Las flores también arden.
Capítulo: Tempestad veraniega.
Karin abrió la puerta que separaba el pasillo exterior en el que se encontraba de la oficina de su capitán con indecisión, esa fue la primera alerta de que algo no estaba bien. Hitsugaya levantó una ceja y la miró expectante sin decir ni una palabra. La morena soltó un largo y resignado suspiro antes de ingresar.
— Esto no le va a gustar, capitán.
Ah, el tono formal: segunda alarma. Estaban solos, Karin normalmente habría optado por saludarle más amigablemente. La referencia a su título era estándar: estaban en el trabajo, después de todo. Ella cerró la distancia, colocó tres carpetas conocidas sobre su escritorio y luego le extendió un formulario con un llamativo sello rojo en el borde superior derecho. Dicho sello dejaba leer, con chillona tinta roja, la palabra "rechazado." Leyó rápidamente el párrafo inferior. Tres simples líneas, y la firma de la teniente del primer escuadrón. Sintió la frustración bullir en el fondo de su estómago.
—Nos tomó una semana entera ordenarlo todo.
Quería gritar, pero se tragó el deseo y éste devino en enojo. La emoción debió brillar en sus ojos pues Karin levantó ambas manos cuando volvió su vista hacia ella.
—No sabía de la existencia de esa circular ¡El año pasado no estaba!
"El presente informe de gestión, elevado por la Décima Escuadra, es rechazado por falta de ceñimiento a la circular 2973 del corriente año. A fines de cumplimentar con el esquema organizacional que dicha circular propone, se prorroga el plazo de presentación del informe de gestión cinco días hábiles. Por consultas, quedamos a su disposición."
—Iré a conseguir esa circular. — Manifestó la morena antes de huir como alma que lleva el diablo.
Cinco días para reorganizarlo todo era poco tiempo, pensó el capitán. Iba a presentar una moción para que designaran un equipo independiente para que recopilara los datos e hiciera esos informes. Eran shinigamis, no tenían porqué estar desperdiciando su tiempo en informes que sólo servían para intentar dar transparencia al Gotei 13.
Si no tuviera ya el cabello blanco, estaba seguro de que esa tarea le habría sacado canas.
—¡Matsumoto! — La llamó una vez que se sintió menos tomado por sus emociones.
La mujer rubicunda se levantó de su lugar en el sillón, en donde claramente había estado durmiendo, despeinada y sorprendida. Toushiro sabía que era una excelente teniente, pero en momentos como esos quería peticionar una segunda ¿si el primer escuadrón podía, por qué el décimo no? Se obligó a contar hasta diez, lentamente.
—¿Te suena una circular sobre cómo organizar estos informes? — Consultó, con veneno en su tono, mientras palmeaba las tres gruesas carpetas que Karin había acercado.
—Uh… ¿no?
Rukia rebuscó entre los estantes detrás de su escritorio hasta dar con una pequeña carpeta rosa con un personaje estampado en ella que Karin reconoció como "Chappy". Sonrió. No importaba cuánto tiempo pasase, seguía siendo la misma Rukia Kuchiki en el fondo. La capitana tarareó mientras pasaba los papeles hasta dar con aquél que buscaba.
—¡Ajá! — Y, velozmente, se volvió triunfal a Kurosaki — Sabía que tenía una copia aquí.
—Ay, Rukia, eres una bendición. — Aliviada, ella tomó la tan buscada circular.
Era una guía sencilla. Los informes tenían que respetar cinco capítulos clave, y a partir de allí proponía la incorporación de gráficos de barra - ¿los shinigamis sabían qué eran? - y la preferencia de gráficos de torta - Uh, supuso que sí - así como una serie de pautas que claramente ellos habían desconocido.
Si bien no había redactado los informes, sino su capitán, los había leído antes de enviarlos para darle una mano a Matsumoto: era diametralmente diferente. Su capitán no había segmentado los informes sino en tres espacios que nada tenían que ver con lo propuesto. Toushiro iba a poner el grito en el cielo.
—Me sorprende que el capitán Hitsugaya no se haya anoticiado, debe estar muy molesto.
—¿Cuándo lo dieron?
—A principio de año, un shinigami del primer escuadrón dejó una copia para cada capitán. — Se inclinó de hombros.
Intentar determinar quién cargaba con la culpabilidad era una pérdida de tiempo y energía. Tiempo que no tenían y energía que requerirían desviar hacia la confección de un nuevo informe. De modo que tan pronto como Karin volvió victoriosa con una copia de la mentada circular, decidió que debía abocarse completamente a ello. Odiaba esa cosa.
Normalmente no le frustraba el papeleo, era una parte necesaria del trabajo y el cargo que ocupaba; pero hacer el mismo engorroso trabajo dos veces por un error que se pudo haber evitado… Bueno, pensar demasiado en eso no colaboraba a mejorar su humor.
