Sasuke está sentado frente a mí. Es nuestra primera vez viéndonos, pero llevamos meses hablando. Tal vez por eso podemos conversar tan libremente.

Esta es una ciudad nueva. Una ciudad fría, pero cuando él habla me siento abrigada. A veces a esta tibieza le llamamos ternura.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —pregunta. Su voz se escucha lejana porque estamos sentados en un restaurante con mucho ruido.

—Solo el fin de semana.

Asiente. Es de esas personas que miran directamente. Yo intento sostenerle la mirada, pero me siento tímida. Como si fuese capaz de encontrar algo en cualquier intersticio de mi mirada, solo me ve a mí.

Hablamos mucho más de lo que conversamos por mensajes. Sonríe poco y por eso cada vez que sus labios se curvan de esa manera es como recibir un premio. Así como él hace, yo también lo observo solo a él. A sus gestos. Sus dedos largos sobre la mesa o tomando el jarro de cerveza. Su barba. Lo veo todo, aunque, de vez en cuando, deba bajar la mirada porque la suya es más fuerte y gana la batalla.

—¿La reunión de hace un rato era por trabajo? —le digo, queriendo saber todo. No solo deseo continuar conversaciones de lo que hacíamos antes, de lo que fuimos en otro tiempo, otros años, otros nosotros. Quiero saber de él ahora. Qué piensa, qué siente y, de ser posible, encontrar una herida pasada que aún no cierre. No para curarla sino para conocerlo desde ahí. Para yo también sentirme libre de mostrarle las mías y así estar en igualdad de condiciones. Los dos vulnerables para conocernos desde el dolor. Para mí, esa es la única forma de conocer a alguien.

¿Pero será muy pronto pensar todo esto? Normalmente no soy así. No me lanzó al vacío tan pronto, pero ahora siento que puedo hacerlo. Para qué ser precavida si de todas formas el resultado puede ser el mismo. Haga lo que haga, la posibilidad de terminar lastimada siempre estará.

—Vamos a bailar —propone. Nos levantamos un poco torpes. No somos adolescentes, pero hay ocasiones en las que los nervios nos vuelven jóvenes de nuevo.

Bailando ocurre lo que quería hacer hace mucho. Sus labios son muy húmedos y se mueven en al mismo tiempo que sus manos por mi espalda. Dejamos de bailar para seguir besándonos y reímos cuando vemos que alrededor nuestro todos bailan realmente. Se mueven con sus mejores pasos, pero nosotros no. Continuamos ahí de pie, pero solo para estar abrazados y sonreírnos y besarnos más.

Al salir del bar lo hacemos con algo en mente. No lo decimos, pero lo pensamos. Nos comunicamos no con palabras sino con roces de nuestros dedos o de nuestros labios. No hay otra forma de terminar la noche, pienso, porque me abraza, desliza sus dedos por mi cabello, su barba roza mi mejilla y dentro de mi vientre surge una fuerza, una marea que se agranda y expande hasta llegar a mi pecho. No hay cómo terminar esta noche si no es con él.

Al llegar al cuarto de hotel me cohíbo más. ¿Es posible? Quiero lanzarme hacia él para seguirlo besando, pero solo lo miro y sonrío. El hace lo mismo y nos quedamos así, sacándonos los abrigos y luego caminando hasta la cama donde nos acostamos. Tocar la cama me hace dar cuenta lo cansada que estoy. Él igual. Aún vestidos nos abrazamos y, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.

Despierto y escucho su respiración profunda a mi lado. Miro sus pestañas largas, su pecho elevándose y bajando. Se remueve en su puesto y volvemos a abrazarnos. De nuevo la tibieza, ¿la ternura?, de nuevo la sensación que nace en mi vientre y sube a mi pecho para entrecortarme la respiración.

—Buenos días —su voz más ronca, en dos tonos más bajos que los habituales.

—Buen día, Sasuke. ¿Dormiste bien?

—Más que bien.

Levanto la cara buscando su boca. La atrapo con la mía y lo que comienza como un beso dulce, se vuelve apasionado. Cada vez más hasta que sus manos se mueven por mi espalda, mis piernas, mi pecho. Me recorren toda sus dedos y yo también. Tengo la necesidad de acariciar su piel desnuda. De sentir entre mis dedos sus vellos, de presionar su espalda con mis uñas y de que nuestros pechos se encuentren, asimismo, frente a frente, totalmente desnudos.

El tiempo parece alargarse ente las caricias. Nos cuesta respirar con normalidad. Nos cuesta todo lo que no sea besar al otro. Nos cuesta estar coherentes en un momento así. Pero continuamos. Solo los dos. Entre suspiros, entre besos largos y saliva. Seguimos hasta el final porque esta era la única forma en que podía terminar este encuentro.

Sasuke me lleva al aeropuerto esa tarde.

—¿Segura que debes irte ya?

—Sí. Tengo que regresar lo más pronto… por el trabajo.

—Entiendo.

Nos quedamos en silencio, sin mirarnos, unos segundos.

—¿Nos volveremos a ver? —pregunta él y es la primera vez en que parece expuesto. La primera vez que verbaliza un deseo disfrazado de pregunta.

—Sí —susurro cerca de su rosto. Sus besos son cada vez más largos, pero como ese es el último, parece que es demasiado corto. Después me arrepentiré, estoy segura. Pensaré en que debí besarlo más o quedarme más tiempo con él en la cama. Después, cuando haya regresado a mi ciudad, a mi rutina, imaginaré lo que se habría sentido un beso más al final y querré volver y me sentiré idiota por siempre despedirme lo más rápido posible, evitando demostrar cualquier atisbo de emoción. Pero por más que tenga todo ese arrepentimiento, ya no podré hacer nada. Solo mirar hacia atrás. Recordar, aunque los recuerdos sean fotografías que se van poniendo borrosas, no importan qué tan buenas sean.

Pero en ese momento, cuando separamos nuestros rostros y yo me bajo de su auto, aún no me he arrepentido. Cuesta tanto pensar a futuro cuando se disfruta el presente. Por eso tomo mis maletas, le hago de la mano y camino a la entrada. Ni siquiera volteo a mirarlo una última vez. De esto también me arrepentiré luego porque no tendré la certeza de si su lunar estaba al lado del ojo derecho o del izquierdo.

Con estos momentos de arrepentimiento llegarán también los días en que me dedique a imaginar a futuro. Lo que pasara cuando nos volvamos a ver. Pero eso no se sabe bien cuándo ocurrirá.

Por eso ahora solo escucho sus audios. Volvemos a escribimos, a conversar sin mencionar lo que ocurrió en ese encuentro. Como si no hubiese pasado, porque nombrarlo es llamar a la tristeza. Así seguimos, no sé cuánto, pero así estamos. Hablando, recordando y mirando religiosamente la ventanita del chat como si nos estuviéramos mirando a los ojos.