Un futuro juntos

1

—¡Señor O´Brien, bienvenido! — exclamó con amabilidad un hombre de mediana edad y lentes de media luna.

—Dígame Stear, Phillip— contestó el recién llegado —creí que ya lo habíamos acordado.

—¡Ah, no! — replicó el hombre —usted lo acordó, no yo— guio al hombre al mostrador del hotel y sacó el libro de registros —además, no puedo ser irrespetuoso con mis mejores clientes, este es un lugar sencillo, pero con modales— agregó el hombre mientras anotaba en el registro la fecha y la hora —la habitación 32 está lista para ustedes, ¿su esposa no viene? — preguntó al notar que el hombre había llegado solo.

—Está afuera comprando no sé qué a un vendedor— contestó sin darle mucha importancia —viene en un minuto.

—¿De dónde vienen?, no los había visto en varias semanas— preguntó el hombre llamado Phillip al momento en que le entregaba una llave de habitación a su interlocutor.

—De Oklahoma— contestó —nuestro tren llegó hace una hora y no tenemos mucho tiempo para descansar.

—No hay problema, dejen la habitación cuando quieran— contestó el hombre —¡mire! Ahí viene su esposa— dijo señalando hacia la puerta.

Una joven de mediana estatura, cabello corto y castaño, y lentes atravesaba el lobby del pequeño hotel en el que se hospedaría con su pareja. Este se acercó a ella y tan pronto la tuvo cerca, le rodeó la cintura con su brazo.

—Buenas tardes, Phillip— saludó la joven mujer cuando se acercaron al mostrador.

—Señora O´Brien, bienvenida— respondió Philip —su habitación ya está lista, disfruten su estancia— dijo a la pareja y les señaló el camino hacia las escaleras que la pareja ya conocía desde hacía meses.

Subieron las escaleras en silencio y tomados de la mano, él abrió la puerta con la llave y le cedió el paso a la joven, quien con una media sonrisa entró.

—Ven aquí, hermosa— dijo él tan pronto como cerró la puerta y tiró de la joven hacia su cuerpo, ella giró sobre sus talones y se aferró con sus brazos a la espalda de él. El beso no se hizo esperar, él invadió la boca de la joven que, sin problema, lo recibió y se amoldó al ritmo que él marcaba.

—Stear…— gimió ella en el segundo en el que se separaron, solo para recobrar el aliento y volver a besarse.

—Te extrañé, Patty— dijo Stear besando lentamente el cuello de la joven mientras la guiaba hasta la cama.

—Nos vimos ayer— jadeó Patty dejando caer su cuerpo sobre la cama.

—No es lo mismo— Stear le quitó con cuidado los anteojos y los puso en la mesa de noche, justo al lado de los suyos —no puedo hacer esto frente a Archie y Annie— murmuró deslizando su mano por la cintura de Patty, mientras que con la otra se sostenía para no aplastarla con su peso.

Ella sabía a lo que se refería su novio y, aprovechando el tiempo que tenían juntos, acercó su rostro al de él para rodearlo con sus brazos y besarlo. Stear siguió explorando con su diestra el cuerpo de la joven y la coló bajo sus ropas; ella gimió de placer al sentir su cálida mano traspasando su humedad. Se desnudaron sin prisa y sin interrumpir las caricias y los besos que sus cuerpos tanto ansiaban.

—Eres perfecta— gruñó Stear al besarle los tiernos pechos y lamer sus pezones que estaban duros de excitación. Su mano seguía estimulando su parte más íntima y las caderas de Patty se movían al ritmo de sus dedos.

—¡Stear…! — gimió Patty —¡por favor! — suplicó acelerando el movimiento de sus caderas, —¡hazlo! — exigió y Stear cumplió; la penetró lenta y profundamente, empezó a moverse dentro de ella hasta que el vaivén de sus cuerpos se sincronizó y se movieron como uno solo. Stear sintió el momento exacto en que el cuerpo de Patty se contraía en torno a su miembro y la llenó de su esencia.

—Te amo— dijo él antes de desplomarse al lado de Patty, la atrajo hacia sus brazos y esperó a que ella se acomodara en su pecho.

—Te amo, Stear— murmuró Patty.

Durmieron poco menos de una hora. Stear despertó primero y sonrió de dicha al sentir el cuerpo de su mujer entre sus brazos, después de estar dentro de ella, esa era la mejor sensación del mundo para él. Le besó la frente con delicadeza para no despertarla y esperó a que ella abriera los ojos.

