Capítulo 22
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De paso a paso, Sam había dado muchos esas últimas dos semanas. La necesidad de higiene seguía allí, pero ya no tan obsesiva como para darse seis baños al día y siempre manteniendo una higiene bucal que pondría orgulloso a cualquier dentista.
También había engordado un kilo entero, que aunque quizás no se le notase visualmente, pero si se sentía en las noches cuando ya no tenía que recurrir a dos sábanas y el calor de su hermano.
Lo unico malo eran las pesadillas que se negaban a desaparecer. Más de una noche se había despertado atormentado por recuerdos muy vividos en voz y toques lascivos. Ya casi ni dormía, tratando de evitar encuentros con su monstruo personal, y con la falta de sueño venía una actitud irritable.
—Sam, recuerda que…
—Si, si, lo sé, me lo has repetido una y mil veces —Sam le gruñó exasperado.
¿Acaso su hermano pensaba que él era tonto o que sufría de algún tipo de amnesia? Esos últimos días Dean le había recordado sin parar que el fin de semana irían a la casa del chatarrero. Sam al principio pensó en negarse al tener que salir, pero después de todo era de una casa a otra y una vez que llegasen allí podría encerrarse en su vieja habitación.
Quizás un pequeño cambio de escenario lograría distraer a su cerebro para que dejase de sacar los esqueletos del armario.
Las autolesiones se habían detenido, su hermano sabía estar presente en los momentos de ansiedad.
Los antojos de la droga cruzaban brevemente su cabeza, siempre allí a la vuelta de la esquina, pero controlados.
Sino fuese por las pesadillas Sam podría decir que el ultimo año había quedado atrás, que realmente todo ese caos le había sucedido a otra persona.
Se encontraba acostado en su cama, escuchando los ronquidos de su hermano. Era tan fácil cerrar los párpados y dejarse llevar por el cansancio, pero dormir significaba peligro, volver a recordar cada detalle, dejar que su mente formulase nuevas escenas donde era participe de esa atrocidad.
No, dormir no era una opción, por eso con el mayor cuidado posible se levantó de la cama lo más silencioso posible y se fue a preparar un café tan fuerte que el sueño se alejaría con solo el olor.
Sentado en el sillón con un libro en su regazo y una taza vacía que había sido rellenada otras tres veces así fue como le encontró Dean.
—No dormiste, Sam —le gruñó Dean ante la primera vista de su hermano.
—¿Cómo sabes que no dormí? Pude haber descansado unas horas y luego levantarme a disfrutar un poco de la bella madrugada —comentó sabiendo que Dean sabía que eso no era cierto.
Dean simplemente se limitó a darle una mala mirada a su hermano mientras se metía al baño.
Los días pasaron y llegó el día en que viajarían al depósito de chatarra.
—Primero pasaremos por el pueblo llevando unas cuantas cosas —comentó Dean unos quince minutos después de haber dejado la cabaña atrás.
—Como quieras —murmuró a través de su fingida lectura en el libro que tenía entre manos.
Si Sam no estuviese tan agotado seguramente protestaría hasta el cansancio por el cambio de planes, por tener que salir de su zona de confort y salir al mundo real, claramente Dean no le otorgaría la bendición de dejarle en el auto mientras hace las compras.
Después de una larga parada a hacer compras de las cuales Sam optó por ignorar, dos breves paradas para alimentar al monstruo que vivía en el estómago de su hermano mayor, más un largo y cansado viaje fue que llegaron a la casa de Bobby.
—¿Qué les tomó tanto maldito tiempo llegar hasta aquí? —Bobby les gruñó a modo de saludo.
—Si tratas así a todas tus visitas ahora entiendo porque no estás muy acompañado —comentó Dean sin poder huir a tiempo de la poderosa palmada de Bobby Singer.
—Idiota —le gruñó a Dean, luego volteó hacia el menor—Sam, ¿que tal te trata la vida al estar acompañado de este idiota?
