¡Hola! Les comparto mi probablemente única participación en la Taiora Week 2023. El prompt del día 1 es Otoño.

O bueno, nunca hay que subestimar el poder de la procrastinación, digo amistad.


Cambio de estaciones

por ChemicalFairy

Hacía calor, mucho calor. No pude evitar pensar en el calentamiento global y en sus efectos sobre las estaciones: el otoño en Tokio no solía ser una extensión del verano; sin embargo incluso tuve que jadear al sentir la brisa de un horno pegarme en el rostro al salir del aeropuerto.

Llegar a casa de mis padres fue otra osadía. Después de tantos años de vivir en Nueva York pensé que ya estaba acostumbrado al tráfico y al gentío pero, por alguna razón, encontrarme en un embotellamiento me estaba sacando de mis casillas.

O bueno, tenía que ser más bondadoso conmigo mismo, dadas las circunstancias, pensé. Tal vez estaba enfadado de ver las calles abarrotadas de mi ciudad natal, de ver los edificios, de ver en el horizonte aproximarse el Puente Arcoiris… si, todo ello me recordaba la vida que decidí no vivir en Tokio y que ahora me engullía, voraz, como una maldición.

Decidí dejar de ver por la ventana y atontar mi cerebro viendo mi celular pero mi oído interno, bastante maltrecho por tantas explosiones a las que me he sometido, no me permitió hacerlo por mucho tiempo pues me mareo con facilidad y tuve que volver la vista hacia la ventana de nuevo.

—¿Has hecho un viaje largo? —el conductor del taxi del aeropuerto me preguntó, lo cual se me hizo de lo más extraño. En Japón no solemos tratar de rellenar los silencios entre extraños.

—Sí, desde Nueva York.

—Estabas al otro lado del mundo, chico.

Cruzamos la mirada en el espejo retrovisor y me congelé al vernos igual. La falta de sueño, el estrés y el dolor que sentía estaban empezando a cobrarme factura.

Odaiba me recibió en silencio y sombrío. Parecía que yo era el único que pasaba por aquellas calles, lo cual contrastaba demasiado al resto del camino ya recorrido, además era la noche de un día entre semana y normalmente el área estaría rebosante de estudiantes saliendo de sus clubes escolares. El conductor ya no volvió a hablarme ni a verme por el espejo, es más, ni siquiera se despidió de mi cuando saqué mi equipaje del maletero y pasé por a lado de su ventana.

Hikari ya estaba en los primeros escalones, esperándome. La miré sin ganas y ella también me observó con ojos hinchados y sin sonreír en lo más mínimo, y mientras más me acercaba a ella, más sentí la necesidad de contener la respiración.

—Bienvenido a casa, hermano —Hikari siempre ha sido la más valiente.

—Lamento llegar apenas, ¿en qué necesitas ayuda? —decir de la manera más tranquila aquellas palabras me costó demasiado trabajo.

—En nada, está todo listo —Hikari contestó al mismo tiempo que abrió la puerta de la casa de nuestros padres, del departamento de tres recamaras en el que habíamos crecido, del que tenía un balcón con vista a la bahía de Odaiba.

El que ahora yacería vacío.

~•~

Creo saber algo de pérdidas. No sé si decir que me he acostumbrado a ellas, es imposible estarlo, pero pensé que al menos sabría manejarme de mejor manera. Aunque, ¿Qué puede significar realmente eso?

Cuando Agumón desapareció, no salí de mi habitación de universitario por semanas. Casi pierdo el semestre. Yamato, al contrario, se volcó de lleno a la escuela: sin dormir o comer a veces. De Sora no supimos por varios meses, y cuando reapareció, intentó hacer como si nada hubiese pasado. Koushiro creo sigue en negación y ha dedicado su investigación en poder recuperar datos perdidos. Él dice que es para reconstruir la historia primitiva del Digimundo, pero él sabe que yo sé que está lleno de patrañas. Mimi, para mi sorpresa, se dedicó de lleno a la recuperación de la memoria Digimon, creando grupos para honrar a los compañeros que fueron desapareciendo en todo el mundo, es una gran activista.

Jyou, no se que fue de Jyou.

Y Hikari y Takeru, bueno, tuvieron varios años para prepararse. Fue una transición más suave, menos caótica, con muchísimo tiempo para decírselo todo.

