El crimen del cuerpo
...Estuve durmiendo y ahora…estoy muerto.
E. A. Poe - La verdad sobre el caso Valdemar.
Urie se durmió escuchando un compilado de luto y llorando. Primero solo cabeceaba. Pero si. Se durmió. No debió dormirse.
(Las heridas de Shirazu debieron cerrarse, esto es un sueño).
No era un sueño. Y si. Su jefe de escuadrón, Shirazu Ginshi, murió de una herida estúpida. Ya se había curado a sí mismo por una igual. Cuando a Urie ni siquiera le importaba. No lo suficiente.
Como para dormir junto al cuerpo de Shirazu. No había podido explicar la paranoia que lo invadía. Pensaba que alguien se llevaría el cadáver y que no podría honrarlo en la muerte. Sasaki le dijo que exageraba y estorbaba al equipo forense de investigación pero Urie insistió.
(¿Qué tan humanos somos? Creen que sus pruebas son más importantes que darnos sepultura), pensó con saña.
Se propuso soportar. Plantó su guardia frente a la puerta de la morgue, si la entreabría, podía ver a Shirazu tendido en la mesa. Pálido. Iluminado. Ensangrentado. Vacío.
La mera visión arrancaba nuevas lágrimas a Urie.
Durmió sentado, tras quitarse los auriculares. No descansó, se sobresaltó por cualquier ruido durante buena parte de la noche. La peor parte, supuestamente, la autopsia con el informe, ya había pasado.
Pero Urie no lo sentía así. Ser perceptivo era uno de sus talentos. Así que esperó más.
Aunque Shirazu estaba muerto y ultrajado, ocasionalmente asomarse al cuarto frío para observarlo, le daba cierta paz a Urie. Al menos lo tenía. Estaban juntos, en cierto modo. Era su centinela.
—¿Qué haces, Urie?
...No es que no vio llegar a Haise. Es solo que quería ignorarlo.
—Podría preguntarte lo mismo —murmuró Urie, con los codos en las rodillas y la cabeza gacha. Podía jurar que Haise Sasaki se carcajeó. Pero...
Ese no era su estilo. ¿O si? ¿Podía ser tan hijo de puta?
(Se burló de mi mientras que acunaba a Shirazu en la muerte), recordó, con pesar.
—Fui a beber. Te llamé.
Sasaki se inclinó para acercarse a Urie pero el joven Quinx solo siguió sin estar dispuesto a darle cabida. Quería que Haise se marchara.
Pero también sufriría si lo hacía.
—Tengo que estar aquí con él.
Haise jadeó.
—No puede apreciarlo ya.
—¡Cállate!
Urie rompió a llorar otra vez. Pero Haise, ese Haise oscuro y cínico, solo se encogió de hombros y se acomodó las gafas, de un modo similar al que Arima Kishou lo hacía. Urie sintió escalofríos.
—Si hubieras venido a beber conmigo, te sentirías mejor.
Haise le sonrió. Pero Urie no lo miró mucho tiempo. Urie volvió la mirada hacia la puerta entreabierta, con el cuerpo tendido y purificado de Ginshi Shirazu. Demasiado pálido y solo.
—¿Qué clase de ser humano diría eso? Mi amante murió.
Haise se inclinó más. Tocó la rodilla de Urie, quien seguía sin mirarlo.
—¿Ahora admites que andabas con él?
Urie apartó a Haise de un golpe en su mano, lo empujó en los hombros, sin causar que retrocediera. Su superior solo sonrió más. Olía fuerte a alcohol.
Vino. Cerveza. Tragos. Café. Un combo que normalmente Urie consumía. La muerte le había pegado tanto, estaba en un shock tan doloroso, que no podia beber tampoco.
—No he sido perfecto. Tampoco Shirazu lo fue. Pero nos queríamos.
Amor. Urie jamás se lo había planteado hasta que Shirazu dejó de respirar frente a él y aquello le dolió más que miles de cuchillas de kagune en la piel.
—¿Y yo? ¿Qué de mi? Solías querer conmigo. ¿Lo olvidaste?
De repente, Haise sujetó las muñecas de Urie.
(¿Estás jodiendo?)
—...Fue hace mucho.
—Un año. Menos —replicó Haise.
Urie trató de forcejear. Hasta que se perdió en un recuerdo que tenía. Borroso por el alcohol y la vergüenza. No había bebido mucho, sabía lo que hacía. Pero parecía algo que había hecho alguien más.