La morena se sentía agradecida de no ser parte de la tarea que correspondía a capitanes y tenientes. Ella se había encargado ya de compilar datos sobre las cuestiones que le atañían como quinta oficial. Sin embargo, al tercer día, ya empezaba a sentir especial pena por su teniente… por tener que aguantar la mala energía que salía a borbotones del joven capitán sin que éste tuviera siquiera que abrir la boca. Toushiro exudaba un aire de frustración.
—Kurosaki, ¿pudiste organizar los relevamientos de shinigamis al mundo humano?
Esa, por ejemplo, no era una tarea de su puesto, sino de la teniente. Pero debido al plazo máximo dado para la presentación del informe, Matsumoto estaba totalmente enfocada en dicha tarea. En consecuencia, le había derivado a ella sus tareas más urgentes.
La oficina del capitán contenía un montón de papeles dispersos alrededor del escritorio, Matsumoto estaba intentando recuperar lo posible para integrar el cuarto acápite del informe, de acuerdo a la circular, y determinando qué debía ser reformulado por su capitán. Karin, en el interín, se había visto convertida en algo así como una teniente suplente. Onazuki incluso había hecho comentarios negativos hacia ella sobre "ser la favorita".
¿Qué culpa tenía ella de que su tercer oficial hubiera presentado la baja esa semana? Ciertamente, Onazuki tenía un cargo superior al de ella y - por lo tanto - en principio debió ser él quien tomara las responsabilidades mencionadas. Pero, por alguna razón que desconocía, Toushiro no parecía tener en alta estima al hombre. Por supuesto, el cuarto asiento no emitió ni una palabra al respecto.
¿Y ella? Uh, Karin decididamente no estaba lista para la cantidad de responsabilidad que Matsumoto soportaba. Por muy "desenfadada" que fuera, y lo mucho que fingía holgazanear, la mujer tenía mucho trabajo encima.
Y lo dejaba acumular, maldita sea. Ojalá le hubieran dado el trabajo a Onazuki.
—Está hecho, pero estoy segura de que se quejaran con Matsumoto tan pronto como puedan. — Reconoció.
El problema era que la mayoría de los shinigamis no querían ser relevados de su lugar de desempeño, ni siquiera aunque fuera para permitir a los nuevos reclutas ocuparse de zonas pequeñas y de menor demanda. Karin respiró profundamente mientras intentaba dialogar con sus colegas: debido a su rango y carácter, los shinigamis habían decidido evacuar todas sus quejas con ella. Matsumoto sabía manejarlo, Karin estaba intentando seguir el paso.
Acompañar a los nuevos reclutas, instruirlos, y dejarlos tres meses con su "shinigami instructor" sí que era su tarea de quinta oficial. Pero sumarlo todo, la ponía en más de una situación incómoda: una cosa era ejecutar el relevamiento que alguien más había organizado y ordenado; y otra cosa era ser responsable de todo el procedimiento. Los relevamientos no habían podido esperar, Matsumoto ya los había postergado demasiado.
La mujer rubia la miró con unos claros ojos de disculpa. No había pretendido cargarla con todo ese trabajo, pero no podía hacer mucho al respecto. Casi le parecía mejor encargarse del informe.
Bueno, podría serlo ¿No?
Nada podía ser peor que oír dos días más de shinigamis quejosos, reclutas enojados con sus "instructores delegados", un cuarto oficial que la estorbaba en todo lo que podía a causa de sus celos - ¿Cuándo había migrado Onazuki de intentar meterla en su futón a envidiarla?- De modo que sólo lo propuso.
—Sé que formalmente no es tarea mía y ni pinto ahí, pero creo que podría relevar a Matsumoto hoy. Ya les queda poco, de todos modos.
—¡Karin, cariño, eres una santa!
No, no era una santa. Sólo tenía los oídos llenos de quejas y lloriqueos.
—¿Capitán? — La teniente se volvió expectante a su superior quien asintió tras sopesarlo unos momentos.
—Probablemente la mirada de alguien fresco nos vendría bien. Karin, por favor, revisa lo que Matsumoto ha compilado hasta ahora y verifica que sigue el orden de la maldita circular antes de seguir.
—¡Libre soy, libre sooooy! — Canturreó la rubicunda.
—¡Nada de libre! ¡Valora las quejas antes de irte!
Y pum, un puchero después, Matsumoto ya no estaba. Karin se encogió de hombros y comenzó con la tarea que le había encomendado. Estaba todo muy bien hecho y salvo la necesidad de enumerar unas cuantas hojas de nuevo, todo parecía en orden. Observó como su capitán fruncía el ceño mientras empapaba su pluma en el tintero. Había intentado concluir el trabajo de un mes en cuatro días.
El escuadrón se vació poco después de que cayera el sol. El viento era fuerte, así que Karin cerró las puertas shoji antes de recibir la última tanda de papeles que su capitán había confeccionado. Era, finalmente, el epílogo. Toushiro se recargó en la pared y cubrió sus ojos cansados con un paño húmedo. Estaba exhausto y un dolor de cabeza comenzaba a pulsarle las sienes.
