PRÓLOGO

16 AÑOS ANTES…

Vermont, Montpelier. Montpelier High School. 20:34 p.m.

Con las manos dentro de los bolsillos de su falda, caminaba con tristeza y nostalgia el largo pasillo del lugar que un día llamó hogar. Ya habían pasado dos años que había dejado atrás el Instituto, y la mayor parte de las cosas, seguían como antes. Absolutamente nada había cambiado. Ni siquiera la agitación y la euforia por parte de los estudiantes al escuchar la alarma que anunciaba el inicio del ansiado evento. Las porristas y los jugadores de futbol se pavoneaban como si fuesen dioses, haciéndoselo saber a los más inferiores, los cuales, no podían siquiera dirigirles la palabra. Vivían con pánico, y para evitar a toda costa ser asediados por ellos, apuntaban siempre la mirada hacia otra dirección. Se mantenía aún el mismo terror.

Inclusive, por fuera, su casillero se conservaba igual a pesar de ser asignado a otra persona. Con esa gran estrella dorada que adornaba la puerta siendo su estirpe. Posiblemente seguía igual porque simplemente no había sido asignado a otra persona. ¿Cómo poder saberlo?

Todo estaba tal y como lo recordaba. El pequeño pueblo de Montpelier seguía siendo idéntico, uno de los más conservadores del país. Era como si vivieran en el pasado, mientras que, en Nueva York, se hallasen a siglos luz de adelanto.

Rachel estaba en una época difícil de su vida, regresando al mismo sitio donde había crecido y había vivido un sinfín de experiencias, unas buenas y otras no tanto. Donde había conocido a la mayor parte de personas que amaba, y que sabía que cuando necesitase de su ayuda, sin dudarlo, la apoyarían. Aunque no nacieran de una misma madre, eran casi como hermanos. Sintiendo la misma felicidad o tristeza, esa tristeza de haber perdido a un ser tan querido como había sido la de su líder, Allan Prescott.

Sin embargo, lo que sí había cambiado en ella, era que sentía un enorme dolor en el corazón por la partida de él meses atrás. Había sido su novio por tres largos años, hasta que ambos habían tomado caminos distintos. Él prefería la tranquilidad de su pequeña ciudad y ella lo complicado y caótico que era Nueva York.

No obstante, su recuerdo, no le fue un impedimento para acudir al llamado de su generación y volver a recrear el baile de promoción donde había sido la ganadora de la corona años atrás. Sus amigos le argumentaron que querían reencontrarse y pasar una divertida y agradable velada. Ellos habían logrado su cometido, convencerla a pesar de no tener una agenda muy accesible por culpa de su trabajo. Así que a un lado de Troy y de Salma, sus mejores amigos y compañeros de apartamento, hizo el viaje de Nueva York a Washington.

Y hoy, simplemente nadie la reconocía y estaba dispuesto a tirarle un horrible frappé azul sobre su rostro, haciéndola parecer un ente venido de Avatar, como de los que se había obsesionado Liam Allen, el mejor amigo de Allan. A nadie le importaba que la chica irritante con aires de grandeza e hija de dos madres gay caminase a su lado. Había pasado de ser la más acosada a ser la más ignorada por esos mismos chicos que corrían a su lado ansiando llegar a la reunión a pesar de toparse con una celebridad. Y para aquellos pocos que sí la reconocían, debería verse como toda una diva y caminar con la frente en alto. Había conseguido la meta de llegar a su Olimpo, a su Oasis llamado Broadway.