—Hola— dijo él con ternura cuando Patty abrió los ojos y se removió en la cama.

—Hola— respondió ella, besando la barbilla de Stear, que era lo único que alcanzaba a tocar con su boca —¿qué hora es? — preguntó.

—Las cuatro— contestó —todavía tenemos tiempo.

—Sí, nuestro tren sale a las seis, ¿cierto? — preguntó, divertida. Se estiró en la cama y tomó sus anteojos, después le pasó a Stear los suyos.

—Y si no llegamos a tiempo, nos despedirán— agregó Stear en el mismo tono divertido, pues sólo ellos entendían la broma.

Llevaban meses encontrándose en ese pequeño hotel, uno de los muchos que rodeaban la estación de trenes y que cada día veía entrar y salir viajeros. Ellos se hacían pasar por trabajadores de la estación que, entre viaje y viaje, paraban en Chicago. Stear decía ser un acomodador de equipaje y Patty, vendedora de dulces y alimentos. Phillip, el viejo dueño y administrador les había creído que eran un joven matrimonio que trabajaba para comprar una casa en la ciudad y establecer un negocio.

Al principio, cuando habían creado su mentira, Stear y Patty estaban emocionados de su hazaña, dijeron todo lo que habían inventado sin culpa y habían consumado su amor en esa misma habitación en la que ahora estaban. La segunda vez, Patty dudó y se mostró reacia a ir al hotel, Stear aceptó su decisión y desistieron de su plan. Pero la abstinencia no duró demasiado, en una excursión que hicieron Patty, Stear, Annie, Archie, Candy y Albert estuvieron a punto de sucumbir a sus deseos y a nada de ser sorprendidos por Albert.

Volvamos a Casa Miller, Stear— dijo Patty aquella vez, refiriéndose al hotel que habían elegido para sus encuentros —ahí nadie nos conoce ni nos juzgará.

Será como tú quieras— respondió Stear, emocionado. —Sé que lo que hacemos no es correcto, pero Patty…

Lo decidimos juntos, Stear— lo interrumpió Patty poniendo su índice en los labios de su novio —hace mucho cruzamos la línea de lo correcto y lo incorrecto.

Stear tomó las manos de la joven entre las suyas y las besó con devoción. —Eres extraordinaria… señora O´Brien— le guiñó el ojo y Patty sonrió.

Y usted es muy osado, señor O´Brien— respondió Patty —no debería tocarme en público de esa forma— dijo al sentir las manos de Stear entre su cintura y espalda baja.

¡Lo siento! — la soltó de inmediato y se reunieron nuevamente con el grupo.

Phillip, el administrador siempre les enviaba una bandeja de comida que Stear pedía cada vez que recibía la llave de la habitación. Sentados en la cama, disfrutaban de una taza de café, bocadillos y un postre diferente cada vez.

—Patty— dijo Stear, limpiando con cuidado la comisura de los labios de Patty que tenía rastros de chocolate —quiero que hablemos de algo importante.

—¿Grave? — preguntó Patty preocupada enderezándose en la cama. Stear negó con la cabeza y sonrió para calmarla. Quitó la bandeja de la cama y, sentados frente a frente empezó a hablar.

—Dime, Patty, ¿aún quieres ir a la universidad? — preguntó acomodándole el tirante izquierdo de su fondo de seda.

—Mis padres no lo aceptarán nunca, Stear— suspiró Patty.

—Eso no fue lo que pregunté— replicó —quiero saber lo que tú quieres.

—Quiero estudiar, Stear— afirmó Patty —sé que puedo ser aceptada, cumplo con todos los requisitos, tengo los recursos, sólo no tengo el apoyo de mis padres— bajó la mirada y comenzó a jugar nerviosa con el dobladillo de la sábana. Stear la tomó de las manos.

—¿Y si tuvieras el apoyo de tu esposo? — preguntó Stear y el rostro de Patty se iluminó de sospecha, duda y emoción, pues su intuición le susurraba que su novio tenía una gran idea en mente. —Patty, sé que estás consciente de que esto que hemos hecho por meses no es un juego para mí, te quiero y no pienso alejarme nunca de ti—. Se levantó de la cama y buscó en el bolsillo de su pantalón que estaba tirado en el suelo. Volvió a la cama. —Quiero proponerte algo.

