Capítulo 20

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A la mañana siguiente de haberse disculpado con su hermano y haberle nombrado honoríficamente su Louise, Sam se sintió cansado de llorar, de revolcarse en su miseria, de estar encerrado en esa habitación, quizás era que estaba mejorando o que los antidepresivos estaban cumpliendo su función y parchaban todo lo feo con una postal de una sonrisa.

Después de haber estado casi una semana en la cama, exceptuando para ir al cuarto de baño, sentía que sus músculos ardían con cada paso.

Esa mañana Sam se dispuso a volver un poco a su normal rutina, ducharse, tomarse los antidepresivos con unos cuantos bocados de comida y leer un libro, sólo que esta vez no fue encerrado en la habitación sino sentado en el porche con el cálido sol mañanero.

Tanto había sido su estadía en la sombra de un techo que a los pocos minutos de estar recibiendo un baño de sol, sintió que su cara se calentaba. Por lo menos sus brazos estaban protegidos con sus camisas de manga larga.

Quizás una media hora de estar en su lectura, Dean apareció y se sentó a su lado en la banca. Se le notaba un poco nervioso, como si tuviese que decir algo pero no sabía cómo iniciarlo.

Los minutos pasaron y Sam pudo sentir como la mirada de Dean le quemaba más que los rayos del sol.

—Escúpelo ya, Dean —dijo sin levantar la vista del libro.

Dean se aclaró la garganta, luciendo un poco avergonzado. No quería empezar el día con una pelea, esos últimos días habían sido relativamente calmados. Dean esperaba con temor a que cayese el otro zapato.

—Nos estamos quedando sin leña y necesito ir por más —anunció, deseando por un momento que Sam se hiciese el desentendido y poder seguirle el juego.

—Si me estás invitando a ir no tengo ánimos para ir de excursión hoy —Sam comentó de forma despreocupada, pasando la página de su libro.

—Sam, no puedo dejarte solo —comentó, viendo que realmente no estaba leyendo, su ojos permanecían en un costado del libro.

Dean aún se encontraba un poco conmocionado de los sucesos recientes, tanto de la huida de su hermano como de la muerte de Stephen, y aún más sorprendido de ver a Sam sentado fuera de la habitación. La falta de reclusión le daba a su hermano una mejor imagen.

—No me pienso ir, Dean. Seguiré aquí cuando vuelvas, lo prometo —cerró su libro y centró su mirada en Dean—. Puedes llevarte las llaves del auto si quieres, pero en serio que no quiero salir a dar un paseo.

—¿Quién dijo algo de dar un paseo? Vamos a recolectar leña y tu me vas a ayudar a cargar.

—¿Con mi brazo roto? —Sam bufó con diversión, sabiendo que si realmente fuese con Dean este le envolvería en algodón para cuidarle hasta de las hormigas.

—Cierto —murmuró, pensando en el cambio de táctica—. Bueno, puedes…

—Puedo quedarme aquí —le interrumpió Sam.

—Sam, quiero confiar en ti, te juro que quiero hacerlo, pero todo ha sucedido tan pronto. No puedo dejarte solo, lo siento.

Sintiendo como su buen humor se le escapaba, Sam se levantó y se fue a la habitación. Su intención era dejar las cuatro paredes que eran su falsa seguridad, pero nuevamente se encontraba siendo llamado a su viejo hábito.

Acostado boca arriba, viendo el cielorraso, se centra en la oscuridad, el silencio y la soledad que le rodea en esa habitación. Una opresión en su pecho se expande de forma alarmante, oprimiendo sus pulmones y acelerando su ritmo cardíaco. La comezón en sus brazos vuelve con más fuerza, dejándole ansioso de una aguja profanando sus venas.

Sam se levanta de golpe, caminando de forma errática por la habitación, el hormigueo en sus venas le desespera hasta el punto de rascarse el brazo bueno hasta dejar largas marcas de arañazos en su piel.

El dolor es un cable que le conecta a tierra, sabe que es un método peligroso. No puede permitirse una nueva adicción, ya su vida está lo suficientemente jodida.

Sam puede sentir como la piel de su brazo palpita por los rasguños y antes de añadir más daño se calza las zapatillas y sale en busca de su hermano.

—Bueno, ¿no querías ir a buscar leña? —Lo encuentra sentado en los escalones del porche.

—Pensé que no querías ir —comentó Dean.

—Si, bueno, todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión ¿vamos?