Las cosas tenían que cambiar, por lo menos, hacia su persona. Por eso inhaló, y haciendo gala de su seguridad y orgullo, abrió la puerta del gimnasio. Descubrió a un grupo de chicos que bailaban desenfrenados en el centro de la pista y a todos sus amigos. Era como si el tiempo tampoco hubiese pasado para con ellos. Christian Freedman, el chico más popular de su generación, mantenía una entretenida charla con Liam y Mike, seguramente de qué chica se veía mejor. Willow, Troy y Sophia estaban parados a un lado del escenario carcajeándose y poniéndose al tanto de todo lo que habían hecho en esos dos años. Salma y Taylor estaban dirigiéndose apenas la palabra; a pesar de que las chicas habían sido novias en el pasado, ahora parecían odiarse; y luego estaba Quinn Anne Spencer, la chica que la había atormentado la mayor parte de su estadía en el instituto. Y aunque tiempo después su amistad fuera mejor, jamás habían sido las más unidas, lo habían sido exclusivamente por el coro estudiantil, donde ambas habían participado, y por sus luchas constantes por el amor de Allan Prescott, pero nada más, jamás se había abierto con ella. Quinn había tenido una mejor relación con Salma y Taylor, al haber compartido la Capitanía de las porristas y ser mejores amigas.

Si bien en este momento creyó que la chica no se uniría a ellos por su falta de interés por relacionarse con sus amigos de instituto, y en especial con ella, estaba allí, acompañada de un chico con un semblante serio y con un sutil aire de arrogancia. Ambos estaban sentados en el lugar que siempre había sido su asiento preferido por la tranquilidad que le brindaba y donde solía esconderse cuando la fastidiaban: en los asientos de las gradas.

Y cuando por fin Quinn notó su presencia, le sonrió avergonzada. Y eso tenía un porqué, la chica junto a Taylor, la exnovia de Salma, habían sido las que exclusivamente no acudieron al homenaje de Allan a pesar de que con él sí había tenido la mejor relación. Rachel no conocía aún la razón, Quinn únicamente se había tomado la molestia de escribirle un correo con sus condolencias y nada más. Todos esos años solo tuvieron ese contacto. Ninguna otra explicación por parte de ella. Rachel resopló y caminó hasta ellos, sentándose a su lado con la inquietud de conocer sus razones del por qué jamás quiso ser su amiga, pero la rubia con un casi imperceptible hola y siguiendo la plática de su acompañante, le hizo saber que no hablaría más que eso. Así que no insistió más, simplemente se sentaría a su lado y dejaría que Quinn se abriera poco a poco y le contara sus motivos, y lo que pretendía que quería que sucediera, se fue por la borda, cuando Salma apareció y se sentó entre ambas.

—Con que aquí estás Brooks, escondiéndote detrás de las faldas de Spencer —interrumpió Salma con sorna—, y tú, por fin decidiste salir de tu cueva. ¿Y este quién es? ¿Buscando una vez más desesperadamente la aceptación de otro chico?

—Salma… —intervino Rachel poniendo toda de su atención en Quinn, quien, si de por sí ya estaba cerrada a una plática, ahora lo estaría a un más por sus imprudentes palabras, pero así era su mejor amiga, con ese clásico carácter ácido a la hora de expresarse y obtener información. No importaba los métodos, sino el resultado final.

—Cállate Frodo, no estoy hablando contigo, ya tendrás oportunidad de seguir ligando con ella, lo que ahora me compete es saber dónde ha estado metida todo este tiempo, porque no se ha dignado a responder ningún tipo de mensaje. ¿Por qué no hemos sabido nada de ti?

—Es algo que no te interesa Salma, como tampoco le importa a Rachel, la diferencia es que ella sí entendió mi sentir. Había olvidado lo irritante que eres "mejor amiga" —respondió Quinn con descontento. La chica las quería lo más lejos posible de ella. Seguía comportándose como esa chica arrogante, grosera y fría que había sido en el instituto, aunque esta vez sí tenía una razón de ser.

—¿Podrías si quiera presentarnos con tu noviecito? —insistió Salma. Rachel no dejó de observar con detenimiento a la rubia en ningún momento. Era verdad que quería hacerla sentir cómoda, pero también era cierto que tenía bastante curiosidad por conocer el porqué de su actitud. Había esperado algunos meses para reencontrarse, y ahora estaba siendo el día para resolver muchas de sus dudas.

