Más tarde, Bron insistió en que no había sido una lucha limpia.
— ¡Eso no cuenta como una victoria!
Déor sentía algo de compasión por su primo en aquel punto, puesto que todos sabían que Bron era, debido a su edad, el mejor esgrimista (concienzudo en el estudio de dicho arte y aplicado en su práctica).
Aun así, Déor no podía sino admirar la osadía de su hermano mayor al esquivar la estocada meticulosamente calculada, girar alrededor de Bron y ponerle la zancadilla por detrás. Había ganado en más de un sentido, porque el honor familiar había sido ampliamente satisfecho ante la visión del heredero del rey de Rohan en pie sobre el hijo del Senescal, que lo superaba en edad por dos años, con un brazo en el aire y el otro sosteniendo la punta de la espada de entrenamiento contra la garganta de su primo. ¡Y allí, en Ithilien, nada menos! Al deslizarse desde la valla y correr junto a su padre, Déor creyó haberle oído reír, pero cuando miró hacia arriba, no había señal de ello en la cara de Éomer.
— ¡No es así como se supone que debe hacerse!
Bron se apoyó sobre los codos y se levantó del suelo. Estaba intentando reírse, pero Déor vio que se había sonrojado.
El tío de Déor cruzó los brazos.
—Bueno, Bron— replicó el Senescal, —En mi opinión él no ha roto ninguna regla...Quizá esta sea una lección...— El hijo fulminó con la mirada a su padre, que dejó de hablar y levantó las manos como si intentase contener la furia del muchacho.
—He ganado— declaró Elfwine, blandiendo la espada a su alrededor, —de forma justa y honesta.
Déor contempló como su padre le sonreía a su hermano.
—Justamente, puede— murmuró Bron.
—No te sientas tan decepcionado, muchacho— dijo Éomer, poniéndole una mano en el hombro a su sobrino. —Lo mismo le ocurrió a tu padre cuando era un muchacho. La única diferencia es que él estaba jugando a las damas.
El Senescal de Gondor pareció sentirse ofendido.
—Fue, como bien sabes, jugando al ajedrez.
El rey de Rohan le obsequió a su cuñado una sonrisa que casi amenazaba con salírsele de la cara.
—Como tú digas— respondió generosamente y le dio una palmadita al hombro de su sobrino. — ¡Alégrate, Bron! No volverás a perder de esa manera de nuevo.
Bron miró por encima de su hombro, hacia el lugar en el que Elfwine estaba dando puñetazos al aire como parte de su baile de la victoria.
—Pero creo— dijo sombríamente, —que voy a oír hablar de esto durante mucho tiempo.
A media mañana la tregua estaba ya bien cimentada.
Sobre todo, pensó Déor, porque Bron había recuperado su sentido del humor, y eso, a pesar de la alegría de su hermana cuando había oído la historia.
—Ojalá hubiera estado allí.
Déor notó que sus ojos tenían un brillo malicioso.
—Sí, bueno. En realidad no ha sido tan emocionante.
Bron volvió a apoyarse contra el tronco del árbol, estiró sus largas piernas delante de él y cruzó los brazos.
—Oh, no, Bron— suspiró ella y en sus ojos brilló la frustración. —Una parte tan importante de la historia familiar y yo no estaba allí para ser testigo.
—Estoy seguro— dijo el heredero del Senescal, exactamente como lo haría su padre —que aprenderás a vivir con la decepción.
Elfwine resopló.
Bron se inclinó hacia él y le dio un puñetazo en el brazo.
—En cuanto a ti...— añadió, echándose a reír.
Elfwine le obsequió con su amplia y encantadora sonrisa, que era su sello personal.
El hijo mayor del Senescal había pasado en Edoras la mayor parte del año anterior. Se había sentido un poco perdido al principio pero, pasados unos días, Elfwine y él habían entablado la amistad que sus padres habían deseado en privado.
Bron, serio, comprometido y demasiado reservado, se había relajado de manera considerable. Y Elfwine, acostumbrado a ser la estrella de su casa, había adquirido una nueva concentración, apresurándose para alcanzar y mantener el ritmo del muchacho mayor.
Da la impresión de que ha crecido más deprisa, pensó afligido Déor.
E incluso hablaba diferente, como si hubiese trozos enteros de conversación que Déor hubieses entendido mal o no hubiese oído en absoluto.
— ¿Cuándo?
Estaba diciendo Elfwine con impaciencia.
— ¿Mañana?
¿Cuándo qué? Pensó Déor miró a su alrededor. Claramente, los otros tres estaban tramando algo.
— ¿Por qué no esta tarde, justo después del mediodía? —Dijo Morwen. —No hay que andar tanto.
— ¿Te necesitará padre, Bron?
¿Andar a dónde?
—No, ha dicho algo acerca de querer algo de paz y quietud.
— ¿Te deja libre cuando acabas de llegar a casa?
— ¡No voy a quejarme!
Entonces Bron frunció el ceño.
— ¿Qué pasa con madre?
—Yo— dijo Morwen con un brillo peligroso en los ojos, —puedo ocuparme de madre.
—Que puede ser la cosa menos cierta que hayas dicho nunca, Wen. Déjamela a mí. Mejor aún, enviaremos a Elfwine.
Hermano y hermana se giraron a la vez para inspeccionar a su primo, como si midiesen su valía para la prueba que debía superar.
Elfwine levantó el mentón y los miró sin pestañear.
— ¿Qué crees tú, Bron?¿Podrá sobrevivir?
—Conociéndole—, dijo Bron con tono seco, —la tendrá comiendo de su mano mientras está en ello.
— ¿Qué está pasando?— Dijo Déor, titubeando.
—Halcones— dijo Bron, sin ser de gran ayuda.
Elwine puso los ojos en blanco.
—Sigue la conversación, Déor, ¿quieres?
Pero Morwen estaba sonriéndole, con sus ojos grises puros y amables.
—Justo al sur de aquí, hay halcones anidando en una de las crestas de montaña. ¿Quieres verlos?
El corazón de Déor dio un vuelco de alegría.
—¡Sí, por favor!
—Ah— dijo Bron, mirándole y mordiéndose el labio.
—Puede que eso no sea buena idea...
— ¿Por qué no iba a serlo? — dijo su hermana, sorprendida.
Elfwine miró a su primo.
—El camino es empinado, ¿verdad?
—Mm.
—Hay que trepar bastante.
—Oh—Déor bajó la cabeza. —No importa.
—¿Qué pasa con eso?—Preguntó Morwen, confusa al ver el rumbo que había tomado la conversación. Miró a Elfwine esperando una explicación.
!No!
¡No lo digas!