La lluvía interrumpió la calma rápidamente. Lo que había comenzado como una llovizna se convirtió en un temporal en toda regla. Toushiro gimió. Bien, debería quedarse en las barracas del escuadrón. Estaba demasiado exhausto como para tomarse el trabajo de regresar a su casa mojado. Karin pareció pensar lo mismo, por lo que tras estampar el sello de su teniente en el dorso de la hoja, cerró lo que se había convertido en una única carpeta.
—No es que me guste reconocerlo, pero el sistema que ideó Nanao Ise es muy bueno. —Sentenció, tras revisar minuciosamente todo una vez más.
Su capitán no contestó. La quinta oficial se volvió hacia él extrañada: debajo del paño húmedo Toushiro respiraba suavemente completamente dormido. Karin sintió lástima por él, pese a que no se había quejado ni una vez. Sabía que él era de los que consideraba una pérdida de tiempo no poder delegar la confección del informe, y que su objeto final no servía a los escuadrones en sí. Pero de todos modos bufaba y se ponía en ello. Karin se levantó y abrió un poco las puertas para que ingresara el aire fresco y delicioso de la lluvía y el petricor.
Llovía violentamente y no parecía que se fuera a calmar pronto. Estaba muy oscuro, era tarde. Se resignó a su destino y contempló la posibilidad de despertar a su amigo para enviarlo a descansar a un lugar apropiado.
La oficial se aseguró de separar el informe y ordenar el espacio que habían usado. Muchos papeles habían sido descartados en el proceso de compilación y confección, por lo que poco a poco los botó a la basura. Le tomó más de media hora limpiar la oficina, siempre de puntillas para evitar cualquier tipo de perturbación del sueño de Toushiro. Era claro que necesitaba descansar si se había quedado dormido apoyado contra la dura pared de la oficina.
Cuando terminó su labor, consideró apropiado despertar a su amigo para que éste pudiera irse a la cama. Se arrodilló junto al peliblanco dispuesta a despertarlo, pero se encontró a sí misma observando: el paño se había deslizado al suelo mientras limpiaba y reveló las húmedas pestañas debajo. Siempre le había llamado la atención que las pestañas de Toushiro fueran ligeramente más oscuras que su cabello pues tomaban un color grisáceo: una fila espesa y curva de preciosas pestañas gris oscuro.
"Las tiene más bonitas que yo", sonrió.
Contrastaban hermosamente con la piel bronceada, era en sí mismo bonito. Muchos podrían pensar que su cabello negro tinta combinaba de igual manera con la piel blanca que portaba, mas ella estimaba que carecía del mismo efecto. La extravagancia de las pálidas pestañas contra sus pómulos morenos llamaban poderosamente la atención de cualquier ser que mirara con atención, o al menos así lo consideraba ella. Llamar bonito a su capitán era la forma más sencilla de molestarlo, pero no por eso era menos cierto.
Él tenía los labios apenas separados en su sueño. Carnosos y con un arco de cupido apenas marcado, casi como si no estuviera allí. Bordes suaves que nada tenían que ver con el resto de sus facciones afiladas. De nuevo, una boca redonda que iría mucho mejor una idol que con un capitán de ¿unos cientos de años? Karin se preguntó qué edad tendría, puntualmente. Se sabía su cumpleaños, al menos debería tener un recuento aproximado.
Eso la llevó a otra duda ¿Él había nacido en la sociedad de almas o había muerto como un humano y aparecido por allí?
Karin inclinó la cabeza y se reprendió a sí misma en silencio sobre el modo en el que lo había estado escrutando. A ella no le gustaría que se le quedaran viendo así, mucho menos si estaba dormida.
—Oi, Toshiro. — Lo llamó, poniendo una mano en su hombro y empujándolo con suavidad.
Él abrió los ojos, aletargado, y de súbito se sentó recto. Luego tomó consciencia de su espacio y se le subió el color a los pómulos que secretamente su oficial había estado observando.
—Lo lamento, no tenía intenciones de dejarte ordenar todo sola. — Afirmó, tras recorrer la oficina con la mirada.
Karin, acuclillada a su lado, había quedado muy cerca de él cuando se incorporó. A escasos centímetros el uno del otro, de repente se quedaron callados y se miraron. Pareció como si una burbuja de tiempo se formara entre ellos, apartándose de la ajena realidad fuera de ella. Toushiro apretó los labios y su oficial vio como, en la acción, éstos se humedecían. El deseo de besarlo la golpeó de repente, con fuerza.
¿No acababa de colegir que era un hombre bonito? El término devino erróneo en su cabeza, no era bonito sino atractivo. Y ella se mordió apenas la boca antes de ver la masculina y elevar rápidamente la vista de regreso a esos sus ojos de refulgente verde.
Fue sólo por un instante, pero Karin pudo haber jurado que vio el deseo brillar en los orbes esmeraldas antes de desaparecer. Toushiro se levantó luego de un breve asentimiento, guardó sus sellos en una pequeña caja dentro de un cajón, y luego se volvió hacia ella. Karin se había levantado sin saber qué más hacer, sintiéndose torpe sobre sus pies.