—Me llamo Stephen… Stephen Lockwood, y no es necesario que Quinn nos presente, yo puedo hacerlo. Me encanta conocer a sus mejores amigos, y más, si es una chica como tú, con esa fresca y desenfadada personalidad ¿Salma dices llamarte? —la latina asintió y él le ofreció su mano a modo de saludo. —Ya le había comunicado a Quinn mis ganas de conocer a sus compañeros de Instituto, pero todo este tiempo se había negado. ¿Podrían contarte de cómo era ella aquí?

—Pues… estaba un poco loca, que incluso nos hizo pensar que se había hecho un gran tatuaje en su espalda al regreso del verano, pero, todo fue un momento de arrebato para hacerse notar, aunque ahora tal parece que la avergonzamos ¿No es así querida amiga Quinn? —todos analizaron a la chica, quien con disgusto le entrecerraba los ojos.

—Stephen, cariño, creo que olvidé mi celular en el coche ¿Podrías traerlo? Prometí a mi madre informarle cuando estuviésemos aquí —lo pidió con una voz más dulce y amable y le dejó una caricia en el rostro.

—Claro… ahora vuelvo —respondió un poco desconcertado por el cambio de actitud de su novia, pero quizás solo necesitaba un momento a solas con sus amigas de la adolescencia, así que no puso más impedimento para que eso pasara y salió por donde habían dejado el coche aparcado. Ya tendría más tiempo para convivir con ellas.

—¿Qué tratas de lograr Salma?

—¿Yo? Nada, Quinn… Solo me interesa saber por qué no has respondido a mis múltiples mensajes todos estos meses.

—No te has preguntado que quizás es porque ¿simplemente he estado ocupada? Y si no te llena esa respuesta, aquí va otra… no quería hacerlo, fin del asunto. Déjame de molestar.

—¿Tan ocupada que no pudiste pararte el día que pasó eso con Allan? ¿Tan poco te importó que nuestro mejor amigo se fuera para nunca más volver? Pensé que tenías un poco de corazón, Quinn, pero ya veo que no y que sigues siendo la misma chica ruin.

— ¿Qué? ¿De verdad vamos a discutir por eso Salma? —cuestionó con cansancio y rodó los ojos.

—Pues sí, Spencer. Por supuesto que sí… y no acepto la respuesta de que no te importó ni un poco Allan por estar jugando a la chica de alta sociedad con tu perfecto Ken o por estar en alguna de esas clasistas fraternidades de Harvard.

—¡Basta Salma! No te permito que pongas palabras en mi boca que yo no he dicho —poco a poco la molestia de Quinn iba en aumento —Porque no sabes la razón del por qué no pude acudir —fue entonces que Rachel decidió intervenir. Se percató de la enorme tristeza que sentía la rubia reflejada en sus ojos. Además, de que posiblemente Salma en la búsqueda de información, terminaría por desquiciarla, y lo que menos quería, era que eso sucediera, y menos, si quería obtener la información por ella misma.

—Salma, por favor, basta, déjala en paz, ya tendrá ella sus razones, y deben de ser muy poderosas, ¿No es así, Quinn? —la rubia simplemente le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Rachel siempre tenía las palabras adecuadas a la hora de conocer sus sentimientos reales.

—Pues no Rachel, no la dejaré, porque al traer a ese muñeco de plástico y no haberse puesto en contacto ni un solo minuto de su tiempo, nos demuestra que sigue siendo la misma chica despreciable. No se para en este pueblo desde hace tantísimo tiempo, no nos escribe a sus mejores amigos, y a ti, simplemente te ignora después de enterarse por lo que pasaste.

—Salma… No la molestes más.

—Sí Brooks… claro, tú crees que ella ha cambiado, pero es porque eres tan ingenua.

—No es verdad, ella me lo ha dejado en claro muchas veces, y yo le creo…

—Pues no, incluso lo que creíste que en su momento fue humilde y de redención de ella hacia ti solo fue basura.

—¿Espera? ¿De qué hablas? —respondió sin entender absolutamente nada.

—Salma ¡Cállate! Ni se que ocurra contarle eso, prometimos guardar el secreto —Quinn había dejado su actitud de frialdad por una de preocupación por lo que estaba a punto de confesarle su amiga.

