NOTA DE LA AUTORA: Queridos lectores, espero que se encuentren de lo mejor en este su espacio que, ya tenía un rato sin actualizar. Como ya dije antes, estaba trabajando en algunas cosas para poder llegar a este momento, agradezco infinitamente su paciencia y sus reviews obviamente, espero que disfruten muchísimo esta actualización a esta historia que, aunque lenta, va con todo el amor del mundo para ustedes.
Sin más, ¡a leer!
HOW DEEP IS YOUR LOVE
Por Light of Moon
CAPÍTULO 3: BUENAS ACCIONES
São Paulo, Brasil. Junio de 2012.
—Rebecca, él es Carlos, Carlos, ella es Rebecca Chambers.
La figura pequeña de Rebecca se veía minúscula al lado del imponente físico de Carlos Oliveira, que era tanto o casi tan corpulento como Chris Redfield.
—Es un gusto, Rebecca. —Dijo estirando una mano y esbozando la sonrisa amable que tanto lo caracterizaba.
—El gusto es mío. —Respondió devolviendo el gesto.
Jill presentó a ambos colegas mientras los invitaba a sentarse en la mesa del comedor para discutir los futuros planes que tenían respecto a Melanie.
Rebecca le explicó rápidamente a Carlos el estado médico de Melanie en donde él la escuchaba con atención y de vez en cuando le hacía una que otra pregunta.
—Fuera de su IQ elevado, es una niña normal, se ha desarrollado a la perfección como cualquier otra niña de su edad. —Comentó Becky mientras los tres observaban a la niña que jugaba en la sala junto con snowball, el conejo que era su mascota.
—Estoy impresionado, doctora Chambers. A pesar de mis estudios en medicina pediátrica, nunca habría sabido llevar un caso como el de Mel. —Felicitó a la vez que felicitaba a la ex integrante del extinto equipo Bravo.
Ella se encogió de hombros con modestia.
—Debo decir que tampoco para mí ha sido fácil, mucho menos para Jill ni para Melanie.
Jill bajó la mirada y se mordió los labios. Era una verdadera tortura para ella el tener que llevar cada mes a su hija desde que nació al laboratorio para realizarle estudios de sangre.
—Melanie es una niña normal y sana. —Afirmó la mujer de cabello castaño con seguridad.
—Pero para la B.S.A.A., no es así. —Contraargumentó Valentine. —Sobretodo para Chris. ¿Qué fue lo que te dijo esa ocasión?
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Una semana antes…
"La doctora estaba nerviosa por la intempestiva visita de los agentes Burton, Redfield y el novato Nivans a los laboratorios de Brasil, en donde se suponía, sólo ella asistía unas cuantas veces al año.
—¿Dónde está?
—¿Dónde está quién, Chris? —Preguntó la doctora negándose a darle información al Capitán.
—El hijo de Jill.
Sin autorización alguna, Chris comenzó a rebuscar entre los documentos del hospital, pensando encontrar algún historial médico que confirmara sus sospechas.
—Barry, ¿qué significa esto?
—Becca, sabemos que Jill tuvo un hijo. —Contestó el mayor en tono más conciliador. —Nos enteramos gracias a que por medio de información filtrada hay muestras en el mercado negro de un mapa genético correspondiente al de Albert Wesker. No creo que tenga que explicarte precisamente a ti lo que esto significa.
Rebecca se quedó sin habla y palideció. Esto no podía estar sucediendo, siempre fue cuidadosa.
—Ya deja de encubrirla, Rebecca. —Exigió Chris a la defensiva. —Sabemos exactamente dónde vive Jill, pero por consideración, quisimos pasar primero aquí, a sabiendas de que tu eres su médico y que estabas en Brasil.
—Chris, aguarda, esto no es lo que parece. —Pidió ella intentando calmarlo. —Jill tuvo una hija, es cierto, pero no es lo que ustedes están pensando…
—¿Ah, no? ¿Y si no es así por qué lo ocultó? —Cuestionó furioso.