Dean le lanzó una mirada escrutadora a Sam, deteniéndose con visible alarma al ver el brazo remangado, ignorando deliberadamente la muñeca donde se encontraba una cicatriz que aún le causaba escalofríos. Ese era un tema que tratar, algún día que no fuese ese.

—¿Qué le sucedió a tu brazo?

—Me corté las venas, ¿no recuerdas?

Y allí estaba, otra vez el aguijonazo en sus cambios de humor.

—Sam —Dean tuvo que respirar profundo para calmar su propio temperamento que amenazaba con explotar—. Me refiero a las marcas más recientes.

—Oh, eso —comentó Sam con indiferencia—. Me rasqué sin darme cuenta.

El silencio reinó el ambiente, creando una tensión que pronto sería hecha añicos. Como siempre fue Dean quien no aguantó tensión, pero en vez de explotar se levantó y tomó el brazo de Sam entre sus manos, evaluando el daño, evitando por todos los medios aquella cicatriz mayor.

—No rascaste tan fuerte para sacar sangre, así que, no necesitas vendaje ni limpieza de daños. Ve por tu chaqueta y entonces nos iremos.

Tanto Sam como Dean estaban internamente sorprendidos, Dean por su calma ante la situación y Sam por la falta de gritos e histeria por parte de Dean.

Sam fue por su chaqueta no queriendo objetar por primera vez.

Sam notó que más que una búsqueda de leña era un paseo, después de caminar unos treinta minutos fue que Dean comenzó a recoger leña en una saca de lona que llevaba colgada al hombro.

Sam argumentó que con su brazo roto era completamente imposible levantar una vara de madera, Dean simplemente bufó haciéndose el indignado. Lo cierto era que Sam no era capaz de ayudar a su hermano y no por su lesión sino por su falta de fuerzas.

Sam se apoyó a un árbol, tratando de normalizar su respiración. Bobby, Dean, los doctores, todos ellos le habían estado advirtiendo sobre su precario estado de salud y él había estado haciendo de oídos sordos, pero es en ese momento donde una simple caminata de media hora le dejaba jadeando, sudoroso, débil y casi viendo puntos negros. Su condición física actual es muy distinta a lo que era antes.

Y así es como le encuentra Dean, sentado en el césped con la espalda apoyada en un tronco y casi dormido.

Dean se agachó para estar al nivel de su hermano, su mano se dirigía hacia el hombro de este, pero a su mente vinieron todos esos momentos donde Sam se había sobresaltado por un toque inesperado.

Dean miró las facciones relajadas de su hermano y sintió como su corazón se estrujaba y la garganta se le cerraba de dolor. Sam apenas tenía dieciocho años, en dos meses cumpliría los diecinueve. Tan malditamente joven para tanta tragedia.

En un esfuerzo casi titánico Dean logró mantener las lágrimas a raya, ese no era momento para llorar. Su prioridad era y será siempre mantener a salvo a su hermano y si antes había fallado trataría de ya no hacerlo. Era hora de llevar a su hermano a casa, ese bosque no era un lugar apropiado para dormir.

—Sam, Samm…

Dean se lo pensó dos veces antes de terminar el mote, sintiendo como la bilis le subía la garganta. No, él no le daría gusto a ese hijo de puta que ganase, ya le había quitado suficiente a Sam como para apropiarse de ese nombre que era solo de ellos dos.

—Hey, Sammy, despierta.

Sam se removió incómodo por haberse quedado dormido en esa posición. Un vistazo a su alrededor le dijo que no había transcurrido mucho tiempo.

—¿Terminamos? —dijo Sam, restándole importancia al hecho de estar durmiendo de buena mañana en el suelo.

—Si, ya terminé —bufó Dean, levantándose y colgándose la bolsa repleta de leña al hombro.

—Bien, cuando lleguemos a casa te pondré una estrellita por tu valentía —Sam sonrió con burla bienintencionada.

Sam se levantó demasiado rápido, no queriendo dar más munición a su imagen de debilidad, pero al llegar a enderezar toda su altura sintió como el mundo se le movía y si no hubiese sido por los rápidos reflejos de su hermano hubiese terminado de cara al suelo.

—Estoy bien —soltó antes de que Dean pudiese formular la pregunta—. Me levanté muy rápido y mis piernas aun seguían algo dormidas.

—Vale —Dean le sonrió forzado, no queriendo soltar su agarre de Sam, pero teniendo que ceder.

Ambos hermanos emprendieron su regreso, para Dean no pasó desapercibido que Sam respiraba con algo de dificultad y que su paso eran más lentos, más arrastrados. Quizás una caminata de una hora no había sido la mejor de las ideas para alguien quien que la mayor actividad física había sido rodar por las escaleras de Bobby.

