Un futuro juntos

2

—Buenos días, señorita O´ Brien— dijo el mayordomo de la mansión Andley al abrirle la puerta.

—Buenos días— respondió —¿se encuentra Stear? — preguntó, impaciente mientras atravesaba la puerta.

—Sí, aún está en su habitación, pero lo llamaré— respondió el mayordomo y condujo a la joven a la principal sala de estar.

—Gracias, dígale que es urgente que hable con él, por favor— pidió antes de que el hombre tomara camino, rumbo a la planta alta.

El mayordomo no tardó en llamar a la puerta del mayor de los Cromwell e, inmediatamente, tuvo permiso de entrar. El hombre abrió la puerta y no se sorprendió de que el joven estuviera ya levantado y vestido, listo para iniciar su día; lo que sí llamó su atención, fue que cerrara con tanta urgencia el armario, como si ocultara algo, pero el hombre era sólo un sirviente y sabía cuál era el límite de su trabajo.

—Buenos días, señor— saludó el hombre —la señorita O´ Brien está esperándolo en la sala de estar— caminó hacia la ventana y corrió las cortinas —dice que es urgente que hable con usted.

Stear frenó en seco la revisión de papeles que estaba haciendo y, tras agradecer al mayordomo, salió de su habitación, prácticamente corriendo. Eran apenas las siete de la mañana y Patty estaba en su casa, pidiendo hablar con él. Era seguro que algo grave pasaba.

—¡Patty! — exclamó tan pronto puso un pie en la sala. La joven lo esperaba de pie, dando vueltas por la estancia y frotándose las manos. En cuanto lo vio, sus ojos se llenaron de lágrimas y se arrojó a sus brazos.

—¡Stear! — sollozó en su pecho y Stear la rodeó con sus brazos —Stear, lo siento, lo siento— el llanto se intensificaba —¿qué vamos a hacer?

Stear no entendía de qué hablaba su novia, pero no por eso la soltó y, frotando su espalda le dijo palabras tranquilizadoras para que pudieran hablar.

— La joven se limpió el rostro con el pañuelo que Stear le tendió y permanecieron abrazados.

—¿Qué pasa Patty? — preguntó cuando la vio un poco más tranquila para hablar.

—¡Oh, Stear! — chilló —hablemos en privado— pidió, aferrándose a las solapas del saco de Stear.

—Aquí no hay nadie que nos moleste, amor— dijo Stear, pero Patty negó nerviosamente con la cabeza y entonces, Stear la llevó a la biblioteca de la mansión. Cerraron la puerta y Patty respiró un poco más tranquila, se sentía más segura al ver la puerta cerrada y ver cuatro paredes rodeándoles. —Háblame, Patty— pidió Stear acercándose a ella y tomándola de las manos, quería comprobar si el temblor de su cuerpo se había ido.

Patty respiró un par de veces, le dolía el estómago de tanto llorar y se llevó una mano hasta ahí, debía cuidarse, por ella y por… Miró a Stear a través de sus lentes, manchados por sus lágrimas, y asintió, tomando valor.

—Stear— dijo —no sé… yo… anoche…— los recuerdos de la noche anterior le golpearon la cabeza con fuerza —Stear, estoy embarazada— dijo con voz firme, dejando de lado todo el miedo, la duda y el tartamudeo que se apoderaba de ella cuando estaba realmente nerviosa. Sintió cómo Stear apretaba las manos en torno a las suyas y su mirada clavada en su rostro. Sus pupilas marrones se dilataron y su labio inferior empezó a temblar. Patty no podía imaginar lo que Stear estaba pensando, así que imaginó lo peor. —Lo siento, Stear, fue algo en lo que debí pensar antes de…, te juro que nunca quise causarte problemas… yo…

El beso que Stear le plantó en los labios detuvo sus palabras. Los labios de Stear intentaron abrirse paso en la boca de Patty, pero ella parecía de piedra, así que desistió de su intento y se contentó con besar sólo sus labios y la comisura de estos. La abrazó con fuerza cuando sintió que el cuerpo de la joven flaqueaba y la apoyó en su pecho.