—Porque ya sabes como es Jill, quiso dar vuelta a la hoja, iniciar una nueva vida lejos de su pasado, ¡Qué se yo! —Expresó la ojiverde con nerviosismo.
—Ni tú te crees esa mentira. —Reprochó al observar la mirada nerviosa de la médico.
—¡No es una mentira! ¡Yo misma supervisé su nacimiento y he revisado su salud, todo está bien con la niña!
—Pues entonces que Jill nos lo diga a la cara. "
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Jill juntó ambas manos y las colocó frente a sus labios.
—Chris no se tragará por mucho tiempo la mentira de que Melanie es hija de Carlos. —Dijo Rebecca mirando a ambos ex compañeros en la huida de Raccoon City.
Carlos miró la preocupación y la desesperación dibujada en las facciones de Valentine y él tomó su mano para tranquilizarla.
—Es por eso que estamos aquí, doctora. El que Chris piense que Melanie es mi hija no tiene porqué seguir siendo una mentira. Jill y yo lo hemos hablado, voy a darle mi apellido a Melanie. Legalmente será mi hija.
Como le había prometido, Carlos estaba dispuesto a cumplir con su palabra de ayudarla. Y este era el primer paso.
—¿Vas a adoptarla? —Preguntó la médico.
—No, voy a reconocerla.
Diciendo esto, le entregó unos documentos que llevaba dentro de la chaqueta y que la médico revisó a detalle.
—¿Cómo obtuviste esto?
—Son de mi clínica.
—¿Te das cuenta que si nos descubren, no volverás a ejercer como médico? —Cuestionó Chambers aún dubitativa.
—Carlos, no tienes que…
Pero el ex mercenario interrumpió a Jill.
—Estoy seguro. —Afirmó. —Sólo necesito los documentos del hospital que constatan el nacimiento de Melanie y podré registrarla como mi hija cuanto antes. Yo responderé si algo de esto sale mal.
Carlos le explicó todo su plan a Rebecca ya que la ayuda de esta última era crucial para que este funcionara. Al afinar unos cuantos detalles, Chambers pactó que le entregaría a su nuevo aliado los documentos e información necesaria para que dentro de una semana pudieran iniciar el juicio de reconocimiento de paternidad.
—Solo tengo una duda, ¿cómo lograremos despistar a la B.S.A.A. sobre el juicio de paternidad de Melanie? —Preguntó la ex integrante del Equipo Bravo.
—Hay gente que me debe favores. El procedimiento será rápido y seguro.
—Bien, entonces pospondré mi regreso a Chicago una semana más para estar al pendiente de todo el trámite.
Charlaron unos momentos más, pero no pasó mucho tiempo en que Rebecca se retiró y Jill y Carlos quedaron nuevamente a solas en casa de esta.
—¿Por qué no me habías dicho que si algo del plan sale mal perderías para siempre tu licencia de médico?
Él se encogió de hombros sin decir palabra. Pero ella se acercó hasta estar frente a él y tomó su brazo para atraer su atención.
—No tienes que hacerlo, no quiero perjudicarte.
—Lo sé, no tengo que hacerlo. Pero quiero hacerlo. Quiero hacerlo por ustedes dos, pero también por mí.
—¿Por ti?
—Sí, por mí. No pude salvar a mi hija y es un peso que siempre voy a cargar en la espalda hasta el último día de mi vida. Déjame ayudarte a proteger a la tuya, lo hago con todo el gusto del mundo. —Expresó con mirada sincera que, en el fondo revelaba un atisbo de dolor que le provocó un escalofrío a Valentine, empatizando totalmente con el dolor; no podía ni siquiera imaginar un escenario en donde Melanie estuviera en peligro.
—Está bien, pero prométeme que nos arriesgaremos lo menos posible.
—Es un trato.
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Raccoon City, Estados Unidos de Norteamérica, año de 1996.