—Prefiero no escalar, eso es todo— dijo Déor rápidamente.
Morwen frunció el ceño. Le lanzó a Bron una mirada rápida y luego se encogió de hombros.
— ¿Estás seguro?—Preguntó Elfwine, mirando a su hermano pequeño con inquietud.
Déor suspiró para sus adentros.
Si no iban aquella tarde, sería en cualquier otro momento. Una vez que Elfwine se había propuesto algo, solía conseguirlo.
—Hay muchas cosas que hacer por aquí— dijo, esperando sonar convincente.
Fue recompensado con un destello de la famosa sonrisa.
— ¡Bien! ¡Gracias, Déor!
Elfwine se levantó de un salto. Su primo le imitó rápidamente y ambos se dirigieron hacia la casa. Déor se puso de pie y le dio una patada a una piedra. Entonces sintió que un brazo se posaba sobre su hombro. Miró hacia arriba. Morwen estaba sonriéndole.
—Eso ha sido generoso por tu parte— dijo ella en voz baja.
Miró a las dos figuras que habían echado a correr.
— ¿Pero qué les pasa...— dijo ella, con un suspiro exagerado, —a los hermanos mayores?
Elfwine no tuvo a su tía comiendo de la palma de su mano, aunque a Déor le pareció que se quedaba muy cerca.
—Deberíamos huir pronto— aconsejo Bron en un murmullo. —Toda esta atención maternal me está poniendo nervioso. Al final acabará preguntando si puede venir.
Y así, partieron con una prisa inquietante.
Déor desapareció todo lo rápido que pudo, para evitar que la atención de su tía recayese sobre él. Su tía le asustaba más que su propio padre. Se dirigió apresuradamente a los famosos jardines y caminó sin rumbo fijo durante un rato, pero la tarde se hizo más calurosa y, además, cada porción de césped era igual que la anterior.
Una mariposa pasó bailoteando sobre sus alas negras de terciopelo y Déor la persiguió hasta que desapareció de la vista sobre un alto seto verde.
Déor fue recorriendo el seto hasta que encontró un hueco y, sin nada mejor que hacer, se agachó y pasó a través de él.
Siguió un pequeño camino flanqueado por arbustos durante un trecho, hasta que estos se abrieron dando paso a un pequeño y tranquilo jardincillo bajo la sombra de los árboles y con un estanque en el centro.
Después de examinar el estanque, cogió un par de piedras y dejó caer una dentro del agua. Hizo un ruido satisfactorio, y vio el rápido destello plateado de un pez alejándose de él.
— ¿Estás solo, Déor? ¿Dónde se habrán escabullido mis desconsiderados hijos esta tarde, me pregunto?
Déor dio un brinco y se giró.
En el otro extremo del jardín, a la sombra de un árbol, estaba sentado su tío.
Déor miró con aire culpable las piedras que tenía en la mano.
— ¿Te importaría hacerme compañía un rato?— preguntó el Senescal amablemente.
Mordiéndose el labio, Déor asintió y se aproximó a su tío con cautela.
Al parecer, el Senescal había instalado una oficina improvisada allí fuera. Había una gran pila de papeles ante él y había utilizado como pisapapeles un libro delgado encuadernado en cuero rojo. Tenía algunos papeles extendidos sobre su rodilla y una pluma en una mano.
— ¿Os estoy molestando, señor?
A Déor le gustaba su tío, pero ¿no había dicho Bron algo acerca de paz y quietud?
A su padre no le complacería oír que había estado estorbando al Senescal mientras este estaba ocupado.
—Bueno—, dijo Faramir con un suspiro, —si he de serte sincero, no me importa la interrupción...
Dejó la pluma y flexionó la mano.
—Ven y siéntate—Dijo dándole unas palmaditas a la hierba que había junto a él.
El Senescal no daba órdenes como tales, pensó Déor, pero había algo en el modo con el que decía las cosas que conseguía que acabases haciendo lo que el sugería.
—Así que— dijo Faramir, tras unos instantes de silencio, — ¿Dónde están los descarriados de mis hijos?
Hizo la pregunta enrollando la esquina de un trozo de papel alrededor de su dedo.
—Se han ido a dar un paseo por las colinas. Elfwine también. Hay halcones anidando allí arriba.
Su tío frunció el ceño.
— ¿Está Léof con ellos?
Léof, el bebé de la familia del Senescal...no, se corrigió Déor. A él no le gustaba que lo considerasen de esa manera, y Léof ya debía tener ocho o nueve años...
—No...No sé dónde está.
—Hm.
Faramir entrecerró los ojos un par de segundos.
—Bueno, Déor, viendo tu cara, creo que preferías estar viendo halcones que tirándoles piedras a los peces.
Déor se sonrojó y rápidamente dejó el puñado de piedrecitas en el suelo.
—Lo siento, señor.
Su tío le ofreció una media sonrisa.
—Yo también lo hago. Me ayuda a pensar— le confesó.
— ¿No has querido ir con tu hermano y tus primos?
La pregunta fue tan repentina que antes de darse cuenta, a Déor se le había escapado:
—No se me dan muy bien las alturas.
—Oh— dijo su tío. —Ya veo. Eso es desafortunado.
Parecía que no le daba mucha importancia, pensó Déor, aunque no siguió hablando del tema en aquel momento.
—Bueno— murmuró finalmente, volviendo a mirar los papeles, —a veces las cosas son así.
Movió una de las páginas para colocarla en primer lugar.
—A mí también me pasa. No soy muy bueno con las espadas.
Déor no estaba seguro de que había querido decir con eso, pero no preguntó, porque siempre estaba muy claro cuando su tío no quería seguir hablando de algo.
Pero ya que parecía que no le importaba tener a Déor cerca mientras seguía trabajando, Déor se quedó sentado junto él sobre la hierba, apoyado sobre su brazo y leyendo por encima de su hombro.
— ¿Estas mirando esto? —preguntó su tío de repente, dando un par de golpecitos sobre la página.
—Son peticiones, ¿verdad? —Dijo Déor. —Hay gente del este asentándose en la frontera norte de Ithilien. Quieren quedarse allí.
—Es correcto—, murmuró Faramir.
—Por ahora— dijo, alisando el papel con la mano, —he recibido muchos consejos sobre este asunto. Tu padre, por ejemplo, está preocupado por la amenaza que suponen estas gentes.
—Por que ganamos la guerra contra ellos— dijo Déor precipitadamente.—Puede que quieran venganza.
Volvió a mirar la hoja que había sobre las demás. Pedía la protección del Senescal y prometía lealtad.