Dean sentía que le estaba fallando a Sam como por quinta vez en ese año.

Dean se acercó a Sam y sin pedir permiso colocó su mano sobre el costado de Sam para que pudiese apoyarse al andar. Al principio sintió como el cuerpo del castaño se tensaba, pero conforme avanzaban se relajaba y pasaba el brazo enyesado por encima de los hombros de Dean.

Era patético necesitar ayuda para caminar, pero sentía que si no contaba con un mínimo apoyo terminaría arrastrándose por el suelo en un intento aún más patético de caminar.

—Gracias, Dean

—No hay problema, Sammy

Dean infló el pecho con orgullo al notar como Sam se encontraba en confianza con su cercanía y como no se molestaba con el mote.

Pasitos de bebé.

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Al llegar a la cabaña Sam se dirigió de inmediato a la ducha, argumentando acerca de la suciedad del suelo y el sudor en su cuerpo.

Dean vio con frustración como su hermano seguía abrazando con insistencia esa manía de estar limpio, Dean no le juzgaba, sabía el porqué lo hacía su hermano, solamente le gustaría no ver que basaba sus rutinas a causa de las acciones de un desgraciado, mismo despojo humano que tenía que empalar en su machete.

Tratando de guiar a su mente a pensamientos no tan enloquecedores que solamente le dejarían enojado con el mundo, optó por centrarse en la cena, dándose cuenta que estaban faltos de comida.

Un viaje al pueblo sería necesario si quería poner más carne en los huesos de su hermano. Cuando volvían de recoger leña pudo sentir las costillas de Sam mientras le ayudaba a caminar.

Dean esperó con las llaves de su nena en la mano, Sam siempre se tomaba su tiempo cuando tomaba una ducha, pero Dean decidió que si su hermano no salía en los próximos cinco minutos entraría a ver que todo estuviese en orden.

—¿Vas a algún lado? —preguntó al ver a Dean con la chaqueta puesta y las llaves en la mano.

—Estamos faltos de comida y tenemos que ir al pueblo a abastecernos.

—Si sigues diciendo "tenemos" te voy a patear —Sam caminó hacia la habitación y se tumbó boca abajo en su cama.

—Sam, lo hablamos en la mañana, no te puedo dejar solo —Dean suspiró temiendo la misma reacción de la mañana.

—Dean, si no te diste cuenta estoy cansado. Ve al pueblo que yo voy a dormir un largo rato —las palabras salían ahogadas por la presión de su cara en la almohada.

—Sam, no te puedo dejar solo. Lo sabes.

—¿Porqué no? Aquí no hay alcohol, ni drogas, si quieres puedes llevarte todos los cuchillos de la cabaña y así cuando vuelvas aún me encontrarás con vida y sobrio —agregó con tono mordaz.

—Esto no es gracioso, Sam —gritó Dean ante la mención de repetir el escenario sangriento.

—¿Me ves riendo? Claro que no es gracioso, es asfixiante. Mira —Sam se dio la vuelta y se sentó con la espalda pegada al respaldar de la cama—, Quieres protegerme, lo entiendo y lo agradezco, pero a veces me ahogas, a veces quiero que me sueltes la correa.

—Yo solo quiero lo mejor para ti, Sammy. No me perdonaría si te vuelve a suceder algo malo por mi culpa —caminó hasta sentarse en el borde de la cama de Sam.

—¿Crees que me volví adicto a la morfina, o que me… lastimaron por tu culpa —sin importar cuanto tiempo pasase aun no se acostumbraba usar esa palabra que sería su diagnóstico de por vida—. ¿Crees que me abrí las venas por tu culpa, Dean?

—Sí.

—¿Qué? —Sam levantó la vista ante la sinceridad hiriente de esa palabra.

Sam se encontraba sorprendido por dicha afirmación y no tenía que preguntar a cuál pregunta estaba contestando Dean porque la respuesta era clara: a todas. Dean se culpaba por todo lo que le había sucedido desde que fue despedido por su padre de aquel motel.

—¿Acaso eres estúpido? —comentó Sam mucho antes de que Dean se cubriese de culpa infinita.

—Sam…

—No Dean. Empecé a consumir drogas por un estúpido error mientras estaba borracho, fue estúpido, pero me gustó y pensé que podría controlarlo, que no me consumiría, pero ya vez que no salió como lo planee —soltó una risa sin humor—. Lo de Barry… —Sam se congeló ante lo que acababa de soltar—. Mira, Dean, el punto aquí es que nada es tu culpa y yo…

—¿Quién es Barry? —exigió Dean.

