Disclaimer: Naruto no me pertenece.
Aclaraciones: Modern Times. Época de los 80's en Japón.
Advertencias: Menciones de la industria del entretenimiento adulto durante la época en Japón. Voyerismo. Escenas no aptas para menores. Diferencia de edad. MinaHina. Y sorpresa al final.
Capricho Temporal
Capítulo Único
Karui dejó de pintarse las uñas en cuanto la campanilla del lugar sonó. Dio la bienvenida como solía hacerlo, sin dar miradas demasiado profundas a las características de todos aquellos que entraran al negocio de Sweet Girls porque nadie quería ser juzgado por la selección de entretenimiento.
A ella no le pagaban por criticar a cada uno de los hombres ―o mujeres― que asistían a esos lares a cumplir sus fantasías.
La noche era tranquila, poca clientela. Afuera llovía a cantaros pero ni así los comercios de Kabukicho cerraban las puertas al público. Menos a aquellos con el bolsillo lleno de dinero.
Era otra vez ese rubio encantador. Varias de las chicas murmuraban cerca de la puerta a espaldas de Karui cada vez que él venía. Era como una estrella de cine, tan llamativo con esa apariencia de extranjero a pesar de que su japonés fuera perfecto, como el de cualquier otro nativo. Hacía un enorme contraste con la frecuente clientela que acudía y era sin duda un encantador hombre con modales.
Karui incluso se comportaba más amable cuando él llegaba hasta la recepción del lugar, sintiendo el calor de su sonrisa amplia y soleada, casi quedándose mirándole por un largo tiempo a esos ojos azules.
―Buenas noches ―saludó él al dejar el abrigo colgado, limpiándose cualquier rastro de humedad de la cara con un pequeño trapo.
―Buenas noches ―dijo más animada, casi colocándose firme en la silla y con una sonrisa coqueta―. ¿Se está cayendo el cielo afuera?
Él rio, asintiendo, caminando hasta ella. Pudo sentir en el aire el aroma ligero a cigarro, a oficina pero también a una colonia varonil. Aspiró en secreto para que la esencia se quedara por más tiempo retenida en la memoria.
―Lo está ―contestó, viendo los alrededores a pesar de que nada cambiaba en la pequeña sala de la recepción, pues el papel tapiz rosado continuaba decorando cada una de las paredes y la rockola escondida en la esquina seguía reproduciendo los éxitos del momento.
Justo ahora Fantasy de Meiko Nakahura se escuchaba perfectamente. Ambientaba todo el lugar en una atmosfera tranquila, relajada. Intima.
Era costumbre sacar las carpetas con los rostros de las chicas a disponibilidad pero Karui ya sabía a quién venía a buscar. Siempre elegía a la misma, a pesar de le daba ciertas sugerencias de experimentar con otras alternativas, siendo aconsejadas por las demás de que les ayudara a convencer al atractivo hombre de pasar un rato con ellas.
Pero no le pagaban más a Karui por ser persuasiva, al menos no de ese modo; podrían darle un bono extra si lograba que más de un tontuelo decidiera pagar más de la cuenta por agregar a otra chica o ver un espectáculo más picante, obviamente sin tener un contacto directo con las estrellas del performance.
Además él siempre rechazaba las sugerencias, con un gesto amable pero firme, que indicaba que el asunto terminaba ahí. Karui no quería probar su suerte ni verlo enojado por primera vez.
―¿Lo mismo de siempre o has pensado en cambiar de aires? ―cuestionó solo por rutina porque sabía la respuesta.
Él rio un tanto, de manera ronca y sensual. Casi deseaba compartir el mismo espacio reducido del cubículo con ese rubio maravilloso pero solo era la recepcionista.
―Me conoces demasiado bien ―dijo, cerrando los catálogos a su completa disposición al no necesitarlos―. ¿Se encuentra disponible?
―Sabes que siempre lo está cuando vienes ―comentó Kauri, echándose su rojizo cabello hacia un lado para guardar la carpeta con las otras candidatas, sacando el listado de los cuartos listos y roles básicos que todos elegían―. Hoy no han venido muchos así que la mayoría se encuentran desocupadas, seguramente hablando en la sala de estar.
―Es bueno saber que tiene ratos libres.
―Ojalá nos pagaran extra por eso. Suele ser aburrido cuando no hay movimiento.
―La noche nocturna no es tan emocionante como la pintan.
―No cuando llueve. La comida a domicilio se vuelve un dolor de culo. Esos mocosos lloran por mojarse un poco.
Él rio por la honestidad explosiva de la pelirroja. Siempre había así sido desde que visitaba el lugar, y debía confesar que era un aire fresco. Por lo general los comercios dedicados al entretenimiento adulto siempre ponían a mujeres con mirada coqueta a despachar a los clientes. Y aunque era un plus bastante llamativo, saber que les pagaban para decir frases ya hechas y seguir con el juego de muchos le resultaba aburrido y decepcionante.
Kabukicho era el barrio rojo de todo Tokio. Escondido entre dos enormes edificios pero a la vista de cualquiera. Día y noche ofrecía sus servicios y era completamente legal. Siempre y cuando los negocios siguieran al pie de la letra la ley Anti-Prostitución, todos tenían el derecho de operar libremente. La opinión respecto a la industria del sexo de los japonesas era variada y en ocasiones compleja. La alta moral de algunos terminaba convirtiéndose en hipocresía cuando el movimiento era uno de los más destacados económicamente. Saber que no se hacía nada malo y que todo estaba consensuado ayudaba a mitigar la culpa, o la pena. Era natural, incluso desde los tiempos de las cortesanas en las famosas Casas de Té, ser presa de las tentaciones que eran accesibles por un costo monetario.
―Elegiré el cubículo de siempre si no hay problema ―decidió al final, dejando de lado el listado.
Karui enarcó una ceja.
―¿Independientemente de cómo esté arreglado? ―reviso la hoja―. Hay más opciones, no tienes por qué escoger el mismo. La mayoría están vacíos y preparados.
―No, prefiero el mismo. La silla es bastante cómoda y tiene la mejor iluminación. Además me gusta cuando Moon se pone creativa.
―De acuerdo, es tu dinero el que gastas, no el mío.
Cada sesión en Sweet Girls, una casa dedicada a las salas de vídeo, costaba la semana entera de un oficinista promedio. Por esa razón quienes eran frecuentes no acudían semanalmente, siendo conscientes del alto costo. Pero él era la excepción porque no faltaba. Todo viernes llegaba a una hora cercana a la media noche, aun usando sus ropas formales que pertenecerían al código de vestimenta de alguna empresa ubicada en los últimos pisos de un rascacielos cercano. Nunca se mostraba desalineado, sino con un orden impecable y los cabellos dorados en su lugar, aun cuando los luciera desordenados, dándole un aspecto más joven pese a que su edad verdadera seguía siendo un secreto y la apuesta favorita de las empleadas de Sweet Girl.