—Me retiro por la noche, que descanses.
Una leve inclinación y Karin estaba sola con sus pensamientos.
Le tomó un minuto más de silencio entrar en pánico, por lo que sin saber qué más hacer salió al engawa, cerró las puertas tras de ella, y se sentó allí. La lluvía caía con fuerza aún y esperó que el sonido ahogara sus ruidosas respiraciones.
Dejó caer su peso contra la pared de la galería y procuró relajar los músculos que había mantenido tensados. Casi le había estampado un beso a Toushiro, se dio cuenta; no sólo su capitán, sino su amigo. Su muy querido amigo. Ella apretó las mejillas ardientes con el dorso de sus manos, las encontró heladas contra su piel. No se suponía que debiese haber deseado besar a su amigo, mucho menos con esa contundencia.
No había sido un pensamiento fugaz que corriera a tientas por su mente. Había sentido el hormigueo en sus dedos, la expectación en el fondo de su estómago y los labios deseosos de contacto. El deseo de besarlo se había extendido vorazmente por todo su cuerpo y no pudo hacer nada contra su fuerza.
Por un segundo estuvo segura de que él también lo había pensado: Toushiro la había deseado por muy efímero que el pensamiento fuera. Sin embargo, él se había comportado con total naturalidad y luego se había ido a dormir como si ella se hubiera imaginado ese breve instante en el que estuvieron a un impulso de cerrar distancias.
¿Se lo había imaginado? ¿Había interpretado como deseo algo que distaba de ello? Y, aún más importante, ¿por qué había querido besarlo, para empezar? ¡Si un momento antes lo había categorizado como "bonito"!
Su corazón lentamente se calmó, había estado mortificada por sus sentimientos y la emocionalidad de éstos. Su zanpakuto se rió al fondo de su mente, siempre rondando en aquellos momentos de debilidad. Karin apreció el modo en que la lluvia se detuvo poco a poco. Las tormentas de verano solían durar poco, azotando con fuerza y esfumándose de repente.
Tal como sus imperiosas ganas de besar al peliblanco.
Las tormentas de verano, como empezó a llamar en su mente a esos momentos en los que se sentía atraída por su amigo, la azotaban de vez en cuando y siempre la tomaban inadvertida. Objetivamente no encontraba motivos por los que Toushiro Hitsugaya no pudiera ser un hombre agradable de mirar. Podía concederse eso a sí misma. Desde ese día de junio se obligaba a no darle tanta importancia. Estaba bien admirar a alguien atractivo, y era una mujer sana que perfectamente podía reconocer que su amigo era ese alguien atractivo sin que eso significase algo especial.
La morena se enfocó en evitar que las tormentas de verano dañaran la amistad que mantenía con el capitán. Eventualmente se le pasaría, nunca le duraban demasiado ese tipo de fijaciones. Porque, por supuesto, era un capricho. Se diluiría tan pronto como lo consumiera u otro tomase su lugar. Eso ya lo sabía. Por ello, cuando ocasionalmente demoraba demasiado sus ojos en los anchos hombros de su capitán desviaba su atención a alguna otra tarea.
Que, en nombre de todo lo santo, ¿quién podría juzgarla? No era falso que su capitán se había vuelto popular entre las y los reclutas, en razón de su disposición accesible y buen ver. Aunque, si era sincera, estaba de acuerdo en que no era el más… uh, "apetecible" de los altos mandos ello no quería decir que no fuera perfectamente apetecible por sí mismo.
O que le apeteciera a ella.
Karin odiaba la forma en la que su tren de pensamiento siempre llegaba a esa conclusión. Le hacía la vida incómoda, especialmente cuando Toushiro parecía totalmente ajeno a ella y su confusión.
Querer coger a tu amigo no es normal, ni esperable. Ella estaba totalmente en contra de esas cosas: los amigos eran una familia extendida y una no se acuesta con su familia. No al menos según el modo en el que había sido criada. Cada tanto Kurosaki se encontraba a sí misma centrada en cualquier tarea para tratar de dar orden a su mente.
—Oficial Kurosaki. — Llamó la fuente de su exceso de pensamiento.
Ella levantó la vista hacia él, con su flamante corte de cabello nuevo, avistando a algunos miembros nuevos esperando detrás de él. — Lo siento, capitán.
Se levantó y observó al nuevo grupo: eran los cuatro shinigamis que debía escoltar al mundo humano. Parecían algo nerviosos, como ella cuando fue por primera vez al mundo humano con su espada a cuestas.
—Soy su quinta oficial: Kurosaki Karin. — Se presentó, aunque supuso que ellos ya la tendrían individualizada. — Los acompañaré hasta sus puntos de vigilancia y los presentaré con sus instructores.
Toushiro se volvió hacia el grupo con aire regio: — La oficial Kurosaki los guiará y será quien efectúe su informe de rendimiento.
