Capítulo 24
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Estar en la casa de Barry se sentía mal en todos los sentidos, se sentía íntimo, y Sam ya había compartido suficiente intimidad con ese sujeto como para tener más.
Hasta el momento había logrado controlar su cuerpo para que no cediera ante el miedo y la creciente ansiedad que trepaba por todo su cuerpo. Dean estaba a su lado con esa mirada de precaución y protección.
Por una vez en todos esos meses, Sam quería lucir valiente ante los ojos de su hermano mayor, hacerle ver que podía enfrentar situaciones de peligro sin necesidad de que le tomasen la mano ante cada gran paso.
A simple vista el hogar de el oficial Barry era digno de admirar. Habían repisas con trofeos de deporte, seguramente de allí venía su fuerza física, también había medallas, fotos y artículos de casos que había resuelto. La sala de esa casa era un pequeño altar a su heroísmo. Sam estuvo tentado de tirar todo y pisotearlo hasta hacerlo añicos, pero tenía que ser profesional y comportarse como tal.
Sam sabía que estaba bajo la atenta mirada de su hermano, no podía derrumbarse, aún no.
El plan inicial era esperar ocultos en la sala de estar a que apareciera Barry y así inmovilizarlo, aunque aún Sam no sabía qué haría después de la captura, no podía siquiera terminar de asimilar que estaba en la casa de quien le había hecho tanto daño.
Claramente debió de prever que Dean era como un niño pequeño y como tal rápidamente se aburren de estar sentados esperando. Al cabo de un rato su hermano decidió que necesitaba moverse y así fue como empezaron explorar cada rincón de la casa.
Dean se movió al dormitorio, notando como Sam se quedaba rezagado en la cocina. No podía culparlo por no querer entrar donde dormía ese tipo.
A simple vista parecía una habitación normal, demasiado normal para ser cierto. Por eso, Dean no se sorprendió cuando la pared del armario terminó siendo falsa, dejando un cuarto oculto.
Dean no sabía que tipo de cosas encontraría allí abajo, pero tenía la impresión de que no sería nada bueno. Los pasos de Sam tras su espalda llamaron su atención.
—No necesitas entrar allí, puedes esperar… —Dean suspiró cuando fue dejado atrás, sabía que Sam se estaba esforzando, sólo esperaba que no fuese demasiado para el final del día.
La mirada del castaño recorrió con extrema cautela la habitación. No era más grande que una oficina, estaba equipada con un sofá de una plaza, un equipo de video y un escritorio pegado a una de las esquinas del cuarto.
Definitivamente Sam esperó encontrar a Barry, o quizás un cuerpo en descomposición, más no esperó entrar en una habitación inmaculada y vacía. Todo parecía tan normal, tan falso.
Con paso decidido Sam caminó hacia el escritorio y se detuvo unos escasos segundos antes de estirar la mano y abrir la primera gaveta. Dentro había una caja de zapatos. Al abrir las otras gavetas encontró más cajas de zapatos. En total había unas cuatro cajas.
—¿Qué es eso? —inquirió Dean al ver a Sam ceñido sobre el escritorio.
No lo sé, pero estoy a punto de descubrirlo.
Conteniendo todo el aire en sus pulmones Sam levantó la tapa de la caja, encontrando dentro muchos sobres regordetes por su contenido. Al menos había quince sobres en cada caja, dejando sesenta sobres en total.
Una mano oprimió el pecho del castaño al ver que sobre cada envoltorio había un nombre rotulado. Esas cajas contenían cada persona que había sufrido a manos de Barry. Seguramente su nombre también estaba allí.
Sin saber en qué momento, silenciosas lágrimas surcaron sus mejillas. Una mano sobre su espalda lo sacó del pozo en el que se estaba adentrando al ver todas esas vidas reducidas a un sobre.
Dean notó la espalda tensa de su hermano y como se quedaba congelado en su sitio. Colocando una mano sobre el hombro de Sam lo giró lentamente, sorprendiéndose al ver lágrimas en su rostro.
—Sam, ¿qué…? —La pregunta murió en su boca al darse cuenta de lo que miraba su hermano.