—Oh vamos Rachel, deja de defenderla porque pues eso, que cuando ganaste la corona en el baile de promoción y fue tu momento más feliz con Allan, fue mentira, ella había ganado y simplemente le diste lástima. Sí así es, no ganaste ¿De acuerdo? Todos sintieron lástima por ti, y las dos personas que más odias en este mundo, Quinn y yo, llenamos las urnas con tu nombre para que ganaras. Incluso tu máxima rival, sintió lástima por ti.

Quinn dirigió su mirada hacia otro lado para así evitar descubrir el rostro de sufrimiento por parte de Rachel. La pena y un gran remordimiento de conciencia le invadían.

—¿Eso es cierto Quinn? Sé que no pudiste hacerme eso… —dijo conteniéndose para que no se le salieran las primeras lágrimas.

—¡Agh Salma! No tenías el derecho a esto, Rachel no tiene la culpa de mis acciones —se cubrió la cara.

—Eres una cretina, Salma… —sollozó, se levantó el vestido y salió rápidamente. Que le destruyera uno de los momentos más felices que había tenido con su exnovio, lo había sentido como mil agujas en su corazón. Era uno de los pocos recuerdos alegres que guardaba en su mente y corazón. Quinn no podía creer que eso hubiese sucedido. Era cierto que la mayor parte del tiempo ambas habían herido a Rachel, pero jamás a ese nivel. Había sido horrible la confesión de Salma y Quinn sintió pena.

—Rachel tiene razón ¡Eres una imbécil, Salma! No tenías por qué confesar lo que hicimos con buenas intenciones, porque si no mal recuerdo, tú también estabas muy conforme. ¡Tú más que nadie sabe exactamente por qué lo hice! —Quinn gritó enfurecida, le dedicó una de sus ya tan famosas miradas de odio, y después, salió corriendo detrás de Rachel.

Le siguió el paso con una prudente distancia para darle un poco de respiro. No quería hacerla sentir agobiada con su presencia. Así que permitió que entrara a uno de los baños y analizó con detenimiento el diminuto reloj de la entrada dándole el tiempo pertinente para relajarse. Y cuando creyó que había pasado los minutos oportunos, entró como un remolino por la puerta sin importar asustarla.

—Rachel, no tienes por qué creer lo que te dijo Salma. Es cierto que por nosotras ganaste la corona, pero no lo hice con malas intenciones… —guardó silencio por algunos segundos reorganizando sus palabras, mientras Rachel la ignoraba y recargaba en el lavamanos— Mejor dicho, no lo hicimos con malas intenciones.

Su "casi amiga", que estaba muy alejada de serlo, insistió en no brindarle un poco de su atención. Y bueno, se lo merecía por no contarle la verdad cuando debía. Ahora se lamentaba por ocultarle eso tan importante.

—Esas palabras de Salma me hicieron recordar lo cruel que fuimos. Realmente me siento fatal por cómo te habló en el gimnasio. Pude haber evitado que siguiera con esas inadecuadas palabras.

—Ni siquiera sabes lo que es vivir en Nueva York. Salma y yo éramos íntimas amigas ahora que vivimos juntas, pero ahora parece que todos los días son exactamente así. Y ahora parece que no importa dónde vaya o lo que haga, otra vez estoy aquí, con los mismos chicos que siempre han tratado de hundirme una y otra vez sin importarles mis sentimientos.

—Cada vez que un profesor me dice que no soy muy buena o que no estoy lista ¡Dios! —susurró apenada —es como si me sintiera como tú, como yo te hacía sentir o Christian o Salma o todos los que estuvimos aquí para hacerte la vida imposible —Rachel la observó con interés— Y aunque no lo parezca, en ocasiones me ponías en tu lugar, a veces me hacías sentir la menos talentosa, la menos especial o el más insignificante insecto cuando subías sobre el escenario y nos deslumbrabas con tu gran talento y resplandor de estrella. Yo te tenía celos, Rachel. Siempre fuiste mejor que yo.