A pesar de su llegada accidental al equipo Alpha de S.T.A.R.S., en poco tiempo se había ganado el respeto —y afecto— de sus compañeros de equipo; Brad era su compañero de patrullaje y hasta ahora el chico con el que más convivía; Joseph Frost a pesar de ser ligeramente más serio que Brad era igualmente agradable, apasionado de los vídeos caseros y que tenía siempre la videocámara en el escritorio para filmar cualquier cosa de la Comisaría cuando el Capitán Wesker no estaba mirando; Barry Burton era como el padre de todos los demás, "papá oso" como solía llamarlo Brad Vickers para molestarlo y que a pesar de haber solicitado no tener ningún tipo de trato especial, él la trataba con cierta delicadeza, ya que como él mismo decía, era padre de dos hijas y trataba a Jill como le gustaría que Moira y Pauline "Polly", fueran tratadas. Solo bastaron tres meses para que la chica se echara al bolsillo a todos sus compañeros de trabajo, bueno, a casi todos. Desde aquella mañana en la lucha de exhibición, sabía que no había sido del agrado de Chris Redfield. El joven que evidentemente le había molestado el alta de la mujer en el Equipo Alpha y no hacía reparos en demostrarlo; nunca la miraba, le hablaba sólo cuando era necesario, y a pesar de compartir escritorios, este había construido un enorme muro invisible entre ambos, del cual era claro que la castaña tenía prohibido pasar. Jill no era la mujer más paciente y tolerante del mundo, pero Wesker se lo había advertido cuando la contrató; palabras más, palabras menos, mencionó que en S.T.A.R.S., no había lugar para personas que mantenían problemas personales con sus compañeros. Y no iba a perder por culpa de ese cretino el trabajo que tanto le había costado conseguir. Así que no tuvo otra opción que hacer de "tripas corazón" y resignarse a tolerar la actitud poco amable de Redfield.
La tarde transcurrió relativamente tranquila, terminó anticipadamente un papeleo que su jefe le había solicitado ordenar y en vista que hoy no le tocaba hacer guardia, permanecía sentada en su escritorio, esperando a que llegara la hora de salida.
—¿Por qué no te vas, Jill? Ya terminaste tu trabajo y aquí ya no hay nada más que hacer por hoy. —Dijo Barry desde su escritorio.
—Aún faltan veinte minutos y no creo que al Capitán le agrade que no respete mi hora de salida. —Contestó ella cruzándose de brazos.
—Oh, no te preocupes por él, está ocupado buscando el reemplazo del recluta que le robó al Equipo Bravo. —Comentó con una sonrisa bonachona.
—¿Y qué hay de ti? ¿No quieres que te ayude?
—Ya casi termino, solo necesito llamar a Kendo para ponernos de acuerdo sobre la lista de armas que necesito que modifique para el departamento y es todo. Vamos chica, aprovecha la oferta, no todos los días podrás llegar temprano a casa. —Insistió.
Barry no tuvo que insistir demasiado para que efectivamente confirmara que la oferta era más que tentadora. Desde que había ingresado a S.T.A.R.S., era la primera vez que llegaría temprano a su morada; podría prepararse una cena decente, darse una ducha en la tina y quizás hasta mirar algún programa en televisión.
Recogió rápido sus cosas del escritorio y tomó su mochila para colgarsela en los hombros, luego de ponerse la sudadera. Se despidió de todos con una mano y salió de la oficina.
Caminó por la puerta principal de la Comisaría cuando sacó sus antiguos walkman y los puso en su bolsillo, no sin antes colocar en la parte del cassette una copia del álbum "Venus and Mars" de Wings. Sin duda, los walkman que su padre le había obsequiado cuando cumplió dieciséis años había sido uno de los mejores regalos que había recibido, ya que cuando no contaba con un vehículo para trasladarse, el gozar de un poco de música en los audífonos de diadema, hacían la caminata un poco más placentera, incluso disfrutable.