—¡Stear!

—Un futuro juntos, Patty— le besó las manos y prosiguió —dentro de poco entraré como aprendiz a la compañía de mi padre, ya he hablado con él y está de acuerdo en dejarme trabajar ahí un año—. Patty asintió —Después de eso, he pensado que… si tú estás dispuesta… podemos casarnos—. Los labios de Paty temblaban, estaba al borde del llanto. —Trabajaré para darte todo lo necesario, tengo el patrimonio de los Andley y el de mi padre, pero puedo hacer fortuna por mí mismo y tú puedes ir a la universidad. Patty, siendo mi esposa, no necesitas la autorización de tu padre, yo te apoyaré para que estudies—. Abrió el puño que había mantenido cerrado desde que se sentó en la cama y le mostró una sortija. —No es un anillo de compromiso matrimonial— aclaró al ver que un par de lágrimas recorrían las mejillas de Patty —es para un compromiso distinto, es… el compromiso de vida que quiero hacer contigo, para que esperemos un poco hasta casarnos y podamos hacer nuestros sueños realidad. Sé que pedirte que esperes más de un año para la universidad es mucho tiempo, pero es lo único que puedo ofrecerte en este momento.

—Te esperaría hasta diez años— exclamó Patty arrojándose a sus brazos —puedo esperar para ir a la universidad sabiendo que tú me apoyas, te apoyaré en tu trabajo en la compañía de tu padre, esperaré hasta que podamos casarnos y entonces nada ni nadie nos dirá qué hacer.

—Sólo seremos tú y yo— agregó Stear deslizando la sortija en el anular derecho de Patty, le quedaba perfecta, no había necesidad de hacer ajustes. —Aceptas, ¿verdad? — preguntó cuando el anillo ya estaba en el dedo de la joven.

—Acepto— respondió Patty e inició un beso que cargaba toda la confianza y esperanza que tenía en Stear.

Volvieron a fundir sus cuerpos y, abrazados en la cama, hablaron de sus proyectos juntos.

—Pero esta vez tú tomarás mi apellido— dijo Stear —y para siempre— la tenía entre sus brazos y dibujaba pequeños círculos en el hombro desnudo de la joven.

—¿A caso no te gusta ser el señor O´Brien? — preguntó Patty con coquetería.

—Me encanta— besó su frente e hizo un movimiento para quedar por completo sobre el cuerpo de Patty —pero creo que los señores O´Brien se pueden quedar como nuestras identidades secretas— le guiñó el ojo y reinició un camino de besos que iba desde los labios de la joven hasta su pecho.

Patty rio con ganas por la respuesta. En el hotel se presentaban como el matrimonio O´Brien, pues los apellidos de Stear eran menos frecuentes y más conocidos en la sociedad, sobre todo el Andley; y aunque Patty también venía de una familia adinerada, su apellido era un poco más común y menos llamativo a oídos indiscretos.


Patricia y su abuela Martha, esperaban a Stear en el jardín de su casa para almorzar. La anciana no sabía de los planes de la pareja, y para ella su relación seguía como siempre, un discreto noviazgo que terminaría en boda en el momento correcto.

—Señora— dijo una mucama —el joven Cromwell llegó.

—Hazlo pasar— ordenó la anciana y la joven mucama se retiró —algunos protocolos son una pérdida de tiempo— dijo la abuela Martha —sólo debía dejarlo entrar— rodó los ojos y se levantó de su asiento.

—Sólo hace su trabajo como le enseñaron, abuela— dijo Patty negando levemente con la cabeza ante lo dicho por la mujer.

Stear apareció en ese momento en el jardín. Vestía un casual traje gris y llevaba en la mano un periódico enrollado. Patty notó de inmediato su ceño fruncido y su rostro de preocupación. Se levantó de su asiento y lo alcanzó antes de que él llegara a la mesa.

—Stear, ¿qué te ocurre? — preguntó, preocupada —¿por qué tienes esa cara?

El rostro del muchacho se suavizó en cuanto vio a su novia y esbozó una media sonrisa, pero volvió a ponerse serio. —Son las noticias, Patty— señaló el diario que traía en la mano —el gobierno pide más reclutas para el frente.