Dean sintió como se le helaba la sangre. Las lágrimas empañaron sus ojos mas no las dejó correr, necesitaba mantenerse firme por Sam.
—Espérame arriba, ¿si? —Dean afirmó su agarre sobre el hombro de Sam, transmitiéndole la poca fuerza que le quedaba al ver esa caja.
Dean no quería separarse de Sam, mucho menos en la casa de ese bastardo, pero tampoco quería que pasase un segundo más allí. Esa habitación escondida era el lugar donde Barry se satisfacía de todo el daño que había causado.
Cuando Sam asintió en silencio y salió de allí, Dean entendió lo afectado que debía de estar para no protestar. Claramente no podía culparlo, él mismo estaba destrozado.
Para el final del la noche Dean quemaría esa casa junto con todo su contenido, pero a su vez siente que el sobre con el nombre de su hermano no merece compartir el mismo fuego que ese monstruo.
Fue en la última caja que encontró un paquete con un distintivo "Sammy" en letras prolijas. Dean lo guardó en el bolsillo interno de su chaqueta y siguió los pasos del castaño.
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Se encontraba desorientado y le dolía horrores la cabeza. Llevó sus manos hacia su frente palpitante, fue allí que se percató que no se podía mover, estaba atado a una silla.
Él trató de recordar que era lo último que había pasado antes de terminar en esa posición. Al terminar su turno había salido con los chicos a beber, luego de beber hasta tambalearse había optado por retirarse. Con pasos alegres se dirigió al parqueo del bar, y luego hacía su casa, al llegar unos ruidos llamaron su atención, pero estaba demasiado alcoholizado para reaccionar a tiempo. Un dolor agudo fue lo último que sintió antes de que sus luces se apagasen y despertase en esa cabaña.
Las posibilidades de desatarse eran nulas viendo la calidad de los nudos. Solo le quedaba esperar a que la puerta se abriese.
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Sam sentía que podría vomitar en cualquier momento. Cuando Barry llegó a la casa Dean le pidió que se escondiese y le dejase a él la captura, Sam se quiso engañar a sí mismo diciendo que se apartaba porque con Dean era más que suficiente para esa tarea. La realidad estaba lejos de ser esa, Sam le hizo caso a su hermano sin protesta porque tenía miedo, un miedo que le helaba la sangre y le paralizaba.
Se sentía igual que cuando se encerró en su departamento en Palo Alto. Sentía que sí permanecía el tiempo suficiente escondido del mundo las cosas podrían mejorar, pero ahora como en ese momento sabía que era mentira.
Estaban en una cabaña a unos cinco kilómetros del motel. Ya había amanecido y la luz se filtraba por las ventanas y las hendijas de las paredes dañadas. Dean había salido a buscar algo al auto y Sam había preferido quedarse, necesitaba tener vigilada la puerta de donde se encontraba Barry.
Quizás era un temor absurdo teniendo en cuenta que las ataduras de Dean eran impecables y claramente su hermano no se arriesgaría a que Barry pudiese escapar.
Unos quejidos provenientes de la habitación llamaron su atención. Barry había despertado.
Sam contuvo el aliento y trató de no demostrar el inminente alivio al ver a su hermano entrar por la puerta.
Dean trató de no enfocarse mucho en la postura de Sam ni mucho menos en la angustia de su cara.
Los sonidos del reciente consciente prisionero también llamó la atención de Dean.
—Creo que es hora de decir los buenos días —comentó Dean, sacando el arma de la cinturilla de su pantalón para verificar su carga.
San asintió al son de las palabras de su hermano.
—Adelántate, voy detrás de ti —agregó con seriedad, sintiendo que si decía más terminaría vomitando.
Dean le dirigió una mirada incierta a Sam, como si quisiera preguntar si estaba seguro de quedarse solo, no es como si Sam quisiese que tomase su mano, pero tampoco se sentía bien avanzar sin el.
Con un simple, pero inseguro asentimiento Dean se adentró a la habitación. Fue en ese momento en el que Sam pudo respirar con calma. Podía sentir como sus extremidades temblaban, su respiración era agitada y el sudor humedecía su piel.