—Ciertamente...Pero cuando me reuní con sus líderes, sus ancianos como ellos los llaman, que vinieron aquí, a Emyn Arnen, el pasado invierno, dijeron que eran esas guerras las que los habían traído hasta aquí. Que estaban buscando un lugar donde vivir en paz. Que quizá nosotros les debíamos ese lugar donde vivir en paz.
Faramir volvió a golpear el papel con sus dedos.
Déor levantó la mirada.
El Senescal estaba frunciendo el ceño y tenía los labios contraídos en una fina línea.
Miró a Déor de nuevo.
— ¿Qué debería hacer, Déor? ¿Otorgarles la tierra? ¿Forzarlos a volverse? ¿Debería confiar o desconfiar de ellos? Están en mi frontera norte, que es la frontera este de tu padre.
Déor se movió nerviosamente.
— ¿Confiasteis en ellos cuando los conocisteis?— le propuso al fin.
Faramir no respondió inmediatamente.
—Ver la Ciudad Blanca los asombró, ciertamente— dijo para sí mismo.
— ¿Habéis subido a sus asentamientos? —Preguntó Déor.
—Eso es lo que padre haría, estoy seguro. Cabalgar hasta allí y echar un vistazo a sus asentamientos. Quiero decir— siguió hablando, encontrando el coraje para continuar —Habría informes de sus mariscales y de...bueno, agentes, espías, ya sabéis...— al mirar a su tío, adivinó que Faramir probablemente si sabía de lo que estaba hablando —pero él iría de todas maneras y echaría un vistazo. Entonces tomaría una decisión.
Su tío alzó una ceja.
Déor volvió a agachar la cabeza.
—Lo siento, señor.
—No— respondió Faramir. —Buen consejo. Tu padre ha dicho casi lo mismo. Mis guardias, sin embargo, tiene otras ideas.
Señaló con su pulgar detrás de él y, girándose, Déor vio por primera vez la figura de un hombre en pie más allá de los árboles y el seto del jardín.
—Demasiado lejos, aseguran ellos— dijo Faramir. —Demasiado arriesgado.
Cerró el tema sacando otra hoja de papel y entregándosela a Déor.
— ¿Puedes leer esto?
—La mayor parte...
Estaba en élfico.
—Madre insiste en que aprendamos.
—Mostrando mucho sentido común— replicó su tío.
—¿Te gusta estudiarlo?
—Sí, me gusta, pero a Elfwine se le da mejor.
—Elfwine es dos años mayor que tú.
—Un año y medio— dijo Déor con un poso de amargura.
Su tío lo miro con aire pensativo y luego le dedicó una sonrisa un poco irónica.
—Es duro, ¿verdad?, estar siempre un poco por detrás todo el tiempo. Me sucedía lo mismo con mi hermano.
— ¿Tenéis un hermano mayor?—Déor dijo sorprendido. — ¿Por qué no es él el Senescal? —Y entonces se preguntó si era posible decir algo todavía más estúpido.
—Yo tenía un hermano mayor— dijo su tío en voz baja. —Pero murió...
De repente pareció despertarse de su ensimismamiento y sonrió a su sobrino.
—Murió— dijo con firmeza, —Hace mucho tiempo. Pero era muy valiente y murió haciendo algo muy valeroso. Cuando éramos jóvenes la gente nos comparaba a su favor. A mí no me importaba mucho, porque a menudo era cierto. Pero podía llegar a ser irritante, si la comparación venía de cierta gente.
Se oyeron los pasos de alguien aproximándose.
Faramir levantó la cabeza y sonrió.
—Hablando de segundos hijos...
Léof se dejó caer con un ruido sordo junto al otro costado de su padre.
— ¿Qué tal va el día, Léof?— le preguntó este, extendiendo la mano para quitarle un mechón de pelo rubio de la frente.
—Caluroso— murmuró, apartando la mano de su padre pero apoyándose contra él.
—Mmm...¿Entonces por qué no le enseñas a Déor el sitio en el que el arroyo entra en el Jardín Este?
Léof levantó la cabeza interesado mirando a su padre y a su primo.
—El mejor sitio para estar— aseguró Léof.
Un arroyo...eso tenía posibilidades...
Un pájaro gritó sobre sus cabezas, cortando el aire caliente de la tarde. Déor miró hacia arriba rápidamente, pero no pudo ver claramente al pájaro. Sus hombros se derrumbaron.
—Era solo una gaviota— dijo su tío suavemente. —Suben por el río todo el tiempo.
Déor suspiró y se puso de pie
—Creo que volveré dentro— dijo, y bajó la mirada hacia su primo pequeño.
—Gracias de todas formas.
OoO
Oyó hablar muchísimo acerca de los halcones la mañana siguiente, puesto que, naturalmente, aquel fue el tema principal de conversación entre su hermano y sus primos.
Después de que Elfwine y Bron terminasen su práctica de la mañana (Bron victorioso durante toda ella y con un claro brillo vengativo en los ojos), se tumbaron en el césped del ala este de la casa.
Déor se preguntó durante un instante dónde estaba Léof. No lo había visto desde el desayuno.
Pero tenía otras cosas en la cabeza aquella mañana. Las historias de segunda mano sobre los halcones eran mejor que nada y todavía estaba muy desconcertado por lo que su tío había dicho el día anterior.
Déor no se planteó ni por un instante que supiera mejor que su tío lo que debía hacerse, pero le parecía que un viaje al norte era la única manera de que se quedase satisfecho. Su padre lo haría. Y aquello era, claramente, lo que su tío quería hacer también. ¿Entonces por qué sus guardias estaban en contra? ¿Y por qué los mantenía tan cerca, incluso allí, en el refugio de la casa de Emyn Arden?
Un escarabajo se estaba arrastrando sobre una brizna de hierba junto a su mano.
Déor arranco otro puñado de hierba y convenció al escarabajo para que se subiese a él, luego sintió lástima y lo envió de vuelta a su camino.
— ¿Qué quería decir tu padre...—preguntó, atando las hierbas con nudos, —cuando me dijo que no era muy bueno con las espadas?
No hubo respuesta.
Déor levantó la cabeza para mirar a su hermano y a sus primos. Morwen lo estaba mirando fijamente. Elfwine parecía horrorizado. Y, lo peor de todo, era la tensión repentina en la mandíbula de Bron. Déor sintió como enrojecía. No estaba seguro de por qué o cómo pero, de nuevo, parecía haber dicho algo terriblemente inapropiado.
Morwen habló primero.
— ¿Padre te ha dicho eso?
Déor asintió.
—Lo dijo...lo dijo ayer— tartamudeó—Y pensé...Creo que... bueno, que nunca le he visto con...con una espada. Lo que quiero decir es que... es extraño, porque todo el mundo dice que es tan valiente...