—Me enteré— dijo Patty por lo bajo —pero… no estarás pensando en enlistarte, ¿verdad? — preguntó con la voz llena de angustia. Stear dudó un segundo de su respuesta, pero al ver el rostro de Patty al borde de un ataque de pánico, negó con la cabeza.

—No, amor— dijo besándola con discreción en los labios —sólo me preocupa lo que puede pasar con esta guerra.

—Un tema poco apropiado para el almuerzo, ¿no creen? — intervino la abuela de Patty que había escuchado todo de lejos. A ella, como al resto del mundo, le preocupaba la situación bélica, y aunque procuraba enterarse de todo lo que ocurría, también intentaba que el miedo por la guerra no se instalara en su casa y mucho menos que atrapara a su nieta; por eso habían migrado a Estados Unidos, para alejarse del peligro.

—Lo siento, abuela— dijo Stear acercándose a la anciana para darle un beso en la mejilla a modo de saludo —me dejé llevar por lo que acabo de leer.

—Sentémonos— señaló la mesa y ordenó que sirvieran pronto el almuerzo.

Este transcurrió con tranquilidad y alegría por parte de los tres. Hablaron de trivialidades, la pareja escuchó algunas anécdotas de la anciana y esta se entretuvo con las noticias de Candy, Archie y los demás. Después de un tiempo prudente, la abuela los dejó solos en el jardín y reiteró a Stear su invitación a cenar tres días después.

—Es una lástima que no puedas hacer todas las comidas con nosotras— dijo la anciana a punto de irse —esta niña no ha comido bien en días y hasta hoy la he visto terminar un plato entero.

—¿Eso es cierto? — preguntó Stear mirando a Patty. Esta negó con la cabeza y reprendió a su abuela por el comentario.

—Nos vemos en tres días— concluyó la anciana.

—Aquí estaré, abuela— afirmó Stear y la pareja vio cómo la anciana se adentraba en la casa. —¿En serio no has comido? — preguntó una vez que estuvieron solos.

—Sólo fue ayer— dijo Patty —en la mañana la cocinera coció de más los huevos y por la tarde hizo una sopa extraña que no me gustó— explicó restándole importancia.

—Mmmm— gruñó Stear —¿podemos irnos de una vez? — preguntó —es una buena hora para visitar la exposición, no hay mucha gente y podremos tomarnos nuestro tiempo.

—¡Claro! — asintió Patty —espérame en la entrada, voy por mis cosas— la joven se dirigió al interior de la casa y Stear rodeó el jardín. Mientras la esperaba, volvió a leer el periódico y se puso nervioso nuevamente. En toda la ciudad había puestos de reclutamiento y los diarios no dejaban de publicar los requisitos y los horarios para todo aquel estadounidense que quisiera dar la vida por su patria.


La exposición de arte era en una pequeña y moderna galería en el centro de la ciudad. Desde que fue anunciada, Patty dijo emocionada que quería ir y Stear prometió acompañarla.

—Tuviste razón de venir a esta hora— dijo Patty cuando salieron de la galería. Ella iba tomada de su brazo y tomaron el camino que los llevaba a un restaurante que solían frecuentar. —Me gustó la obra principal, pero creo que en la primera del artista representaba mejor las emociones, aunque su técnica aún no estaba bien definida. Me gustaría volver a verla.

—Podemos volver la otra semana— dijo Stear prestando atención a la calle que estaban a punto de cruzar.

—Me encantaría— respondió Patty y de pronto se puso pálida. Se soltó del brazo de su novio y corrió hacia un callejón que, por fortuna, había cerca. Stear corrió detrás de ella y la encontró a punto de vomitar.

—¡Patty! — exclamó sacando de su bolsillo su pañuelo —¿qué tienes? — preguntó tendiéndole el pañuelo y empezando a preocuparse ante la falta de respuesta. Patty estaba agachada y se cubría el estómago con ambas manos, no había vomitado, pero las náuseas habían sido insoportables. —¿Patty? — repitió Stear y se agachó a su lado.

—Ya pasó— respondió en cuanto lo sintió a su altura, — no fue nada.

—¿Segura?

—Sí, es solo que el hombre que pasó a nuestro lado, el que iba fumando, me echó todo el humo en la cara y me dio asco— Patty se puso de pie y esbozó una sonrisa —ya pasó, en serio— repitió ante el ceño fruncido de Stear —vámonos.