(Qué fácil que la tiene un esquizofrénico, puede solo decir que tiene un ghoul narcisista adentro haciendo cosas malas por él y que sueña o despierta cuando no quiere hacerse cargo), pensó Kuki Urie, evadiéndose.
Haise soltó una de las muñecas de Urie y su mano enguantada se posó de nuevo en la rodilla de Urie, quien buscó una vez más, con los ojos, la puerta entreabierta por la que podía verse el cuerpo pálido de Ginshi.
—Te dije que no quería beber pero dijiste...Dijiste que querías "festejar" la promoción de Shirazu, mi decisión como tu superior porque te "ayudé a crecer" y no sé qué más. Llenaste mi copa una, dos veces. No solo la mía. Los demás se fueron a dormir y yo me quedé, cuidándote...Pensé que podrías necesitar ayuda. Estaba preocupado porque creí que habías tomado mucho pero...Tú no te veías ebrio. No realmente. Me embriagaste a mi pero tú, tú casi no tomaste...Cuando me di cuenta, me llevabas a mi habitación.
—Lo sé.
Urie no sabía qué mas contestar. Casi no tenía fuerzas. Usaba las restantes para mantener los ojos abiertos, tenía las piernas separadas y Haise había subido la mano por su muslo, acariciándolo con dureza. Algo que comenzaba a hacer efecto en Urie. Más que la culpa.
—¿Te gustó? Digo...Me odiabas. Debe haber sido genial, tenerme así, casi desmayado. No podía ni moverme. A medida que subimos las escaleras, te lo pregunté...Si me habías drogado.
(Te di inhibidores de células rc en pildoras que encontré durante el allanamiento a la subasta de Madam), pensó Urie, mortificado.
—Ya no lo recuerdo —mintió.
Haise rió. Su mano subió hasta la entrepierna de Urie, quien miró al techo y apretó los brazos de la silla, mordiéndose el labio en una mueca.
—Por supuesto. No recuerdas joderme. Usar mi cuerpo. Yo era...Yo me sentía "virgen" en ese entonces. No había hecho nada con nadie. Yo era la continuación de Arima Kishou, su hijo, su rescate. Mi cuerpo era puro. No recordaba su historia, no quería hacerlo. Creía que podía renacer. Pero somos lo que somos, Urie...A ti te gusta esto, ¿no?
Urie jadeó. Haise estaba manoseando su entrepierna por encima de su ropa. No podía negar que estaba duro. Sin embargo, una nueva vista al rostro de Shirazu bajo la luz blanca, en la morgue, fue suficiente. Urie sujetó la muñeca de Haise.
—No aquí.
Quería. Pero no así. No ahí. Ni siquiera en un hotel. No sabía cómo. Pero tocar a Haise en ese estado era como andar con un extraño. No lo entendía, había cambiado mucho en horas. Urie no quería entenderlo. Pensó que estaba ante su verdadera versión, lo que él siempre quiso tantear debajo de las mentiras.
—¿No? Claro...No te sirve si yo quiero también, ¿eh? Aquella vez...Aquella vez te rogué que pararas. Me daba pena. No quería follar por primera vez (pensé que era la primera, para mi lo era), ebrio y drogado, con mi subordinado. Pero antes de que pudiera decir algo, me habías desvestido, me apretabas contra mi propia cama, me mordiste, maldita sea...
Urie se bajó la bragueta. Tal vez eso no estuvo bien. Fue como dar el consentimiento porque Haise volvió a reír y metió su mano entre el cierre abierto para acariciar el bulto semilevantado sobre su ropa interior.
(Lo siento, Shirazu), se dijo Urie, casi llorando, avergonzado.
En parte pensaba que Ginshi hubiera entendido que Sasaki estuviera mal pero seguramente hubiese juzgado a Urie por seguirle la corriente, en lugar de ponerle fin.
¿O no?
Un pensamiento intrusivo le dijo a Urie que si él hubiera estado en la mesa fría, probablemente Shirazu se hubiera follado a Sasaki ante el mero pedido.
Pero Shirazu jamás hubiese drogado a Haise para tomarlo.
—Tú también me mordiste, carajo —protestó Urie, cuando Haise bajó su ropa interior para sacar su miembro.
Haise soltó una nueva carcajada y pasó a observar el pene casi duro de Urie.
(Parece que quisiera comerse un cuchillo y que en vez de eso, fuera a dormir conmigo), pensó, un poco dolido pero demasiado cansado como para hacer algo. Se dio cuenta de que las lágrimas corrían por sus mejillas.
