cierto punto se habían terminado creyendo sus propios engaños.

Una desconcertante pregunta quemó sus entrañas.

—Si su familia no se presentó, ¿qué pasó con su cuerpo? —Para ese entonces, Sam ya estaba pensando como un cazador más. Suficiente había sufrido Stephen en vida como para terminar siendo un espíritu atormentado, atado a ese maldito lugar.

—Cosas como estás pasan más a menudo de lo que nos gustaría —Clint suspiró con cansancio—. Al no ser reclamados los cuerpos los cremamos y depositamos la urna en el cementerio San Clemente en un mausoleo que pertenece a esta clínica.

¿Realmente podría culpar a la familia de Stephen por tirar la toalla?

Tal parecía que el amor no lo podía soportar todo. Sam se preguntó cuánto le tomaría a su hermano tirar la toalla con él.

Sam salió entumecido de esa clínica, casi podría jurar que había dejado su alma regada por todo el suelo. Era demasiada información que digerir en tan solo un día.

Su teléfono seguía vibrando con intensidad sobre la mesa de noche al lado de su cama. Seguramente su hermano llevaba un récord de llamadas, saturando su casillero de voz y quizás no había dormido nada. La preocupación de Dean se sentía como hierro caliente en su piel, pesaba de igual manera que lo hacía la caja con el nombre de su amigo.

En un intento vano de dormir se tumbó de lado, más el sueño no llegó. Extrañamente la presencia de Dean era algo que necesitaba para sentirse a salvo y tranquilo.

Sin sueño y sin probabilidades de salir de esa habitación de motel, se vio atrapado en una sucesión de pensamientos. Una película de malas decisiones pasaba en su cabeza, pero también hubieron momentos donde recordaba la infinita paciencia de Bobby y de Dean para con él. Sus esfuerzos, sus compañías.

Sam nunca se había sentido tan malagradecido y miserable como hasta ese momento dónde recordó cuando al despertar en el hospital después de su intento de suicidio, la sola presencia de su hermano y del chatarrero le fastidiaban hasta el punto de lanzarles cuanto comentario hiriente le viniese a la cabeza. Mientras él buscaba desesperadamente la soledad, su amigo añoraba que alguien estuviese allí con él. Que alguien lo acompañase a lo largo de ese duro y difícil camino.

Quizás si Stephen hubiese tenido un Dean en su vida aun seguiría con vida.

Quizás todo el mundo debería de tener su propio Dean. Con ese pensamiento tonto fue que al fin cayó rendido del cansancio.
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Cuando despertó ya eran casi las tres de la tarde. Su cabeza palpitaba como cuando rodó por las escaleras de la casa de Bobby y se fracturó el brazo. Su estómago se encogió ante la sola idea de comer, pero claramente no llegaría muy lejos si se privaba de cualquier ingesta de alimentos, aún más en su precario estado de salud.

Quisiera o no tendría que pasar a comprar algo de comer antes de emprender el viaje de vuelta.

La caja junto con el sobre, ambos sin abrir, descansaban en el asiento de atrás. Aún no había tenido el valor de ver el contenido. Sam sabía muy bien que en cuanto abriese esa lata de gusanos sería irreversible y seguramente impedirían la sana y controlada conducción vehicular que tenía planeada para volver con su histérico hermano que al enterarse que se había ido sin aviso alguno, llevándose el Impala para conducirlo con un solo brazo, estaría hecho una fiera.

Una ensalada con tiras de pollo y tres cafés fue lo que Sam necesitó para sentir que podía pararse erguido sin sentir que caería por el suelo. Ahora que sus fuerzas habían sido brevemente rellenadas era tiempo de empezar a conducir de regreso a la cabaña de Bobby.

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Dean estaba enfurruñado en su cama, mirando con preocupación y enojo la cama de al lado. Allí es donde debería de estar cierto castaño, y no en quién sabe dónde.

Lo irónico de todo era que él le había aconsejado día a día a su hermano para que saliese de la cabaña. Claro que nunca imaginó que se lo tomaría tan a pecho como para largarse y dejarle tirado en ese laberinto de bosque.

La nota decía "Volveré pronto", pero ese pronto ya se estaba tardando dos días, quizás futuramente tres. Y lo peor de todo era que al su hermano no contestar el maldito celular abría una infinidad a pésimos escenarios en la mente de Dean. Siendo el peor una llamada telefónica donde le pidiesen ir a identificar un cadáver.