Tanto Sam como Bobby ignoraron con una leve sonrisa la queja del rubio.
—Hola, Bobby. No es tan mala después de todo —quizás no lo demostró en su simple saludar, pero estaba muy feliz de ver a Bobby.
Sam se regocijó de que esta vez fuese diferente a la última vez que estuvo allí, esa vez no corrían a controlar sus pasos ni a esconder los cubiertos, quizás si estaba mejorando después de todo. Las pesadillas eran sólo un pequeño traspié que pronto dejaría atrás.
Esta vez no buscó desesperadamente un frasco de pastillas, Sam se metió a la ducha, disfrutando del agua caliente sobre su exhausto cuerpo.
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Una vez que Bobby escuchó al menor subir y abrir la ducha encaró al mayor de los hermanos.
—Cuéntame todo, chico.
—Sam está mejor, come más, quizás no se le note aún pero te puedo apostar que ha subido uno o dos kilos.
Bobby abrió grande los ojos ante esa gran noticia, claramente Sam no se veía como su antiguo yo, pero tampoco se veía tan estirado en los bordes.
—No tienes idea de lo que me alegra escuchar eso, pero ¿qué sucede con el aspecto de muerto viviente?
Un suspiro cansado abandonó los labios de Dean. El rubio dirigió el camino hacia la cocina, más tarde sacarían las compras del auto.
—En algún momento debe de dormir — agregó Bobby al escuchar todos los avances y los desafortunados retrocesos del menor.
—Ya viste su aspecto, el chico no duerme, bebe mucho café y siempre trata de estar en movimiento para no ceder ante el sueño
—En algún momento su cuerpo cederá ante el cansancio, ni siquiera Sam con su testarudez puede aguantar tanto sin dormir —el chatarrero se mesó la barbilla, pensativo—. ¿Sabes que provocó la aberración a dormir?
—¿Provocar?
—Piénsalo, cuando vino aquí del hospital su rutina era dormir y ahora es todo lo contrario, algo tuvo que desencadenar eso —Bobby suspiró ante el sonar del teléfono—. Ha estado sonando todo el día, maldito Rufus y su maldita incompetencia.
Dean claramente había omitido las pesadillas recurrentes de Sam y los ocasionales ataques de ansiedad que dejaban al castaño como si un gato se hubiese afilado las uñas en su piel.
Las palabras de Bobby le habían puesto a pensar. La primera pesadilla después de mucho tiempo fue cuando le obligó a ir al pueblo a que le quitasen el yeso, Sam le había reprochado pero Dean se lo había tomado como un simple drama mayor. Dean se reprochó por ser tan ignorante e ignorar las señales.
Las pesadillas de Sam habían comenzado esa misma tarde y sólo habían empeorado llevándole al punto de obligarse a no dormir.
Dean sabía que todo residía en que su hermano se empeñaba en no salir, en recluirse en si mismo, pero ¿por qué?
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Al salir del baño, Sam optó por cambiarse a algo más cómodo. La cama se veía tan tentadora que con sólo verla sentía que podía quedarse dormido de pie.
Café, necesitaba café y sabía dónde podría encontrarlo.
Al bajar a la cocina no se sorprendió de encontrar a su hermano sentado a la mesa del desayunador con cara de estreñido, seguramente pensando en cómo encontrar una cura mágica para su descompuesto hermanito.
—Si sigues tomando tanto café te provocará un infarto antes de llegar a mañana —Dean miró de reojo como Sam llenaba la taza y tomaba dos grandes sorbos, suspirando de gozo.
—No se supone que los riñones sería lo primero en irse a la tira —Sam comentó con burla, viendo que no era bien recibida.
Al parecer su hermano se había hecho sensible a la mención de la muerte, especialmente su muerte. Sam puso los ojos en blanco y se sentó frente a Dean, restándole importancia a la mirada escrutadora de Dean.
—Quieres dejar de mirarme así —gruñó exasperado ante la inquisitiva mirada, también en parte el mal humor era por la falta de sueño.
