Capítulo 21

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Dos días después de poner a descansar el espíritu de su amigo, Sam seguía pensando en los folletos que le había dado el director del centro de rehabilitación.

Los había leído una y otra vez antes de echarlos en la caja que terminaría reducida a cenizas. El plan de rehabilitación sonaba bueno, de hecho mucho mejor que tratar de dejar las drogas por si mismo. Todo pintaba prometedor, pero ese centro al igual que cualquier otra institución del país tenían un fallo y era que ningún lugar tendría a su hermano en la nómina, y sin Dean no cree que pueda salir adelante.

Además, tendría que someterse a los toques de extraños y por el momento solo podía soportar ser tocado por su hermano y brevemente por Bobby.

Quizás para cualquier persona normal un centro de rehabilitación era la mejor opción, pero Sam no era alguien normal y Dean era su mejor apoyo.

Ya habían pasado casi dos meses desde su última dosis y los síntomas ya no eran tan fuertes, pero sin embargo la añoranza seguía allí, esperando el mínimo descuido para tomar control de sus acciones. Esperando la caída.

Un rápido vistazo al pasado le mostró que gracias a las drogas había perdido a su mejor amigo, había destruido la confianza de su hermano y tratado de la peor manera a quien siempre había sido como su padre. También, había terminado en la casa de un distribuidor donde había empezado el infierno que le seguiría de por vida.

Viéndolo desde ese enfoque las drogas era algo que tenía que sacar de su vida antes de que acabase con los pocos pilares que le quedaban.

También notó que la muerte era algo que ya no rondaba su cabeza con tanta frecuencia, ya al despertar no quería dejar de existir. Quizás fuesen los medicamentos, o la plática que había tenido con Stephen, quizás era la presencia de su hermano. Fuese lo que fuese le estaba ayudando a ver la vida con un lente más tolerable.

Aunque siempre existía el temor de recaer, de estar viviendo un momento pausado para volver a meterse en ese agujero negro donde lo más doloroso era ser incapaz de sentir algo.

—¿Qué haces, Sammy? —comentó Dean al entrar en la habitación que había sido la de Sam y encontrarle sentado en una esquina.

Sam sonrió con cariño hacia su hermano, era como si Dean tuviese un radar para la tristeza y pensamientos agobiantes, ya que, siempre aparecía en el momento oportuno.

—Pensando —comentó, estirando sus piernas de como estaba sentado estilo indio.

—Algún día te dolerá ese gran cerebro tuyo por tanto pensar —Dean tomó la respuesta de Sam como una aceptación a entrar y sentarse a su lado—. ¿Qué piensas?

—Estaba pensando en irme. Tranquilo que dije estaba, ya no —agregó al ver el terror mismo en la mirada de su hermano.

—¿A dónde? —dijo una vez que sintió que no le fallaría la voz.

—Cuando fui a recoger las cosas de Stephen el director no tuvo que echar un segundo vistazo para saber que soy un drogadicto. Me ofreció unos cuantos folletos y pues lo estuve revisando —Sam se sorprendió por primera vez en mucho tiempo al darse cuenta que le estaba hablando a su hermano con la verdad. Se sentía bien volver a ser la sombra de su antigua persona.

Dean sabía que sí su hermano aceptase ir a un centro de rehabilitación sería algo bueno, pero traicioneramente no quería que se fuese a un lugar donde no podía seguirle, un lugar donde no podía protegerle. Así que, esperó con su mejor cara seria.

—¿Y qué decidiste? —su hermano había dicho que no se iría, pero con los cambios de humor de Sam realmente nunca se sabía.

—Cómo dije, estaba pensando irme, pero ya no, me quedo aquí.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Tú —dijo con los ojos puestos en una mancha en el suelo—. Creo que he podido continuar solamente porque tu no te has rendido conmigo sin importar como te trate.

—Oye, todo está bien —Dean agregó con la garganta apretada.