Karin sonrió cuando contempló la manera en que los shinigamis inexpertos se miraban entre sí. Estaban ansiosos, vigilantes y nerviosos. La idea de que una oficial de apariencia adolescente los juzgase les parecía extraña. Pero el seireitei era un lugar extraño, al fin y al cabo.
—Lo que nuestro capitán quiere decir es que yo cuidaré de ustedes. — Se tragó la risa. — Así que den su mejor esfuerzo. Por favor esperen en el patio principal, me reuniré con ustedes en un momento.
El grupo asintió y tras una reverencia abandonó el recinto. Karin recuperó las fichas de los shinigamis en cuestión de su escritorio pasillo adentro y retornó al recinto donde Toushiro aún permanecía.
—¿Tienes que aterrorizar a cada uno de mis grupos? No hay necesidad de que sepan que soy yo quien los evaluará. — Acusó con voz queda.
Nadie tenía por qué saber que aleccionaba al peliblanco, tampoco.
—No te vendría mal algo de respeto. — Contradijo, cruzándose de brazos.
Odiaba cuando Toushiro hacía eso, de alguna manera lo hacía lucir más adusto, adulto y caliente. Ella apretó los labios simulando molestia.
—¿A qué te refieres?
Él miró un momento detrás de ella, como si sopesara algo. — No sabes imponerte.
Ella levantó las cejas, entre ofendida y molesta. El capitán apoyó su peso sobre ambas piernas y apretó los brazos flexionados ¿acaso sabía que eso despertaba algo en ella y lo hacía adrede? Se obligó a sostenerle la mirada.
—No te gusta ejercer tu autoridad, tratas a todos los shinigamis como iguales y no como una unidad jerarquizada: si no te impones, creerán que pueden ir contra tí.
Ofendida, definitivamente estaba ofendida. —Soy accesible, mis "subordinados" hablan conmigo porque saben que pueden hacerlo.
Él frunció el ceño.
—No, ellos te rezongan, se quejan y tú solucionas sus todos sus problemas porque "eres accesible".
—¿Y cuál es el problema con eso? Solucionar es bueno.
Toushiro soltó un suspiro cansino. — Tu grupo aguarda por ti, esta conversación puede esperar.
Es tu capitán, Karin, no puedes zarandear a tu capi, se recordó mientras caminaba rumbo al patio principal con furia.
Ella era una excelente oficial, maldita sea. Solucionar problemas era bueno, y ella tenía una postura bien fundada sobre la ineficacia de rangos distantes y protocolos que sólo servían para dilatar procesos. Deseaba volver al recinto y electrocutar a Hitsugaya.
Yo puedo ayudarte con eso, Denki no Inazuma declaró. Ella quería tomar la oferta. Al menos no podía desearlo mientras quería golpearlo. A diferencia de otras mujeres, o personas quizá, era incapaz de convertir su frustración en excitación.
—Perfecto — Se anunció. — Entonces, primera parada: Tsume Nagakawa para el distrito tres, a la ciudad de Toume.
Tras más de medio año luchando con sus "tormentas de verano", Karin decidió que lo que necesitaba era un buen revolcón. Toushiro era un hombre guapo, y ella necesitaba otro para aplacar su deseo. De nuevo, era una mujer - ¿o adolescente?- con necesidades físicas a satisfacer. Por supuesto que terminaría encaprichada con Hitsugaya, se dijo, no recordaba la última vez que le dolían las caderas del gusto.
Ella había rechazado con contundencia a aquellos pretendientes que la habían intentado cortejar con relativa seriedad. No tenía intenciones de entablar relaciones sentimentales, mucho menos en un lugar como la sociedad de almas que era a todas luces cínica pero tradicional. Cuando se convirtió en shinigami, pronto se dio cuenta de lo rápido que se volvió reconocible. Por ello el anonimato era su mejor arma.
Una yukata simple, su cabello arreglado en una larga y prolija trenza y una apariencia bastante común era su disfraz. Morena, de piel pálida y sin ninguna vestimenta que sirviera para identificar su pertenencia. Los bares de la parte media del rukongai eran, en definitiva, el mejor lugar para pasar inadvertida.
Allí tenía dos amantes, a decir verdad. No se consideraba la más mundana de las mujeres, pero pocos hombres realmente la atraían. Encontró a aquel que buscaba en esa oportunidad saliendo de la casa de juego. Era el dueño, por lo que sabía, y solía pasar las noches controlando a los apostadores y echando a aquellos que insistían en seguir jugando cuando se quedaban sin dinero.
Touya no era violento, pero tampoco solía ser demasiado paciente a la hora de razonar con sus clientes. El hombre gozaba de buena estatura y un porte fuerte pero no demasiado musculado. Era, a decir verdad, su predilecto.
—Yuka
La reconoció de inmediato, Karin siempre se sentía un poco culpable por mentirle. Pero el sentimiento nunca duraba mucho en ella.
—Parece una noche tranquila para ti — Afirmó — ¿Y si nos divertimos un rato?
El sonrió y los ojos azules le brillaban bajo la luz de las farolas.
—Por supuesto.