Siempre pagaba en efectivo, toda la cantidad. Firmaba la carta compromiso que le dictaba que nada de toqueteos durante la sesión ni hacer sentir incomoda a la chica de turno. Era puro protocolo pues el rubio nunca había tenido problemas con el establecimiento, siendo de los favoritos de varias.
Con la impecable firma en el papel de la cual Karui siempre revisaba para tener una idea sobre su identidad, él deslizó el contrato por la superficie, dejando la cantidad exacta del pago sobre la bandeja plateada exclusiva.
―Ahora mismo le aviso a Moon que se aliste ―tomó el teléfono, estirando el cable y girando sobre la silla de ruedas―, ¿algo en particular que desees beber?
―Agua será suficiente.
―En serio, ¿cómo puedes verte como un hombre tan interesante pero tener unos gustos tan simples? ―atacó Karui juguetonamente, negándose a creer que ese rubio simplemente bebía agua purificada en lugar de llevarse un buen trago de alcohol.
La imagen mental de verle sentado en la silla, completamente relajado y con un par de botones desabotonados dejando al descubierto parte de la clavícula masculina, con los dedos cerrados firmemente alrededor del cristal con el líquido ámbar, los ojos puestos en el otro lado de la cabina donde el show al que vino a pagar hasta ese lugar en una noche lluviosa obligó a Karui a sentarse mejor en la silla para que el sonido de la risa limpia que provenía de ese Adonis no le hiciera cosquillear en medio de los muslos.
―No hay nada de malo en amar lo simple ―dijo al terminar con el proceso para pasar a la siguiente sala oculta detrás de un par de puertas cercanas a él―. Hace la vida más sencilla.
Él se fue, sabiendo perfectamente el camino.
Karui suspiró con un toque soñador. Al otro lado de la línea alguien contestó.
―Prepárate, tu cliente favorito ha llegado. Cubículo 6. No pidió nada en especial, así que sigue con lo que ya tenías preparado.
.
Las risas femeninas quedaron atrás cuando terminó de hablar con Karui. No fue una llamada excesivamente larga, sino un comunicado breve de que pronto debía recibir a su cliente.
A pesar de no ser la primera vez que daría un performance, no podía evitar sentir un ligero ataque de nervios al pensar en que esos ojos azules la verían desde el otro lado del cristal.
No conocía por completo su cara, solo le había escuchado hablarle, susurrarle secretos que le erizaban la piel y la arrullaban por siempre usar un tono de voz dulce que la mimaba con halagos de verla tan hermosa como siempre.
La única vez que vio sus ojos fue por ese diminuto espacio donde sus manos se tocaron por primera vez.
Las reglas del lugar prohibían un contacto directo con los clientes para no levantar escándalos ni invitar a las autoridades a traer una orden de clausura. A pesar de eso y del pánico que Hinata sintió de ver esas manos invitarla a explorar su piel, fue inevitable negarse a los deseos del cliente. Era política de la empresa en seguir los deseos del que pagaba, dar un buen servicio.
Un toque de manos era inocente, inofensivo.
Pero no las sensaciones que el cuerpo de ella padeció al descubrir esos dedos poderosos, la mano callosa y más grande que la propia, el calor vibrarle cerca. La sensación de ese tacto caprichoso la había acompañado durante varias noches, imaginándose a sí misma debajo de esa figura que se ocultaba al otro lado, tocándola a completa disposición y siendo encantada por el hechizo de su mirada hecha zafiro.
Abandonó a sus compañeras en la sala de estar para caminar por el pasillo que conducía a los cubículos privados. No había muchos clientes debido a la tormenta y el lugar estaba tranquilo, a excepción de la música ligera que se lograba percibir desde la recepción.
Hoy eligió ser una colegiala, con la falda con holanes y la blusa de sailor con el moño tonalidad rojiza. Incluso una boina venía a juego. Las medias le llegaban a medio muslo y usaba un calzado sin tacón, que daba la apariencia de ser un modelo hecho para niñas.
Hinata aprovechó el reflejo en el pequeño espejo colgado al reverso de la puerta que indicaba, con el número 6 despintado, que estaba en el lugar correcto. Verificó que todo estuviera en orden y que sus labios continuaran viéndose brillosos gracias al gloss.
Él siempre venía los viernes, sin falta. Era parte de su rutina. Y a pesar de que Hinata tenía más clientes que sí querían algo más específico, con más maquillaje y ropa más diminuta, con él era todo diferente. La quería siempre mirar sin tanta decoración, siendo ella. Prefería escucharla hablar, contarle sobre las cosas que hizo en el día que quitarse las pantys al ritmo de una canción lenta.
Nunca dejaba de pensar que era un hombre extraño. Pero amable y, hasta cierto punto, caballeroso. No tenía comparación con los chicos de su edad u otros hombres.
Quizá se debía a esas peculiaridades por las cuales sentía tanta curiosidad.
Los cubículos al otro lado se conformaban de cuatro paredes con el espacio para una sola persona. Sin embargo al otro lado de la división que separaba ambas habitaciones, el espacio era más amplio y acogedor. Contaba con lo necesario para agregarle o quitarle la utilería; era bastante cómodo de andar y daba acceso al pasillo trasero en caso de generarse una situación de peligro.
Cada vez que él venía siempre pedía el cubículo 6. Desconocía la razón pero hallaba cómoda la sala porque la iluminación era mejor y el aire no se colaba fácilmente.
Prendió las luces en cuanto entró y se dio cuenta que la escena detrás de ella era el de un cementerio. El desconcierto no tardó en aparecer por esa selección tan singular. Más se entendía que al lugar frecuentaban distintas imaginaciones y sugerencias que el personal encargado de elaborar la escenografía realizaba sin quejas. Dinero es dinero.
La cortina aun cubría el espejo con truco, siendo la bombilla por encima la que le avisaba el momento en que el cliente se encontraba listo de comenzar con la función. Era un sistema fácil de manejar.
Acercó los almohadones cercanos para hallarse cómoda, pensando en cómo iniciaría. El acto siempre iba de la mano con el disfraz que se usaba y esa noche Hinata era una inocente colegiala perdida en el cementerio. Sí, eso sonaba interesante, podría tomar la idea y moldearla según las órdenes que recibiera al otro lado, a través del teléfono que la mantenía comunicada con el cliente.