Pulsó el botón de "play" y enseguida empezó a sonar la letra de "Letting go" interpretada por Paul McCartney Aún quedaban unos minutos de camino para llegar a la estación del metro que la llevaría hasta su hogar, así que podría disfrutar por lo menos de todo el lado "A" del cassette.
Del bolsillo de su pantalón, comenzó a sacar unas cuantas monedas para pagar la cuota del subterráneo, cuando de repente las notas de la melodía comenzaron a tornarse lentas, y la afinada voz del ex Beatle sonaba como si estuviera conteniendo las ganas de vomitar.
"Genial" pensó con sarcasmo cuando se dio cuenta que las baterías del walkman se estaban agotando y ahora la música se oía como una psicofonía de lentos quejidos e instrumentos desafinados. Decidió apagar el aparato, sin embargo no quiso detenerse a guardarlos en la mochila, ya que no quería perder más tiempo y deseaba llegar pronto a casa, por lo que decidió tomar un atajo que pasaba por una de las calles alternas a la torre del reloj. Ya casi llegaba al parque de Saint Michael cuando miró algo que no le agradó; un sujeto de pantalones de chándal, chamarra gruesa y gorra caminaba sospechosamente rápido por la otra acera como si estuviese buscando algo, o peor, siguiendo a alguien. Debido a que ese camino era poco transitado, le pareció demasiado sospechosa la actitud del tipo en cuestión, por lo que alzó la mirada y alcanzó a distinguir una tercera figura en la escena; se trataba de una estudiante, de bachillerato a juzgar por el uniforme a cuadros, que caminaba distraídamente a unos metros de distancia, cargando su mochila y un enorme cuaderno de dibujo con una escuadra. La joven iba tan cargada de útiles escolares que le era complicado mantenerse atenta a lo que sucedía a su alrededor, específicamente, del sujeto que iba detrás de ella.
El Capitán Wesker siempre decía que antes de actuar era preciso analizar toda la situación, aunque por otro lado, también decía que se debe escuchar a la intuición. Así que siguiendo ambos consejos, caminó lentamente por la otra banqueta, fingiendo que estaba distraída con los walkman, pero en el fondo estando completamente atenta a su alrededor.
La chica dobló en una esquina a la izquierda, cuando el desconocido hizo exactamente lo mismo que ella, y ambos se perdieron de su vista. Entonces Jill supo que no podía analizar más y era momento de actuar. Corrió rápidamente hacia la dirección en donde ambos personajes habían desaparecido y lo siguiente que encontró fueron las cosas de la estudiante esparcidas por el suelo, y la chica contra la pared del callejón, mientras temblaba de pies a cabeza y el hombretón la amenazaba con un cuchillo, mientras profería una serie de insultos.
—¡Cómo un demonio! ¡Te he dicho que me des todo tu dinero! —Decía el ladrón, acercando más su cuchillo en las costillas de su víctima.
—¡Ya le dije que no tengo nada! —chilló—Hoy lo gasté todo comprando libros y solo tengo el dinero para pagar mi boleto del tren.
—¡Estás colmando mi paciencia, chiquilla idiota, dame todo tu dinero o tienes los minutos contados!
La chica de S.T.A.R.S., sabía que el asaltante estaba decidido a lastimar a la jovencilla, por lo que no dudó ni un segundo en ir a por él.
—¡Déjala en paz!
Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre el sujeto que le sacaba una cabeza de estatura y lo derribó en el suelo, no obstante, el agresor nunca soltó su cuchillo.
—Maldita perra. ¡Te voy a hacer pedazos!—Sentenció poniéndose de pie y tomando el cuchillo para irse directo contra la joven de cabello castaño ante la mirada aterrada de la colegiala.
El susodicho, cegado por la ira se lanzó sobre la aparentemente frágil anatomía de la mujer que con habilidad esquivó el ataque con navaja que venía directo en el abdomen, y a cambio, le dio una patada en el estómago al agresor. El malviviente retrocedió por inercia y Jill se acercó a él para intentar atinar un golpe y desarmarlo, pero en esta ocasión el atacante fue más rápido que ella y logró repeler el golpe para al final lanzarse sobre ella con más fuerza, en una violenta lluvia de navajazos. La estudiante observaba todo llena de temor, sin saber si debía correr para ir por ayuda, o quedarse allí para auxiliar a la chica en caso de que el desconocido la hiriera y se diera a la fuga.