Lo mejor de Touya era su personalidad divertida, así como su desempeño como amante discreto y sensual. Él la besó y la desnudó con manos ágiles tan pronto como estuvieron a solas en su habitación encima del casino. Su toque decidido le demostraba que él ya sabía lo que necesitaba, la exploraba y delineaba sin tapujos. La timidez nunca había sido un obstáculo para ninguno de los dos.
La boca masculina se detuvo en sus principales puntos erógenos. Él besó su cuello y chupó sus pezones, empujando la lengua caliente contra sus bordes y texturas. Alternaba su boca y sus dedos, la apretaba, lamía y chupaba hasta que se retorciera debajo de él. Sólo entonces, cuando el deseo la mantenía al borde, depositaba una serie de besos por su vientre que culminaban con mordidas juguetonas en la cara interna de sus muslos.
Touya era una pareja sexual abnegada y entregada, y Karin no podía estar más feliz con él. La lamió y exploró con la confianza que brinda la experiencia, con las piernas femeninas sobre sus hombros. Karin tuvo la decencia de encontrar el éxtasis con su boca sobre ella.
El hombre se irguió sobre ella y la morena pensó que tras tan buen desempeño le permitiría disfrutarla a su gusto. La encontró húmeda y dispuesta cuando la penetró sin demasiada ceremonia. Ella se dejó hacer, ajustándose al ritmo de Touya: se movió para su placer y se impulsó contra él sin pausa ni descanso.
Eso no significó, bajo ninguna circunstancia, que le permitiera derramarse en ella. Después de todo, por muy baja que fuera la posibilidad de embarazarse de alguien sin ningún tipo de potencial espiritual, existía.
Touya respiró profundo y Karin se permitió acurrucarse contra su cuerpo caliente: — ¿Tienes que volver?
—Lamentablemente sí. — Confesó mientras le acarició el pelo. — Hace bastante que no venías.
No era un reclamo, sino una curiosidad. Karin lo sabía.
—Sigo siendo tu favorita, entonces.
Touya se rió con ganas, siempre disfrutaba de las ocurrencias de la morena. — Por supuesto, con esas tetas siempre vas a ser mi favorita, Yuka.
Lo golpeó en broma, y luego volvió a desparramarse en las sábanas. Sí, había necesitado saciarse. —Puedes quedarte lo que necesites, debo volver a trabajar.
Ella asintió y el moreno se fue, dejándola sola con la tibieza del lecho que habían compartido. La calidez se disolvió demasiado pronto para su gusto. Karin cerró los ojos y se permitió disfrutar de la privacidad de ese cuarto que tantas veces había visitado. Se sentía extraña, algo en el fondo de su estómago se auguraba malestar: era angustia.
"¿Cuándo aceptaras que lo que quieres es montar a Toushiro?", Denki no Inazuma apuntó.
Claro que no.
"No puedes engañar a nadie".
Touya volvió dos horas más tarde, y cuando lo hizo Karin casi saltó sobre él: acalorada, excitada y dispuesta. Si el joven se sorprendió de que ella permaneciera allí, no emitió comentario alguno. Como hiciera ella antes, dejó que la mujer impusiera el ritmo del coito.
Karin jamás reconocería que mientras saltaba sobre él, con su carne hundiéndose en ella hasta el punto más gozoso, simuló por un instante que era otro hombre.
Una piel bronceada debajo de la suya. Touya la levantó a tiempo para venirse sobre sus muslos, con una Karin agitada y deseosa sobre él.
Esa fue una mañana larga de la que Karin sólo salió más necesitada de lo que había llegado, con un manojo de nervios que se había instalado a modo de retorcijón constante en su vientre. Sin embargo, insistió en su tesis: estaba deseosa y sólo deseosa. Nada tenía que ver Toushiro con ello.
Por lo tanto, intentó confirmar su premisa durante largas temporadas: podía aplacar el deseo con otros amantes. Por algunos meses visitó a sus amantes: Touya, el divertido dueño del casino; Keisuke, el seductor comerciante de especias, y Yamato, el áspero orfebre. Cada vez que se sentía arder, desviaba su deseo hacia ellos. No obstante, y a pesar de haberse dedicado años a ello, no logró asfixiar su afecto por el peliblanco.
Una y otra vez se encontró a sí misma como una extraña bajo el peso masculino. Fue luego de un último encuentro con Yamato que se dio cuenta de que era inútil, debía aceptar que si estos hombres no podían calmar su ansia no era por falta de dotes amatorios, sino porque su deseo carnal se había visto inundado de su anhelo sentimental.
El enamoramiento que había desarrollado por su amigo le impedía encontrar en otros amantes la completitud de la química sexual de la que antes había disfrutado.