El miedo de perder a su hermano menor por su propia mano aun no desaparecía. Tampoco lo hacía el de verlo caer hasta el fondo en ese oscuro mundo de las drogas, pero muy en el fondo prefería la opción de la jeringa ya que era más fácil plantearle cara a un adicto que a un cadáver.

Estaban por ser las cuatro de la madrugada cuando Dean salió de su duermevela al escuchar el inconfundible sonido de su nena. Al principio pensó que era un sueño, quizás una alucinación, pero para su fortuna no fue así.

Antes de que Sam apagará el motor del Impala se vio abordado por la presencia de su hermano cruzando la puerta y llegando a su lado en unas cuantas zancadas.

—¿Qué demonios, Samuel Winchester? ¿Dónde diablos estabas? ¡Maldición! —Dean no paraba de proferir pregunta tras pregunta.

—¿Podemos hablar dentro de unas horas? Estoy muerto del cansancio —más de una vez se vio cabeceando, teniendo que hacer pequeñas paradas para quitarse el sueño aunque fuese a punta de cachetadas. No sería extraño si sus mejillas se viesen algo rojizas e hinchadas.

—Y una mierda con hablar más tarde. Vamos a tratar este maldito asunto ahora, Sam —Dean lo arrastró dentro de la cabaña, arrebatándole inmediatamente las llaves del auto—. ¿Cómo se te ocurre irte así sin más? Llegué y no estabas aquí.

—Te dejé una nota, Dean. Te dije que volvería y lo hice —La falta de sueño estaba nuevamente sacando a la bestia. Sam no quería ser grosero, pero Dean no le estaba dejando ni siquiera una vía despejada.

—Entonces es así de fácil. Te vas sin decir una palabra, y claro, como dejaste una nota. ¡Un maldito pedazo de papel! Entonces ya no hay problema —Dean gritó enfurecido. Su preocupación había sido colosal, y su hermano se escudaba tras un papelito.

—¡Dios, Dean! Volví, listo ¿quieres dejarlo así? —profirió con irritación.

—Maldito infierno que lo dejaré así. ¿Dónde estuviste? —Dean se interpuso entre el camino de Sam, bloqueándole el paso hacia la habitación.

—Dean, en serio estoy cansado, solamente quiero colapsar en la cama. Luego te explico —Sam se pregunta con ironía en qué mundo llegó a pensar que Dean lo dejaría así por las buenas. Su hermano era como un perro entrenado y estos no soltaban sus presas hasta someterlas.

—Muéstrame tus brazos —exigió. Dean podía sentir como sus manos picaban, no sabría qué hacer si al ver los brazos de su hermano encontrase marcas de aguja.

—¿Qué? —Sam sentía que lloraría de pura frustración. Estaba cansado, agotado tanto física como mentalmente,y lo único que quería en ese preciso momento era cerrar los parpados y na saber razón del mundo hasta el día siguiente, quizás más.

—Ya me oíste. Muéstrame o te juro que yo mismo buscaré las respuestas —su impaciencia crecía con cada segundo que pasaba y su hermano no daba señales de cooperar.

—¿Acaso te parezco drogado? —Si tan sólo Sam hubiese tenido la oportunidad de ver su imagen en un espejo no haría tal pregunta.

—Tu cara me dice que hay algo, pero no sabré hasta verlo con mis propios ojos —comentó a modo de dar una evasiva a la pregunta.

—Entonces déjame aclarar tu duda. Estoy limpio, no he usado desde... —fue interrumpido bruscamente cuando Dean lo tomó por los hombros y lo zarandeó con fuerza.

—¡Hazlo ahora, Sam! —La mirada atemorizante en el rostro del castaño le hizo dar dos pasos atrás—. Lo lamento. Solo hazlo, por favor.

Y así lo hizo, Sam se arremangó ambas mangas, ignorando la cara de asombro y de culpabilidad de su hermano al no encontrar lo que buscaba.

—Te dije que no había usado —sostuvo con dolor en su voz. El hecho de que Dean no le hubiese creído lastimaba más que cualquier mordida, rasguño o golpe de algún monstruo.

—Sam, yo...

—Déjalo —suspiró con cansancio—. Quieres que sea honesto contigo, pero curiosamente cada vez que lo intento no me das ni siquiera el beneficio de la duda.

—Lo siento, Sam. Pero tú huiste, pensé que...