— ¿Soy uno de tus fantasmas? No lo creo, tú siempre has sido la chica más hermosa que he conocido, la más segura. ¿No lo recuerdas? Todos en los pasillos se hacían a un lado al ver pasar a la capitana de las Starburst. Tú movías a todos Quinn, los movías porque eras especial a tu manera.

—Lo ves, no necesariamente todo eso es malo Rachel. Solamente debes de usar esas cosas y dejar que te motiven. Así como yo las usé en su momento —caminó lentamente hasta ella.

—Me pone triste que creas que arruiné tu estadía en este lugar —Quinn la contempló conmovida —es solo que, no lo sé, tenía la sensación de que siempre éramos tú y yo. Con esa rivalidad y conexión especial, con una conexión extraordinaria que nos hacía decirnos las cosas fríamente cuando eran necesarias. Con esa conexión para ayudarnos.

Y era verdad, a pesar de que Quinn siempre había sido parte de todas las bromas de todos sus compañeros, cuando podía y veía que cometería alguna estupidez, se lo hacía saber, aunque después la siguiera agrediendo. Y todo eso tenía una obvia razón de ser, aunque no quisiese aceptarlo.

—Yo igual lo he pensado —se mordió el labio, signo indiscutible de nerviosismo. — Siempre he creído que eres la mejor cantante que haya escuchado, Rachel. Siempre he creído que serás la más grande estrella que haya nacido y sentirme orgullosa de decirles a mis hijos que eres mi amiga. De decirles que fui tu compañera de instituto.

—¿No crees que Julie Andrews y Emily Brönte se sientan igual?

—No lo sé, pregúntame cuando ganes tu Tony y yo mi primer Emmy ¿Está bien?

—Bueno, supongo que habré ganado mi primer Tony para entonces.

—Seguramente... Vamos, ven aquí, cielo —la abrazó como nunca se había atrevido a hacerlo —Entonces ¿Me perdonas? ¿Me perdonas por todo lo horrible que te hice? ¿Saldado todo lo malo?

—No te preocupes Quinn, no era necesaria tu disculpa, además, no tienes por qué contarnos del porqué no pudiste acudir, seguramente esas fechas estuviste ocupada —Quinn negó afligida, por supuesto que esa no era la verdadera razón, pero no podía decirle la verdad sin herirla más—. El que Salma sea tan molesta e impertinente ya lo tengo tan familiarizado que ya no me afectan ni me interesan sus palabras, así que no importa lo que ella piense —mintió liberándose de su abrazo.

Y sí, mintió porque no quería verse frágil ante Quinn Spencer, quien la atacó gran parte de su paso por el instituto, y ahora mágicamente estaba cambiando su actitud de la noche a la mañana, y eso la hizo desconfiar, aunque no por eso no dejaría que saliera a flote el gen curioso Brooks.

—Solamente me gustaría saber algo ¿Por qué Quinn? ¿Por qué decidieron hacer eso si ambas pudieron ser las perfectas reinas de promoción? Específicamente tú. Ustedes dos eran la mejor opción, eran lo que todo el instituto esperaba, que las dos chicas más populares y hermosas ganaran, por eso no entiendo tus puntos ni las razones del por qué vienes y me pides esta disculpa. Sigo sin comprender por qué hicieron que una chica perdedora como yo ganara, y específicamente tú, me cedieras tu corona. Esa por la que peleaste tres años— siguió a pesar de que por sus mejillas volvían a caer varias lágrimas que ya no había podido retener. Quinn dulcemente se las limpió con su pulgar.

—Verás Rachel… Yo… no lo sé, simplemente quería hacer algo bueno por ti y enmendar todas las cosas horribles que te hice. No hay algo en específico… no hay una historia maravillosa detrás de esto.

Entonces esquivó la mirada y evitó a toda costa que Rachel la viera mentir, porque sí, Quinn Anne Spencer también sabía hacerlo, y, sobre todo, con sus sentimientos.