En medio de ese debate interno, la banqueta resquebrajada le hizo una mala jugada a la elemento de S.T.A.R.S. que cayó al suelo de espaldas. Ante tal indefensión, su rival se acercó a ella con toda la intención de perforar su sedosa piel, cuando de repente, el sujeto se desvaneció en el suelo en estado inconsciente. Valentine no terminaba de comprender lo que había sucedido cuando de repente miró frente a ella a la fémina que vestía uniforme escolar y que sostenía en las manos temblorosas un tubo de metal sucio.
La castaña se levantó como pudo y se acercó a la chica que veía la escena con sus ojos azules a punto de las lágrimas, cuando cayó en cuenta de lo que había sucedido.
—¡Dios mío, creo que lo maté! —Dijo horrorizada soltando en automático el objeto contundente, como si se tratara de un trozo de carbón ardiente.
Jill se agachó y se acercó a analizar al hombre.
—Aún respira, creo que sólo está noqueado. —Informó ella cuando se agachó para revisar si aún el desconocido tenía pulso. —Hay que llamar a una ambulancia y a la policía.
—Llamaré a mi hermano, él es policía, sabrá qué hacer.
—¿Tu hermano es policía? —Preguntó mientras sacaba un par de monedas de su pantalón para hacer la llamada en la caseta telefónica cercana.
—Sí, está en S.T.A.R.S., se llama Chris Redfield.
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Minutos después, un enorme operativo se desplegaba en la esquina, en donde los paramédicos mantenían en una camilla al asaltante que ya estaba consciente y le colocaban un vendaje en la cabeza, mientras otros dos revisaban que las chicas estuvieran bien, a la vez que Brad y Joseph lo escoltaban, ese sujeto iba directo a la Comisaría.
—Estoy bien, afortunadamente sólo fue un susto. —Afirmó la estudiante pelirroja a los auxiliares de medicina que acababan de tomarle la presión, mientras se acomodaba la manga de su suéter escolar.
—¿Qué fue lo que pasó? —Preguntó el Capitán Wesker con voz firme, mientras Brad se acercaba a su lado, sosteniendo un cuadernillo para levantar el informe policial.
—Iba camino a mi casa cuando me percaté que ese hombre estaba siguiendo a la chica; lo seguí de cerca al notar su actitud sospechosa; doblando en una esquina la acorraló en un callejón, amenazándola con un cuchillo, pretendía asaltarla. —Detalló.—Acto seguido, intenté detenerlo y lo contuve el tiempo que pude, pero de repente me resbalé con la banqueta y estuvo a punto de apuñalarme, de no ser porque ella lo golpeó. —Describió Jill señalando a la chiquilla que estaba a unos metros de distancia.
Wesker volteó a mirarla y enarcó una ceja.
—¿Ella?
—Así es, Capitán. —Afirmó. —Yo estaba en el suelo, cuando la chica tomó un tubo de metal que estaba en el contenedor de basura cercano y lo golpeó en la cabeza. El asaltante se desmayó al instante.
Aún no terminaba de dar la última información a su jefe, cuando un alterado Chris Redfield apareció en la escena, aparcando la patrulla al lado la ambulancia, en compañía de Barry Burton que lo seguía de cerca.
—¡Claire, Claire! —La llamó desde que la vio entre los paramédicos.
La chica levantó la mano indicando que estaba bien, pero esto no bastaba para el joven Redfield que en cuanto estuvo frente a ella la tomó por los hombros y la examinó de pies a cabeza.
—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —Preguntó mortificado.
—Estoy bien, Chris, sólo fue un mal rato.