Por el rabillo del ojo vio que Bron se había puesto colorado.
Entonces su primo se levantó, se lo quedó mirando enfadado durante un instante y luego se dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia la casa.
Elfwine se puso de pie de un salto.
—A veces, Déor— dijo con los dientes apretados —te comportas como un idiota.
Y se fue corriendo detrás de su primo.
Déor se quedó mirando con tristeza a la hierba.
Cuando se atrevió a levantar la mirada de nuevo, Morwen todavía le estaba mirando con aire pensativo
— ¿De verdad Padre ha dicho eso?
Él asintió.
Morwen se quedó mirando hacia la casa
—Bueno— dijo ella al fin, volviendo la atención de nuevo hacia su primo mientras sus labios se curvaban en una sonrisa extraña, — ¿No eres tú el favorito?
Déor no respondió.
—Nunca suele hablar del tema— dijo Morwen.
—Creo que Bron, siendo Bron, tuvo que preguntar...Y creo que Madre puede que se lo haya explicado a Léof, pero ya sabes como es. Imagino que lo habrá descubierto pero no se ha molestado en mencionarlo todavía. Una mañana a la hora del desayuno, cuando nadie se lo espere, nos dará una opinión bien meditada sobre el tema.
Ella le lanzó a Déor una mirada de reojo.
—A ninguno de nosotros nos molesta, ¿sabes?— dijo ella. —Entiendes a qué me refiero, ¿verdad? Simplemente, padre es así.
—Pero no lo entiendo— dijo Déor sintiéndose desdichado. —No lo entiendo en absoluto.
Morwen torció la boca de nuevo, pero la sonrisa se había desvanecido.
—Padre fue un soldado, Déor, ¿lo sabías? Un capitán. Un gran capitán. Pero la guerra...tuvo un alto precio para todos: mi madre, mi padre, tu padre...todo el mundo, pero para Padre...— ella frunció el ceño. —Lo dio todo, Déor. Hizo todo lo que pudo, y ahora no puede hacer más. ¿Lo entiendes?
Paz...y tranquilidad...
—Creo que sí...— dijo lentamente.
—Bien—, dijo ella con firmeza. — Y no le prestes atención a Bron— añadió, con una voz más amable. —Piensa mucho en el honor y la familia y esa clase de cosas.
Ella agitó la mano en un gesto vago.
—Y está preocupado porque piensa que no le muestra a padre el suficiente respeto, cuando cualquiera con un gramo de sentido común ve que besa el suelo que pisa.
Ella le dedicó una sonrisa.
—Más tarde se atormentará por haber sido grosero con un invitado y no sabrá como compensártelo.
Déor no esperó para averiguarlo.
Se marchó corriendo lejos de la casa y se escondió un rato en uno de los pequeños jardines vallados que estaban repartidos por la finca y pensó con tristeza en lo enfadados que habían parecido estar Bron y Elfwine. Ni siquiera las palabras de Morwen conseguían consolarlo. Le había hablado como si todavía fuese un niño.
No soy bueno con la espada.
Eso no era del todo cierto, pensó Déor. No, si una ver había sido un gran capitán. Era más correcto decir que ya no era bueno con la espada. Y un hombre que ya no es bueno con la espada tiene que tener gente alrededor que...
Ocupado con semejantes pensamientos, pasó una hora más o menos antes de que Déor saliese de su escondite y considerase la posibilidad de volver a la casa. Sentía las mejillas ardiendo y sospechaba que tenía los ojos rojos también. La casa no era una opción, todavía. ¿A dónde podía ir? Miró a su alrededor y se sintió enjaulado...
El arroyo.
Su tío había dicho que entraba en el jardín, lo que significaba que también salía fuera...
Animado por aquel nuevo propósito, Déor se puso en marcha.
Lo encontró fácilmente y, como era un poco pequeño para su edad, pronto se había escabullido a través del seto que sellaba el camino hacia los jardines y evitaba que se pudiera salir al exterior. La corriente descendía hacia un valle y había bosques en el otro lado. El agua parecía poco profunda en aquel lugar y Déor siguió su curso caminando por un sendero agreste pero con señales de estar muy frecuentado.
Su corazón se reconfortó.
Los terrenos alrededor de la casa resultaban demasiado cerrados. No se atrevía a quedarse demasiado tiempo. Tendría problemas si le echaban en falta. Decidió que haría una rápida incursión en los bosques y luego volvería. ¿Media hora? ¿Por lo menos una hora completa?
Si notaban su ausencia en ese tiempo, podía decir que había estado en uno de los jardines pequeños...lo cual no sería una mentira, no como tal...
Profundamente ensimismado pensando en sus planes, Déor no se dio cuenta de que había un hombre delante de él en el camino hasta que chocó con él.
El hombre se giró en redondo, levantando un brazo para defenderse.
Era, vio Déor lleno de asombro, su tío.
Se miraron el uno al otro con culpabilidad.
Entonces, Déor frunció el ceño.
— ¿Dónde está el guardia? — dijo él.
Faramir parpadeó.
Déor se puso la mano sobre la boca y sus ojos se abrieron con horror.
Pero Faramir comenzó a reírse.
—Me he escapado—, confesó. —Todavía no ha adivinado como lo hago. Estará furioso conmigo luego. Pero soy de la opinión de que si no puedo caminar por las colinas de Emyn Arnen yo solo, difícilmente puedo considerarme a mí mismo como su señor.
Estudió a su sobrino.
— ¿Qué te trae por aquí?
Déor se mordió el labio, pensó en la discusión que había tenido anteriormente y consideró cuánto podía contar acerca del particular. No quería preocuparle con sus problemas si podía evitarlo. Pero su tío habló primero.
— ¿Tú también buscas algo de paz y quietud?
Déor asintió.
Su tío sonrió de forma irónica y luego miró a su alrededor.
— ¿Quieres ver a los halcones?— le ofreció. —Los he estado contemplando todo el verano. Si atajamos por el arroyo y cruzamos los bosques, podemos subir un poco y verlos desde allí. No está tan cerca como el otro sitio, pero es más fácil de alcanzar. Mis días de escalada hace tiempo que acabaron.
Déor pensó que aquello probablemente no fuera cierto. Su tío estaba en forma, pero agradeció el gesto amable.
— ¡Por favor!— dijo ansiosamente.
—Está bien entonces. Así que estamos salvados. Nos hemos salvado el uno al otro. He salido para llevarte a ver los pájaros.