Sam cerró los párpados y se maldijo una y mil veces por su descuido, sabía muy bien que a Dean nunca se le pasaba nada y ahora no soltaría el tema tan fácil.

—Barry era mi distribuidor —Sam tuvo que contener las náuseas al usar más de lo que le gustaría ese nombre.

—Mentiras, ese hijo de perra se llamaba Wallas, tu me lo dijiste —Dean podía sentir como su pulso se aceleraba y su visión se volvía roja de la ira—. Sam, ¿quién es Barry?

—Déjalo, Dean.

—Es el ¿no? Es ese hijo de puta que te lastimó

Dean se levantó de la cama mientras respiraba agitadamente, sus nudillos se tornaban blancos de lo fuerte que apretaba sus manos. El mal nacido que había lastimado de forma impensable a su hermanito se llamaba Barry, con tal de encontrarle Dean buscaría y torturaría a cada Barry del mundo con tal de hacer justicia.

Y como un balde de agua helada sobre su calurosa cabeza fue que Dean detuvo abruptamente sus pensamientos de venganza. Sam conocía el nombre del hombre que le había hecho daño.

Sam conocía a su violador.

—Conoces su nombre, lo conoces —Dean volvió a sentarse y miró a su hermano quien había decidido que la sábana era un muy interesante punto a admirar.

—Todo este tiempo supiste quien fue y no me dijiste —Dean siguió hablando ante el silencio de Sam—. ¿Porqué callaste algo como eso?

—Déjalo ¿quieres? —musitó sin ganas de pelear, más bien sin fuerzas para hacerlo.

—¡No, Sam, con un demonio que voy a querer dejarlo! Dios, Sam, el sujeto te violó y me pides que lo deje así.

Dean gritaba sin darse cuenta del estado apagado de su hermano. Sam había tratado por todos los medios dejar el asunto atrás, enterrarlo en lo más profundo de su memoria y pensar que era la trágica historia de otra persona. Se había estado distanciando tanto de su yo de ese momento que casi lo logra, o eso fue hasta que pronunció el nombre sin querer y Dean trajo el apocalipsis a su puerta.

—Si, Dean, me violó a mi, es mi cuerpo, mi tragedia y no quiero que te metas ¡Déjalo así! —soltó con un sollozo, importándole poco lo patético que se veía—. Ya no importa.

Dean salió hecho una fiera de la habitación, sino salía de allí cometería una locura mucho peor que zarandear a su hermano y decirle que ya no eran familia. Dean se dividía entre volver a donde Sam y exigir información por todos los medios o ir al pueblo a por las compras.

Por primera vez desde el intento de suicidio de su hermano, Dean supo que ese era un buen momento para darse espacio mutuo.

—Voy al pueblo, vuelvo pronto. Llámame si ocupas algo ¿si?

Dean se asomó a la habitación, viendo a Sam acostado boca abajo respirando tan calmadamente que daba la impresión de no haber abierto una lata de gusanos minutos atrás.

—Sam, si ocupas algo…

—Si te ocupo te llamaré, estaré bien. Lo prometo —fue ese suspiro cansado al final de la oración que le dijo a Dean que la indiferencia que mostraba su hermano era solamente una fachada para mantenerse en pie y no derrumbarse ante el mínimo recuerdo del pasado.

Dios, como amaba a su fuerte y valiente hermano menor.

Movido por la necesidad de estar bien con Sam y hacerle saber que no estaba enojado con él sino con el despojo de ser humano llamado Barry, Dean caminó hacia la cama y se sentó al lado de su hermano. Guio una mano a la cabeza castaña, peinando el cabello de Sam.

Sam no dejaba de sorprenderse de cómo Dean podía abrirse camino en su cuerpo y no causar ni el mínimo estremecimiento, ya no. Dean era su manta de seguridad.

—Descansa, Sammy.

Un beso fue depositado en la coronilla castaña. Sam se dejó llevar por la tranquilidad que le proporcionaba su hermano. Mucho antes de que se escuchase el rugido del Impala Sam estaba dormido.

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Cuando Sam volvió a despertar supuso que no pasó mucho tiempo desde que su hermano se había ido. La necesidad de vaciar su vejiga le obligó a levantarse. Al regreso de su viaje algo le llamó la atención, en la mesa de la cocina estaba la caja con las pertenencias de Stephen.