En dicho encuentro, Yamato la había dejado pasar a su hogar y le había servido té. Luego, cuando Karin intentó abordarlo, él tomó sus manos y las devolvió a su regazo femenino con una suave sonrisa. El orfebre era un hombre que, en apariencia, rondaba los treinta o cuarenta años humanos. Era de pocas palabras, adusto y sencillo. Pese a su apariencia ruda, creaba con sus manos las más finas piezas de orfebrería que las familias nobles compraban sin mirar dos veces. Así lo había conocido: había acompañado a Rukia a elegir un broche para Ichika. Cuando volvió sus ojos hacia él, extrañada por su rechazo, Yamato se rió con amabilidad.
No se estaba burlando de ella.
—No me acostaré con una mujer que busca en mí a alguien más, querida Yuka. — Él le palmeó la mano con una ligereza que se contradecía con su cuerpo inmenso y musculoso. — Dime ¿no crees que tengo algo de orgullo?
Karin apretó los labios. Yamato, a diferencia de Touya y Keisuke, gustaba de hablar con ella. Incluso la morena había llegado a considerar entablar una relación más profunda, pero el orfebre nunca había siquiera sacado el tema, por lo que simplemente se quedaron como estaban: amantes ocasionales a puertas cerradas que se llevaban muy bien.
—Vaya, lo siento — Se encogió de hombros, haciéndole saber que no lo sentía en lo más mínimo. —No soy tu enamorada, no pensé que podría molestarte.
Él soltó una ruidosa carcajada y buscó comida para ella. — No me malentiendas, Yuka. Eres una hermosura, una amante espléndida, y si hubieras sido más sincera conmigo quizá hasta me hubiera casado contigo.
Súbitamente, él depositó un hermoso anillo labrado en la mesa. Karin se sorprendió.
—Pero no me gusta ser un premio de consolación, dime: ¿como una muchacha tan guapa, agradable y divertida no puede conquistar al verdadero objeto de su deseo?
—Ah ¿Pasamos de amantes a confidentes? — Consultó ella, divertida, y tomó el anillo sobre la mesa para observarlo con detalle.
Yamato le sonrió con sus agradables hoyuelos. Karin se sintió cálida. No cabía duda de que el hombre sentado frente a ella era un buen hombre.
—Me gustaría considerarme tu leal amigo a partir de ahora, si te sinceras conmigo.
Ella se rió. — ¿Entonces sabes que no te he dicho la verdad?
—No eres una empleada de la familia Kuchiki, eso es seguro. Tampoco creo que tu nombre sea Yuka.
Karin sopesó sus palabras mientras giraba el anillo entre sus dedos.
—Acepto tu amistad, y te daré mi honestidad ¿Para quién es el anillo?
—Para ti, un regalo para los amantes que fuimos y los amigos que ahora seremos. — Él se cruzó de brazos, con una sonrisa más discreta en su rostro bronceado. — Considéralo una suerte de "regalo de despedida" o "de bienvenida"; como prefieras.
No le sorprendió que el anillo le quedara a la perfección cuando lo probó, era de plata, se dió cuenta. Lo que lo hacía costoso, más allá del material, era el hermoso grabado que llevaba. La morena volvió su vista al orfebre.
—Karin Kurosaki, quinta oficial del décimo escuadrón. Y sobre el objeto de mis deseos, bueno, vamos a decir que está demasiado lejos de mí ¿De acuerdo?
Yamato asintió. — ¿Un noble|?
—Uh, podríamos decir.
—Un alto rango, entonces — Concluyó. — Bueno, espero que al menos merezca tu afecto y no lo desperdicies en un imbécil.
—Es un perfecto caballero.
Yamato le sirvió otra taza de té: — Pues te ha arruinado el sexo casual, así que debes quererlo mucho.
Karin sonrió a pesar de la pena. —¿Cuándo te volviste sabio, eh?
—Soy orfebre, Yu… Karin, lo mío es estar en los detalles.
Karin volvió a su casa e intentó dormir, pero no pudo. La conversación con Yamato le removió la mente y el pensamiento, por lo que el insomnio la consumió. No se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba exteriorizar su nebulosa emocional hasta que Yamato, sin dar demasiados detalles sobre Toushiro, le había sonsacado lo que hasta ese momento había guardado para ella. Sin embargo, no podía exponerle a Yamato la completitud y la complejidad de su situación. Karin decidió que sólo había una persona en quién quería verter sus pensamientos.
Así, cuando el sol rompió, un té humeante la recibió en la casa Abarai. Renji acomodó la tetera sobre una bandeja de mimbre bellamente tejido. Estaba un poco preocupado por ella. La hermana menor de Ichigo se había aparecido poco antes, muy temprano un sábado, y preguntó por Rukia. Ella había intentado lucir casual, pero Renji había aprendido a conocerla como a su propia carne.
Karin estaba desvelada y con la ropa puesta sin cuidado. Llevaba el cabello suelto, todo un hito, y aunque se mostraba jovial algo no le cerraba en la situación. La quinta oficial nunca se había presentado sin más en su casa. No que no pudiera, su esposa y él la habían invitado a sentirse como en su casa. Pero la joven siempre había alegado sentirse incómoda viniendo sola.
Y luego se aparecía luciendo… rara.
—Rukia vendrá en un momento.
