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A PACK OF WOLVES

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El día había amanecido fresco y despejado, con un frío vivificante que señalaba el final del verano. Se pusieron en marcha con la aurora para ver la decapitación de un hombre que habían encontrado en un pequeño fortín de las colinas. Robb pensaba que se trataba de algún salvaje que había puesto su espada al servicio del Rey-más-allá-del-Muro, sin embargo, Sara creía que se trataría de algún desertor de la Guardia de la Noche.

Al desmontar vieron a aquel hombre atado de pies y manos, era viejo y huesudo, poco más alto que Robb. Le hacían falta las dos orejas y un dedo, vestía con ropas negras, como hermano de la Guardia Nocturna, aunque las pieles que llevaba estaban sucias y hechas jirones.

—Te lo dije — susurró Sara al oído de Robb, orgullosa de haber adivinado.

Los hombres de su padre cortaron las ataduras del hombre y lo arrastraron ante él, Sara permaneció junto a Jon, su mellizo y Bran su hermano menor, que intentaba aparentar que no era la primera vez que veía una ejecución.

—Sé que rompí mi juramento y sé que soy un desertor—. dijo el sentenciado con temor—Debí regresar al Muro y advertirles, pero realmente los vi; Vi a los Caminantes Blancos.

Jon miró a su hermana cuando sintió que se aferraba más a su brazo.

—Sara, me estás apretando — susurró

—Lo siento — respondió ella soltándolo —Es que...

—Vi a los Caminantes Blancos —continuó el hombre y ella pensó en todas las historias que les contó la vieja tata sobre la larga noche y los horribles espectros de hielo que más de una noche la habían dejado sin dormir cuando era pequeña— la gente tiene que saber. Si puede hablar con mi familia, dígales que no soy un cobarde. Dígales que lo siento.

Ned Stark asintió, dio una orden y los guardias arrastraron al hombre harapiento hasta un tocón, obligándolo a apoyar la cabeza en la madera negra. Theon Greyjoy, el pupilo de su padre, le llevó el enorme mandoble, arma ancestral de los guardianes del norte, que estaba hecha de acero Valyrio y era tan ancha como la mano de un hombre y cuando estaba en posición vertical se veía tan alta como Robb. Su padre la tomó con ambas manos. Sara tomó nuevamente el brazo de Jon y volteó ligeramente a ver a su mellizo, esperando que notara el nerviosismo de su pequeño hermano.

—No apartes la mirada, padre sabrá si lo haces — le dijo Jon al niño.

Bran miró a su hermana como si le preguntara si su padre realmente lo sabría, Sara asintió y el pequeño tomó un respiro mientras volvía la vista hacia la ejecución.

—En nombre de Robert de la Casa Baratheon, el primero de su nombre, Rey de los ándalos y los Rhoynar y los primeros hombres señor de los siete Reinos y protector del Reino; Yo, Eddard de la Casa Stark, Señor de Winterfell y Guardián del Norte; Te sentencio a morir.

Lord Stark alzó el espadón por encima de su cabeza y lo descendió dando un golpe firme y seguro. La sangre salpicó la nieve que rodeaba el tocón y se absorbió con avidez tornándose completamente roja. La cabeza rebotó contra una raíz gruesa y siguió rodando hasta detenerse cerca de los pies de Greyjoy, quién se echó a reír, y dio una patada a la cabeza.

—Imbécil — murmuró su hermano, en voz lo suficientemente baja para que Theon no escuchara el comentario. Puso una mano en el hombro de Bran y el pequeño alzó la vista hacia Jon — Lo has hecho muy bien — le dijo con solemnidad.

— Ha estado bien para ser tu primera ejecución —, dijo Sara en voz baja, luego le brindó una cálida sonrisa mientras le revolvía el pelo.

El camino de regreso a Winterfell era largo y parecía hacer más frío, a pesar de que el viento había cesado un poco y el sol brillaba en lo alto del cielo.

—El desertor murió como un valiente — dijo Robb — Al menos tenía coraje.

—No — dijeron Jon y Sara al unísono

—Eso no era coraje. — dijo Sara, pues incluso a lo lejos ella pudo percibir el pavor de aquel hombre.

— Estaba muerto de miedo. —habló Jon con voz tranquila — Se le veía en los ojos, Stark.

—¡Que los otros se lleven sus ojos! — maldijo Robb sin mostrarse impresionado —. Murió como hombre. ¿Una carrera hasta el puente? — los miró a ambos.

—De acuerdo — asintió Jon espoleando su montura.