Hinata tenía bien claros sus planes. Trabajaba temporalmente en el lugar para hacerse cargo de sus gastos personales y el de su hermanita. Siendo huérfanas a causa del alcoholismo de su padre, era su obligación velar por el bienestar de su hermana menor.
Había dejado los estudios en cuanto tuvo la edad suficiente para trabajar. Las opciones bien vistas por la sociedad no lograban pagar todo, por lo que tuvo que buscar en otros lados.
Siendo inexperta en muchos campos exigidos en varios puestos demandantes y que pagaban bien, Hinata casi perdió esperanza. Hasta que Samui, la dueña de Sweet Girl, apareció en su vida, ofreciéndole una oportunidad de mejora.
La primera vez se escandalizó por la propuesta. ¿Hacer cosas inmorales en frente de un hombre al que no podía ver? Tal idea le avergonzó y ofendió, aunque Samui en ningún momento pareció afectada de escuchar sus opiniones respecto a lo que pensaba sobre el negocio.
―Eres hermosa. Y joven ―puntualizó ella como si fueran los requisitos exactos que buscaba―. Todos te amarán en cuanto te vean. Y ese sonrojo natural ―la sonrisa felina apareció―, serás una de las atracciones principales de mi salas de vídeos. No me respondas ahora ―detuvo a la joven antes de que ésta volviera a quejarse―, piénsalo. Te ofrezco un pago más que gratificante por noche. Eso ayudará a que te mantengas, a ti y a tu adorada hermanita. No encontrarás una oferta así en otro lado. Y, si te soy sincera, es mejor trabajar teniendo a una mujer como tu jefa en este tipo de negocios que tener a un hijo de puta que no sabe qué es un cólico.
Hinata respondió que no y no, todas las veces que Samui intentaba cambiarle de opinión. Incluso cuando llegó a casa, interrumpiendo el programa favorito de Hanabi cuando cerró la puerta de un golpe que casi agrietó las paredes del departamento ―recibiendo una queja inmediata de los inquilinos de abajo por tanto ruido―, tal idea no se le pudo despegar durante toda la noche, y los días venideros cuando los pies le dolían de tanto caminar en busca de trabajo.
Trató de llevar una vida ejemplar. El hecho de ser huérfana y tener menos oportunidades que el resto no era excusa para aventurarse a una profesión completamente fuera de su alcance. Pero cada vez los ingresos eran menos, los costos de la renta aumentaban, la educación de Hanabi era una prioridad que se tomaba muy en serio y trabajar como mesera en un dinner abierto a las 24/7 no era recíproco a todo el esfuerzo que realizaba.
―No voy a prostituirme ―le dejó en claro a Samui la siguiente vez que se citaron en una cafetería, ella comprándole una malteada de chocolate porque no había podido dejar de ver la orden de un par de colegialas sentadas cerca.
Samui bebió elegantemente de su taza de café negro, sin despegar su azulada mirada de la jovencita sentada frente a suyo, con las mejillas sonrosadas debido al tema del cual discutían.
―No vas a hacerlo ―aclaró, sabiendo perfectamente la errónea idea que personas como Hinata tenían en cuanto le explicaba de qué trataba una sala de vídeo―. Ni siquiera habrá contacto. Como te lo dije: los clientes te mirarán desde el otro lado, no sabrás ni cómo son y ellos tienen prohibido hacerte sentir mal. Al primero atisbo de que no quieras seguir atendiéndole, terminas y listo. Después de todo ya habrán pagado por la sesión y mi política es no dar reembolso bajo ninguna circunstancia.
El poder del convencimiento de esa rubia era extremo y nunca fallaba. Karui solía decir eso. Y no se equivocaba.
Terminó aceptando.
Fue un camino complicado porque no tenía idea de qué hacer, especialmente cuando le dijeron que debía vestirse y hacer realidad las fantasías de los clientes. Más de una vez Hinata estuvo cerca del colapso nervioso en cuanto escuchaba el aliento acelerado del cliente en turno al decirle la siguiente parte de órdenes que implicaban quitarse toda la ropa y hacer poses sugerentes que le hacían sentir tan avergonzada.
Nunca antes se había desvestido frente a nadie. Y aunque el espejo situado en frente de ella donde la identidad del hombre que le pedía hacer todas esas cosas se mantuviera oculta, la sensación de sentirse observada la hacía querer hundir la cabeza en el fondo de la Tierra y desaparecer para siempre.
Al menos con su papel de inocente había logrado ganarse cierta popularidad; parecía ser que su imagen de chica puritana era popular en esos días. El primer bono que recibió fue más que suficiente para hacerse cargo de los gastos de casa, comprarle a Hanabi su nuevo uniforme y llevarla a comer helado.
No todo salió mal.
Incluso confesaba que hasta se sentía inquieta y excitaba cuando la voz del cliente era seductora, diciéndole a veces cosas dulces, o demasiado atrevidas que le hacían apretarse los muslos contra el otro en un vano intento por detener la humedad que corría de sus pliegues.
Pero con ninguno otro llevaba el recuerdo de su voz grabado en la mente, hasta su hogar y cama donde dejaba a volar su imaginación, donde el rostro misterioso con esos ojos azules resplandecer la hacían encogerse y suspirar quedamente para que al otro lado Hanabi no sospechara que llevaba sus dedos hasta su vagina para darse placer a sí misma al rememorar todas las indicaciones que él le pedía realizar.
No era ningún crimen acordar una cita con algún cliente siempre y cuando fuera lejos del comercio. Samui era muy cuidadosa con las leyes y parecía conocerlas a la perfección como para dejar que un error de parte de las empleadas pusiera en peligro la fuente de dinero que engordaba sus bolsillos. Ellas tenían la libertad de quedar con un hombre que les pareciera interesante y atractivo, verse en un hotel cercano en la zona y tener sexo. Nadie les juzgaba en ese laberinto de las tentaciones ni se les exigiría cuentas.
Ninguno de los hombres que visitaban esos lares buscaba una relación seria, sino una fantasía hecha de carne y hueso. No querían escuchar reclamos ni la palabra compromiso, solo querían hundirse, ser mimados y olvidarse del resto aunque fuera por un par de horas.
Ellas tampoco estaban obligadas a mantenerse fieles, solo complacientes mientras el dinero y el interés mutuo estuvieran ahí.
Eso no significaba que el peligro no rondara. Y por eso debían ser cuidadosas de irse con el hombre correcto para no correr el riesgo de ser atacadas, o en el peor de los casos, asesinadas. Samui ponía especial énfasis en eso.