Se levantó con la poca valentía que quedaba en su cuerpo, caminó hacia la puerta cerrada y estiró la mano hasta dejarla colocada sobre el pomo. Una respiración, luego dos. No podía, ni siquiera podía girar el pomo. La idea de lo que encontraría al otro lado de esa puerta le helaba la sangre, le impedía avanzar.
La realidad lo golpeó con todas sus fuerzas. Después de todo nada había cambiado, aún seguía aterrado de Barry, para su cerebro no había tal pensamiento racional como que Barry se encontraba atado a una silla, que Dean estaría presente con arma en mano. Para Sam ya era muy tarde, ya que, su mente había regresado a aquel momento donde se encontraba completamente a merced de las intenciones ajenas.
Retiró su mano y dio un paso atrás con temor y vergüenza. A paso veloz se alejó de esa habitación, de ese lugar, sin percatarse que tan lejos le habían guiado sus pasos solo se detuvo cuando sintió que el aire le era insuficiente en sus pulmones y las lágrimas bajaban en surcos por sus mejillas. Sus rodillas cedieron y se encontró jadeando con las manos colocadas sobre el suelo boscoso.
Había sido reducido a un ser patético, el miedo roía sus entrañas. Estaba en pleno ataque de pánico. No sabía si quería a Dean a su lado para consolarlo o mejor tenerlo lejos para que no pudiese ver lo patético que era.
Pareció ser una eternidad, pero al fin el aire era una constante en sus pulmones. Después del ataque su cuerpo se sentía cansado, casi tentándole de tirarse al suelo y acostado a dormir allí, quizás cuando despertase las cosas serían diferentes. Quizás se despertaría en la cama de un viejo motel con su hermano y su padre limpiando las armas, dándose cuenta que todo había sido un muy mal sueño.
Lástima que la vida no era tan fácil como despertar y darse cuenta que todo era un sueño. Esta era su realidad y tendría que enfrentarla y aprender a vivir con ella.
Sam no sabía que había pasado tanto tiempo hasta que escuchó a su hermano buscándolo. El cielo había cambiado sus colores y sus lágrimas se habían secado hace bastante tiempo.
—Te he estado buscando por horas, ¿dónde estabas? —el discurso de Dean murió en su boca al ver el semblante de su hermanito.
—No puedo hacerlo —agregó con voz rasposa.
Dean nunca había llegado a temer por unas palabras, pero cada vez que su hermano proclamaba que no podía temía que se estuviese refiriendo a no poder continuar viviendo.
—¿No puedes hacer que, Sam? —preguntó, tratando de mantener su voz bajo control.
El silencio reinó y Dean se empezaba a asustar. La idea de dejar a Barry sólo ni siquiera le preocupaba, el tipo había quedado fuera de combate.
—¿Sam?
—No puedo entrar allí, no puedo verlo —bajó la mirada avergonzado—. Pensé que podía venir aquí, verlo, tener mi venganza y poder decir "lo hice, yo gané", pero no puedo, intenté entrar después de ti y me paralicé, tuve que salir y conservar un poco de dignidad al tener un ataque de pánico lejos de ti.
Sam suspiró de forma tan dolorosa que Dean estuvo tentado en revisar que no estuviese escondiendo alguna dolencia.
—No entiendo, ¿por qué me dejó vivir? ¿por qué no acabó con todo ese día? Todo hubiese sido mucho mejor, siento que estoy cayendo nuevamente… —se detuvo abruptamente al ser testigo de la explosión más grande de su hermano.
—¡Nunca, Sam, nunca se te ocurra repetir eso en voz alta! ¿Cómo podría ser mejor esta vida, mi vida sin ti? —Dean caminó de un lado a otro, errático—. No puedes dejarlo ganar.
La risa hueca de Sam rompió la quietud del lugar.
—¡Él ya ganó! Se llevó mi vida —se levantó de donde estaba sentado, agradeciendo a sus piernas por no ceder ni temblar.
—Sigues aquí, sin importar que fue él quien te dejó vivir, aún sigues aquí a pesar de todo el dolor que te come por dentro. Eres la persona más valiente que conozco, Sammy.