—¿Así como? —preguntó Dean en tono inocente.
—Olvídalo —si Dean quería jugar entonces él también podría ser parte del juego—. ¿Qué planes tenemos hoy en la agenda?
Dean le dio una mirada lastimera a Sam. Su hermano había estado tan ocupado escondiéndose del mundo que no había estado pendiente del pasar de los días.
Vaya forma de llegar a los diecinueve años. Dean hubiese dado hasta lo imposible para que Sam no hubiese sufrido tanto, pero la dura realidad es que nada puede hacer por el pasado ni por el futuro. Sam sufrirá, eso es un hecho, pero al menos estará allí para él y levantará los pedazos las veces que haga falta.
—Nuestros planes para… —Dean sonrió con cariño y algo de tristeza, Sam se había quedado dormido en la mesa.
Dean se quedó allí, cuidando de su hermano. Estaba a la espera de que alguna pesadilla hiciese aparición para poder sacar a Sam de allí, pero hasta entonces le permitiría tener el descanso requerido sin importar en que superficie plana fuese.
Sam no supo en qué momento se quedó dormido, sólo supo que al abrir los ojos tenía una vista perfecta de la mesa de la cocina, también notó que Dean seguía en el mismo lugar.
—¿Dormí mucho?
—Según mis criterios no, pero comparado a lo que dormiste estos días, dormiste lo suficiente para no caer inconsciente mientras bajas las escaleras —comentó Dean, haciendo énfasis de la última vez que sucedió lo mencionado.
El descanso le había caído espectacular, por muy poco que fuese se sintió rejuvenecedor para su cuerpo y mente. Esta vez no había tenido pesadillas, pero nada le aseguraba que la próxima vez fuese igual. Quizás la solución estaba en aguantar tanto sueño hasta que su cuerpo colapsase sin oportunidad de un remoto sueño.
Como la última vez que estuvieron en el depósito, Dean se perdió en el taller y Sam se gastó su buen tiempo encerrado en la habitación, solo que esta vez leyó en vez de dormir.
El castaño fue sacado de su enfrascamiento literario cuando la voz del chatarrero le llamó desde abajo. San miró la hora en el reloj de mesa de noche, dándose cuenta que era la hora de la cena y seguramente ese era el llamado a bajar.
Al bajar se encontró con la mesa de la cocina llena de comida, olores deliciosos flotaban por toda la casa haciendo que el estómago de Sam se removiese ansioso. Antes de detectar los olores Sam tenía planeado no comer, así la digestión no le volvería lento y no tendría sueño, pero el plan se fue al caño al detectar los olores.
Había suficiente comida sobre la mesa como para alimentar a un grupo de hambrientos cazadores, seguramente estarían comiendo delicioso recalentado durante días.
Sentados los tres a la mesa, Bobby procedió a destapar una cazuela donde tenía sus famosas chuletas asadas en salsa, también estaba el esponjoso puré de papa, pan casero de especias, mazorcas de maíz, ensalada Cesar con tiras de pollo, un tazón con salsa picante, alitas búfalo, tomates asados, budín y para bajarse la comida tenían cerveza.
Hasta hace poco había tenido un conflicto con la comida, pero en ese momento recuerdos traumáticos o no, no podría ser capaz de rechazar semejante manjar de los dioses.
Quien viese a Bobby pensaría que no podía pasar un huevo por agua, o que hasta el agua misma se le quemaba, pero la realidad era otra.
Por mucho que el apetito de Sam se hubiese normalizado un poco, aún tenía poca resistencia para porciones grandes de alimentos, así que, sin querer hacer las de su buchón hermano, Sam trató de servirse una porción pequeña de cada cosa para no rechazar nada. Al final tuvo que proclamar que lo que no se había podido comer lo tendría que guardar para luego, claramente amenazando a Dean con grandes represalias si osaba tocar su comida.