—Sí, me fui, pero volví. ¿Es que acaso eso no cuenta para ti? —Para ese entonces Sam ya no esperaba respuesta de su hermano. Simplemente lo pasó de lado y se dirigió a la habitación. El mundo pintaría mejor desde las profundidades de sus sábanas.

Sam se preguntó si sería así en el futuro, si a cada lado que fuese su palabra sería cuestionada por las malas decisiones tomadas en su pasado.

Por muy muerto del cansancio que estuviera no se encontró conforme hasta que se dirigió a tomar una ducha. Para cuando regresó a la habitación, Dean ya se encontraba en su respectiva cama, contemplando la sabiduría de su silencio.

Los minutos pasaron, convirtiéndose en horas. Ninguno de los hermanos estaba durmiendo, era notable en sus respiraciones y también en la tensión que se sentía en el aire.

La voz del menor de los hermanos rasgó el silencio de la madrugada. Atrayendo la atención de Dean como la luz atrae a una polilla.

—¿Recuerdas cuando Stephen llegó y te hizo pensar que él era mi novio? —Sam sonrió ante el recuerdo. El dolor punzante en su pecho era agonizante.

Era un inicio de conversación algo vana, pero Dean no le miraría el diente al caballo regalado. Quizás era más de lo que merecía después de haber zarandeado, gritado y acribillado con acusaciones a Sam.

—¿Qué si me acuerdo? Casi me da un infarto. No es que sea homofóbico ni cosa por el estilo, pero bueno no estaba preparado para recibir esa noticia de golpe. Está bien para sí lo eres, ya sabes —Dean tropezó con sus palabras, carraspeando de forma incómoda. Los sentimientos nunca habían sido lo suyo, pero ahora parecía una diva de telenovela.

—Tenías esa típica mirada de "si lo lastimas te mataré" —se rio.

—Esas pensaban ser mis futuras palabras a tu amorcito. Claro, justo después de digerir la noticia —Dean rio al imaginar cómo hubiese sido dicha escena. Seguramente hasta hubiese quitado el seguro del arma para hacer llegar el mensaje fuerte y claro—. Le pateare el trasero en cuanto lo vuelva a ver.

—Demasiado tarde para eso —musitó Sam.

—¿A qué te refieres? ¿Sam? —Un extraño sentimiento se empezó a formar en la boca del estómago de Dean. Algo en la voz de su hermano le anunciaba la cercanía de una tormenta emocional.

—Querías saber dónde estaba. Bueno, fui a... —soltó un suspiro tembloroso, clavándose las uñas en la palma de la mano—. Él murió —soltó como una fuerte exhalación.

—¿Quién? —De pronto Dean se sintió aturdido ante el rumbo que estaba tomando esa conversación. Las piezas empezaban a calzar en su rompecabezas.

—Después de que te fueras a cortar leña, busqué mi celular para llamarte y decirte que había cambiado de opinión, solo que tenía un mensaje de voz de hace ya unos días.

Sam suspiró con pesar al relatar lo que había sucedido con su amigo. La devastación había cruzado el rostro de Dean al saber que Stephen había decidido acabar con su vida al colgarse con las sábanas de la cama. Quizás sintiendo lo cerca que había estado de perder a su hermano.

—¿Por qué no me dijiste? Pude haber ido contigo —No era el momento de reclamaciones, pero sentía dolor al saber que pudo estar allí para su hermano, pero este no lo quiso así.

—No espero que lo entiendas, pero era algo que necesitaba hacer sólo. Quizás… —Sam se aclaró la garganta adolorida al retener todo el dolor que luchaba por ser liberado—. Quizás era el maldito empujón que necesitaba para salir.

—Sam, no hagas esto —Dean sintió como se le estrujaba el corazón al escuchar el dolor y las lágrimas en la voz de su hermano.

—¿Porque no? Solo hizo falta que mi mejor amigo se suicidara para que saliera de mi escondite —sin percatarse era la primera vez que admitía su miedo por el mundo exterior. Una risa temblorosa cruzó los labios de Sam—. Dios, soy patético.

—No digas eso, Sam —Dean estuvo tentado de encender la luz de la habitación, pero algunas cosas era mejor hablarlas en la confortable oscuridad—. Has pasado por mucho y aun te mantienes en pie, no eres patético.

Una risa hueca y falta de humor le puso los pelos de punta a Dean,

—¿Crees que me mantengo en pie? Lo único que hago es arrastrarme por la vida y si estoy vivo no es por mi fortaleza. Estoy vivo porque no podía irme sin disculparme contigo, sin dejarte unas últimas palabras. Fallé, Dean.