La vida de Stear acaba de dar un giro, uno muy distinto al que había previsto. No tenía idea de lo que harían, obviamente se casarían, tendrían a su bebé, eso no estaba a discusión, pero Stear no tenía idea de lo que significaba realmente todo aquello. Entendía el miedo de Patty y todo lo que socialmente conllevaba su situación; los señalamientos de la gente, los reproches de sus padres, los reclamos hacia ambos, la deshonra para Patty el deshonor de él. ¡Demonios! Serían la comidilla de la gente y ninguno de los dos era capaz de soportar tanto entrometimiento y escrutinio de la sociedad.

A pesar de todo lo que externamente significaba el embarazo de Patty, Stear no evitó la emoción en su corazón, ¡sería padre!, ¡Patty llevaba en su vientre un hijo de él, un hijo de ambos! Fue un tonto al pensar que no pasaría, incluso se habían tardado, pues desde hacía varios meses que Patty era su mujer, pero todo pasaba por una razón y ese era el momento perfecto para ser padres, no lo dudaba; sólo tenía que asegurarse de que Patty pensara lo mismo.

—Patty, mi amor— murmuró en su oído para calmarla —no pidas perdón, hermosa— Patty buscó su mirada —es una maravillosa noticia, ¿no lo crees? — preguntó haciéndole un mimo con la nariz.

—¿Tú lo crees? — preguntó Patty, esperanzada. Desde la noche era un manojo de nervios y confusión, así que ya no sabía si entendía bien lo que oía.

—¡Claro que sí! — exclamó Stear —imagínalo, un bebé nuestro— le besó la frente —es la confirmación del amor que sentimos porque, nos amamos, ¿no es cierto?

—¡Oh, Stear! — exclamó Patty abrazándolo con fuerza, empezaba a recuperar la esperanza —te adoro y lo sabes, pero también entiendes lo que esto significa y…

—¡Sí! — añadió él y sonrió —significa que nos casaremos pronto— el rostro de Patty se iluminó —y recibiremos a nuestro bebé siendo una familia. La gente hablará, eso es seguro— dijo, serio —pero estando juntos eso será lo de menos. Patty… —soltó el cuerpo de la joven y, dando un paso atrás, se hincó; tomó las manos de Patty entre las suyas y las besó. —¿te quieres casar conmigo?

—¿Y tus planes? — preguntó —¿y tu futuro?

—Los planes pueden cambiar— afirmó con seguridad, más seguridad que nunca —pero mi futuro eres tú. Patty, yo no tengo duda alguna de que quiero estar a tu lado, de que te amo y que quiero hacerte mi esposa, pero si tú…

—¡No lo dudo, Stear! — lo interrumpió Patty, tirando de él para que se levantara —es que tengo tanto miedo.

—Lo sé— Stear recogió una lágrima solitaria que recorría la mejilla de Patty.

—Pero acepto—sonreía por primera vez desde que llegó. Abrazó a Stear con fuerza y después lo besó, fue ella quien exploró su boca y lo dejó sin aliento, como si en ese beso descargara todo su ser, su pasado, presente y futuro se lo estaba entregando a Stear, segura de que no había nadie mejor para ella y para su bebé.


Hablaron toda la mañana de cómo enfrentarían a los padres de ambos; podían acelerar la boda y ocultar el embarazo o bien, adelantar la boda, pero con sus padres al tanto del bebé. Lo decidirían después. También hablaron de cómo Patty supo que estaba embarazada.

—Anoche, a la hora de bajar a cenar— empezó a narrar Patty —sentí un mareo y caí por las escaleras.

—¿Y apenas me dices? — gritó Stear al borde del colapso —tenemos que buscar un médico que te revise bien.

—Calma, Stear— lo detuvo Patty cuando este intentó levantarse del sofá en el que estaban y de deshacer su abrazo, cosa que ella no permitiría. —Fue en último escalón que me desmayé, eso hizo que mi abuela llamara al médico y… bueno, él me dio la noticia.

Stear entornó los ojos en las manos de la joven. Alguien sabía su secreto y eso complicaría las cosas, aceleraría los cuchicheos.

—El doctor Queen es de entera confianza de mi abuela y mía— continuó Patty —por secreto profesional no puede decir nada y, por respeto y amistad con mi abuela, aseguró que guardará silencio. Incluso se ofreció a ser mi médico de cabecera durante el embarazo.