¿Me preguntó si Hikari ahora siente lo que yo sentí cuando perdí a Agumón tan… de pronto? Ojalá no, porque es horrible volver a sentirse como la persona más solitaria y pequeña del mundo.

El funeral de nuestros padres no fue lo más tradicional del mundo pues mis padres para nada lo eran; incluso Hikari y yo solo conocimos algunos templos cercanos por paseos escolares. Así que, mientras algunos amigos y conocidos de nuestros padre llegaban, pude notar su mirada desaprobatoria.

"Hoy no, señora Hino, hoy no intente cruzarme", le avisé con la mirada a una de nuestras ancianas vecinas del piso de abajo, con el que mi madre a veces peleaba por temas de ruido.

De a poco fueron llegando más caras conocidas, aunque a mí se me había acabado ya la energía para intentar socializar. Me recluí al frente de la hilera de sillas frente a dónde podían verse las urnas de mis padres, rodeadas de flores de todos los colores.

Flores, flores y más flores. Hikari desbordó el altar principal de flores.

—Flores Takenouchi —escuché a mis espaldas. Subí la mirada y encontré a Sora, sonriéndome un tanto contenida y colocando una de sus manos sobre mi hombro.

—¿Son de la florería de tu madre? —asintió con la cabeza—. Gracias, son hermosas.

—¿Puedo sentarme contigo? —no fue mi intención dudar pero no respondí de inmediato— ¿O prefieres salir al balcón por un poco de aire?

—Eso suena mucho mejor.

Sora me ayuda a levantarme y, mano en mano, recorremos el vestíbulo. A lo lejos pude ver a Hikari abrazada a Takeru y hablando con Ichijouji y una muy embarazada Miyako Inoue; pero antes de saludarles me dejé más bien llevar por la guía de Sora y hacia la puerta deslizable que daba al balcón.

Y para mi sorpresa, lo primero que mi pelirroja amiga hizo fue sacar una cajetilla de cigarrillos y aquello logró hacerme sonreír después de tantos días.

—No sabía que te habías mantenido en este hábito.

Cuando éramos adolescentes tardíos solíamos escaparnos a la azotea de la preparatoria para fumar. Era nuestro pequeño secreto, sobre todo porque seguíamos jactándonos de ser grandes atletas. La verdad no recuerdo quien indujo a quien, tal vez fue Sora buscando algo más en qué rebelársele a su madre o tal vez fui yo queriendo encajar en el molde de chico malo que tanto le gustaba a las chicas que me gustaban a mi, Sora incluida.

—De vez en cuando. Hoy parece ser uno de esos días en que no caen tan mal, ¿O no me digas que tú lo dejaste?

Le respondí tomando uno de los delgados tubos de la caja y levantando las cejas de manera traviesa. Sora sonrió y produjo un encendedor de la nada. Intentó hacerlo funcionar, pero el chispazo no parecía querer mantenerse.

—Maldición, olvidé rellenar el gas —dijo mientras intentaba, inútilmente, generar una llama. Rápidamente yo lo tomé en mis manos, lo moví un poco de arriba a abajo y, caput, fuego.

—¡Rápido, rápido, rápido!

Entre risas que se sintieron prohibidas intentamos encender nuestro vicio al mismo tiempo pero la llama no duró mucho y solo el mio logró prender con éxito. Sin pensarlo mucho, atraje el mentón de Sora hacia mi rostro para que su cigarrillo, con el papel medio chamuscado, pudiese hacer contacto con el mio. Sin que pasara más de un minuto, el humo empezó a hacerse presente en medio de nosotros.

Me sonrió tímidamente sin separarse…

…y entonces recordé donde estábamos.

—¿Estás bien?

—Eso es algo difícil de responder en este momento.

—No puedo imaginármelo —le dio una bocanada profunda al cigarrillo y volteó hacia donde habíamos dejado al resto del gentío. Ahora, alrededor de Hikari, también estaban Koushiro y Mimi—. Sé que no soy la mejor consolando a nadie. Realmente nunca se que decir en estas situaciones.

—No hace falta que digas nada, Sora-chan. Con que estés aquí es más que suficiente.