Inevitablemente con la buena comida venía la digestión y si Sam antes estaba lento por el cansancio, ahora lo estaba peor. Podía sentir como sus párpados se cerraban solos y como sus piernas estaban prósperas a ceder para terminar hecho un ovillo en el suelo.
Era inevitable, el sueño estaba en su puerta y tenía la opción de dormir en una cama o terminar recostado a cualquier superficie plana.
Estando acostado en la cama fue cuestión de escasos minutos para dormirse.
Las pesadillas nuevamente hicieron su aparición. Fue tan terrible como cada vez que sucedía, el miedo paralizante y la constante paranoia de que las últimas palabras que Barry le había dicho se hicieran realidad.
Al poco tiempo de estar despierto, espalda pegada al cabezal de la cama, llegó Dean y con solo una mirada supo que se trataba de otra pesadilla.
—¿Pesadilla? —más que pregunta fue afirmación.
—Cada día te haces más sabio. Te hace bien envejecer —Sam comentó con burla, pasándose una mano por su cabello alborotado.
—Lo dice quien hoy se hizo un año más viejo —comentó a modo de burla, preocupándose al ver la mirada de pánico en el rostro del castaño—. Oye, no es como si hubieses cumplido cincuenta, aún te ves como de dieciocho.
Dean comentó con pesar, dándose cuenta que estaba en toda razón al decir lo joven que se veía su hermano. Sam aún era un niño ante sus ojos. Un chico que había sufrido desde los seis meses de vida.
Tal actualización del calendario dejó a Sam sorprendido de lo mucho que había sucedido desde su último cumpleaños, todo el sufrimiento que se había causado y también el que le habían causado tanto su padre como Barry.
Sam cayó en cuenta de todos esos meses que había tirado a la basura. De pronto le sobrevino una rabia cegadora por permitir que un solo hombre le hubiese reducido a un manojo de nervios, miedos e inseguridades.
Después de mucho tiempo de estar oculto se armó de valor y decidió sacar toda esa infección que era su pasado para así quizás poder curar su futuro.
—No lo conocía realmente, sólo tuve contacto una vez con él. Su nombre es Barry.
Dean se quedó segundos en silencio, mismos segundos que los sintió como un siglo. Este era el momento que había estado esperando, Sam estaba a punto de abrirse, pero Dean era un cobarde que no estaba tan seguro de si quería escuchar.
—¿Cómo sabes que ese es su verdadero nombre? —Dean se felicitó internamente por lograr que su voz saliese normal.
Sam recordó cuando en la casa de Wallas al pronunciar su nombre en reconocimiento justo antes de que le marcase para siempre, el placer estaba escrito en la cara del sujeto al escuchar su nombre.
"Me recuerdas" Por un segundo, un tormentoso segundo, Sam volvió a estar en la misma habitación con Barry, susurrando en su oído lo excitado que estaba de ser recordado. Rápidamente abrió los párpados que sin darse cuenta había cerrado, dándole paso a los demonios.
—Así se presentó en el bar antes de besarme, así lo reconocí cuando desperté en la casa de Wallas —Sam comentó bajando la mirada, no queriendo ver la decepción en el rostro de su hermano.
—¡Maldito hijo de puta! —Dean se levantó de golpe, teniendo que sentarse para no salir corriendo a buscar un rostro que desfigurar.
A Dean le vino el recuerdo de golpe, dejándole un sabor amargo de esa noche. Esa noche donde pudo poner a ese malnacido a tres metros bajo tierra, esa noche pudo poner fin a todo antes de que inicie.
De pronto la realización golpeó a Dean con fuerza.
—Esa noche fue cuando él se interesó por ti —Dean se pasó una mano por la boca, pensando en todas las cosas que pudo evitar—. Yo pude evitarte todo esto, si tan solo…
—Se que amas achacarte las culpas, pero esta vez…
—No, si lo próximo que saldrá de tu boca es que tu tienes la culpa te golpearé en la boca —por nada del mundo permitiría que Sam se culpase de eso—. ¿Crees que una mujer que se viste de forma provocativa merece ser violada?