Jill veía la escena con desconcierto; Chris Redfield un sujeto frío, con rostro de piedra que rara vez demostraba emociones, parecía que estaba al borde del colapso al ver a su pequeña hermana.
"Debe quererla mucho. " Pensó.
—Dios, gracias a Dios. Mañana mismo me encargaré de darte clases de defensa personal.
—Por favor, Chris, en verdad, no fue nada. —Insistió la muchacha.
—Que bueno que estás bien, Claire. —Comentó Barry Burton. —Nos preocupamos mucho cuando estábamos patrullando y recibimos el reporte de que habías sufrido un intento de asalto.
En ese momento, el oficial de S.T.A.R.S. miró al delincuente que estaba en la otra camilla, rodeado de los paramédicos y escoltado por Joseph. El temperamental Redfield, sintió como las oleadas de calor iban hirviéndole la sangre, queriendo despellejar con sus propias manos al sujeto que había intentado hacerle daño a su hermana.
Entonces, Chris se apartó de Barry y Claire para acercarse con enormes zancadas hacia donde estaba el desconocido, apartando de un manotazo al personal de la ambulancia para tomarlo del cuello de la chamarra con violencia.
—¡Maldito hijo de puta, con que querías asaltar a mi hermana! —Amenazó con rabia, mientras lo sacudió agresivamente y el interpelado se quedaba mudo y pálido por el susto.
— Yo… yo… yo no, no sabía…
—¡Viejo, tranquilizate! —Pidió su compañero que usaba un paliacate en la cabeza, tomándolo de un hombro para que se calmara.
—¡Cállate, Joseph! ¡Voy a romperle todos los huesos a este bastardo!
—Redfield. —Resonó la voz potente del Capitán Albert Wesker. —Suéltalo, es una orden.
El líder del equipo Alpha no tuvo que hablar dos veces para que Chris soltara de mala gana al agresor de Claire; sin embargo, lo siguió mirando con ojos asesinos.
—Ya la justicia se encargará de ese infeliz. —Comentó con tono despectivo el jefe de policía. —Además, tu hermana ya lo noqueó por ti.
—Afortunadamente no sucedió nada, Chris. —Dijo la menor Redfield acercándose a su hermano para tratar de tranquilizarlo y no cometiera una locura delante de sus superiores. —Ella llegó a tiempo a salvarme.
La pelirroja señaló a Jill que estaba mirando todo detrás de su Capitán, ya que no quería involucrarse más en el asunto; no obstante, Redfield observó expectante a su compañera a quien desde que la conoció sólo la había visto con recelo.
—Yo no hice nada, sólo cumplía con mi deber. —Argumentó negando con ambas manos.
—Gracias a Jill, hoy tu hermana está sana y salva. —Habló Albert Wesker mientras firmaba el reporte signado por Brad.
Chris se quedó absolutamente callado, sin ser capaz de articular una sola palabra; empero, su hermana insistió.
—Gracias, Jill. Te debo una.
—No hay de qué.—Respondió con una sonrisa a la joven y enseguida se refirió a su jefe.—Capitán, si no hay nada más que tenga que hacer, me gustaría retirarme.
—Adelante. —Asintió el rubio a la vez que Valentine se despedía de todos con la mano y la chiquilla Redfield agitaba ambas manos y sonreía para despedirse de la chica, agradecida por su acto heróico.
Jill odiaba ser el centro de atención por lo que se retiró rápidamente y se fue a casa; después de tantas emociones, lo único que deseaba era cenar un sándwich de queso e irse a dormir.
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Al día siguiente llegó más temprano que lo acostumbrado, ya que era el día de práctica de tiro y era su turno de ordenar en el pequeño cuarto de armería las municiones que se utilizarían a lo largo del día y reportarlas en el inventario. Estaba sentada en una banquita de metal, llenando un registro de existencias cuando miró que alguien abrió la puerta, lo cual era extraño, ya que aún faltaba más de media hora para que las personas comenzaran a llegar. Al levantar la mirada para descubrir la identidad del intruso, se encontró con Chris Redfield, que sostenía una pequeña caja blanca con un listón rosado.