—¿Y no te gustó, Urie? —se burló Haise, solo un momento. Una mano pálida alrededor del miembro de Urie contrastaba con la roja que le sujetó el muslo.
—Te dije que no aquí...
—Qué barbaridad. Yo te dije lo mismo. "Urie, basta...por favor", pero claro...No me esforcé lo suficiente para que me dejaras en paz. Así que solo seguiste...Igual que yo, ahora. No evitarás esto, como no pudiste evitar que mataran a tu amante —murmuró Sasaki, poniéndose el miembro de Urie en la boca, comenzando a succionar su punta morada, rodeada de smegma que a Haise no le importó tragar.
Urie siseó. La puerta entreabierta era lo peor. Shirazu estaba muerto. Pero no hubiera creído no solo que Haise estaría borracho sino que querría follar con Urie. Todos pensaban que Urie era grosero con Haise, gratuitamente. No veían la tensión sexual. Los gritos que parecían ruegos. Las bofetadas que Haise le daba a Urie a menudo parecían los de una novia escandalizada.
Si, lo había forzado. La primera vez. Pero solo porque se hartó de ese ritual de histeria, donde Haise pedía y provocaba pero luego huía. Impidió que Sasaki lo dejara ahogarse en su deseo. Y le recordó su lugar.
...Había sido una bajada de realidad egoísta. Pero lo de Haise en la morgue era...Autodestrucción. Por parte de Sasaki. Y humillar a Urie.
No era igual. Urie no quería verlo así. Aún así, en la boca mojada y caliente de Haise Sasaki, Kuki Urie sintió que se perdía. No dejaba de estar frente al cuerpo de su amado y mejor amigo. Tan cerca de Shirazu que era todo aún peor. Haise, que claramente queria morir, succionando el miembro de Urie hasta el fondo, haciéndose daño en la garganta, sin respirar, sonrojado y oscuro, intensificaba el dolor.
Era demasiado. Así que Urie se bloqueó. Solo dejó que pasara para que se fuera rápido. Su cuerpo respondió. Instintivamente, sujetó los cabellos negros de Haise, que no parecían los de él. Lo apretó contra su miembro erecto.
—Me voy a correr...—advirtió, mordiéndose el labio hasta probar sangre.
Ni así resultaba satisfactorio. Estaba al borde. Pero era como hacerlo con un prostituto desconocido. Tan vulgar que daba naúseas a Urie, en lugar de excitarlo. Normalmente, denigrar tanto a Sasaki le hubiese gustado.
Pero no con Shirazu muerto.
No así.
Urie, con más culpa, trató de recordar lo que le gustó del cuerpo de Haise. Cómo le había encantado sujetar su talle, besarle el hombro, mientras que él le pedía que parara. Y Urie no lo hizo. Cómo temblaba. Su piel pálida al bajarle los boxers y sacarle su camiseta de dormir. Una novela que Haise estaba leyendo (basura de esa puta Takatsuki Sen), cayó al suelo, sobre la alfombra. Sasaki, en su nube etílica, hizo un ademán para levantarlo pero Urie lo empujó sobre la cama y comenzó a besarlo con fuerza. Aunque Haise lloraba y pedía que no. Aquel recuerdo excitaba a Urie. Las manos suaves, pálidas, virginales de Sasaki, su piel casi dulce. No tenía que ver con esa versión corrompida que succionaba su miembro con hambre, sin pena.
Para castigarse.
La garganta de Haise, mojada, se colmó con el miembro de Urie, sin que le importara asfixiarse. Follaba su boca con el falo de su subordinado. Y de repente, Sasaki se detuvo.
Solo un momento antes de que Urie llegara al clímax.
—¿Qué?
Estaban en eso por insistencia de Haise. Urie no quería ser amable. No tan cerca.
Sasaki le sonrió con cansancio, apartándose de su miembro erecto y palpitante. Ya era extraño verlo arrodillado. Lo fue todavía más cuando Haise Sasaki, Clase Especial Asociado, se arrastró en cuatro por el suelo del pasillo de la morgue del CCG, desabrochándose el cinturón y bajándose el pantalón oscuro.
Urie estaba enojado pero jadeó y se inclinó, ya perdido en el juego.
—¿Tienes una maldita tanga? —preguntó, sin aire.
Haise lo miró, con una mueca, por encima del hombro.
—Te dije que necesitaba sexo. ¿No te gusta?
Urie estaba al borde, ya necesitaba aquello. Pellizcó la palidez redonda y firme del trasero musculoso de Haise. Lo escuchó gemir y procedió con brusquedad a romper su ropa interior. A penas y era un hilo negro, de todos modos.