—No, claro que no —Sam respondió al instante, sabiendo que él jamás sería de esos idiotas que culpaba a la víctima.
—¿O que un niño que es hiperactivo merece ser golpeado por no quedarse quieto?
—Por supuesto que no, Dean…
—Las cosas malas suceden porque si y nadie las busca. Lo que te sucedió sin importar del ángulo que se vea no fue tu culpa —Dean se movió para sentarse al lado de su hermano solo que sin tocarse—. El hijo de perra ese te vio en ese bar como te pudo haber visto en cualquier otro lado.
—En una fiesta meses antes —comentó, queriendo creerle a su hermano, pero la culpa que él mismo se había achacado era muy pesada para quitársela en una tarde.
—¿Qué?
—Él me había visto en una fiesta que había asistido con Stephen y al parecer desde ese momento se obsesionó conmigo. Esa noche en el bar estaba decidido a intentarlo y en mi estado yo no se la había puesto difícil. Luego llegaste tu y luego también Bobby y cuando ustedes se fueron y necesité más droga fue que fui a la casa de Wallas y no supe más hasta que desperté en esa cama.
Dean no pasó por alto que Sam le restaba importancia a que cuando el se fue ese malnacido había visto su oportunidad. Aunque su hermano le dijese que no podría haberlo previsto, para Dean era un fallo descomunal que jamás podría enmendar y pesaría para siempre en su corazón.
Al parecer Sam tomó el silencio de Dean como una señal para continuar hablando, sin saber la lucha interna que se desataba en el interior del rubio.
—Luego me encerré —cada parte de la historia era difícil, pero el admitir abiertamente su miedo a ese hombre le hacía sentirse pequeño y débil—. No salí del departamento hasta que me sacaron para el hospital, luego llegué aquí y la historia se repitió.
—El encierro te da la tranquilidad que no puedes conseguir afuera. Además, esto no será para siempre, te volverás a reincorporar a la sociedad poco a poco —Dean se extrañó cuando recibió una sonrisa burlona por parte de Sam.
—No me encerré por tranquilidad sino por miedo.
—Miedo, ¿de qué?
—De él, de Barry —Sam olisqueó un poco, limpiándose las lágrimas antes de que cayesen—. Miedo de encontrármelo allí afuera.
Dean sintió como su corazón se partía en dos al escuchar a su hermano tan pequeño e indefenso. Lo próximo que escuchó le dejó con ganas de salir corriendo a vomitar, una cosa era escuchar lo sucedido a palabras de Sam, y otra era que su hermano tuviese grabadas a fuego las palabras y acciones de ese hijo de perra.
"No es tu momento. Vivirás, y yo sabré que mi chico anda por ahí. Yo sabré que fuiste mío y que quizás algún día se me antoje volver a repetir. Fuiste el mejor, Sammy"
Dean se sentía asqueado de sí mismo al sentir un retorcido agradecimiento con el bastado ese al dejar vivo a su hermanito. Dean Winchester se consideraba el ser más egoísta de ese mundo al preferir recoger los pedazos de un hermano roto a no tener que ir a reconocer un cuerpo maltratado y falto de vida a la morgue.
Después de toda esa confesión, Dean sentía que la mejor manera de ayudar a su hermano era estar en silencio y no como veces pasadas que se llenaba la boca con promesas de salvación. Claro que él quería más que nada ir hasta la puerta de ese desgraciado y cobrar venganza en nombre de su hermano, pero allí estaba su error. No se trataba de su dolor ni de su venganza, se trataba de lo que su hermano sintiese e hiciese. Siempre se trató de Sam.
De pronto una alarma sonó en la cabeza de Dean al recordar algo que había dicho su hermano, algo que de ser cierto le dejaba helado.
—¿Qué quisiste decir con qué él había dicho que fuiste su mejor? —Dean tragó con pesadez al referirse a su hermano como un objeto.