La bombilla color carmín prendió, dándole a Hinata la señal de que era el momento de comenzar el show. Limpió las palmas sudadas contra la tela de la falda para mitigar el nerviosismo que él siempre le provocaba, yendo hasta donde se hallaba la división que le impedía saber quién estaba al otro lado y correr las cortinas.
Descolgando el teléfono y sintiendo el frio de éste chocar contra su caliente carne, Hinata suspiró tímidamente antes de que la voz de él la cobijara.
―Hola, Moon ―Moon, así era conocida en el catálogo y por todos los clientes del lugar.
Dar a conocer su verdadero nombre era peligroso, era por eso que usaban motes que lograran caracterizarla. El de Hinata no tuvo tantas complicaciones debido a sus singulares pupilas que daban la apariencia de la Luna.
―Hola ―saludó, posicionándose al frente, dándole a conocer lo que vestía―. Creí que no vendría ―dijo, escuchando levemente las gotas violentas de agua caer encima.
―Nunca me perdería uno de tus shows.
Ella sonrió con orgullo de causar ese efecto, de que él le diera a conocer ese efecto sobre él. No todos podían desapegarse del orgullo para confesar tales verdades.
―Estoy segura que puede hallar mejores opciones afuera.
Una risa que tuvo el poder de dejarla como gelatina. Temblorosa.
―Lo dudo mucho ―seguía y ésta vez la voz adoptó un tono más bajo, ronco―. Para mí eres la única capaz de mantenerme enfocado.
―Eso es muy halagador de su parte.
―Me gusta decir la verdad. Y halagarte. Tu sonrojo es adorable.
Efectivamente él la sonrojó. Y no era algo que estuviera en su poder evitar. Hinata debía ser honesta con cada una de sus reacciones, pues eso era lo que querían ver. Pero con él todo era verdadero, sin mentiras, sin falsos gemidos que buscaban excitar a la figura del otro lado y darle lo que quería escuchar. Él en serio le hacía sentir un cosquilleo reales no solo en el estómago como una chica enamorada, sino un torbellino agitador que se situaba en el vientre bajo.
―G-Gracias.
―Igual que tu tartamudeo. ¿Te pongo así de nerviosa?
―Es por todas las cosas que dice.
―No he dicho nada relevante, me temo.
Hinata carraspeó para recordarse que no estaban ahí para hablar. Tenía un trabajo que realizar y él requisitos que exigir. Para eso le pagaba.
―¿Hoy ha venido con el propósito de verme o solo charlar? ―preguntó, buscando que hoy él se animara a pedirle algo más que solo compartir la rutina de ambos―. Tanto dinero invertido por casi seis meses es demasiado para solo mantener una conversación conmigo.
―Me gusta escuchar tu voz. Y verte también. ¿Hay algo malo en eso?
―C-Claro que no, pero… ―si esos eran sus preferencias, no tenía por qué juzgarle―. ¿N-No quiere más de mí?
El silencio al otro lado fue incómodo. Por un momento Hinata pensó que arruinó todo y espantó al cliente por su atrevimiento de ir más allá de la relación que habían establecido. Él la hacía sentir cómoda pero eso no quería decir que pudiese tomarse tantas libertades. Todos venían ahí a ser un poquito libres.
―Por supuesto que quiero más de ti ―él seguía ahí e Hinata se sintió aliviada de seguir hablando con él, de saber que no lo había asustado―. Pero no quiero incomodarte.
―Usted no me incomoda ―confesó.
En ningún momento lo que él le pedía le hacía sentir mal, todo lo contrario. Le gustaba y, hasta cierto punto, le frustraba tener que quedarse vestida hasta que la pequeña chicharra anunciaba que el tiempo terminó. Les tocaba despedirse y esperar que haya quedado satisfecho, caminando hacia el otro lado de la puerta, teniendo que lidiar con su problema personal de sentir la ropa interior pegarse a los labios de su vagina con cada paso que daba hasta donde estaban los lockers con sus pertenencias.
―Eso es bueno de escuchar. Pero no miento al decir que me gusta verte, Moon. Saber que en este pequeño espacio solo existes para mí, tener la seguridad que solo es mi voz la que quieres escuchar, y deleitarme con notar cómo es que reaccionas a mí, aun estando al otro lado del espejo.
Se mordía los labios por cómo esas palabras le afectaban. La hacían sentir más sensible, más caliente. Y él ni estaba en la misma sala que ella. Se apegó más al espejo, tratando de dibujar la silueta al otro extremo, dibujar con sus dedos las facciones aun misteriosas del rostro que abundaba en completa libertad en sus sueños a la hora de dormir.
El aliento cálido pegaba y empañaba el cristal. La temperatura fría le daba un alivio temporal a Hinata, aunque la dureza de éste jugueteaba con sus pezones. No llevaba sostén, salvo la parte inferior debajo de la falda. Jugó con el cordón del cable, llevándolo a sus labios y mordiéndolo, imaginando cómo sería tener el dueña de esa voz de terciopelo besar cada tramo de piel que felizmente le ofrecería para que la llenara con toda su esencia.
―¿Me desea…? ―preguntó con un tinte inocente, como si realmente esa duda le invadiera la mente y fuera una necesidad saberlo.
―Demasiado. Rayando a la obsesión. No he dejado de soñar con cada curva de tu cuerpo. Imaginando cómo será pasearme por cada rincón de tu piel. Dime, ¿con qué perfumaste tu cuerpo el día de hoy? ¿Aceite de rosas? ¿Jabón con esencia a lavanda? ¿O leche de almendra? Solo de ese modo podré tener una idea del perfume que te rodea, sentirte aquí conmigo, encima de mí. Sobre mi regazo, tocar tu pelo, ponerlo detrás de tu oreja y dejar al descubierto tu cuello, y así, propinarle el mordisco que tanto he deseado dejar marcado en tu piel.
Era un perfecto encantador del oído porque la tenía en sus manos. Podía pedirle lo que deseara y ella lucharía contra su innata timidez para cumplírselo. Él venía cada viernes a pagar por verla a ella, a nadie más, era un justo trato darle lo que merecía sin que dijera nada explícitamente.
―Por favor, pídame que me quite la ropa. Solo para usted ―decía como si fuera un secreto del cual no quería que nadie escuchara, solo ellos dos.
―¿Quieres hacer eso por mí? ¿Realmente quieres que te vea desnuda?
―Solo para usted. Por favor.
Una risa suave e Hinata tuvo que morderse el labio por la distancia nula que les separaba; podía incluso tocarle con la mano pero solo se toparía con la superficie fría del cristal.
―¿Cómo podría negarme ante educada y adorable petición? Haz lo que desees, dulzura.