—No, Dean. Nada está bien. Te mentí, te manipulé, te robé dinero y luego simplemente decidí que ya no valía la pena vivir y no pensé en lo mucho que eso te lastimaría. Fui un completo egoísta.

Esas eran las palabras que tiempo atrás Dean hubiese deseado escuchar para poder decir el "te lo dije", pero ahora solo sentía dolor por todo lo que había pasado entre ellos.

—Eran las drogas, Sam, tanto tu como yo sabemos que no hiciste todo eso siendo completamente tu. Ahora te estás desintoxicando y yo se que lo lograrás —Dean se mordió la lengua antes de soltar el "volverás a ser el de antes", Sam le había dejado claro más de una vez que ya nada sería como antes.

—Gracias por la confianza que aún me tienes —Sam se inclinó de lado, chocando hombros con su hermano, luego suspiró con pesadez—. Lamento tanto todo lo que te hice pasar.

—Oye, soy yo quien tiene que disculparse —Dean le dio una palmada en el flacucho brazo de Sam, llamando su atención de todos esos pensamientos caóticos.

—¿Por qué? Tu solo has sabido tenerme paciencia y ser bueno conmigo, aun cuando no me lo merezco —Sam admitió.

—Cuando me fui de tu apartamento dije cosas muy feas de las cuales me arrepiento todos los días. Dios, si tan solo me hubiese ido con la boca cerrada —se reprendió a sí mismo—. Sam, yo nunca me avergonzaría de ti, nunca. Estoy tan orgulloso de ti.

Sam no se podía creer lo que escuchaba, Dean estaba orgulloso de él, ¿cómo podía ser eso cierto?

—Sé lo que estas pensando, estoy orgulloso de ti desde que aprendiste tu primera palabra, desde tu primer paso, el último año no opaca el amor que siento por ti, ni cambia la forma en la que te veo —y allí estaba Dean Winchester, sincerándose desde lo más profundo de su ser.

Sam estuvo tentado de agregar una broma o sacar a relucir el desborde de sentimientos de quien preferiría enfrentarse a un hombre lobo que hablar de sus emociones, pero allí estaba su hermano diciéndole sin pena alguna que le amaba y que estaba orgulloso de el. Dean le estaba perdonando y a su vez le estaba dando una carta abierta para un nuevo inicio sin equipaje que cargar.

Dios, tenía el mejor hermano del mundo, ¿cómo se había atrevido a jugar con eso?

—Gracias, por todo —el peso que había permanecido por mucho tiempo en su pecho fue levantado.

Aprovechando que las líneas de conversación estaban abiertas, Dean decidió abarcar el tema que le tenía en vilo desde que su hermano había salido del hospital.

—¿Quieres morir? —Dean preguntó sin anestesia, rezando que la respuesta no le golpease de lleno en la cara.

Dean sabía que esa pregunta era muy cruda e invasiva, pero también sabía que Sam odiaba ser mimado y tratado como si fuese de cristal.

—Si esa pregunta me la hubieses hecho unas semanas atrás la respuesta habría sido un definitivo sí, pero ahora, ahora no estoy tan seguro. Creo que quiero eliminar el dolor, pero no eliminándome en el proceso —Sam suspiró con pesadez como si estar hablando le causase un gran trabajo—. No, no quiero morir.

Dean escuchó con el alma en vilo, al principio casi sufre un ataque al corazón cuando Sam dijo que no estaba tan seguro de si quería vivir o morir. Para Dean sería un fuerte golpe escuchar esas palabras porque si Sam quisiese morir nada podría hacer para evitarlo.

Fueron las últimas palabras de Sam que le devolvieron el aliento a su cuerpo. Sam, su hermanito menor, la persona más importante en su vida le estaba diciendo que no quería morir, que quería permanecer por más tiempo en esta vida. La vida de ambos.

Pero, ¿por cuánto tiempo sería eso?