El sentimiento de querer morir aun no había desaparecido como por arte de magia, pero esta vez ese sentimiento se veía rodeado de una asfixiante culpa al saber que el dolor de saber que si realmente no hubiese fallado en ese momento Dean estaría sintiendo el mismo o más dolor del que él está sintiendo ante la muerte de su amigo.

Ambas veces. Pensó Sam, conservando ese dato para sí mismo por el momento.

—Y no sabes cuánto me alegro de que me hubieses mandado ese mensaje. Para ti es un fallo, para mí no lo es —Dean optó por dejar esa charla para horas más apropiadas y darle un descanso al chico—. Realmente lamento la muerte de Stephen, me hubiese gustado conocerle más.

El silencio reinó por unos minutos, seguramente Dean pensando que Sam ya se había dormido o que había optado por ignorarle.

—Gracias por seguir aquí —musitó Sam.

Una lágrima se perdió en su cabecera al imaginarse lo desesperado y solo que había estado su amigo para llegar a no querer vivir. Sam lo comprendía, él había sentido lo mismo, pero ahora tenía a Dean y por una vez en su miserable vida sería agradecido por lo que tiene.

—¿Dónde más estaría? Duerme, Sammy.

Dean no tuvo que pedirlo dos veces, ya que, en cuestión de segundos la suave respiración de Sam le llegó. Dean rezó porque esta vez su hermano tuviese un descanso y no le agobiasen los malos sueños.

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Dean despertó a eso de las ocho y media de la mañana. Dios, se estaba volviendo un holgazán con su horario de sueño y seguramente en el futuro lo lamentaría. Una mirada a la cama contigua a la suya le mostró que su hermano aún seguía profundamente dormido y por lo visto sin señal alguna de pesadillas o recuerdos dolorosos.

Una vez que estuvo seguro que Sam estaría bien se levantó con todo el sigilo posible y se fue a tomar una ducha para despejar el sueño de sus sentidos.

Dean no se extrañó cuando Sam no se quiso levantar a desayunar. Por muchas ganas que tuviese de meterle a la fuerza la comida por la garganta, decidió sabiamente darle su espacio a Sam. Claro que antes se aseguró que volviese a retomar sus medicamentos, ya que al parecer cuando hizo su pequeña fuga no se molestó en tomarlos consigo.

Sus instintos protectores gritaban por entrar en la habitación y cuidar de su hermano, aunque este no lo quisiera. Pero también estaba su lado empático, ese que comprendía que Sam necesitaba pasar el duelo de perder a un ser amado.

Sabiendo que lo mejor sería ocupar su cabeza en otra cosa, se dirigió al encuentro de su bebé. Necesitaba saber si tenía que patearle el trasero a Sam por no saber cuidar a su chica.

Todo estaba en orden, nada roto, húmedo o sucio. Lo único fuera de lugar era una bolsa de compras y una caja de cartón. Y justo cuando su mano se dirigía directo a la caja, vio que en un costado tenía una etiqueta con el nombre del amigo de su hermano.

Las pertenencias de un muerto eran algo de qué preocuparse. Dean lo sabía y Sam también, pero no sería él quien pusiera el cerillo encendido. Sam tendría que pasar por ese trago amargo y estaba seguro de que lo haría bien. Su hermano era la persona más valiente que él conocía, aunque este no lo supiera ver.

Ignorando la caja al tomar la bolsa de compras descubrió con alegría el contenido de esta. Sam había sabido jugar bien la carta del perdón. El gran pedazo de tarta de manzana se veía tan apetitoso y fresco, pero si seguía en ese ambiente más tarde que temprano se echaría a perder y Dean jamás permitiría eso.

A eso de las once y media de la mañana fue que Dean vio un atisbo de su hermano, saliendo de la habitación hacia el baño.

—Es mejor que te apures o el desayuno se terminará de enfriar —gritó Dean, viendo que la puerta del baño aún permanecía cerrada.

Conforme los minutos avanzaban Dean se ponía cada vez más nervioso y no fue hasta que escuchó la ducha cerrarse que pudo respirar con tranquilidad.

Sin prestarle atención a la presencia de su hermano, Sam salió del baño y se dirigió nuevamente a la habitación. Esa mañana se sentía molido física y mentalmente, quizás fuese por la ardua conducción que hizo en su partida y regreso, por su poca alimentación o por su ya actual depresión sumada con la tristeza abrazadora de haber perdido a su mejor amigo.