Sara hizo lo mismo y escuchó como Robb soltaba una maldición mientras salía disparado tras ellos. Galoparon sendero abajo. Robb iba riendo y provocando a Jon mientras él se limitaba a galopar silencioso y concentrado, pronto dejaron atrás el grupo y Sara a ellos dos. Siguió por el sendero a todo galope hasta llegar al puente, donde su yegua detuvo tan abruptamente que casi se cae, cuando calmó al animal se dio cuenta de que era lo que obstruía el paso. Avanzó con cautela y percibió el olor del ciervo muerto.

—¡Mira eso! — dijo Robb que iba llegando junto con Jon.

Creía que hablaba sobre el venado muerto del camino, pero al dirigir su mirada hacia Robb se dio cuenta de lo que había el otro lado del camino. Cerca del arroyo se encontraba otro enorme animal tumbado en la nieve.

—Es un... — Sara ahora observó con curiosidad

—Un lobo — respondió Robb con asombro.

Bajaron de sus monturas y avanzaron hasta el animal. Las nevadas veraniegas habían sido copiosas en la última luna, por lo que al acercarse la nieve se les hundió hasta las rodillas. Robb se quitó la capucha y comenzó a inspeccionar la escena.

—¡Es enorme! — Era considerablemente más grande que cualquier sabueso de las perreras de Winterfell. Tenía el pelaje gris lleno de cristales de hielo, y el hedor de la corrupción lo envolvía como el perfume de una mujer. Tenía los ojos llenos de gusanos y una boca grande con dientes amarillentos y justo debajo de la mandíbula tenía un trozo de asta de venado.

—Es un lobo huargo —dijo Jon.

Entre la nieve y el lobo muerto se asomó torpemente un pequeño cachorro que aún tenía los ojos cerrados, de pelaje gris negruzco similar al de su madre, que no dejaba de gimotear desesperado. Robb tomó entre sus brazos al animalito con entusiasmo.

—Una loba huargo — corrigió Sara acariciando al cachorro.

—Le mostraré a padre lo que hemos encontrado — le dijo Jon mientras daba la vuelta y espoleaba su caballo.

—¡Dioses! —se le escapó a Greyjoy, mientras trataba de controlar a su caballo y al mismo tiempo desenvainar la espada.

—¡Aléjense de eso, Robb, Sara! — gritó Jory, que ya había empuñado su espada, con la montura encabritada.

—No te hará daño, Jory — dijo Robb con una sonrisa mientras alzaba la vista del bulto que llevaba en brazos — Está muerta.

—Por los siete infiernos, ¿qué es eso? — preguntó Theon una vez que hubo desmontado, lo siguieron Jon, Jory y Bran, quién se había echado a correr por el ventisquero que le llegaba hasta la cintura para ir junto a Robb.

—No es ningún monstruo — dijo Jon con calma — Es una loba huargo. Son mucho más grandes que los otros lobos.

—Hace doscientos años que no se ve un lobo huargo al sur del muro — dijo Theon Greyjoy.

—Pues ahora estoy viendo dos — replicó Sara.

Bran soltó un grito de emoción al ver al cachorro que se removía inquieto en los brazos de su hermano.

—Vamos — le dijo Robb — tócalo, no pasa nada.

—Toma — Jon le pasó otro cachorro después de que Bran hubo tomado al primero — Hay cinco — corrigió Jon, mientras le pasaba uno a Sara.

—Es una señal — dijo Jory.

—No es más que un animal muerto, Jory — dijo finalmente Eddard Stark con el ceño fruncido. Se acercó a inspeccionar el cuerpo inerte de la loba, dejando escuchar el crujido de la nieve bajo sus botas. — ¿qué la mató?

—Tiene algo en la garganta — señaló Robb, orgulloso de haber dado con la respuesta aún antes de que su padre formulara la pregunta. — ahí, justo debajo de la mandíbula.

Lord Stark se arrodilló y palpó bajo la cabeza de la bestia. Dio un tirón, y alzó el objeto para que los demás lo vieran. Era un fragmento de dos palmos de asta de venado, ya sin puntas, empapado en sangre. Se hizo un silencio repentino en el grupo. Los hombres contemplaron el asta, intranquilos, y ninguno se atrevió a decir nada, como si tuvieran miedo.

—Es increíble que viviera lo suficiente para parir — dijo su padre mientras tiraba a un lado el asta y se limpiaba las manos en la nieve.

—Quizá no vivió tanto — dijo Jory—. A lo mejor ya estaba muerta cuando nacieron los cachorros.

—Nacidos de la muerte —intervino otro hombre—. Peor suerte aún.

—No importa —dijo Hullen el caballerizo mayor de Winterfell—. Pronto estarán muertos ellos también.

—Cuanto antes mejor —asintió Theon Greyjoy y desenfundó su daga—. Trae aquí a esa bestia, Bran.

—¡No! — Le gritó Sara, el cachorrillo que sostenía se hundió en su pecho y gimoteó, como si hubiese comprendido a la perfección lo que los hombres habían dicho. Lo apretó contra ella, no dejaría que lo mataran.