La voz de él tenía poderes y era obvio que estaba consciente de ello por la manera en la que Hinata sentía derretirse con los ápodos cariñosos que lejos de causarle ternura solo le hacían acelerar el ritmo de su corazón por cómo esas palabras salían.
Tuvo que colgar y abandonarse de él, pero podía estar segura que en esos momentos era observada con toda la atención del mundo. Todo poro en el cuerpo de Hinata se sensibilizaba. A pesar de que no hubiera música las caderas se movieron al compás de un ritmo imaginario, lento y pausado que le permitiera pasearse las manos por las curvas de su silueta aun escondida debajo del uniforme, permitiéndose dar principales toques a su cuello, intuyendo que era de las partes favoritas que a él le encantaba ver, especialmente con la reciente confesión que obtuvo.
Giró como una bailarina, recordando esos días de clases de ballet en la tarde cuando en casa de papá las cosas iban bien. Las manos por encima de la cabeza y el vals de los clásicos resonando en sus orejas. Elevó un poco la falda para que se notara el final de la media blanca que hacía presión en el muslo, haciendo una especie de gordito que con sus movimientos rebotaba en ocasiones. No sabía si a él la idea de verla con más carne que cualquier otra chica esbelta fuera de su elección, pero muchos de los hombres quienes venían comentaban lo mucho que amaban ver sus curvas y cada tramo carnoso de piel, especialmente cuando rebotaba.
Intentó que esos recuerdos no le sonrojasen, enfocándose en su tarea de quitarse la ropa lentamente, aunque debía lidiar con la propia impaciencia que se colaba en su mente por querer quitarse todo en menos de un parpadeo.
Hinata se brindaba caricias, rozando levemente con sus erectos pezones que recibían descargas dolorosas y placenteras cada que se aplanaba los pechos para engrandecerlos en sus manos, apretujando la tela y delineado cada curva escondida de sus senos. Esperaba que él pudiese verla perfectamente lo que había causado con solo hablarle.
Luego un pensamiento intrusivo la invadió. Tomándose las bragas que llevaba de los costados, ella las deslizó por debajo de las rodillas; apenas era un diminuto pedazo de tela tono pastel. Ignoró el hecho de que estuviera ligeramente humedecido por el deseo y se las quitó, quedando completamente expuesta de la parte de abajo. Caminó con un contoneo seductor, juntando ambas piernas, haciendo una deliciosa fricción que la hizo suspirar levemente.
Hinata volvió a tomar el teléfono, mostrando la prenda interior en una de sus dedos, dando vueltas sobre su propio eje.
―¿Está seguro que no quiere nada en especial?
―Déjate las medias ―por cómo él sonaba era obvio que le gustaba, el tono de voz se le había hecho más profundo y ronco. Incluso la respiración se le escuchaba un tanto alterada, como si mantener el ritmo de pronto fuera complicado―. Puedes quitarte todo, pero las medias déjatelas. Amo cómo se te ven.
No objetó nada al respecto. Colocándose en medio, Hinata continuó con su baile, marcando su propio ritmo y paso, dando un par de previews al subirse de manera traviesa la falda, dejando apenas un tramo de la curvatura de su trasero, atenta al vidrio, esperando que él viera todo porque saber que lo hacía y que todo eso le estaba afectando la estaba humedeciendo más.
Ni importaba el tiempo, o que la chicharra anunciara el término de la sesión. Hinata se sentía atrapada en ese espacio que les pertenecía a ambos donde los secretos de cada uno podían ser confesados sin temor a nada. Como un refugio hecho para los dos.
Desabrochó la blusa botón por botón, imaginándose el cómo estaría él al otro lado. ¿La estaría bien con esa profundidad marcada en sus ojos azules? ¿Estaría fuertemente agarrado de los descansabrazos del sofá, tratando de reprimir los impulsos de bajarse la bragueta y acariciar su bulto endurecido? Y, oh, ¿cómo sería? ¿Estaría depilado? ¿O sería más de dejarse todo al natural? ¿De qué color sería?
Todas esas preguntas la hicieron soltar un gemido cuando sintió el aire de la habitación pegarle a la piel desnuda. Los pezones automáticamente respingaron por el cambio de clima y sin tener más la protección que los mantenía tibios. Los alrededores de éstos dolían, deseados por ser pinchados y lamidos por una lengua cálida; la perspectiva de que eso sucediera la obligó a estirarse ambos botones erectos y soltar un gemido por lo bien que se sintió.
Hinata jugueteó un rato con sus pezones, estimulándose a través de la atención que le daba a estos. Luego siguió el turno de la falda, la cual bajó con una lentitud que esperaba a él le volviera loco, que le hiciera acercarse al espejo y susurrar que lo hiciera rápido con la mano acariciando la cabeza de su miembro ya erguido. La sola idea de maravillarse con esa visión la hizo bajar el resto que le faltaba de la falda y patearle a un lado en un infantil movimiento. Por supuesto que se dejó las medias porque él lo pidió, e Hinata era una chica obediente que hacía lo que se le pedía. Era más fácil y gratificante porque le encantaban los halagos, que le hicieran saber que hizo un buen trabajo siguiendo las órdenes de papá.
El teléfono sonó e Hinata contestó, completamente desnuda caminando entre la alcoba, sin sentir pudor pero con la parte de sus hombros, vientre y mejillas teñidas de un rosa pastel que lograban resaltar la lo cremosa de su piel perlada por la actividad física.
―¿Sí? ―contestó y era ese tono de genuina inocencia lo que a él le hizo soltar un gruñido.
Tal sonido fue un glorioso premio a los oídos de Hinata.
―Acércate ―demandó e Hinata no le hizo esperar.
Pegó todo su cuerpo, soltando un gritito por lo frío que se sentía al no tener nada con qué protegerse. La idea de que sus senos quedaran pegados y completamente expuestos a él la humedecieron más que temió que llegara al orgasmo tan rápido.
―¿Así está bien…? ―preguntó aun con el teléfono en la oreja, tratando de descifrar entre esos respiros intranquilos la siguiente orden.
―Dios… ―exclamaba, dando un espacio de silencio donde el ruido del cierre inundó la cabeza de Hinata―. Eres preciosa.
Hinata sonrió al espejo, sintiéndose orgullosa y feliz por el cumplido, por saberse deseada por el su intruso favorito de sus sueños y fantasías nocturnas.
―¿Qué más puedo hacer por usted? Dígame lo que quiera y se lo cumpliré.
―Déjame verte ―entrecortadamente logró escucharle, la voz de él era cada vez más ronca, convertida en un susurro secreto―. Quiero verte. Necesito verte.