—No soy valiente, Dean. No soy para nada valiente, soy un desastre emocional —Sam sintió las lágrimas nuevamente picar sus ojos, pero no las derramaría, estaba tan cansado de llorar.
—Sabes, si yo estuviese en tu lugar no sabría como continuar, como respirar. Seguramente ya me habría pegado un tiro… —levantó una mano para acallar a Sam, sabiendo lo que iba alegar—. No diré que estoy de acuerdo con tu intento de suicidio, pero comprendo que te estabas ahogando en todo.
Dean tomó aire y se obligó a abrir su corazón, meses atrás suplicaba por tener al Sam sentimental en vez de ese ser muerto, ahora sería él quien abriera las compuertas de la emoción.
—Cuando digo que me habría pegado un tiro me refiero a que lo hubiese hecho por pura cobardía, por miedo a tener que ser valiente ante el mundo. Tu lo intentaste hasta el final, y aún lo sigues intentando aunque no te quieras dar cuenta de eso. Siempre he admirado tu valentía y fortaleza y lo que te sucedió no cambia nada.
Aunque hubiese tenido palabras que decir no hubiese salido sonido alguno de su boca, Sam estaba estupefacto por las palabras de Dean, no podía creer que su hermano estando en su lugar hubiese abandonado todo por miedo. Dean Winchester no era un miedoso y mucho menos un mentiroso.
—¿En serio crees que soy valiente?
—Eres la persona más valiente que conozco. Siempre te he admirado por tomar lo que te apasiona sin importar lo que digan los demás, yo siempre he sido un soldado, mis decisiones siempre han sido las de los demás. Estoy tan orgulloso de ti, Sam. No sabes como me pesa cuando te dije que me dabas vergüenza, que yo no quería ser hermano de alguien como tu —Dean apartó la mirada y se retorció las manos—. La única vergüenza que siento es hacia mi mismo al no ser incondicional para ti.
—Todos tienen un límite, Dean, y al parecer yo rebasé todos los tuyos —comentó cuando al fin encontró su voz ante tanta emoción que nadaba en su pecho.
—Como hermano mayor de tu molesto trasero debí de tener un aguante más grande, pero ciertamente de nada sirve pensar en los "si hubiera", nada cambiará lo sucedido, pero si se puede cambiar el ahora.
Sam entendía la indirecta de su hermano, enfrentarse a Barry podría ser el cierre que necesitaba para sanar, pero ¿y si no podía enfrentarlo? Todo saldría mal y lo poco que había logrado se podía derrumbar.
—¿Y si no puedo? Me he enfrentado a cosas malditas y aterradoras, pero cuando pienso en entrar en esa habitación me paraliza el miedo. Me aterra hablarle y mirarlo —Sam suspiró con cansancio, desde que había estado buscando a Barry no había tenido un descanso decente—. Se que es solo un humano y que no debería de acobardarme tanto, pero no puedo evitarlo.
—Eso que sientes es completamente normal. Sé que te sientes mal por temerle, pero eso solo acabará hasta que lo enfrentes.
Las palabras de su hermano pesaban en su cabeza. Sam sabía que Dean tenía toda la razón. Tenía que extirpar el cáncer de raíz sino seguiría avanzando por todos lados hasta acabar con todo lo que con mucho esfuerzo y dolor había logrado.
La decisión había sido tomada, lo haría, pero lo haría solo. Dean tendría que esperar en el Impala y no estar allí para tomar su mano, cosa que vergonzosamente a Sam no le desagradaría.
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Se encontraba de pie en la pequeña sala de estar, sus manos estaban sudorosas y temblaban. Sabía que su hermano estaba a un grito de distancia, pero no era suficiente para darle la sensación de seguridad.
Quizás no quisiese entrar en esa habitación, pero tenía que hacerlo, ya no podía seguir mirando tras su hombro y temiendo ante cada susurro en el viento.
Sam tomó una inhalación profunda para recomponer sus nervios. Cuando su máscara encajó a la perfección se armó del poco valor que tenía y abrió la puerta para segundos después entrar a la habitación.