Sam sabía que estaba defraudando a su hermano con esa actitud tan derrotista, pero estaba cansado de fingir que todo estaba bien cuando claramente no lo estaba.

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Dean se había prometido darle su espacio a Sam para que pasara el duelo de su amigo, pero cuando se trataba de su hermano menor sufriendo no podía hacerse a un lado como si nada estuviese sucediendo.

Dos días habían pasado desde el regreso de su hermano, y solamente dos días fue lo que Dean aguantó. Claro que antes de salir corriendo a tirar del cabello de su hermano para sacarlo de esa habitación, optó por llamar a Bobby y dar sus quejas para recibir un consejo más racional que sus propias ideas.

—Duerme mucho, apenas y come algunos bocados para que lo deje en paz ¿no sé qué hacer, Bobby? —comentó sentado en el capo de su bebé, mirando brevemente a la puerta de la cabaña, como si temiese que Sam le escuchase quejarse con Bobby.

—Mi más sabio consejo para ti es que dejes que se revuelque en su dolor —agregó Bobby con simpleza.

—¿Qué? —definitivamente no era lo que esperaba escuchar.

—¿Prefieres que el chico finja que todo está bien, que se trague todo ese dolor y luego explote?

—¡Dios, no! —Dean pensó que una explosión más en la vida de su hermano sería el punto detonante para guiarlo nuevamente al abismo.

—Sam ya está en un estado emocional frágil y lo menos que necesita ahora es el constante acoso de su hermano mayor —Bobby comentó de forma casual.

—Solamente deseo ayudar —Dean casi se pudo escuchar gimotear.

—Lo sé y él lo sabe, pero trata de entenderlo, su mejor amigo murió. Dónde él fracasó su amigo triunfó, eso debe de joderte de cierta forma la cabeza y más aún si estas sumido en una gran depresión.

Al escuchar esas palabras Dean sintió que su sangre se helaba al pensar que en ese mismo momento su hermano pudiese estar envidiando el triunfo de su amigo. Claro que también se vio contrariado al sentir culpa al verse aliviado de que el fallecido hubiese sido Stephen y no Sam.

—Dale tiempo, Dean —la voz del chatarrero le sacó de sus cavilaciones—. Procura hacerle saber que estás allí para él.

—Gracias, Bobby, por todo.

Dean finalizó la llamada y se fue a preparar más de su arte culinaria. Y siguiendo el consejo de Bobby, le daría el tiempo que su hermano necesitase.

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No fue hasta una semana después de haber abandonado el "nido" que Sam tocó el tema de su partida. Era de noche como casi siempre que ahondaban temas de corazón abierto, curiosamente la noche se había vuelto la confidente de sus sentimientos.

—Lamento haberte preocupado —dijo Sam—. Seguramente estabas fuera de tu piel por mi repentina partida. Debí de esperar a que regresaras y no dejarte solamente una escueta nota. Lo siento, Dean.

Por un segundo Dean se quedó perdido acerca del evento que mencionaba su hermano, hasta tuvo ganas de preguntarle qué a que se refería. Pero en cambio solamente se quedó desconcertado por unos minutos al saber que Sam estaba desenroscándose de su caparazón. Bendito sea Bobby Singer y sus buenos consejos.

—Oh no, estaba más preocupado por mi bebé que por tu escuálido trasero, Samantha —comentó Dean. Ambos hermano sabían que era mentira, pero era más entretenido fingir normalidad.

—Aja, por el auto. Lo que tú digas Dean —Sam bufó con un breve intento de diversión—. Lo que sea que te ayude a dormir.

—Claro que sí. No quería saber que te habías lanzado a un barranco al estilo Thelma y Louise con mi bebé —a pesar de la broma un escalofrió recorrió la columna de Dean al imaginarse dicha escena.

—Admito que lo pensé —un jadeó sorprendido se escuchó salir de los labios de Dean. Sam sonrió con malicia—. Pero no podría hacerlo sin mi Louise.

Dean sabe que debería de sentirse asustado, pero en cambio su corazón se calentó de una forma que no lo había hecho en meses. Entre líneas Sam le estaba diciendo que le necesitaba aunque no lo expresase así y él estaría allí sin importar que con los cambios de humor de su hermano le mandase a volar cuando se sintiese sofocado con su sobreprotección.

—Me alegro por eso, Sam.

Igual yo. Pensó Sam más optimista de lo que había estado la semana pasada.

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