Enciendo mi celular al término de la primera reunión del día. Tengo llamadas perdidas de compañeros y varios mensajes de WhatsApp. Diviso en la parte superior del celular que la app de citas me invita a abrirla para encontrar alguien nuevo esta noche. Es viernes y otra vez no tengo planes. Dudo. Quizá más tarde, quizá, digo cerrando todas las pestañas.

En el almuerzo, Naruto se muestra coqueto. Más de lo usual. Roza mi mano con la excusa de tomar una servilleta o me habla al oído porque no quiere alzar la voz.

—¿No conoces ese nuevo lugar? Querida, te digo que es muy bueno. Me gustaría llevarte hoy mismo si es posible —dice con su sonrisa de medio lado, tan blanca que enceguece.

—Te agradezco, pero no tengo ánimo.

—¿Estás bajón? ¿Ha pasado algo?

Dudo. Miró alrededor, a la gente comiendo, charlando, a los meseros ir de un lado al otro, incluso observo, a través de los grandes ventanales, a la gente que camina afuera, con desesperación o con lentitud, gente que sabe hacia donde quiere ir y por eso avanza a pesar del calor que hace a esta hora. Regreso a mirar a nuestra mesa, a Naruto, que, con una ceja arriba ha esperado por mi respuesta todo este tiempo.

—Sí y no. Tengo la cabeza hecha un lío. No quisiera hablar de eso la verdad.

Naruto asiente. Tiene la calma necesaria para que me sienta cómoda todo el tiempo. Sus rasgos son muy marcados, su piel es muy blanca, el cabello rubio ligeramente largo, como en un estilo juvenil, pero su traje le devuelve la edad que le corresponde. Me agrada en todos los sentidos y por eso no sé por qué nunca le he aceptado una salida formal, pero, ya que estoy en estas, si me lo pregunta una vez más, podría aceptar fácilmente.
Él respeta mi negativa. Cambia de tema. Llegan los compañeros con los que almorzamos casi a diario y él dirige la conversación. Es extrovertido, gracioso, siempre se vuelve el centro de las reuniones. Naruto me descubre mirándolo y sonríe más, me guiña un ojo. Disfruta de la atención y también está seguro de que en cualquier momento puedo ceder a sus atributos. El resto del día pienso en ello. En los atributos de Naruto, mi compañero de trabajo hace tres años y me inquieto. Me da curiosidad pero el trabajo me fuerza a retomar la seriedad. El pensamiento en cero. Tipear por costumbre, responder correos.

Es viernes, pienso de nuevo, y por algún motivo me siento desesperada, con una necesidad que debo cubrir pero que no logro descifrar y, en medio de mi ofuscación, un mensaje de Naruto me regresa a la tierra, a la oficina. "¿Quieres ir a tomar algo más tarde? Solo tú y yo", añade, para enfatizar el sentido oculto de su propuesta. Acepto, que sea lo que deba ser, me repito, pero de pronto respirar se me dificulta. Dejo la computadora a un lado para ir al baño y mojarme el rostro. Frente al espejo me veo un poco pálida, con más ojeras de lo normal, nada que pueda resolver ahora. El celular vibra, la app de citas me envía más notificaciones para que la revise.

Entro a WhatsApp, bajo por la fila de ventanitas con mensajes por leer hasta llegar muy abajo, a uno que no respondí más. Aún me aparece la foto de perfil de Sasuke y el último mensaje es uno de él, lo dejé en visto, sí. A veces tengo el impulso de escribirle, después de estos seis meses, como si nada, así como él hacía durante semanas en las que no sabía de él, y revisaba el celular cada media hora, imaginando lo peor y, cuando comenzaba a acostumbrarme a la perdida, aparecía de nuevo. Como si nada. Al principio hubo explicaciones: que estaba enfermo, que viajó fuera de la ciudad y no tenía señal, luego ni siquiera eso. Me respondía como si nada dos semanas después de haber desaparecido.