—No sabes cuanto me alegra escuchar eso —comentó Dean con una sonrisa un poco tensa en los bordes.

—¿Pero? —agregó Sam, viendo el debate interno de su hermano, había algo que le carcomía.

—¿Tratarías de suicidarte nuevamente?

Sam guardó silencio, analizando la pregunta, para Dean fue como si su alma pendiese sobre cuchillas.

—¿Te soy sincero? —Sam jugueteó con las mangas de su camisa.

—Sí, por favor —comentó Dean envalentonado, aunque por dentro se pateaba por pedir la verdad y no quedarse con la hermosa fantasía.

—Sé que quieres escuchar que nunca lo haré, pero no puedo prometer eso. No puedo predecir el futuro y no quiero prometerte que nunca estaré mal porque es imposible, ya viste lo mucho que puede suceder en un año —comentó con amargura, señalándose a si mismo.

Fugazmente por su mente pasó el día que fue dado de alta del hospital y en la primera oportunidad que tuvo se tragó medio frasco de píldoras, prometerle un rotundo no a su hermano sería un acto muy cruel.

—Lo siento mucho, Sammy. Si tan solo hubiese estado más para ti —Dean guardó silencio ante la mano levantada de su hermano.

—¿Porqué haces eso? —suspiró con cansancio sintiendo como su lado sarcástico aún luchaba por salir.

—¿Hacer qué? —Dean se tomó la molestia de mirar a su alrededor y ver si estaba haciendo algo mal.

—Eso, culparte por mis decisiones. Soy el único responsable de terminar con una aguja en el brazo y cortes en mis muñecas —Sam suspiró, mirando sus muñecas pálidas y las cicatrices rosadas—. Suficiente es con el dolor que te he causado como para que ahora tu tengas que cargar con mis errores. Si quieres que mejore solo tienes que hacer una cosa.

—¿Cuál? —demandó el mayor.

—Deja de culparte por lo que yo mismo atraje a mi vida —agregó Sam.

Si Dean escuchó la súplica en la voz de su hermano supo actuar su papel fingiendo que no.

—De acuerdo, pero…

Dean se encontró sin palabras al divisar como debajo de una manga de su hermano se asomaba una cicatriz rosa e hinchada por la cicatrización.

—Oh, perdón. Se que te desagrada verlas —dijo al notar donde se había detenido la mirada de Dean.

—Vuelvo en un momento —acto seguido se levantó y salió de la habitación.

Sam intuyó que Dean se sintió agobiado por ver la evidencia de sus actos y por eso tuvo que salir corriendo. Sin realmente creer que volvería, Sam se levantó del suelo con un quejido al sentir como los huesos de su trasero se sentían adoloridos por tanto tiempo en el suelo.

—¿No te dije que me esperases? Bueno, no importa, aquí es más cómodo. Anda, préstame tu muñeca —Dean se acercó a la cama de su hermano y se sentó en el borde del colchón.

Una mirada curiosa nació en el menor al notar que su hermano sacaba de su bolsillo trasero un tubo de pomada.

—¿Qué es eso? —preguntó con curiosidad, ganándole el asombro cuando Dean procedió a dejar al descubierto las cicatrices.

—Es algo que pensé que te serviría, y sabes, para ayudarte a sanar y que elimine un poco las cicatrices, no es que me moleste verlas, es solo que, bueno tu piel es muy sensible y…

—Dean —Sam llamó la atención de Dean para sacarlo de su eterna divagación—. Deja de avergonzarte y aplica la crema, ¿quieres?

—Eres tan mandón en la cama, Sammy —Dean se congeló, sintiendo como su espalda se ponía rígida.

—Dean, no me voy a romper ante una broma. Dame más crédito, ¿quieres?

—Lo siento —comentó avergonzado ante su exagerada reacción. Se le había olvidado que su hermano era una de las personas más valientes del mundo.