Jill se le quedó mirando con extrañeza, pensando que tal vez se había confundido con los días de guardia en la armería, hasta que éste la saludó con timidez.
—Hola.
—Hola. —Respondió ella confusión.
Se llevó una mano a la nuca, sin atreverse a mirar a los ojos a su compañera, ni cómo comenzar un diálogo con ella.
—Mi hermana te manda esto; son unas galletas que ella misma cocina. Ya sabes, en agradecimiento por lo de ayer. —Dijo con pena y estirando la mano para que la joven pudiera tomar la cajita en sus manos, la cual recibió y colocó a un lado de su sitio.
—Gracias, sólo hacía mi trabajo. —Respondió de manera cortante.
—Yo también estoy agradecido contigo por haber protegido a mi hermana de ese asaltante, de no ser por ti, probablemente hubiera sucedido algo peor.
—Ya te dije, no fue nada. —Contestó sin mirarlo y continuando con su faena en el inventario.
Chris suspiró. Esa tónica no estaba funcionando.
—También quiero aprovechar para disculparme contigo. —Expresó caso escupiendo las palabras.
Esa última frase hizo que Jill por fin prestara atención a su interlocutor.
—Sé que he sido muy grosero y…
—No solo has sido grosero, has sido un cretino. —Afirmó.
—De acuerdo, fui un cretino. —Aceptó en medio de ademanes.
—Aunque en realidad, cretino es poco; desde el día uno me has tratado como si fuera una apestada, cuando a mi parecer, nunca he hecho nada que te ofendiera. —Iba a aprovechar para sacarle en cara todas las hostilidades y desplantes que su compañero le había hecho desde que llegó. —O dime si hice algo para que me trataras con tanto desdén.
Chris suspiró, ella tenía toda la razón y no tenía argumentos para rebatirla.
—Sí, tienes toda la razón, me he portado como un imbécil, es cierto, lo acepto y me disculpo por ello; no hiciste ni has hecho nada para que yo me comporte de esa manera. —Expresó avergonzado.
—¿Ah sí? Entonces ¿qué es? —Demandó.
Redfield apretó los puños en los costados y se quedó callado. Aún no sabía qué respuesta iba a darle.
—Estoy escuchando. —Presionó Valentine al notar que su compañero se tardaba en su respuesta.
Chris frunció el ceño, ella lo estaba acorralado.
—Estaba enfadado desde el día que en la pelea de exhibición, me venciste. —Admitió. —Nunca nadie lo había hecho, ni aquí ni cuando estuve en la Fuerza Aérea. Y bueno, que encima te pusieran en el mismo equipo, no mejoró las cosas.
—Eso no fue mi culpa, te vencí limpiamente.
—Ya lo sé. —Confirmó exasperado. —Pero entiéndelo, nunca había perdido.
—Puedo entender que seas un mal perdedor, lo que no entiendo es que no seas profesional; estamos en el mismo equipo y al parecer, sólo pretendías rivalizar conmigo.
—Soy profesional, te lo juro que lo soy, sólo que me dejé llevar esta vez; te prometo que no volverá a ocurrir.
—¿Puedo creer en tu palabra? —Lo cuestionó.
—Palabra de Chris Redfield.
Ella extendió la mano para estrechar la de su compañero.
—Entonces empecemos de nuevo; Jill Valentine, un gusto.
—Chris Redfield, bienvenida al Equipo Alpha. Saliendo del trabajo puedo invitarte a Moon's Donuts para limpiar un poco mi conciencia y la mala impresión que tienes de mí.
Jill sonrió lado, al parecer, detrás de esa máscara de ogro, Chris parecía un buen tipo y, al ver la expresión amable en el rostro de Valentine, el hermano mayor de Claire se relajó.
—Ok, acepto. Pero no bastará con una dona.
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Los Ángeles, California, Estados Unidos de Norteamérica, junio de 2012.