Barry estaba de espaldas a la puerta, cosa que Sam agradeció infinitamente. Pudo notar como Barry se retorcía en su silla tratando de tener una mirada de quién había entrado.
—Creí que te habías olvidado de mi y te habías ido a dormir —comentó con sorna, claramente creyendo que seguía siendo Dean.
Sam rodeó a Barry, deteniéndose frente a él.
—Bueno, mira lo que tenemos aquí. Hola, Sammy —escupió a través de una boca sangrante.
Escuchar nuevamente el mote saliendo de la boca de Barry era como abrir un basurero pestilente, Sam pensó que podría vomitar allí mismo.
—Sam —lo corrigió, dando un paso firme hacia el hombre maltrecho frente a él.
Ciertamente Dean se había tomado sus minutos con el rostro de Barry. La satisfacción creció en el pecho de Sam.
La risa descarada de Barry llamó su atención. Una sonrisa ensangrentada.
—Tengo que admitir que esto no me lo esperaba. Sabes, tenía pensado más adelante buscarte para revivir viejos tiempos, más nunca imaginé que serías tu quien me buscaría, ¿tanto te gustó ese día?
Ante las palabras de Barry algo ser rompió dentro de Sam, estiró su puño y lo estampó en la cara de este. Un golpe, luego otro, Sam dejó de golpear hasta que la cabeza de Barry estaba inclinada hacia un lado y sangre goteaba de la comisura de su boca.
—Tu no me puedes hacer esto —Barry escupió encolerizado—. ¡Soy un oficial de policía!
—No, solo eres una basura.
Los nervios se estaban comiendo vivo a Dean, mil y un pensamientos pasaban por su cabeza. La sola idea de que su hermano menor estuviese encerrado con ese monstruo le volvía una persona irracional.
Con la necesidad de distraer su mente, empezó palpar sus bolsillos en busca de su encendedor, no era fumador pero le agradaba la idea de encender y apagar el dispositivo. Un rápido manoseo a sus bolsillos le demostró que su encendedor seguramente estaba en la guantera de su bebé, cosa que no le costaría mucho alcanzar, solo era de estirar la mano, pero algo más detuvo su búsqueda.
Un segundo fue más que necesario para acordarse de que se trataba del sobre de la caja que tenía ese desgraciado. Ciertamente, Dean no tenía que usar mucho su imaginación para hacerse una idea del contenido.
Sin mucho pensar que pudiera darle la oportunidad de echarse para atrás, Dean tomó el sobre entre sus manos. Con una precisión parecida a la usada en las cazas abrió el sobre y tomó el contenido entre sus manos temblorosas. El aire abandonó sus pulmones y el sentimiento inundó su mirada. Al menos tenía unas treinta fotos de su hermano entre sus manos.
Dean recuerda cuando su hermanito tenía unos ocho años y le pidió que le tomase una foto con una cámara instantánea que rara vez salía de la cajuela del Impala. Sam quería salir en la foto con su amigo Sally, claro que estaba de más para Dean decirle que al ser imaginario solo habría un espacio en blanco a su lado. Después de tomar la foto la sonrisa que Sam le dio al tener el cartoncillo en la mano fue enorme, alegría pura. Allí fue cuando Dean entendió que para que algo fuese cierto solo hacía falta que una persona lo creyese.
Esa sonrisa del pequeño Sammy de ocho años se reflejaba en la foto que sostenía en la mano, era Sam saliendo de una cafetería con una dona de chocolate en una mano y en la otra un vaso de café. Una sonrisa partía la cara de su hermano, era tan grande la sonrisa que Dean no creía que Sam pudiese ponerla de la noche a la mañana sin dolor alguno, ya no.
A esa fotografía le siguieron muchas más, Sam distraído, comiendo, saliendo de clases y también a estaban las que Dean sentía que le hacían un agujero en el estómago y esas eran Sam saliendo de fiestas, claramente intoxicado, más delgado y mucho menos su Sammy.