Dean aplicó la crema en ambas muñecas, familiarizándose con ese nuevo juego de marcas. Esas cicatrices eran la evidencia de una batalla ganada, Sam estaba vivo a su lado y si el precio a pagar por poder verle y sentirle eran esas marcas, entonces Dean las amaría.

Sam se sorprendió al dejar que Dean le untase la crema, acción que él mismo era capaz de realizar, pero no quería, le gustaba sentir el toque de Dean. Le gustaba saber que no estaba tan roto, aún su cuerpo y mente reconocían el peligro de la seguridad.

—Bueno, esto ya está —Dean sonrió, cerrando la crema y echando una mirada satisfactoria a su trabajo.

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Una semana más transcurrió y Dean tuvo que hacer dos pequeños viajes al pueblo, el primero a comprar un repuesto para una tubería que se había reventado, y el segundo a comprarle un aceite a su nena. Dean sabía que tendría que hacer un tercer viaje y este sería acompañado de su hermano.

—Sam, ya lo hablamos —gimió al darse cuenta que llevaban toda la mañana estancados en el tema.

—Y ya te dije que no hace falta, tu mismo puedes hacerlo —Sam miró su brazo enyesado, maldiciendo por su idiotez de rodar por las escaleras.

—No es solo quitarte el yeso, tu brazo también tiene que ser revisado para ver si sanó bien —Dean trató de razonar—. Por favor.

—Dean, no.

—¿Por qué no, Sam? Dame una buena razón y te haré caso —Dean se cruzó de brazos, poniendo su mejor cara seria.

Sabía que estaba en una encerrada, por nada del mundo le diría a Dean que no quería salir por el mismo motivo que se recluyó en su apartamento en Palo Alto, aún no estaba listo para tocar ese tema, quizás nunca lo estaría.

—Esto no es justo —farfulló, pensando si existía la posibilidad de encerrarse en una habitación.

—Bueno, la vida no es justa. Nos vamos en cinco —Dean comentó mientras salía por la puerta.

A Dean le dolió ser tan duro con su hermano, pero era eso o permitir que su brazo no sanase correctamente y eso jamás lo permitiría.

Ante el ultimátum de tiempo, Sam se obligó a ponerse de pie de donde estaba sentado enfurruñado.

Por más que Dean trató de entablar alguna conversación con su hermano simplemente recibió un molesto silencio. Ni siquiera la música de la radio fue distracción. Con un suspiro de impotencia Dean se hizo a la idea que ese sería un día muy largo.

El yeso fue retirado sin complicación alguna y tras una atenta evaluación se llegó a la conclusión que había sanado perfectamente.

—Ya que estamos aquí, ¿te parece si vamos a darnos una vuelta por un parque que vi la última vez que vine aquí? —Dean esperó respuesta recibiendo nada más que silencio—. También podemos ir por uno de esos cafés dulces y femeninos que tanto te gustan.

Sam ignoró cualquier intento de conversación, estaba cansado y enfadado. Enfadado con Dean por no respetar su negativa a salir, enfadado por la mirada lastimera que le dedicó el médico cuando vio la cicatriz de la muñeca, después de eso fue tratado como si fuese de porcelana.

Las personas eran simplemente idiotas.

—O podemos ignorar este día hermoso e ir a casa —Dean comentó con cansancio al ver que Sam le ignoraba y caminaba hacia donde estaba estacionado el auto.

El viaje de regreso fue rápido y nuevamente en silencio. Dean se dirigió a la cocina a preparar una cena temprana, Sam se fue al cuarto vacío, sentándose allí con uno de sus estados de animo deprimidos.

Y así fue como le encontró Dean cuando le llamó a cenar, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, mirando a la pared de enfrente.

—¿Sam? Si quieres no me hables, pero tienes que comer —Dean se frustró—. ¡Sam!

—No tengo hambre. ¿Quieres dejarme en paz ahora? —masculló con voz ronca por el largo silencio.