Deliberadamente desvió su mirada de la caja y se dirigió al pequeño armario a buscar una sábana extra. No tener grasa en el cuerpo dificultaba el proceso de conservar calor.

El proceso fue fastidioso porque tuvo que sacar cada sábana de las repisas y buscar la que no estuviese tan olorosa a polvo.

¡Eureka! Gritó en su mente no sólo al encontrar una cobija limpia y cálida sino también por encontrar en el fondo del armario un botiquín de primeros auxilios.

Sam se movió en automático, sin darse cuenta pateó fuera de su camino las sábanas, alcanzó la caja blanca con una cruz roja en la tapa y la abrió con la respiración contenida.

Arrodillado en el suelo y con manos temblorosas abrió la caja y jadeó, dentro del botiquín habían gasas, algodones y cuanto artículo medico cupiese en un espacio tan reducido, incluyendo un vial de morfina.

—Mírate —dijo una voz a espaldas del castaño—. Todo feliz por destruirte

Sam se congeló del miedo volteando lentamente sin preocuparse por esconder su desesperación o ya sea el vial. Las palabras se encontraban atoradas en su garganta y fue hasta el quinto intento que pudo aclararse la garganta y hablar con algo de normalidad.

—No seas hipócrita, Stephen —sonrió con dolor y pena al ser sorprendido.

—No te ves muy sorprendido por mi porte de fantasma —Stephen enarcó una ceja.

—Quizás omití contarte que soy un cazador.

—¿Cómo es eso?

Sam procedió a sentarse de piernas cruzadas en el suelo, viendo como su amigo imitaba su pose, y fue allí mismo donde procedió a contarle el negocio familiar y también que le había engañado, no había dejado de usar, también le mencionó el intento de suicidio mas no lo que le había orillado a ello.

—Vaya, si no estuviese muerto seguramente estaría histérico por todo lo que me has contado, ya sabes, la muerte levanta las cargas de la vida —Stephen habló con algo de añoranza.

—No te veas tan nostálgico, vivir no es tan genial como lo publicitan.

—No, nunca es como te lo hacen creer —Stephen compartió una sonrisa cómplice con su amigo—. Pero es mejor que estar muerto.

—¿Cómo es mejor estar vivo, sufriendo?

—Cuando estas vivo solo puedes pensar en tu dolor, pero al morir tus problemas se aligeran y es allí que notas todo el daño que tu partida causó. Lo siento, te lastimé.

—No tienes porque disculparte, yo también lo intenté ¿recuerdas? —mostró sus muñecas marcadas—. Lo intenté y no pensé en ti ni mucho menos en Dean, solo… solo quería que todo se acabase, dejar de pensar, no sentir nada.

—Me alegro que fallases donde yo lo logré. Por lo que me has contado la vida en la que naciste no era miel sobre hojuelas y si alguien merece vivir y tener una buena vida, ese eres tú, Sam. Te mereces una buena vida y no la lograrás si mueres, no voy a ser hipócrita y decirte frases motivacionales, pero si no vives para ver el mañana no sabrás si pudo ser mejor, o si allí estaba lo que siempre quisiste. Sabes —dijo Stephen mirando a su amigo a los ojos—. Me arrepiento de haberlo logrado.

Antes Sam había tenido ganas de llorar, pero se había aguantado o eso fue hasta que escuchó el arrepentimiento de su amigo ante algo que ya no tenía vuelta atrás. La muerte era lo unico definitivo en la vida.

Sam lloró aún más al darse cuenta de lo idiota que había sido, al escuchar sobre el suicidio de su amigo se entristeció en gran manera, pero también se sintió un poco celoso, y ahora viendo el dolor y el arrepentimiento en Stephen solo puede desear poder traerlo de vuelta y estar agradecido con Dean por siempre estar allí.

—Lamento que no puedas estar más aquí, te extraño —comentó Sam entre gruesos lagrimones,— También lamento no haber estado allí para ti cuando más me necesitaste.

—Oye, no llores, compañero. No se si los fantasma lloran, pero si empiezo a llorar no nos podremos abrazar para consolarnos y eso sería aún más triste que mi muerte —bromeó Stephen, sorprendiéndose al poder poner su mano sobre el brazo de Sam—. Yo también te extraño. Mi familia me abandonó, yo me fallé a mi mismo, pero tu, tu nunca me fallaste, Sam. Ahora, déjame devolverte el favor.

—¿Cómo? —preguntó Sam ya más calmado, sorbiendo por la nariz.

—Dejando que me haga cargo de eso —señaló hacia el vial que tiempo atrás hubiese acelerado su pulso.