Su tío hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiese y el muchacho se apresuró para mantener el paso. Fueron caminando en un confortable silencio y Déor recordó de nuevo que una de las cosas que más le gustaban de su tío era que no había necesidad de hablar por hablar. Se podía caminar junto a él y pensar, y él no le preguntaba en que estaba pensando. Como si pensar fuese una manera suficientemente razonable de pasar el tiempo. Y cuando decidía hablar, era siempre para decir algo interesante.
—Mi abuelo, tu tátara-abuelo, criaba halcones— dijo, mientras se abrían camino por el arroyo, con su tío caminando a grandes zancadas de piedra a piedra, mientras Déor las atravesaba saltando justo detrás de él.
— ¿Halcones?
—Para cazar.
— ¿Cazar?
—Puedes entrenarlos para cazar.
—El abuelo los adoraba. Recuerdo la primera vez que me dejó sostener a uno. Era un poco más joven que tú. Vino a posarse en mi mano. Sus ojos eran como piedras preciosas y me miró como si yo fuera su enemigo mortal. Terrorífico. Hermoso.
Sus ojos adquirieron una mirada distante y durante un par de minutos estuvo perdido en sus recuerdos.
—Aunque nunca he adquirido el gusto por los deportes en los que se matan animales— reflexionó en voz alta, y luego de encogió de hombros. —Pregúntale a tu abuelo la próxima vez que vayas junto al mar. El podrá decirte más, estoy seguro.
Se abrieron paso entre los árboles mientras el suelo se iba haciendo más empinado.
Déor le habló a su tío acerca de la última visita a Dol Amroth y Faramir sonrió al escucharle.
—Los echo de menos— dijo con sencillez. —Tengo que llevar a la familia pronto de visita.
Los árboles habían disminuido y la hierba bajo sus pies estaba áspera y crecida. El sol estaba en el punto más alto. Faramir tomó un camino que discurría entre los matorrales. El sendero solo era hierba que había sido aplanada por el uso. Todavía seguían dirigiéndose colina arriba. Pasó al menos un cuarto de hora antes de que se detuviera y señalase el camino por el que habían venido.
Los bosques y el arroyo se extendían a sus pies, y Déor vio la casa y más allá, el pueblo.
—Solo un poco más— murmuró Faramir y, cuando se pusieron en marcha de nuevo, en lugar de escalar, recorrieron caminando los contornos de la colina. Cuando Déor volvió la vista atrás, la casa y el valle habían quedado fuera de la vista. En su lugar, las colinas de Emyn Arnen se extendían delante de ellos. Déor miró más allá, hacia el oeste, hacia el valle del Anduin. Había una neblina debida al calor sobre los barcos y el puerto y, más allá, la luz del sol caía a plomo sobre las montañas y todas las torres y cúpulas de Minas Tirith.
—La Ciudad Blanca— dijo Faramir como si le ofreciese un regalo.
Déor le cogió de la mano y levantó la cabeza para sonreírle.
— ¡Rápido! ¡Mira!— dijo su tío y señalo a la parte de arriba de la colina que había tras ellos.
Una sombra oscura bajó en picado y entonces Déor pudo ver lo que era...sí, allí estaba sobre la cresta de la montaña y había otros también...un frenesí de plumas, picos y garras, afilados y decididos.
Mientras los contemplaba, el corazón de Déor se elevó de pura alegría.
Se giró encantado hacia su tío.
Faramir también estaba mirando a los pájaros y sonriendo.
Encontraron una amplia cornisa en un lado de la colina y se sentaron allí, admirando las vistas.
Faramir sacó algo de pan y queso de la bolsa que colgaba de su cinturón y después de haber comido, se tumbó en la hierba y dormitó en el calor de la tarde.
Déor se tumbó boca abajo, con las piernas cruzadas detrás de él y el mentón apoyado sobre las manos, recopilando preguntas para su tío sobre cada torre que llamaba su atención.
Un halcón pasó en picado, y Déor vio el destello de algo en sus garras, su presa.
Después de una hora, más o menos, su tío abrió los ojos de repente.
— ¿Has oído algo?— Dijo.
Déor negó con la cabeza.
—Solo los pájaros.
Faramir frunció el ceño.
—Supongo que eso es lo que he oído.
—Bueno— dijo, apoyándose sobre los codos y sonriéndole a su sobrino —Creo que deberíamos volver, antes de que envíen a los perros a buscarnos.
Se levantó, se peinó con las manos y luego giró la cabeza repentinamente. Había vuelto a fruncir el ceño y estaba escuchando con atención.
Le sonrió a Déor de nuevo, pero Déor se dio cuenta de que estaba preocupado.
—Creo...— comenzó a decir su tío, y luego se detuvo y escuchó.
Cogió la mano de Déor. Vamos...vamos a caminar un trecho rodeando la colina. Su agarre era firme y Déor tenía que moverse con rapidez para mantener el mismo paso que él.
—Espera aquí—, dijo su tío, después de haber recorrido un trecho. —Serán solo un par de minutos.
— ¿Ocurre algo?— dijo Déor.
—Espero que no—Su tío le lanzó una sonrisa rápida. —Un par de minutos, eso es todo.
Se dio la vuelta y volvió al camino.
Cumplió su palabra pero, cuando volvió, el ceño fruncido estaba esculpido en su cara.
—Vamos—, dijo cogiéndole de la mano de nuevo. —Necesitamos subir más.
Su tío comenzó a andar deprisa y mientras se apresuraban, Déor se dio cuenta de que el terreno se iba haciendo más rocoso y el camino más empinado y estrecho.
Extendió los brazos para equilibrarse sujetándose a las rocas que se alzaban junto a él y se concentró únicamente en la espalda de su tío.
Después de cinco o diez minutos, Faramir se detuvo, se giró y se agachó para quedarse cara a cara con su sobrino.
—Déor, voy a pedirte que hagas algo que no te va a gustar.
Sus ojos estaban serios.
—Un par de metros más adelante— dijo él —el camino termina y hay una cornisa. En el otro lado se ensancha de nuevo, como el lugar en el que hemos parado para comer. Los montaraces lo usan como lugar donde acampar y es seguro estar allí arriba. Casi nadie sabe que está ahí.
Faramir miró apresuradamente hacia atrás y se pasó una mano por el pelo.
—Es una cornisa muy estrecha, Déor, pero aquí no estamos a salvo. ¿Puedes hacerlo?
Déor se sintió como si le hubieran echado un jarro de agua fría. Miró hacia el suelo y pensó en decir que prefería morirse. Prefiero quedarme aquí y morir...y entonces sintió que le levantaban el mentón. Faramir estaba mirándole a los ojos.
—Lo intentaré— se oyó decir Déor.
—Es todo lo que pido.
La cornisa apenas tenía un par de palmos de anchura.