Salieron del callejón y reanudaron su camino hacia el restaurante. —¿Podemos caminar un poco más? Aún no tengo hambre— pidió Patty y Stear asintió.

—Lo que tú quieras— caminaron largo rato por las calles de la ciudad, siempre tomados del brazo.

A su paso se toparon con tres jóvenes que salían de una oficina de reclutamiento. Sus expresiones eran diferentes. Uno tenía el rostro lleno de orgullo; otro no ocultaba la preocupación, Stear imaginó que pensaba en la familia que dejaría atrás, tal vez tenía una madre enferma o un padre anciano que ya no podía trabajar; el último no mostraba emoción alguna, solo tenía la vista fija en el frente y caminaba con paso decidido, tal vez siempre había querido entrar al ejército y esta era su oportunidad o a lo mejor iba a alcanzar a su hermano mayor que ya estaría en el frente de batalla.

A Stear se le revolvió el estómago, llevaba días con la idea rondándole la cabeza. Sabía de memoria los horarios de reclutamiento, las bases militares y los requisitos para enlistarse. Solo debía tomar una decisión y todo su futuro cambiaría, no nada más el de él, sino el de Patty y su propio hermano, Archie, a quien dejaría solo y, si no volvía, sería el único encargado de los negocios familiares cuando fuera el momento.

—Vamos por aquí— la voz de Patty lo sacó de sus cavilaciones. Quería pasar por la librería.

—Patty— detuvo el paso y tiró de la joven hacia la pared de la calle para no estorbar a los transeúntes —te necesito— le dijo al oído y Patty notó de inmediato la urgencia en la voz de Stear. Tragó saliva y lo miró a los ojos, estaban obscuros, angustiados. No sabía qué lo tenía así, pero entendía que ella podía ayudarlo a liberar esa tensión.

—Vamos— respondió pasando su mano por la mejilla de Stear, su piel estaba helada.


Stear dormía tranquilo al lado de Patty, estaba exhausto después de haber hecho el amor dos veces; la primera fue con impaciencia y desenfreno, la segunda había sido tierna y cuidadosa, como si fuera una disculpa al cuerpo de Patty.

Aun así, Patty había disfrutado de ambas experiencias, pues en cada encuentro descubrían algo nuevo del otro, algo que nadie más sabría de ellos y eso los excitaba. Ambos eran introvertidos, en mayor o menor medida siempre les había costado trabajo relacionarse con las personas, las conversaciones triviales los incomodaban y las serias los inquietaban, pues nunca sabían hasta qué punto sus interlocutores estaban dispuestos a escucharlos. Sin embargo, entre ellos era diferente, podían pasar horas hablando de ciencia, arte o literatura o bien, disfrutar del silencio en compañía del otro y, desde hacía unos meses también gozaban del encuentro físico. Habían explorado sus cuerpos y ahora se conocían a la perfección. Stear sabía qué punto tocar en ella que la hacía estallar de deseo y Patty sabía cómo moverse para darle placer a él. Su conexión era completa, eran el uno para el otro y no había ninguna duda de ello.

Recostada de lado, Patty velaba el sueño de su novio; colocó su mano en el pecho de Stear cuando notó que su respiración se agitaba. Si estaba teniendo una pesadilla, debía ser una muy mala porque todo su cuerpo se contrajo y en su rostro, apacible segundo atrás, no mostraba más que angustia e inquietud.

—Stear— lo llamó en un susurro, pero él no despertó. Deslizó su mano hasta su cara y le dio un par de palmadas en la mejilla sin dejar de llamarlo. —Despierta, amor— en un segundo tenía la muñeca sujeta con fuerza gracias a la mano de Stear. Él abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro asustado de Patty que intentaba soltar el fuerte agarre de su mano. La estaba lastimando. Cuando se dio cuenta, la soltó de inmediato y se levantó de la cama para quedar sentado, dándole la espalda. Se frotó los ojos y se pasó las manos por el cabello. Patty se acercó y lo abrazó por la espalda recargando su frente y sin decir una sola palabra. Esperó a que Stear hablara.

El hombre guardó silencio por varios minutos, su pesadilla estaba latente y sólo podía calmarse sintiendo las cálidas manos de Patty en torno suyo. Le acarició las manos y, en su recorrido, se topó con la sortija que le había entregado hacía poco más de un mes, la hizo girar un par de veces y esta se zafó un poco del dedo de la joven que, al sentirlo, arrebató su mano y cerró el puño. Stear la recuperó en un ágil movimiento y se la besó.