—Lo necesito, yo… —Sam se vio interrumpido ante una mano levantada, haciéndole callar.

—Lo que necesitas es dejar de usar, ser fuerte para volver a ser el Sam de antes —Stephen apretó su mano que estaba sobre el brazo de su amigo, luego soltó.

—Me temo que eso ya no es posible —comentó con un suspiro de melancolía escapando de sus labios.

—¿Porqué no?

—Hay cosas que cambian a una persona

—Cuéntame

Sam estuvo tentado de abrir su corazón ante su amigo y contarle todo lo que no se había atrevido a contarle a su hermano, y es que ese era el problema, Stephen no era Dean y si alguien era merecedor de escuchar la verdad era quien siempre estuvo allí. Además, Stephen estaba muerto y su sufrimiento había acabado, no sería muy justo ponerle sus cargas y hacer que su espíritu estuviese intranquilo y lleno de ira.

Por primera vez la picazón en sus brazos no era la sensación más llamativa de su día, sino la opresión en su pecho al ver a su amigo una vez más, una última vez. Y por primera vez en todos esos meses de consumo si le importaba defraudar a los demás. Pensar en la aguja profanando su piel y dándole ese subidón tan ansiado era orgásmica, pero la imagen se nublaba al imaginarse los rostros decepcionados de Bobby y de Dean, y para Stephen no necesitaba imaginar ya que le tenía enfrente.

Por primera vez y de buena gana Sam soltó su veneno y no mentiría diciendo que se sintió completamente bien, no, más bien fue una mezcla de emociones y muy en el fondo de ese cúmulo de sentimientos estaba el orgullo hacia sí mismo.

—Tienes razón, creo que no lo necesito —depositó el vial en la mano de su amigo.

—Siempre tengo razón—Stephen comentó con mofa, pero era claro el brillo de orgullo que sentía ante la acción de Sam, quizás aún había esperanza en uno de ellos.

—No te lo tomes a mal, me gusta estar aquí contigo, pero ¿qué sigue ahora para mi?

Por un loco y egoísta segundo, Sam pensó que podría atar a Stephen a su lado y así nunca le perdería realmente, pero siendo un cazador la lógica gritó por encima de las emociones. No podía dejar que Stephen se quedase atado a una vida a la cual ya no pertenecía, no podía permitir que su mejor y unico amigo se convirtiese en aquello que ellos cazaban.

—Ahora tienes que descansar

—¿Cómo se logra eso? Recuerdo que pasé un tiempo en la clínica después de morir y luego aparecí aquí —dijo Stephen, tratando de hacer memoria de los lugares en los que había estado "parpadeando".

—Para poner a descansar a un espíritu hay que quemar el cuerpo, pero cuando el cuerpo ha sido incinerado, como en tu caso, entonces hay que buscar cualquier objeto que al espi…

—¿Quieres dejar de decir espíritu? Háblame de tú, cazador experto —interrumpió Stephen con burla.

—Idiota. Como seguía sin que fantasmas de segunda me interrumpiesen con sus niñadas —soltó Sam con una sonrisa mal disimulada.

—Oye, estoy muerto no es necesario golpear al caballo caído —exclamó Stephen, logrando que Sam virara los ojos como por quinta vez en los últimos diez minutos.

—Stephen, tu cuerpo fue cremado y tal parece que me seguiste hasta aquí desde la clínica. Tus pertenencias en la caja —señaló con la cabeza la caja sobre la mesa—. Hay que quemarla con todos sus objetos dentro, así podrás descansar.

—¿Qué encontraré en el más allá?

—Espero que algo mejor que acá —lo tranquilizó.

—Bien.

—¿Quieres hacerlo ya? —preguntó Sam, tratando de imaginar la reacción de su hermano al llegar y ver un pequeño incendio provocado por su inestable hermano.

—En la noche ¿si? Quiero hacerle una visita a mis padres —dijo Stephen con un poco de malicia en su cara.

—Bien —Sam sonrió con complicidad—. Solo trata de alejarte de la plata, me lo agradecerás.

—Así que, supongo que esto es un adiós ¿no?

—Me temo que si —las lágrimas brillaban nuevamente en la mirada de Sam—. Te voy a extrañar.

—Yo también, hermano —Stephen se levantó, sacudiéndose polvo inexistente de sus pantalones—. Por favor cuídate y trata de mantenerte alejado de esa mierda ¿si?

—Lo trataré, pero no prometo nada —prometer tal cosa seria un error, Sam había aprendido por las malas que se necesitaba más que una promesa.