—Hablaré con él— aseguró Stear —me aseguraré de que guarde silencio y, si tú quieres, puede seguir consultándote— la seria voz de Stear era algo tan nuevo para Patty como el mismo embarazo. —Entonces, tu abuela sabe, ¿no? — afirmó después de unos segundos.

Patty asintió, el rostro preocupado de su abuela era algo que nunca borraría de su memoria, mucho menos la sorpresa y decepción cuando le dio la noticia de su embarazo. Solo le preguntó si Stear era el padre y, como todo había pasado ya muy entrada la noche, le dio las buenas noches y salió de su habitación. Patty había llorado durante horas, hasta que entendió que debía parar o dañaría a su bebé, fue entonces cuando se dio tiempo de gozar de la noticia y se juró a sí misma que protegería y amaría a su bebé sin importarle nada más que esa vida que crecía en ella. Después de eso durmió un poco, pero se levantó temprano, antes de que su abuela despertara, para hablar con Stear.

—Hablaremos con ella— dijo Stear tras oír la terrible noche que había pasado su mujer, sola. —Será difícil, porque ambos la queremos y hemos perdido su confianza, pero sé que ella te ama y eso no cambiará— le besó la sien y siguió —ella sabrá que lo nuestro es algo formal y poco a poco recuperaremos su confianza.

—Ojalá tengas razón— murmuró Patty, aunque, muy en su interior, sabía que era cierto, su abuela era la persona que más la quería en el mundo y muchas veces le había dicho que el amor que le tenía a su nieta era infinito e indestructible.

Patty se preocupó por la otra abuela, la señora Elroy. Esa era una mujer dura, estricta con las normas sociales y autoritaria con su familia. Si la situación la molestaba lo suficiente, sería capaz de desheredar a Stear y casi expulsarlo de la familia, pues había tolerado muchas de sus travesuras de chiquillos, pero esto significaba ensuciar el nombre de los Andley.

—No llegará a tanto— la calmó Stear —y si lo hace, no importa, así seremos más libres de lo que imaginamos— Stear hablaba con una seguridad que, por segundos, estaba lejos de sentir, pero era su trabajo tranquilizar a Patty, ella debía estar relajada, por su bien y el del bebé.

Por su hermano Archie no se preocupaba, Stear estaba seguro que lo apoyaría, al igual que Candy, no tenían duda; sólo Annie podría estar inquieta por la situación, pero sabían que no los juzgaría. Aun así, por el momento, mientras menos personas supieran sería lo mejor.


Tres meses después de recibir la noticia de que serían padres, el joven matrimonio Cromwell se adaptaba a su nueva vida. Nueva casa para Stear, que se había mudado a la casa de Patty y su abuela. La anciana los reprendió cuando fueron a hablar con ella por dudar de su apoyo.

—mocosos insolentes— había dicho —¿cómo pudieron pensar que los dejaría solos? — la anciana abrazó a la pareja y después no soltó a Patty durante toda la charla —eres lo que más quiero, Patricia, siempre estaré de tu lado.

El acuerdo era que vivirían con la abuela Martha para que cuidara de Patty y ellos le hicieran compañía. La anciana había jugado bien sus cartas contra Elroy, quien en un principio exigió que la pareja viviera en la mansión Andley de Chicago, pero la primera había dicho que ella era más vieja, más débil y cercana a la muerte y quería pasar todo el tiempo posible con su nieta, sobre todo en esa nueva etapa de la vida, la del matrimonio. La verdad era que la abuela Martha gozaba de excelente salud y era un par de años más joven que Elroy, pero eso sólo lo sabían Stear y Patty.

Stear inició su trabajo como aprendiz en la compañía Cromwell, su mentor era un viejo contador con una memoria excelente y una tos crónica que ponía los pelos de punta a todo aquel que pasaba más de media hora a su lado. Sin embargo, Stear sobrellevaba esa tos y apreciaba al hombre, pues estaba aprendiendo mucho de él. En poco tiempo lograron entenderse y Stear lo ayudó a crear un sistema más efectivo para el control del departamento.

—Tienes talento, muchacho— dijo el hombre una tarde cuando terminaron los ensayos del nuevo sistema de administración. —llegarás a la presidencia en menos tiempo del que calculamos— añadió el hombre. Se refería a ser el asistente de su padre.