Dean tomó una fuerte respiración cuando llegó a una foto de Sam acostado en una cama, la imagen era tan inocente que pareciera que estaba tomando una siesta en vez de haber sido drogado contra su voluntad y a punto de suceder algo que le marcaría de por vida. Dean calculó que al menos le quedaban unas quince fotografías para terminar, claramente sabía que las siguientes tomas no serían agradables y no sabía si tendría el coraje de avanzar o apartar la mirada y fingir que ese contenido no existía, quizás eso sería lo mejor y por mucho lo más cobarde.
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Sus muñecas ya se habían curado, pero al no realizar ningún trabajo de fuerza sentía que sus manos palpitaban en dolor. Después de todo, golpear un rostro una y otra vez no era un trabajo fácil y Sam ya estaba sintiendo las consecuencias en las articulaciones de sus muñecas.
El rostro de Barry era un poema al caos. Primeramente el miedo paralizaba sus movimientos, pero entonces la risa de Barry desató algo en su interior, algo rabioso y primitivo. El miedo se convirtió momentáneamente en ira y no la desaprovecharía hasta obtener un poco de la paz que le fue robada.
Saber que antes no podía siquiera imaginar a Barry porque entraba en pánico, pero ahora hasta era capaz de levantar su cabeza por el pelo. Era demasiado satisfactorio ver el dolor reflejado en el rostro de su atacante, tanto que casi le daba la paz que buscaba, pero aún no era suficiente, necesitaba ver mucho más que dolor, necesitaba ver reflejado el mismo miedo que el había sentido y hasta que no lo viese no se detendría.
Tenía que aprovechar toda esa furia que corría por sus venas, porque cuando se agotase cree que puede volver el miedo y enrollarse en su cuello hasta dejarlo sumido de rodillas.
Soltando la cabeza maltratada del oficial Wilson, Sam salió de la habitación para volver momentos después con la bolsa de las armas, quizás la mitad de las cosas que había allí era para matar demonios, la sal y el aceite consagrado no matarían a Barry, pero si lo lastimarían mucho. Sam siempre había sabido ser muy bueno improvisando y eso era lo que haría, cada vez que metiera la mano en la bolsa improvisaría con lo que fuese sacando.
El agua bendita no era dañina a no ser que fueses un demonio, allí si dolería mucho, pero había visto en muchas películas que como método de tortura era excelente, no perdía nada con intentar.
Cada objeto que iba abandonando la bolsa se usó como arma de tortura en Barry.
Los gritos habían sido reducidos a jadeos llorosos, gemidos dignos de un animal moribundo. Tener el control de una vida era tan satisfactorio que por un momento Sam supo que estaba caminando sobre una línea muy delgada. Claro que prefirió ahogar esa vocecilla de la razón y seguir con la dulce venganza.
Sam estaba a punto de implementar su creatividad en Barry con un alicate, pero fue detenido por la repentina aparición de su hermano.
Dean se quedó detenido en una foto de su hermano, definitivamente había sido tomada la noche siguiente en la que había sacado a Sam de ese antro de mala muerte, su primer encuentro después de tanto tiempo separados.
Su hermano estaba sentado en los escalones de la entrada del apartamento. Se veía tan joven, tan normal, no como alguien que había perdido a su madre a la tierna edad de los seis meses, alguien que vivía en la parte trasera de un auto y que se jugaba la vida cada noche. Claramente su hermano era joven, aunque hubiese tenido que madurar desde muy niño, pero aún tenía mucha vida por delante como para ponerle una mancha con la muerte de Barry en sus manos.
Dean sabía lo que encontraría en el resto de las fotografías y no necesitaba grabar la imagen de su hermano en su momento más doloroso. De la única forma que necesitaba recordarlo era como un sobreviviente al mundo supernatural, a un padre que no supo cumplir su papel, al oscuro mundo de las drogas y sobre todo, un sobreviviente ante una piltrafa humana, y todo eso no merecía ser mancillado por esa misma piltrafa humana.
Conforme Dean se iba acercando a la cabaña los gritos se hacían más fuertes. De pie frente a la puerta de la habitación, Dean tenía miedo de lo que se encontraría allí.
Sam estaba de espaldas a la puerta frente a la mesa donde había puesto la bolsa de armas. Barry también estaba de espaldas a la entrada por eso Dean solo pudo apreciar su postura encorvada sobre sus ataduras. Su respiración se había convertido en dolorosos jadeos entrecortados con gemidos. El frente de Barry era otra historia.