—Me conformo con eso. Cuídate.

Stephen se desvaneció llevándose consigo el frío de la habitación, Sam se sintió devastado, pero a su vez feliz por tener esa oportunidad de decir adiós y ser detenido antes de caer en las garras de su amada agonía.

Sam se acostó en el suelo, al lado de su desorden de sábanas y suministros médicos, ignorando todo para centrar su mirada en la luz del atardecer que iba creando líneas por la casa. Sam notó que conforme avanzaba la tarde la luz se iba desvaneciendo lentamente. Todo pasaba, nada permanecía para siempre. Ante ese pensamientos se preguntó si alguna vez su dolor se iría y quedaría relegado a un feo recuerdo. Se preguntó si habrán días mejores.

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Dean maldijo a la anciana que estaba delante de él en la caja del pequeño supermercado. Dean sentía que se salía de su piel por la desesperación de llegar con su hermano. Aún temía dejar a Sam con sus demonios.

Un suspiro de alivio escapó de sus labios al parquear el Impala frente a la cabaña. Tal alivio que Dean sintió se esfumó al notar que ya era entrada la tarde y las luces de la cabaña se encontraban apagadas.

Olvidando las compras en el auto, salió no queriendo correr y pensar en lo peor. Lo primero fue encender las luces con el apagador al lado de la entrada, lo segundo, hacer un escaneo visual por la habitación. Fue allí que vio a su hermano y el corazón de Dean casi se detuvo.

—Sam, Sammy —Dean zarandeó a su hermano. Feliz de escuchar el gemido de molestia al ser despertado.

—¿Dean?

—Si, Sammy, soy yo. ¿Quieres decirme que haces acostado en el piso?

Un segundo escaneo le dejó ver el desorden. El armario en la sala estaba abierto y todas las sábanas estaban esparcidas por el suelo, luego estaba el botiquín de primeros auxilios que se encontraba abierto, destilando peligro para Dean.

—No te hagas películas en la cabeza. Estaba buscando una sábana extra porque tenía frío y encontré el botiquín y pensé que allí podría encontrar pinzas y tijeras.

Después de tantas mentiras que había soltado Sam, siente que esta es de todas la mejor y no por lo fácil que es elaborarla y vendérsela a Dean, sino porque es una mentira que causará más bien que mal. Dean no necesita saber que estuvo a punto de recaer.

—¿Pinzas y tijeras? —el desconcierto de esas palabras dejó a Dean reduciendo su pánico y soltando su lengua como nunca—. ¿Así que no estabas buscando morfina?

—No. Además, obviamente tu aseguraste cada rincón de la cabaña ¿no? Ya aprendí que es tonto perder el tiempo buscando algo que no está —comentó ante el recuerdo de la noche que revolcó la cocina en busca de droga.

—Si, claro que todo lo dejé revisado —porfió, maldiciéndose por no haber revisado detrás del inofensivo montón de mantas.

Sam vio el dilema en la mirada de su hermano, decidiendo apiadarse de su hermano se levantó las mangas de su camisa revelando sus muñecas cicatrizadas y sus codos sin nuevas marcas de inyección.

Tal parece que Stephen en vez de ser un fantasma se había convertido en su ángel de la guarda, salvándole de ver la mirada decepcionada de su hermano en vez de esa mirada llena de dicha y si, orgullo.

—Lo siento, Sam.

—No, no tienes porque disculparte, solamente he sabido darte razón tras razón para desconfiar de mi palabra. Solo espero que algún día puedas volver a confiar en mi

Dean creyó que podría llorar de felicidad en ese momento, parecía ser una plática normal, pero Dean solo escuchó a su hermano hablar del mañana, y eso sólo podía significar la esperanza de un futuro.

Dean también esperaba poder volver a confiar en su hermano.

—Así que, ¿tijeras y pinzas?

Sam le contó cómo había encontrado el botiquín al buscar una segunda sábana para quitarse el frío, Dean le colocó dos más en la cama y de paso le hizo ponerse un abrigo. La inofensiva mentira fue que había querido quitarse los hilos de la frente y para eso necesitaba pinzas y tijeras.

Dean compró la mentira fácilmente y se ofreció a ser quien hiciera el procedimiento, teniendo el máximo cuidado para no lastimar a su hermano menor.

—¿Hambre? —preguntó Dean mientras se lavaba las manos.

—Un poco —otra mentira, pero mientras las palabras no dañasen a Dean daba igual.