―Pero estoy justo en frente de usted, ¿acaso no me ve?
―No es suficiente. Necesito… ―una pausa. Más movimiento. Una maldición y movimiento, mucho movimiento― verte dándote placer a ti misma. Por favor.
Masturbarse en frente de los clientes no era una petición fuera de lo común para Hinata, de cierta manera era de lo más común que solían solicitar. Y aunque en las primeras veces le resultaba vergonzoso y difícil tratar de sentirse bien con sus propios dedos, con el tiempo fue aprendiendo cuales eran los puntos más erógenos de su cuerpo, el ritmo que le gustaba y cuántos dedos eran los indicados para hacerla correrse.
―Uhm ―contestó ella dulcemente, como si le hubiera pedido hacer algo más inocente y no tocarse a sí misma con él viendo.
Colgó de nuevo y se posicionó en lo que supuso era una tumba con una lápida. Aun con las medias remarcando sus piernas, Hinata se sentó sobre la parte superior de la tumba, suspirando temblorosamente cuando la parte sólida pero suave de ésta chocó contra sus labios humedecidos, dándole el contacto que ella tanto deseaba. Se acomodó de tal modo que no se cayera o que la base debajo suyo se rompiera; Samui era un tanto especial con el material de trabajo y les hacía pagar las cosas que ellas mismas rompían.
Justo cuando encontró la posición correcta, Hinata empezó a hacer su ritual empezando con el monte de sus senos con una mano y con la otra acariciando la piel sensible del estómago que causó chispas ante las yemas hacer el más mínimo contacto.
El plan que Hinata tenía en mente consistía en ir lento, brindarle un buen espectáculo a modo de premiación por haberle pedido, después de esos seis meses, desnudarse frente a sus ojos y hacer algo más que simplemente compartir una amena conversación. Pero su cuerpo estaba tan ávido por atención que en cuanto las puntas de sus dedos rozaron con la entrada de su intimidad fue imposible detenerse y marcar un vaivén más desesperado, imaginando que debajo no estaba un objeto inanimado sino un cuerpo de carne y hueso que le propinaba fuertes y agudas embestidas que estimulaban su punto G en un delicioso ritmo que la hicieran perder la voz por una semana entera.
Pero sobre todo que unos ojos azules la viesen sin perder contacto, igual de perdido que ella en esa burbuja de placer exclusiva para ambos.
―E-Estoy tan cerca ―dejó saber en voz alta, alzando la mirada y enfocándola donde él se hallaría sentado, perdido en cada uno de sus movimientos―. Muy… Muy cerca ―siguió diciendo, empleando más velocidad.
Solo hasta que el temblor la sacudió por completo y la humedad aumentó que hasta salpicó fue que Hinata se percató que el orgasmo le había golpeado violentamente. Con apenas fuerza para moverse, trató de mantenerse firme pero estaba tan debilitada y relajada que tuvo problemas para estabilizarse y solamente pudo caer de rodillas a la seguridad del piso, recuperándose poco a poco.
Antes de que pudiera ir hasta el teléfono y cogerlo para preguntarle sí le gustó su número la chicharra sonó y la bombilla se iluminó.
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Aun mordiendo la corbata, con los dientes tensados para que sus guturales gruñidos no se pudiesen escuchar incluso afuera del cubículo, Minato solo pudo sentir el momento en que su mano por inercia aceleraba el ritmo frenético sobre su pene completamente erecto, apuntando hacia el cristal, manchándolo del semen disparado que hubiese deseado tanto verlo chorreando el rostro apacible de Moon, viéndole con esos adorables y grandes ojos tupidos de pestañas, completamente obediente, dispuesta a seguir con cada cosa que le pidiera porque era una niña buena que quería hacer lo que él quisiera.
Pero debía conformarse por eso, porque no sabría lo que haría si la tuviera en el mismo espacio que él. Probablemente la locura lo invadiría y le haría hundirse en su perfecto cuerpo numerables veces, hasta saciar ese desenfrenado y malsano deseo que le obligaba a salir del trabajo y acudir a ese rincón de la ciudad.
Tomando la caja de pañuelo que por cortesía dejaban ahí adentro, Minato limpió el crimen, observándola. Ella también le miraba y juraba que ni siquiera existía ese cristal entre ambos, que los ojos de los dos seguían conectados. Cuánto añoraba tocarla, descubrir si esa suavidad realmente podría compararse con la seda, si su aroma sería tal cómo había fantaseado, si el dulzor de su aroma lo haría volver a ponerse duro y pasear la lengua por ese tesoro rosado lleno de su néctar.
Deseó tanto decirle lo bien que le hizo, lo desesperado que se sentía por tenerla brincando encima de su regazo, suplicándole ir más rápido pero el tiempo se acabó.
Soltó una maldición.
Odiaba eso. Que todo estuviera limitado pero debía recordarse que era por el bien de ella.
De no existir esa barrera que le impedía tenerla completamente, no sabía realmente qué podría llegar a hacer.
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Por un momento la cabeza le dolía, un mareo fugaz la hizo quedarse más tiempo sobre esa acolchonada superficie que olía a lavanda, haciéndola, por un momento, desear dormir de nuevo.
Más el recuerdo de que nunca llegó a casa, ni mucho menos se acostó en su cama provocó a Hinata abrir desmesuradamente los ojos con el temor y la confusión pintadas, levantándose e ignorando el malestar para observar a los alrededores.
El pánico amenazó con escalarle por la garganta por desconocer todo. Las paredes no eran las de su habitación ni departamento; los muebles no eran ni por asomo suyos, no tenía el dinero para poseer tantos, ¿y esos peluches? Desde niña que no tenía porque siempre le recordaban a los días felices que tuvo con sus padres cuando eran una familia.
―¿Qué es todo esto? ―se preguntó ella, mirando a todos lados, tratando de buscar una puerta.
Pero no había ninguna.
Cuando quiso moverse Hinata escuchó un tintineo y la sensación de no poder moverse con libertad. Al bajar la mirada se encontró con una cadena enganchada al brazalete que tenía alrededor del tobillo.
―¿Q-Qué pasa aquí? ―lo tomó y solo se dio cuenta que estaba frío y era verdadero.
Intentó quitársela pero no sirvió de nada: estaba atrapada y la única manera de librarse era por medio de una llave que ella claramente no tenía. Siguió el camino de la cadena solo para descubrir que estaba pegada a la pared con un gancho irrompible por encima de la cabecera. Hinata se estaba desesperando ante miles de escenarios. ¿Acaso había sido secuestrada? ¿Cómo?