—Gracias— respondió Stear —hago lo que puedo.

—Revisa ese libro y actualiza los últimos datos— prosiguió el hombre, el momento de los halagos había terminado y debían seguir trabajando.

Stear fue libre de salir a las ocho de la noche, tardaría media hora en llegar a casa. Estaba seguro de que Patty estaría despierta, esperándolo, aunque estuviera cansada. Las últimas semanas tenía más sueño de lo habitual, pero despertaba temprano para verlo marcharse y lo esperaba hasta la noche que volvía. Durante el día, se quedaba en casa y, si podía, estudiaba en la biblioteca. La abuela Martha también le estaba enseñando a administrar una casa y no perdonaba las visitas al médico. El doctor Queen había cumplido su palabra y el embarazo de Patty no fue público hasta tres meses después de la boda, es decir, hacía no mucho tiempo, así que poco a poco habían llegado notas de felicitación y regalos para el bebé y el recién matrimonio. Patty estaba tranquila, a veces se aburría por la vida tan sosegada que llevaba, pero prefería el tedio a la tormenta que ella y Stear habían pronosticado en su futuro.

—El señor Mallory tiene más energía que yo— bufó Stear al tirarse a la cama —y es como treinta años mayor que yo— se refería a su mentor, que así se llamaba. Patty se sentó a su lado en la cama y le quitó los anteojos, aflojó su corbata y desabrochó los primeros botones de su camisa.

—Te exige mucho— dijo Patty, apenada de verlo tan cansado.

—Me lo advirtieron, no puedo quejarme— soltó un suspiro y se sentó en la cama. —Dime, ¿cómo se portó mi pequeña? — preguntó con un semblante completamente diferente al poner la mano en el vientre de Patty.

—Hoy me permitió comer— respondió Patty —pero me dio mucho sueño— se quejó.

—Pequeña traviesa— habló al vientre de su esposa —¿no ves que si la haces dormir en el día, mamá no dormirá en la noche?

—¿Por qué estás tan seguro que es una niña? — preguntó Patty con una media sonrisa. Stear se encogió de hombros.

—Sólo lo sé— tomó con cuidado a Patty y la recostó en la cama. A su lado ya no se sentía tan cansado.


—¿Cómo está, Candy? — preguntó Stear en cuanto vio salir a la joven enfermera de la habitación. El parto había iniciado hacía varias horas y él estaba impaciente por estar al lado de Patty.

—Todo está en orden— contestó Candy —sólo voy por más agua—. Candy se comportaba con profesionalismo, aunque estaba sumamente nerviosa y emocionada por ver nacer a su sobrino. Desde que se había enterado del embarazo de Patty, había ocupado casi todo su tiempo libre en acompañarla.

—¿No estás enojada conmigo, Candy? — preguntó Patty una tarde que estaban solas. Candy sabía ya que Patty estaba embarazada antes de que se casara con Stear.

—Patty, ya hemos hablado de esto— dijo Candy, sentándose al lado de su amiga —yo sólo quiero que Stear y tú sean felices y, por lo que veo, lo son—. La rodeó con sus brazos y continuó —Borra ese miedo, Patty, no sirve de nada y no le hace bien a mi sobrino.

—Ya no falta nada— salió a decir Candy después de un rato. Stear estaba tan nervioso como angustiado por los gritos que oía de su esposa y él no podía hacer nada para quitarle ese dolor.

—Aquí estaremos— respondió Archie, al ver que su hermano estaba mudo, pálido y con la vista fija en la puerta.


—¡Es una niña! — gritó Candy, en cuanto abrió la puerta —¡Ven aquí, Stear! — lo tomó de la mano y tiró de él al interior de la habitación.

Stear entró flotando, buscó a su esposa en la cama y la imagen lo dejó extasiado. Patty estaba recostada en la cama, su cara estaba pálida, pero él la miró tan hermosa como siempre. En sus brazos descansaba un pequeño bulto, envuelto en una manta blanca con fino encaje. Patty ya la estaba amamantando y sonrió al verlo cruzar la puerta.

—¿Listo, papá? — preguntó Candy con las lágrimas recorriéndole las mejillas. La abuela Martha la tomó del brazo y también lloró, estaban al pie de la cama, contemplando a la nueva mamá. El doctor Queen estaba de espaldas, llenando un certificado.