Ante la breve afirmación a su pregunta, Dean se animó y se dirigió a preparar un par de hamburguesas con la carne preparada por él mismo, así podría agregarle un poco de monte a la de Sam.

Sentados a la mesa, Dean con dos hamburguesas y una cerveza, Sam con una hamburguesa y un jugo de manzana. Sam tuvo ganas de también pedir una cerveza, pero ya podía imaginarse el discurso sobre medicamentos con alcohol.

—Quiero quemar las cosas de Stephen —comentó de forma casual, tratando de darle tiempo a su estómago para que se acostumbrase a la rápida llenura.

—¿Estás seguro de querer hacer eso? ¿No quieres darle sus pertenencias a sus padres?

—Ellos dejaron de visitarlo al poco tiempo de estar en rehabilitación y cuando murió no fueron por su cuerpo, supongo que les puede importar poco lo que haga con sus cosas —agregó con un encogimiento de hombros—. Sí, estoy seguro, no quiero que Stephen tenga posibilidades de convertirse en lo que cazamos.

Dean asintió, tratando de controlar su furia interna. Él había dejado a Sam para que tocara fondo, pero lo último que imaginó fue que el chico fuese a ser atacado por un tipo diferente de monstruo que ayudaría a poner el último clavo en el ataúd. Cada momento que había estado alejado de su hermano había sido una tortura, mas nunca le abandonó del todo. No podía imaginar cómo los padres de Stephen simplemente se desprendieron de todos esos años de crianza, de la sangre que les unía.

El saber que si tan solo no hubiese escuchado a tiempo el mensaje de voz su hermano estaría muerto y su mundo estaría echo añicos y cada día el vivir sería una agonía.

Dean no podía imaginarse lo que tuvo que vivir Stephen hasta el día de su muerte al encontrarse solo sin una mano amiga, sin ningún tipo de consuelo. Abandonado a su suerte por aquellos que le dieron la vida y solamente debieron de haberle brindado amor y protección.

—Dean, ¿éstas bien? —Sam se sorprendió cuando vio que una lágrima se escapó del ojo de su hermano, luego otra hasta que estuvo llorando en silencio.

Ver a Dean llorar era una de las peores vistas de Sam, para él, Dean era invencible, su apoyo más grande y verle llorar era como si toda la esperanza del mundo se derrumbase y todo quedase sumido en la oscuridad.

—Estoy bien, no te preocupes, Sammy —Dean sonrió mientras se limpiaba precariamente la cara.

—Está bien si quieres llorar, yo lo he estado haciendo mucho últimamente —Sam comentó sabiendo cuan cierto era eso.

—Si, pero a los hermanos menores se les permite llorar mientras que los hermanos mayores son los que siempre limpian sus lagrimitas —Dean le guiñó un ojo a Sam, esperando el golpe y recibiendo algo muy distinto.

Sam se levantó de la silla y tiró del brazo de Dean para ponerle de pie y sin ceremonias cerrar sus brazos entorno a los hombros de su hermano mayor, devolviéndole un poquito de todo lo que Dean había hecho por él.

Dean se permitió llorar en los brazos demasiado delgados de Sam. Dean lloró al darse cuenta que esa era la primera vez que su hermano buscaba ser tocado sin entrar en pánico, apartarse o estremecerse.

Sintiéndose avaricioso Dean rodeó sus brazos en el torso demasiado delgado para un chico de dieciocho años.

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Esa misma noche Sam se reunió con Dean fuera de la cabaña. En la tierra yacía un agujero donde estaban las pocas pertenecías que Stephen había tenido en la clínica.

La gasolina junto con la sal ya habían sido arrojadas sobre la caja, siendo Sam quien sostenía la caja de cerillos.

La carta que había dejado su amigo había sido dolorosa, pero siendo leída después del encuentro fantasmal ya no dolía tanto, era absurdo, pero verle una última vez le quitaba el sabor amargo de la boca.

Una llama, eso era todo lo que hacía falta para que el último rastro de su amigo se evaporara.

El cerillo encendido fue arrojado y rápidamente las llamas se alzaron, devorando todo a su paso. Por segunda vez Sam deseó poder ser limpiado por las llamas, entrar al fuego y renacer como el fénix.

—Adiós, Stephen.

Adiós, Sam.

Sam se perdió de la aparición de su amigo a un costado de la cabaña, pero no Dean, quien al ver a Stephen se sobresaltó para luego sonreírle al chico, mientras este le miraba y le lanzaba un guiño para luego desaparecer en una tranquila luz que se perdió en la noche.

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Gracias por leer.