Déor no se atrevió a mirar para ver la profundidad de la caída. Su tío fue primero y aunque dio la impresión de que el tramo era tan corto que apenas costaba unos instantes cruzarlo, Faramir no pudo estirar la mano lo suficientemente lejos para sujetar la de Déor mientras este intentaba cruzar.
Déor puso un pie sobre la cornisa.
—Vas bien— lo animo su tío.
Extendió una mano y la colocó sobre la roca.
Parecía lo suficientemente sólida.
Envalentonado, puso su otro pie sobre la cornisa y entonces, muy despacio, con la rugosa piedra presionando contra su mejilla y bajo sus dedos, se movió palmo a palmo hacia la voz de su tío. Durante una eternidad todo pareció ir bien. Y entonces, de repente, Déor imaginó la vista que había contemplado desde la cornisa...la larga caída hacia el valle, las montañas escarpadas que se vislumbraban delante, el remolino azul del cielo cuando giraba la cabeza para mirar a los pájaros...
Se quedó congelado en el sitio.
— ¡Coge mi mano, Déor!
Déor extendió la mano a ciegas y sintió como su tío la cogía y tiraba de él para ayudarlo a cruzar. Cayó sobre él, y un par de sollozos se le escaparon antes de que pudiera controlarse. Faramir acarició su pelo y murmuró palabras de consuelo.
— ¿Qué está pasando?—Déor tragó saliva. — ¿Por qué estamos aquí?
Miró alrededor, acostumbrándose despacio al nuevo entorno. Como su tío había dicho, el camino se ensanchaba de nuevo. Estaban en un sito alto, pero alejados del borde. Sobre la pared había un par de bolsas apoyadas contra la roca y un par de cajas.
—Los hombres que hay en la parte baja de la colina son orientales— dijo Faramir. —Y no estoy seguro de que tengan buenas intenciones. — Dijo, acariciando el pelo del muchacho de nuevo. —No quiero ponerte en peligro, Déor. Estaremos aquí un rato y entonces iré y averiguaré cómo podemos pasar delante de ellos e irnos a casa.
Soltó al muchacho despacio y luego se acercó a las cajas, y abrió la tapa de una de ellas.
—No podemos hacer nada hasta que empiece a oscurecer. Creo que deberías intentar dormir un poco.
El muchacho asintió. Trepar lo había dejado exhausto. Se tumbó sobre su costado y vio a su tío sacar una manta y enrollarla. Se le dio a Déor para usarla como almohada, descansó la mano sobre la cabeza del muchacho un instante y luego se retiró.
Lo último que vio Déor antes de cerrar los ojos fue a su tío, sentado junto a él, mirando al suelo con el mentón entre las manos y perdido en sus pensamientos.
Déor abrió los ojos y vio que el cielo había adquirido un color azul oscuro.
Tembló un poco.
Había llegado el crepúsculo. El atardecer estaba a punto de convertirse en noche.
Oyó un movimiento y giró la cabeza hacia arriba.
A un metro o dos de él, su tío estaba probando el peso y el equilibrio de una espada.
La hizo girar un par de veces y la luz menguante hizo brillar el filo, luego, cuidadosamente, la volvió a envainar. Se agachó y cogió un cuchillo, lo paso de una mano a otra y luego lo colocó en su lugar, en el cinturón. Y entonces, de repente, levantó la cabeza y miró directamente a Déor.
—Déor— dijo suavemente. —No sabía que estuvieses despierto.
Déor se sentó y se frotó los ojos con los nudillos.
Se quedó mirando a la espada que colgaba del costado de su tío.
— ¿Ya nos vamos, señor?
Faramir se acercó para arrodillarse junto a él.
Déor estaba acostumbrado a que su tío pareciese severo, a veces incluso intimidante, pero la cara que tenía en aquel momento era la más sería que le había visto poner jamás. Se sentó aún más derecho y le devolvió la mirada con solemnidad.
—Déor— dijo su tío, —lo que estoy a punto de decirte es muy importante, y debes jurarme que me obedecerás en cualquier cosa que te diga que hagas. ¿Me lo juras, Déor?
—Lo juro—, replicó Déor, esperando no sonar muy asustado.
—Bien.
Faramir colocó ambas manos sobre los hombros de Déor.
—Voy a volver a bajar la colina, Déor. Pero puede...puede que las cosas salgan mal y no sea capaz de volver.
Déor abrió la boca, pero Faramir lo detuvo antes de que pudiera hablar.
—Escúchame— dijo él. Su voz era tranquila, pero muy firme. La clase de voz que exige ser obedecida. —Si llega el alba y no he regresado, entonces esperarás a que el sol esté alto en el cielo y luego deberás marcharte de este lugar. Vuelve a la casa y cuéntales lo que ha ocurrido.
— ¿Qué pasa con la cornisa?—Murmuró Déor, antes de poder detenerse y se odió a si mismo por preguntar.
Faramir tocó la mejilla del muchacho suavemente con el dorso de los dedos y sonrió.
—Ya has cruzado una vez para llegar hasta aquí — dijo él. —La primera vez siempre es la más difícil. Es más difícil, porque no creemos que podamos. Pero lo hacemos de todas maneras.
Abrazó al niño contra él durante un instante y luego se retiró y le dedicó una amplia y repentina sonrisa.
— ¡Intenta no preocuparte, Déor! Sé paciente. Yo intentaré volver lo antes posible.
Le dio al muchacho un beso rápido en la parte de arriba de la cabeza y entonces despareció detrás de la roca, moviéndose por la cornisa.
Déor se sentó un rato y contempló como el cielo se iba oscureciendo. Hacía más frío también. Encogió las rodillas contra su pecho, y se envolvió con la manta. Puso toda su atención en escuchar, pero todo lo que podía oír era el murmullo del viento.
Un búho ululó. Déor se despertó sobresaltado. Se había quedado dormido. No sabría decir por cuánto tiempo, pero el cielo estaba ya oscuro. Las estrellas habían salido junto a una luna casi llena, cubierta por algunas nubes pasajeras. Todavía no se oía nada, a parte de los sonidos de la noche. Se sentía tenso, frio y dolorido. Se estiró todo lo que pudo y se dijo a sí mismo que permanecería despierto, escuchando y esperando.
Y, quizá porque estaba cansado o quizá, admitió, un poco asustado, se quedó dormido de nuevo en segundos y soñó que su hermano y su primo luchaban con espadas, pero, esta vez no estaban entrenando.
Sintió un par de brazos fuertes sujetándole y luchó contra ellos mientras se despertaba.
Y entonces oyó una voz suave, con un tono que lo obligó a escuchar:
—¡Ssshh...! ¡No te asustes...!