Al principio Dean creyó que Sam estaba ignorando su presencia, pero al parecer su hermano estaba metido de lleno en su misión. Por un segundo, Dean no reconoció al hombre junto a las armas, ese no podía ser su hermanito.
—Sam —llamó, más fue ignorado.
Aclararse la garganta tampoco funcionó, Dean tuvo que caminar con paso decidido hacia Sam y tomarlo por el hombro mientras lo giraba.
—Dean, ¿qué haces aquí? —Sam no va a admitir en voz alta que cuando sintió una mano en su hombro pensó que se trataba de Barry.
—Necesitas salir un rato de aquí, quizás beber algo o ya sea comer, no has comido desde la cena de ayer —claramente Dean estaba exaltado por ese de descontrol alimenticio dado el peso de su hermano.
—Por el momento estoy bien —con el alicate en mano estaba listo para seguir con su trabajo. Si tan solo Dean se quitase de su camino.
—Vamos a afuera, necesitas un respiro de todo esto —suspiró con calma al ver que estaba siendo ignorado aposta—. ¿Sam?
—Dije que estoy bien —la última parte fue más un gruñido que una verdadera contestación.
—Sam, alto. Tienes que parar esto —Dean no creyó que su voz pudiese sonar más suplicante que en ese momento.
—¿Qué? Lo único que necesito es que te quites de mi camino —siseó como un animal acorralado.
—Ya es suficiente —Dean alzó sus manos en son de paz. Tenía que detener eso.
—Suficiente —repitió con una risa sardónica—. ¿Crees que esto es suficiente? Porque apenas estoy empezando.
Dean miró al tipo atado a la silla, su rostro era un poema a la carnicería. Los brazos y el pecho tampoco se salvaron de daños, es más, cualquier parte del cuerpo de Barry que estuviese descubierta había sido pasada al cuchillo.
Si tan solo Dean no conociese al tipo como al hombre que lastimó a su hermano pequeño, quizás le tendría piedad y un poco de lástima.
—Es suficiente para ti. Tu no eres así, Sam. Tú no torturas personas, tú no quitas vidas humanas sin importar que no merezcan vivir. No eres como papá, no eres como yo —Dean se acercó hasta Sam y con cuidado de no sobresaltarlo le colocó una mano sobre un flacucho hombro—. No caigas al nivel de este pedazo de basura. Por favor, Sammy.
Sam tenía una lucha interna, una gran parte suya quería hacer añicos a ese tipo atado a la silla, quería golpear, cortar, quemar y luego coser cada herida de ese cuerpo para que no muriese tan aprisa y poder volver a empezar ese ciclo de tortura hasta que el último aliento de Barry escape de su cuerpo maltrecho.
Pero, también estaba esa otra parte, pequeña pero fuerte que por nada del mundo quería ser como su padre o como Barry, no quería perderse en el proceso de encontrar la supuesta llamada paz mental. Realmente Sam no cree que pueda encontrar paz después de quitarle la vida a Barry, quizás hasta llegue a sentir culpa de hacer caso a ese lado oscuro que a veces lucha por sobreponerse a su vida.
No, él no podía hacerse eso, no podía hacerle eso a su hermano. El rostro de su hermano estaba lleno de preocupación y miedo, a lo que Sam comprendió era temor por no reconocer a quien tenía enfrente, ese hermano que se estaba perdiendo en ese sentimiento de venganza que había llevado a muchos cazadores a la locura, a la ruina.
Después de unos minutos de silencio, Sam suspiró como si cargase el peso del mundo sobre sus hombros y lo soltase al fin, porque sabía que allí estaría su hermano para sostener ese peso y todo el que hiciera falta.
No podía hacerle eso a Dean, no podía permitir que su hermano le perdiera por segunda vez al convertirse en alguien irreconocible.
La herramienta cayó sobre la mesa con un sonido sordo. Dean sonrió a Sam, aún no había perdido a su hermano. Aún seguía siendo su Sammy, aunque las capas de dolor y malas experiencias lo tratasen de catapultar, su hermanito seguía allí y él se encargaría de sacarlo a flote.