Yacía sentado en su oficina, revisando con esmero cada documento que pasaba por sus manos, tratando de encontrar una explicación lógica de lo que estuviera pasando; esperando que esta explicación no fuera lo que su corazón se negaba a creer.
¿Cómo pudo, cómo carajos pudo Jill hacer esto? Hacerle esto a él, que habría dado la vida por ella.
Frunció el ceño, preguntándose por qué había sido tan ciego, cuando desde los tiempos de S.T.A.R.S. todo estaba muy claro.
Recordaba que en esos ayeres, siempre se había rumorado que su compañera mantenía una relación con alguien cercano al escuadrón; sin embargo, todos los murmullos lo señalaban a él, señalamientos que en su momento no se preocupó por acallar, ya que en el fondo, deseaba que esos chismorreos hubiesen sido ciertos; aunque, en el fondo él conocía la verdad; Jill siempre lo había visto como un amigo, el mejor de ellos… Y nada más.
Él también sabía que el corazón de Jill ya estaba ocupado, sin embargo, nunca se imaginó por quién, aunque la realidad siempre estuvo ante sus ojos; la manera en que Jill lo miraba, el respeto con el que acataba sus órdenes, esa manera en que siempre buscaba la forma de estar cerca de su Capitán, no era normal y nunca lo quiso admitir. En los S.T.A.R.S., era común que todos sintieran admiración por el Capitán Albert Wesker, ya que además de ser un estratega nato, era un gran líder que aunque rabiara por aceptarlo, gran parte de lo que sabía, lo había aprendido de él; tenía el don de enseñar, de ser maestro; estricto al reprender, pero siempre obsesionado en que la gente bajo su mando fuera la mejor; quizás era por su obsesión con el poder, con controlar, con que todo fuera perfecto… De alguna manera u otra, le debían a Wesker gran parte de lo que eran hoy en día.
No era un secreto para nadie que Jill era la mujer más asediada de R.P.D.; era bella, amable y muy virtuosa en su oficio; más de uno hubiera dado lo que fuera, —incluído él—por obtener los afectos de Valentine. No obstante, ella rechazó a todos.
Se preguntaba desde cuándo o en qué momento ella y Wesker llegaron a ser tan cercanos y si lo seguían siendo aún en el momento de su secuestro… No, se negaba a creerlo; su compañera nunca habría podido amar a un engendro malvado, a un hijo del demonio que sólo aspiraba a crear su propio génesis partiendo de un apocalípsis. Pero entonces, ¿Quién era esa niña? Ella había dicho que esa pequeña era hija de un tal Carlos Oliveira, pero ¿Cómo es que existían pruebas del mapa genético de Albert Wesker después de muerto? No tenía dudas que su archienemigo tenía descendientes y eso lo carcomía desde adentro; se negaba a creer que la persona que más amaba hubiese tenido una hija con el ser que más odiaba.
—Capitán. —Habló el joven Nivans, sacándolo de sus cavilaciones.
—¿Qué pasa, Piers?
—Le tengo noticias de Edonia , pero no son buenas. —Informó mientras sostenía una serie de documentos en las manos. —Se ha confirmado la presencia de experimentos fallidos, patrocinados por un nuevo virus del cual no se conoce nada, pero que tiene variaciones con algunos de ellos.
Redfield tomó los documentos de Nivans y miró los documentos que contenían fotografías de una especie de humanoide muerto a la orilla de la playa; parecía mitad hombre, mitad insecto, el tronco superior correspondía al de una persona, pero las extremidades inferiores eran de algún tipo de saltamontes.
—Cada día estos tipos tienen menos respeto por las vidas humanas. —Dijo con resentimiento el veterano.
—¿Cuál es el siguiente paso, Capitán?
—Vamos a reunirnos con Barry, tenemos que manejar el tema a discreción antes de actuar; si atacamos sin estar seguros de lo que realmente está pasando o quién está detrás de todo esto, Grecia va a convertirse en un baño de sangre.