—No faltaré a mi promesa, Patty— dijo Stear, al fin. Patty no dijo nada porque el nudo en su garganta le impedía hablar y un raudal de lágrimas bañaba ya su rostro. Stear sintió las lágrimas de la joven recorrer su espalda y se llamó miserable por hacerla sufrir, no con sus palabras, sino con su mutismo y sus acciones. Ella sabía. Sabía y no decía nada. —¡Ey, ven aquí! — dijo en un tierno murmullo y logró que Patty quedara sentada en su regazo, ella se abrazó a su cuello y contuvo sus lágrimas. —Perdóname— la besó —estoy aquí— le acarició el cabello —no sé qué me pasa, pero te juro que todo estará bien.

—Lo sé, Stear— contestó Patty, hundiendo su nariz en el cuello de Stear, —confío en ti— agregó —y te apoyo en todo lo que decidas— dijo esto último con el miedo ahogándola, pero su amor era más fuerte que sus temores y esperaba que siguiera siéndolo.


El joven Cromwell dejó a su novia en la puerta de su casa, ambos estaban más tranquilos y se despidieron con un tierno beso. Patty fue directamente a su habitación y pidió que no la llamaran hasta la hora de la cena, aunque estaba segura de que no podría probar bocado, las náuseas aun no regresaban, el encuentro íntimo con Stear había calmado su cuerpo, pero sabía que el malestar volvería y tenía miedo de llamar al médico, no era momento de ser débil ni de enfermarse. "Malditos huevos cocidos" pensó al acostarse en su cama.

Después de dejar a Patty en su casa, Stear tomó el camino que lo llevaba a la compañía de su padre, que no era el mismo recinto que las empresas Andley. De la recepción lo enviaron al departamento de Contrataciones, donde tuvo que llenar papeleo y agendar una cita para recibir un curso intensivo de finanzas. Su padre lo había aceptado con los brazos abiertos, pero fue enfático en que no lo consentiría, sino que lo enseñaría a trabajar con precisión y astucia.

Te exigiré más que a cualquier empleado— dijo el señor Cromwell cuando Stear se reunió con él para pedirle trabajo y apoyo en su plan de casarse con Patricia O´Brien lo más pronto posible.

No tendrás queja de mí, padre— respondió Stear con seriedad y una seguridad irreconocible.

Volvió a pie a su casa que, a esas horas, estaría vacía, pues su hermano Archie estaría a esa hora comiendo con sus suegros, los señores Britter, y su novia, Annie; la tía abuela Elroy estaría en las oficinas Andley, recibiendo el informe mensual del estado de los negocios. Stear sabía que la mujer tenía más trabajo desde hacía varios meses porque algo pasaba con el tío abuelo William. N había logrado escuchar toda la conversación con George aquella vez, así que no entendía si se trataba de una enfermedad, unas vacaciones del hombre o algo diferente. Fuera lo que fuera, a Elroy se le veía poco en casa y eso no le molestaba a ninguno de los dos jóvenes Cromwell.

Esperaba cruzar en una esquina cuando un convoy militar atravesó la avenida. La gente que transitaba detuvo su paso y miró con miedo, angustia y admiración a los militares que, con la mirada fija en el camino, avanzaban la avenida. Iban directo a uno de los puestos de reclutamiento más grande de la ciudad, Stear lo sabía bien. De pronto, la gente empezó a aplaudirles y a gritarles palabras de admiración y ánimo. Stear se estremeció ante la imagen y no pudo moverse hasta que todo había pasado.

Una mujer de mediana edad se detuvo junto a Stear. También había visto el convoy y ahora reanudaba su camino. La mujer lloraba e intentaba contener las lágrimas con el pañuelo blanco que llevaba.

—¿Se encuentra bien? — preguntó Stear.

La mujer vaciló, intentó decir que sí, pero su cabeza terminó por decir no. —Mi Jimmy está en el frente— respondió la mujer —se fue hace poco y no me acostumbro a vivir con miedo; es sólo un niño, comparado con esos hombres que acaban de pasar— señaló la dirección que había tomado el convoy— se secó los ojos y respiró profundo —lo siento, caballero, no tenía por qué escucharme— se disculpó la mujer.