—Sabes, él dijo que… —Sam se aclaró la garganta, sintiéndose mal al aún tener esos recuerdos en su mente—. El dijo que yo no había sido el primero y que había hecho eso por mucho tiempo.
Si antes se había quedado sin habla, ahora estaba anonadado. Eso solo podía significar que muchas vidas habían sido arruinadas, mancilladas por el simple placer de alguien más.
Cuántos chicos como Sam habían desaparecido, dejando a un padre, una madre, amigo, pareja o hermano con un dolor sordo en el corazón al no tener algún indicio de su paradero. Se habrían ido y los últimos minutos de vida hubiesen estado llenos de miedo y dolor, quizás una retorcida pizca de alivio al saber que su dolor se acabaría definitivamente.
—A veces me pregunto si todo no hubiese sido mejor si me hubiese matado como a los demás —pensó en voz alta, dándose cuenta de su error cuando Dean se levantó de la cama y se posicionó a su lado con miedo en la mirada.
—Nunca digas eso, nada hubiese mejorado con tu muerte —Dean pensó que quizás para ese punto el mismo ya estaría muerto al lanzarse a cada cacería descabellada para acallar el dolor de su pérdida.
—Y nada ha mejorado con mi existencia —Sam suspiró largo y pesado—. Perdí la beca por la que tanto me había esforzado, casi arruino nuestra relación, solamente e sido un problema tras otro.
Y allí estaban otra vez las lágrimas, quizás ya no llorase tanto como antes, pero aún sus emociones eran un paseo en una montaña rusa. Quizás, ese dolor jamás desaparecería.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que cuando unos fuertes brazos rodearon sus hombros se sobresaltó.
—Tranquilo, soy yo. No eres un problema ni mucho menos un caso perdido, se que ahora solo lo ves así, pero recuerda que estás mejorando, pasos de bebé, Sammy —Dean apretó sus brazos entorno a la figura aún demasiado delgada para su gusto.
—¿Cómo voy a mejorar si no puedo ni siquiera salir a la calle si no es porque me obligas? ¿A eso llamas mejorar? —expresó enojado entre lágrimas en el hombro de su hermano mayor.
—La depresión es lo que te quita el interés por salir, ya veras que cuando te sientas mejor se te quitará ese desagrado por salir.
Dean solo tenia las mejores intenciones para su hermano, pero al escuchar la risa falta de humor sintió un sabor agrio en la boca del estómago.
—¿Crees que no salgo por desinterés? ¿Por mi depresión? —soltó con una risa seca y falta de humor—. En cierto punto la depresión te hace no querer tener interacción social, pero mis razones para no salir eran diferentes y más absurdas.
Dean lo miró extrañado, como siempre había supuesto mal cuando se refería a su hermano y ahora otra vez sentía temor de estar en territorio desconocido.
—No lo entiendo, Dean —soltó frustrado, haciendo que Dean se estremeciera ante esos cambios de humor.
—¿Qué no entiendes?
—Como cazador he tenido que enfrentar a los monstruos más temibles y ni siquiera he parpadeado, pero no puedo hacerlo con él, me da miedo salir y saber que él anda por allí, es absurdo —Sam soltó de corrido.
—No es absurdo, Sammy, es un miedo lógico. Es parte del trauma, no puedes pasar por lo que pasaste sin salir ileso. Has superado mucha mierda y superarás mucha más, yo te puedo ayudar, pero tiene que ser tu decisión si quieres hacerlo.
Sam miró a Dean a la cara y la ferocidad que vio en esa mirada le dio fortaleza para dar el paso más importante y salir de ese lugar que había sido su infierno por mucho tiempo.
—Quiero que pare, estoy cansado de siempre tener miedo —agregó con determinación, limpiándose los últimos restos de lágrimas.
—Perfecto, tenemos trabajo por hacer —Dean colocó su mano sobre el hombro de Sam. Una sonrisa floreciendo en ambos hermanos.
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Gracias por leer.