—Está bien Quinn, si no quieres decir las verdaderas razones, no soy quién para obligarte a decirlas —no le creía nada, sentía que algo más le faltaba por decir, su mirada inquieta así lo denotaba, sin embargo, no insistió —De acuerdo, debería regresar ya a mi casa, es demasiado tarde y mis mamás necesitan de mí para no sé qué cosa, solo venía un rato y cumplir con todos. Te agradezco por tus reveladoras y contradictorias palabras Quinn, ya me siento mucho mejor —dijo de manera sarcástica y atravesó por enfrente de ella.

— ¡Agh! ¿Por qué siempre eres tan irritante Rachel? ¡Espera! —se interpuso en su camino y la detuvo del brazo atrayéndola hacia ella— Rachel, lo cierto es que no solo eres tú quien quiere saber ciertas verdades, vengo arrastrando esto desde hace tantísimo tiempo —vio directamente a unos cuantos centímetros de su rostro los dos grandes orbes avellana que aún se mantenían rojos a consecuencia del llanto. En ese momento, supo que posiblemente se arrepentiría por lo que vendría después, pero ella también quería respuestas —¿Por qué ser tan obstinada el día de tu boda? ¿Por qué me querías allí con tanta insistencia? Si lo más fácil era casarte con Allan e ignorar todas las cosas que siempre te había aconsejado. El que era una estupidez que se casaran siendo tan jóvenes. Quizás hoy todo hubiese sido diferente.

Le era mucho más difícil a Rachel hablar por la escasa cercanía en la Quinn la retenía, incluso, podía sentir su delicada respiración correr de entre sus labios. Llamándola como un hipnotizante y poderoso imán.

—Dame una simple razón y yo respondo a lo que tú quieras… —soltó suavemente las palabras y dirigió su mirada a los labios de la morena.

Y sucedió. Sucedió algo que por ninguna razón coherente pasó por la mente de Quinn, algo que llevaba esperando por más de tres años. Rachel no respondió con palabras, respondió con algo acorde a su teatral personalidad y dejándose llevar por ese par de atrayentes ojos grises. Con un beso. Uno tan increíble que Quinn no tuvo las fuerzas para apartar. Uno que Rachel llevaba esperando por el mismo tiempo que ella, y que después de que vio la oportunidad por la invitación de la sensual voz de Quinn, se atrevió a hacerlo. Duró el tiempo justo para que Rachel se diera cuenta, que sí, efectivamente, las peleas y celos que había tenido en el pasado para con ella solo tenían una razón de ser, una atracción por Quinn Spencer. Porque desde el primer día que la vio caminar por los pasillos del instituto con su uniforme de porrista, había sentido esa curiosidad hacia ella, y aunque Quinn hubiese tratado de alejarla de ella un sinfín de veces con ayuda de múltiples humillaciones, así había sido siempre. Y aunque hubiese salido con todos los chicos del Coro, que incluso, por un momento se olvidara de ella y saliera con Allan, no podía seguir haciendo como si nada pasara. Sin duda, pasaron los años y Rachel seguía profesando la misma atracción hacia esa hermosa rubia de ojos grises y sonrisa eterna.

—Yo… Lo siento… Yo no puedo Rachel —se tocó con nerviosismo sus propios labios.

—Espera Quinn, puedo explicarlo… espera, por favor… no puedes dejarme solo así, sin decirme nada. Sé que sentiste lo mismo que yo —sollozó cubriéndose la boca.

—Me casaré con Stephen—finalizó.

Rachel sintió como su corazón se rompía en mil pedazos por culpa del que creyó era el amor de su vida en esos núbiles y tiernos instantes de su vida. Ese primer amor de instituto, ese que es el más fuerte y difícil de olvidar. Ese amor ideal y onírico que es un imposible y se vuelve una loca obsesión.

¿Nunca han escuchado que el amor adolescente es con el que más experimentas sensaciones intensas y percibes que tu corazón late a mil revoluciones por minuto? ¿Ese qué crees que es nunca se terminará y será eterno? ¿Nunca te ha pasado que te ha gustado tanto alguien para querer encerrarte en tu habitación, poner música y brincar sobre tu cama? Pues ese era el que sentía Rachel Julie Brooks por Quinn Anne Spencer y del que un día Miss Watson le había hablado.