Stear se acercó a la cama y se hincó en el colchón, al lado de su familia. No podía evitar las lágrimas, no tenía por qué hacerlo. La vida que habían esperado por meses, al fin estaba entre sus brazos, la vida que había cambiado el rumbo de sus vidas, la vida que lo había salvado a él de la muerte lo miraba con unos preciosos ojos marrones.

—Gracias, Patty— le dijo besando sus labios con delicadeza. —Te amo.

—Te amo, Stear— repitió Patty devolviéndole el beso, ¿qué importaba que hubiera gente mirándolos? Ese era su momento, era su vida y nadie se entrometería.

—¿Tienen ya un nombre para la pequeña? — preguntó el doctor Queen, rompiendo el momento —lo necesito para el certificado.

La abuela Martha y Candy miraron a los nuevos padres; estos se miraron entre sí y Patty asintió levemente. Stear sonrió acarició la pequeña cabeza de la bebé.

—Su nombre es Hope— respondió Stear —Hope Cromwell O´Brien.

Las espectadoras volvieron a gemir en llanto, el doctor Queen asintió y anotó en el registro.


11 de noviembre de 1918

El hogar del matrimonio Cromwell estaba de fiesta, la alegría de la casa cumplía años y sus padres estaban dispuestos a celebrarlo con todo el mundo. Sí, el mundo se unía a su celebración porque la Guerra había terminado. La firma del armisticio era una noticia que había traspasado las fronteras y la gente estaba eufórica. ¡La Guerra había terminado!, ahora sólo quedaba recoger los pedazos de lo que había quedado y reconstruirse.

—El pastel está listo— dijo la señora Cromwell aliviada al sentarse en la sala, al lado de su esposo, que cuidaba a la pequeña Hope mientras jugaba.

—Los juegos también, el jardín quedó bien, ¿no crees? — Stear abrazó a su esposa y la recargó en su pecho.

—Está hermoso— asintió Patty —sólo ten cuidado con ese columpio, no me da confianza para Hope—advirtió por enésima vez.

—No se subirá si no es conmigo— le besó la frente y miró a su hija que jugaba con un rompecabezas de madera, tallado por el mismo Stear; uno de los muchos regalos que recibiría ese día.

—No puedo creer lo mucho que ha crecido— dijo Patty, mirando con infinito amor a su bebé —y que justo hoy sea su cumpleaños— sus ojos se cristalizaron —nuestra pequeña es un milagro.

Stear tragó saliva, no había duda de ello, Hope era el milagro de su vida. Recordó la mañana en que se enteró que Patty estaba embarazada y lo que iba a hacer ese día. Unos minutos más y la historia habría sido completamente diferente, trágica.

— Hope me salvó de un destino trágico— dijo Stear, contemplaba a su pequeña castaña que estaba a punto de terminar de armar el rompecabezas. —El día que me dijiste que estabas embarazada yo…— después de tres años iba a confesarle su secreto —iba a enlistarme en el Ejército.

—Lo sé— el suspiro de Patty fue tan profundo, como si llevara años conteniendo el aire por ese motivo. —Sabía lo que pensabas hacer y no me iba a interponer— Stear se enderezó de su posición y miró fijamente a su esposa, su alegre mirada se ensombreció ante el recuerdo de su esposo preocupado por los llamados de reclutamiento —pero en cuanto supe que estaba embarazada tuve miedo de no poder salir adelante sola y corrí a decírtelo.

—¿Lo sabías? — repitió Stear —¡Claro que lo sabías! — se pasó una mano por el cabello —yo sabía que sabías y te hice sufrir— su voz se quebró y, al notarlo, Patty entrelazó sus manos con las de él. —Perdón, Patty, perdón por la angustia que te causé— besó su frente y después apoyó su cabeza en el hombro de su esposa, como un penitente pidiendo perdón.

Patty deslizó una mano por el cabello de Stear y respiró su esencia. No tenía nada que perdonar, Stear no se había ido al frente de batalla, se había quedado a su lado, al lado de su hija y le había dado las más grandes alegrías en los últimos años. Las horas de angustia de aquellos días de incertidumbre, con gusto las volvería a pasar si eso significaba estar así, con su esposo entre sus brazos, viendo crecer a su hija.