Olvidando su edad, lanzó los brazos alrededor del cuello de su tío, temeroso de que aquello solo fuera otro de sus sueños y de que Faramir volviera a desaparecer de nuevo una vez más.
Miró hacia arriba.
Solo podía ver la cara de su tío, pálida bajo la luz de la luna pero endurecida por las profundas sombras.
Sus ojos eran intensos y brillantes.
Y entonces sonrió a Déor, y todo volvió a pareció volver a estar bien de nuevo.
Déor suspiró y se aferró a él, mientras su tío le despeinaba el cabello.
— ¿Durmiendo cuando tienes la oportunidad, Déor?— dijo él. —Serías un buen montaraz.
— ¿Podemos irnos a casa?—Murmuró Déor apretado contra el pecho de Faramir.
—Eso espero— replicó Faramir, ayudándole a ponerse de pie. —Ciertamente, vamos a intentarlo. Cogió las manos del muchacho entre las suyas y comenzó a frotarlas. —Pero no estamos a salvo todavía. Todavía queda un hombre allá abajo y necesitamos pasar delante de él.
Déor sintió como sus manos y las de su tio se calentaban.
— ¿Crees que podremos hacerlo?
Déor asintió.
— ¡Bien! También yo.
Faramir le soltó una mano y se movió para ponerse en marcha.
— ¿Nos vamos ahora...?
Faramir bajó la cabeza para mirarle y asintió.
—Pero...—Déor tragó saliva. —Pero esta oscuro...
—Lo que significa que hay menos oportunidades de que nos vean.
—No puedo...
Hizo un gesto con la cabeza señalando la cornisa.
—Sí, sí que puedes— dijo Faramir con firmeza. —Yo iré primero. Te hablaré mientras cruzas y tú puedes seguir mi voz...
— ¡No!
Pensó en su tío siguiendo adelante mientas algo le ocurría a él...Se podía resbalar o puede que hubiera alguien esperando al otro lado...
—No quiero volver a quedarme solo aquí— dijo con voz diminuta.
Faramir le apretó la mano.
—Entonces lo haremos a tu manera, Déor.
La oscuridad, pensó Déor mientras avanzaba, le ayudaba en lugar de entorpecerle. No podía ver lo que había abajo. Pero podía imaginarse la caída y no veía el camino que le quedaba por recorrer, y la brisa nocturna parecía azotar su piel. Mantuvo la mejilla pegada a la roca y, palmo a palmo, sus pies recorrieron despacio la cornisa. Detrás de él, Faramir murmuraba palabras de ánimo. La primera vez siempre es la más difícil.
Inhalando bocanadas de aire, Déor alcanzó el otro lado.
Gateó hasta ponerse a salvo y se deslizó hacia el suelo.
Faramir se sentó y abrazó al muchacho.
—Bien hecho— dijo él, en voz muy baja. —Bien hecho
Se quedaron sentados allí durante un rato y cuando Déor estuvo preparado, comenzaron a abrirse camino sigilosamente colina abajo, con Faramir caminando delante.
Déor intentó recrear en su mente como había sido el lugar bajo la brillante luz de la tarde.
El camino era empinado y estrecho al principio. Faramir volvió a coger la mano de Déor.
Mientras el camino de descenso se aplanaba, Déor se dio cuenta de que se estaban acercando al lugar donde habían comido y contemplado la Ciudad Blanca.
Faramir se detuvo y, girándose para mirar a Déor, se llevó un dedo a los labios y señaló. Déor pudo ver el brillo de lo que supuso que era una hoguera. Había alguien allí. Faramir dio un paso hacia delante.
— ¿Vas a dar la cara antes del amanecer, montaraz? —gritó una voz.
Faramir se inclinó para acercarse a la oreja de Déor y le murmuró:
—Quédate aquí y no hagas ruido.
— ¿O tengo que ir yo a sacarte?— gritó la voz de nuevo.
Faramir se puso de pie y caminó hacia el fuego.
Déor solo podía ver la espalda de su tío, pero arrastrándose hacia delante un par de centímetros y estirando el cuello pudo ver al otro hombre de una manera bastante clara gracias a la luz parpadeante del fuego.
Un oriental.
Lo habría sabido aunque su tío no se lo hubiera dicho. Su padre los había descrito muchas veces.
— ¡Tú!— dijo el hombre, reconociendo al Senescal.
Faramir levantó la palma de la mano a modo de saludo.
— Bór hijo de Borlad, —dijo con calma pero, desde donde estaba, Déor podía ver la tensión en sus hombros. — ¿Qué te trae tan al sur, a Emyn Arnen? ¿Traes un mensaje de tu padre?
Bór se rió con un sonido áspero.
—Creo que él y tú tenéis mucho en común.
—Ambos queremos la paz para nuestros pueblos. Entre nuestras gentes.
Déor se dio cuenta de que Faramir había dejado caer los brazos junto a los costados.
Su voz era serena, comedida.
—¿Paz? ¿Después de lo que el Oeste ha hecho?
Faramir negó con la cabeza.
—Nosotros no llevamos la guerra a vuestras gentes...
—Sí, pero la acabasteis.
—Vosotros os aliasteis con el Enemigo y trajisteis la guerra a las puertas de mi ciudad. Deseo paz, y estoy dispuesto a dar a tu gente ayuda en un momento de necesidad, pero también voy a proteger a los míos.
La mano de Bór fue directamente a la empuñadura de la espada.
— ¿Y qué has hecho con mi hombre? ¿Está muerto, verdad?
—Sí.
Faramir hizo una pausa.
—Le he cortado el cuello— dijo.
Bór se rió con amargura.
— ¿Cómo gesto de paz? ¿Qué diablos ha sido eso?
Bór sacudió la cabeza y miró detrás de Faramir, al lugar en el que Déor se estaba escondiendo.
Faramir no se movió.
Déor se tapó la boca con la mano.
No había pensado que pudiese oírle resoplar, pero no había podido evitarlo. No podía creer lo que acababa de oír. Así que era allí donde Faramir había ido y aquello era lo que había hecho. Su tío, su callado y amable tío, se había deslizado detrás de un hombre y le había cortado el cuello.
Bór tensó la mano alrededor de la empuñadura de su espada.
— ¿Por qué no sales tú también, montaraz?— gritó.
Déor contempló como la espalda de Faramir se tensaba todavía más.
— ¿O debería matar a este y luego ir a por ti?
No es bueno con las espadas.
Asustado, Déor se puso en pie de un salto y corrió hacia la luz de la hoguera.
— ¡No!— gritó.
De repente todo se quedó en silencio en la ladera.