—¿Qué diablos te sucede? —la paciencia era algo que Dean había perdido hace horas.

—Tu me obligas te a ir —escupió con enfado renovado al ver la tranquilidad de su hermano.

—¿Sigues enojado por eso? Era por tu bien, tu brazo tenía que ser revisado —Dean trató de razonar.

—¡Te dije que había sanado bien, pero tu nunca me escuchas! —gritó con frustración.

—Te escucho, Sam, siempre te escucho, pero no me pidas que te siga la corriente cuando tu bienestar está de por medio —Dean se movió, sentándose al lado de su hermano como hace unos días cuando hablaron acerca de las cicatrices.

La frustración era algo opresor en el pecho del menor. Dean no podía entender su enfado a no ser que él se lo explicase y eso no sucedería. Sin ánimos de terminar la discusión y abrazar la rama de olivo que su hermano le ofrecía, Sam se levantó y se dirigió a acostarse.

—Aquí vamos de nuevo —comentó el mayor a la habitación vacía.

Unas tres horas después de la pequeña confrontación, Dean terminó de guardar la comida sobrante en la nevera y se dirigió a la habitación encontrando al castaño dormido. Dean estaba feliz de verle descansar, pero insatisfecho al saber que no había probado bocado desde el desayuno, no podía permitir que eso se volviese nuevamente un hábito.

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Sabía que estaba soñando, pero en vez de mejorar la situación la empeoraba, ya que, se encontraba impotente en su propia cabeza.

La escena que se proyectaba era la misma que en la casa de Wallas exceptuando por una cosa, Sam no se encontraba inmóvil, él podía mover cada parte de su cuerpo y en vez de luchar o huir, procedía a recibir cada caricia de Barry y peor aún, estaba devolviendo el afecto.

—Más fuerte, Barry —Sam se escuchó decir a si mismo, queriendo poder silenciar sus sonidos de disfrute.

—Eres un chico sucio, Sammy, mi chico sucio —Barry mordisqueó el largo cuello del castaño.

—Quiero sentirte por días dentro de mi —Sam gimió de placer cuando sintió como su cavidad anal era llenada.

—Lo que pida mi chico, recuerda que luego usaré esa linda boquita —besó con rudeza y exceso de saliva la boca del menor.

Sam se despertó de golpe, en un segundo estaba en su cama y al siguiente se encontraba arrodillado frente al escusado vomitando sus jugos gástricos.

Había sido un completo estúpido al pensar que las pesadillas con referencia al ataque desaparecerían como por arte de magia. El trauma no había desaparecido, simplemente había optado por esconderlo debajo de mucha basura mental, esperando que con el tiempo se degradara.

Varios golpes después, más el intenso llamar de su nombre fue que Sam le dijo a Dean con voz temblorosa que iba a tomar una ducha.

Estando aún muy fresco el sueño, Sam se lavó con desesperación, raspando con sus uñas, queriendo quitar cualquier rastro aunque fuese imaginario.

Su piel se encontraba llena de rasguños sangrientos. Al poco tiempo de estar en la ducha, Sam se dejó caer contra la pared y lloró en silencio.

—Sam —Dean llamó nuevamente a la puerta viendo que ya habían pasado al menos unos quince minutos.

—Por favor, necesitas salir de allí —Dean esperó impaciente y no fue hasta que escuchó la ducha cortarse que pudo respirar con tranquilidad.

La voz de Dean le trajo de vuelta a la realidad, sabía que si no le daba al menos una señal de vida a su hermano, este tumbaría la puerta invadiendo su miseria y privacidad al hacer acto de su papel de salvador.

Estirar el brazo y cerrar el agua fue la parte fácil, la difícil fue coordinar su cuerpo entumecido para ponerse de pie. Su cuerpo temblaba violentamente por estar bajo el agua helada tanto tiempo a esas horas de la madrugada.