Repasó la rutina de ese día en su mente, buscando algo extraño, pero no podía identificar qué si no hizo nada fuera de lo normal.
Los martes eran sus días libres y decidió levantarse un poco tarde, tal como Hanabi le aconsejó al verla despierta desde tan temprano en el afán de hacerle un buen desayuno. Por esa vez así lo hizo, quedándose en su cómoda cama, soñando con ese par de ojos azules y deseando que ese sueño en forma de hombre se volviera realidad, pese a no conocerle el rostro. Después de eso se levantó a limpiar el departamento, lavar y encargarse de un par de tareas para tener tiempo libre y salir a finalizar unos trámites.
Hanabi siempre llegaba a casa alrededor de las siete; le permitía salir con un par de sus amigas al cine o ir a un centro de recreación a pasar el rato jugando en las máquinas que tenían a disponibilidad, siempre diciéndole que no se desviara del camino a casa y tomara la ruta directo a casa. La noche para jovencitas como Hanabi solía ser peligrosa.
A veces las noticias en la televisión acerca las chicas secuestradas y halladas muertas en los lugares menos impensables hacían a Hinata temer por la seguridad de su hermanita. Y no importaba que ésta llevara en la mochila un lápiz afilado para defenderse, no creía que eso pudiera ser un arma fiable para enfrentarse contra un enemigo mucho más alto y pesado que ella.
Por eso se le hizo fácil pasar al supermercado y comprar un par de cosas para la cena de esa noche. Intentó ser lo más rápida posible pero se había quedado viendo un par de cosas, y a veces las parejas juveniles tomadas de las manos, pasando por las calles le robaban las miradas a Hinata que solo alcanzaba a suspirar de vez en cuando, entre envidiosa y feliz.
Luego tomó el bus que la llevaba a la parada cerca de casa y bajó con sus bolsas, caminando por el acostumbrado camino; no le alertó nada porque el vecindario era tranquilo pese a que un par de pandillas se reunían en el estacionamiento del autoservicio a unas cuadras arriba, así que el ruido lejano de risas y silbidos no le provocó desconcierto.
Sin embargo, el ladrido de los perros de los vecinos la hizo mirar varias veces hacia atrás, pensando que había escuchado un eco de pisadas acompañar las suyas. Pero cada vez que Hinata observaba y solo se topaba con las iluminarias se encogía de hombros. Seguramente es la película de horror que vio ayer con Hanabi lo que le hacía sentir nerviosa esa noche.
Solo hacía falta dar vuelta en la esquina para llegar al pequeño edificio de tres pisos donde vivía. Estuvo sumida en sus pensamientos de que pronto, con los ahorros que tenía en el banco, podrían mudarse a otro lugar al cual a Hanabi le quedara cerca de la escuela cuando unos brazos que surgieron de entre las sombras la jalaron hacia la noche, noqueándola con el aroma a una sustancia fuerte que la adormiló hasta despertar en ese desconocido lugar.
Todo indicaba que fue secuestrada.
Pero, ¿quién? De inmediato pensó en los clientes en la sala de vídeo, aunque le costaba creerlo porque Samui era muy buena cuidándolas y siempre tenía a Juugo, el encargado de sacar a los hombres necios que querían más de lo que habían pagado con facilidad; era imposible que hubieran dado con su dirección o que supieran su verdadero nombre. Se cuidaba mucho de que eso no sucediera, pues le daba miedo que Hanabi descubriera realmente a lo que se dedicaba.
La probabilidad de que solo fuera al azar, una víctima desafortunada en el momento y lugar incorrectos golpeó a Hinata, no haciéndola sentir más aliviada sobre la situación.
―¡Auxilio! ―gritó, esperando que alguien lograra escucharle. Incluso golpeó las paredes, pensando que podría llamar la atención de alguien―. ¡Por favor! ¡A-Alguien ayúdeme!
Ella no podía quedarse ahí. Tenía una hermanita de la cual ocuparse, no podía dejarla sola. Necesitaba salir de ahí a como diera lugar.
Pero con cada golpe brindado a la pared que daba indicios de ni siquiera alterarse con sus intentos, la voz de Hinata se apagaba por los constantes gritos que soltaba, lentamente perdiendo la esperanza y con las lágrimas resbalando por su rostro.
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Ella se veía hermosa en cada faceta pero debía admitir que verla llorar, que esos cristales que brillaban por sí solos resbalar por el contorno de su cara era totalmente sublime.
Una imagen divina que captó con el flash de la cámara.
Obviamente ella no sabía que la estaba mirando, estaba tan enfocada en gritar y pedir ayuda, pero esperaba que en cuanto se calmara pudiese darse cuenta que estaba a salvo.
Él mismo se encargó de construir ese cuarto para ella, con todo lo que necesitaba. Y si quería algo más, se lo conseguiría con todo gusto.
Era necesario que alguien velara por su seguridad, que la mimara y le dijera que todo estaba bien; se había esforzado tanto por no solo mantenerse a sí misma, sino también a su hermana, algo que claramente no formaba parte de sus obligaciones. Chicas como ella debían estar divirtiéndose después de la escuela, charlando sobre películas románticas o yendo a comer helado a los centros comerciales, no a trabajar en salas de vídeos con miles de pervertidos viéndola.
No era un simple pedazo de carne. Era una creatura inocente y hermosa que debía ser protegida.
Él hubiera deseado tanto que las cosas no se dieran así pero en cuanto ella le dejó verla completamente no pudo contenerse más. Necesitaba saber que estaba segura, en un espacio hecho exclusivamente para ella en donde nadie pudiera lastimarla, en donde tendría la completa seguridad de que nadie, aparte de él, podría verla.
La foto instantánea salió y la tomó, agitándola un poco para que se aclarara. La silueta de ella, aun sollozante, se dibujó en el papel fotográfico y él acarició con las yemas sus ojos Luna.
―Eres preciosa, Moon ―susurró al besar con ternura el papel, deseando tanto que fuera ella quien le correspondía.
Pero se repitió que debía ser paciente. Solo un poco más.
―La colgaré con el resto.
Caminó por la pequeña habitación, tomando una chincheta sobre la pared cubierta de corcho donde se hallaban sus herramientas. Admiró su colección privada y una sonrisa de orgullo afloró.
Moon saliendo del supermercado. Moon acompañando a su hermana a la escuela. Moon sacando la basura de su casa. Moon saliendo del trabajo. Moon hablando con sus vecinos. Moon revisando que nadie se percatara que entraba al barrio de Kabukicho.
―No te preocupes ―se giró para verla desde el espejo unidireccional sin que ella sospechara su presencia.