—¡Es mío! — Dijo Bran con ferocidad y protegiendo al lobo con sus brazos.

—Aparta esa espada, Greyjoy — dijo Robb. Por un momento, su voz sonó tan imperiosa como la de su padre, como la del señor que sería algún día—. Nos vamos a quedar con los cachorros.

—Sigo órdenes de tu padre, no tuyas — le replicó — Les haremos un favor matándolos.

Bran alzó la vista hacia su padre, implorante, pero sólo encontró un ceño fruncido.

—Lo que dice Theon es verdad, hijo. Es mejor una muerte rápida que agonizar de frío y hambre.

—La perra de Ser Rodrik parió otra vez la semana pasada — dijo Robb, que se resistía, testarudo —. Fue una camada pequeña, sólo vivieron dos cachorros. Tendrá leche de sobra.

—Los matará en cuanto intenten mamar.

—Lord Stark — intervino Jon. Resultaba extraño que se dirigiera a su padre de manera tan formal, pero era una técnica que Sara había usado antes y así siempre conseguía lo que quería, pues sentía que había algún tipo de remordimiento en su consciencia que lo hacía ceder —. Hay cinco cachorros —siguió—. Tres machos y dos hembras.

—¿Y qué, Jon? —contestó.

—Tiene cinco hijos legítimos. Tres chicos y dos chicas. El lobo huargo es el emblema de su Casa. Estos cachorros están destinados a sus hijos, mi señor.

Las cuentas cuadraban sólo porque Jon los había excluido. Había incluido a las niñas, incluso a Rickon, que era sólo un bebé, pero no a los bastardos que llevaban el apellido Snow que, según dictaba la costumbre, debían tener en el norte todos los desafortunados que nacían sin apellido propio.

—¿No quieres un cachorro para ti, Jon? ¿y qué hay de Sara? —preguntó con voz amable, también lo había comprendido.

—El lobo huargo ondea en el estandarte de la Casa Stark —señaló Jon.

— Nosotros no somos Stark, padre. —dijo Sara siguiendo la estrategia de su hermano.

—Yo alimentaré al mío en persona— prometió Robb — empaparé un trapo en leche caliente para que la chupe.

—¡Yo también! — se apresuró a decir Bran.

—Resulta fácil de decir, pero verán que hacerlo no lo es tanto —dijo después de estudiar larga y atentamente a los chicos —. No permitiré que los criados pierdan el tiempo con esto. Si quieren a esos cachorros, los tendrán que alimentar ustedes. ¿Entendido? —El cachorro que Sara sostenía se le retorcía entre los brazos y le lamía el cuello con una lengua cálida —. También tendrán que educarlos —siguió Lord Stark—. Es imprescindible que los entrenen. El encargado de los perros no querrá saber nada de estos monstruos, se los aseguro. Y que los dioses los ayuden si los descuidan, si los tratan mal o si no los entrenan. No son perros, no les harán cariñitos para conseguir comida, ni se marcharán si les dan una patada. Un lobo huargo es capaz de arrancarle el brazo a un hombre tan fácilmente como un perro mata una rata. ¿Seguros que quieren esa responsabilidad?

—Sí, padre —dijo Bran.

—Sí — contestó Robb.

—Y pese a todo lo que hagan, los cachorros quizá mueran.

—No se morirán —dijo Robb—. No lo permitiremos.

—Entonces, se los pueden quedar. Jory, Desmond, recojan el resto de los cachorros. Ya es hora de que volvamos a Invernalia.

Ya iban casi a mitad del puente, cuando Jon se detuvo de pronto.

—¿Qué pasa, Jon? —preguntó Lord Eddard.

—¿No lo oyen? — Todos se quedaron en silencio, Sara prestó atención para tratar de escuchar lo mismo que su hermano, pero no lo consiguió. —Ya lo tengo — añadió Jon.

Hizo girar al caballo y Sara lo siguió, galoparon de vuelta por el puente. Desmontaron en la nieve junto a la loba muerta, Jon se arrodilló y tomó a un sexto cachorro entre sus brazos. Un momento después regresaron cabalgando con una sonrisa en sus rostros.

—Éste se debió de alejar de los demás —dijo.

—O lo echaron —replicó su padre, con los ojos clavados en el sexto cachorro.

Tenía el pelaje blanco, mientras que el resto de los cachorros de la camada eran grises. Los ojos eran tan rojos como la sangre del hombre harapiento que había muerto aquella mañana y ya los tenía los ojos abiertos, mientras que los demás aún seguían ciegos.

—Un albino —dijo Theon Greyjoy, burlón—. Éste morirá antes incluso que los demás.

No, Greyjoy —dijo Jon lanzando una mirada gélida al pupilo de su padre—. Éste es nuestro.