Secar, vestir y salir. Sam actuó en piloto automático siendo su último destino su cama. Acostado bajó dos sábanas su cuerpo seguía temblando en parte por el poco porcentaje de grasa en su cuerpo y también por la reciente pesadilla.

Dean no necesitaba ser un genio para saber de qué iba la pesadilla de su hermano y que la había desencadenado.

Su principal preocupación había sido la demora de Sam en el baño, pero al verle salir y acostarse en la cama a modo de trance y temblando como si estuviese en el Polo Norte le dejó aun más preocupado.

Varios intentos para llamar la atención del castaño fueron en vano, Sam seguía inalcanzable para el mundo. La preocupación aumentó cuando los temblores no se detuvieron. Dean no servía para sentarse a ver a su hermano sufrir y no hacer algo para evitarlo u ayudar.

Dean se levantó de su cama y se metió en la de Sam, un siseo abandonó sus labios al tocar la piel del brazo de su hermano. Sam estaba hecho un cubo de hielo, no era de extrañar que temblase con violencia.

Envolviendo sus brazos en torno al flaco marco de Sam, se acomodó lo mejor que pudo y más de una vez trató de no estremecerse ante esa piel helada que le recordaba tanto al estado de los cadáveres.

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Sam sentía que estaba desnudo en un páramo helado, siendo la oscuridad y los susurros lascivos sus únicos compañeros. Rápidamente los susurros se convirtieron en voces que con el pasar de los minutos se esclarecían hasta quedar las claras e hirientes palabras de John Winchester y Barry.

Ambos eran seres llenos de maldad, ambos eran una gran cicatriz en el corazón de Sam. Las voces fueron subiendo de tono hasta ser enloquecedoras. Sam se hizo un ovillo en esa gran negrura y tembló deseando que todo acabase.

Entre toda esa espesa y rancia oscuridad una luz llegó. Brillante, hermosa, agradable. La luz permanecía estática a unos metros de distancia, solo flotando. Sam entendió que si la quería tendría que ir por ella, pero ¿cómo avanzaría si sentía como ese cieno lo dejaba inmóvil?

—… todavía recuerdo cuando fuimos donde Bobby y tu tenías unos nueve años. Dios, estabas tan emocionado de contarle a Bobby que habías visto un venado en nuestra última cacería…

La respiración de Sam se detuvo no por miedo u el frío extremo sino por asombro.

Era Dean, su hermano era su faro en la oscuridad, esa luz que sin importar lo fuerte que fuese la tormenta le ayudaba a llegar a salvo a la bahía.

Los murmullos siniestros aún estaban allí, pero la voz de Dean los superaba. Con pasos inestables en en fangoso suelo caminó a paso lento pero decidido hasta dar con la bola de luz.

Toda oscuridad se desvaneció y el calor invadió poco a poco su helado cuerpo. Dean nuevamente había traído la luz a su vida y estaba en él seguir sumido en esa oscuridad que cubría sus días o abrazar la luz que siempre estaba allí para darle calor y seguridad.

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Quizás unas dos horas después de meterse en la cama de su hermano fue que Dean empezó a ver atisbos de conciencia en Sam. Un leve cambio en la respiración le dijo que estaba de vuelta de donde sea que se hubiese perdido en esa gran cabeza suya.

—La gente empezará a cuestionar tu hombría si seguimos compartiendo cama —Sam habló con voz ronca.

—Que se atrevan a decir algo y les daré razones de más para no meterse en lo que no les importa —Dean comentó levantándose para ir por un vaso de agua a la cocina.

—Gracias —Sam bebió ávidamente, devolviendo el vaso a su hermano.

—Sabes, tienes que dejar de bañarte en la madrugada o sino te convertirás en una chuleta congelada.

—Gracias por la comparación —bufó con diversión.

Sam pensó que ahora que había salido de su trance su hermano se marcharía a su propia cama y en la mañana harían de cuenta que ese momento no había sucedido, pero como siempre Dean le sorprendió.