Inhalo y exhalo como he visto que la gente hace en las películas. Decido que al fin borraré su contacto y eso hago. No tengo ya manera de escribirle, aunque quisiera no es posible y en el fondo hay una tristeza muy ligera que se asoma, pero es una tristeza que ya he sentido varias veces antes por él, por lo que ahora ni siquiera dura mucho. Vuelvo a mi escritorio y la pantalla de mi celular brilla. Naruto dice que me espera a la salida en el estacionamiento.

Antes de encontrarme con Naruto voy al baño con mi cajita de cosméticos. Me coloco algo de maquillaje sobre las ojeras, retoco el labial rojo, peino mi cabello corto y liso, me desabrocho un botón más de lo usual de la blusa y tomo el ascensor para llegar a él. Naruto es muy alto y me toma el rostro con las dos manos para saludarme y besarme en la mejilla. Me gusta el olor de su perfume, no es tan fuerte pero huele lo suficiente como para sentirlo si estoy cerca de su nuca. Hace un gesto de querer abrirme la puerta del auto pero yo río y niego con el dedo.

Estamos en el lugar favorito de Naruto. Las luces son tenues, dan la sensación de que en lugar de lámparas estuviésemos en medio de velas. El ambientador huele a canela y tenemos una mesa en el segundo piso, junto a la ventana. Tal vez sea porque es temprano, pero apenas hay un puñado más de personas en el lugar. Me gusta. Es cómodo para conversar y eso es algo que a Naruto le encanta hacer. Me pregunta cosas banales, que respondo de cualquier manera al principio, luego empiezo a interesarme por él. Le realizo mis propias preguntas y así entramos más en confianza. Hablamos de nuestra infancia, del colegio al que asistimos, de los lugares que frecuentamos en la Universidad, de las amistades que tenemos en común.

En poco tiempo me siento alegre. Además del carisma que desprende Naruto, eso se debe a que hemos bebido no sé cuántas copas y ahora que han llegado más personas y los murmullos son altos, nos hemos acercado para hablarle al otro directamente en su oído. De ahí en adelante, las cosas ocurren rápido. Me gustaría decir que sin mi control, pero eso sería mentir. Ocurren porque quiero que sean así. Pedimos la cuenta un par de horas después y salimos caminando del bar. Muy juntos, riendo, hablando de tonterías y, de tan mareada que estoy, tropiezo, pero Naruto está ahí para sostenerme.

No sé si mañana cuando abra los ojos pensaré en que en ese momento, cuando me tomó por la cintura para no caer, fue en el que debimos habernos despedido o si, por el contrario, estaré arrepentida de haber tardado tanto en salir con él, pero ahora mismo esas ideas no se cruzan por mi mente. Quiero ir a casa, le digo, y cuando estamos ahí, en la puerta, sus ojos azul intenso demoran los parpadeos, su boca se entreabre, y es ahí, en ese preciso momento, que no puedo sino preguntarle si quiere subir. "Tengo un vino", digo, por si acaso, para que no piense algo más, pero claro que yo estoy pensando en más cosas y él sonríe, como si leyera mi mente, como si nos comunicáramos por sonrisas. "Me encantaría", responde, y caminamos uno al lado del otro hacia mi departamento, muy juntos, y a veces nos regresamos a mirar, nos rozamos los hombros, los codos, y me tiemblan las manos al intentar abrir la puerta.

Al entrar, nos despojamos de los abrigos. Él se sienta en el sofá amplio, yo voy por el vino y las copas. Tomo asiento junto a él y ya no me doy cuenta de los nuevos mensajes que me llegan al celular y así está bien.

Al menos por esta noche. Ya mañana veré, mañana sabré si fue algo de una vez porque nos sentimos muy solos los dos o es que las emociones de ahora buscarán sostenerse de las comisuras de nuestros labios, de las historias que compartimos, de nuestras ropas o de qué más podrían sostenerse estas sensaciones para sobrevivir más allá de este encuentro en un viernes inesperadamente placentero.