—Eres una puta —gruñó Urie, con una voz ronca que pocos conocían.
Era la voz con la que él dijo que quería morir, una vez. Era la voz temblorosa con la que le rogó a Shirazu que no se atreviera a morir. Era la voz que tuvo cuando tomó las caderas de Haise y decidió enterrarse en él. Como si nada más importara.
Nada más importaba.
Haise jadeó pero no parecía importarle si era Urie o quien fuera el que lo cabalgó como un jinete obsceno.
—¡Mil menos siete! ¡Ah! Mil menos siete...Novecientos noventa y tres...Eso es...¡Mil menos siete! —gritó Haise, arqueándose.
Urie no le prestó atención, no tenía sentido lo que decía, claramente se había perdido en sus recuerdos atormentados. Y no le importaba.
Duró algunos minutos. Claramente, estaba al precipicio y cayó en su abismo personal. El aro de carne del trasero de Sasaki se sentía bastante suelto, a diferencia de un año antes.
(Se estuvo cogiendo a otros), se dijo Urie, con una mezcla de fascinación y morbo.
Haise ya no apretaba su miembro como antes. Pero no le restaba placer al entrar y salir de él, entre sus gemidos.
Solo quería que terminaran, que Sasaki lo dejara en paz. Lloraba al embestirlo. Haise se ladeaba, lo observaba sobre su hombro, una gota de presemen humedeciendo sus labios y los lentes empañados.
Se parecía bastante a Arima y Urie estaba destrozando, a golpes de pija, todo su futuro como héroe. Urie se corrió pensando en eso, en que jodía a Haise para siempre, tanto como Sasaki lo jodía a él. Y luego, volvió la culpa. El odio. El resentimiento.
Salió de él con un ruido de piel contra piel mojada.
Haise suspiró, de bruces, aún mirándolo, con los ojos perdidos y somnolientos, entrecerrados.
—Vamos...Urie —pidió.
Eso enfureció más a Kuki Urie. Apretó el puño. Y solo porque Haise aún lo pedía, volvió a tomar sus caderas y buscó enterrar el puño cerrado en su ano, que goteaba semen.
—¡Jódete! ¡Te odio tanto! —confesó, embistiéndolo, hasta que llegó hasta el codo de su camisa arremangada.
Sasaki convulsionaba, ahogó otro grito. Urie le tomó el miembro erecto pero no tardó mucho en obligarlo a correrse, frotándolo con fuerza, golpeándolo mientras que lo ultrajaba con el brazo contrario.
De alguna manera, terminaron contra una pared. Haise babeaba, gemía, tratando de sostenerse. Cuando Urie le quitó el brazo en puño, su intestino cedió y salió una parte. Era roja como un kagune.
La mierda de los ghouls era como un coágulo podrido. El ano de Haise estaba embarrado en una mezcla de eso, semen de Urie...y salió algo de allí que parecía un preservativo roto, usado con alguien más.
Haise se volteó, lleno de su inmundicia. Sonrió a Urie.
—Listo...¿Era tan difícil? —murmuró.
Urie lo tomó de la camisa desabrochada, acercó sus rostros.
—Te dije que no quería...—susurró, jadeando, con más lágrimas surcando su rostro enrojecido.
Haise se encogió de hombros, haciendo enojar más a Urie. Su superior era como un niño. Urie respiró sobre él, su aliento que olía a sexo. Lo besó de manera desesperada, hambrienta. Metió la lengua en el fondo de su boca, lo mordió y recibió un trato similar, pero pronto más duro.
Su ex superior lo sujetó, lo obligó a bajar de nuevo al suelo, no podía respirar, masticó la lengua de Haise hasta probar más sangre y Haise también juntó sus cuerpos, hasta que una nueva erección se levantó en ambos.
Urie no recordaba mucho más. Debió desmayarse.
Lo que si, recordaría luego, era un sueño donde Shirazu estaba vivo y rompía con él. Se peleaban y Urie gritaba, porque no quería dejarlo ir y lo abrazaba.
—¿Urie? ¡Urie!
La voz de Tooru Mutsuki lo sacó de esa escena absurda y cruel.
—¿Qué?
Ella se quedó mirándolo, alterada, como buscando las palabras correctas. Urie se sentó en el suelo ensangrentado de la morgue.
—Robaron el cuerpo. Shirazu...—murmuró Mutsuki.
Haise no estaba por ninguna parte cuando Urie comenzó a aullar como si algo le quemara.