—¿No tenías cosas que hacer, Renji? No te detengas por mí. — Señaló, quitándole hierro al asunto. — Este té me entretendrá.
El pelirrojo entrecerró los ojos, pero luego supuso que si ella no lo quería ahí a lo mejor era algo que no tenía intenciones de compartir con él. Respetó su deseo y continuó con su camino.
—¡El desayuno!
Karin se rió.
—Ya pedí yo que lo trajeran — Interrumpió la menuda mujer, juzgando a su marido con la mirada. — Ya, ya, deja a las damas en paz.
Tan pronto como su marido se fue la capitana procedió a entablar una rápida plática sobre cuestiones mundanas, y narró una serie de relatos breves sobre los acontecimientos más relevantes de su escuadrón. Fue brevemente interrumpida por dos sirvientes que, tras apoyas cuidadosamente el desayuno, se retiraron. Cuando Rukia terminó su relato notó que Karin ni siquiera había mordisqueado algo de su bandeja y jugaba con el tazón de arroz que tenía entre las manos. Por ello aguardó hasta que la morena buscó sus ojos.
Cuando se trataba de Karin, la mujer Kuchiki mutaba de amiga a figura maternal velozmente.
—¿Qué te pasa, Karin?
El tono suave y dulce, bañado en preocupación, era lo que se necesitaba para que la morena hiciera acopió de valor. Así, determinada a quitarse todas las dudas y con los ojos humedecidos, confesó:
—Creo que de verdad me estoy enamorando de Toushiro.
Lo que fuera que Rukia había esperado, no era eso. Se quedó con la galleta a medio camino entre su mano y la boca, así como con las cejas tan elevadas que rasgaban su fleco. Karin apretó los labios y le dio un momento para procesarlo. La mujer dejó los palillos sobre la mesa, en su elegante platito correspondiente, y compuesta declaró: — Te escucho.
Así que Karin procedió a exponerle todos sus pensamientos de los últimos dos años y medio. Comenzó con aquella noche de horas extras con la torrencial lluvia de junio, abarcó un relato de hechos concatenados sobre cómo había intentado que su enamoramiento no progresara. Karin le juró a su confidente que había pensado que era el más natural deseo que una mujer joven podía sentir por un hombre y que, tras intentar apagarlo una y otra vez con sus amantes, terminó por concluir que no lo era. Estaba frustrada y molesta consigo misma.
—De todos los hombres en la sociedad de almas… me encapricho con Toushiro ¡Con Toushiro!
Rukia sirvió otra ronda de té.
—¿Qué tiene de malo eso? El capitán Hitsugaya es un hombre decente, si me preguntas.
Karin suspiró, cerrando los ojos y retorciendo el dobladillo de las mangas entre sus dedos nerviosos. — Es mi amigo, Rukia, no debería querer encamarme con mi amigo; muchos menos si se da la casualidad de que es mi superior.
La capitana soltó una risa larga y clara. — Karin ¿Qué crees que éramos Renji y yo? ¿Tu hermano y Orihime? La lista es larga, si quieres que empiece.
El planteo de Rukia dio en el clavo, pues dejó a la más joven sin palabras. Bueno, la amistad mutaba ¿era el deseo el desencadenante de esa evolución? Karin partió un bollo relleno en trozos pequeños que fue devorando de uno en uno.
—Así que no eres la primera que tiene ganas de echarle una pierna encima "a un amigo".
Pese a que acababa de confesar que había pasado la noche intentando apagar su deseo sin éxito, Karin no pudo evitar que su cara se coloreara.
—No lo digas así — Se quejó.
—¿Cómo le digo entonces? ¿Hacer el amor, entregarse a la pasión o, quizá, a la carne?
—Retiro lo dicho, echarle la pierna encima está perfecto.
—Entonces… ¿Qué quieres hacer?
Karin la miró escandalizada.
—No hay modo de que le tire los perros a mi jodido capitán. — Remarcó. — Por muy amigo que sea, es mi superior, maldita sea.
—¿No es caliente la idea?
—¡Rukia! — La amonestó, aunque sabía que se estaba burlando de ella.
No es que Rukia entendiera lo caliente que resultaba la idea de cogerse a un superior, por supuesto.
—¿Entonces qué?
—Nada.
—¿Nada?
—¡Nada! Sólo… necesitaba desahogarme. — Le hizo saber, y la mayor se sintió conmovida.
Karin tenía muchas personas que la querían en la sociedad de almas, no sólo como "la hermana menor de Ichigo" sino como la auténtica Karin Kurosaki. Ella era una de esas personas. Le acercó otro dulce a través de la mesa y puso una de sus manos sobre las de la inquieta oficial.
—Estoy aquí para ti para cuando sea necesario, hagas lo que hagas.
—No le cuentes a Renji, ya tiene problemas interactuando con Toushiro.
—Ah… ¿el bronceado, entonces? —Se burló.
Karin soltó una risa opaca, pero contestó la broma como siempre: —No, los ojos. Definitivamente los ojos.