—¿Qué haces? —inquirió al notar como el colchón se hundía y las sábanas eran levantadas.

—Acostándome. Pensé que eras el listo de la familia —Dean estuvo tentado de pronunciar el mote, pero no sabía de qué había ido el sueño de su hermano y no quería traer malos recuerdos.

—Eso lo puedo ver, pero ¿por qué no en tu cama?

—Esta ya la calenté y la mía debe de estar helada. Además, no quiero que vuelvas a enfriarte.

Sam sintió como su corazón se calentaba ante la constante preocupación de su hermano, tanto así que estaba dispuesto a abandonar su fachada de macho Alfa rudo para dar consuelo y acurrucarse en torno a su hermano menor.

Dean pasó un brazo por encima del pecho de Sam y sin poder contenerse besó la parte trasera de la cabeza castaña. Cada ves que pensaba en lo cerca que había estado de perder a este maravilloso chico sentía como su pecho se estrujaba en un dolor profundo. Dean no era de muchas plegarias, pero estaba eternamente agradecido a quien fuese le había permitido esta oportunidad.

El frío ya se había extinguido, pero ambos hermanos optaron por ignorar ese hecho y concentrarse en la calidez y la cercanía del otro. En ese último año habían estado a punto de perderse sin vuelta atrás.

—Tienes demasiada paciencia con un caso perdido como yo —dijo Sam.

—No eres un caso perdido, idiota —a pesar del insulto había cariño en la suave presión en el abrazo—. Además, he ido fortaleciendo mi paciencia desde que aprendiste a hablar y caminar.

—Soñé con él, no fue un sueño agradable —Sam agregó sin saber realmente porqué estaba compartiendo eso, más aún cuando era obvio que su abrupto despertar se debía a algo relacionado a su ataque.

—¿Quieres hablar de eso? —Dean se envalentonó y preguntó algo que claramente no tenía ganas de saber, pero por Sam enfrentaría al mismo Lucifer.

—Ahora no —ese momento era tan bueno como cualquier otro, pero no soportaba la idea de traer a ese sujeto y matar esa paz.

Dean meditó si debía dejar el tema o avanzar con valentía hacia la batalla. Obligando a Sam no llegarían a ningún lado, pero tampoco avanzarían si seguían caminando alrededor del problema.

—¿Lo conocías? —no hacía falta decir nombres, ambos sabían a quien se refería Dean.

—Algo así.

Sam respondió a medias, recordando lo molesto que se había puesto Dean al enterarse que todo el embrollo del bar había sido a base de mentiras. ¿Cómo reaccionaría su hermano al saber que se trataba del mismo tipo que le había besado a la fuerza cuando estaba alto como un cometa?

Dean asintió en silencio y guardó esa información para si mismo, ya tendrían tiempo para abarcar ese tema escabroso.

—Duerme, se nota que lo necesitas. Yo estaré aquí para ti —Dean no se perdió del suspiro de alivio que escapó de los labios de Sam.

Cuando la respiración de Sam contaba que estaba durmiendo, Dean contempló la quietud de la madrugada, sintiendo un atisbo de esperanza sobre el progreso de su hermano y también porque pronto podría ponerle rostro al tal Barry.

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A la luz del día y en un claro descuido de Sam fue que Dean logró divisar las marcas de rasguños en el cuerpo de Sam, claramente no estaba feliz con eso.

—No es como si lo hiciese a propósito, Dean —se quejó ante la indignación de su hermano.

—Lo sé, es solo que… —Dean no sabía cómo exponer su temor sin que le explotase en la cara su preocupación.

—¿Qué?

—No quiero que se te haga costumbre —soltó al fin y al cabo el mayor.

—¡Que no lo hago por gusto! —gritó ofuscado—. Es solo cuando me baño que me rasguño a veces.