—¿Dónde está mi sobrina? — preguntó Archie en cuanto entró a la casa Cromwell.

—Buenas tardes a ti también, Archie— se burló Albert, que había llegado antes a la fiesta.

—¡Ah, hola, tío! — saludó vagamente Archie y siguió buscando a Hope. Archie llevaba tres cajas de regalo en las manos y estaba ansioso de entregarlos a su sobrina.

—Están en el comedor— contestó Albert y ayudó a su sobrino con un regalo que estaba por caer al suelo.

En el comedor, Patty, Candy y Annie acomodaban los cubiertos en la mesa y grandes fuentes de comida. Stear tenía a Hope en sus brazos y compartían un bombón. La pequeña castaña comía con prisa para que su papá no se acabara el dulce.

—¡Ahí está! — exclamó Archie y, tan pronto como Hope lo vio, le tendió los brazos. Archie dejó los regalos sobre la mesa y Annie fue a quitarlos para que no estorbaran. El orgulloso tío se acercó a la niña y la sacó de los brazos de su padre, quien, de mala gana, dejó ir a su pequeña. —¡Mira qué hermosa estás! — acomodó a la pequeña en sus brazos y le alisó el vestido que él había mandado a hacerle. Hope tomó el rostro de su tío en sus manitas y le besó la mejilla. El juego de vanidad que ellos tenían consistía en que, a cada cumplido a la pequeña, ella respondía con un beso.

—¡Oh, esos ojos! — exclamó Candy, enternecida por la mirada de Hope —tiene tus ojos, Stear.

—¡Mi pobre sobrina! — se quejó Archie —usará lentes dentro de poco.

—Dijo mis ojos, no mi vista— lo reprendió Stear tras darle un fuerte golpe en la espalda —dame a mi hija, majadero— Hope volvió a los brazos de su padre y todos rieron. En verdad, la niña tenía los ojos marrones de su padre, el rostro redondo de su madre y su lacio, brillante y castaño cabello.

—¿Fuiste hoy a clases, Patty? — preguntó Archie, aceptando una copa que Annie le tendía.

—No, tenía permiso para la fiesta— respondió Patty.

La señora Cromwell estaba por terminar su primer año en la universidad y eso la tenía tan feliz, como cansada. Cuando Stear retomó el plan de vida que tenían, ella dudó de estudiar, quería hacerlo, pero también quería estar al lado de su hija. Sin embargo, su esposo la convenció de hacerlo, tenían una niñera de confianza; estaba la abuela Martha; Candy, que amaba cuidar de Hope, al igual que Annie. Incluso Archie y Albert bromeaban que, cualquier día, llevarían a Hope consigo, el primero a las oficinas Andley y, el segundo a la universidad.

—De todas formas, las actividades se cancelaron— agregó Archie —cuando llegué, el campus ya era una fiesta—. El menor de los Cromwell estaba a un año de terminar su carrera universitaria y ya trabajaba codo a codo con Albert.

Por su parte, Stear, como había predicho su mentor, no tardó en llegar a la Presidencia y sí, ahora era la mano derecha de su padre, quien estaba sumamente orgulloso de las capacidades de su hijo. Resultó que, toda su habilidad matemática que por años intentó aplicarla en ingeniería, era aguda y efectiva en las finanzas; aunque no por eso dejó de inventar y ahora trabajaba los fines de semana en crear juguetes para Hope. Como siempre, algunos funcionaban y otros, no.


—¿Cansada, señora O ´ Brien? — Stear tomó a su esposa por la espalda, justo cuando estaba frente al tocador, terminando de prepararse para dormir. Ella le sonrió a través del espejo y recargó todo su peso en el cuerpo de él, quien empezó un húmedo y cosquilleante camino de besos por todo el cuello de su mujer. Un ronroneo por parte de ella lo incitó a deshacer el lazo del frente del camisón de fino algodón para acariciar sus redondos y cálidos pechos. Un gemido y jugó con sus pezones entre sus dedos. —¿Podemos seguir con la fiesta? — Patty atrapó los labios de su esposo con los suyos y siguió el juego de seducción hasta que sintió su cadera chocar contra la erección de Stear.

—Por favor, señor O´ Brien.

F I N


Gracias por leer

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Luna Andry