—No se disculpe por eso— Stear le ofreció el brazo para cruzar —espero que Jimmy esté a salvo— dijo cuando se despidió de la mujer.


Sus papeles estaban a la mano, los había usado recientemente para entregarlos en la empresa Cromwell, así que no tenía que buscarlos. Era ya tarde para hacer el trámite, pero podía esperar a la mañana siguiente. Ocuparía la tarde para escribir unas cuantas cartas, mismas que ya las tenía en su mente desde hacía mucho tiempo. La primera sería para sus padres, se disculparía por ni siquiera presentarse a la oficina y pediría su comprensión y apoyo, les diría que los quería y que rezaran por él. La segunda sería para Archie, a él le diría todo, como siempre, sobre sus motivos, sus miedos y su deseo de contribuir a la causa. Le pediría que cuidara de la tía abuela Elroy y sí, también le pediría perdón por irse; tras la muerte de Anthony habían hecho un pacto de no separarse, no abruptamente y sin tiempo de despedirse como les había ocurrido con su primo. Otra carta sería para misma tía Elroy e igual de difícil que si le hablara en persona; amaba a su tía y no quería enfadarla ni causarle daño a su salud, pues ya bastantes problemas tenía la mujer, pero debía despedirse. Albert también merecía una despedida, incluso podría hacerla en persona, pues Stear presentía que él entendería sus motivos y tendría sinceras palabras de apoyo; también le pediría que cuidara de Candy, aunque ella tuviera a Terry. En la carta de Candy no se atrevía a pensar, esa y la de Patty eran las que más le inquietaban, ¿cómo se suponía que, en una sola carta, se despidiera de las mujeres más importantes de su vida, después de su madre? No, ni Candy ni Patty se merecían una simple carta, con ellas tendría que hablar en persona. Candy era fuerte, inteligente y generosa, era una enfermera que entendería que él ayudaría, a su manera, de la misma forma que ella ayudaba en el hospital.

Con Patty tendría una larga y dolorosa conversación. Él sabía que ella conocía lo que pasaba por su mente, la tarde que acababan de pasar juntos se lo había confirmado y ella le había prometido su apoyo. Era un egoísta por pedirle tanto, pedirle su comprensión, su apoyo y su tiempo, ¡Dios!, le había hecho una promesa, había jurado cumplirla y un instante después la estaba rompiendo. En cuanto su reclutamiento fuera efectivo, oficialmente habría roto el futuro que habían planeado juntos.

La tarde pasó de una manera borrosa, Stear había pensado en hacer más cosas de las que en realidad había hecho y, cuando se dio cuenta eran ya las once de la noche. Archie había tenido su propio día y sus propios problemas, los había oído durante la cena y, como siempre, Stear le había aconsejado en cómo tratar al matrimonio Britter y también le había sugerido que acelerara su ingreso a la universidad. El señor Cromwell no se opondría pues, como buen hermano mayor, había hablado del tema con su padre y habían acordado que lo apoyarían en la carrera que Archie eligiera.

—Me voy a la cama— dijo Archie una hora después de terminar la cena —le dije a la tía abuela que iría mañana con ella a la empresa, creo que no se siente bien con todos los problemas que hay y se siente un poco más cómoda con nuestra compañía.

—Descansa, Archie— dijo Stear. Su hermano se dirigió a las escaleras y —¡Espera! — lo detuvo antes de poner un pie en el primer escalón. Stear se acercó a su hermano y lo abrazó como hacía mucho no lo hacía. Archie se sorprendió por el gesto, pero lo aceptó sin rechistar. —Cuida mucho a la tía abuela— tras soltar el abrazo, le dio una palmada afectuosa en el rostro y agregó —cuídate mucho, Archie.

Archie no comprendía por qué la intensidad de las palabras de su hermano, pero tampoco tuvo estómago para preguntarle porque, de pronto, se sintió inquieto.

—Lo haré— prometió el menor de los Cromwell y subió a su habitación.


¡Hola a todas!

Gracias por leer este fic, es la primera vez que escribo sobre esta pareja y sí, me desvié por completo de la historia original y tal vez del carácter de cada uno, pero espero que no tanto para que les desagrade. Aviso que es una historia de sólo dos episodios en la que planeo un final feliz para Stear y Patty, sin mucho drama, sólo una historia para ser felices un rato.

La segunda parte la publico en un rato, para que esté completo de una vez.

Saludos

Luna Andry