¿Hacía cuánto no nos veíamos? La última vez que yo había venido a Tokio a visitar a mis familia, y a tratar de convencer a Koushiro que se integrara a mi causa diplomática, había sido el año pasado durante las épocas de las navidades. Mamá había tratado de recrear una receta estadounidense de pavo al horno (dijo que era para que no extrañara casa) y papá había conversado toda la noche sobre como Santa Claus había sido un invento del capitalismo para sacarnos más plata a todos. Bromeé con él sobre qué entonces todos los regalos que les había traído irían a la caridad y entonces la navidad ya no fue tanto un mecanismo de control social.

Pero Sora ya no figuraba dentro de mis paradas obligatorias cuando pisaba tierras niponas. Y no es que hubiésemos tenido algún problema o discusión; simplemente ella tomó un rumbo y yo otro. Ella había decidido, como último acto de rebeldía, separarse de las generaciones y generaciones de Takenouchi que se habían dedicado a la práctica del Ikebana y estudiar más bien diseño de modas. ¿Quién hubiera dicho que, al especializarse en indumentaria tradicional, haría más grande el emporio de su familia? Ahora ella y su madre colaboraban cercanamente, fusionando el arte de los kimonos y las flores.

Pero verla ahí, recargada sobre la pared blanca que contrastaba con su cabellera pelirroja y con los últimos trozos del cigarrillo quemándose en sus labios, me teletransportó a aquellos años en que viví prendido de ella. Mi corazón adolorido quiso hacer el esfuerzo de recordar sentimientos más amenos que me ayudarán a minimizar el sopor que sentía atrapado en el pecho.

Cualquiera diría que recordar aquello más bien sería contraproducente pero yo nunca sufrí por quererla y jamás haber sido nada, porque jamás no fuimos nada. Éramos mejores amigos, confidentes, cómplices, almas gemelas. Ella tuvo sus novios, Yamato incluído, y yo tuve las mías pero al final del día acabaríamos en la azotea, compartiendo un cenicero e historias sobre nuestras parejas, amigos y familias.

Tal vez Sora pudo leer mis expresiones faciales, pero al deshacerse de la colilla y quitarme la mía de los labios, me tomó de la mano con fuerza.

—¿Has llorado?

—No —dije con voz ahogada—. Creo que me está costando trabajo aceptarlo. Algo así pasó con Agumón: sabía que ya no estaba, sabía que no volvería pero dentro de mi había como un dique, algo que no me permitía moverme en un mundo nuevo dónde ya no estaba él.

—Te sientes igual…

—Mil veces peor, mil veces. Llegué ayer y sentía como si la ciudad me quisiera escupir.

—¿Te sientes culpable por irte? —el agarre de su mano se convirtió en un abrazo al resto de mi brazo izquierdo y luego recargó su cabeza sobre mi pecho—. No deberías.

—Te pierdes de muchas cosas, de muchos años, y solo es en este momento en que te das cuenta de lo que no viviste.

—El tiempo con las personas que amamos jamás será suficiente —me susurró al cuello—. Jamás estaremos listos para decir adiós.

Decidí dejar caer mi cabeza sobre la suya y pasar mi brazo por sobre sus hombros. Ahora estábamos abrazados, recargados sobre la pared blanca y a nuestras espaldas Hikari seguía siendo rodeada. Aquello llenaba mi corazón, que mi hermana tuviera a su armada personal. En mi caso, soportar mi cuerpo con el de Sora estaba haciendo magia, estaba rompiendo el dique, estaba ayudándome a mantenerme erguido en ese nuevo mundo sin mis padres.

—No debes preocuparte. Yo estaré aquí y cuidaré de Hikari. Tú tienes una misión, tú eres parte de algo más grande de lo que puedes imaginarte. Todos, incluidos tus padres y tu hermana, sabemos que ahí es a dónde perteneces.

—Sora…

—El tiempo con las personas que amamos jamás será suficiente —volvió a susurrar mientras restregaba sus mejillas en mi.

Sonreí mientras la atraía más a mi y ella besó mi cuello descaradamente. Y de pronto el calor subsidió, sentí, y el aire otoñal que era normal para estos meses finalmente cayó sobre un nuevo Tokio.


La reina del drama innecesario, si soy a veces juejue