—Para mi son más veces de las que son saludables las que sales como si un gato te hubiese aruñado, Sam —comentó sin reproche, deteniendo la futura protesta de Sam—. ¿Qué tal si probamos algunas cosas?

—¿Cosas? —Sam frunció el seño como si oliese algo en descomposición.

—Si, cosas. Solo escucha y antes de descartarlas piénsalo, ¿de acuerdo?

—Bien.

—Paso número uno, córtate las uñas y aunque te quieras rascar no te harás daño —el mayor planteó su punto con la seriedad con la que realizaba una cacería.

Sam estuvo tentado de agregar que siempre podría buscar algo más como un cuchillo o un tenedor para rascarse, pero su broma podría salirse de las manos ante un hermano sobreprotector y terminar con toda la vajilla en la cajuela del Impala.

—¿Y el número dos? —Inquirió levantando una ceja.

—Bueno, creo que esto no te va a gustar mucho, pero… —Dean fue interrumpido en su elocuente hablar.

—Presiento que no —achicó los ojos y le dio su mejor mirada de inspección a Dean, quien se retorcía.

—Deja de bañarte tantas veces —soltó sabiendo cuál sería la reacción que recibiría.

—¿Qué? No entiendes, lo hago por…

—Se porque lo haces y ese es el problema, tu no estas sucio, Sammy. No tienes que rasgar tu piel para quitar algo que no está allí.

Sam deseaba de todo corazón poder sentir la confianza que Dean empleaba, pero desde aquel nefasto momento podía sentir como permanecía el tacto de ese sujeto, y hasta el momento Sam se había empeñado en olvidar la sensación de un pene en su recto o peor aún, el recuerdo de una sustancia caliente llenando su interior.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo, saltando cuando una mano cayó sobre su hombro.

—Hey, soy yo. Tranquilo, parece que te perdiste por un momento —la mirada atormentada en su hermano le dijo en que recuerdo exacto se había perdido—. Ahora estás conmigo y yo jamás dejaré que algo te suceda.

Dean se vio en la necesidad de reforzar la seguridad de hermano mayor donde antes había fracasado.

—Lo siento —Sam se frotó la cara con las palmas de la mano, la frustración de perderse en esos recuerdos le hacía querer rascar hasta el hueso.

Anticipando los movimientos, Dean tomó las manos de Sam antes de que empezase la carnicería.

—A no ser que vuelvas a tomar a mi bebé sin mi permiso no tienes porque disculparte —Dean le dio un fuerte apretón a las manos de Sam—. ¿Ves? No me da asco alguno tocarte, ¿quién crees que te cambiaba los pañales todos cagados o que limpió el auto cada vez que te mareabas y vomitabas? Si hubo un tiempo en el que tenía que tenerte asco tuvo que ser cuando eras un enano insoportable.

Sam sintió como su rostro se calentaba ante los vergonzosos sucesos de su infancia. Por dicha no tenía recuerdos de sus cambios de pañal.

Los temores de Sam se aligeraron un poco, Dean no le tenía asco ni pensaba que estaba sucio u contaminado. No sería un paso fácil de dar el no bañarse tan seguido, pero quizás sólo por su hermano que había estado allí para él podría intentarlo.

—Lo intentaré, pero no prometo nada ¿de acuerdo? —Sam retiró sus manos de las de Dean sintiendo que su piel ya no picaba por ser rascada.

Si Dean fracasaba como cazador siempre podría trabajar como psicólogo, claro que eso no se lo diría de buenas a primeras y mucho menos en voz alta.

—Un paso a la vez, Sammy —una sonrisa floreció en el rostro del rubio—. Además, recuerda que siempre puedes contar conmigo.

Tal parecía que Sam se había contagiado de la sonrisa de Dean. Olvidándose de las horrendas pesadillas y la excesiva necesidad de limpieza. Quizás en la noche se bañaría, pero en ese momento estaba bien como estaba.

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Gracias por leer.