Haber conseguido los materiales no fue tarea fácil pero teniendo sus influencias y con ayuda de su trabajo, no tuvo tantos problemas como los que se imaginó.
―Ya no tienes que preocuparte de nada, Hinata ―dio unos toques al cristal, con los ojos enfocados en esa figura temblorosa que se abrazaba a las rodillas, entregándose al llanto.
Las manos le cosquillearon por querer entrar y consolarla pero se detuvo para no ser así de impulsivo.
Tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. Ella no iría a ningún lado.
―Te veré más tarde ―habló como si ella le escuchara. Incluso le sonrió―. Duerme bien, mi pequeña Luna.
Apagó las luces y salió por la puerta secreta. Subió los escalones, haciendo ruido y asegurándose de cerrar bien una vez que llegó hasta el final. Pasó por una enredadera de tuberías hasta dar con un cuarto pequeño del cual se aseguró de que nadie le viera salir.
El aire fresco de la noche alborotó sus cabellos y él se los reacomodó de inmediato, bajando las mangas de su playera, guardando las llaves al interior de sus bolsillos.
Al girarse se encontró con una pequeña figura que le veía con enormes ojos azules y una mueca de curiosidad. Él, intentando esconder la sorpresa de ser atrapado, le correspondió con una sonrisa amable.
―Naruto ―preguntó al ladear la cabeza, agachándose a la altura del niño―. ¿Qué haces afuera? ―frotó sus manos contra los costados del niño, soltando un rudo que expresaba que estaba haciendo frío―. Tu hora de dormir fue hace media hora.
―Dijiste que me contarías un cuento, tou-chan ―se quejó el menor, frunciendo su ceño y haciendo un mohín infantil.
Él rio y acarició los cabellos igual de alborotados que los suyos del rubiecito.
―Lo siento, papá tuvo que hacer un par de cosas ―tomó al niño entre los brazos, asegurándose de alejarlo del lugar―. Pero ahora mismo irá a contarte todas las historias que quieras.
―¿De verdad?
―De verdad.
―¿Y podré quedarme despierto hasta tarde?
―Claro que no, mañana tienes escuela.
―Aww.
Se quitó los zapatos, entrando con su hijo al interior de la casa, cerrando detrás de ti la puerta deslizable. De inmediato debajo del umbral se dibujó la figura de su compañero, Kakashi, quien se le veía un tanto agotado. Le mandó una mueca de compasión y gratitud al mismo tiempo.
―¿Naruto te mantuvo ocupado?
―Es un remolino ―dijo éste, mirándole―. No tengo la energía para seguirle el paso. Dos noches seguidas en vela y tu hijo siendo así de hiperactivo, Minato-senpai, no es una buena combinación.
Minato rio por escuchar a Kakashi y pasó cerca de él, dándole una palmada.
―Hay café en la cocina, sírvete un poco. Iré a acostar a Naruto y seguiremos con el caso.
―Hai.
―¿Qué caso? ―preguntó Naruto aun los brazos de su padre, queriendo ver todas esas hojas que Kakashi no le dejó ver cuando hizo la misma pregunta.
―Ya sabes que el trabajo de papá es secreto ―contestó a la curiosidad de su hijo, trayendo su atención de nuevo al frente cuando subieron al segundo piso.
Naruto infló las mejillas.
―Tou-chan, tú guardas muchos secretos. ¡No es justo! ―no dejaba de quejarse―. Yo cuando quiero decirte algo, te lo digo, ¡y no me quedo con nada!
―Mi culpa ―Minato entró a la habitación de Naruto, decorada para un niño de su edad, dejándola en la cama con su pijama de Doraemon puesta y su gorro de dormir que daba la apariencia de un oso dormilón―. Prometo que cuando crezcas y tengas la edad adecuada te compartiré un par de mis secretos ―acarició sus cabellos, tomando con la otra mano un libro de relatos que eran los favoritos de Naruto―. ¿De acuerdo?
―¿Lo prometes?
Minato levantó el meñique, mirándole con complicidad.
―Lo prometo. Así que por ahora, no te acerques a la puerta del jardín, ¿de acuerdo? No es por asustarte, pero hay fantasmas rondando por ahí.
―¿F-Fantasmas? ―Naruto se escondió debajo de la cama, mostrando un poco la cara para ver si su padre le estaba tomando el pelo o no, pero la mueca seria de Minato le confirmó que no mentía.
―Sí, fantasmas ―asentía, colocándose al lado de su hijo, abriendo el libro y sintiéndole acercarse más a él―. Por eso si escuchas a alguien gritar, corres y me lo dices a mí, ¿sí? Sabes que papá es bueno espantando a los fantasmas que quieren asustarte.
―Uhm ―el pequeño asentía, confiado en las palabras del rubio mayor que le sonrió una vez más, abrazándolo por los hombros―. Así lo haré, tou-chan.
―Eres un buen niño, Naruto. Ahora, ¿qué cuento quieres que te lea?
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El rincón de Zafira
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Yo juro, de verdad juro, que este final iba a ser otra cosa y no esto. Pero luego la imagen de un Minato un tanto obsesionado se me vino a la cabeza y pues esto resultó.
Según leí por ahí, así como varios canales de YouTube que he visto ―recomiendo mucho, en caso que disfruten casos misteriosos y con muchas incógnitas, Lazy Masquerade. Trae casos muy interesantes y su modo de narrar los hechos es esplendida― la época de los 70 y 80, Japón estuvo lleno de muchos casos, sobre todo de chicas desaparecidas. Así que quise mezclar algo de eso con las vibras de la época.
Ahora, Kabukicho es una avenida que realmente existe en Tokio, considerándose el barrio rojo actual. Cualquier negocio de entretenimiento para adultos opera ahí.
La ley Anti-Prostitución de Japón implica que, mientras no haya contacto o penetración, cualquier negocio que permita la exhibición consensuada del cuerpos femeninos o en performances de índole sexual es legal. La sociedad japonesa con respecto a la sexualidad en Japón es bastante abierta aunque su modo de pensar contradice mucho eso.
Una sala de vídeo en Japón básicamente es un cubículo donde se tiene el acceso visual a un pequeño escenario donde una mujer realiza distintas actividades según la preferencia del cliente, tales como desvestirse, bailar, hablar o tocarse. Incluso se comunican a través de un teléfono y recibir las indicaciones.
Y creo que es todo. Gracias por leer esta rara historia.
Quisiera darle créditos a Agridulce Luna por inspirarme a través de su fic Dogs. Hacía rato que quería hacer algo con la estética de los 80.
Muchas gracias, de nuevo, por llegar hasta aquí. Cualquier comentario es bien recibido. Nos leemos en la siguiente.