Bór se quedó mirando a Déor y luego volvió a mirar a Faramir.
— ¿Es este tu hijo?
—No— respondió Faramir en voz baja.
—Si no es tu hijo... ¿De quién entonces?
Bór miró fijamente a Déor y dio un paso hacia él con gracia felina. Todavía tenía la mano sobre el pomo de su espada. Faramir cambió de postura lo justo para interponerse entre ellos.
—Déjanos pasar, Bór, — dijo él. —Déjame llevar al muchacho a casa.
—Podría ser tu hijo... He visto a esa norteña con la que te has casado...
Faramir negó con la cabeza.
—Esto no es necesario...
—Es norteño... ¿Rohirrim?
Un destelló de comprensión iluminó los ojos de Bór.
—Me pregunto qué valor tendrá...
— ¿Para mí? —, dijo Faramir. —El suficiente.
Y desenvainó la espada.
Más tarde, al recordar, Déor cayó en la cuenta de que lo que más le había quedado grabado en la memoria habían sido los sonidos; el estruendo de las espadas al entrechocar, la risa desdeñosa de Bór al darse cuenta de la facilidad con la que obtenía ventaja, la rápida respiración de su tío mientras se esforzaba por contener los mandobles del otro hombre...
Entonces, mientras Bór levantaba su espada para asestar el golpe final, se escuchó un estruendo metálico. Faramir, tirando su propia espada a un lado, dió un paso adelante para estrellar su antebrazo contra la cara de Bór. Se oyó el crujido de un hueso, luego un débil quejido y por último, el grito exultante de Faramir que arrancó la hoja del cuchillo de la espalda de Bór y dejó que el cuerpo cayese al suelo.
Todo quedo en silencio. Solo se oía una respiración entrecortada y un martilleo en los oídos de Déor.
Faramir se detuvo y limpió el cuchillo en la hierba. Extendió la mano para recoger la espada y la envainó. Entonces se giró hacia Déor. Se miraron el uno al otro durante un instante y Faramir caminó lentamente para arrodillarse y tocar la cara se su sobrino. La mano estaba cubierta de sangre y Déor se estremeció. Faramir la retiró rápidamente, la limpio con sus ropas y luego tomó la mano de Déor. Ayudaba con los temblores, observó Déor, pero las uñas de Faramir todavía tenían los bordes rojos.
—Había dos de ellos—, dijo Déor. —Le has cortado el cuello al otro.
—No podía derrotar a dos a la vez. Hace veinte años, sí. Ahora no.
La luz del fuego lanzaba extrañas sombras sobre su cara.
—Dijiste que querías paz.
—Y la quiero. Pero él no. Nos quería muertos.
Faramir aspiró una bocanada de aire nocturno.
—Lo siento, Déor...— dijo y luego se detuvo.
Cuando habló de nuevo su respiración estaba más acompasada.
—Lo que acabas de ver...Bron, y tu hermano...también tendrán que ver cosas así, o peores, muy pronto. Te lo habría ahorrado, si hubiera podido, durante un poco más de tiempo.
Levantó la mano y con mucha suavidad tocó la mejilla de Déor.
— No lo desees, Déor. El momento te llegará muy pronto.
Déor tembló con el aire frio de la noche y luego se acercó a su tío, que también se aproximó para abrazarlo.
—Y me has dicho que no se te daban bien las alturas— dijo su tío, con la voz atenuada porque tenía la cara apretada contra la parte de arriba de la cabeza de su sobrino.
— ¡Tú me dijiste que no eras bueno con las espadas!—Replicó Déor, e inmediatamente se arrepintió de lo que había dicho, cuando sintió que su tío comenzaba a temblar.
Miró hacia arriba temerosamente, pero su tío se estaba riendo.
OoO
Alcanzaron la casa un poco después de medianoche. Todas las luces estaban encendidas. Faramir dejó a Déor en el suelo. Su madre y su padre corrieron hacia él, y mientras su madre caía sobre él cubriéndolo con una cantidad innecesaria de besos, oyó a su tío diciendo:
—Una espada, Éowyn, ¿qué crees que es?— luego añadió —No hay necesidad de semejante escándalo. Déor y yo hemos tenido una pequeña aventura, eso es todo...
Pero cuando Déor torció el cuello para poder mirar sobre el hombro de su madre, vio a su tía y a su tío abrazados firmemente.
Fueron hacia la casa, Déor descansando la cabeza sobre el hombro de su madre, y mientras alcanzaban la puerta, vio cómo su tío colocaba la mano en el pomo de la espada y miraba a su padre con una ceja levantada.
— ¿Mañana por la mañana?— sugirió Faramir
Éomer le lanzó la sonrisa de un depredador.
OoO
Léof tenía razón al decir que el único lugar en el que se podía estar a gusto en un día tan caluroso como aquel era el arroyo, decidió Déor. Habían encontrado un sauce bajo el que refugiarse y salpicar el agua que tenían alrededor los había mantenido frescos. Déor contempló como Léof levantaba otro puñado de barro que goteó entre los dedos, ya sucios después de una buena mañana de trabajo. Lo colocó con un golpe seco sobre la pila y luego, arrugando la frente, levantó la cabeza para mirar a Déor.
— ¿Qué quieres preguntarme?— Lo animó Déor.
El otro muchacho se apoyó sobre la orilla y de repente sacó del agua un palo que pasaba junto a él, arrastrado por la perezosa corriente. Déor esperó pacientemente. Léof siempre se tomaba su tiempo antes de decir lo que pensaba.
— ¿Crees que tu padre vencerá al mío cada mañana durante el resto de las vacaciones?—Preguntó Léof, creando oscuros remolinos mientras agitaba el agua.
Déor recogió un poco de barro y lo pesó con la mano.
—Sí— respondió. —Sí. Creo que lo hará.
Léof blandió el palo por encima de su cabeza y se dedicó a pensar un rato más.
Entonces tiró el palo de nuevo a la corriente del arroyo.
—Me parece una manera muy extraña de hacer las cosas— dijo él con calma.
Déor miró hacia abajo, al barro que se deslizaba entre sus dedos y pensó en el hombre de la colina y la sangre chorreando por su cara y pensó también en el halcón con la presa entre sus garras.
—Yo también pienso lo mismo— dijo. Y luego le lanzó un poco de barro a su primo, que gritó, rió y, a su vez, le lanzó más barro a él. No paso mucho tiempo antes de que ambos estuviesen mojados, mucho más sucios y preguntándose qué le iban a decir a sus madres.
Nota de la autora:
Escrito por Altariel, gracias a Isabeau de Greenleaf y Sailing to Byzantium.
Altariel, del 3 al 22 de agosto de 2003