—Quizás una taza de café me caería bien —comentó Sam, queriendo centrar su atención en algo más que el tipo que le había causado temor por solamente asomar la nariz por la ventana.
—Ni lo sueñes, hermanito. Lo último que necesitas es cafeína en tu sistema. Además, no has comido nada y no puedes tomar tus… —Dean se frenó a medio camino, no queriendo discutir cosas acerca de la salud de su hermano frente al tipo que le llevó a esa espiral de dolor tanto físico como mental donde necesitaba medicamentos cada día.
Sam asintió comprendiendo a lo que Dean se refería. Se había quitado el grillete de las drogas ilícitas para ponerse el de las drogas prescritas. Solo ansiaba el día en que no tuviese que tomar algo para volver a sentirse bien, ansiaba el día en el que estuviese bien consigo mismo. Pero primero tenía muchos pasos que dar en un camino muy largo.
—Adelántate, iré en un momento —Sam le comentó a Dean, viendo como este le miraba con ganas de protestar—. Iré tras de ti, solo necesito hacer algo. La tortura terminó, lo prometo, solo necesito…
—No tienes nada que explicar. Iré a preparar la comida —un apretón en el hombro de su hermano le transmitió lo que con palabras no se decían: cuídate, allí estaré para ti, confío en ti. Un "gracias" fue la mirada de Sam.
Cuando la puerta se cerró con un ligero click, Sam caminó hacia Barry, deteniéndose frente a él. Toda la adrenalina había abandonado su sistema y ahora sólo sentía como su corazón resonaba en sus oídos. Sus manos le sudaban y el miedo le arañaba la espalda, queriendo escalar cada parte de su cuerpo. Sam soltó un suspiro tambaleante, queriendo ahuyentar los temblores de su cuerpo.
Era curioso que minutos antes no sólo no temía mirar a Barry sino que hasta estaba dispuesto a despellejarlo vivo.
Sam tomó el pelo del alguacil y levantó su cabeza. Encontrarse con la mirada aterrorizada y sollozante de Barry cambió mucho las cosas. Ese era el claro ejemplo del matón recibiendo una cucharada de su propia medicina. Todo el miedo paralizante que Sam sentía apretar su pecho se esfumó, quedando la realidad. Y esa era que no tenía porque temer a este tipo, no tenía que temblar al estar en su presencia.
Ver a Barry reducido a un ser quejumbroso, a un montón de miembros temblorosos le hizo ver a Sam que ya no le temía. Nunca más. Al fin había superado a su demonio, lo había vencido y aunque no hubiese salido bien librado había ganado.
—Ya nunca más dañaras a alguien —Sam se aplaudió mentalmente al poder sostenerle la mirada sin titubear. Acercando su boca a la oreja de Barry pronunció:— Perdiste, yo gané.
Soltando la cabeza de Barry para que cayese como una muñeca de trapo salió caminando por la puerta sin mirar atrás.
Al salir no pudo evitar dirigirse a su habitación por una muda de ropa para ir directamente al baño a quitarse cualquier resquicio de Barry de su cuerpo. Al salir le estaba esperando en la cocina una hamburguesa que por como se miraba era casera y una cerveza, Dean tenía lo mismo de su lado.
—¿Qué pasó con "no puedes beber"? —Sam enarcó una ceja, recordando el drama que había hecho Dean anteriormente.
—Esta es la única, así que no te emociones —advirtió el mayor—. Además, es un buen momento para celebrar, ¿no te parece, Sammy?
—Ciertamente —sonrió como no lo había hecho en mucho tiempo.
Sam sabía que todavía tenía mucho camino por recorrer para superar muchas cosas, pero con su hermano a su lado nada sería imposible.
Por primera vez en meses, Sam sintió como el peso que mantenía sobre su espalda se levantaba, ese peso era el miedo por Barry.
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Gracias por leer.
NA: Bueno, aquí estamos nuevamente después de mucho haitus, lo lamento muchísimo. Uno o dos capítulos más y la historia acabaría. Trataré de actualizar lo más pronto posible. Amor a todos.
